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*En: Manual
de Literatura Colombiana. Bogotá, Procultura-Planeta 1988, 2 vols.
INDICE
José Manuel Restrepo
Memorias
Acosta y Plaza
La historia como apología:
Groot y Samper
José
María Quijano Otero y la polémica de la Independencia
A finales de siglo:
Erudición y Costumbrismo
Los estudios sobre los
indígenas precolombinos
La historia académica
En busca de la amenidad
Hacia la ruptura.
En un sentido estricto,
puede sostenerse que la historia, como género literario y, en opinión de muchos,
científico, surge en Colombia sólo después de la Independencia. Es cierto que durante
el período colonial, desde los días tempranos de la Conquista, los cronistas dejaron
extensas narraciones de los hechos de los españoles y de las luchas con los indígenas.
Muchos, como el obispo Lucas Fernández de Piedrahíta, escudriñaron documentos,
compararon versiones y criticaron los testimonios para relatar los actos de conformación
de la Nueva Granada. Sin embargo, estos trabajos están caracterizados por la presencia
inmediata del testimonio, por una actitud sólo levemente crítica, por el impulso a
incluir todos los incidentes y sucesos porque todos son, en principio, interesantes: son
obras sin perspectiva, sin un punto de vista unificador (1). Este punto de vista unificador
surgirá con la afirmación nacional. Algunos de los textos de Caldas y de los
científicos ilustrados comienzan a conformarlo, y entre ellos comienza a surgir la
preocupación por la escritura de la historia. Jorge Tadeo Lozano y Francisco José de
Caldas se sienten obligados, en los días siguientes a la declaración del 20 de julio de
1810, a ofrecer un extenso registro de los hechos del momento, útil para la posteridad y
para el presente. El Correo Curioso publica ese texto, que aunque esté más cerca
del periodismo que de la historia, surge ante todo por motivaciones históricas, por el
afán de dotar a una nación que empieza a conformarse, con un pasado que esté a la
altura de los merecimientos presentes (2).
José Manuel Restrepo
Esta preocupación
conduce, en forma muy temprana, a una obra de notable madurez: la Historia de la
Revolución de la República de Colombia. José Manuel Restrepo era un buen
representante de los ilustrados de fines del período colonial. En 1807, después de haber
estado en contacto con Mutis y Caldas, de haber estudiado derecho en Santafé, y recibido
instrucciones particulares de Caldas, se radicó en Antioquia, su tierra natal, y allí
dedicó buena parte de su tiempo a elaborar un mapa de la provincia y a escribir una
memoria geográfica sobre ella, la que fue publicada en el Semanario del Nuevo Reino de
Granada en 1809. Sus intereses parecían llevarlo hacia la actividad comercial y
jurídica, acompañada de un diletantismo científico; la Independencia lo lanzó en 1810,
cuando contaba con 29 años, a la política, con evidente desgano. Ocupó en ella, sin
embargo, cargos elevados. Diputado a los congresos nacionales, secretario de gobiernos
antioqueños, una oportuna emigración a Jamaica le ahorraría lo peor de la reconquista;
visitó los Estados Unidos y se interesó en su industria textil y en su tecnología.
Vuelto al país en 1818, ocupó después de la batalla de Boyacá la gobernación de
Antioquia, fue diputado al congreso de Cúcuta y, de 1821 a 1830, con algunas breves
interrupciones, ministro del Interior.
Vinculado a grupos de
empresarios mineros y comerciales, tanto por razones familiares como por sus propias
actividades privadas, su posición política fue siempre de evidente moderación, y fue
haciéndose paulatinamente más conservadora: en la década del diez apoyó a los
federalistas; a comienzos de la década de 1820 se advierte que está cerca a los
santanderistas moderados, pero para 1827 podría definirse como un bolivarista
republicano. Sin embargo, al año siguiente apoya la dictadura de Bolívar, realiza
gestiones, como miembro del gabinete, para buscar el establecimiento de una monarquía en
Colombia y, en 1830, su afán de orden y autoridad le hace recibir con esperanzada
resignación la dictadura de Rafael Urdaneta. Durante los veinte años siguientes es uno
de los patricios de ese protoconservatismo civilista del cual fueron también buenos
exponentes José Ignacio de Márquez o Rufino Cuervo, y a partir de 1849 se identificará
con el partido conservador.
Desde la adolescencia
había estado en contacto con algunas obras históricas, y es posible que hubiera leído a
Voltaire, a W. S. Robertson y a otros autores de la época. En 1819 comenzó a llevar un
«diario político y militar» y por lo menos desde 1821, cuando se fue a vivir a Bogotá,
comenzó a recoger una extensa documentación sobre las luchas de independencia. Con base
en estos materiales publicó en 1827 la Historia de la Revolución de Colombia. Sus
siete volúmenes de texto, a los que adicionó tres de documentos y un atlas, ofrecían
una descripción de la Nueva Granada y una historia de la lucha político y militar por la
independencia hasta 1819 (3).
La obra fue bien
acogida. «Imparcialidad y verdad, he aquí los dos principales caracteres que me propongo
dar a cuanto escriba» (1827: I, p. 9). Ésta era su pretensión central, y los lectores,
en general, encontraron que la obra cumplía con ella. Es cierto que Restrepo escribía
sobre hechos que acababan de suceder, y la documentación utilizable, así como los
testimonios de los protagonistas, a los que recurrió en forma extensa, no le permitían
decir siempre la última palabra. Varios de sus contemporáneos se ofendieron con sus
juicios y al menos uno de ellos, José Fernández Madrid, trató de utilizar la influencia
de Bolívar para lograr que modificara su versión de la caída de la República en 1816.
En todo caso, don José Manuel consideraba este texto como provisional, y durante los
años siguientes continuó reuniendo información, hasta que tuvo lista en 1839 una
versión más amplia, cuya publicación se fue difiriendo hasta 1858, lo que le dio campo
para nuevas ampliaciones y correcciones.
Desde la versión de
1827 resulta evidente la visión que tiene Restrepo de su función como historiador. El
conocimiento de la historia permite comprender las causas de las transformaciones
políticas y sociales, y sirve de enseñanza para el futuro. «Ved en nuestra historia el
cuadro fiel de nuestras gracias y nuestros triunfos [...] ved también el cuadro de
nuestros extravíos, que tanto han contribuido a prolongar la guerra [...] Meditad
profundamente en estos sucesos que encierran lecciones harto saludables para la actual y
las futuras generaciones» (1827: I, p. 201). Este conocimiento requiere el
establecimiento de una narrativa cierta e imparcial de los acontecimientos, a la cual
llega el historiador mediante una cuidadosa crítica de los testimonios documentales,
escritos u orales. La búsqueda de las causas del proceso de independencia lo lleva a
formular las que harán luego parte del saber convencional de nuestra historia: el
interés de los criollos por romper el monopolio comercial español, la discriminación
social y política contra los criollos, la mala administración de justicia, las
restricciones a la educación y a la ilustración. La enseñanza esencial es en 1827 la
necesidad de huir «como de nuestros más crueles enemigos, de todos aquellos que os
persuadan que debéis adoptar en nuestras leyes fundamentales las teorías brillantes del
federalismo» (1827: I, p. 202).
Esta visión es más
explícita, pero poco ha variado en 1858. Allí insiste en que se trata ante todo de
«averiguar la verdad comparando entre sí las diferentes narraciones», eliminando las
deformaciones que introducen «las exageraciones de los partidos contendores». Este
esfuerzo nunca concluye, «pues todo el mundo sabe cuán difícil es, por no decir
imposible, para un hombre hallar [la verdad] en todos los detalles históricos. Empero,
sí podemos asegurar que profesamos a la verdad un culto religioso [...] Igual cuidado
hemos puesto en ser imparciales, y no dejarnos arrastrar por las pasiones contemporáneas
de los partidos políticos que reinaron en Colombia» (I, pp. 11-12).
Restrepo centra su
atención en la conformación de las nuevas repúblicas mediante la guerra y la política.
Esto hace que su Historia de la Revolución de Colombia, sea ante todo una
narración político-militar, en la que se sigue ante todo una organización cronológica
del material, abandonada a veces para poder continuar el relato de un incidente importante
hasta su desenlace. Otros aspectos de la historia nacional, como los complejos
enfrentamientos sociales y raciales de las castas, o las dificultades económicas y
fiscales, aparecen en la medida en que tienen influencia directa sobre los acontecimientos
de orden político o militar. Por esto mismo, los agentes históricos, los personajes del
drama, son los dirigentes militares y políticos: son ellos los responsables de la forma
que toma la república, y sus virtudes son causa de los éxitos de la nueva nación así
como sus vicios conducen a los males que la aquejan. Al fin de cuentas, se configura una
visión que podríamos llamar judicial del proceso histórico y de la función crítica
del historiador. Éste, después de someter los testimonios a una crítica rigurosa,
establece la verdad de los hechos, elabora y configura la trama de los acontecimientos,
evalúa las intenciones y los resultados de las acciones de los protagonistas, y emite su
juicio. Este juicio sigue un código implícito que en el caso de Restrepo se deriva, en
primer lugar, de su percepción de lo que contribuye a la estabilidad de la nación, en
segundo lugar de sus opiniones sobre las virtudes y vicios propios de los hombres de
Estado y en tercero de sus puntos de vista, más o menos conscientes, sobre asuntos
políticos, morales y sociales. El historiador es, en el fondo, un hombre «sensato e
imparcial», que emite el fallo de la historia a la luz de sus convicciones morales y
políticas, tratando de lograr una imparcialidad que lo mantenga por encima de toda
desviación pasional o partidista.
Por supuesto, si bien
es posible establecer razonablemente la verdad de asertos históricos simples, mantener la
imparcialidad cuando se narra o evalúa un proceso complejo plantea problemas para los
cuales no existe solución clara. Es evidente que Restrepo trata de fundar documentalmente
la presentación que hace de los hechos, y de incluir y criticar los testimonios que
conducirían a visiones contrarias, y que en general hace un amplio esfuerzo por no
ocultar o ignorar evidencias, por reconocer en sus personajes tanto aciertos como errores,
tanto virtudes como vicios. En este sentido, no puede achacársele una deformación
consciente de los hechos, una presentación amañada de éstos. Sin embargo, desde las
primeras páginas resulta claro que su visión política y social sesga la presentación
factual y que sus prejuicios influyen en la valoración de los acontecimientos y procesos
históricos. Para un hombre que valora una forma de autoridad que refleje la opinión de
las gentes acomodadas y de bien -«las gentes de orden»-, resulta inevitable mirar con
desconfianza y censura las acciones políticas que conducían a agitar y movilizar «el
pueblo» o que reforzaban el poder de los militares. Y sería fácil mostrar cómo desde
1827 su propia evolución ideológica transforma la versión de los hechos, no sólo por
el uso de una documentación más amplia: la imagen de Bolívar se hace más compleja y
matizada, y al tiempo, el creciente conservatismo de Restrepo se advierte en la forma como
se suavizan las críticas al clero y al «fanatismo» que aparecían en la primera
versión del texto.
Restrepo ve la máxima
virtud en la moderación política («un bello espíritu de moderación presidió a los
primeros movimientos». I, p.88), en la prudencia y la circunspección («acción indigna
del alto puesto que ocupaba y de la circunspección que él exigía». 1970: VI, p. 18), y
en general elogia las virtudes privadas como la gratitud, la lealtad, la veracidad. Entre
tanto, son las «pasiones» las que provocan los actos políticos contrarios al bien
nacional, y sobre todo las «pasiones de partido», que surgen cuando se conforman grupos
que buscan la defensa o el adelanto de intereses egoístas, más bien que la búsqueda del
bien común. Así Santander recibe críticas por dejarse «arrastrar por los raptos de sus
pasiones y su genio brusco, que nada respetaba cuando perdía la paciencia» (1970: VI, p.
58), y los santanderistas se describen como sujetos a «ciegas» de «intensas» pasiones,
que casi siempre se reducen al deseo de mando o de poder y de medro personal. Este sistema
cuasijudicial, aferrado implícitamente a la moralidad privada, hace que el autor atribuya
frecuentemente los actos que desaprueba al estímulo de las «pasiones», mientras que
aquellos que coinciden con su opinión provienen de los más puros ideales del bien
público. Esto se acentúa cuando advierte que los políticos que rechaza se apoyan en
movimientos más o menos desordenados del «pueblo», que irritan su adhesión al orden.
Las peores censuras van a los dirigentes que tratan de apoyarse en grupos sociales o
étnicos «inferiores», como los negros y pardos: son los demagogos que se apoyan en «la
hez del pueblo» y en «la gente de color». Tan fuerte es el rechazo de esto, que de
allí proviene en buena parte la visión muy negativa que tiene Restrepo de Nariño, de
Padilla o de Germán Gutiérrez de Piñeres.
Todo lo anterior hace
que el tono de la obra de Restrepo sea muy hostil (además de la hostilidad contra el
español) a los grupos que trataron de estimular la movilización y la acción política
plebeyas, o impulsaron divisiones dentro de la requerida unidad nacional. Los
santanderistas, en general, caen en mayor o menor grado bajo estas censuras, mientras que
el texto resulta muy favorable, aunque sin dejar de destacar sus «errores» e
«inconsecuencias», para los grupos que configurarían la tradición conservadora: los
bolivaristas y los santanderistas moderados.
Por la ambición de la Historia
de la Revolución, la amplitud de la documentación utilizada y el enfrentarse al
proceso político central del momento, la obra de Restrepo se convirtió, desde su
aparición en 1827, en referencia necesaria para los historiadores posteriores, y en el
modelo seguido por la mayoría de ellos, incluso cuando deseaban refutarlo. La
determinación de los acontecimientos político-militares como los de mayor importancia
histórica -por lo demás, de acuerdo con las tendencias dominantes en la historiografía
mundial del siglo XIX-, la atención a la acción de los dirigentes, y la actitud de
tribunal imparcial constituyeron rasgos usuales de los mejores de sus continuadores. «Los
historiadores posteriores [...] adoptaron la Historia de la Revolución como modelo
básico para la escritura de la historia nacional y redujeron la evolución histórica
colombiana a la sucesión de luchas militares y actividades políticas: los problemas del
dominio del Estado y las realizaciones gubernamentales coparon la atención de la mayoría
de los investigadores posteriores [...] Igualmente, su obra sirvió para fijar de manera
casi inmodificable uno de los centros de atención que han fascinado permanentemente a los
historiadores. Aunque su obra era de «historia contemporánea», y fue continuada por una
Historia de la Nueva Granada [...], la historiografía nacional abandonó cada vez
más la pretensión de tratar los sucesos recientes, de modo que el límite entre lo
histórico y lo contemporáneo... se ha ido alejando
progresivamente del presente. Restrepo, al terminar la Historia de la Revolución
con los sucesos de 1832, estableció [...] un límite que solamente en raras ocasiones
transgredieron los historiadores de oficio, que abandonaron el período posterior a los
polemistas políticos y a los escritores de memorias personales» (4).
Como acaba de
mencionarse, Restrepo escribió una continuación de su obra, que llevó la narración
hasta 1854, apoyándose sobre todo en los materiales de su diario político. Además
escribió lo que constituye probablemente la primera obra de historia económica escrita
en el país, las Memorias sobre la amonedación de oro y plata en la Nueva Granada
(Bogotá: 1857), en la que utilizó sus conocimientos derivados del ejercicio de la
dirección de la Casa de Moneda de Bogotá, la que ocupó entre 1828 y 1860. En este caso,
y a pesar de que Restrepo se ve obligado a hacer una cuidadosa reconstrucción
estadística a partir de una amplia documentación, es probable que considerara que estaba
simplemente haciendo un informe administrativo, por fuera del ámbito válido del
conocimiento histórico (5).
Memorias
La obra de Restrepo
resultaba de un paciente esfuerzo de documentación y análisis, y pretendía reconstruir
un proceso histórico en su conjunto. Muchos de los contemporáneos, conscientes de la
importancia del «juicio de la historia», que el mismo Restrepo comenzaba a emitir, o
impulsados a justificar y explicar su acción en determinados incidentes, escribieron sus
propias versiones de los acontecimientos en que habían participado. En militares y
dirigentes políticos celosos de gloria y ambiciosos, como muchos de los neogranadinos que
lucharon por la independencia, no es sorprendente el deseo por dejar una imagen bruñida y
sin muchos riesgos de deslucimiento. Casi todos estos textos responden a la preocupación
por aclarar asuntos específicos, desatar acusaciones concretas o explicar sucesos que en
otra parte se encuentran bajo luz menos favorable. Son todos de importancia documental,
pero casi ninguno tiene interés independiente como obra histórica.
Entre estos
memorialistas pueden mencionarse el general Francisco de Paula Santander (Apuntamientos
para las memorias sobre Colombia y la Nueva Granada, Bogotá: 1837), José María
Obando (Apuntaciones para la historia, 1842), Florentino González (Memorias, Buenos
Aires: 1933), Francisco Soto (Mis padecimientos y mi conducta pública desde 1810 hasta
hoy, Bogotá: 1841) y José Hilario López (Memorias, París: 1857). Menos
interesadas, por ser trabajo de personaje de menor significación, y por ello más vivaces
y reveladoras, son las Memorias de un abanderado; Recuerdos de la Patria Boba,
1810-1819 (Bogotá: 1876) escritas al final de su vida por el pintor y antiguo
abanderado de Nariño, José María Espinosa.
Pero la obra más
memorable del género es sin duda alguna la del general Joaquín Posada Gutiérrez, un
cartagenero que participó en las guerras de independencia y luego en casi todos los
conflictos y guerras civiles que tuvo el país entre 1826 y 1863. En 1830 acompañó a
Rafael Urdaneta y luego sirvió a varios gobiernos constitucionales hasta el de Mariano
Ospina Rodríguez: en 1861 firmó el pacto de Manizales con el general Tomás Cipriano de
Mosquera, que el presidente rechazó y habría probablemente evitado el triunfo del
general caucano. Fue además político respetado, aunque secundario, y miembro del
Congreso, en representación del partido o de los grupos conservadores. En 1863 -tenía
casi setenta años- comenzó a escribir sus memorias. Sentía que estaba prestando un
servicio al país al narrar la historia de la disolución de Colombia en 1830 y la
trágica historia de la Nueva Granada. En efecto, Posada escribía bajo el impacto de la
derrota del régimen constitucional de Ospina por una revolución liberal: era la primera
vez que «el principio de legalidad ha desaparecido bajo la cuchilla de la rebelión», y
esto le parecía necesaria consecuencia de un proceso de destrucción paulatina de los
principios sobre los que se había pretendido fundar la República. El ateísmo, la
mentira, la desmoralización, el paso de la nación de teoría en teoría, de sistema en
sistema, el dominio de partidos extremistas, todos estos eran a su juicio aspectos de una
decadencia que parecía poner en cuestión la independencia misma.
Las Memorias
histórico-políticas (6)
son, pues, el testimonio de un anciano, que había vivido las grandes esperanzas de la
época de Independencia, rodeado entre 1820 y 1830 por personajes históricos de primera
magnitud, verdaderos héroes, que no pudieron sin embargo consolidar una república
ordenada y sólida. A partir de 1830 la historia de la Nueva Granada parecía una
constante decadencia, bajo el mando entonces de personas, políticos y militares de
segunda categoría: «¡Cómo entristecen estos recuerdos! ¡Lo que éramos entonces!
¿Qué somos hoy? [...] ¡Nada! ¡Peor que nada: somos el ludibrio del universo!» (I, p.
99). El mundo colonial, por contraste, empieza a revaluarse: los indios tenían entonces
«sus tierras propias, hoy no tienen nada. Antes no se vio jamás a un indio pedir
limosna; hoy forman ellos, unos sin brazos, otros sin piernas, y sus mujeres harapientas,
y sus hijos desnudos, las cuatro quintas partes de la falange aterradora que muestran
nuestras ciudades, nuestras aldeas...» (I, p. 108).
Se inscribe entonces
Posada dentro de lo que podría llamarse el pesimismo conservador de mediados de siglo. La
república independiente todavía puede justificarse, y Posada reitera que lucharía otra
vez contra los españoles. La Independencia ha permitido liberar a los esclavos, ofrecer
derechos a los ciudadanos. Pero el país ha caído en manos de la demagogia y de un
partido que, abusando del nombre de «liberal» ha destruido la legalidad, promovido la
participación desordenada del populacho en la política y destruido la moralidad
pública.
El análisis de esta
historia debe servir de enseñanza a las nuevas generaciones, engañadas por una visión
inexacta del pasado. «No busque el lector en este libro la rígida corrección propia de
la obra didáctica, ni la florida elocuencia de aquellas que se escriben por hombres
competentes para entretenimiento y solaz. Yo no soy literato, ni pretendo ser un erudito
consumado. No soy más que un viejo soldado que después de haber gastado mi vida en
servicio de mi patria, creo poderle ser útil todavía, escribiendo lo que vi y lo que
supe antes...» (I, p. 15). La utilidad de la historia requiere detenerse «más en la
disquisición de los principios y en el juicio de los hombres, que en la relación de los
acontecimientos» (I, p. 21); es la búsqueda de las causas que han producido
consecuencias tan lamentables y el fallo sobre las responsabilidades de los protagonistas
lo que importa. En los hechos humanos triunfan con frecuencia los que se apoyan sólo en
la fuerza o en la maldad: contra ellos quedan dos instancias supremas: «no hay más que
dos jueces competentes para fallar en definitiva: Dios en el cielo; la Historia en la
tierra» (I, p. 18).
Acentúa pues Posada la
visión de la historia como un tribunal de los acontecimientos humanos. Su posición
política es más explícita que la de Restrepo, pero defiende su imparcialidad: es como
si lo que lo hiciera adherir al conservatismo fuera justamente su análisis histórico,
que le revela que en el liberalismo residen las mayores responsabilidades por la
catástrofe nacional. En los detalles concretos, en el análisis de los hechos y la
crítica de los testimonios, muestra una constante preocupación por pesar en forma
adecuada las diferentes versiones. Su exaltado bolivarismo no le impide reconocer y
destacar los errores de su héroe, y su hostilidad a los liberales no le prohibe defender
en varias ocasiones a Santander de acusaciones que cree injustas. La tradición de
Restrepo de búsqueda de equilibrio se mantiene en Posada, cuya imagen del proceso
histórico es, por lo demás, muy similar a la del historiador antioqueño: lo que es
pertinente, lo que ha conformado el país es la acción de los dirigentes políticos y
militares que hicieron la guerra de independencia y trataron de organizar las
instituciones de la República; son ellos los responsables de los éxitos y fracasos de
Colombia, y son sus intenciones y los medios empleados para realizarlas los que deben ser
sometidos a un escrutinio detallado. Las equivocaciones, los desaciertos, las pasiones de
los hombres eminentes, sus intereses y sus esfuerzos constituyen las fuerzas que conforman
el campo de la historia, y a ellas se dirige el historiador, para tratar de encontrar su
trabazón, su encadenamiento propio.
Las Memorias
tratan con un poco de duplicación, el período que dejó sin cubrir la Historia de la
Revolución. El primer tomo, publicado en 1865, se refiere ante todo a la disolución
de Colombia, a los años de 1826 a 1832, mientras que el segundo, publicado en 1881,
cuando el autor tenía ya 84 años, lleva el relato hasta 1853. Para la historia de este
período fue durante casi un siglo la fuente esencial, pues la única obra comparable, la Historia
de la Nueva Granada de Restrepo, apenas se publicó después de 1952. Desde un punto
de vista narrativo, las Memorias conforman un texto mucho más atractivo que los de
Restrepo. Esto puede provenir, como lo hizo ver Miguel Antonio Caro, de la forma más
dramática que adopta el relato de Posada, sobre todo por la mayor atención a la
psicología de los protagonistas y a la definición de los intereses y objetivos de
éstos. Mientras Restrepo tiende a caer en una pura acumulación cronológica de
acontecimientos, Posada atiende más a los personajes, y esta preocupación biográfica da
más vida a los conflictos políticos y militares que narra. Además, Posada encuentra
dignos de mención, quizá por no considerarse historiador, elementos secundarios que dan
un contexto más preciso a la acción. Aspectos de la vida cotidiana, fiestas y
celebraciones populares, por ejemplo, encuentran sitio en su texto, junto con una
descripción de Cartagena «en tiempos del cólera» o con un análisis de las
dificultades de un general colombiano para hacerse obedecer. Estos rasgos dan por un lado
mayor atractivo literario a la obra, y por otro colocan las acciones de los protagonistas
en una perspectiva más real, al mostrar en alguna medida el medio en el que actuaban y
que en cierta forma los definía y limitaba.
Acosta y Plaza
Restrepo y Posada
Gutiérrez definieron el marco cronológico de la historia contemporánea, de la
formación de la nación independiente y su crisis posterior. Pero antes de que el
pesimismo comenzara a apoderarse de los conservadores, a mediados de siglo, Joaquín
Acosta y José Antonio de Plaza trataron de encontrar los antecedentes del nuevo país, de
rastrear el pasado nacional hasta las culturas indígenas y hasta la época colonial.
Joaquín Acosta era
casi contemporáneo de Posada Gutiérrez: había nacido en 1800, y por lo tanto llegó a
la mayoría de edad bajo la impresión de la reconquista y de los triunfos de Bolívar. En
1819 dejó sus estudios para enrolarse en el ejército, y después de un lustro de
campaña se fue en 1825 a Europa, donde pasó cuatro años alternando estudios
científicos con una vida social que lo puso en contacto con Alejandro de Humboldt, Juan
Bautista Say, Destutt de Tracy, Augusto Comte, P. S. Laplace y J.L. Gay-Lussac. Al
regresar al país se dedicó a la enseñanza científica, al establecimiento de una
fábrica de cerámica y a la dirección del Observatorio Nacional. Su actividad política
lo llevó a la Asamblea Provincial de Cundinamarca de 1833 a 1837 y a la Cámara de
Representantes entre 1834 y 1843. Entre 1843 y 1845 fue ministro de Relaciones Exteriores,
en el gobierno conservador de Pedro Alcántara Herrán, y en 1845 decidió volver a Europa
a continuar sus estudios, tras una permanencia, la tercera de su vida, en los Estados
Unidos.
En Europa, además de
publicar un completo y detallado mapa de la Nueva Granada y de reeditar el Semanario de
Caldas, así como de editar los trabajos científicos de Desirée Roulin y J.B.
Boussingault, Acosta dio a la imprenta el Compendio Histórico del Descubrimiento y
Colonización de la Nueva Granada en el siglo decimosexto (París: 1848). Allí
ofrecía «una narración completa y exacta, aunque compendiosa», del proceso de
establecimiento español en Nueva Granada. La obra concluía con la muerte de Gonzalo
Jiménez de Quesada, en 1579; el autor ofrecía continuar más allá de esta fecha en un
trabajo posterior, que nunca fue publicado, y no se sabe si comenzó a escribirlo antes de
su muerte, en 1852.
Acosta había adquirido
una actitud científica seria durante sus estudios en el exterior, y el Compendio
la refleja muy bien, pues constituye un esfuerzo notable de utilización de la
documentación conocida para ofrecer una imagen rigurosa y factualmente segura de las
culturas indígenas, ante todo la chibcha, y del proceso de conquista. Para lograr esto,
Acosta leyó prácticamente toda la documentación publicada hasta entonces, e hizo uso de
varias crónicas inéditas, como las de Juan Rodríguez Freyle y Pedro de Aguado, que
sólo se publicaron a finales del siglo pasado. Además, tuvo acceso a la llamada
colección Muñoz, conformada por los manuscritos seleccionados en el Archivo de Indias
por el último de los cronistas reales a fines del siglo anterior. Acosta había estado
seducido por la obra de William Prescott, el conocido historiador norteamericano, autor de
las historias de la conquista del Perú y de México, al cual escribió ofreciéndole toda
la documentación que había recogido para que elaborara una historia de la conquista de
Nueva Granada. Prescott, achacoso y casi ciego, y empeñado en escribir la historia del
reinado de Felipe II, rechazó la oferta, y Acosta decidió escribir él mismo la historia
de la conquista. Contra lo que podría esperarse, no se advierte ninguna influencia
literaria del romántico autor norteamericano sobre Acosta, cuyo texto es bastante sobrio
y ajeno a todo dramatismo.
A pesar de que Acosta
deseaba escribir un libro elemental, confiaba en que la comprensión de «la situación
social en que Europa halló las diversas regiones de América en la era del
descubrimiento», la forma de los primitivos establecimientos coloniales y su evolución
posterior ejercían aún influencia «sobre el carácter que conservan los diversos
estados independientes del nuevo continente», y por lo tanto eran relevantes para «las
discusiones políticas y sociales actuales» (p. XXIII). El libro, a más de narrar con
buen detalle las diversas expediciones de conquista, hizo el primer esfuerzo de
descripción de las culturas indígenas, dentro de una perspectiva poco marcada por el
racismo. Aunque la complejidad de los problemas que enfrenta y las limitaciones de la
documentación lo hacen caer en bastante confusiones factuales, es sorprendente en
términos generales la solidez crítica de Acosta, el cuidado en el análisis y
confrontación de los testimonios. Hasta este siglo cuando aparecieron los estudios de
Ernesto Restrepo Tirado, Enrique Otero DCosta y Raimundo Rivas, prácticamente no se
hizo ningún aporte a su historia de la Conquista (obras como la de José Manuel Groot
son, para este período, una copia no pocas veces textual, del libro de Acosta) (7).
Poco después de la
publicación del Compendio salieron las Memorias para la historia de la Nueva
Granada desde su descubrimiento hasta el 20 de julio de 1810 (Bogotá: 1850) de José
Antonio de Plaza (8). Poco se
sabe del autor, a pesar de que tuvo una vida más o menos conspicua en Bogotá. Había
nacido en Honda en 1807, se graduó de abogado en Santa Fe en la década de 1820, fue
gobernador de Mariquita durante la dictadura de Bolívar; opositor al gobierno de
Santander y partidario del de José Ignacio de Márquez y de Herrán.
Las quiebras
comerciales de 1841 y 42 lo dejaron en la ruina. En 1847 declaraba su inclinación por el
«socialismo cristiano». Periodista -redactó la Gaceta de Nueva Granada hasta
1850- comerciante y político, estuvo siempre cerca de los miembros del partido
conservador, legalista, civilista y republicano.
Las Memorias
eran un extenso libro -más de 450 páginas en letra diminuta- que cubría en buena parte
el mismo terreno de Acosta (o sea hasta 1569), pero se extendía a la totalidad del
período colonial. En la primera parte, se atenía en general a la misma documentación
usada por Acosta, y probablemente se apoyaba en éste para realizar la operación que
todos sentían necesaria: eliminar las «fabulosas tradiciones i mentidas relaciones» de
los cronistas para presentar un resultado «acorde más jeneralmente i conforme con la
verdad de los hechos». De 1569 en adelante andaba en terreno menos conocido, pues su obra
era una novedad absoluta: hasta ella no se había publicado ningún estudio amplio sobre
la Colonia. Por supuesto, existía la documentación de los cronistas, como Antonio de
Herrera y sobre todo Pedro Simón, Juan Rodríguez Freyle y Lucas Fernández de
Piedrahíta, que le permitían avanzar hasta comienzos del siglo XVII. Para el período
siguiente debió contar con alguna documentación de los archivos de Bogotá y con la obra
del padre Touron sobre las misiones y, para el período del virreinato, con las memorias
de los virreyes, las cuales fueron su principal fuente. A diferencia de Acosta, que hizo
un cuidadoso inventario de las fuentes utilizadas -y donó a la Biblioteca Nacional las
que poseía-, Plaza no da ninguna indicación de ellas, de manera que sólo por
inferencias es posible saber en quien se apoya.
La visión histórica
de Plaza era la habitual del momento: el conocimiento del pasado permitiría comprender
las influencias de indígenas y españoles sobre la constitución del país, sobre su
carácter y sobre su marcha hacia el progreso. La historia no puede limitarse a narrar
incidentes y acontecimientos -esta es la función de la crónica- sino que debe enlazarlos
para que puedan comprenderse las causas y consecuencias de las acciones humanas. Uno de
los elementos que usa con mayor frecuencia para explicar los procesos históricos es el
carácter de pueblos y naciones: el carácter español, el carácter indígena,
constituyen fuerzas que actúan e influyen sobre la vida colonial. Los sistemas
administrativos, las estructuras sociales, configuran una sociedad especial; las ideas,
hábitos y costumbres de esa sociedad les son impuestos por las clases dominantes a
indios, negros y mestizos.
Plaza acogió la idea
de que Europa había vivido, entre 1500 y 1800, un período de incesante progreso, que
contrastaba con el estancamiento, incluso la decadencia, de las colonias. Los indígenas,
cuya «civilización i [...] ciencia de gobierno» elogia, cuyo «carácter humano»
contrasta con la crueldad hispánica, entraron en una época de «dejeneración de la raza
[...] influyendo notablemente en su carácter moral, tornándose pusilánimes, suspicaces,
desconfiados, supersticiosos y profundamente hebetados...» (p. VIII). Mientras en el
resto de Europa los «comunes» lograron grandes avances en su lucha contra la nobleza
feudal y el clero, en España apenas pudo superarse el «estado feudal» para caer en el
dominio teocrático. Esto marcó el destino de las colonias, estancadas, sin que nada
importante ocurra en ellas, y donde «las disputas entre las Audiencias, Presidentes,
Arzobispos i las rencillas de los visitadores i otros jueces de residencia con los
primeros, suministran lo que forma la historia, casi en los dos siglos siguientes a la
Conquista». No hay, dice, «un solo rasgo que interese al filósofo, un progreso
positivo...» (p. X). Pero a finales del período colonial, grupos de criollos se abren a
nuevas ideas y la razón despierta: se romperían pronto «las fuertes amarras de la
triple cadena de ignorancia, superstición i servidumbre» (p. XI).
Sobre este esquema
conceptual se apoya una narración en la que predominan los avatares administrativos y los
conflictos entre los funcionarios civiles y el clero, por sutilezas de preeminencias y
cortesías. Aunque a veces Plaza atribuye algunos de estos conflictos a las vanidades de
virreyes y presidentes, en general muestra su acuerdo con quienes no flaqueaban en la
defensa de los privilegios del estado. Sin embargo su oposición es muy moderada, y no
alcanza a mantener un tono siquiera levemente anticlerical. Que la defensa rutinaria del
Estado y la crítica ocasional a la actitud de obispos o clérigos hubiera provocado las
ásperas respuestas de Groot que se indican adelante, muestra la susceptibilidad a la que
llegó el catolicismo conservador.
De todos modos, y a
pesar de tanto conflicto burocrático, la obra de Plaza discute, así sea someramente, los
problemas de la producción minera, de la organización de las encomiendas, de los
sistemas escolares. Presenta cifras de comercio exterior y de producción de oro y se da
cuenta -contra la imagen usual en el liberalismo contemporáneo- de que los años finales
de la colonia fueron de rápido progreso productivo. Después de tratar con algún detalle
la revuelta comunera, la historia de 1808 a 1810 le permite atribuir la Independencia ante
todo al enfrentamiento social entre criollos y españoles.
Enlazados así,
temáticamente, el libro de Acosta, Plaza y el de Restrepo, entre los tres autores tenía
por fin el país una historia de su evolución desde las culturas indígenas hasta 1832. Y
eran tres autores bastante cercanos en su concepción histórica y en su visión
política. Los tres se encontraban bastante cerca del centro del espectro político
neogranadino, todos estaban vinculados al partido conservador, aunque Restrepo se
inclinara más hacia una visión autoritaria y patricia del país y Plaza hacia un
moderado liberalismo ideológico. El manejo documental y la crítica de los testimonios es
relativamente seguro en los tres historiadores, aunque Plaza mostrara una mayor credulidad
que Acosta y Restrepo y un menor dominio documental.
Los tres historiadores
mencionados, por otra parte, escribían cuando, a pesar de las guerras civiles de mediados
de siglo, se mantenía la confianza en las instituciones republicanas y en el destino del
país. Por ello su visión del período de dominio español era aún bastante crítica,
aunque menos doctrinaria de la que tendrían los liberales posteriores a 1848. La
valoración negativa de la época colonial incidía en una actitud de respeto a las
culturas indígenas precolombinas, cuya decadencia no atribuían a factores raciales, sino
a la conquista española. Aunque todos veían como positiva la cristianización de los
indios, atribuían al conjunto de la colonización española la degradación
contemporánea de los grupos indígenas.
Los tres libros
comentados -la Historia de la Revolución, el Compendio sobre el Descubrimiento,
la Memoria- están organizados en forma de narración, ordenada
cronológicamente como todos los libros de historia de la época. Sin embargo, para todos
tres es claro que el historiador desempeña una función activa en la organización del
material y no puede limitarse a transcribir o seguir los documentos: debe analizar la
documentación, ejercer la crítica de los testimonios, establecer la verdad de los
hechos, hallar las relaciones entre éstos que permitan ofrecer explicaciones y encontrar
las causas de los acontecimientos y finalmente dictar un juicio moral sobre los
protagonistas de la historia. Las explicaciones, las causas, tienden a buscarse en la
psicología de los actores históricos, en la psicología que se atribuye a los pueblos y
en el encadenamiento de los hechos mismos, cada situación crea las condiciones que van
generando nuevos hechos, o como lo dice Plaza, «un siglo es hijo del siglo que lo
precede» (p. 442).
Ninguno de los tres
autores que consideramos es un escritor muy notable, pero tampoco muy débil. Restrepo
escribe en frases extensas y complejas, que le permiten agregar detalles o calificar en
diversas formas la idea principal. No se detiene en descripciones: los hechos se acumulan
en rápida sucesión: «Viendo decididas las opiniones de las provincias, envió
secretamente a llamar las tropas que mandaba en Pasto don Gregorio Angulo; ganó al
cabildo, a varias familias de Popayán y a muchos clérigos y frayles. Cuando ya se
sintió apoyado, disolvió la junta de seguridad; y unas veces cediendo oportunamente,
otras intrigando, y al fin valiéndose de Angulo y de sus fuerzas, resistió varias
tentativas que hicieron los patriotas de Popayán para establecer una junta de gobierno»
(I, p. 111). No hay metáforas ni comparaciones sino muy raras veces; los recursos
estilísticos se centran en el manejo de los tiempos verbales, en la reiteración de
sujetos: «Estos procedimientos del Libertador dieron ansia al vicepresidente para hacer
un grande alboroto; él publica artículos fuertes en la gaceta de gobierno,
denunciándolos a los pueblos como notorias infracciones de la constitución; él dirige
al congreso enérgicas protestas contra todo acto de Bolívar en calidad de presidente de
la república; él, en fin, no omite medio alguno para concitar enemigos al Libertador,
diciendo que pretendía establecer una verdadera tiranía sobre la ruina de la
constitución y de las leyes que regían...» (1970: VI, pp. 160-61).
La prosa de Acosta es
elaborada, pero sin excesiva ornamentación: la frase es usualmente compleja, con
frecuentes aclaraciones incisas. La descripción del paisaje o de las costumbres, o la
introducción de un hecho anecdótico, le sirven para hacer más atrayente la narración.
El uso de los adjetivos calificativos es más frecuente y hábil que en Restrepo: «Pocas
horas después rompió por entre las tropas una mujer desgreñada y llorosa; que
sin temor ni asombro de tan extraños huéspedes y animales desconocidos,
llegó al grupo de los prisioneros, y arrojándose en los brazos de un muchacho que allí
estaba, lo estrechó con transporte» (p. 235). La doble adjetivación a mujer, el
adjetivo anticipado en huéspedes, para hacer simetría o quiasma con el adjetivo en
posición normal de animales, y la serie temor-asombro, muestran una retórica compleja y
llena de formalismos eficaces: la estructura binaria de la primera parte de la frase le da
un carácter estilístico propio. Podría hacerse una larga enumeración de los recursos
retóricos de Acosta, pero lo que debe subrayarse es que en general la retórica está
cuidadosamente subordinada a las necesidades de la narración; la debilidad del libro, en
cuanto a la forma, está en la estructura cronológica, que rompe con frecuencia la unidad
del relato.
Plaza es un escritor
más pretensioso, con cierta solemnidad oratoria, pero en la realidad más pobre
estilísticamente que Acosta y menos eficaz que Restrepo: «Diose principio al combate con
encarnizamiento por ambas partes y hechos hermosos de valor recomendaron a todos los
combatientes, recomendándose alternativamente el centro de la victoria en uno i en otro
ejército» (p. 241). «El presidente unas veces dividía su jente en partidas para atacar
a los pijaos en todos los puntos que ocupaban, ora urdía emboscadas, ora figuraba falsas
retiradas i ora finalmente los provocaba a una acción general» (p. 240). El esfuerzo por
dramatizar una escena violenta resulta a veces frustrado por metáforas excesivas,
rutinarias e inadecuadas; hablando de las tropas españolas, que han dado muerte a varios
criollos, dice: «La sangre de estos mártires no desaltera a los caníbales, i arrastran
los cuerpos mutilados, los desnudan i los escarnecen. El resto se dispersa en pelotones i
esa soldadesca brutal se entrega al asesinato, al robo, a la violencia del pudor i a todo
linaje de delitos i de inmoralidad en las casas, en las tiendas i calles de la infortunada
Quito. Estas turbas desatadas del Averno satisfacían sus instintos i las órdenes
carniceras de las autoridades españolas que querían reinar en un yermo i sobre
cadáveres. El infeliz pueblo acosado por esta jauría de animales feroces...» (p. 432).
Y hablando de la creación del Colegio del Rosario dice: «Día solemne i fausto fue aquel
para las letras i para las ciencias i para los amigos de la humanidad. En medio de las
espesas tinieblas de las preocupaciones i de la ignorancia se columbraba una luz no mui
clara todavía, pero que ya era un punto luminoso en pos del cual se podía marchar para
divisar una época más venturosa, un horizonte despejado y radiante» (p. 252).
La historia como apología: Groot y
Samper
La agudización de los
conflictos políticos de mediados de siglo condujo a una creciente subordinación de la
historia a las necesidades de la polémica ideológica. Uno de los primeros ejemplos del
esfuerzo por colocar una interpretación histórica como base de las perspectivas de un
programa de reformas políticas fue el de José María Samper, quien publicó en 1853 sus Apuntamientos
para la historia de la Nueva Granada.
Samper era aún muy
joven; había nacido en 1828, y desde temprano las lecturas históricas y la afiliación a
los grupos políticos bogotanos avivó su interés por el pasado. Había leído a
Plutarco, así como la Historia de la decadencia del Imperio Romano, de Gibbon y la
Historia de los girondinos, de Lamartine. Afiliado a los grupos liberales desde la
época del gobierno de Tomás Cipriano de Mosquera, en 1848 y 1849 condujo una violenta
campaña periodística a favor de la expulsión de los jesuitas y en 1851 su coquetería
con un socialismo impreciso dio lugar a que la fracción radical del liberalismo recibiera
el nombre de «gólgota»: un discurso suyo en la Escuela Republicana atribuyó a
Jesucristo ideas políticas «socialistas e igualitarias». Formó parte de las logias
masónicas, se enfrentó a los artesanos con motivo del proteccionismo, polemizó con
Manuel María Madiedo y tuvo un duelo con él, demandó a José Eusebio Caro por calumnia,
ante lo cual éste prefirió exiliarse a enfrentar el juicio, y fue subsecretario de
Relaciones Exteriores cuando aún no tenía 25 años. Ya para entonces se había dedicado
al comercio y al ejercicio de su profesión de abogado.
Los Apuntamientos
pretendían ser la «historia filosófica y muy animada (con bocetos de los principales
personajes) del movimiento político y social de la República, tal como se había
verificado desde 1810, época del comienzo de nuestra revolución de independencia, hasta
el momento mismo en que yo hacía la narración, época de reformas o revolución de las
ideas, las costumbres y las instituciones» (Historia de un alma, p. 278). Aunque
Samper deseaba hacer una historia que utilizara el «método moderno adoptado por la
historia», debió resignarse a escribir «sin muchos documentos, una serie de cuadros
históricos enlazados con método». Samper había reunido, para este trabajo, una
considerable colección de documentos, que fue vendida al peso por alguno de sus deudos,
dejándolo sin posibilidad de confrontar y citar sus fuentes.
¿En qué consistía
para Samper el método moderno de la historia? Aunque no es posible deducirlo con
precisión, parece evidente que incluía ciertas prácticas eruditas y la búsqueda de
principios interpretativos. En cuanto a lo primero, la historia debía basarse en
documentos, sometidos a un cuidadoso análisis crítico. En cuanto a lo segundo, el autor
pretende explicar las causas de los desarrollos políticos y someter el proceso
histórico a una severa evaluación. Al leer el trabajo, parecería que el criterio
esencial de valoración del proceso histórico reside en el desarrollo de las
instituciones republicanas y democráticas y en la emancipación de los hombres de las
instituciones despóticas o feudales. Las ideas de desarrollo y progreso empiezan a
esbozarse en su obra, aunque no resulta claro si considera al progreso como un proceso
inevitable o simplemente como el resultado deseable de la historia. En todo caso, la idea
del progreso político es la fuente de su periodización histórica, la que da unidad al
material tratado y la que autoriza los juicios de valor. Además, como resulta casi
inevitable en toda concepción histórica que introduzca la idea de progreso y que
considere que, por lo tanto, hay una dirección preferible en la marcha de la historia, el
conocimiento de esta misma tiene interés pragmático: el historiador escribe para que sus
conciudadanos se apoyen en el «testimonio severo de la historia» para consolidar los
principios y verdades de la democracia.
Mirado con más
detalle, el esquema «filosófico» que aplica Samper es el de la contraposición entre
las fuerzas del progreso y las de la reacción, entre los que miran al futuro y los que
miran al pasado. Los demócratas se apoyan en el pueblo, mientras que los reaccionarios
defienden a las oligarquías. Los primeros son consecuentes y lógicos -expresan la ley de
la razón y la naturaleza- y quieren establecer una sociedad sino presión, con un Estado
reducido al mínimo, federalista, etc. En los segundos domina la defensa de los
privilegios y el interés personal. Al aplicar este esquema a Colombia, reciben el elogio
y la aprobación del autor los revolucionarios de 1810, cuyos esfuerzos fueron puestos en
cuestión por la reacción bolivarista de 1826. Luego resultan dignos de elogio los
defensores de la legalidad de 1828, 1830 y 1831, mientras que se vuelve a abrir en su
opinión un nuevo período reaccionario con la elección de José Ignacio de Márquez. El
principio revolucionario trató de imponerse en 1840, pero bajo la forma inaceptable del
militarismo y la violencia: su verdadero triunfo, que el autor ve amenazado quizá por una
nueva reacción, fue el de 1849, verdadera revolución colombiana, no sólo en un sentido
político, sino también social.
En efecto, esta
revolución, como toda verdadera revolución produjo como resultado «el advenimiento de
las multitudes al poder, la aparición de todas las clases sociales en el gran movimiento
común» (p. 511).
Como es lógico, el
intento de establecer explicaciones al proceso histórico y de buscar causas a los
fenómenos supone, así sea implícitamente, una visión del funcionamiento de la
sociedad: no es Samper un creyente para el que pueda seguir teniendo validez la idea de
que la historia es el desenvolvimiento de un plan providencial: la historia se mueve por
causas terrenas, impulsada por los intereses y creencias de los hombres. Pero éstos se
inscriben dentro de corrientes más fuertes que los individuos: los hombres geniales son,
por ejemplo, los que se colocan al frente de las revoluciones, las dirigen y moderan;
quienes no advierten las corrientes de fondo y se enfrentan a ellas son derribados y las
revoluciones «pasan por encima como las olas de un mar irritado sobre el bajel que
bambolea» (p. 531). Y esa acción política se hace en el contexto institucional que a su
vez está modificado por la producción, las costumbres y las mentalidades de los hombres,
factores determinados por el medio ambiente: éste «determina la naturaleza de las
industrias, las costumbres i el genio de los habitantes, i modifica poderosamente la
acción de las instituciones».
Lo que se advierte tras
este esquema ingenuo es el esfuerzo de Samper por encontrar razones para el desarrollo
histórico que no sean completamente arbitrarias, que no sean ajenas al actuar mismo de
los hombres, pero que no se reduzcan a los resultados de las acciones voluntarias de
éstos. En este esfuerzo, apela, como casi todos los determinismos, a la acción del medio
y el clima, y define principios generales, espíritu de los pueblos, sujetos colectivos
como «la oligarquía» o el «proletariado», en fin, un aparato conceptual derivado del
romanticismo liberal de la época.
Samper escribió luego
otras obras de contenido histórico. En 1861 publicó el Ensayo sobre las revoluciones
políticas y la condición social de las repúblicas colombianas. Aunque la
argumentación es mucho más moderada, sobre todo en lo relativo a la crítica a la
Colonia y al clero, las ideas centrales siguen siendo las mismas. Es una defensa de la
democracia latinoamericana a la luz de sus condiciones ambientales, étnicas y
económicas. «La democracia es el producto natural de las repúblicas mestizas», afirma.
Y es también un análisis de los elementos negativos de la constitución social
hispanoamericana: del caudillismo, del fanatismo clerical, del autoritarismo y el
centralismo. De nuevo, más que un intento de descubrir y reconstruir el pasado, es un
alegato contemporáneo basado en un análisis de los aspectos y elementos del pasado que
en su opinión han tenido mayor influencia en configurar el presente. En términos
analíticos, los factores étnicos se han hecho más importantes, estrechamente ligados a
aspectos climáticos -pues la distribución de los grupos raciales sigue el clima- y a las
formas de actividad económica, dependientes de los recursos de la naturaleza. El sentido
del progreso se sigue presentando en términos del abandono de todo absolutismo y de todo
colectivismo: «El progreso de la civilización no ha sido, en el fondo, otra cosa que un
esfuerzo constante de individualización y de armonización de las fuerzas individuales»
(p. 59).
Posteriormente narró
con detalle el sitio de Cartagena en 1885, y en 1883 modificó drásticamente su opinión
sobre Bolívar, en un texto en el que se acogió a la visión conservadora de la
evolución colombiana del siglo XIX y renunció al optimismo democrático que había
tenido hasta mediados de los setenta.
Esta esquemática
visión del pasado, a la que interesa captar ante todo las grandes tendencias y
lineamientos, y que no está muy atraída por el afán de reconstruir en detalle el
pasado, corresponde un estilo retórico y relativamente abstracto. Conceptos abstractos,
personificados, se convierten en sujetos de actividad histórica: «la reacción», «el
periodismo», «la libertad», la «lógica de los hechos sociales», «los pueblos»,
«el feudalismo» son fuerzas que conforman los hechos históricos. La adjetivación es
dramática, aunque sin muchos recursos. El autor es un escritor con un vocabulario
estrecho, manejado a veces sin suficiente precisión, entusiasmado con metáforas
confusas, pero con alguna fluidez y desparpajo: «Esta amnistía jeneral y completa, fue
la simbolización del heroísmo de la clemencia!» «Eran los monopolistas que se habían
enriquecido con la explotación de la hacienda pública, los propietarios de esclavos,
privados del sangriento absolutismo del látigo, que ejercían sin piedad sobre sus
víctimas; los sacerdotes que habían prostituido las conciencias y pervertido el
pensamiento popular, escudados en la impunidad que les brindaba el fuero; los tartufos i
los amigos del secreto y de la comprensión, a quienes perjudicaban la libertad de la
prensa, los explotadores de la justicia, a quienes no convenían la publicidad i el
jurado; los sectarios del disimulo, del espionaje i la obediencia pasiva a quienes hacía
falta la alianza con los jesuitas; los codiciosos, a quienes hacía perder sus sinecuras
la redención de los censos: en una palabra, los que sufrían algún ataque a sus lucros
inmorales, ejercidos bajo la garantía de instituciones viciosas, que erijian el peculado
y la espoliación del pobre en sistema de organización social; tales eran los verdaderos
autores de la insurrección de 1851!» (Apuntamientos, p. 564) (9).
En realidad resulta
más interesante la obra de José Manuel Groot que la de Samper, aunque esté inspirada en
similar espíritu apologético. Groot era mucho mayor (y coetáneo de José Antonio de
Plaza) que Samper. Como Plaza, había llegado a la adolescencia en medio de la reconquista
española, y comenzó su vida adulta como comerciante, al lado de un tío muy liberal. Su
formación inicial lo llevó al escepticismo religioso: leyó los enciclopedistas y los
enemigos de los jesuitas. Afiliado a la masonería, en 1832 volvió a la iglesia, y desde
entonces se convirtió en uno de los principales defensores y periodistas religiosos. A lo
largo de su vida participó en las principales polémicas religiosas del siglo: escribió
contra el protestantismo, el positivismo, refutó a Renán. Según uno de sus biógrafos,
«ha servido inafatigablemente a la causa de la religión y de la moral desde 1835». Y en
opinión de José María Torres Caicedo: «El señor Groot es de la escuela espiritualista
católica: no le hableis, para no citar sino los modernos, ni de Fischte con su álgebra
del pensamiento, ni de Schelling con su poema universal de la Naturaleza; él los conoce a
todos y los ha estudiado, pero para refutarlos» (10).
Esta actitud permea
toda la Historia eclesiástica y civil de Nueva Granada, que comenzó a redactar en
1856 y cuyo primer volumen apareció en 1869. Al escribirla, su intención inicial era
limitarse a hacer una historia de la religión, ante todo para refutar las calumnias
hechas contra la Iglesia por «escritores nacionales de nuestros tiempos, que la han
presentado a las nuevas generaciones como enemigo de las luces y hostil a la independencia
americana» (I, p. 7). Pero pronto decidió defender «la verdad histórica en orden al
clero» «donde quiera que la hallase ultrajada». Conjuntamente con la defensa del clero
asumió la defensa de España y de su acción colonial. En estos aspectos, la obra de
Groot se coloca en un momento en el que el pesimismo por los resultados de la
independencia comienza a producir una reformulación general de la visión del período
hispánico, en la que participó también en forma muy especial, como se mencionará
luego, don Miguel Antonio Caro. La revaluación del período colonial tenía la ventaja de
ofrecer un tema de polémica contra los liberales, al tratar de mostrar cómo la política
de romper con las instituciones españolas había conducido a un desastre general. A
partir de este argumento, la historia resultaba de más fácil utilización por parte de
los polemistas conservadores, para los cuales se volvía importante mostrar, por una
parte, la incongruencia de las instituciones liberales con el pasado histórico nacional,
y por otra, valorar ese pasado mostrándolo a una luz tan favorable, contrastado con la
realidad presente, que los cambios liberales aparecían como irreflexivos y dañinos.
La apología de la
época colonial asumida por Groot es total, y parte de asumir únicamente la herencia
española: «No somos indios. Somos hijos de los españoles, y por ellos tenemos
sociedades de que hemos podido hacer república, por ellos tenemos ciudades con gente
culta donde ahora trescientos años no había sino selvas habitadas por bárbaros» (I, p.
8). Mientras se rechaza cualquier valoración positiva de las culturas indígenas (que
habían sido a veces idealizadas por Plaza o Samper), se sostiene que los criollos no
tuvieron motivo alguno de queja del gobierno español hasta los primeros años del siglo
XIX. Para hacer más convincente la polémica histórica que emprende, se apoya en una
documentación mucho más amplia que la que utilizaron Plaza y Samper, y en algunas
áreas, que la usada por Restrepo. Y el valor probatorio del documento, contra
afirmaciones que juzga infundadas, lo lleva a reproducir largos textos y a apegarse en
exceso a los testimonios de que trata. La visión conservadora de la historia, en sentido
literal, la idea de que una de las principales funciones de ésta es contribuir a defender
y perpetuar las tradiciones del pasado, reforzó la atracción que tenía Groot por los
cuadros de costumbres, de los cuales había ya publicado uno, «Nos fuimos a Ubaque», en
1847: Groot incluye en su historia una gran cantidad de información sobre diversos
aspectos de la vida cuotidiana (vida doméstica, la llama él) de las épocas que estudia,
quizá su entrenamiento de pintor, arte en el que logró una mediana habilidad, reforzara
su interés por dibujar escenas de costumbres. En todo caso, a muchos críticos, como a
Caro, les pareció que ésto estaba fuera de lugar en medio de la seriedad general de la
obra, así como criticaron su lenguaje espontáneo y burlón. Groot no quería perder la
oportunidad de salvar lo que pudiera del pasado, y se propuso que la Historia fuera «como
el arca del salvamiento de nuestras tradiciones en el diluvio universal de los intereses
materiales y políticos en que se ahoga todo lo que no es plata» (I, p. 10). Don José
Caicedo y Rojas, en el Papel periódico ilustrado, ofreció una opinión sobre la
obra de Groot que hoy suena a paradoja: «Por un lado no han faltado críticos que hayan
censurado algunas de sus principales obras, apuntando a ciertos defectos o descuidos de
lenguaje y de estilo. No nos compete juzgar esta materia, pero el parecer general entre
gentes de criterio y depurado gusto es que, si en gran parte sus escritos no son un modelo
en su género, por lo atildado y correcto del lenguaje, ni por las galas del estilo, en la
parte histórica y descriptiva, por lo menos, hay completa verdad y perfecta
imparcialidad» (11). Hoy, la
impresión que tenemos es la contraria: que aunque la obra esté lejos de la más
elemental imparcialidad, la sostiene, comparada con la de Acosta o la de Samper, un estilo
mucho más adecuado y agradable. Groot, dice Caicedo, tenía un estilo «sencillo, franco,
natural, positivo, sin pretensiones ni afectado artificio. Escribía como hablaba y
hablaba como escribía...» En efecto, aunque no pueda sostenerse que su estilo sea el del
lenguaje hablado, sí fue menos afectado y pretensioso, y al mismo tiempo más eficaz, que
el de muchos de sus contemporáneos.
Para escribir su obra,
Groot se apoyó en algunos de los autores precedentes, sobre todo en Acosta y Restrepo,
cuya información era más completa que la de Plaza y Samper, y cuyo sesgo ideológico era
menos ajeno a las ideas de Groot. Si seguimos por ejemplo la narración de la conquista,
vemos que en esencia ha seguido a Acosta, copiándolo a veces en forma literal y sin dar
las fuentes del caso, pero que se separa de él cada que la actitud del clero o de los
conquistadores resulta descrita con tonos demasiado oscuros por aquél. Por supuesto, para
ello contaba con el conocimiento de las mismas fuentes de Acosta, sobre todo Piedrahíta.
Además, Groot estudió con bastante detenimiento el archivo eclesiástico de Santa Fe
-que se hallaba abandonado y que debió organizar-, el cual es la principal fuente propia
de su obra; además conoció algunos documentos de la Colonia que se guardaban en la
Biblioteca Nacional, como las memorias de los virreyes; no es muy claro que hubiera
utilizado los documentos del Archivo Nacional, que por lo demás se encontraba hasta
finales de siglo en tal estado de desorden que no creemos que haya sido utilizado por
ningún historiador hasta comienzos del siglo XX.
Con tal documentación
construye Groot una historia abigarrada y secuencial, muy desordenada, centrada en la
historia eclesiástica pero atenta a todos los aspectos de la historia civil que afectan
la posición y la acción de la Iglesia. Esta historia cohesionaba la información
histórica desde la Conquista hasta 1830 (los terrenos de Restrepo, Acosta y Plaza), y en
todas las épocas incluía suficientes elementos de la «historia civil» para poder
ofrecer su propia interpretación y valoración de los principales sucesos nacionales. No
vale la pena entrar en mucho detalle acerca de esto. Groot consideraba positivamente la
acción española durante la Colonia, y para ello subrayaba las acciones de difusión
cultural, la creación de escuelas, seminarios y universidades, la actividad misional. En
los conflictos tan frecuentes entre la autoridad civil y la eclesiástica, que Plaza
narraba casi siempre dando su favor a la civil, Groot se inclina en la mayoría de los
casos a favor de la eclesiástica; la historia de estos conflictos adquiere entonces, por
necesidades polémicas, una dimensión insólita, que alimenta una permanente polémica
contra el Dr. Plaza; con mucha frecuencia Groot, que tuvo acceso a una documentación más
amplia, puede mostrar exageraciones o imprecisiones en Plaza.
Una indicación de su
actitud histórica es la narración sobre los comuneros, que se extiende por unas pocas
páginas en las que los rebeldes reciben siempre una visión crítica: se habla de las
«malas disposiciones de su ánimo», se señala que sólo el arzobispo pudo contener sus
desmanes. Las capitulaciones le parecen «demasiado humillantes para el gobierno del
Reino» (I, p. 238). José Antonio Galán fue uno de los que quiso «la continuación de
la guerra y el desorden para seguir robando por los pueblos y terminar con el gran golpe
sobre la capital». Los actos de Caballero y Góngora le parecen «santas intrigas»,
procedimientos que conducen al restablecimiento de la paz y el orden. En épocas más
recientes, es Groot bolivarista consistente y añora la época de la República de
Colombia, comparada con la cual la época presente le parece lamentable: «Murió la madre
y se nos fue todo el bien, todo lo bueno desapareció de Colombia y los hijos, los
antiguos colombianos, nos encontramos como huérfanos en tierra extraña. Pero yo me
detengo aquí, dejo estos tristes recuerdos y quiero alucinarme por un momento,
figurándome que Colombia existe, para referir sus glorias a la presente generación»
(IV, p. 89). En la década de 1820 Groot ataca las tendencias al federalismo, la
masonería, la lectura de la Biblia, los planes de estudio impuestos por el
gobierno de Santander e incluso polemiza con frecuencia con José Manuel Restrepo, por
considerar que este es demasiado hostil a Bolívar y blando con Santander, y otras veces
por tener responsabilidad en sus decisiones: «Qué trabajosos se ven los hombres que han
sido miembros del gobierno cuando acometen la empresa de historiadores» (V, p. 128). Las
páginas finales de la obra tienden a mostrar cómo se destruyó la gran obra de Bolívar,
la república de Colombia, y cómo se perdió esa oportunidad de haber formado una gran
nación.
José María
Quijano Otero y la polémica de la Independencia
Menos pesimista que
Groot, pero hombre de partido y conservador, fue José María Quijano Otero. Miembro de
una importante familia de comerciantes, después de estudiar medicina y viajar a Europa se
dedicó con algunos socios a negocios comerciales que lo llevaron a una ruidosa quiebra.
Había nacido en 1836, de manera que llegó a la vida adulta cuando comenzaban a apagarse
los fuegos ideológicos del utopismo liberal de mediados de siglo. En la guerra civil de
1861 luchó al lado de los conservadores, fue herido y llevó un diario que luego
continuó, intermitentemente, hasta 1877. Bajo el régimen liberal fue director de la
Biblioteca Nacional, cargo del cual fue destituido en 1873 por sus violentos artículos
contra la dictadura venezolana de Antonio Guzmán Blanco. Fue toda su vida un
hispanoamericanista exaltado, que trató de generar solidaridad con la lucha a favor de la
independencia de Cuba, defendió al Paraguay y escribió con frecuencia contra los
expansionismos norteamericano, europeo y brasileño. Dirigió varios periódicos, entre
ellos La República (1867), en compañía de Jorge Isaacs. Fue congresista en
representación del estado de Antioquia y en 1881 asistió al Congreso de Americanistas de
Madrid, de donde siguió a Sevilla, cuyo archivo revisó en busca de documentos sobre las
fronteras colombianas. Con base en ellos publicó los Límites generales de los Estados
Unidos de Colombia (1881) (12).
En 1872 se enzarzó en
una agitada polémica con don Miguel Antonio Caro, quien había escrito varios artículos,
aprovechando las celebraciones del 20 de julio, para defender sus peculiares concepciones
políticas (13). En efecto,
Caro subrayó que la celebración del 20 de julio no debía ser de «independencia», pues
el acta firmada en 1810 reconocía la «dependencia» al monarca español. Para Caro, los
patriotas de la primera generación (Torres, Nariño, etc), habían luchado más bien por
la «libertad civil en el estado cristiano» y para ellos tanto la independencia como la
búsqueda de una organización republicana habían sido asuntos secundarios, a los cuales
se había llegado luego por la evolución concreta de los hechos. Esta primera
generación, educada en las aulas coloniales, respetuosa de la religión, había sido
desplazada por los soldados de la guerra, entre los que «no abundaban los creyentes»,
por militares amigos de logias y herejías, como José Antonio Páez y Francisco de Paula
Santander. Estos últimos llevaron al país al liberalismo y por lo tanto a la anarquía,
cuya expresión más profunda había estado en la constitución liberal y federal de 1863.
Quijano respondió a
Caro insistiendo en que desde 1810 el objetivo del movimiento había sido la
independencia, y subrayando su propio republicanismo frente al «monarquismo» de que
hacía gala Caro. La exaltación de la tradición de los héroes de la Independencia se
convirtió desde entonces en una preocupación central de Quijano Otero, quien se dedicó
a reunir toda la documentación posible para escribir una amplia historia del país que,
donada luego a la Biblioteca Nacional, conformó allí el llamado Fondo Quijano Otero.
Aunque desde mediados de la década anterior había publicado algunos artículos y
folletos históricos, su primer trabajo de conjunto fue el Compendio de historia
patria, editado en 1874 (14).
Allí ofrece el autor una apretada narración de la historia política nacional, centrada
en la Conquista y la Independencia. En relación a ésta, la interpretación que sigue es
la de José Manuel Restrepo. Aunque la obra es poco más que una detallada cronología
histórica, está escrita con un cuidado literario extraordinario: la narración es
apretada y ágil, aunque con frecuencia el autor se deja llevar por su entusiasmo a
metáforas del tipo de las que fueron configurando la llamada prosa veintejuliera: De la
muerte de Ricaurte, por ejemplo, habla así: «y antes de caer el sol, el grito de
victoria llenó los valles de San Mateo y voló al infinito, como el epitafio que mil
trescientos valientes ponían sobre la inmensa tumba que en el espacio y en la
inmortalidad se preparó Ricaurte» (15). Era un estilo que se abría
campo y que las celebraciones de 1872 impusieron en todos los aspectos: hubo entonces
carros con alegorías a los próceres, cuadros vivos, y se hizo desfilar el acta de
Independencia «rodeada de nueve señoritas descendientes de los mártires de la patria,
escogidas entre las más bellas de la ciudad, vestidas con trajes adornados con azucenas y
decoradas con la bandera tricolor». Quijano había organizado las celebraciones, y en
ellas hablaron el orador José María Rojas Garrido y nuestro historiador, «en versos
endecasílabos el primero, en prosa el segundo» (16).
El libro de texto de
Quijano tuvo buena acogida y fue reeditado en forma ampliada, llevando los acontecimientos
hasta 1881, en 1883. A pesar de que algunos, como Manuel Briceño, lo criticaban por ser
una obra «sin apreciaciones filosóficas y sin desarrollo de la descripción» (17), fue el más popular de los
textos de enseñanza primaria, y una versión resumida por Enrique Álvarez Bonilla se
siguió editando hasta bien entrado el siglo XX. El carácter republicano de su ideología
y su defensa radical de la Independencia hacían más aceptables sus interpretaciones, y
el culto a los héroes de la Independencia por encima de sesgos partidistas hacía más
aceptable su visión para un país que, a pesar del creciente pesimismo por las
instituciones republicanas, estaba lejos de adoptar el integrismo hispanista de don Miguel
Antonio Caro.
A finales de siglo: Erudición y
Costumbrismo
Como es sabido, la
consolidación de la historia como una disciplina con pretensiones científicas se apoyó
esencialmente en el desarrollo de la crítica de las fuentes y en el auge de la
investigación erudita. Aunque es posible rastrear los orígenes de esta actitud hasta el
renacimiento italiano, y en su avance tuvo papel fundamental la escuela diplomática
francesa, el momento en el que la historia pretende contar con los instrumentos para
lograr una reconstrucción verdadera del pasado es esencialmente el del historicismo
alemán, del cual es ejemplo tradicional Leopoldo von Ranke. A partir de su enseñanza,
codificada en los sistemas de enseñanza de las universidades alemanas (los «seminarios»
de historia), surge el historiador profesional, empeñado en manejar masas cada vez
mayores de documentación primaria y en someter las fuentes a una rigurosa crítica
testimonial, para hallar la «verdad» histórica. A esta tradición erudita se unió, en
la segunda mitad del siglo XIX, la preocupación por desarrollar una metodología
interpretativa de los sucesos históricos que tuviera una validez científica similar a la
que alcanzaban entonces las ciencias naturales. Esto condujo a varios esfuerzos por
definir una metodología histórica que permitiera encontrar leyes del desarrollo
histórico, aplicar conceptos de causalidad a la historia humana o definir el sentido de
los acontecimientos. El positivismo, en particular, con su pretensión de sujetar la
historia a los mismos principios metodológicos de las ciencias naturales, insistió ante
todo en que la explicación histórica debía conducir a la formulación de leyes
generales históricas.
De estas dos vertientes
dominantes en la actividad histórica europea de finales del siglo XIX, es fácil
encontrar en Colombia resonancias de la primera. A partir de 1880 la preocupación por las
fuentes se amplía en los historiadores colombianos, que emprenden amplios proyectos de
publicación de fuentes inéditas, presionan por la organización del Archivo Nacional y
tratan de utilizar otros depósitos documentales. Algunos de los historiadores que
comienzan entonces su carrera parecen acercarse a algunos de los grandes historiadores de
la época en su afán de hacer una historia crítica y una narrativa que explique el
desarrollo de los hechos. Sin embargo, los historiadores colombianos no manifiestan casi
ningún interés por los aspectos teóricos y metodológicos de su oficio, y resulta por
lo tanto casi imposible determinar en ellos las influencias concretas de los modelos
europeos. En particular, no parece que se hubiera dado una influencia discernible del
positivismo a pesar de la difusión que tuvieron en el país autores como Hipólito Taine
(18).
El interés por una
mejor información documental condujo inicialmente a varios intentos de edición de
crónicas y materiales históricos hasta entonces manuscritos. En 1882 el gobierno
nacional dio a Medardo Rivas el privilegio de publicar los Anales de Colombia, que
debía ser una colección documental que cubriera el período 1810-1880. Aunque esto no se
hizo, el mismo Rivas y otros editores hicieron publicaciones de Lucas Fernández de
Piedrahíta, Pedro Simón y Juan Rodríguez Freyle. El afán por desarrollar el
conocimiento del pasado condujo en 1902 a la creación de la Comisión de Historia y
Antigüedades Patrias, que se convirtió pronto en la Academia Colombiana de Historia.
Las dos últimas
décadas del siglo pasado vieron una diversificación de las formas, tendencias y
orientaciones de la escritura histórica. Por una parte, comenzó a afirmarse la exigencia
erudita de una historia apoyada más firmemente en los documentos, y que no sólo se
apoyara en ellos, sino que buscara ampliar el acervo documental en uso. Por otro lado,
surgió una modalidad de historia anecdótica y costumbrista, generalmente como vehículo
de una visión conservadora de la sociedad. Además, se desarrollaron ampliamente dos
géneros de trabajo que reforzaban la búsqueda de antecedentes históricos del país o de
glorias locales: la biografía y la historia regional y local. Lo publicado entre 1880 y
1920 está muy marcado por el triunfo de la visión conservadora que en el terreno
político se impuso en la Regeneración; con pocas excepciones, los historiadores de
orientación política liberal se refugian en el trabajo erudito, mientras que los
conservadores, apagadas las más violentas polémicas, tratan de imponer su percepción de
la realidad al país a través de la enseñanza elemental y secundaria.
Entre los historiadores
de costumbres el más conocido es José María Cordovez Moure. Nacido en 1838 en Bogotá,
fue testigo presencial de la agitada elección de 1849, cuando aún era un niño. Durante
toda su vida fue un funcionario público, un típico burócrata santafereño. Poco
definido políticamente, -aunque liberal nominal- varias veces perdió el empleo por
suspicacias de sus jefes: en 1867 lo destituyeron los radicales creyéndolo mosquerista;
en 1895 cayó nuevamente en desgracia con el gobierno de Caro y en 1909, después de 45
años de nómina, tuvo que dejar su cargo en la eliminación más o menos general de
colaboradores de Reyes. Murió en 1918 y escribió casi hasta el último día de su vida:
es verdad que había comenzado ya tarde, cuando se acercaba a los 60 años, hacia 1891 (19).
Las Reminiscencias
son una acumulación de crónicas y memorias personales, y de estudios históricos
motivados por el mismo tipo de interés que generan las crónicas. Son textos en los que
se busca la satisfacción de la curiosidad general del lector por lo pintoresco, lo
agitado o lo violento. Se subrayan incidentes en los que la casualidad desempeña un papel
central o en los que hay desenlaces inesperados. Es una literatura que pretende buscar en
la realidad lo que la asemeja a las convenciones de la literatura de enredo o lo que
conforma cuadros interesantes de costumbres; sería difícil separar buena parte de la
producción de Cordovez de los textos de los costumbristas que lo habían precedido. Y sin
duda su trabajo corresponde a un ambiente, desarrollado ante todo en Bogotá, en el que
los intelectuales, alejándose de preocupaciones más profundas, empezaron a buscar lo
humorístico y lo simpático y a desarrollar el gusto por lo trivial y lo juguetón. Desde
los primeros poetas «festivos» como Joaquín Pablo Posada hasta la Gruta Simbólica, buena
parte de la literatura producida en Bogotá estuvo marcada por esta actitud de superficial
evasión de los problemas del día: la intelectualidad soberana, en una sociedad cuyo
fracaso parecía inocultable pero que resultaba difícil de entender, prefería
engolosinarse con la minucia entretenida y el derroche de ingenio. La ideología, si era
necesaria, era conocida, y de ella se encargaban don Miguel Antonio Caro o don Marco Fidel
Suárez: era la escolástica superficial de Jaime Balmes y un humanismo cristiano que
permitía cerrar los ojos ante los desgarramientos del país.
Las primeras
publicaciones de Cordovez tuvieron como tema los típicos contenidos de memorias de
costumbres tales como las de Mesonero Romanos o las de Ricardo Palma, bien conocidas en
Bogotá: se trataba de describir los bailes, los espectáculos públicos, las costumbres
de los colegios, las fiestas privadas o populares y los crímenes célebres. En los años
siguientes fue añadiendo descripciones de incidentes de los cuales había sido testigo,
como la guerrilla de los Mochuelos, tan ingeniosa y cachaca, la elección del general
José Hilario López o los conflictos políticos y sociales que vivió Bogotá de 1849 a
1853. Cada vez más interesado en el pasado, poco a poco fue entrando en la
reconstrucción ambiciosa de algunos procesos o períodos políticos, apoyándose en una
búsqueda creciente de información, documental o testimonial. Así, escribió una
detallada historia de la conspiración de 1828, una biografía de Pedro Antonio Torres,
vicario del ejército de la Independencia o una historia de Colombia de 1859 a 1867,
centrada en el ascenso y caída de Tomás Cipriano de Mosquera. Aunque en todos estos
estudios se apoyaba en las prácticas eruditas de los historiadores, se mantiene fiel a su
estilo de costumbrista: la narración está salpicada de anécdotas, de descripciones
sobre la vida cotidiana, de reconstrucciones ambientales.
La obra está inscrita
claramente dentro de una ética de la caballerosidad del cachaco bogotano, que pretende
poseer buen gusto, gozar con una moderada picaresca, aludir, muy distantemente, a los
asuntos de la sensualidad y vivir el placer de la buena conversación. Sin embargo, hay
algo de candidez y sinceridad en Cordovez que le permite superar las limitaciones de un
memorialista convencional. Sus propias inclinaciones por ejemplo, lo llevan a dar
descripciones de un realismo casi chocante de los incidentes criminales. Y su interés por
lo anodino lo lleva a atender aspectos básicos de la vida de la época ignorados por los
historiadores más serios. En efecto, estos definían lo interesante como lo que tenía
que ver con las funciones más altas de la administración y la guerra, y, si acaso,
aceptaban considerar material válido de la historia las actividades de enseñanza
superior. Para Cordovez los personajes sin trascendencia política tienen también su
interés, y los grupos sociales omitidos del recuento tradicional, como las clases
populares bogotanas, los artesanos, los indígenas o los negros, están en el centro de su
mirada. Don José Manuel Marroquín, que tenía una similar mentalidad, comentó muy
elogiosamente la ampliación temática que representaba la obra de Cordovez: «No nos
satisface hoy la relación de fundaciones de imperios, de conquista, de guerras, de
cambios de gobiernos y dinastía, y de sucesión de soberanos, que han solido ser única
materia de la Historia. Actualmente queremos saber cómo han sido y cómo han vivido los
hombres de quienes hace mención... y también quiénes eran y cómo vivían los que ella
no menciona [...] queremos penetrar los aposentos, no solo de los palacios, sino de las
viviendas comunes...» (p. 23).
Esta atención a lo que
los otros historiadores ignoraban, y un estilo espontáneo que se impone sobre los
convencionalismos de la prosa burocrática y llena de lugares comunes en la que a veces
cae, han mantenido el interés del texto de Cordovez mucho más que el de los
historiadores más serios y eruditos del momento: su obra puede ser menos científica que
la de quienes querían apoyarse ante todo en la documentación de los archivos, pero sin
duda es mejor literatura. Un ejemplo puede dar alguna idea de esa peculiar combinación de
mentalidad conservadora y curiosidad picaresca, y de ese estilo entre irónico y rutinario
de Cordovez: «Al restablecerse la Universidad Nacional en 1886 cambió por completo el
modo de ser de nuestros estudiantes. Se empezó por vestirlos como a hombres serios, tal
vez para comprobar el adagio de el hábito no hace al monje. Al principio, salvo
algunas incorrecciones, todo marchaba muy bien; pero a medida que las libérrimas
instituciones políticas de esa época fueron calando, las cosas pasaron de otro modo, y
desde entonces puede decirse que los jóvenes tomaron afición a la política, a hacer
malos versos, a perjurar y a renegar de su sangre en las mesas electorales, a fumar
cigarrillos, a beber brandy, a frecuentar los garitos y las compañías más que
sospechosas; a contradecir, por sistema, el sentimiento religioso del país, a perorar
en el cementerio, espetándole al muerto discursos brutalmente materialistas; a armar
camorra todas las noches en la Botella de Oro o en Los Portales, poniendo en
danza los revólveres, sin cuidarse de los infelices transeúntes que, por equivocación,
echaban al otro mundo; a irrespetar a las mujeres, hasta obligarlas a emprender largos
rodeos para librarse del escarnio de tener que pasar junto a ellos; y lo que era más
triste aún, a proporcionar a los boticarios pingües ganancias por el enorme consumo de
drogas mercuriales y otros específicos, que en castigo de sus pecados, propinaban los esculapios»
(p. 39).
Similar orientación,
pero con una parafernalia histórica más abundante, tuvieron algunas obras de
historiadores como Pedro María Ibáñez (1854-1919), autor de unas extensas Crónicas
de Bogotá (1891) (20).
También hizo de cronista de la capital Eduardo Posada (1862-1942) quien, en sus Narraciones,
publicadas en 1906, comienza a hacer uso de la documentación de los archivos para
reconstruir la historia de Bogotá desde el descubrimiento hasta el fin del siglo,
prestando atención a aspectos de historia urbanística y arquitectónica. En otras
regiones se despertaba simultáneamente un interés similar por la historia regional, del
cual pueden servir como ejemplos don Manuel Uribe Angel (1822-1904), autor de una
voluminosa Geografía de Antioquia (1815), la cual incluía una amplia historia del
Departamento. Pocos años después Alvaro Restrepo Eusse (1844-1910) publicó su Historia
de Antioquia (1903): en estas obras, aunque se daba algún espacio al medio ambiente,
el énfasis era el tradicional, que centraba la atención en la historia política y en
los momentos de la Conquista y la Independencia. Bastante sorprendente, por la
minuciosidad de la investigación documental y por la amplitud de los temas incorporados,
a pesar de su desorden, es la Minuta histórica zipaquireña, publicada en 1909 por
Luis Orjuela (1849-1930).
Al lado de las obras
mencionadas, aparecieron decenas de historias locales y algunos libros de recuerdos
centrados en el desarrollo de alguna ciudad. Este énfasis localista, en momentos en los
que la Constitución de 1886 trataba de borrar toda traza de federalismo, encontraba su
apoyo en las evidentes diferencias regionales del país, pero quizá más aún en las
hipotéticas divergencias del «carácter» que los diversos autores de la época estaban
atribuyendo a los grupos étnicos asociados con cada región.
La biografía como
género histórico había sido practicada desde temprano en Colombia. El general Tomás
Cipriano de Mosquera publicó a mediados de la década del 50 una obra sobre Simón
Bolívar, y José María Vergara y Vergara una vida de Nariño. Otros ensayos biográficos
se publicaron en las décadas siguientes, escritos por Mariano Ospina Rodríguez, Pedro
Fernández Madrid y otros. En la década del 70, cuando se fue consolidando la literatura
de celebraciones de la Independencia, José María Baraya, Leonidas Scarpetta y Constancio
Franco Vargas publicaron sendos volúmenes de biografías de los militares que habían
participado en la guerra contra España. Pero fueron las dos últimas décadas del siglo
las que vieron florecer el género, muy apto para la apología de antecesores del
historiador y para consolidar la visión heroica e individualista de la historia. Entre
las primeras obras de alguna ambición estuvieron el Ensayo biográfico de Gonzalo
Jiménez de Quesada (1892), escrito por Pedro María Ibáñez; la biografía de José
Fernández Madrid de Carlos Martínez Silva y la obra más sobresaliente del género, la Vida
de Rufino Cuervo y noticias de su época (1892) de Angel y Rufino J. Cuervo (21). En este trabajo, los autores,
como lo señala el título, trataron de trenzar los incidentes biográficos del notable
político conservador con una historia más amplia de la evolución política y, lo que
era más interesante, cultural de la Nueva Granada. La obra, escrita desde un punto de
vista conservador, muy cercano al de José Manuel Restrepo, da muestras de un clasismo
similar y de parecida moderación patricia en la evaluación de los sucesos históricos.
Desde el punto de vista formal, se destacó por una cuidadosa composición y por un
lenguaje de contenida retórica, ligeramente arcaizante, mucho más rico y complejo que el
de cualquiera de los demás historiadores de la época.
También fue la
biografía el centro de los trabajos históricos de doña Soledad Acosta de Samper, hija
del historiador Joaquín Acosta y esposa de José María Samper (22). Doña Soledad no paró de
escribir desde 1855 hasta comienzos de este siglo, docenas de novelas, artículos en favor
de la mujer y trabajos de divulgación histórica. El romanticismo, en su forma más
superficial, ayudó a conformar su visión como novelista y como historiadora: Víctor
Hugo y Walter Scott fueron probablemente sus modelos en ambas actividades. En 1870
publicó una biografía dramática de José Antonio Galán y luego una serie muy amplia de
biografías más o menos noveladas de los conquistadores. En 1886 dio a la imprenta Los
piratas de Cartagena, donde reconstruyó un poco imaginativamente la vida colonial de
la ciudad. Hacía poco había sacado a la luz varias novelas sobre la guerra de
independencia y un grueso volumen de biografías de hombres ilustres de Colombia. En 1892
estuvo en el Congreso de Americanistas en España, y allí propagó algunas de las
leyendas sobre el judaísmo de los antioqueños y defendió la aptitud de las mujeres para
ejercer las profesiones. Había dado a conocer también artículos de lo que hoy
llamaríamos historia social: una historia de la viruela y otra de la mujer española en
Santa Fe de Bogotá. Finalmente dio pruebas de su amor filial con una extensa biografía
de don Joaquín Acosta, el único estudio en el que se basó en documentación original.
Una síntesis de la historia nacional, en 1908, cerró sus afanes por hacer que los hechos
históricos colombianos llegaran a un público amplio y preferentemente femenino. En sus
trabajos reconstruye a veces, junto con los acontecimientos, los pensamientos e
intenciones de los personajes y fantasea lo que no conoce: «los hechos que presenta la
historia como sucedidos verdaderamente no los alteraremos jamás; en lo que no la
seguiremos siempre es en el carácter frecuentemente equivocado de los personajes, y en
los móviles que tuvieron para ejecutar tal o cual acto; buscaremos en todo caso lo
verosímil o probable» (23).
Este género de biografía novelada encontró también otro cultivador en el general Luis
Capella Toledo (24) y se
prolongó a nuestro siglo, cuando, reforzado por los ejemplos de Stefan Zweig y Emil
Ludwig, encontró su más notable cultivador en don Germán Arciniegas.
Los estudios sobre los
indígenas precolombinos
Durante los mismos
años de fin de siglo se advierte un amplio interés por las culturas indígenas
prehispánicas. Un antecedente temprano y muy notable había sido el libro de Ezequiel
Uricoechea Memoria sobre las antigüedades Neo-Granadinas, publicado en 1854,
cuando el autor apenas tenía 20 años, y ya se había graduado de médico en la U. de
Yale. La obra era un primer intento serio por revisar los restos arqueológicos conocidos
de los pueblos neogranadinos, sobre todo los trabajos de orfebrería. Uricoechea discutió
los orígenes del hombre americano -presentando, sin comprometerse, la sugerencia de que
los chibchas podían ser muy cercanos a los japoneses-, describió las costumbres de los
chibchas y los armas, y se detuvo en el análisis de los tunjos de aleaciones auríferas.
La información de Uricoechea era bastante amplia y se basó en los cronistas editados, en
Acosta y en las descripciones de Humboldt y otros viajeros europeos. Es una obra de una
gran sobriedad estilística y discursiva: Uricoechea se aproxima a los problemas con una
actitud muy cuidadosa, sometiendo las informaciones de los cronistas a confrontaciones que
permitan estimar su verosimilitud. Igualmente, es uno de los pocos historiadores
colombianos que muestra un conocimiento razonable de la literatura sobre otras naciones
hispanoamericanas. Además, se plantea con claridad los problemas metodológicos que
enfrenta, y siente que está poniendo las bases de un trabajo científico que sólo podrá
avanzar con el concurso de muchos trabajos más.
Sin embargo, las
esperanzas de Uricoechea no se cumplieron. Sus propios intereses se diversificaron mucho y
no volvió a tratar los asuntos relativos a nuestros pueblos prehispánicos. Y los otros
colombianos apenas volvieron a interesarse en el tema cuando Liborio Zerda, otro médico
como Uricoechea publicó durante tres años (1881-4) una serie de artículos en el Papel
periódico Ilustrado sobre «El Dorado» (25). En éste dio una detallada
descripción de las costumbres de los chibchas, de sus actividades económicas y de los
restos arqueológicos que habían dejado. La formación científica de Zerda se deja ver
en su razonamiento relativamente seguro, si se considera la ausencia de conocimientos
arqueológicos sobre los chibchas, que aún subsiste. Aunque no deja de aceptar versiones
fantásticas y la ausencia de elementos cronológicos claros crea frecuentes confusiones,
sus análisis concluyen con opiniones relativamente razonables y fundadas. Una larga
discusión sobre los orígenes del hombre americano lo lleva, por ejemplo, a rechazar las
hipótesis sobre el origen autóctono de éste promovidas por Ameguino, a defender una
sucesión de migraciones predominantemente asiáticas y por lo tanto a afirmar la gran
diversidad racial de los pueblos americanos.
Otro hombre de
formación científica, que había estudiado química y metalurgia en Europa y luego se
había dedicado ante todo a actividades políticas, don Vicente Restrepo, conocido
también por el Estudio sobre las minas de oro y plata en Colombia (1883) publicó
pocos años después (1895) un completo estudio sobre Los chibchas antes de la
conquista española (26).
Tres años antes había escrito la Crítica de los trabajos arqueológicos del doctor
José Domingo Duquesne en el que trataba de demostrar la falsedad de las
especulaciones del sacerdote colonial. El estudio sobre los chibchas era el más
sistemático publicado hasta entonces: trataba de presentar ordenadamente la totalidad de
la información disponible sobre ellos, sometía a una cuidadosa crítica los testimonios
de los cronistas, que había revisado en forma muy completa, y se apoyaba en la evidencia
artística y arqueológica. Sin embargo, sus prejuicios ideológicos son evidentes, y
protesta contra Acosta y otros por exaltar la civilización chibcha o por lamentar la
destrucción de sus tradiciones por los españoles: «Si el celo de los misioneros los
llevó a quemar por centenares informes y grotescos ídolos de madera, nada perdió el
arte con esto, y si los españoles echaron al fuego, para fundirlos, los tunjos y alhajas
de oro de los indios, hicieron lo que generalmente han hecho entre nosotros en este siglo
los descubridores de entierros y de santuarios» (p. 18). Estos prejuicios no dejan
de afectar su criterio, y cae en credulidades ingenuas: Los muzos se ahorcaban o se
mataban «por los más futiles pretextos: ora porque la mujer tardaba en guisar la comida,
otra porque la chicha no quedaba a su gusto» (p. 37). Enfoques e intereses similares
tuvieron los trabajos de Ernesto Restrepo Tirado, hijo de don Vicente, quien publicó en
1892 el Estudio sobre los aborígenes de Colombia (27), y los capítulos de
Uribe Ángel sobre los primitivos antioqueños en su Geografía.
La historia académica
Como ya se señaló,
hacia 1902 comenzó a funcionar la Academia Colombiana de Historia, en la cual se
reunieron los principales entusiastas de los estudios del pasado nacional. La fundación
de esta entidad favoreció, en particular durante las primeras tres décadas del siglo,
los trabajos de edición de fuentes documentales. Aunque nunca tuvieron el alcance y la
ambición de los que se desarrollaron en México o Chile por ejemplo, estas ediciones
contribuyeron a hacer menos precarias las bases eruditas de las investigaciones
históricas. En un ambiente nacional que, sobre todo a partir de 1904, estuvo marcado por
la búsqueda de un mínimo de consenso entre los dirigentes de los dos partidos, la
Academia desempeñó cierta función suavizadora de la polémica política que había
marcado la historia durante el siglo XIX. Las celebraciones del centenario de la
Independencia, en 1910, sirvieron para subrayar la aparición de ese consenso en el
terreno histórico. El partido liberal empezaba a reorientar su ideología, aceptando
algunos de los elementos de la tradición nacional que lo habían separado de los
conservadores. El acomodo constitucional y legal surgido en 1910, aunque dejaba al
liberalismo en posición subordinada, favorecía su integración al sistema político y
consecuentemente estimulaba su moderación ideológica. La polémica contra la Iglesia se
suavizó, así como la búsqueda de paradigmas ideológicos propios, como el utilitarismo.
En el terreno político, la búsqueda de una paz y un orden social que permitieran el
desarrollo económico llevaron al liberalismo a aceptar la esencia de las transformaciones
de fin de siglo, en particular el centralismo político.
Justamente con ocasión
de las celebraciones del centenario abrió la Academia un concurso para un texto de
historia de Colombia. Los triunfadores fueron Gerardo Arrubla y Jesús María Henao, y su
obra se convirtió desde entonces en la matriz de todos los textos de estudio posteriores,
hasta la década de 1970 (28).
Durante casi sesenta años los colombianos estudiaron en las diferentes versiones, más o
menos extensas, más o menos elementales, de este libro, y recibieron en sus páginas las
versiones canónicas del pasado nacional. Su contenido y enfoque representan bien lo que
constituyó el cuerpo dominante metodológico e ideológico de la historia académica
durante todo este siglo. El carácter pragmático de la enseñanza de la historia se
subraya desde la introducción: ella «contribuye a la formación del carácter, moraliza,
aviva el patriotismo y prepara con el conocimiento de lo que fue la activa participación
del presente» (p. 3). La formación de buenos patriotas se logra, en la opinión de los
autores, con el conocimiento verdadero del pasado, con el estudio imparcial de los
acontecimientos: «no hay que ocultar ni exagerar los defectos ni los yerros de los
gobernantes y legisladores, ni los vicios de las instituciones» (p. 4). Sin embargo, el
carácter apologético del texto domina, y el análisis de los hechos queda en segundo
lugar frente a la exaltación de los héroes. Del mismo modo, aunque en la introducción
consideraban que era esencial dar una imagen completa del pasado, sin limitarse a las
actividades políticas y militares, subordinaban esta exigencia a la necesidad de «dar
así vida a lo que debe imitarse, a los rasgos de virtud y de heroísmo». De hecho, el
libro está estrechamente centrado en la historia política -o más bien administrativa- y
militar. La historia cultural se reduce a los datos sobre los actos oficiales relativos a
la educación, a la historia de la institución eclesiástica y a algunas breves notas
sobre las ciencias y las letras.
La distribución del
texto da una idea de la importancia que daban los autores a las diversas épocas
históricas: la Conquista ocupa unas 120 páginas, la Colonia unas 160, la Independencia
otro tanto y la República unas 240 páginas. Los pueblos indígenas prehispánicos les
merecen unas 50 páginas.
El mayor arcaísmo del
texto lo mostraba su completa indiferencia a los aspectos económicos y sociales. Cuando
hablan de estos últimos, por ejemplo, se limitan a describir la forma de vestido de las
clases altas de Santafé; hacen algunas consideraciones sobre las enfermedades coloniales
y describen brevemente los orígenes del movimiento colonizador antioqueño. Apenas dan
unas breves indicaciones sobre las instituciones que regulan la vida indígena y por
ejemplo la encomienda ni siquiera se menciona. Si no fuera por los elogios a la labor de
San Pedro Claver, el lector ignoraría que existió una población esclava. En todos estos
aspectos, el énfasis está en los esfuerzos humanitarios y filantrópicos de la Iglesia y
la administración, y esto lleva a generar leyendas piadosas de todo estilo.
En relación al siglo
XIX los juicios evaluativos corresponden a la perspectiva conservadora, aunque tratando de
evitar ataques personales y diatribas muy violentas: las reformas del medio siglo y la
Constitución del 63 reciben la condena de los autores.
Por supuesto, la
selección de los aspectos históricamente significativos reflejaban el trabajo colectivo
de los autores del momento, y se prolongó durante muchos años más. Poco se sabía de la
historia económica y social del país. Los trabajos históricos se concentraban en la
Conquista y en la Independencia. La biografía de los conquistadores y de los héroes de
la Independencia era uno de los géneros favoritos. La población indígena y negra, y en
general los sectores populares, no eran objeto de investigaciones o estudios.
La organización del
trabajo era cronológica y no hacía explícitos ninguno de los criterios metodológicos
diferentes a los objetivos de imparcialidad y honestidad. El estilo estaba lleno de
lugares comunes y las descripciones fisionómicas de los personajes atraían sin duda a
los autores. Éstos se habían basado en un conocimiento amplio de los trabajos hechos
hasta el momento, pero no lograron evitar un número excesivamente alto de errores
factuales, al depender en muchas ocasiones de autores no muy cuidadosos.
El libro mencionado
resultaba pues una buena síntesis de la historia académica. Los mejores de sus
practicantes, en las décadas siguientes, continuaron precisando las narraciones
tradicionales con base en una documentación cada vez más amplia. La organización del
Archivo Nacional dio pie para trabajos factualmente más rigurosos, aunque dentro de las
líneas ya señaladas. Un autor como Eduardo Posada, además de editar obras documentales
y de escribir varias biografías, se dedicó a precisar incidentes y acontecimientos en
los que los historiadores anteriores habían incurrido en inexactitudes (29). Ernesto Restrepo Tirado hizo
una narrativa mucho más detallada que la de Acosta del proceso de conquista, y fue de los
primeros historiadores que exploró con alguna constancia los archivos de Sevilla (30). Raimundo Rivas (1889-1946)
publicó algunas biografías y comenzó una laboriosa obra genealógica, similar a la que
hizo para Antioquia don Gabriel Henao Mejía (31).
Un buen ejemplo de
estos historiadores es Gustavo Arboleda. Nacido en 1881, llegó a la vida adulta en los
momentos de la crisis de Panamá y de la fundación de la Academia. Después de una vida
activa de periodista y escritor histórico, murió loco en 1938. Muy joven publicó su
primer estudio, Apuntes sobre la imprenta y el periodismo en Popayán (1905),
búsqueda erudita de publicaciones olvidadas. Luego escribió su Diccionario
biográfico general del antiguo departamento del Cauca (1910), el cual amplió en una
nueva edición de 1926: son centenares de breves biografías, publicadas sin fuentes, en
las que subraya las informaciones genealógicas. Entre 1918 y 1935 publicó su obra
máxima, seis gruesos volúmenes con más de tres mil páginas en las que se hace una
narración cronológica de la historia política de Colombia entre 1829 y 1860.
Aparentemente tres volúmenes más quedaron inéditos y se perdieron. La magnitud del
trabajo es sorprendente. Mientras más pasaba el tiempo, más detallado se volvía don
Gustavo. El primer volumen cubría 12 años en 500 páginas. El último necesitó 600
páginas para cubrir los incidentes de un poco más de un año.
El período cubierto,
como puede verse, coincide con el de Posada Gutiérrez y el de los trabajos entonces
inéditos de José Manuel Restrepo. Sin embargo Arboleda, que sigue una secuencia
cronológica, adiciona al menos, fuera de mucho detalle, dos elementos que apenas
aparecían en aquellos: una copiosa información sobre la historia de los gobiernos
locales y provinciales, y datos muy numerosos sobre la actividad editorial y la historia
de la prensa. Pero en el fondo es otra narrativa política más, casi un diario de
acontecimientos, regido por concepciones políticas y sociales muy similares e igualmente
ajeno a toda complejidad metodológica o interpretativa. El estilo es aún más
convencional y rutinario, y se advierte que buena parte del texto consiste ante todo en
transcripciones de documentos, informes y textos periodísticos.
Como muchos
académicos, Arboleda tuvo también un gran interés por la historia regional -publicó
tres volúmenes de Historia de Cali que son poco más que una transcripción
tenuemente hilada de material del archivo municipal- y por las biografías: publicó una
sobre José María Obando y otra sobre César Conto (32).
No es posible seguir en
detalle la desigual y abrumadora producción de los historiadores académicos de la
primera mitad de este siglo. Fuera de los ya mencionados, son muchos los que de un modo u
otro ampliaron el conocimiento de incidentes relativos a la vida y obra de muchos
colombianos, o a la vida de diversas regiones del país. Pero independientemente de ello,
su estrechez metodológica, el carácter aficionado de la práctica histórica en la
mayoría de ellos, la visión muy limitada de los aspectos de interés histórico, la
ausencia de una formación rigurosa en las ciencias sociales o la historia, hizo que pocos
trabajos escaparan a una decorosa medianía. Tampoco fue notable la contribución de estos
historiadores a la literatura propiamente dicha, pues en la mayoría de las ocasiones su
estilo se redujo a la paráfrasis de documentos originales, o a una narrativa más o menos
sosa en la que se intercalaban metáforas muy convencionales o recursos retóricos más o
menos gastados. La falta de atractivo literario de la mayoría de los textos los mantuvo
alejados del público no especializado, y por ello vale la pena referirse al esfuerzo de
divulgación histórica realizando en la década de los treinta por tres escritores
bogotanos.
En busca de la amenidad
Don Joaquín Tamayo fue
un activo periodista santafereño de la primera mitad del siglo, miembro más o menos
militante del partido liberal, director de Cromos en alguna época y prolífico
historiador. Buena parte de su obra se publicó en revistas y periódicos, y en estos
artículos realizó un esfuerzo de divulgación que lo orientó hacia las formas más
tradicionales de la historia social: otra vez el cuadro de costumbres empezó a ejercer su
influencia sobre los historiadores empeñados en lograr un texto ameno. Además de docenas
de artículos, fue autor Tamayo de tres estudios biográficos: uno sobre su antepasado don
José María Plata, otro sobre Mosquera y otro sobre Núñez, publicados respectivamente
en 1933, 1936 y 1939, y de una historia de la guerra de los Mil Días, así como de un
extenso trabajo sobre la Gran Colombia, que debía hacer parte de una historia general del
siglo XIX.
Las biografías de
Mosquera y Núñez no añadían mucho, en términos del avance del conocimiento, a otros
trabajos anteriores. Lo que lo separaba de ellos era el esfuerzo por animar la narración
entrando en la psicología de los personajes, hilando los acontecimientos de tal manera
que resaltaran los momentos dramáticos de triunfos, derrotas o enfrentamientos y
decorando la historia con aspectos de la vida privada que alcanzaban a lindar con lo
picaresco. Los modelos debieron ser los grandes biógrafos literarios del siglo XX, los
impulsadores de las biografías para el gran público: Maurois, Zweig, Strachey. El mismo
estilo predomina en su biografía de Plata, pero en ésta, por tratarse de un personaje
poco conocido, y por apoyarse en una más amplia documentación inédita, los aportes de
Tamayo son más substanciales. Sin embargo, lo que domina es el interés por escribir un
libro amable, anecdótico, sin dejarse enredar por las complejidades de los hechos mismos
que relata. La ambientación imita las descripciones novelescas: «La brisa aromada y
generosa de la selva cae en la noche; los negros entonan sus cantos tristes y a la vera
del barranco sujetan la nave, saltan luego a tierra en busca de leña seca [...] pasa de
mano en mano un jarro de aguardiente y a la luz mortecina de las fogatas, surgen
voluptuosos los cuerpos de las esclavas. Entre los viajeros con destino a San Juan de
Girón, marcha el Capitán Francisco Plata y Domínguez, al servicio del rey...» (p.
307). Don Luis Ospina Vásquez, investigador serio, afirmó que Tamayo hacía parte de
«la escuela lírico- imaginativa» (33).
Una visión similar de
la historia fue la de don Tomás Rueda Vargas. Nacido en 1879, y profesor de historia de
colegios de clase alta, es esencialmente un cultivador de la nostalgia histórica. En 1917
y 1919 dio varias conferencias sobre la Sabana de Bogotá, tema entrañable del autor:
«dada la incoherencia de mis estudios y el consiguiente caos de mis conocimientos [...]
sólo podía acometer con probabilidades de éxito un tema que excluyera estudios
ordenados y especializaciones, y tomé por el atajo de buscar, no ya en mi cabeza, que se
me ahuecaba por momentos, sino en mi vida y en mi corazón el objeto de mi trabajo...»
(p. 88). Tratando de narrar la influencia de la Sabana de Bogotá en la historia nacional,
presenta don Tomás una serie de cuadros de costumbres sucesivos, de anécdotas que
permiten captar algunos elementos de la vida social sabanera. El autor rehuye
conscientemente todo esfuerzo erudito, entremezcla información libresca con tradiciones
orales, da muy pocas informaciones sobre las fuentes de su saber, y se esfuerza ante todo
por ser entretenido. El lenguaje pretende ser conversacional, y con frecuencia interpela
al auditorio, con sus características concretas: señoras bogotanas, «descendientes de
virreyes, de oidores, de capitanes y de encomenderos». La visión que domina es la del
propietario paternalista, que observa con campechana bondad a los arribistas o a los
campesinos. Aunque el autor era liberal, y esto se refleja en algunos juicios políticos,
el conservatismo social es visible: después de mostrar algunas de las miserias que
sobreviven en la Sabana, evoca la encomienda y lamenta que su sentido original providente
se hubiera perdido: si lo recuperáramos, «encontraremos muchas miserias que aliviar,
muchas reformas trascendentales que intentar, y podremos dar al fin un inteligente y real
cuidado de nuestras gentes»: es más, las damas que lo escuchan deberían actuar para
«levantar el nivel de las gentes que la Providencia os ha encomendado» (p. 117).
No está en esto muy lejos don Tomás de don Marco Fidel Suárez, presidente entonces,
para quien el problema social debía resolverse ante todo con el ejercicio de la caridad
privada (34).
Otros trabajos de Rueda
Vargas relatan las luchas de Independencia o amplían las evocaciones de la vida rural de
la Sabana. En todos ellos subraya su apego sentimental por los acontecimientos que narra,
y en todos predomina la visión anecdótica, escrita en un lenguaje simple y agradable.
Una ironía muy reprimida asoma a veces, sin que alcance a dar un tono humorístico a sus
recuerdos. Son lecturas agradables, sin pretensiones y sin derecho a tenerlas. Parece que
Rueda Vargas, como su suegro M. A. Caro, nunca salió del interior del país: esto lo
llevó a cierto provincialismo ingenioso, en el que, como lo ha destacado Rafael
Gutiérrez Girardot, la nación se identifica con un sistema señorial de explotación
social y la historia es ante todo una crónica familiar, asunto de tíos y abuelos, que
sirve para dar algo de alcurnia a los bogotanos de buena familia (35).
Sin embargo, no hay que
tomar las consideraciones anteriores en un sentido muy peyorativo: quizá tienen las
virtudes de sus defectos: su falta de universalismo y de complejidad generó una gracia
simple y elemental y la mirada atenta a los detalles de la vida sabanera, aunque muy
sesgada socialmente, ofrece unas visiones de la historia diferentes a las de los
historiadores más convencionales, atentos sólo al heroísmo hueco y rimbombante de los
próceres y a los conflictos ruidosos de los dirigentes políticos: los historiadores de
las costumbres, de la vida familiar, de las formas de comportamiento social, encontrarán
en él un precursor, poco sofisticado pero atrayente.
La obra de Germán
Arciniegas se movió siempre entre la historia y el periodismo. Más que un historiador,
fue periodista centrado en temas históricos. En un estudio de la historia como disciplina
rigurosa, como forma de conocimiento, Arciniegas podría omitirse. Pero la historia es una
disciplina ambigua, en la que los elementos literarios y retóricos no pueden separarse
por completo de los aspectos propiamente científicos: en muchas formas de historia, la
narración es por esencia la forma apropiada de exposición científica, y la narración
ha configurado sus convenciones a partir de la literatura. Los conocimientos de las
ciencias naturales tienen una utilidad pragmática: sirven para modificar la naturaleza
misma; los conocimientos históricos hacen parte del mundo de la comunicación humana, de
la ideología: son formas de autoafirmación individual o social. Una monografía
impecable, realizada de acuerdo con las más exigentes reglas científicas, puede ser
apenas una pieza dentro de las construcciones interpretativas o las exposiciones
divulgativas que ponen en acto su papel como proveedora de conocimiento histórico:
excepto para los profesionales del arte, para los ratones de biblioteca o archivo, el
conocimiento histórico no existe sino, en último extremo, en la obra de síntesis
interpretativa o en el trabajo de divulgación. Desde este punto de vista resulta
indispensable considerar a Arciniegas, probablemente el escritor colombiano de asuntos
históricos con mejor habilidad literaria, el más dotado de los divulgadores del país.
Arciniegas, nacido en
1900, fue un escritor precoz, un periodista precoz y un político precoz. La mayoría de
sus libros son recopilaciones o reorganizaciones de artículos de prensa y esto explica
las repeticiones y las reiteraciones frecuentes de sus textos. Autor muy prolífico, las
columnas de prensa le permiten organizar casi un libro por año. Desde 1921 fundó una
revista de gran interés, Universidad, y fue director de El Tiempo, de la Revista
de América, de la Revista de los Andes.
Desde sus primeros
libros aflora la preocupación por ciertos temas de historia cultural, pero es sobre todo
a partir de 1938 cuando se afirma su vocación de divulgador histórico. En ese año
publica Los comuneros. En los años siguientes se interesará por el período de
conquista, tratado en sus libros sobre Jiménez de Quesada (1939), los
conquistadores alemanes (1941) (35)
y la Biografía del Caribe (1945). El papel de los intelectuales en el siglo XVIII
y su impacto sobre los procesos revolucionarios, al que había aludido en varias de sus
obras, se convierte en el contexto para su libro sobre Bolívar (1980).
En todos estos trabajos
es evidente la capacidad literaria del autor, su habilidad para dar vida a un incidente,
para reconocer los aspectos más pintorescos de una situación, por recordar la frase más
reveladora. La narración histórica se desarrolla en medio de una ambientación
detallada: el autor reconstruye la figura de los protagonistas, su pensamiento, sus
palabras, así como el paisaje que atraviesan, los recintos en los que actúan. Las
convenciones de la novela penetran el texto histórico. La organización de los libros no
sigue una lógica derivada de la exposición de un saber histórico, sino del
desenvolvimiento de un argumento dramático, o de una sucesión de cuadros, de pinturas
globales de momentos privilegiados.
Ejemplos de lo anterior
pueden tomarse de un libro como Los comuneros (
36). Escrito a partir de los
documentos del proceso que se conservan en el Archivo Nacional, no aportaba mucho en
cuanto a una nueva información: era la misma documentación que había sido utilizada por
los historiadores anteriores, sobre todo por Manuel Briceño. Pero acentuaba una
interpretación liberal del proceso, al subrayar los aspectos populares de la revuelta, al
presentar con simpatía la lucha de Galán y al ofrecer una imagen muy negativa, de
falsía y doblez, del arzobispo Caballero y Góngora. La interpretación, por lo demás,
era más informada en cuanto al contexto cultural internacional que los trabajos
anteriores. Arciniegas conocía, así fuera con insuficiencia, la historia española e
hispanoamericana del siglo XVIII, y esto le da un carácter menos provinciano a su libro,
atento a las revueltas peruanas o a las intrigas de Madrid. Sin embargo, la búsqueda de
efectos atractivos destruye toda minuciosidad y rigor en el establecimiento de conexiones,
en la fundamentación de los argumentos. Arciniegas tiene ideas brillantes, y la juzga
probadas con poca cosa, con semejanzas de unos textos, con incidentes ocasionales. Las
expresiones son excesivas y retóricas. «Para América salen virreyes liberales,
emprendedores... y regentes visitadores cicateros...» «Cuando la mina abierta se agotó,
América dejó de ser para España El Dorado, más que las minas, produjeron los estancos:
el de naipes, el de la sal...»
Pero lo que hay son
juegos literarios: «Tiene el rey una nariz enorme, que domina el resto de su rostro. Es
una proa puesta contra los vientos para que la tuesten. Detrás de la nariz muestra el rey
una sonrisa bonancible [...] Espléndida contradicción, muy propia de la majestad real,
esta que tiene con Carlos III entre su nariz y su sonrisa» (p. 23). Entramos a las ideas
de los personajes: «Todo se le antoja, al virrey, grandioso, y la fuerza diabólica del
paisaje pone en sus labios palabras vacías, abstracciones: belleza, grandiosidad,
hermosura...» (p. 33). De viaje a Cartagena Flórez se pregunta: «Qué puede el europeo
hacer en estas colonias? Alcanzará algún día a penetrar en el alma de los niños?» (p.
41). El detalle pintoresco abunda, pero casi siempre imaginario: «Listo, pero callado
como una sombra, saltando tapias y ensuciándose los zapatos con la porquería de los
soldados, huye el corregidor». Gutiérrez de Piñeres creía que nada fallaría: «Esto
está saliendo a pedir de boca, pensaba todos los días, de vuelta a su casa, frotándose
las manos» (p. 91). En una documentación que, por lo demás, entra en el detalle
cotidiano, como la de Los comuneros, nunca sabe el lector cuándo inventa y cuándo
cita Arciniegas, cuándo está escribiendo una novela y cuándo está escribiendo
historia. Él mismo mantiene la ambigüedad: «los tres personajes centrales de esta
novela, en lo que esta novela tiene de español» (p. 24). Y a veces es casi una secuencia
de prosas poéticas: «Alegres mujeres que un día, empujando hijos y maridos, empujando
padres y hermanos, empujando al pueblo érais un viento fecundo, como el que madura los
trigos, como el que dora las naranjas, como el que desmenuza la espuma en las quebradas
transparentes. Érais el viento de verano soplando horas rojas entre el aire luminoso:
banderas carmesíes de la plebe, estandartes sangrientos de la revolución. ¡El soplo
helado que apagó la luz en el ojo de Galán dejó sin un pétalo la rosa de vuestros
vientos! ¡Oh ardientes mujeres de la plebe!» (p.279).
Siendo una literatura
con mayores recursos, es quizá menos historia que la de Cordovez o la de Rueda Vargas.
Sin embargo, los ingredientes varían, y en otros libros, más que en la reconstrucción
novelada, Arciniegas hace más bien la disquisición ensayística, la historia convertida
en tema de polémica menuda. En uno de sus últimos escritos recogió las ideas
principales de su interpretación de las luchas de independencia. Las mismas virtudes
conocidas: la prosa agitada, rápida, brillante; las aproximaciones inesperadas de sucesos
y conceptos, la agudeza para captar el detalle. Y los mismos problemas como historia:
información insuficiente, argumentos deleznables, descuidos factuales, la frase brillante
en vez de la demostración (37).
Que su brillantez
literaria hubiera sido reconocida no tiene nada de sorprendente. Pero tiene algo de
sintomático que Arciniegas se hubiera convertido en uno de los historiadores centrales de
la república ideológica del liberalismo. La historia de finales del siglo había sido
predominantemente conservadora; en los primeros treinta años de este siglo se mantuvo esa
dominación, mientras algunos liberales desarrollaban obra de erudición o pequeñas
guerrillas alrededor de algunas polémicas tópicas (Bolívar vs Santander; los
comuneros; la valoración de la herencia española; Obando y Mosquera, Núñez), en
general más bien asuntos de periodistas que de historiadores. Y en los treinta, cuando el
clima cultural del país comienza a modificarse, la historiografía liberal parece no
poder enfrentar a la tradición conservadora otra cosa que el populismo del estilo, el
triunfo de lo anecdótico.
Hacia la ruptura
Sin embargo, justamente
en ese medio cultural de los años treinta comenzaba un proceso de incorporación de
nuevos elementos ideológicos en la cultura nacional. La obra de Luis Eduardo Nieto
Arteta, tanto en su vertiente de filósofo del derecho y de estudioso de la sociedad como
en su papel de historiador, es una de las primeras muestras de un nuevo tipo de
intelectual, cosmopolita, lleno de exigencias de rigor, e influido por las más variadas
corrientes de la cultura contemporánea; alguien que quiere estar al día y orientarse
entre las últimas producciones de la ciencia social y la filosofía europeas (38). Nieto Arteta había nacido en
Barranquilla en 1913 y estudió en Bogotá, en la Universidad Nacional de los comienzos de
la república liberal. Allí entró en contacto con el marxismo y con la sociología
moderna. Un viaje a Europa le permitió profundizar sus lecturas, y en 1942 publicó Economía
y cultura en la historia de Colombia. El autor ofrecía allí un ensayo de aplicación
de una metodología conscientemente definida, de orientación marxista, a la
investigación y comprensión de la historia colombiana del siglo XIX. No se trataba de un
marxismo de corte ortodoxo, pero el interés de aplicar un sistema de explicación de las
«superestructuras» políticas y jurídicas y de las formas ideológicas (especialmente
teorías políticas y económicas) a partir de las «estructuras» económicas, que
constituía el principal interés teórico del libro, estaba a todas luces motivado por
los elementos marxistas del pensamiento de Nieto Arteta. El libro se apoyaba en la
utilización muy amplia de una fuente histórica hasta entonces poco utilizada, y
usualmente por fuera de la perspectiva de los historiadores tradicionales: las memorias de
Hacienda. Con base en ellas trataba Nieto de reconstruir la evolución económica del
siglo pasado, y daba información novedosa sobre diversos aspectos de ella: el comercio
exterior, la historia de los principales productos comerciales, la situación fiscal, etc.
Sobre esta historia económica se construía toda una interpretación del cambio de la
sociedad colombiana en el siglo XIX, desde la «economía colonial», cerrada y sin
posibilidades de desarrollo, a una «economía liberal» de tipo capitalista, integrada al
mercado mundial y abierta al crecimiento de la producción. Este esquema básico permitía
reorganizar la interpretación de varias coyunturas centrales de la historia nacional. La
independencia se desvalorizaba y perdía importancia frente a la transformación de las
instituciones sociales y económicas que tuvo lugar a mediados de siglo. La apertura al
comercio mundial se veía en sus dos caras: ingreso al capitalismo y destrucción del
artesanado tradicional, en el que Nieto veía un embrión de desarrollo capitalista
lamentablemente destruido. La Regeneración, tradicionalmente condenada por los
publicistas liberales era para Nieto un momento creador en el que se había dotado a
Colombia del estado fuerte requerido para el avance económico y social. Los partidos
políticos, por otro lado, se interpretaban a la luz de los grupos sociales que
supuestamente se expresaban en ellos: de Nieto y de sus divulgadores parece provenir la
reiterada y tradicional identificación del conservatismo con los terratenientes y del
liberalismo con los comerciantes y profesionales independientes.
El libro era muy
apresurado y defectuoso. El estudio de la historia económica era superficial y en el
fondo el autor no tenía tanto interés en ella como en la luz que pudiera ofrecer para
entender los procesos políticos y las luchas ideológicas. Es más: la visión de la
economía está muy perturbada por las fuentes utilizadas y por su vinculación con
determinadas posiciones ideológicas; es casi como si Nieto, creyendo explicar los
partidos por la vida económica, reconstruyera y creara una vida económica a partir de su
percepción de los partidos políticos. Y sin embargo, aunque las respuestas hayan sido en
muchas ocasiones erradas, el libro abría un mundo nuevo al trabajo de los historiadores.
Se rompía la limitada definición tradicional de las fuentes valiosas, se incorporaba la
economía dentro de la historia global del país, se relativizaba la historia política y
administrativa. Y la operación, realizada con pobres instrumentos, permitía
reinterpretar casi todo lo ocurrido en el país.
El impacto de este
libro, sin embargo, fue escaso, al menos directamente. Es posible que haya contribuido a
generar una atención vaga y difusa, una expectativa de interpretaciones basadas en
metodologías que reunieran ciertos elementos científicos con una posición política
progresista. Por muchos años pasó por ser la interpretación «marxista» más coherente
de la historia nacional, pese a que su marxismo difuso no lo identificaba con el de los
grupos políticos comunistas. Pero esa atención vaga no fructificó en una escuela de
interpretación histórica marxista relativamente ortodoxa y más o menos sólida. Es
cierto que aparecieron otros trabajos similares, igualmente innovadores. En 1949 el
antiguo secretario general del partido comunista, Guillermo Hernández Rodríguez, vuelto
ya al liberalismo, publicó De los chibchas a la Colonia y a la República. En un
sentido técnico, era un libro más cuidadoso que el de Nieto. El autor había llegado a
tener buena familiaridad con los conceptos centrales de la antropología de la primera
mitad de siglo, y los utilizó para ofrecer una nueva interpretación de la sociedad
chibcha. A pesar de que el material factual era el mismo, la interpretación era más
coherente, interesante y sólida que la de los anteriores tratadistas. Pero donde la
reorientación de la mirada que resultaba del marxismo mostraba sus frutos era en el
estudio de la relaciones entre indios y españoles en el período colonial. Usando muy
poca documentación nueva y basándose en los cronistas ya conocidos y en la legislación
de Indias, Hernández Rodríguez descubría, creaba la historia de la encomienda, el
concierto agrario, la mita, el resguardo, antes invisibles para los historiadores. Por
supuesto, la escasez de la documentación, a pesar de la prudencia indudable del autor,
resultaba peligrosa, y muchas de las interpretaciones ofrecidas por Hernández Rodríguez
resultaron insostenibles apenas comenzó, a mediados de la década de 1960, el estudio
sistemático, basado en documentación de archivos, de la estructura social de la Colonia.
Poco tiempo después
apareció un trabajo que resultaba asombroso. ¿Qué había impulsado a don Luis Ospina
Vásquez a construir esa obra minuciosa y esforzada, Industria y protección en
Colombia? Este libro, publicado en 1954, reflejaba por un lado un buen conocimiento,
por parte del autor, de la teoría económica contemporánea. Y por otro, una revisión
prácticamente exhaustiva de las fuentes impresas existentes sobre la historia de la
economía nacional en el siglo XIX. Era un trabajo de paciencia y de disciplina sin
antecedentes, y al mismo tiempo ofrecía un análisis seguro e inteligente de los
principales procesos de desarrollo de la industria nacional. A pesar del título,
desbordaba en muchas áreas su tema explícito. Ospina hizo una obra de síntesis sin que
existieran las monografías previas indispensables, y para ello tuvo que hacer la
investigación directa de muchos de los temas en cuestión. Así, Industria y
protección tiene una rica información sobre el desarrollo de las comunicaciones, la
política monetaria, las innovaciones tecnológicas en la agricultura, es decir, sobre
problemas apenas marginalmente conexos con su tema específico.
Estos tres trabajos,
ignorados inicialmente en el clima represivo de mediados de siglo, en un ambiente
universitario que pretendía imponer una nueva ideología confesional y tradicionalista a
la ciencia social, tuvieron un impacto retardado a mediados de la década de 1960, en un
nuevo contexto social. En efecto, la caída de la dictadura militar en 1958 destapó las
tensiones que se habían expresado en la violencia, y el país entró en un proceso
modernizador acelerado dominado por las ideologías laicas y neoliberales del Frente
Nacional. Frente a esta modernización, grupos minoritarios de intelectuales trataron de
encontrar los caminos de una transformación apoyada en los partidos de izquierda, en la
tradición, débil, pero real, de luchas campesinas y sindicales del país, y que adoptó
como modelo, inicialmente, el proceso revolucionario de Cuba. Un momento especialmente
equívoco de esto se produjo con la aparición de Los grandes conflictos sociales y
económicos de nuestra historia, publicada en 1961 por La Nueva Prensa, una
revista de amplia circulación, por Indalecio Liévano Aguirre. El autor había escrito ya
dos biografías, de Núñez y Bolívar, en las que ofrecía algunas interpretaciones
novedosas de estos dos personajes (39).
Pero Los grandes conflictos era la obra de un político militante, miembro del
Movimiento Revolucionario Liberal, un grupo de izquierda liberal que para entonces
recogía buena parte de los jóvenes intelectuales procubanos y de orientación
socialista. La obra de Liévano, en algunas de sus características, parecía responder a
las necesidades de interpretación del pasado histórico de los jóvenes radicales. Pronto
se advirtió que en sus rasgos más profundos creaba la genealogía intelectual de un
populismo de clase media, ansioso de buenos caudillos. En efecto Los grandes conflictos
aparecía como una obra revolucionaria, que destruía las interpretaciones tradicionales
de la historia académica y oligárquica del país. El pasado nacional se presentaba como
una permanente lucha entre el pueblo y las oligarquías, centrada en los conflictos
económicos y sociales. Las oligarquías habían logrado siempre derrotar al pueblo o
destruir sus triunfos ocasionales; en los que estuvieron dirigidos por los grandes
caudillos populares, Galán, Nariño o Bolívar. Sin embargo, la historia que se narraba
era la misma de los escritores académicos, con ocasionales inversiones: sus héroes eran
los demagogos o chisperos de aquéllos, y sus villanos eran los héroes tradicionales.
Además varias interpretaciones eran bastante curiosas, como la que valoraba la obra de
los monarcas españoles de los siglos XVI y XVII frente al reformismo borbónico, o el
exaltado elogio de las organizaciones jesuitas en América. De este modo la ruptura
resultaba más aparente que real, y la obra se colocaba en el mismo terreno de la historia
tradicional, recubierta por un lenguaje más o menos populista. Por supuesto, la
inversión de las cartas ofrecía en determinadas ocasiones una visión fresca de algunos
sucesos históricos, y Liévano era un escritor inteligente y agudo, capaz de ver los
problemas desde nuevos ángulos y de exponerlos con una prosa vigorosa y efectista. Pero
más que comprender el pasado, que conocerlo, importaba acá utilizar el discurso
histórico para influir sobre la vida contemporánea. La obra de Liévano era desesperante
desde el punto de vista de las convenciones eruditas: nunca daba sus fuentes (lo que
ocurría también con Arciniegas y con Rueda Vargas), forzaba el sentido de los textos, se
despreocupaba de las secuencias cronológicas, etc.
Una importante
contribución a la ampliación del horizonte temático de los historiadores colombianos
fue hecha por Juan Friede, un historiador de origen europeo residente en Colombia desde
finales de la década de los 20. Friede puede considerarse como el primer practicante
asiduo de la etno-historia en el país: desde sus trabajos iniciales (Los indios del
alto Magdalena. Vida, luchas y exterminio (1609-1931) y El indio en lucha por la
tierra, Historia de los Resguardos del Macizo Central Colombiano), publicados en 1943
y 1944, hasta los estudios sobre Los quimbayas (1963) e Invasión al país de
los chibchas (1966), su enfoque de la historia de los grupos indígenas resultaba
novedoso y hasta desafiante, en la medida en que se atendía al punto de vista de las
comunidades indígenas y se abandonaba -aunque no siempre en forma totalmente lograda- el
ingenuo eurocentrismo de la mayoría de los historiadores anteriores. En estos trabajos
hay una preocupación por los aspectos de la demografía, la vida social, económica y
cultural de estos pueblos, que contrasta con la visión más tradicional sobre los
indígenas como sujetos pasivos de la conquista. En un amplio número de obras, que
resulta imposible mencionar, Friede empezó a ofrecer una nueva visión del proceso de
conquista de Colombia, caracterizada por una mayor atención a las culturas indígenas,
por un uso amplio de documentos originales del Archivo de Indias y por una nueva lectura
de los cronistas coloniales. Friede trató en especial de destacar el papel de algunos
misioneros que actuaron en defensa de los indios, en la tradición de Bartolomé de las
Casas, todo lo cual lo llevó a centrar varios de sus estudios en el tema del indigenismo
del siglo XVI. Durante las dos últimas décadas, Friede realizó nuevas contribuciones a
la historia de la independencia colombiana y de sus antecedentes, en especial la revuelta
de los comuneros. En general, su obra fue significativa por el impacto que tuvo sobre los
historiadores formados en los sesenta y los setenta, en la medida en que sus temas
reforzaron la reorientación de la historiografía que estaban estimulando
simultáneamente Jaime Jaramillo Uribe y Luis Ospina Vásquez, y en la medida también en
que su preocupación militante por la defensa de las culturas indígenas, tanto las
extinguidas como las actuales, contribuyó a definir el ambiente ideológico y político
de los historiadores más jóvenes.
Muy influyente sobre la
aparición de una historiografía moderna fue Jaime Jaramillo Uribe, con cuyo trabajo
termina el resumen actual. En la década del sesenta fue profesor de historia de Colombia
en la facultad de filosofía y letras de la Universidad Nacional, y allí ejerció su
influencia sobre los primeros historiadores formados como tales en la universidad
colombiana. Fundador del Anuario colombiano de historia social y de la cultura, en
1963, publicó al siguiente año El pensamiento colombiano en el siglo XIX, una
obra que había concluido prácticamente unos ocho años antes. Este libro constituía el
primer intento por estudiar en forma seria y sistemática las formas del pensamiento
colombiano durante un período amplio, y se movía a un nivel de elaboración conceptual
mucho más riguroso que cualquier trabajo de historia cultural publicado en el país hasta
entonces; de hecho, todavía no ha sido superado veinte años después. El autor estaba
familiarizado con las discusiones teóricas alrededor de las ciencias del espíritu y de
las formas de conceptualización histórica que se desarrollaron en Alemania a comienzos
del siglo, con los exponentes del historicismo alemán, que trataron de formular una
metodología para comprender las estructuras ideológicas de una sociedad y con los
trabajos de sociólogos como Weber, Simmel o Sombart. Fundándose en algunos conceptos
elaborados por estas corrientes, ofreció Jaramillo un análisis muy preciso de la
evolución del pensamiento colombiano desde el período inmediatamente anterior a la
Independencia hasta finales de siglo, estudiando en particular las diferentes valoraciones
que se hicieron de la herencia y la tradición españolas, las ideas centrales acerca de
la función y organización del Estado y las principales formulaciones filosóficas de la
época. El libro estaba escrito en una prosa compleja, capaz de manejar los difíciles
matices de la argumentación, sobria y alejada de cualquier esfuerzo retórico: pocas
veces ha existido en la literatura histórica colombiana un lenguaje tan poco
diferenciable de la argumentación sustentada, tan poco visible, por su adecuado ajuste a
sus propios contenidos.
Además de este
trabajo, que curiosamente ha tenido poca influencia, pues los estudios de historia
cultural y de las ideas han despertado poco interés hasta el momento, Jaramillo publicó
varios artículos sobre problemas como la manumisión de los esclavos, las relaciones
entre esclavos y señores durante la Colonia o la población indígena en el momento de la
Conquista. Éstos eran los primeros estudios serios y metodológicamente sólidos de
historia social hechos en el país, y abrían así otro nuevo terreno a la literatura
histórica. Nieto Arteta y Ospina Vásquez habían abierto el campo de la vida económica,
mientras Jaramillo revelaba seriamente el mundo de la historia cultural y de la historia
social.
Los trabajos
mencionados en los últimos años dieron testimonio de la madurez inicial de la literatura
histórica colombiana. Eran todavía obras aisladas, pero la coincidencia del esfuerzo de
estos autores, y su capacidad de influir sobre los grupos universitarios de los años
iniciales del Frente Nacional les permitió contribuir seriamente a conformar toda una
nueva actitud hacia el estudio de la historia en Colombia. A partir de mediados de la
década de 1960, se inicia un período de interés social creciente por la literatura
histórica. Parte de este interés se origina en la búsqueda de alternativas políticas a
la política frentenacionalista. En su forma más cruda, produjo interpretaciones
apresuradas de la evolución nacional apoyadas en versiones esquemáticas del marxismo. En
su forma más compleja, la búsqueda de un futuro radicalmente diferente se fue
convirtiendo en muchos en el esfuerzo por construir un pasado que mostrara la complejidad
del proceso histórico colombiano, sobre la base de un manejo cuidadoso de las fuentes, de
una utilización amplia de materiales de archivo, de la apertura a nuevos enfoques y
temáticas, de la utilización de los aportes de las ciencias sociales. En los últimos
veinte años, los trabajos de Germán Colmenares, Alvaro Tirado, Salomón Kalmanovitz,
Marco Palacios y José Antonio Ocampo, para nombrar sólo algunos ejemplos, han
desarrollado, apoyados en el ejemplo pionero de Jaramillo Uribe y de Ospina Vásquez, una
historia que busca tener el rigor de las ciencias sociales, pero que no desconoce la
importancia de concretarse en textos que por su estructura y su lenguaje sigan haciendo
parte de la historia de la literatura.
NOTAS
1. Los
más importantes cronistas fueron Juan de Castellanos (1522-1606), Elegías de varones
ilustres de Indias (Bogotá: 1955); Pedro de Aguado, Recopilación historial
(Bogotá: 1956-57); Pedro Simón, Noticias historiales de las conquistas de tierra
firme; Lucas Fernández de Piedrahíta, Historia general de las conquistas del
Nuevo Reino de Granada (Bogotá: 1982) y Juan Rodríguez Freyle (1566-1642), Conquista
y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada, El Carnero (Bogotá: 1859).
2. Este
periodico, que circuló entre agosto de 1810 y febrero de 1811, fue reproducido en Luis
Martínez Delgado, El periodismo neogranadino, 1810-1811 (Bogotá: 1960).
3. La
obra de Restrepo se publicó originalmente en París en 1827, la segunda edición en
Besanzón en 1858. Las citas sin fecha se hacen según la reedición de Bogotá de
1942-50, muy defectuosa; las fechadas en 1970 corresponden a la edición de Editorial
Bedout.
4. J. O.
Melo, «Los estudios históricos en Colombia», 1969. Cfr. en este volumen. pp. 17-18.
5. Las
otras obras pertinentes de Restrepo son la Historia de la Nueva Granada (Bogotá:
1954-56), de la cual se habían publicado breves trozos en 1890 y en 1936; el Diario
político y militar (Bogotá: 1954) y la Autobiografía... (Bogotá: 1957).
Sobre su vida y obra han escrito Juan Botero Restrepo, El prócer historiador José
Manuel Restrepo (Medellín: 1982), ante todo una biografía, y Germán Colmenares,
«La historia de la revolución de José Manuel Restrepo, una visión
historiográfica», en: Revista de Extensión Cultural, Universidad Nacional,
Medellín, No. 20 (1985), pp. 6-13, donde se desarrolla el tema del papel de las pasiones
y las virtudes. Ver también José Manuel Marroquín, «El historiador Restrepo», en: Papel
periódico ilustrado, I, pp. 102 ss. (1880).
6.
Publicadas en Bogotá en dos volúmenes, 1865 y 1881, fueron reeditadas en 1929, en 1951 y
en 1971. Las citas corresponden a la edición de 1971.
7. Sobre
Acosta puede verse la biografía de Soledad Acosta de Samper citada adelante y la tesis de
doctorado de Robert Davis, Acosta, Caro and Lleras (Vanderbilt University: 1969).
Las citas son de la edición de 1942 del Compendio. La narración de la conquista
se hizo más detallada y amplió algo su base documental con el libro de Restrepo Tirado, Descubrimiento
y conquista de Colombia (Bogotá: 1917-19); el mismo autor publicó una Historia de
la provincia de Santa Marta (Bogotá: 1929), centrada en la conquista y con base en
documentos del Archivo de Sevilla. Enrique Otero DCosta hizo varios trabajos sobre
el descubrimiento y la conquista, tratando de precisar fechas de fundaciones, traslados,
rutas, etc. Ver por ejemplo Comentos críticos sobre la fundación de Cartagena de
Indias (Bogotá: 1933). Un buen aporte factual fue el de Raimundo Rivas, Los
fundadores de Bogotá (Bogotá: 1923, edición ampliada en 1938), una especie de
biografía colectiva de los compañeros de Jiménez de Quesada.
8. El Boletín
de historia y antigüedades, V (1909) publicó sus «Memorias», infortunadamente muy
fragmentarias, pues sólo llegan hasta 1846.
9 Los
otros trabajos históricos de Samper de interés son El sitio de Cartagena
(Bogotá: 1886); Simón Bolívar (Bogotá: 1883) y Galería nacional de hombres
ilustres o notables... (Bogotá: 1879). Sobre su vida lo mejor es su propia Historia
de un alma (Bogotá: 1881); se cita por la edición de 1971. Es útil también la
tesis de Harold E. Hinds, José María Samper: an introduction to his character and
aspects of his writing during the period
1828-1865, (Tesis de magister,
Universidad de Vanderbilt: 1967).
10 Sobre
Groot ver Gabriel Giraldo Jaramillo, Don José Manuel Groot (Bogotá: 1957). Una
biografía de un conocido es la de José Caicedo Rojas, «José Manuel Groot», en el Papel
periódico ilustrado, III, pp. 261 ss. (1884). El texto de Torres Caicedo se encuentra
en la Historia, vol. I, p. 43 (Cito según la edición de 1957). Un largo
comentario de Miguel A. Caro se reproduce también en el primer tomo de la historia, así
como varias reseñas publicadas en el siglo XIX.
11
.
Papel periódico ilustrado, III, p. 264.
12.
Sobre Quijano Otero ver la biografía de Manuel Briceño en el Papel periódico
ilustrado, III, pp. 34 ss (1883) y el número especial que le dedicó el Boletín
de historia y antigüedades, XXIV, 267 (enero de 1937). Su diario fue publicado en el Boletín
de historia y antigüedades, y se refiere sobre todo a la guerra de 1860.
13. El
texto de esta polémica, publicada originalmente en El tradicionalista y La América
fue reproducido por el Boletín de historia y antigüedades, 267.
14.
Plaza había publicado en 1850 el Compendio de la historia de la Nueva Granada, desde
antes de su descubrimiento hasta el 17 de noviembre de 1831, para el uso de los colegios y
universidades de la República. A este texto siguió el de José Joaquín Borda, Historia
de Colombia contada a los niños (Bogotá: 1870).
15. Boletín
de historia y antigüedades, XXIV, 267 (1937), p. 9.
16 Lo
anterior lo narra José María Cordovez Moure, Reminiscencias (Madrid: 1962), pp.
405-13.
17. Papel
periódico ilustrado, III, p. 34. (1883).
18.
Bernardo Tovar, en «El pensamiento historiador colombiano sobre la época colonial», en:
Anuario colombiano de historia social y de la cultura, 10, Bogotá, 1982, pp. 64
ss., subraya, por el contrario, la influencia del positivismo a finales de siglo, pero
parece aludir con este término más bien al empirismo manifestado en la búsqueda de
pruebas documentales y en la definición del hecho histórico a partir de los testimonios
que al positivismo en sentido propio.
19. Las
reminiscencias de Santa Fe y Bogotá han sido reunidas en un volumen editado en Madrid
en 1962. El primer volumen apareció en 1893, al cual se añadieron 7 más; es probable
que no se hayan recogido en volumen los escritos de los últimos años del autor.
20.
Ibáñez publicó una segunda edición de sus crónicas, muy ampliada, en 1913-23.
21. Las
obras mencionadas son Tomás Cipriano de Mosquera, Memorias sobre la vida del
Libertador Simón Bolívar (Nueva York: 1853); José María Vergara y Vergara, Vida
i escritos del jeneral Antonio Nariño (Bogotá: 1859); Mariano Ospina Rodríguez, El
doctor José Félix de Restrepo y su época (Bogotá: 1888); Pedro Fernández Madrid, Rasgos
de la vida pública del jeneral Francisco de Paula Vélez... (Bogotá: 1859); José
María Baraya, Biografías militares... (Bogotá: 1874) Leonidas Scarpetta y
Saturnino Vergara, Diccionario biográfico de los campeones de la libertad...
(Bogotá: 1879); Constancio Franco Vargas, Rasgos biográficos de los próceres, de la
independencia (Bogotá: 1880) y Carlos Martínez Silva, Biografía de don José
Fernández Madrid (Bogotá: 1889).
22.
Sobre este autor ver Gustavo Otero Muñoz, «Soledad Acosta de Samper», en: Boletín
Cultural y Bibliográfico, VII, 6, Bogotá, 1964, pp. 1.063-69.
23. Sus
obras principales: Biografía del general Joaquín Acosta... (Bogotá: 1901); Biografías
de hombres ilustres o notables, relativas a la época del descubrimiento, conquista y
colonización... (Bogotá: 1883); Biografía del general Antonio Nariño
(Bogotá: 1910) y Lecciones de historia de Colombia (Bogotá: 1908).
24. Luis
Capella Toledo, Leyendas históricas... (Bogotá: 1879). La tercera edición es muy
ampliada (Bogotá: 1884-85).
25. Del
libro de Uricoechea existe una edición reciente (Bogotá: 1971), así como de El
Dorado (Bogotá: 1972).
26. De
Restrepo (1837-1899) existe una autobiografía (Bogotá: 1939).
27.
Fuera del Estudio, Restrepo Tirado escribió un Ensayo etnográfico y
arqueológico de la provincia de los quimbayas en el Nuevo Reino de Granada (Bogotá:
1892). Otras obras se mencionan en la nota 7. Las citas del Estudio se hacen a la
edición de 1971. Priscilla Burcher de Uribe, en Raíces de la arqueología en Colombia
(Medellín: 1985) discute algunos aspectos de estas obras
28
Jesús María Henao y Gerardo Arrubla, Historia de Colombia para la enseñanza
secundaria (Bogotá: 1911). Bernardo Tovar discute con algún detalle este texto, en
el artículo mencionado en la nota 18, p. 76.
29. Los
centenares de comentarios y notas de Posada fueron reunidos con el título de Apostillas
(Bogotá: 1926); existe una edición anterior en Madrid, sin fecha. Además escribió
Posada varias biografías, que fueron publicadas con una amplia documentación, como la Biografía
de Córdoba (Bogotá: 1899); El Precursor (Bogotá: 1903) y la Vida de
Herrán (Bogotá: 1903), escrita en colaboración con Pedro M. Ibáñez.
30. Ya
se han mencionado sus obras principales. Restrepo publicó en el Boletín de historia y
antigüedades una amplia selección de documentos del Archivo de Indias, que recogió
don Ernesto mientras ejercía la función de cónsul de Colombia en Sevilla.
31. Por
ejemplo, Cuatro figuras colombianas (Bogotá: 1933), donde estudia a Mosquera, a
Núñez, a Posada Gutiérrez y a Liborio Mejía; El andante caballero don Antonio
Nariño: la juventud... (Bogotá: 1936) y el libro Genealogías de Santa Fe de
Bogotá (Bogotá: 1928), del cual sólo se publicó un volumen, escrito en
colaboración con José María Restrepo Sáenz.
32. Su
obra principal es la Historia contemporánea de Colombia (Bogotá, Cali y Popayán:
1918-1935). La Historia de Cali se publicó en 1928. Gustavo Otero Muñoz publicó
una detallada biografía en el Boletín de historia y antigüedades, XXVI, 295, pp.
281-92.
33 Estas
tres biografías han sido reunidas en un volumen publicado en Bogotá en 1975. En la misma
fecha se recogieron sus artículos diversos, y se editaron sus libros La revolución de
1899, editado originalmente en 1938 y Nuestro siglo XIX, de 1941. El comentario
de Ospina Vásquez en: Industria y protección en Colombia (Medellín: 1974), p.
225.
34. He
citado de Visiones de historia y La Sabana (Bogotá: 1975), donde se recogen dos de
sus conferencias más conocidas.
35.
Rafael Gutiérrez Girardot, «La literatura colombiana en el siglo XX», en: Manual de
historia de Colombia (Bogotá: 1980) III, pp. 461 y ss.
35. Cfr.
Los alemanes en la conquista de América (Buenos Aires: 1941).
36. Cito
según la edición de 1969.
37. Bolívar
y la revolución (Bogotá: 1984). He hecho una reseña detallada en el Boletín
cultural y bibliográfico, XXI, 2, Bogotá, 1984, pp. 101-103.
38.
Gonzalo Cataño ha publicado dos artículos sobre la formación de Nieto Arteta. Cfr.
Revista Ideas y Valores, Nº 63.
39. La
primera edición en libro de Los grandes conflictos es de 1962, y ha tenido
múltiples reimpresiones; los capítulos finales, publicados en la revista, no se
incluyeron en el libro. El Rafael Núñez es de 1944; el Bolívar fue
publicado en Bogotá hacia 1948 ó 49.
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