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Chicharrón y La Bella Durmiente

"La desgracia me cogió bien de mañana aquel día que pasó el avión tronando por encima de la mata, donde tenía un rancho y donde me encontraba desayunando en compañía de mi mujer y mis hijos. El mayor de mis muchachos andaba pisando los diez años; de ahí pa'abajo todos eran unos pijitas.

La bomba cayó sobre el rancho y la onda explosiva me lanzó lejos de la mesa; la horconadura del rancho saltó arrancada de cuajo y toda aquella armazón me cayó encima con un alarido de llamas.

No supe en ese momento lo que estaba sucediendo. Quedé aturdido y atrapado bajo varas y las pencas del empalmado de mi casa, ahora convertidas en una trampa mortal, trampa de la cual luchaba por librarme, mientras gritaba desesperado llamando a los míos. Pero, ay, Bella Durmiente, no obtuve otra respuesta que el traqueteo de la candela tragándose mi único patrimonio sentimental, mis muchachitos y mi negra Martina, la moza esplendorosa que  una noche le arrebaté a la bravura de un joropo llanero.

Entonces, cayó una segunda bomba estremeciendo la tierra y confundiendo más mi cerebro, que creyó mirar en las llamas cuando saltaron, unas bailarinas locas, que luego cayeron de nuevo para apresurar su danza devastadora.

Mas tarde escuché el zumbido del maldito avión alejándose de allí; ya nada viviente quedaba que llamase su atención; eso pensaron los que me habían desgraciado la vida, pero yo había quedado respirando y desde que me quedara resuello lo utilizaría para vengarme. La cuestión era, ¿de quién quería vengarme? Eso lo pregunté después. Me dijeron que era obra de la represión, del sistema que pretendía gobernar a las malas, sometiendo al pueblo a sangre y fuego. La verdad que no lo entendí muy bien, pero aquellas señas me bastaron para ponerme al lado de los llaneros que andaban echando plomo por todas partes.

Lo del remoquete de «Chicharróm> me lo acomodaron, porque mi cuerpo quedó como un mapa cicatrizado por las quemaduras. En aquel momento no sentía la candela que me achicharraba; en medio de ese candelorión saltaba apartando vigas prendidas hasta que encontré a mi familia, todos estaban achicharraditos, meros carbones, Bella Durmiente, carboncitos que besaba una vez y otra vez. Luego les di cristiana sepultura y salí de la mata gritando, desafiando hasta a Dios, por permitir maldades tan grandes como aquella, porque yo en mi pobre vida jamás le había hecho daño a nadie.

El dolor físico y el dolor del alma me hicieron perder la consciencia; no sé cuanto tiempo estuve tirado en cualquier lugar de este Llano; lo único que sí puedo decirte, es que Juan Cumplido me cerró las heridas del cuerpo y me fortaleció el alma.

¿Ahora comprendes, Bella Durmiente, que no eres tú sola quien carga con una pena a cuestas? Cuántos años esperas la muerte y no te ha llegado; mírate, tu belleza se ha ido, ya no existe ni el chinchorro y el rancho ya se te cae encima. Levántate mujer para llevarte donde un viejo sabio, para que vuelvas a vivir, para que logres lo que tanto has estado ansiando. Esa persona aliviará tu pena, y si tienes que ir a otro mundo en busca de lo imposible, ve a ese mundo y trae ese imposible al mundo tuyo.

No sé, maestro-brujo, si Chicharrón iba a continuar hablando, pero yo no le di tiempo. Salté de la campechana con mis ojos puestos sobre los suyos, era como si temiera que aquel hombre se esfumara ante mi ansiedad. -¿Dime que tengo que hacer para lograr el imposible que yo quiero? Dímelo por vida tuya Chicharrón y, te juro que dejo el rancho y mi propio abandono. Tomé sus manos cicatriza- das y las besé suplicante.

-Esta bien, levántate, recoge lo que quieras llevar y mañana partimos con los primeros claros del día. No quise preguntar a dónde íbamos, temía que todo se desvaneciera, pero Chicharrón me dijo mientras cargaba su carabina: -Viajaremos hacia las selvas del Vaupés.

Desde el año uno, perdí la cuenta. Lo llamo año uno para diferenciarlo de los demás, porque fue el año de comunicacion con mi Capitán por medio de los sueños.Luego desaparecieron y aunque me esforzaba por recuperarlos, las noches pasaban limpias igual que los días, así durmiera profundamente. Entonces supe que se había marchado para siempre.

Nada me quedaba, ni siquiera el chinchorro, porque de tanto usarlo se rompió, de tanto olerlo perdió su aroma. Solo quedaron unas cuantas cabuyas que guardé cuidadosamente en una mochila guerrillera hecha de lona verde, pero que estaba tan descolorida que ahora parecía parda. Colgué la mochila de un tirante del rancho con aquellas cabuyas sagradas para mi, y le eché unas bolas de naftalina para que la polilla no se las comiera.

Ya no esperaba la muerte acostada en el chinchorro; la esperaba acostada en una campechana fabricada con el cuero de un toro cimarrón. El viejo Chicharrón me hacía una cada año. Se esmeraba en hacerlas amplias y suaves, logrando unas verdaderas obras de arte. El viejo fue incansable recorriendo el trayecto de su rancho al mío, para traerme comida; porque se empeñó en no dejarme morir de hambre como yo lo deseaba; se daba sus mañas haciendo guisos aromáticos, los cuales me ponía frente a la nariz y sonriendo, me decía: -huele, Bella Durmiente, qué sabroso; escucha cómo gruñe tu estómago, parece un león furioso. -Era verdad, el anciano me hacía flaquear en el propósito. Después lo maldecía y él se iba riendo; sabía que mientras me alimentara continuaría con vida, pero aquello que el viejo llamaba vida, era la muerte de mis esperanzas para unirme con mi amado.

El tiempo siguió su camino con el andar lento de los días, las semanas, los meses y los años; un tiempo de cuerpo largo, de piernas cortas, de pies anchos, de pisadas de plomo. Chicharrón continuaba tan terco como |yo: él con la idea de que volvería a tomar interés por el mundo, |y yo, sumergida en aquel letarga.

Un día llegó a aguijonearme el amor propio, confiaba en que reaccionaría con coraje al enterarme de que me habían robado el nombre del rancho. -¿Sabes, Bella Durmiente? |Hoy me contaron que hay otro lugar que se llama Guafal Florido. -¿No te importa?- ¡No!, le respondí echándome la melena sobre la cara para que no viera como se llenaban de lágrimas mis ojos. -Bueno, allá tú, si no te importa; de lo que sí estoy seguro es que este rancho que un día se llamó Guafal Florido no demora en caerte encima. -Mejor, le contesté con rabia: así no tendrás el trabajo de hacer un hueco para enterrarme. -Esta bien, Bella Durmiente, esperaré ese momento: No le meteré mano para que se termine de caer |y se cumpla tu deseo.

El anciano se mantuvo firme, yo también; las enredaderas avanzaban felizmente rancho adentro, rancho arriba, rancho abajo; por mi parte no moví un solo dedo para aplacar la maleza que retoñaba frondosa, tampoco el viejo usó su machete para despejar el entre cruce de a la entrada. No señor, prefería pasar a gatas con la palangana de comida.

Un día lo escuché echar unos cuantos carajos, fue cuando me obligó a dejar la caballeriza y me entró la campechana a la sala del rancho. -¡Carajo, ésto es el colmo! ¿cómo es posible que no tengas ni el instinto de conservación del animal? Un bicho cuando llueve, busca un lugar seco para dormir, y tú sientes que te cae el agua encima cuando llueve, y te quedas recibiendo el aguacero como si fueras una planta. ¿acaso no te das cuenta que el techo de esta caballeriza es una racera? !Coño! ¡jamás he visto un caso semejante en un ser humano!

Nadie se aventuraba a pasar por allí, la gente había creado un mito a mi alrededor. Se comentaba que hacía varios años había muerto y, que mi alma andaba penando dentro del rancho; que en vida tuve un pacto con el diablo, que el rey de las tinieblas me había encomendado la misión de estregarle almas; que por eso la gente me miraba acostada en un chinchorro, tratando de atraer a los hombres para hacerles caer en pecado y perder sus almas. Nadie se acordaba del nombre de mi rancho, ahora lo llamaban Rancho Maldito.

Chicharrón escuchaba en silencio los comentarios, jamás dijo esta boca mía; era mejor que la leyenda se siguiera difundiendo a que la gente viniera a curiosear y me tomaran por loca. -Eso serías ante los ojos de los campesinos, una loca rematada", me lo dijo irónicamente; sin embargo, él confiaba en que algún día me recuperaría y así me lo decía con un viejo adagio, "No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista". Esto sucedió cuando chicharrón me contó su tragedia, y me habló de lo que usted hizo por él, de sus poderes extraordinarios y su gran sabiduría para lograr cosas imposibles. Juan Cumplido se pasó una mano por el rostro como si quisiera alejar algo que lo perturbaba; por un instante aquel rostro como fibra de matapalo estuvo rígido, pero luego se relajó y sus ojos se iluminaron con una luz interna formando un aura sobre su cabeza.

Continúe, me dijo casi sin despegar los labios. Echando fuera lo que tenemos, se limpia el espíritu; el suyo tiene que limpiarlo muy bien para que emprenda el viaje que está a punto de iniciar . -Está bien maestro brujo; está bien Juan Cumplido. Me gusta decirle Maestro, porque usted es maestro de maestros y, Juan Cumplido porque su nombre es bonito.

Fue duro el despertar de aquel letargo penoso; durante un momento contemplé la hamaca de cuero, la moví como si arrullara una criatura en su interior, luego me despedí de ella como si me despidiera de mi propia piel; le encomendé la misión de guardar acostados todo aquel montón de años; inclinándome, le rogué. -Amiga mía, compañera de tantos sueños desesperados, ahí te dejo a la Bella Durmiente. Ella nunca volverá a dormir y tu tendrás que soportar el peso de este montón de años que pesan cuatro veces mas que yo; no los dejes despertar para que no me persigan; no permitas que me destruyan.

Luego me encaminé hacia el pequeño jardín. Sólo quedaba en pie el árbol de pomarroso con su grueso tronco de corteza carcomida y de melena enmarañada por las invasiones parasitarias. Había que ver cómo los pepinos y las plantas de ahuyama libraban terribles competencias por encaramarse sobre el caballete del rancho, para descolgar sus frutos como preciosos trofeos. Dentro había otro mundo: palacio de lagartijas, de lobones polleros, malezas descoloridas y, en las soleras y costillares del rancho estaban invadidas de comejenes como tumores cancerinos apunto de reventar.

Chicharrón salió carabina al hombro, a cazar en los esteros; iba muy contento y me prometió que cenaríamos pato asado. Aquella promesa hizo despertar en mi estómago urgentes reclamos por ayunos continuos. Desprendí algunos pepinillos que colgaban y venciendo la repugnancia que me causaban aquellas frutas babosas y de color amarillo, de pepitas rojas y que son el bocado preferido de algunas culebras, me comí unas sin tomarles olor .

Los recuerdos me llegaron como nubes de zancudos al anochecer; entre al cuarto y descubrí en un rincón el baúl grande de cedromacho. Fue como si lo viera por primera vez; todo lo que había guardado dentro del mueble estaba impregnado con naftalina; todas las cosas tenían el amarillento sabor de los tiempos; aún los 'tucos' de batallar, sus retratos, sus cartas.

Encontré un anillo con piedra de azabache, amarrado a la punta de un pañuelo; ese anillo me lo mandó cierta vez que no pudo venir porque tuvo que pasar derecho para su hogar; con el anillo venia una nota: "Silenia, pronto estaré contigo, ahí te mando ese anillo que nunca me lo he quitado, porque es como un talismán que me da suerte; ésto quiere decir que mi suerte está contigo, y que iré a recuperar esa suerte a tu lado "

¡Ay ... maestro-brujo!, al quitarse el anillo se quitó el talismán de su buena suerte: jamás lo hirió una bala en la guerra, pero quedó desprotegido cuando ya todo había terminado; cuando se pregonaba la paz, cuando creyó que ya no había peligro. Ese pañuelo lo cargo aquí entre mis dos pechos, así siento ese algo suyo que me da fuerzas para esperar pacientemente la preparación que usted me está haciendo.

Qué lastima sentí por mi casa, la que mi Capitán y un grupo de sus hombres construyeron en pocos días palo a palo, penca de palma tras penca, bejuco a bejuco. El rancho quedó listo; la tierra del piso quedó bien aplanada por los muchachos, en la sala de medias paredes, digo paredes al encierro que hicieron con "latas de macanilla"; y enterraron en la esquina de la sala una horqueta gruesa de guarataro y ahí pusieron la tinaja representando costumbres y tradiciones.

Por supuesto que para estrenar el rancho, se propuso un parrandito, porque mi Capitán en jalarle al tiple no tenia rival. Barrí con esmero los patios que todavía estaban llenos de tronquitos a flor de tierra, los dejé fragantes a escobos de monte. Todo olía a nuevo, a palma verde, a bejuco iguanito, a horcón de floramarillo, y también olía a sudor de hombre trabajador. Aquella tarde saboreamos sen- dos chuzos de carne aplanados con totumitas de anisado. - Cojan los palos muchachos, que yo ya tengo el míó, ex- clamo riendo. Se refería a los instrumentos musicales por- que, los maniceños con guerra y todo, trasteaban sus pali- tos, como decían ellos.

El Teniente "Negativo" le puso sabor a su bandola, el Teniente "Cariño" a su cuatro, y el Sargento "Gorila" se apersonó de las maracas; la fiestecilla comenzó con una décima interpretada por mi capitán.

"La mujer es una flor
que se encuentra donde quiera,
tratándose de matrimonio
le dan la prueba a cualquiera,
ellas se hallan orgullosas
cuando se visten de seda
cuando se pintan la cara
y se peinan la cabellera;
pero si las enamora un pobre
se espantan como una fiera".

El sol se acostaba sobre el domo de la tierra ya dormida, el morichal parecía invocar una plegaria entre los últimos bostezos de la tarde. En aquella hora, en aquel momento de esparcimiento, se enternecían sus almas mediante la manifestación de su folclor amado, por un instante parecían haberse olvidado que cada uno de ellos era un héroe, que quizás al día siguiente estaría muerto. Pero la hombramenta guerrera, aquella hombramenta de empresa libertadora, no se le olvidaba ni por un instante de su causa; así bailaran y rieran, como lo estaban haciendo con sus chuscadas, que a falta de mujeres se valseaban entre ellos mismos con requiebros fingidos, con aquel machismo ordinario del llanero que hacia desternillar de risa.

De pronto cambiaron el ritmo, el tiple y la bandola, parecieron salir en veloz carrera por las regiones sin fronteras de la llanura, y su voz cambió el giro de las coplas lisonjeras, para meterse ahora dentro de la brújula social, interpretando un corrido con la estructura pujante de la revolución actual.

"Arrojó Laureano Gómez
los chulavitas al llano
con fusiles, bayonetas
y verdes cascos de acero.
No importa que bajen miles
hasta los dientes armados:
nosotros los liberales
donde apuntamos pegamos.
Recuerden que en los combates
salen los cascos averiados,
cada vez que suena una bomba
se le da un abajo a Laureano.
Que se lo coman los chulos,
que se lo jarte el gusano,
que lo voten pa ' ese cerro,
el cerro de Cucurupano.
Con un ganglio en la barriga
y  un San Antonio a dos manos:
Que no lo pueda curar
ni un médico cirujano"

Todos rieron dando abajos al enemigo y vivas a la Revolución Liberal. Su personalidad polifacética me enloquecía de amor: viril, guapo, bravo como un toro cuando peleaba, amable y bondadoso con sus compañeros; fiestero, de amplia sonrisa y con aquella mirada embrujada por las distancias, dueño de mil caminos, conocedor de muchos misterios.

Aquella primera noche bajo nuestro rancho, fue inolvidable aunque todavía no teníamos el chinchorro grande de cumare, porque ese chinchorro se lo quitaron aun gamonal, a quien no le quedaba tiempo para dormir en la hamaca tejida, por andar encabezando comisiones para matar liberales. -Ahora, en el infierno, no necesita chinchorro pa' dormir. Cójalo Capitán, pa'que duerma sabroso con la muchacha bonita y cabellona que carga; -le dijo "Marcagrande" al entregarle aquel obsequio.

A falta del chinchorro aquella noche, tendió en el suelo el cuero de un toro pintado y, sobre ese cuero nos amamos tan inmensamente como en las arenas del Cravo.

Chicharrón me rescató de aquellos recuerdos; el pato prometido estaba asado, deliciosamente asado.   

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