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Comando R.P.

-" Amorcito, voy a contarte algo que no te había dicho por falta de tiempo, pero ahora me esta sobrando. No se por qué estoy encerrado en un laberinto deja nada, sólo me anima tu compañía, así no pueda sentir el calor de tu cuerpo sobre el mío. Maestro-brujo, yo contuve las lágrimas, tratando de parecer alegre al tiempo que lo apremiaba. Cuenta mi Capitán, ¿qué es eso que no me has dicho?

El rucio mosqueado se mantenía quieto; era como si presintiera el vacío, que nosotros también intuíamos interponiéndose como una barrera insalvable. Descansó una pierna sobre la cabeza de la silla, puso el codo derecho sobre su rodilla y la mano en puño sosteniendo el mentón para regalarme una de sus mejores poses cuando estaba en actitud meditativa. Este fue el segundo sueño y él me contó cómo comenzó a formarse en la lucha.

Cuando empezó toda esta guerra entre azules y rojos, yo estaba preso. Gracias a Dios que pude volarme de la cárcel, mientras le clavaba la cabeza al Guatiquía y lograba salir a la otra orilla, sintiéndome libre me dije: -" A mi no me vuelven a zampar a la cárcel, y, si los tales chulavitas quieren matarme, les va a toca que tiren muchos peos y sudores; porque yo les voy a enseñar quién es José Guadalupe Salcedo Unda; un macho con los cojones bien puestos, un llanero bragao', dueño de mil caminos ramaliaos por los Llanos de Arauca, Casanare, por el bajo Meta y las tierras de Guariamena. y me juré hacerme un jefe revolucionario; pero la decisión no la tomé porque me hubiera volado de la cárcel. No, amor mío, sino porque aún tengo metidos en los oídos los lamentos y quejidos de los presos torturados en la cárcel.

Aún me parece sentir las respiraciones angustiosas de los que esperábamos el turno; estábamos siendo mas torturados que aquellos que ya no tenían voces ni rostros: porque sus rostros eran como berenjenas maduras y sus bocas solo se abrían para arrojar cuajarones de sangre; y por ultimo dejaban de quejarse porque ya no sentían dolor, ni siquiera sentían el dolor de la castración, método primero en el reglamento de la tortura; luego llegaba la orden del descanso. Seguramente no sabían nada estos desgraciados. Tronaba la voz del Comandante -¡saquen a estos malparidos de aquí! Y era que a los torturados se les había agotado la vida antes de que se le agotara la inconsciencia a los verdugos.

-Así fue como me metí en esta vaina, apenas regresé a mi casa en Guariamena me salió al encuentro mi vieja Tomasa, mi esposa y mis hijos que estaban muy pequeños. Sentí temor por ellos, pero era necesario pelear para defendernos.

Reuní a los cuñados, primos y parientes, conseguí unos cuantos "chopos" viejos y le dije a los muchachos. «¡Alístense que nos vamos a prender una revolución que no la va poder apagar ni el putas!» ... Lo que quiero que comprendan es que defendernos y defender la tierra es una lucha nuestra. Ya ustedes han visto lo que esta pasando; cada día bajan de esos cerros enjambres de matones, y le caen al Llano como sapo a mierda".

- Yo sé, muchachos, que no estamos preparados pa 'una vaina como ésta; tampoco tenemos otra salida que aplicar la ley del rabo pelao: "como gallina o salgo apaliao". Pero le daremos la brega hasta con la última gota de vida: porque la represión que se nos vino es muy arrecha; y esa represión cogió al Llano por sorpresa, pues sus habitantes nunca se preocuparon de otra cosa que vivir pacíficamente al albedrío de su tierra sana y acogedora; tierra olorosa a caballo, acopla, a mujer y a mamona asada, pero jamás, durante muchas décadas, esta tierra ha tenido vientos de discordias, mucho menos sometimientos por masacres.

Los muchachos me rodearon escuchándome con atención. Fíjense que hay algo en lo que el enemigo no ha pensado, es que el llanero es amable y bondadoso y, por su misma bondad puede parecer pendejo. Pero cuando a nosotros se nos rebota la zurra... ¡Hijueputa, no hay quien pueda recogerla! ... -¿Es, o no es así, muchachos? les pregunté de sopetón levantando la mano empuñada y, aplastando la pata en el suelo, como si me fueran a esculpir un monumento. Los parientes, los que hoy responden a los apodos de "Pielroja", "Malasombra", "Luchador", "Chichigua", "Tigre Negro", "Temblador" y "Matamoro", respondieron con entusiasmo. -Así es negro Guada, tamos contigo asina nos toque ir hasta al mismo infierno.

-¿ Y las armas para combatir, de onde las sacamos? Preguntó Temblador. -No se preocupen muchachos, que de la palma salen los cuescos. Por cada chulativa que tostemos, tendremos un fusil a la orden.

-No creas Silenia, que la cosa fue tan fácil. Al comienzo los celos por el liderazgo entre los jefes revolucionarios, era peligroso para quienes pretendíamos abrirnos campo en el escenario de la lucha armada. Aljure y yo tuvimos varias veces en pico de zamuro, como es el decir . Yo no quería ser mandadero de ningún guate. Así estuviera peleando por la misma causa; yo quería tener mi propio grupo, con mi propia gente. El momento que se vivía era desesperante. La vida pendía de un hilo, de un salto, y este temor angustiaba a los vivos. Y si había algunos que se resignaban a esperar la muerte encerrados en sus casas, con el alma hecha una cachapa de miedo; otros, echaban mano a la peinilla "tres canales" que hasta el momento sólo habían utilizado para desyerbar sus solares; o cogían la vieja escopeta de fisto, pero esta vez no era para cazar patos en los esteros; o agarraban la lanza tigrera del abuelo y no era para ir tras el bicho que se estaba comiendo los marranos, era para correr a unirse a los grupos combatientes que ya estaban operando en el piedemonte y otros lugares del Llano, porque iban decididos a vender caro el pellejo. Pero también nos encontrábamos con descamisados huyendo cobardemente.

-¿Pa'onde va corriendo, cámara? -¡pa'l monte, a esconderme! -¿ Y por qué no se queda a peliar como los machos? -Porque yo no quiero peliar, por eso, no le ando buscando pleito a naiden; respondían mientras huían como alma que lleva el diablo. Mientras unos se escondían o se dejaban matar, otros llegaban a ofrecerse para vengar a sus muertos. Recuerdo el día que nos topamos con "Coco," era apenas un zagaletón que venia trochandito en una mula parda. -¿ Qué bastimento lleva, vale? le preguntó «Pielroja». El vainero respondió sin percatarse con qué gente se encontraba: y respondió frescamente: -De bastimento llevo un piazo e' panela pa 'jartámelo en el primer pozo de agua que jaye; un revólver "Mitilguilson", tres cajas de bala y unas ganas de toparme con esos desgraciados chulavitas, que le metieron candela a mi rancho con mi taita y mis hermanos a' entro. Con este mismo rescoldo se nos unió Emiliano Fernández y el Cabo Azulejo. Yo sabía que cada muchacho de estos, era una culebra que iba a mi lado dispuesta a morder mortalmente al enemigo.

-La primera emboscada que le hicimos a los militares, fue por el Caño Canacabare, mas acá de Ventanas, en el fundo de la Macarena, donde no encontramos sino al mensual. Mientras descansábamos se me ocurrió una idea que de inmediato puse en practica. -Mira, chico le dije al mensual: tú que eres llanero y como tal debes colaborar con la causa. El muchacho que no era otro que «Chilaco» y, que desde esa vez se vino con nosotros, dijo que estaba dispuesto a lo que fuera.

Bueno mano, coge un caballo y vete a la carrera hasta el pueblo; arrima al puesto militar haciéndote el asustado. Le dices a los policías, que aquí al fundo, llegaron unos hombres muy enfermos; pero que tu crees que son chusmeros. Estoy seguro que esos pendejos se dejan venir como garzas al pozo de pescao. Pero mira mano representa bien la comedia para que te crean; te ofreces como baquiano y los traes por el caño. Ahí estaremos nosotros esperándote; cuando llegues al paso les dices que tu vas primero para indicarles el vado, y apenas entren en el caño, dale chaparro al caballo para que pases rápido. Ahí les caemos nosotros. Fue así que los cogimos sin que botaran un tiro al aire. Eran siete guates, siete fusiles y siete uniformes, con los cuales ya nos sentíamos armados.

-Ahora íbamos con el corazón crecido y la esperanza caliente, con muchas ganas de acción. Ocasión que se presentó pocos días después cuando nos encontramos con el Teniente Requiero Perdomo, quien venia con sus hombres del Vichada. Le pedí que formáramos un solo grupo con los míos.

-Como no compañero, me dijo: usted sabe que la unión hace la fuerza. El grupo de Requiero Perdomo, estaba formado por hombres fibrosos, hombres heridos directamente en lo íntimo de sus sentimientos: hermanas, mujeres e hijas violadas y después muertas, hijos castrados, hogares destruidos: nada les quedaba. Toda aquella vileza ya no les producía consternación sino arrestos para combatirla.

Enrumbamos hacia Maní, pero nos topamos de manos a boca con una patrulla de reconocimiento del Ejercito.

-¡Aquí nos las rifamos con estos desgraciados!- exclamó el Teniente. Requiero y yo animamos a nuestra gente. ¡Adelante, muchachos!, "a lo que vinimos vamos" Fue un plomeo encarnizado y le hicimos morder el polvo a la guatamenta uniformada. Pero no pudimos celebrar el triunfo, porque en la refriega cayó el Teniente Requiero Perdomo.

-"Lamenté sinceramente la muerte de este peliador: lo único que pude hacer por él, fue enterrarlo en medio de un pajonal de la sabana. Se lo encomendé a la Virgen del Carmen y sobre el promontorio de tierra coloqué una débil cruz que fabriqué con paja "rabo'evaca". Ahí lo dejamos con sus sueños extinguidos, con sus ansias apaciguadas y con su valor mermado. Y en el silencio de aquellas soledades, dormiría apacible porque ya su dolor no existía, porque la muerte le había aliviado la quemadura agria de las balas. En recuerdo del bravo combatiente, cuando fui ascendido a capitán por los otros tenientes, mi comando tomó el nombre de R.P ., letras que grabé en mi casco de acero. A partir de entonces se levanta el nombre de Guadalupe Salcedo Unda con el empuje de la estampida de un cimarrón en el Llano. También es aquí donde apareces tu, la mujer guerrera que me ha acompañado en esta refriega tan dura, la aparición que salió un día de las aguas del río Cravo y me deslumbró para siempre".

-¡Ay, maestro-brujo! Sin que pudiera decirle un montón de cosas que tenía atoradas en la garganta, se desapareció de mi sueño y yo desperté con el corazón transido de dolor otra vez, en una noche idéntica a la otra en que todo empezó.

Fui al tinajero, bebí agua; luego salí al patio a respirar aire fresco. Esta noche también estaba preñada de sugerencias misteriosas, de esbozos de siluetas bajo el pomarroso del patio. Ruiditos medrosos que musitaban cosas y mas cosas, como si fueran y vinieran en permanentes andanzas.

CAMINO DE CIMARRONERAS

Este llano es grande y ancho y, con todo lo grande y ancho que es, nosotros trajinamos todos estos tejidos de distancias vírgenes, toda esta inmensidad confusa la cruzamosal derecho y al revés, a lomo de bestia o a pie pelao, bajo la canícula de duros veranos o siguiendo el tránsito de los luceros por caminos de cimarroneras de antaño.

En los cuatro costados del Llano se vive la misma tragedia: los bravos trabajadores mueren implorando piedad, palabra que pierde significado ante los invasores de duras entrañas. Los lamentos de mujeres y niños se coagulan en sus propios gritos, los ecos se cansan de su resonancia; entonces comienza a surgir un rumor conspirativo como el de la tormenta con el viento.

El conuquero en su rancho ensoropado mira tristemente el plantío de topochos de la primera cosecha; despide las ilusiones que abrigó para venderla y comprarle a los hijos ya la mujer la prometida muda de ropa nueva.

Lanza un suspiro y exclama. -¡Lástima de mi topochera que está a tiro de primer corte!- Se levanta del chinchorro donde estuvo meciendo sus esperanzas, enfunda el machete en la vaina de cuero crudo que ata a la cintura, descuelga la carabina de la oreja de un horcón del rancho y se la cuelga al hombro, se tercia la mochila del pertrecho y llama a gritos a la mujer. - !Jacinta! - Ella viene compungida porque ya sabe la decisión del marido. El hombre siente pena por la pobre mujer, la besa en la frente, helada por el miedo y la angustia; besa a cada uno de los barrigones que lo miran con ojos sorprendidos, pero la suerte está echada. - Mujer- le ordena -recoja los macundales, póngale las quimbas a los zutes, échate una travesía hasta el fundo del compadre Juan. Ya manera de consuelo le promete: - Espérame negra mía, que si no me tiemplan, regreso.

Así deja el rancho sepultado con sus ilusiones. Coge camino con las orejas paradas, con la nariz al viento y con una sorda angustia que va punzándole el pecho.

El vaquero mira hacia el hato que dejó atrás y se lamenta: "Lo siento por estos lares que un día me vieron nacer; que por el amo me entra un fresco, si se lo jartan los chulos. De por aquí yo me despido; no se si algún día regrese; solo me traje mi caballo rucio y mi revolver cachablanca, es todo lo que conseguí en tantos años de trabajo. ¡Qué coño! De bastimento me llevo algunas coplas colgando". Se ajusta el sombrero, tiende la mirada por el horizonte, apura el paso del bruto y va soltando sobre la sabana las coplas que ha estructurado, según el momento por el cual está pasando su llano:

|Qué de tiempos compañeros
venimos sufriendo juntos,

|yo que tengo tantos puntos
|por experiencia probaos,
|les traigo por resultao
que el estao del llanero

|se empeora cada día
|y es inútil la porfia
de tratar de mejorarlo
sin que se junten los brazos
pa
' |formar una organización
|!Viva Dios, vivan los llanos,
viva la revolución!

Por el otro costado del Llano, donde el Llano no puede ser más llano, al ordeñador se le encoge el corazón al dejar todo aquello que fue su mundo: las vacas, que de

tanto manosearles las ubres tienen un olor diferente para él; cada vaca tiene un sonido distinto en el entrecruce de los chorros de leche cuando caen en la totuma haciendo copos de blanca espuma; de cada una de ellas tiene el sombrerito acolchado de pelos de diferentes colores, porque sobre el ijar de cada vaca recostó su cabeza para ordeñarlas mientras les cantaba bonitos versos.

El muchacho va aplastando los retoños con sus pies descalzos, salmodia cosas dolorosas mientras se aleja de la hacienda donde nació y, de no haber sido por el conflicto del momento, allí mismo quizás hubiera muerto sin haber conocido otro horizonte que aquel señalado por los cachos del ganado. Se detiene sobre el alto de un médano para echar una última ojeada, pensando:

"Desde aquí toy escuchando a los becerros berrear . Solo me traje los rejos y los talones cuarteados de tanta sabana andada y sobre la espalda traigo una carga de tristeza, pero ya no se puede vivir con esta constante zozobra". Retorna el andar por un rumbo incierto que no sabe a donde lo llevará, pero la copla que deja esparcir sobre la sabana, en medio de las tolvaneras que le salen al encuentro, tiene una firme decisión.

|Ahora me vuelvo "chusmero ",
|no quiero que a mi me toque
|lo que le paso a otros "ñeros. "
|La recluta es otra cosa
de nuestro serio conflicto
,
|nos llevan a echarnos plomo
pa
' |defensa de los ricos.

Es así como los grupos de escopeteros campesinos van uniéndose al paso de los fusileros guadalupanos. Entre tanto, yo me formaba en los entreveros de esta guerra. Todo parecía muy trágico, pero también era hermoso ver el valor, el arrojo y la tenacidad de estos hombres... en ello había algo de sublime.

Varias veces los vi atacar con rapidez de pantera, con calma pasmosa, con sigilo del gato; pero aquellas formas y tácticas eran las mismas que usaban para sorprender una manada de ganado cimarrón: desplazándose intuitivamente, dejando una distancia entre uno y otro, haciendo un semicírculo para cercar al enemigo.

-En medio de las encarnizadas batallas, cuando obedecía ordenes de quedarme oculta, barriga contra el suelo tras un matojo, sentía un angustioso temor por la vida de mi capitán y era tanto el suspenso que me parecía oír cómo crecía la yerba aplastada por mi vientre.

-A mis recuerdos viene una noche larga bajo un torrencial aguacero. Amanecimos a la intemperie entumecidos de frío, casi mudos porque para hablar había que mascar loschorros de agua que se calaban por entre las palabras.

Aquella mañana dio la orden de partida cuando apenas empezaban a divisarse en el cielo unos manchones lechosos. -Vamos, muchachos, a tomar café recién colado ya calentar el cuerpo en el hato de la Primavera.

-Pobre mujer, me dijo apretándome contra sus ropas mojadas, pero en su pecho palpitaba el corazón caliente de amor por mi y de coraje hacia los sanguinarios que estaban acabando con los hogares acogedores del Llano. Así lo manifestó mientras abandonábamos el monte donde nos cayó todo el aguacero tendido de aquella noche, que le daba paso aun amanecer palúdico, "malasangroso" como dice el llanero. -jMalditos sean esos hijueputas! ... están acabando con la gente buena de nuestra tierra.

La marcha comenzó. A los muchachos ya no les cabía tanto silencio y tanta agua chorreando sobre sus humanidades; parecían rotos, con el estómago pegado al espinazo.

-¡Qué hambre! Tengo las tripas hechas un nudo- dijo un hombre grande y corpulento como un árbol de caramacate, a quien apodaban "Marcagrande". Luego, señalando una mata de monte en plena sabana, se dirigió al capitán. -¿Por qué no nos arrimamos a esa mata a ver que podemos echarle al estomago?

-Pero... qué carajo puede haber ahí? -respondió -¿ y qué me dice de esas palmas cachorras?- insistió el hombre y sin esperar respuesta dirigió la bestia hacia la mata.

-Este "changarote" anda viendo comida en todas partes. Vamos a ver qué podemos encontrar en estos zaetales. -!Jobas! gritó "El Diablo" mostrando los copos de un jobo pepiado. Pero "Marcagrande" no fue hacia el árbol de jobo, sino que saltó de su caballo a los copos de una palmera joven y, haciendo acopio de su fuerza descomunal, la abrió en dos, luego le extrajo el corazón a la palmera y le pegó una dentellada. -Buen palmiche -comentó, ofreciéndome un pedazo del cogollo tierno y dulce, lo comí con tanta hambre, que de inmediato tenía la mano estirada pidiéndole otro pedazo. "Marcagrande" continuó abriendo las palmas como si fueran frágiles plantas quebradizas, se colocaba atravesado en el centro del cogollo y, empujando con los pies las pencas hacia un lado, con las manos empujaba hacia el otro extremo; las palmas crujían y se abrían por el centro, dejando al descubierto el apetecido palmiche que todos devorábamos en segundos; otros hombres, traían sus sombreros colmados de olorosos frutos de jobo y los repartían como pasabocas en una fiesta de gala. De allí salimos con la lengua dulce de tanto mascar cogollos de palma y los dientes fríos por la dentera de las pepas.

Encabezando la marcha, mi Capitán soñaba con una taza de café recién colado. El sol se levantó con esa pereza anémica de los amaneceres invernales que pronostican más lluvias en el transcurso del día. De pronto, al salir de una vuelta del monte que bordeaba la sabana, divisamos el hato de la Primavera. Le soltamos las riendas a los caballos, que inteligentemente apuraron el paso ansiando verse libres del peso de sus jinetes; pero, en el instante de llegar a las cercanías del hato, nos salió al encuentro aquella fetidez fatídica que anunciaba el paso de los "Chulavitas". Todo estaba muerto. Solo denotaba vida la zamurada que alas abiertas, cruz de pluma, coronaban los estantillos de la cerca alambrada. Los carroñeros aprovechaban el sol enclenque para secar y lustrar el luctuoso plumaje. Mi Capitán se descubrió la cabeza. - Aquí no quedo alma viviente, sigamos la marcha.

Llano adentro, Llano atravesado, nada mermaba mi entusiasmo y la alegría de andar a su lado, ni siquiera el pensar que de un momento a otro uno de los dos podía desaparecer; nada nos amedrentaba, ni la muerte; todos éramos jóvenes mamándole las tetas a la vida. Los caminos nos quedaban cortos, así fuéramos al mismo infierno. Nada detenía la marcha de aquellos soldados llaneros: ni los inviernos torrenciales, ni los días calientes como boca de fragua cuando el cielo se mantenía quieto incubando sus huevos de trueno apunto de reventar .

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