Noche con Luna de cara redonda
Encuentro de hombres en la noche, noche con luna de cara
redonda, con vientecito que acaricia como mano de muchacha
quinceañera; noche bonita que arranca lamentacionesen las
llaneradas de los viejos caneyes. ! Ah, malaya aquellos tiempos
cuando la copla retozaba como potranca cerrera!.
Pero en estos tiempos de noche bonita, los hombres están
cambiando la copla por el fusil, las maracas por pertrecho, el
cuatro y el arpa por caminos de rumbos diferentes y, aunque los
rumbos sean diferentes, sólo llevan una sola finalidad consciente,
porque en la memoria de ellos no existe retroceso alguno.
Por las sabanas largas, anchas y planas, por el rumbo que el
llanero se fabricó como territorio libre, por los llanos de
Casanare, de Arauca y Meta, por aquellos palacios de vientos
ardientes donde se perdieron los caminos de los hombres alegres, se
perdieron las voces líricas de la llanura, se perdieron los
juglares; sólo se oye el grito desesperado de los horizontes
pidiendo auxilio, humillados ante las grandes torres que los
opacan, que les rompen las venas, que los dejan sordos por tantos
ruidos, que les sacan la sangre y que ya no se sabe si en verdad
pueden seguir llamándose horizontes llaneros.
Acá, el caney parece un árbol donde anidan arrendajos por el
entretejido de las hamacas colgadas. En el centro de la estancia el
capitán se está meciendo, se mece y se mece mientras piensa,
mientras trata de descifrar el misterio que la rodea. El !Zuas!...
jZuas! de los colgaderos tiene el ritmo de suspenso que todos
soportan ante el silencio que cae como plomo sobre el hombre
conversador de las grandes soledades. Pero aguantan el pesado
silencio esperando las órdenes del superior, no porque sea el jefe
quien los atemoriza con su voz de mando; sino porque el joven que
los encabeza está formado con su mismo ingrediente: es agua tibia
de los esteros, tolvanera de los caminos, sudor de potro brioso,
ansias de libertad, joropo en la noche fresca; un hombre a quien
por el enramaje de sus venas le corre la sangre del conuquero, del
vaquero asalariado, del indio que habitó primero la tierra: sangre
llanera que revienta como cogollo de pasto a la entrada del
invierno. Por esto, más que como jefe, lo miran como al amigo y
compañero o, simplemente, como al "negro Guada"
como lo llaman los viejos de la región; como al criollo que va
ganando confianza para los suyos; como el brazo fuerte que combate
al atropellador foráneo; como al hombre dotado de sabiduría innata,
educado por la naturaleza, ideólogo de la idiosincrasia llanera,
audaz en el combate y astuto para sacarle provecho a la ironía
social, que hábilmente convierte en licencia poética, de donde
surge la frase con que aviva el deseo de lucha de sus hombres.
En algunos momentos de receso guerrero se le mira cambiar el
fusil por el tiple y con gran maestría cantarle a su Llano, a las
mujeres bonitas, y también, con preferencia, compone versos
alusivos a la causa por la cual están peleando y, sin embargo, no
es la excepción del yoismo en la "cantahabla llanera:
" Soy el león de los Llanos
que asusta con su rugido
Soy Guadalupe Salcedo
nunca muerto ni vencido"
Porque como peón de hato, como mestizo indio mulato, sabe que no
hay discurso ni conferencia más elocuente, que llegue tan directa,
haciéndole parar las orejas al campesinado, que una copla o un
corrido bien cantado, al son de los instrumentos criollos, en la
gran plaza de los caneyes sabaneros. Es allí donde el líder
revolucionario se monta sobre el lomo de la brújula social, al
igual que en un caballo de cascos veloces y sabe cómo hincarle el
corazón a sus hombres. Porque aquellas coplas salen enervadas de su
garganta con una estructura pujante, capaces de convertir el temor
a la muerte en un joropo sonado.
" Los hombres y las metrallas
no son enemigos malos,
son cohetes de una fiesta
que venimos celebrando "
Al fin se decide a hablar. -Muchachos, dice: de golpe... parece
que despertamos y nos encontramos desorganizados, como vacíos.
Además, hay algunos jefes de grupo y sus hombres, desaparecidos.
Aquí no queda otra salida que reorganizar la gente, volver a los
puestos de combate y buscar a los desaparecidos. La verdad es que
por más que le doy vuelta al asunto no le encuentro explicación,
dijo, deteniendo las mecidas. Se sentó acaballado en el chinchorro
ya su alrededor saltaron unos pujidos, un salivazo por aquí, otro
por allá. - Tampoco nosotros comprendemos qué diablos está pasando,
responde alguien.
Chapín Sagrario, quien estaba atento en espera de la oportunidad
para entrar a dialogar, comentó: -Cámara, toy por creer que los
chulavitas se volvieron brujos y en vez de echarnos plomo, nos
están echando "marramuncias" porque fíjate, negro
Guada, esta vaina de que todos andamos esgaritaos y hasta medio
trascordaos de la memoria, no puedeser otra cosa que obra de la
brujería.
Se acostó un silencio que pesaba como plomo, algo inexplicable
que se anunciaba flotando en el ambiente. Fue entonces cuando cantó
la garza morena cuatro veces a las cuatro de la madrugada, en la
orilla opuesta del Cusiana. Su canto fue tan fuerte que estremeció
el umbrío de los montes más allá de las vertientes del Orinoco. y
fue tan potente el canto de la garza morena que los hatajos de
caballos relincharon llenos de bríos; la sabana tembló con las
estampidas de los rebaños que pasaron de largo frente al hato;
luego se escucharon coplas de cabestreros y cantaron miles de
gallos, ladraron cientos de perros; todos los gallos y perros que
los guerrilleros silenciaron para que no delataran la presencia de
sus campamentos secretos. También se escucharon llantos lastimeros
de niños extraviados por las sabanas, llantos de mujeres, llantos y
más llantos de todos aquellos que no pudieron llorar porque el
terror les desorbitó los ojos y les anudó la garganta. Después se
oyeron unos ecos quebrando las distancias, ecos que pedían justicia
para los inocentes insepultos. y se escucharon muchas cosas que
hacía mucho tiempo no se oían.
El canto de la garza morena en la madrugada de aquel día, que
comenzó con la luna de cara redonda, de añoranzas e inquietudes
dormidas, de odios, de venganzas y amores rotos, produjo un
despertar en las pasiones que hibernaban en los corazones de estos
hombres. Fue como mil campanas al vuelo, como millones de
vibraciones devolviéndole las energías a cada quien, para
retornarles ese ser llanero que parecía haberse refundido en el
lienzo que el tiempo va tendiendo en la existencia de los
hombres.
En verdad que fue un nuevo despertar, algo extraño los
apabullaba, algo que se interponía en cada uno de ellos y no los
dejaba formar el grupo compacto de hombres que querían reanudar una
guerra y defender su territorio, y ese algo extraño era una especie
de frialdad que apagaba ese calor y entusiasmo del llanero ante el
reencuentro con el amigo y, la causa por la cual siempre está
dispuesto a derramar hasta su última gota de sangre. Ni siquiera se
rompió a la llegada Aquella noche se iniciaron charlas que se
quedaron inconclusas porque el pensamiento en cada cerebro andaba
por trochas extraviadas, por senderos sin salidas, por ríos ciegos
que no conducían a ninguna parte. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Acaso
estarían bajo el poder de un brebaje aletargante? Porque de otra
manera no se explicaban aquel comportamiento, que aunque la lengua
les picaba no se atrevían a hablar y, las ideas huían incoherentes
y espantadas hasta quedar cada quien sumido en largas
cavilaciones.
Todo esto se rompió con los cuatro cantos de la garza morena.
Fue como si se soltaran las invisibles ataduras que aprisionaban
sus espíritus. El capitán recobró la energía y la jovialidad que le
habían distinguido y saltó del chinchorro bromeando y dando órdenes
a la vez. El caney se inundó de risas, brotaron olores pegajosos,
olores a sexos sin uso, a bostezos de bocas cerradas, a suspiros de
estómagos añejos ya un sin fin de cosas estancadas en el fondo
profundo del pozo de los años.
Cuando se fueron aplacando las risas y los murmullos, el capitán
ordenó con su voz firme: -Muchachos, a ensillar las bestias, todas
las que están en el corral. El Chapín Sagrario nos regaló sus
hatajos, hay caballos suficientes para todos. Así que ¡adelante mis
llaneros cuatriboliaos! Quiero que los jefes de grupos se me
presenten con sus hombres, con el rumbo que desean coger en la
búsqueda de nuestros compañeros desaparecidos.
La Angelereña se convirtió en un hervidero de hombres acuciosos
aperando bestias, haciéndosele a los lomos y aguantando los
corcoveos de los caballos sin domar . Muchos de ellos mordieron el
polvo del paradero entre exclamaciones y carcajadas, como en los
viejos tiempos de trabajos de llano. En medio del barullo del
gentío, apareció el chapín Sagrario abriéndose paso con un mechero
de kerosene en la mano derecha, levantándolo lo más alto que podía,
con su tongoneo de piernas cortas y curvas, de tronco largo y
macizo y su vozarrón de dueño de hato, acostumbrado a gritar alas
peonadas para ser oído entre el bramar de las reses. -Háganse a un
lado gran carajos, déjenme pasar- y con la izquierda manoteaba como
si fuese espantando animales; así logró situarse al lado del
capitán, quién seguía los movimientos de sus hombres recostado a un
horcón del caney. -Coño negro Guada, lástima que yo tenga todo este
rosario de años encima, que si esto hubiera sido en mis tiempos de
mozo ¡Hijueputa! hubiera acabado hasta con el nido de la perra...
-No te mortifiques, viejo Sagrario, tú eres un valiente guerrero
aunque no vayas con nosotros empuñando un fusil; con haberte
desprendido de tu capital para ponerlo al servicio de la causa,
estás demostrando una gran valentía y fidelidad para con el pueblo
llanero. -Ojalá, muchacho, ojalá sea como dices - concedió el
chapín Sagrario, como si dudara de que su colaboración contribuyera
en mucho a las fuerzas revolucionarias.
Allá van los guerreros con la imagen de un tiempo angustioso, un
tiempo escondido en sus recuerdos, un tiempo agazapado listo
asaltar en cualquier momento en su presente. Allá van los
guadalupanos camino del ancho silencio de la noche, que declina por
el hermoso sendero del alba que viene naciendo. Y allá se va
perdiendo la silueta del capitán, entre los tules del amanecer, que
sobre su brioso caballo semeja un corpulento centauro en la llanura
infinita.