Silenia Monteblanco
En lo más profundo de las selvas del vaupés, en los momentos más
angustiosos de mi vida, comence a contarle esta historia a un viejo
sabio, quien me escucho con atención.
Mire maestro, los sueños y las visiones empezaron una noche, una
noche igual a otras, al comienzo; pero ésta, a la que voy a
referirme, cambió el transcurso de mi vida para siempre.
Me encontraba en el silencio de mi rancho, dormía profundamente
en el chinchorro grande de cumare, el mismo que compartía con él,
cada vez que podía escaparse a entregarme sus caricias de amor;
claro que esto de las escapadas comenzó después de la mentada paz,
esa farsa que para mí se convirtió en infierno, porque antes de
ella, los dos andábamos tan unido como los dedos de una mano.
Pues bien, maestro-brujo, esa noche, en la profundidad de mi
sueño, escuche unas detonaciones, no puedo precisar cuántas fueron,
pero si puedo decirle que a cada una de aquellas detonaciones mi
cuerpo se sacudía horriblemente.
Desperté sobresaltada, oprimiéndome el pecho, porque el corazón
me dolía como si me lo hubiera atravesado una bala.
Dejé el chinchorro de un solo salto, corrí al tinajero y saqué
un jarro de agua fresca, me la tome a grandes tragos, sentí que
moría sin aire; entonces, salí al patio y aspire profundamente
aquel aire saturado con fragancia de flores de resedad y suspiros
de yerbabuena entre el sueño apacible de las plantas.
La luna navegaba por las regiones del cielo, parecía una
doncella buscando a su amante extraviado, y yo, sin saber que hacer
con aquel desasosiego inexplicable, le pregunté a mi corazón.
-¿qué te pasa corazoncito mío? Pareces un pato yaguazo
asustado. Sin poderlo evitar, me eché a llorar, porque
intuitivamente presentía que mi hombre había muerto.
¡Dios! el corazón me lo decía. y dejé escapar un grito',
un grito que se fue nadando en mi llanto para perderse en la noche
solitaria. -¡Mi capitán, presiento que te han matadooooo!
Mi Capitán, así lo llamaba amorosamente.
Después encaminé mis pasos hacia el otro extremo del rancho,
hacia la parte que franqueaba a la sabana y ¡ah! todo
había sido producto de la pesadilla que acababa de tener: allí
venía trochandito por el camino real. Arreglé un poco mis cabellos
en desorden, sequé mis lágrimas con el ruedo del camisón y puse en
mis labios la mejor sonrisa que una mujer pueda regalarle al hombre
amado.
Sí señor, su figura me era inconfundible, era como un tatuaje
moviéndose en la sabana, ese pedazo de sabana por la que llegaba en
noches tan claras como aquella que me cobijaba, y en otras tan
cerradas como pluma de zamuro, bajo relámpagos y truenos,
enchumbado hasta los huesos y alegre como un alcaraván; pero esta
vez no llegó al rancho. En el cruce de caminos se desvió apurando
el trote del caballo, como si hubiese visto un fantasma.
Cuando lo vi alejándose, salí al paradero agitando los brazos en
alto y gritándole. -¿Qué sucede mi capitán?
¿por qué pasas derecho? ¿acaso no piensas
entrar a regalarme una caricia? ¿o es que vas para
Guariamena, a ver a tu familia?
Tu familia, así me refería para nombrar a María de la Cruz
Cedeño, su legitima esposa; y era que temía irrespetar el nombre de
esta valiente y buena mujer, y también le temía por ser la dueña
del hombre que yo tomé prestado cuando la suerte me lo cedió a
orillas del Río Cravo.
- Silenia, esta noche no puedo detenerme, voy para un viaje muy
largo y no sé cuándo regrese, me gritó sin voltear a verme; su voz
me sonó rara y su grito pareció irse acomodando en el espacio.
-¿Pero, por qué no arrimas aunque sea un ratico?
supliqué. Nada me respondió. El caballo iba ya a galope tendido y
su figura se me desdibujaba entre la noche y la distancia.
La luna pareció estancarse en medio cielo, la noche podía
medirse por las lejuras de los caminos, el gallo pasionero cantó
una sola vez sobre el caballete del rancho y cayó entre estertores
y aleteos. Al borde del camino, el grillo dormitaba eternizando su
canto, mientras el cocuyo rayaba la sabana aquí y allá, con sus
tiritas de luces intermitentes. En medio de todos aquellos
presentimientos y visiones, de una angustia que me exprimía el alma
como a una caña hasta dejarla hecha una bagazo, me dejé caer en un
taburete bajo el alar de la caballeriza.
Quién sabe cuanto tiempo permanecí allí sentada, enterrándome
las uñas en mis muslos duros y torneados, tratando de herir
aquellas carnes que habían sido el encanto de sus ojos: a menudo me
repetía. "Silenia, que bonitas piernas tienes, chica,
consérvamelas así por siempre". Si mis piernas eran un
templo de adoración para él, ¿qué estaba pasando?
¿por qué aquella indiferencia ahora?
Algo misterioso que no podía descifrar se estaba interponiendo
entre los dos; me acordé del gallo de la pasionero, el canaguay que
naciera en Jueves Santo, en el que ponía toda su fe cuando lo
jugaba y que jamás perdió una pelea; ¿qué había sido
aquello? ¿Por qué cayó con esos aleteos estertóreos
cuando la figura del amo se borraba en el paisaje bañado por el
plateado lunar? Lo encontré bajo el alero del rancho, frío, con las
alas abiertas, mostrando un gran dolor al escapársele la vida por
entre el pico.
¡Dios, que mal presagio! Todo ésto era como un
acertijo que yo me juré aclarar, así tuviera que ir al otro mundo
para encontrar las respuestas.
La noche se tornó infinita ... En lo insondable de ella me lancé
a recoger todo lo que me unía a él por los suelos de los
llanos.
¡Que tramas tan raras teje el destino sobre los seres
humanos! Yo Silenia Monteblanco, formada en el seno de un hogar
campesino, bajo las limitaciones de aquella moral represiva para la
hembra, esa moral martillada hasta el cansancio por mis padres,
quienes vendieron la mayor parte de sus vaquitas para pagarme un
internado de monjas en la capital. Y todo este sacrificio lo dieron
por justificado dizque para hacer de mí una mujer de bien en la
vida.
Menos mal, que los pobres viejos no vivieron para ver, que el
bien en una mujer, es mandar al diablo los prejuicios cuando el
ardor en la hembra es capaz de tomar al macho donde se le presenta
la oportunidad.
Esto fue la que hice el día en que me sorprendió bañándome en
las aguas del Río Cravo. De un manotazo rompí la tela trágica de la
represión femenina, los conceptos estúpidos con que me criaron mis
viejos, hice añicos el conformismo tradicional del honor a que
estuvieron sometidas mis abuelas. Todo ésto se fue para el carajo,
un día canicular en una playa...
Nunca pude explicarme a qué fuerza obedecí al no hacer lo que
otra mujer llanera hubiera hecho en mi lugar . Lo más pudoroso
habría sido sumergirme en el agua hasta el cuello y haberle pedido
que se retirara de allí mientras tomaba la ropa que había dejado en
la orilla.
Pero no lo hice, maestro-brujo, no lo hice. Comencé a avanzar
hacia la orilla, mostrándole toda la desnudez de mi cuerpo,
caminando con sensuales pasos y con un cimbreo de cintura que ponía
azogue en mis pezones rojos como picos de garzas hambrientas. El
guapo estaba cautivado, sobre un brioso ruano que mascaba el freno
con los belfos espumosos y las fosas dilatadas, aspirando el fresco
olor del líquido frente a su sed desesperada, mientras su jinete me
sonreía con una mezcla de música y misterio, con los ojos llenos de
lumbre de sol y brillo de luna, con su piel de cimarrón llanero que
me hablaba de muchas leguas andadas y de recientes combates.
Antes de que el guapo saltara del ruano, ya nuestras almas
estaban unidas; y cuando me levantó con sus brazos fuertes, los dos
nos fundimos en un solo cuerpo sobre las arenas de la playa.
El caballo saciaba su sed en las cristalinas aguas del río y,
nosotros le dábamos comienzo aun amor que jamás se saciaría, un
amor que surgía sin palabras, sin saber quién era cada uno de los
dos; un amor que sobreviviría a la vida ya la muerte, un amor que
se acostumbraría a saltar del placer a la angustia, de la inquietud
de una noche al amparo pacífico de la naturaleza, al estallido de
espantosos combates, a largas jornadas de caminos ya grandes
sacrificios para defender nuestra tierra y su gente.
Después de aquel momento, lo único que me importo fue volarle la
pierna aun caballo, encintarme un arma y convertirme en una
guadalupana.
Jamás me detuvo nada, ni siquiera la turbulencia de 10&
ríos crecidos, porque junto a él, hombro a hombro, los crucé
arrastrando la bestia con el cabestro entre mis dientes.
El "payé" me escuchaba con un vaho de misterio
en la mirada, su cuerpo se mantenía en una laxitud increíble. Me
detuve para no interrumpir aquel éxtasis del viejo in- dio que
parecía navegar por senderos infinitos. El viejo levanto una mano
con tal lentitud, que su brazo parecía desgonzado y me indicó que
continuara mi relato.
Al día siguiente de aquella noche de pesadillas, de aquellas
visiones y malos presagios como la muerte del gallo de la pasión,
me entere de la cruel noticia. Enloquecida de dolor ensille a
Canela, mi yegua sillonera y salí a galopar por las sabanas, por
los caminos secretos, por los caminos del diablo en noches de
plenilunio y aunque se dice que el llano no es para transitarlo de
noche, que la noche pertenece a los espantos, yo ambulaba y
deambulaba sin encontrar alivio. Cada noche martirizaba a la yegua
con aquellas largas cabalgadas y en esos recorridos, escuchaba
desde lejos, en las casas campesinas, el murmullo de las gentes
rezando novenarios por el guerrero y amigo, implorando paz para su
alma en la eternidad.
A medida que iba transcurriendo el tiempo, nadie volvió a pasar
frente a mi rancho, porque se comentaba que el diablo venía a
visitarme, que escuchaban sus cabalgatas nocturnas y que el caballo
del demonio despedía chispas de candela con sus cascos; pero a mí
no me importaban las invenciones de la gente; ni tampoco le puse
término a mis cabalgatas nocturnas, pues con ellas conseguía
recorrer parajes y sitios por los que
|un día pasamos
optimistas, o sintiendo el peso agobiante de la guerra; era tan
grande mi dolor, que comía muy poco y dormía todo el día, sin
importarme lo que sucediera a mi alrededor.
Un viejo solitario que vivía en una mata de monte, de cuando en
vez arrimaba a mi rancho, descargaba algunas cosas de comer. Mi
soledad, igual a la suya, lo conmovía; me llamaba la bella
durmiente, porque siempre me encontraba con todo el cuerpo
desmadejado en el chinchorro, durmiendo profundamente a cualquier
hora del día; pero era que mi cuerpo no tenía voluntad para otra
cosa que para aquel relajamiento obligatorio. En cambio el
pensamiento era una antorcha luminosa, guiándome hacia el in-
sólito encuentro con el hombre amado.
Después de seis largos meses se encendían velas en las casas
llaneras y la gente se reunió una noche a mitad de ese año, la
misma en que por primera vez en todo ese tiempo no salí a cabalgar
porque me sentí sin fuerzas para hacerlo. Los ojos me pensaban como
dos bolas de plomo y caí en un letargo profundo mientras escuchaba
su voz lejana, lejana: "Silenia... aquí estoy; ven para
que hablemos". No puedo describirle, maestro-brujo, el
ansia y la alegría que me embargó, y en aquel letargo oía mi propia
voz suplicante: Ven capitán mío, aquí estoy esperándote.
-"No puedo Silenia, eres tú la que tiene que venir hacia
mí".
Luché para entrar en un ambiente desconocido, hasta encontrar un
sendero donde presentía que la tierra se terminaba, por que creí
caer en un vacío. Escuché que aire se precipitaba Con un rumor de
cascada saltando hacia lo incalculable, hacia la nada.
De pronto apareció ante mi, montado en un caballo rucio
mosqueado, con su buen talante de jinete sin igual; me sonrió con
la mezcla de misterio y música, igual que me sonriera aquella
primera vez en la playa del Río Cravo, pero no había provocación en
sus ojos, solamente reflejos de alegría por aquel encuentro. Me
tendió los brazos, Como lo había hecho en tantas ocasiones cuando
me montaban en ancas del caballo; yo también le tendí los míos pero
nuestras manos no alcanzaban a tocarse y, los dos captábamos aquel
vacío que nos separaba, sobre el cual no nos atrevíamos asaltar .
Después pareciendo resignarse, recostó un codo sobre la cabeza de
la silla y me habló de algo que parecía estar viviendo en el
momento - "Silenia, fíjate que esta tarde cuando tu me
serviste la comida llegó un viejo pidiendo que lo dejaran hablar
con el Capitán Guadalupe Salcedo; los muchachos trataron de
interrogar- lo primero pero no los dejé. - Yo soy el Capitán
Guadalupe Salcedo. -¿ Qué desea amigo? El viejo venía
herido en el hombro izquierdo y traía trozada la mula de tanto
correr; enseguida se tiró de la bestia y trastabillando, giró para
señalarme en el cielo la nube negra de la zamurada que vimos a
mediodía por los lados del Charte". iYo ta 'ba con él
cuando lo mataron Y yo lo vengué, capitán!. Era un estafeta suyo,
me dijo el viejo, descubriéndose la cabeza.
-"Mira, Silenia, no ha)' cosa que me encienda más la
sangre. que maten a un estafeta, porque éstos son los hombres más
pantalonudos que tengo; ellos siempre van con el bastimento de la
muerte a cuestas. Es por esto que dejé la comida en el plato; Y tú
haciéndome reclamos de que no me había gustado lo que me guisaste.
No amorcito, todo lo que tu me preparas es mas bueno que un botano
de miel de aricas".
!Ay! maestro-brujo, ningún cambio se había operado en su
personalidad, era el mismo llanero con su enjambre de palabras
espontáneas, como si apenas hubiesen pasado unas horas.
Cambió de posición en el caballo y continuó contándome.
"¿Cómo fue?" le pregunté al viejo. El
muchacho venía herido cuando me lo topé, le di agua y un pedazo de
panela pa ' que recuperara fuerzas; me contó que habían matado a su
compañero y que lo andaban siguiendo, que venía a traerle el
mensaje de que Jerónimo, el godo, es el sapo número uno del
gobierno. Estábamos en ésto, cuando nos salió el matón ahí mismito,
en nuestras narices, como retoñao del infierno; el desgraciao
estaba enrrastrojao a unos cuantos pasos del guarataro pichón, onde
nosotros nos encontrábamos. De una vez le puso el revolver como una
perfumadora en medio de los ojos y le gritó: -¿Qué
chisme llevas?. ¡Va a tener que llevárselo a Satanás! Yo
reculé unos pasos hacia mi mula, pero el guate matón me pegó un
grito: -¡Quieto viejo giievon, o le agujero el pellejo!
-y mientras decía ésto le sopló el tiro entre los ojos al muchacho,
pero yo ya le había echado mano a la peinilla que tenía en la
coraza de la silla, y me le abalancé; sentí el coñazo del plomo en
el hombro izquierdo. Pero con la mano derecha le baje la topia de
un solo machetazo.
"Esto fue lo que me contó el viejo: por ahí anda, ya lo
curaron y le dieron de comer; te lo encargo, Silenia. Es un viejo
guapo, un Viejo cascara amarga .
Mire, maestro-brujo, en mi sueño las escenas se producían con
tal realidad, que el sol parecía que iba a desplomarse en cualquier
momento en el poniente. El me mostró el mapa Verde del Llano con su
vértigo de colorines del ocaso, y la emigración de los carroñeros
hacia sus palos dormitorios, donde esperarían el amanecer para
continuar con su festín de carne humana.
-Mira, Silenia- me dijo, a manera de consuelo. - «yo
sé, que si las zamuradas de por aquí se están engordando con carne
de llanero, también se que estos bichos andan ahítos de tantos
chulavitas que han comido... porque los campesinos nuestros, así
como el viejo de esta tarde, corren bajito por entre todos estos
matamargales, le clavan la cabeza a cuanto río y caño se les pone
por delante, y me avisan donde se apresta a cazar el tigre
barretiao del gobierno. Es por esto, que siempre le caemos el
enemigo sin darle tiempo amartillar un fulminante».
Luego, remató diciendo con picardía al tiempo que se pasaba el dedo
por el cuello. "Mataguaro no es Guabina"
Después guardó silencio escudriñando con la mirada las
distancias; parecía que su voluntad fuera dirigida, no por él, sino
por el curso azaroso de la guerra, sintiéndose único bajo el peso
histórico de su capitanía, que sus paisanos le habían confiado.