Líder de
Guerreros
-Silenia, amor mío, Por cuál lado cogemos al Llano? -Por donde
mejor te parezca, Mi Capitán; todo este Llano es un universo verde,
tierno y lechoso; todo es nuestro para recorrerlo amándonos más que
nunca.
-Dices bien, mujer. Hoy he vuelto a sentir el aroma de la
tierra, a presentir las voces de mis hombres y puedo escuchar en lo
más profundo del suelo, el rugido ahogado de mis enemigos. Y estoy
seguro que Sigo siendo el líder máximo de los guerreros del Llano;
el mismo Guadalupe Salcedo Unda. El que toca tiple, el que canta y
baila, el que le echa plomo a cuanto chulavita se le ponga por
delante.
Frena el ruano haciéndolo girar en los remos traseros y con la
mano derecha se quita de la cabeza el casco metálico que trae
puesto y lo levanta tan alto cuanto el brazo se lo permite, como si
lo ofrendara al astro rey, que en ese momento comienza a ascender
por las regiones siderales. Sonriendo, exclama -Mira, Silenia,
desde el día que cogí este maldito casco
"chulavita" con los primeros fusiles en el paso
del Algarrobo, desde ese día no me lo he quitado.
Y no es que me guste mas que mi sombrero, al que tengo
abandonado. Es que llevando sobre mi cabeza esta perola del
enemigo, le estoy gritando la burla que se merece, le estoy
diciendo cuánto poder rebelde tienen los hijos de esta llanura.
Las bestias se colocan una a la par de la otra, bailotean
nerviosas en espera del taloneo en los ijares para arrancar al
galope. El viento viene corriendo por la franja arenosa del camino,
levantando tolvaneras; pasa por en medio de los amantes, enredado
en un pelea con el diablo.
-¡A ve María Purísima!- dice Silenia cubriéndose la cara con
ambas manos; pero el diablo con sus travesuras le levantó la falda
a la mujer y le dejó al descubierto las bellas piernas que hacían
horqueta sobre la montura.
-¡Coño, chica, tus piernas siguen siendo muy bonitas! Toda tu
eres bonita- dice con esa sonrisa suya de dientes blancos y de ojos
luminosos, clavados sobre sus piernas. -Si, chica, agrega eres como
un araguaney florecido en los silencios y soledades del Llano, no
hay ojos que no se deslumbren al ver un ramillete de flores
amarillas brotadas de la tierra verde contra el espejo azul de los
cielos nos quedaba chiquito apostando carreras, el que perdía traía
el agua del caño para el oficio de la casa, regaba las matas, le
daba agua a los becerros y rajaba la leña para el fogón. Eramos
como un par de potrancos corriendo libres por el llano, por esta
tierra a la que ahora estamos defendiendo con el precio de la
vida.
A veces, mi vieja salía a pescar por la noche, se metía en una
canoa y se dejaba llevar por la corriente del cañito que pasaba
cerca al fundo, armada con un arpón; no había guabina ni dormilón
que se le escapara. La tarea de nosotros era la de alumbrarle desde
la orilla con unos "jachos" que hacíamos con
hojas de topocho seco; formábamos el "jacho", lo
untábamos con manteca de pescado para que no se apagara y corríamos
por la orilla alumbrándole a mi vieja. -¡Una guabina, ahí te va
Guadalupe! Cuidado no te vaya a mordé'. Ahí te va un dormilón,
Alfredito. Aquí arponié un mapurite, gritaba mi vieja gozando de su
puntería.
Tomasita, como le decía mi taita, era una mujer competente en su
medio. Sacaba al viejo a plomo cuando le descubría gato encerrado.
Si Antonio Salcedo se demoraba en el pueblo unos días echándose sus
tragos, en nuestra casa no se pasaba un día en claro: a ella no le
faltaban sus gallinitas en el patio, el cochinito engordando en el
chiquero y en la sementera el racimo de topocho, las matas de yuca,
la caña por si se acababa la panela y el maizalito que completaba
la provisión. Jamás faltó una troja con frondosos cebollines, un
jardincito con plantas de flores, a las que este pecho guadalupano
tenia que regar todos los días de verano a las cinco de la mañana,
porque si no, Tomasita me tallaba el culo con cuero de
ganado". Silenia soltó una carcajada celebrando la
chuscada del capitán.
-Bueno, pero voy a contarte lo de los luceros porque, fíjate
chica, los malditos son tan andariegos como yo. En algunas noches
de luna clara, estos mismos ojones, retoñaban casi a flor de tierra
y se iban levantando rápidamente. Es la seña de que están poniendo
los terecayes, por eso los llaman luceros terecayeros. Mi taita me
había regalado el cuero de un toro lebruno y yo lo ponía en el
patio para echarme pata 'jarriba a ver ese mundo misterioso del
cielo, donde parece que todos esos ojos brillantes palpitan al
mismo tiempo. Cuando Alfredo estaba conmigo lo invitab a contarlos;
poníamos como punto de partida a la luna, porque era la más
grandota; decíamos que estaba preñada apunto de parir más ojos
brillantes, pues creíamos 'que la luna paria todo aquel montón de
puntos regados en el cie1o. Además, conveníamos en repartirla por
la mitad, una parte para Alfredo y otra para mi. y acordabamos que
al llegar a cincuenta parábamos, porque de ahí en adelante se nos
acababan los números. Alfredo se acostaba a mi lado y ambos
señalábamos un punto tratando de no confundirlo con el señalado por
el otro; pero llegaba un momento en que se formaba la discusión y
siempre fue por estos luceros.
-¡Ese ya lo tengo contao yo! gritaba Alfredo. -¡Si como no! ...
¿No te acuerdas que cuando comenzamos a contar, te dije que esos
que parecen ojos de vaca brava, son míos? -¡Cómo eres de tramposo
Guadalupe! yo ya los conté. Así comenzábamos a calentarnos hasta
que me paraba, jalaba el cuero y tiraba a Alfredo al suelo. Luego
para humillarlo le gritaba. -¡Este es mi cuero, mi patio, mi casa y
mi pedazo de cielo! Alfredo se paraba bufando corno un toro y me
zampaba un carajazo para responderme. -Pues quédate con tu cuero,
con tu patio, con tu casa, con tu pedazo de cielo y con este coñazo
por tramposo y mal amigo.
-¡Qué ternura de niño fuiste mi capitán! Quién hubiera imaginado
que aquel niño que se peleaba con su amigo de juegos por los
luceros del cielo, en este momento sea un líder de guerreros.
Exclamó ella cubriéndole de besos.
-Pendejadas de muchachos, repuso sonriendo y continuo. La verdad
que los recuerdos de niño se anidan en el cerebro y ahí permanecen
como huevos empollando para reventar en cualquier momento de
añoranza. Por ejemplo, cuando escucho a los viejos llaneros
cantándole a una vaca para ordeñarla, de inmediato se me presenta
la imagen de mi taita. Igualmente me sucede cuando entro aun fogón
con topias de comején: ahí me parece ver a mamá Tomasa atareada en
los oficios de la cocina.
-Mira, Silenia, los quehaceres empezaban apenas despuntaba la
aurora. A esa hora mi vieja tenia la olla puesta en las topias y la
candela chisporroteando alegremente; recuerdo su cara morena
alumbrada por los resplandores del fogón, sus ojos como dos pepas
de paraparas, el pelo negro y estoposo recogido con una peineta
tras la nuca; la clásica mujer llanera, airosa en los parrandos,
fuerte en su medio, mujer de un solo hombre, madre querendona de
sus hijos. Cuando mamá Tomasa se enamoró locamente de su primo
Antonio Salcedo, el que ahora es mi taita, la gente murmuró sobre
aquellos amores por el parentesco. Ella dizque respondió
frescamente: ¿ y qué, acaso la carne de primo no va también a la
tasajera?
Después que regresabamos de bañarnos en el caño, mi viejo y yo,
escuchábamos la voz de ella llamándonos: Antonio y Guadalupe,
vengan a beber el café! Para el viejo un pocillo grande de café
cerrero, para mi un pocillo de guayoyo. En el chiquero apuraban los
bramidos de los becerros y en el corral el paciente rezongo de las
vacas hacían que mi taita exclamara -Vamos Guada, a ordeñar las
vacas, coge el rejo achicador y la carnaza.
A esa hora, el Llano se pone en movimiento con todos sus
habitantes. De la ceiba del corral comenzaban a salir los zamuros
que dormían allí para estar atentos cuando se mataba un marrano o
una res. Del morichal cercano regresaban chillandito una fila de
cochinos que madrugaban a comer pepas de moriche. y por los aires
pasaba volando cuanto pájaro Dios creó.
Los nombres de las vacas se empataban uno a uno en la garganta
de mi taita, haciendo que la nota consonante se filtrara entre el
bufido inconforme de las novillas recien paridas.
Bragaita, Bragaita.
Una mancha en siendo vieja
con una nueva se quita,
con los bienes del que es tonto
el que es vivo se habilita.
Bragaiiitaaa, Bragaiiitaaa...
Después de ordeñar la vaca "Bragaita", le
tocaba el turno a la vaca "Paloma".
Yo soy viejo sin culpa
que las muchachas me quieran,
tengo la sangre liviana
como paloma casera.
Palomiiita, palomiiita...
"Como mi hermano Liberato era menor que yo, a mi me
tocaba ayudar en las faenas diarias; así me fui formando en la
escuela del trabajo rudo".
El capitán se detuvo con los ojos puestos en aquellos luceros
que parecían hundirse entre el seno del cielo y el confín del
Llano. -¡Coño, Silenia! qué tiempos aquellos que se fueron por
caminos sin regreso, se lamentó y guardó silencio. Ella respetó su
actitud y se acomodó tratando de dormir el comienzo de la
madrugada.
La noche, cansada de moler las horas con su aliento, se recogió
dentro de ella misma para morir con los claros" de la
aurora. El pensamiento se acomodó entre la agonía de la noche y el
nacimiento del día. Silenia había vuelto a dormirse. ¡Cuánto la
quería, cuánto amaba a aquella mujer! , pero no con el amor bravo y
ardiente de otros tiempos. Ahora su amor por ella era como un río
hermoso en busca de una playa azul, en un mundo sin distancias.
Aquel primer día de su llegada a la Angelereña, estuvo horas y
horas recibiendo el desfile interminable de gentes. Era lastimoso
el estado de aquellos infelices. Algunos, pudieron conservar unida
la familia. En cambio, muchas mujeres traían las cabezas vencidas y
los ojos caídos de vergüenza por los ultrajes a que fueron
sometidas, al ver asesinar a sus maridos, mientras a ella les daban
un " redoblón", como se denominaban las volencias
masivas.
La voz se fue regando silenciosamente pero con rapidez
increíble. Recorrió sabanas, hatos, fundos, ríos y se metió en lo
más profundo de los montes donde se refugiaban los liberales,
¡Guadalupe Salcedo acaba de llegar a la "
Angelereña", anda reuniendo su gente! . Silenciosamente
pero corriendo rapidito, la gente fue saliendo de sus refugios, fue
llegando a la Angelereña, fue aglomerándose alrededor del
compañero, del bravo peleador y jefe de los rebeldes del Llano.
Despierta la " Angelereña" ante los aplausos
de todo aquel gentío, aplausos que suenan fuertes porque vienen de
manos encallecidas por el uso de las sogas vaqueras, por las cachas
de los machetes conuqueros, por hombres que han estado forjando el
Llano con su trabajo rudo y sus corazones alegres.
Aquella mañana sonó el caracol de una embarcación por la orilla
derecha del río Cusiana. Hay hombres vigilando. Uno de ellos llega
corriendo a informar: ¡Vienen tres bongos con gente! .
-¡Alto! ¿Quien vive? -!Gente Guadalupana!- Un momento después se
escucha que dicen !llegan los Unda! El capitán corre al puerto; en
ese momento don Antonio Salcedo salta a tierra con el cabo de una
embarcación en la mano y no termina de asegurarlo en una estaca,
cuando doña Tomasa va rampa arriba gritando: -¡mi muchacho! ¡mi
muchacho! Ya el corazón me lo decía, que aquí te encontraría. Los
brazos abiertos hablaban de un abrazo de madre e hijo, pero a unos
pocos pasos la mujer se detiene para ordenarle. -¡Arrodíllate,
muchacho, pa' echarte la bendición! El guerrero que corta los ríos
con el pecho, que revienta las sabanas bajo los cascos de su potro,
que desafia chubascos torrenciales, que abre las noches cerradas
con ojos de guarracuco para embestir al chulavita, que tiene la
bravura y la fuerza del cimarrón, humildemente descubre su cabeza
para hincar rodilla entera y decir ¡Bendígame, mamá Tomasa! Ella
traza con la mano derecha una cruz sobre la cabeza del hijo, al
tiempo que reza un "que Dios te bendiga, te acompañe y te
favorezca, hijo mío". Ahora si se abrazan con la fuerza de
la sangre, con la fuerza del llano, mientras que la hebra mas
poderosa de la macolla Unda, derrama lágrimas de felicidad. Luego
llama a gritos al marido: !Antonio! Acuérdate que le debemos una
promesa a la Virgen del Carmen, por este milagro que nos hizo. Don
Antonio responde esperando el turno para abrazar a su hijo.
-No te preocupes mujer, esa promesa se la pagaremos a la Virgen
apenas regresamos a Guariamena.
Los abrazos van cediendo el turno a los familiares: Susana,
Liberato, don Juan de Matta, Lucas, don Sixto, Aquilino,
"Chichigua", "Pielroja" y
continúan otros parientes: "Chilaco", Escalante y
Pablo Emiliano Fernández.
-¡Sigan!, vamos a ver como se acomoda tanta gente, estoy
esperando al chapín Sagrario, que no demora en llegar; cuando vea
su hato lleno de gente se va a caer de nalgas... Porque desde
anoche hay un gentío amontonado aquí.
No fue para menos la sorpresa de chapín Sagrario. Al encontrar
su hacienda vuelta un hormiguero humano, volteo grupas al caballo
diciéndose: -¡Los Chulavitas se tomaron mi hato! Pero unas banderas
rojas, flameando en el paradero, le avisaron que era gente
revolucionaria que estaba allí.
El chapín Sagrario frenó la bestia en el paradero. Sin
desmontarse, pasó la vista por toda aquella muchedumbre que invadía
sus propiedades y dirigiéndose al capitán a manera de saludo
preguntó -¡¿Supongo que ya se están jartando mi ganado?! -Supone
bien chapín Sagrario,... ¿o prefiere que se lo jarten los
Chulavitas? -Ni pu 'el putas, jártenselo todo, ojalá no quede ni
una rucha en pie, pa' llenarle el buche a esa plaga. Afloja de la
panza del caballo las tenazas de sus piernas y se tira al suelo con
los brazos abiertos dirigiéndose al capitán: -¡Coño, negro Guada! ,
esta vaina es toda tuya, acomoda tu gente que desde este momento la
Angelereña puede considerarse coman:. do guerrillero.
Después del abrazo fraterno del hacendado, el jefe
revolucionario abrió los brazos y anunció a su gente. -La
Angelereña es nuestro comando número uno. ¡¿Qué les parece
muchachos?! ¡Que viva don Sagrario! respondieron en coro, ¡Que viva
el capitán! y ¡Que viva la revolución llanera! -iJe..je..je..! -rió
el viejo dueño de la Angelereña, regocijado por aquella ovación de
agradecimiento. -Hagan ranchos y acomódense como puedan, dispongan
de lo que necesiten hasta donde alcance. Lo dijo con la seriedad y
bondad hospitalaria del Llano. Luego se dirigió al capitán: -Ahora
vengo pa' que conversemos, chico. Echó a andar con sus pasos curvos
y cortos hacia el interior de la casa. -Aquí te espero, viejo
Sagrario. Respondió el capitán sonriendo con gratitud.
El chapín Sagrario es uno de aquellos viejos llaneros de
sabrosos pasajes y estupendos embustes, de aquellos viejos que
parecen sentarse en la amplitud del tiempo, llenos de bondad,
jacarandosos como ellos solos y liberales "hasta la patica
", como solía decir .