En: Universidad
Nacional. Revista de la Dirección de Divulgación Cultural Nº 2. Enero-Marzo 1969.
pp 15-41, y reeditado en Sobre historia y política (Medellín, 1979).
La historiografía
colombiana comienza con la conquista (1). Entre los acompañantes de los
primeros conquistadores hubo siempre soldados o clérigos que se preocuparon por comunicar
a la posteridad o a las autoridades españolas contemporáneas los más
importantes y en
especial los más gloriosos acontecimientos de las luchas de conquista (2).
Las crónicas, elaboradas inicialmente por testigos presenciales, luego por historiadores
que apelaron a documentos oficiales, a crónicas anteriores y a los recuerdos de sus más
ancianos contemporáneos, constituyeron el núcleo del conocimiento tradicional de la
conquista y de las primeras colonias españolas, y han sido justificadamente la base de la
labor investigativa de los historiadores posteriores. A estos cronistas de la conquista es
preciso añadir los diversos autores que trataron de dejar un relato de la
cristianización de las poblaciones indígenas y de la fundación y desarrollo de las
órdenes religiosas (3). Aunque la preocupación fundamental de casi
todos los cronistas neogranadinos, laicos o religiosos, era de tipo apologético, es
sorprendente la amplitud de la mirada con la que trataron de captar la realidad a la que
se enfrentaban. Tal vez la misma falta de rigurosa preparación científica y de
cristalización de una forma aceptada de escribir historia les permitió interesarse por
las costumbres de las sociedades indígenas, la vida cotidiana de las poblaciones
coloniales, los actos administrativos vinculados a la vida económica y social, el
desarrollo de las primeras instituciones culturales, etc.
Esta primera fase de
nuestra historiografía parece detenerse, para las historias generales del Nuevo Reino, a
mediados del siglo XVII. Aunque los misioneros continuaron ocupándose en la elaboración
de historias misionales, los trabajos sobre los aspectos civiles del virreinato
constituyen siempre fuentes primarias en sentido estricto: son relatos de viajeros,
informes oficiales, descripciones contemporáneas de conjunto. Sólo después de la guerra
de la independencia florecen de nuevo los estudios históricos. Muchos de los
participantes en las luchas contra la metrópoli española escribieron sus memorias,
algunas de las cuales se extienden hasta los años de la República de la Nueva Granada.
Pero como trabajo de orden histórico el más destacado es el de José Manuel Restrepo, Historia
de la Revolución en la República de Colombia (
4). Basándose
en sus recuerdos y en el conocimiento personal que tuvo de los principales actores de la
guerra de independencia, en una amplia documentación coleccionada gracias a su propio
esfuerzo, y en los archivos del gobierno, a los que tuvo un acceso incondicional, Restrepo
ofreció un rápido recuento de los principales acontecimientos del Nuevo Reino de Granada
durante el siglo XVIII y comienzos del XIX, y una historia bastante detallada del período
1810-1832. El autor, pese a su vinculación directa, práctica, sentimental e ideológica,
con los movimientos de independencia y con el gobierno colombiano, al cual sirvió en
diversos empleos, trató de mantener una actitud de objetividad que le permitiera
«desnudar las relaciones contradictorias de los realistas y de los patriotas de las
exageraciones de los partidos contendores en la guerra de la independencia y averiguar la
verdad comparando entre sí las diferentes versiones» (5). Esto no
impide que Restrepo haya visto su obra como una tarea patriótica, ni que sus juicios,
pese a sus reservas y a su indudable espíritu crítico, estuvieran marcados por un vivo
entusiasmo por la obra de la revolución. Pero tal entusiasmo era eminentemente
«republicano» y de un claro matiz moderado. Aunque consideraba que la ruptura con
España era justa e indispensable para el verdadero progreso del país, creía que la
república debía organizarse sin trastornar el orden social y dentro de un espíritu de
moderación y orden. Las actitudes radicales, las proclamas demagógicas que a veces
parecieron incidir sobre el rumbo de las luchas de independencia, los movimientos de las
castas dominadas merecían su reprobación, matizada con cierto paternalismo benevolente.
Además, las tareas políticas y militares embargaron la atención y la actividad de los
líderes nacionales durante los veintes y desde 1810 a 1830 fueron los incidentes de orden
militar y las ocasionales crisis políticas las que tuvieron en vilo a los grupos de
notables del país. No tiene pues nada de extraño que Restrepo haya dirigido su atención
en forma predominante a lo que aparecía como decisivo para sus contemporáneos, y que
modificaciones de la vida nacional de importancia fundamental pero menos aparentes hayan
recibido solo casual mención en su obra. Pero lo que era inevitable en Restrepo tuvo un
efecto menos deseable en los historiadores subsiguientes, que adoptaron la Historia de
la Revolución como modelo básico para la escritura de la historia nacional y
redujeron la evolución histórica colombiana a la sucesión de luchas militares y de
actividades políticas: los problemas del dominio del Estado y las realizaciones
gubernamentales coparon la atención de la mayoría de los investigadores posteriores a
Restrepo. Igualmente, su obra sirvió para fijar de manera casi inmodificable uno de los
centros de atención que han fascinado permanentemente a los historiadores. Aunque su obra
era de «historia contemporánea», y fue continuada por una Historia de la Nueva
Granada(
6) que continuó el relato hasta 1854, la historiografía
nacional abandonó cada vez más la pretensión de tratar los sucesos recientes, de modo
que el límite entre los «histórico» y lo «contemporáneo», supuesto terreno de
estudio de la sociología o la economía, pero no de la historia, se ha ido alejando
progresivamente del presente. Restrepo, al terminar La Historia de la Revolución
con los sucesos de 1832, estableció para varias décadas un límite que solamente en
raras ocasiones transgredieron los historiadores de oficio, que abandonaron el período
posterior a los polemistas políticos y a los escritores de memorias personales (7).
Durante el resto del
siglo XIX fueron numerosas las obras históricas publicadas, pero resulta suficiente
destacar unas pocas por su valor o por su influencia sobre el desarrollo posterior de la
historiografía. Bastante notable es el Compendio histórico del descubrimiento y
colonización de la Nueva Granada en el siglo decimosexto, publicado en París en 1848
(8). Su autor, Joaquín Acosta, intentó ofrecer «una narración
completa y exacta, aunque compendiosa» del proceso de establecimiento de los españoles
en la Nueva Granada. La obra concluía con la muerte de Gonzalo Jiménez de Quesada en
1579, aunque el autor ofrecía continuar su trabajo más allá de esta fecha en una obra
posterior, que nunca fue publicada. El mérito principal del Compendio radicaba en
el uso prácticamente exhaustivo de la documentación impresa hasta entonces (entre los
pocos manuscritos utilizados puede señalarse la crónica de Rodríguez Freile, entonces
inédita), y en el esfuerzo por someter las versiones de los cronistas a una crítica que
permitiera eliminar las contradicciones entre unos y otros y suprimir los elementos
fantásticos e inverosímiles de que están llenas algunas de las crónicas. La historia
de Acosta se convirtió a partir de su publicación en la principal guía factual para el
período 1492-1579, y fue utilizada por los historiadores sucesivos como patrón
fundamental para el estudio de esta época, así como Restrepo se había convertido en la
fuente por excelencia para el período 1810-1830.
El primer intento de
ofrecer un relato completo de la historia de la Nueva Granada durante el período de
dominación española fue hecho por José Antonio de Plaza en las Memorias para la
historia de la Nueva Granada desde su descubrimiento hasta el 20 de julio de 1810 (
9), publicadas en Bogotá en 1850, y basadas, como la obra de Acosta,
en los cronistas neogranadinos. Sin embargo, para la época no tratada por el Compendio,
Plaza recurrió a los archivos virreinales aunque de manera no muy sistemática ni
rigurosa. Aunque el nivel de las Memorias era claramente inferior al de las obras
de Restrepo y Acosta, y por lo tanto no tuvieron la influencia de éstas, su liberalismo y
sus ocasionales juicios anticlericales sirvieron para suscitar la respuesta de don José
Manuel Groot, quien publicó, a partir de 1869, la Historia Eclesiástica y Civil de la
Nueva Granada (
10). Inicialmente su intención había sido
solamente hacer una historia eclesiástica, para defender a la iglesia de los ataques de
varios escritores contemporáneos, que la habían presentado «como enemiga de las luces y
hostil a la causa republicana» (11). Esta motivación dio a su libro un
carácter abiertamente apologético, y aunque no puede dudarse de la buena fe del autor ni
pueden desconocerse sus evidentes esfuerzos por reconstruir en la forma más exacta
posible el pasado, son frecuentes los casos en los cuales no solo la interpretación de
los hechos es discutible, sino que los datos factuales mismos resultan deformados en aras
del objetivo apologético. Por lo demás, no solamente creía necesario defender a la
iglesia de los ataques del liberalismo de la época; también el gobierno español había
sido calumniado y urgía, en opinión de Groot, el restablecimiento de la verdad
histórica a su respecto. Así, a los ataques muchas veces evidentemente ingenuos y mal
informados de los liberales, Groot opuso una valoración positiva de la actividad
conquistadora y colonizadora española, por lo menos para la época que antecedió a la
penetración del liberalismo en el mismo gobierno español. Muy decepcionado con los
resultados de la república independiente (y Groot escribía bajo la vigencia de la
Constitución liberal de 1863), su visión de la Independencia fue menos entusiasta que la
de Restrepo. Aunque no negaba su conveniencia consideraba inexactas muchas de las
justificaciones tradicionales basadas en la injusticia del gobierno español. La
Independencia, en lo que tenía de positivo, debía verse como el resultado de un proceso
de madurez favorecido por la misma España; alcanzada esa madurez, el hijo adulto debía
alejarse de la casa paterna, sin abandonar el amor filial y el respeto por sus genitores.
Y en lo que tenía de negativo, la Independencia era el producto de la política errada de
los últimos Borbones, que dejaron penetrar peligrosas ideas en sus dominios, opuestas a
las tradiciones católicas y teñidas de «filosofismo» y «protestantismo».
La Historia
Eclesiástica representaba, desde el punto de vista erudito, un avance sobre las Memorias
de Plaza, especialmente en el tratamiento del período propiamente colonial, para el
cual se aportaba una multitud de información novedosa basada en una lectura más extensa
de los archivos virreinales y arquidiocesanos de Bogotá. Por supuesto, la intención
original del trabajo determinó el predominio de informaciones referentes a la historia
eclesiástica y condujo -para invertir las explicaciones de Plaza- a un reexamen de los
conflictos entre las autoridades civiles y eclesiásticas del Nuevo Reino; en la época de
la Independencia esta intención produjo un nuevo tema, destinado a múltiples evoluciones
futuras: el del papel del clero en la Independencia. En cuanto a la Conquista, Groot se
limitó en general a parafrasear a Acosta, y muchas veces a incluir literalmente el texto
del Compendio, aunque expurgándolo cuando resultaba demasiado ofensivo para los
conquistadores. Para la época de la Independencia es evidente que usó numerosas fuentes
hasta entonces inexploradas, y allí también debe considerarse importante su
contribución erudita.
Los libros de Restrepo,
Acosta y Groot formaron desde entonces el núcleo tradicional de la historiografía
colombiana, y fueron la base principal de muchas reelaboraciones posteriores. Sus
interpretaciones alcanzaron la condición de lugares comunes y sus ocasionales errores
llegaron hasta los manuales de enseñanza. Y los límites que ellos mismos adoptaron para
sus obras -historia militar y política; papel de la Iglesia en la cultura nacional;
concentración en el siglo XVI y en el período de la Independencia- son todavía los
límites tradicionales del trabajo histórico en Colombia, y los que definen los «nudos
historiográficos» (12) que atraen a la mayor parte de los aficionados
a los estudios históricos en el país.
II
Estos caracteres
tradicionales de la historiografía se reforzaron durante las primeras décadas del siglo
XX, en especial bajo la tutela de un cuerpo destinado principalmente a la preservación y
conocimiento de las tradiciones del país: la Academia Colombiana de Historia (13). En el Boletín de Historia y Antigüedades y en la «Biblioteca
de Historia Nacional», la Academia realizó una importante tarea erudita, sobre todo por
medio de la publicación de varias colecciones documentales de gran interés y utilidad.
Pero desde el punto de vista del trabajo historiográfico en sentido estricto, la Academia
ha operado primordialmente como centro de consolidación de una manera rutinaria de
concebir la historia, y ha contribuido a conformar lo que, con evidente injusticia para
algunos de sus miembros, resulta adecuado llamar «historia académica». Se anotaron
antes algunos de los motivos que ayudaron a establecer, en los historiadores del siglo
XIX, la preferencia por determinados períodos de la historia del país. Fuera del influjo
mismo de tales historiadores, estas preferencias se mantienen como consecuencia de la
concepción de la historia que domina en los trabajadores académicos, y de las ideas que
la opinión se hace de la índole del conocimiento histórico. Todos estos sectores
conciben la historia como un conocimiento de eficacia moralizante y ejemplar, cuya
función principal es despertar, en lectores y estudiosos, sentimientos patrióticos y de
reverencia hacia el pasado y hacia las figuras a las cuales puede atribuirse mayor
influencia en la conformación de las instituciones básicas del país. Esto quiere decir
que lo históricamente significativo está definido por criterios extracientíficos, en
este caso por criterios morales y nacionalistas, lo que implica la sobrevaloración de
aquellos períodos e incidentes propicios para la manifestación de virtudes ejemplares,
que se dan principalmente en un marco de actividades militares y, en menor grado, para
virtudes de orden «civilista», en épocas de graves conflictos políticos. Tal
orientación confirma por lo tanto lo que la tradición del novecientos había
establecido: la tendencia a reducir la historia a la sucesión de acontecimientos
políticos y militares.
Al mismo fin contribuye
el hecho de que esta historiografía sea en gran parte obra de «aficionados», de
historiadores que se dedican a la investigación del pasado sólo en las horas que sus
propias actividades profesionales les dejan. La ausencia de cierto «profesionalismo» en
la investigación histórica hace que la dedicación a estos estudios sea muchas veces el
resultado de la vinculación personal de los autores con el tema de su investigación; con
frecuencia se consagran a la historia miembros de familias con antecesores que tuvieron
participación relevante en alguno de los acontecimientos claves de la evolución
nacional. El auge de los trabajos biográficos, que constituyen probablemente el género
histórico más abundante, de laboriosas genealogías y de estudios sobre la
participación de determinadas localidades en algún incidente notable es una prueba de lo
anterior. Ahora bien, la selección clasista de los historiadores que esta situación
favorece, la preocupación por demostrar las contribuciones de familiares y coterráneos
-dentro del contexto de lo aceptado como históricamente interesante-, contribuyen a
mantener ligado el grueso del trabajo histórico a épocas y temas estrechamente
delimitados y a reforzar la orientación heroizante de la historiografía tradicional.
Una ventaja adicional
para los cultivadores de este estilo de trabajo histórico reside en la facilidad con la
que se confiere por lo menos un mínimo de organización al material factual. Mientras que
en los estudios de historia cultural, social o económica se presentan serios problemas de
ordenación de los datos primarios, cuya significación sólo puede establecerse a la luz
de conceptos explicativos de difícil manejo, y cuya exposición coherente exige que se
hayan establecido tendencias y características generales del proceso histórico, y que se
tenga por lo menos una teoría implícita de la operación del sistema social dado, que
permita jerarquizar la información y determinar los nexos y articulaciones de los
diversos elementos del sistema, la historia política y la biografía permiten una
organización del material en apariencia suficiente mediante la simple elaboración de
secuencias cronológicas. En este tipo de trabajo la sucesión temporal adquiere la
función de categoría histórica única, de sencillo manejo y a primera vista
satisfactoria. De este modo la tarea del historiador se reduce a seleccionar, a partir de
una «realidad» que se supone existir con la plenitud de su sentido con independencia del
investigador, una serie de materiales factuales, usualmente con base en criterios
extrahistóricos, y a exponerlos en el orden en el que «ocurrieron», añadiendo algunos
juicios patrióticos o moralistas.
A esto se añade otra
ventaja, y es la inmediata adecuación de los resultados de esta forma de investigación a
los sistemas de enseñanza dominantes en colegios y universidades. Como en la enseñanza
de la historia rige la idea de que se trata de transmitir un conjunto de conocimientos ya
establecidos para que sean memorizados, «aprendidos» por los estudiantes, los manuales
se limitan a la presentación de materiales fácilmente ordenables, ligados por secuencias
cronológicas elementales y claras, lo que refuerza la concentración en la historia
político-militar.
Para concluir, debe
señalarse el problema, mucho menos decisivo que los mencionados antes, pero grave desde
el punto de vista «profesional», de las deficiencias técnicas muy frecuentes en este
tipo de historiografía, que tiene un dominio limitado de los métodos de utilización y
crítica de las fuentes, y evita presentar seriamente sus referencias al material
documental, de modo que la exactitud de la información es casi imposible de verificar.
Por la ausencia de notas y referencias completas los lectores deben admitir la
«autoridad» del escritor y tener fe en su palabra. Lo que ocurre es que aquí se oculta
la pobreza documental de buena parte de la historia académica, especialmente la de
aquellos historiadores que se limitan a presentar reelaboraciones de materiales ya
establecidos por otros investigadores (14).
III
Por supuesto no sería
correcto aplicar las esquemáticas consideraciones anteriores a la totalidad del trabajo
histórico colombiano. En los últimos años se han hecho numerosos intentos para romper
con las bases conceptuales de la historia tradicional, mediante el esfuerzo por liberarse
del empirismo implícito en los trabajos de esta clase, con el uso de categorías
conceptuales más complejas y rigurosas -tipos, definiciones de tendencias, formulación
de criterios de análisis estructural-, o mediante la mera ruptura de las limitaciones
temáticas. Inclusive esta segunda manifestación del surgimiento de un nuevo tipo de
historiografía supone un cambio en la concepción de la realidad histórica misma. Aunque
en principio es posible mantener una idea netamente empirista del trabajo histórico al
tiempo que se rompe con la identificación habitual de la realidad histórica con la
acción del Estado y con las luchas que se centran en el poder público, de hecho el
abandono de esta identificación proviene casi siempre de una visión diferente de la
historia, en la que se establece una jerarquía entre los diversos momentos de la realidad
y se admite que el proceso de explicación histórica no consiste simplemente en la
«captación» de una realidad cuya verdad subsiste por fuera del trabajo del
investigador, sino que es preciso que éste, provisto de conceptos y criterios
explicativos, revele el sentido de los hechos al colocarlos en una relación precisa con
determinadas estructuras de la realidad social y, por lo menos virtualmente, con la
totalidad del sistema social en el cual se presentan.
Es difícil identificar
los factores que han promovido la aparición de una historiografía con nuevos métodos y
nuevos intereses. Al nivel más superficial, deben subrayarse algunos hechos, como la
creciente importancia de los estudios históricos en las universidades; la difusión de
categorías de origen marxista; los aportes de estudiosos extranjeros poseedores de una
preparación metodológica, o por lo menos técnica, más rigurosa que la habitual en el
país; la exigencia, por parte de diversos sectores de la cultura y la sociedad
colombiana, de una reinterpretación del pasado nacional en términos más acordes con la
visión que tienen de sí mismos (el éxito de trabajos «revisionistas» como los de
Indalecio Liévano Aguirre y Arturo Abella debe verse dentro de esta perspectiva), etc.
Un ejemplo apropiado de
este desarrollo reciente se encuentra en los estudios de historia cultural, entre los
cuales sobresale la obra de Jaime Jaramillo Uribe, El Pensamiento Colombiano en el
Siglo XIX (
15). Escrito en 1956, aunque su edición sólo se hizo en
1964, este libro constituye sin duda el primer intento por estudiar de modo sistemático
las formas del pensamiento colombiano durante un período amplio, y se mueve a un nivel de
elaboración conceptual mucho más serio y riguroso que cualquier otro trabajo de historia
cultural publicado en el país hasta hoy. El autor estaba familiarizado con las vivas
discusiones teóricas alrededor del problema de las ciencias del espíritu y de las formas
de conceptuación histórica que se desarrollaron en Alemania a comienzos de este siglo
(Dilthey, Rickert, Cassirer, etc.); con los exponentes más serios del historicismo
alemán, que dieron prioridad a la formulación de una metodología utilizable para
comprender de manera adecuada las estructuras ideológicas de una época cultural
(Burckhardt, Troeltsch, Meinecke), y con los trabajos sociológicos de autores como Weber
y Sombart. Fundándose en conceptos básicos elaborados por algunos de los autores
anteriores («tipos ideales», teorías políticas «organicistas» e «individualistas»,
etc.), el autor ofreció un detallado análisis de la evolución del pensamiento
colombiano desde el período inmediatamente anterior a la Independencia hasta el fin de
siglo, estudiando en particular las diferentes valoraciones que se hicieron de la herencia
y la tradición españolas, las ideas centrales expuestas sobre la función y la
organización del Estado y las principales formulaciones filosóficas de la época. Las
«ideas» del siglo XIX eran sometidas además a una detenida crítica con el objeto de
revelar sus contradicciones internas y sus insuficiencias. Estas últimas resultaban a
veces de la comparación de las ideas colombianas con uno o varios modelos implícitos.
(Nos parece que este es el caso en muchos de los análisis sobre el pensamiento de tipo
liberal. Este tema merecería un estudio más detallado, pues el autor no construyó
claramente un «tipo ideal» de liberalismo, pero muchos de sus comentarios sobre las
contradicciones de algunas formulaciones colombianas lo requieren).
Es conveniente
señalar, sin embargo, algunas limitaciones de la obra de Jaramillo Uribe, que reflejan en
primer lugar la decisión del autor de seguir ciertas líneas particulares de análisis,
dejando de lado otros caminos posibles pero prescindibles desde el punto de vista de la
organización interna de su obra. En primer lugar, y fuera de los análisis orientados a
establecer las contradicciones en el pensamiento de determinados autores, el autor dedica
una gran parte de su esfuerzo al establecimiento de influencias, que sirven de base para
explicar la aparición de un grupo de ideas en el país. Por esta razón, las
consideraciones sobre las circunstancias políticas, económicas, sociales, etc., que
pudieron pesar en un momento dado más que la lógica interna de un sistema de pensamiento
o la constelación de influencias entonces vigente, ocupan un lugar subordinado en El
Pensamiento Colombiano... Así, aunque el autor logre establecer en forma indudable la
filiación de una serie de ideas, queda todavía abierta la cuestión de la
correspondencia de las formulaciones ideológicas de la época con coyunturas históricas
específicas, y del papel de estas últimas en la adopción o rechazo de autores y
autoridades extranjeras como guías del pensamiento nacional. Por eso, el libro de
Jaramillo revela la necesidad de realizar trabajos complementarios, que permitan localizar
los momentos en los que, por ejemplo, la presión de la realidad social altera la
coherencia de un sistema teórico dado o impone ciertas premisas que sirven de límite a
las teorizaciones conscientes de los ideólogos del XIX (16).
IV
Otro importante aporte
al conocimiento de la historia nacional lo han hecho diversos estudios de historia
económica y social. Como es de esperar, este tipo de orientación investigativa ha sido
visto con alguna desconfianza por muchos historiadores colombianos. Basta citar los
comentarios de Miguel Aguilera a los programas de enseñanza secundaria impuestos durante
los treinta, en los que ve, en la medida en que pretenden incluir estudios sobre tales
temas, el resultado de una perversa intención demagógica. Más reposadas pero igualmente
opuestas a tales estudios son las opiniones del Padre Rafael Gómez Hoyos, que considera
grave anacronismo la extensión de las preocupaciones por problemas económico-sociales,
que según él caracterizan realmente nuestra época, a otros períodos de la historia
nacional (17). Aunque este argumento merecería un análisis detallado,
pues es indudable la vinculación entre las actitudes contemporáneas y el interés del
historiador, es suficiente anotar acá que mientras no se parta, para todo sitio y toda
época, del principio, aceptado a priori, de que la economía constituye la estructura
directamente determinante de todos los demás elementos de una formación social, parece
un principio metodológico seguro la aceptación de la imposibilidad de comprender
plenamente una época sin el conocimiento riguroso de la forma como se producen y
distribuyen los bienes materiales, pues inclusive si llega a mostrarse que en un período
considerado los factores religiosos o culturales son dominantes, esta dominación es
siempre correlativa a un determinado tipo de formación económico-social. En todo caso,
la situación real de los últimos años revela el auge de los estudios aquí comentados,
inclusive cuando no se realizan con plena conciencia de los problemas que se plantean
implícitamente al aceptar como significativo, para un período del pasado, el
conocimiento de lo económico y lo social.
El interés
contemporáneo por la historia de la economía encuentra su primera manifestación clara
en el libro de Luis Eduardo Nieto Arteta, Economía y Cultura en la Historia de
Colombia, publicado hace un cuarto de siglo (18). El autor ofrecía
allí un ensayo de aplicación de métodos de orientación marxista a la investigación y
comprensión de la historia colombiana en el siglo XIX. No se trataba de un marxismo de
corte ortodoxo, pero el intento de aplicar un sistema de explicación de las
«superestructuras» políticas y jurídicas, y de las formas ideológicas (especialmente
teorías políticas y económicas) a partir de las «estructuras» económicas, que
constituía el principal interés metodológico del libro, estaba a todas luces motivado
por los elementos marxistas del pensamiento de Nieto Arteta. El proceso central analizado
por Economía y Cultura era el de la substitución de una «economía colonial»,
cerrada, atrasada y sin posibilidades de desarrollo, por una «economía liberal» de tipo
capitalista, integrada al mercado mundial y abierta al crecimiento de las fuerzas
productivas. Las grandes reformas del medio siglo marcaban en su opinión el verdadero
paso de uno a otro sistema, y por lo tanto permitían establecer el hito central para la
periodización de la historia colombiana moderna. Esta concepción desvalorizaba el
significado de la Independencia, que en sí misma quedaba reducida a una operación
política formal, aunque indispensable para que tuviera lugar la «revolución» de 1850.
Por otra parte, aunque el liberalismo que triunfó entonces estaba cumpliendo con su
misión histórica al destruir la economía colonial y vincular al país con el mercado
mundial, este carácter progresista de su acción entraba en conflicto con su papel
negativo, evidente en la destrucción de la artesanía del oriente colombiano, que podía
haber constituido, según Nieto Arteta, la base para un eventual desarrollo industrial del
país. Estos análisis estaban además enlazados con la visión de los partidos políticos
del siglo XIX como representantes de grupos de intereses económicos y de clases sociales.
El liberalismo había representado el pensamiento de la naciente burguesía -comerciantes
de exportación y profesionales liberales, principalmente-, mientras que los conservadores
representaban a los grupos «feudales» -la Iglesia y los terratenientes-.
Aunque la exposición
anterior acentúa algo el carácter esquemático de las interpretaciones de Nieto Arteta,
coincide en lo esencial con los resultados del libro. El interés de éste no estaba
únicamente, además, en la elaboración de explicaciones más o menos plausibles, sino
que provenía del uso de una de las fuentes principales para la historia económica del
siglo XIX: las memorias de los ministros de hacienda. Con base en estos textos, que nunca
antes habían sido estudiados en detalle, Nieto ofrecía un conjunto amplio de
información sobre algunos aspectos centrales de la evolución económica del país en el
siglo pasado, especialmente sobre el comercio exterior y sobre los productos colombianos
de exportación: tabaco, añil, algodón, quina, café, etc.
Economía y Cultura
representaba, por lo anotado antes, un importante avance en la historiografía colombiana.
Sin duda son muchos los defectos del libro, pero tenía la importancia de plantear algunos
problemas fundamentales para la comprensión de siglo XIX y ofrecía respuestas que,
aunque esquemáticas y a veces francamente erradas, iban en la dirección correcta. Es
posible señalar la insuficiencia de la crítica a la cual sometió el autor las memorias
de los ministros de hacienda, y la limitación del uso que les dio, reducido a la
extracción de las exposiciones programáticas de los ministros y de las cifras globales
más significativas. Es evidente además que el interés principal del autor radicaba en
explicar el proceso político del país, y que por lo tanto no había una preocupación
genuina por el estudio de la economía y de los detalles de su funcionamiento. La
economía fue estudiada por Nieto Arteta en la medida en que se reflejaba o influía de
manera más o menos directa en las formulaciones de los partidos o en la política del
Estado. Por esta causa su visión de los hechos económicos sigue sin suficiente crítica
la versión que de ellos ofrecieron los hombres del siglo XIX; así ocurre en particular
con la perspectiva en la que se concibe la historia colonial, cuyo carácter «feudal» y
cuya operación como economía natural fueron exagerados, lo que influyó a su vez sobre
la valoración de las reformas del año 50.
Si Nieto Arteta puede
ser criticado por la rapidez con la que sacaba conclusiones generales a partir de un
material factual insuficiente, la obra de Luis Ospina Vásquez Industria y Protección
en Colombia1(
19), tendía a irse al otro extremo. Este libro es un
modelo de historia económica erudita y una obra ejemplar en cuanto a la obtención de
información relevante. El autor manejó de modo prácticamente exhaustivo las fuentes
impresas existentes (con excepción, por supuesto, de publicaciones periódicas, cuya
revisión total exigiría varios años de trabajo), y logró seleccionar sus materiales
con base en criterios muy sólidos sobre la significación de los hechos y la veracidad de
las fuentes. El tema explícito de la obra la influencia de la política económica
y fiscal del gobierno sobre el desarrollo industrial resultó desbordado por el
trabajo de Ospina, que, ante la inexistencia de monografías especializadas sobre las
actividades económicas esenciales en el siglo XIX, llenó con una investigación directa
muchos de los vacíos existentes. Así, Industria y Protección tiene una rica
información sobre el desarrollo de las comunicaciones, la política monetaria, las
innovaciones tecnológicas en la agricultura, etc., es decir, sobre diversos problemas
apenas marginalmente conexos con su tema específico. Pero si es verdad que desde el punto
de vista factual la obra resultó prácticamente una historia económica general del siglo
XIX en Colombia, la organización de este material quedó supeditada al problema de las
políticas librecambistas o proteccionistas y a los efectos de éstas sobre el desarrollo
industrial. De este modo, aunque Ospina disponía de un conocimiento factual más amplio y
detallado de la economía colombiana del siglo pasado del que tenía Nieto Arteta, no hizo
intentos de sistematización de esa información sino en el caso de la relación entre la
política oficial y el desarrollo industrial. En los demás temas, la información quedó
relativamente dispersa, sin ofrecer las explicaciones necesarias correspondientes. Aunque
desde un punto de vista muy general esto puede ser una limitación importante del trabajo
de Ospina, al tener en cuenta las condiciones habituales del trabajo histórico colombiano
su actitud puede considerarse simplemente de justificada prudencia. Cuando el trabajo
histórico se hace habitualmente de acuerdo con criterios rigurosos de exactitud y cuando
la elaboración y obtención de material factual importante progresa a un ritmo aceptable,
las hipótesis explicativas de conjunto desempeñan un papel fundamental, y constituyen
tanto guías para la investigación posterior como formulaciones adecuadas de un nivel
dado de conocimientos. Pero en el caso concreto colombiano, tales explicaciones,
construidas sobre una información insuficiente y muchas veces incorrecta, tienden a
convertirse en un saber ya constituido que hace innecesaria toda investigación ulterior
de un problema cualquiera. Ante la fácil tendencia a despreciar la «información», y a
privilegiar las interpretaciones de conjunto, basadas en simples transposiciones de
modelos elaborados en otros contextos y llenas de deducciones sobre comportamientos
«necesarios» de determinados elementos de una estructura social, obras como la de Ospina
Vásquez pueden servir como ejemplos del rigor que debe presidir la recolección de
documentación y la reconstrucción de una serie de hechos históricos con base en
hipótesis de alcance limitado.
Otra obra que se sale
de los marcos de la historiografía tradicional es el estudio de Guillermo Hernández
Rodríguez sobre los chibchas (20). Aunque una parte de la obra se
refiere a la cultura chibcha prehispánica, y en ella ofreció el autor interpretaciones
novedosas sobre la estructura social de la comunidad indígena chibcha, basadas en
conceptos definidos por la sociología y antropología de comienzos de este siglo, aquí
nos interesa la parte dedicada a las relaciones entre españoles e indios en el período
colonial. Hernández Rodríguez se mueve entonces en un terreno en el cual sus modelos
sociológicos y antropológicos son menos utilizables y la obra se mantiene más cerca de
una organización descriptiva del material utilizado. Hernández Rodríguez se basó
principalmente en los trabajos ya conocidos de los cronistas y en la Legislación de
Indias, pero logró obtener resultados más interesantes que muchos de sus antecesores.
Aunque la investigación en los archivos coloniales fue prácticamente inexistente,
Hernández Rodríguez logró por primera vez presentar un cuadro completo verosímil y
ordenado de la operación concreta de instituciones como la mita, el concierto agrario, el
resguardo y la encomienda. La escasez de la documentación, a pesar de la indudable
prudencia del autor, resultaba peligrosa, y cualquiera que haya tenido alguna familiaridad
con la documentación que guardan los archivos coloniales advierte el carácter muy
hipotético y a veces francamente errado de muchas de sus afirmaciones. Por ejemplo, su
caracterización del proceso de fijación de la población indígena en las haciendas
españolas, las evaluaciones sobre la extensión y la importancia del concierto agrario en
la zona oriental de Colombia y las afirmaciones sobre la extensión del latifundio son
bastante dudosas, mientras que la tesis de que la esclavitud indígena se mantuvo hasta
bien entrado el siglo XVII depende de un evidente lapsus. En todo caso el libro de
Hernández Rodríguez, que como Nieto Arteta utilizaba algunas categorías de filiación
marxista, marcó la iniciación de los estudios serios, dotados de categorías
explicativas plausibles, de la estructura social durante la Colonia, y hasta hoy no existe
ninguna obra de conjunto que pueda reemplazarlo.
En este sector del
trabajo histórico -los estudios de historia económica y social- algunos problemas han
atraído especialmente la atención de los investigadores más serios. Uno de ellos, en el
que probablemente se han logrado los resultados más convincentes, es el de la evolución
de la sociedad antioqueña a finales del siglo XVIII y a lo largo del siglo XIX. La obra
que inició el tratamiento moderno del tema fue el conocido libro de James J. Parsons La
Colonización Antioqueña en el Occidente Colombiano
(
21). El
libro trataba de responder al problema planteado por el aparente desarrollo
idiosincrásico de la sociedad antioqueña, que en medio de un país caracterizado por
formas arcaicas de posesión de la tierra y carente de estímulos internos hacia el
desarrollo económico, logró tener una estructura social más móvil, con mayores
oportunidades de cambio social, con una distribución más equitativa de la tierra y fue
finalmente capaz de lanzarse a un proceso de industrialización moderna. Para Parsons la
respuesta estaba en la índole del proceso de colonización antioqueña, que había
conducido a «este caso rarísimo de una sociedad democrática de pequeños propietarios,
en un continente dominado por un latifundismo latino tradicional» (22).
Varios investigadores
norteamericanos siguieron interesados en este problema especial, que parecía ejercer una
peculiar fascinación, como la definió Safford, sobre ellos (23). En
esta atracción desempeñaban probablemente un papel decisivo las aparentes aunque
parciales semejanzas entre los procesos de colonización antioqueña y la sociedad de
frontera norteamericana, la existencia de una ética más o menos comparable a la «ética
puritana» atribuida desde Max Weber a los grupos empresariales del capitalismo moderno y
las posibilidades de hallar una respuesta eventual a una de las preguntas históricas
centrales de la ciencia social «desarrollista» y latinoamericanista contemporánea:
¿por qué los países colonizados por España no siguieron un proceso de crecimiento
dentro de los patrones capitalistas, a la manera norteamericana? Everret Hagen sugirió
que el factor decisivo en el desarrollo antioqueño era la presencia de ciertas virtudes
empresariales poco frecuentes en el resto del país, que podían atribuirse en su opinión
a una reacción sicológica del grupo antioqueño ante el menosprecio de que
tradicionalmente habían sido víctimas por parte de los otros grupos colombianos (24). Las bases factuales de esta hipótesis fueron derribadas por Frank R.
Safford en el artículo mencionado antes, donde mostró en forma concluyente que tal
menosprecio no existió, y atribuyó la «ventaja» antioqueña fundamentalmente a la
disponibilidad de capital en manos de comerciantes y empresarios: Antioquia, por su
producción de metales preciosos, fue la única región del país que contó durante el
siglo XIX con un ingreso elevado y constante realizable en el extranjero.
El desarrollo de esta
polémica y sus fundamentos conceptuales y factuales fueron analizados recientemente por
Álvaro López Toro (25). En una monografía ejemplar, López Toro
sometió las hipótesis de Parsons y Hagen a una rigurosa confrontación con la evidencia
histórica, y haciendo uso de modelos teóricos de desarrollo económico, trató de
ofrecer una explicación sistemática y global del desarrollo económico antioqueño
durante el siglo XIX, considerando las formas que adoptó el proceso de colonización, la
organización de la producción agrícola y minera durante el período colonial y los
orígenes del grupo empresarial antioqueño. López Toro insistió en la importancia del
tipo particular de minería colonial, que presentó una alternativa viable de trabajo para
la población no-propietaria, por lo menos desde que, por razones que no cabe repetir
aquí, la extracción de oro quedó fundamentalmente en manos de pequeños mineros. Las
relaciones de estos mineros independientes con los comerciantes, que conformaron el
núcleo empresarial posterior, y con los propietarios de tierras, permiten ligar el
proceso de colonización a las vicisitudes y desequilibrios de la minería y la
agricultura y a la formación, como respuesta a las presiones y oportunidades económicas
existentes, de un grupo con virtudes empresariales notables. Debe destacarse, en el
trabajo de López Toro, la eficacia con la que se utiliza una documentación ya conocida y
trabajada por los historiadores, pues el autor no hizo ningún acopio de material factual
nuevo. A pesar de esto, su trabajo hizo una contribución considerable al conocimiento de
un aspecto central de la historia colombiana del siglo XIX, con lo que dio una buena
prueba de que es posible obtener nuevos conocimientos sin nueva información factual, por
el simple proceso de reorganización explicativa de datos que habían sido
insuficientemente elaborados por los historiadores anteriores.
Otro problema que ha
despertado un creciente interés es el de la evolución demográfica del país a partir
del descubrimiento. Jaime Jaramillo Uribe reabrió en forma seria el tema con su artículo
«La población indígena de Colombia en el momento de la conquista y sus posteriores
transformaciones»(26). Jaramillo sometió a una dura crítica los
cálculos de población que suponían una elevada población indígena prehispánica,
basándose en algunos recuentos de tributarios durante la Colonia y en consideraciones
generales sobre el desarrollo económico y social de los grupos nativos precolombinos.
Varios estudios de Juan Friede, influidos por los planteamientos globales sobre la
población de México hechos por un grupo de historiadores norteamericanos (W. Borah, L.
B. Simpson, S. Cook), ofrecieron de nuevo cifras bastante altas para la población
indígena colombiana (27). Para la zona chibcha, por ejemplo, Friede
aceptaba una población, en la sola provincia de Tunja, de unos 400-500.000 indios en el
momento de la conquista, lo que supera el cálculo de Jaramillo Uribe para toda la zona
cultural chibcha. Carl Sauer, en un libro reciente (28), supone también
una densa población pre-hispánica en las zonas de la Costa Atlántica colombiana, y
considera verosímiles las cifras dadas por los cronistas, pues fuera de corresponder a
las posibilidades económicas de la región y a las capacidades de producción de las
culturas indígenas, han sido confirmadas indirectamente por los trabajos sobre México,
que han anulado los habituales argumentos contra la veracidad de los cronistas.
Este desacuerdo parece
insoluble a partir de la pura reelaboración de la información ya conocida: la solución
de los complejos problemas técnicos que plantea la demografía histórica, tanto para el
período precolombino como para la época colonial, requiere como primera etapa la
ejecución de varias monografías locales que permitan, por un estudio intensivo de la
documentación de archivo, establecer por lo menos con un margen razonable de
aproximación, algunas de las variables requeridas para efectuar cálculos de conjunto
(relación de tributarios al total de la población, tamaño de la familia indígena,
efectos del mestizaje y de ciertas actividades económicas sobre las tasas de crecimiento
de la población «indígena», etc.).
En todo caso, resulta
notable el interés por los estudios de demografía histórica, aparentemente menos
urgentes, que contrasta con la ausencia de trabajos sobre otros aspectos básicos de la
economía y la sociedad colombianas. No se ha hecho ninguna investigación detenida de la
evolución de la tecnología aplicada en el país, y los estudios que podríamos llamar de
historia de las ciencias se han limitado a un tratamiento más o menos exterior de la
actividad de grupos profesionales particulares (sobre todo médicos). Existen por lo menos
algunos ensayos notables sobre la agricultura, donde sobresalen por la extensa erudición
y la seguridad en el manejo de la documentación los libros de Víctor Manuel Patiño (29). Sobre la minería sólo se ha visto un libro de calidad en los
últimos años, de Robert C. West (30); mientras tanto, fuera del
artículo de Safford mencionado antes, y sin tener en cuenta las ocasionales publicaciones
hechas por las empresas mismas, no se ha publicado nada digno de mención sobre historia
industrial o bancaria.
Una reseña global de
las líneas centrales de la historiografía colombiana no puede omitir la obra de
Indalecio Liévano Aguirre (31), que ha sido sin ninguna duda la más
discutida y divulgada de los últimos años. Ya en sus biografías de Rafael Núñez y de
Bolívar había mostrado tendencias «revisionistas». Tendencias socialistas en su
liberalismo lo inclinaron a buscar en el pasado los líderes políticos o sociales que
mejor encarnaron una actitud de defensa del «pueblo» contra los grupos «oligárquicos»
tradicionales del liberalismo y el conservatismo. Andrés Díaz Venero de Leyva contra
Jiménez de Quesada, los jesuitas contra los colonos españoles, Nariño contra Torres,
Bolívar contra Santander, Núñez contra el Olimpo Radical son los protagonistas del gran
drama heroico de la historia colombiana.
Los Grandes
Conflictos Sociales y Económicos de Nuestra Historia, editado en primer término por
entregas en una revista de gran tirada, ha sido luego reimpreso dos veces en volúmenes
sin precedentes en el país. La obra de Liévano, que sin duda ha aportado varias
interpretaciones muy interesantes de algunos momentos del proceso histórico nacional, que
ha adaptado para uso colombiano la caracterización de la Independencia como un proceso de
afirmación de una estrecha oligarquía criolla, y que ha insistido con evidente razón en
la importancia de las relaciones entre españoles e indígenas para la constitución de
las formas fundamentales de la economía y la sociedad coloniales, etc., se resiente sin
embargo por su atracción por lo contemporáneo, por la tentación de aplicar coyunturas
del presente a las situaciones del pasado, por la fascinación por lo dramático y,
finalmente, por la apresurada composición. Así, no son raros los errores factuales ni
las deformaciones más o menos violentas de la realidad. La organización es inesperada y
en varias partes francamente injustificada: un tratamiento detallado del siglo XVI es
seguido por un estudio del papel de los jesuitas en el siglo XVII -la mayor parte del cual
se refiere al Paraguay-, lo que continúa con el análisis del pensamiento ilustrado del
siglo XVIII. Con excepción de las misiones jesuitas, hay un salto desde más o menos 1600
hasta 1760. Y sobre todo, la interpretación global parece en gran parte determinada por
la necesidad de encontrar en el pasado analogías con las circunstancias presentes y en
general con aspectos verdaderamente circunstanciales: la lucha de los sectores
izquierdistas del liberalismo de hace pocos años contra la «oligarquía» liberal. La
orientación populista que han adoptado tales grupos en las últimas décadas se refleja
en la categoría fundamental de la interpretación histórica de Liévano Aguirre: la
oposición entre el «pueblo» y la «oligarquía», que constituye la trama de la
evolución histórica nacional.
Sin embargo, y a pesar
de estas limitaciones, deben subrayarse algunos elementos positivos en la función que ha
desempeñado la obra de Liévano. Frente a la historia tradicional, el autor de Los
grandes conflictos... ha provocado un clima de desconfianza que podría convertirse
eventualmente en un verdadero espíritu crítico. Quizás este espíritu crítico englobe
igualmente la obra de Liévano Aguirre, en la medida en que se coloca prácticamente en el
mismo terreno heroico de la historiografía dominante en Colombia, aunque sus héroes sean
los demagogos y chisperos de ésta y sus villanos lo héroes tradicionales. En todo caso,
de la insuficiencia de ambas visiones del pasado puede surgir la conciencia de que es
necesario un tipo de trabajo más riguroso, que no caiga en la tentación de servir a la
política del día ni adhiera a las visiones románticas y heroizantes de la historia.
V
Como se ha visto en las
páginas anteriores, durante los últimos años se ha presentado un notable despertar del
interés de los investigadores por diversos estilos de trabajo y por el conocimiento de
varios aspectos de la historia nacional tradicionalmente abandonados. Al mismo tiempo, la
formación de un grupo de historiadores «profesionales» ha sido favorecida por el
desarrollo acelerado que ha tenido la educación universitaria en el país. Estos dos
procesos, cuyos orígenes y causas no es del caso analizar aquí, permiten tener cierta
confianza en el progresivo afianzamiento de una historiografía científicamente orientada
en el país.
En primer lugar, la
formación profesional de historiadores en las universidades (actualmente ofrecen
licenciaturas en historia la Universidad Nacional y la Universidad del Valle, y
licenciaturas en ciencias sociales varias facultades de Ciencias de la Educación) hace
probable por lo menos la elevación del nivel técnico del trabajo histórico. Aunque
tales estudios han sido organizados, como es lógico, teniendo en cuenta las exigencias de
la formación de profesores de enseñanza secundaria, y su orientación lo que no es
realmente inevitable ha dejado de lado la preparación de los estudiantes para las
tareas de investigación, es indudable que la formación de docentes especializados, que
hayan tenido un contacto relativamente serio con las obras fundamentales de la
historiografía y hayan hecho por lo menos algunos esfuerzos de trabajo metódicamente
orientado en el estudio de la historia, debe contribuir a la formación de un público
más exigente, que por lo menos exija de los estudios históricos que sean factualmente
rigurosos y estén basados en un examen serio de las fuentes. Además se ha ido
generalizando la idea de que la universidad, además de preparar profesores de historia,
debe contribuir en forma institucional al conocimiento del pasado del país y preparar por
lo tanto un personal capacitado para la investigación. En la medida en que esta
concepción se imponga, la presión para que el trabajo histórico se haga con base en una
preparación teórica y metodológica seria se hará mucho mayor, y es posible esperar que
se satisfagan algunas de las necesidades más urgentes y elementales de la historiografía
colombiana. (Es extraño, si se tiene en cuenta la reverencia por el pasado que parece
dominar la opinión pública, que se haya prestado tan poca atención a la organización
de los archivos públicos, a la dotación de bibliotecas y a la elaboración del material
auxiliar indispensable para el historiador: bibliografías, índices de publicaciones
periódicas, catálogos de documentos publicados, guías al material de archivo,
diccionarios biográficos, cronologías, etc. El Instituto Caro y Cuervo ha realizado
algunos trabajos en este sentido, pero la mayoría de ellos se refieren a problemas de
orden literario).
Desde el punto de vista
del contenido mismo de las investigaciones históricas, dos tareas parecen urgentes. En
primer lugar, es necesario someter a una reelaboración crítica el material aportado por
la historiografía tradicional, confrontando en forma detallada las exposiciones de los
historiadores con las fuentes, estableciendo filiaciones entre los historiadores,
analizando la base documental de las interpretaciones más importantes, etc. Esto
permitiría utilizar con plena confianza la información ya existente; establecer, en los
casos en que sea posible, interpretaciones alternativas, y evaluar el verdadero nivel de
los conocimientos actuales sobre cualquier problema dado. En segundo lugar es preciso
seguir ampliando los límites cronológicos y temáticos de la investigación histórica,
estudiando aquellos períodos que han sido abandonados casi por completo (el siglo XVII,
por ejemplo, o, lo que resulta más urgente por sus implicaciones metodológicas y por su
importancia intrínseca, el siglo XX: hoy no parece existir ningún curso de historia de
Colombia durante el siglo XX en las universidades del país, y esto es bien sintomático)
(32) y enfrentando los temas esenciales de la historia económica y
social. Mientras no se hagan monografías adecuadas sobre instituciones como la
encomienda, el resguardo o el concierto indígena, y sobre temas como el comercio
neogranadino durante la Colonia y la República, la formación de la propiedad
territorial, el origen y desarrollo de la industria moderna, las condiciones reales de
vida de los diversos grupos sociales a lo largo de la historia nacional, etc., toda
explicación de conjunto que se ofrezca del proceso histórico nacional es parcial e
inexacta. Si las tendencias positivas que han sido subrayadas en la parte final de estas
notas logran imponerse, quizá pueda esperarse de los historiadores una contribución
seria a uno de los elementos decisivos de la cultura de una nación: una conciencia
histórica crítica.
NOTAS
1.
Hemos excluído aquí la discusión de los trabajos de historiadores y antropólogos sobre
las civilizaciones prehispánicas. Los libros de Gerardo Reichel Dolmatoff, Colombia
(Londres, 1965), y de Luis Duque Gómez, Prehistoria (Historia Extensa de Colombia,
Bogotá, 1965-67), contienen bibliografías adecuadas aunque no exhaustivas sobre el tema.
La ausencia más notable en ambas bibliografías es la del estudio de Leroy Gordon, Human
Ecology and Geography in the Sinu Country (Berkelay, 1957). Tampoco se han incluído
aquí los apartes sobre ediciones de fuentes primarias, y se han aligerado notablemente
las notas con referencias bibliográficas.
2. La
consideración de este tipo de materiales como «historia» en sentido estricto es por
supuesto discutible y su lugar más exacto estaría entre las fuentes primarias. Entre los
más importantes cronistas mencionemos a Juan de Castellanos, Elegías de Varones
Ilustres de Indias (Bogotá, 1955); Pedro de Aguado, Recopilación Historial (Bogotá,
1956-57); Pedro Simón, Noticias Historiales de las Conquistas de Tierra Firme (Bogotá,
1882-92, Bogotá, 1953); Lucas Fernández de Piedrahíta, Historia General de las
Conquistas del Nuevo Reino de Granada (Bogotá, 1881; Bogotá, 1942). También tienen
información importante sobre el Nuevo Reino de Granada las obras de Martín Fernández de
Enciso, Suma de Geografía... (Madrid, 1848); Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia
General y Natural de las Islas y Tierra Firme... (Madrid, 1959), y Sumario de la
Historia General... (México, 1950); Bartolomé de las Casas, Historia de las
Indias (México, 1951; Madrid, 1957-58); Juan López de Velasco, Geografía y
Descripción Universal de las Indias (Madrid, 1894); Pedro de Cieza de León, Crónica
General del Perú (Madrid, 1947), etc.
3. Cf.,
por ejemplo, Esteban de Asensio, Memorial de la Provincia de Santafé del Nuevo Reino
de Granada (Madrid, 1921); Alonso de Zamora, Historia de la Provincia de San
Antonino del Nuevo Reino de Granada (Barcelona, 1701; Bogotá, 1945); Pedro de Mercado
(1620-1736), Historia de la Provincia del Nuevo Reino y Quito, de la Compañía de
Jesús (Bogotá, 1957); Juan Rivero, Historia de las Misiones de los Llanos de
Casanare y los Ríos Orinoco y Meta (Bogotá, 1956); José Gumilla, El Orinoco
Ilustrado (Bogotá, 1955); José Cassani, Historia de la Provincia de la Compañía
de Jesús en el Nuevo Reino de Granada (Madrid, 1741); Felipe Salvador Gilij, Ensayo
de Historia Americana (Bogotá, 1955).
4. J.M.
Restrepo, Historia de la Revolución en la República de Colombia (París, 1827).
La segunda edición, publicada en Besanzón en 1858, muy modificada y ampliada, constituye
la versión definitiva. Una reciente edición (Bogotá, 1942-50) es bastante descuidada.
5.
Restrepo, Historia (1942), I, XI.
6. Esta
obra permaneció inédita durante el siglo XIX. Algunos apartes fueron publicados en la
colección Samper Ortega (Bogotá, 1936), y la primera edición completa fue editada por
Mgr. José Restrepo Posada en dos volúmenes (Bogotá, 1954 y 1963).
7. La
concentración en ciertos temas y períodos, de la que se hablará de nuevo más adelante,
persiste en este siglo. De unos 1.000 artículos publicados por el Boletín de Historia
y Antigüedades entre 1902 y 1952, el 25% se refieren a civilizaciones indígenas o al
Descubrimiento, el 12% al período de la Conquista, el 23% al período 1550-1810, el 29% a
la Independencia, y más o menos un 10% a la época de la República. Entre estos últimos
más de la mitad corresponden al período 1819-1830, un 4% del total de artículos a la
época 1830-1863, y el resto, menos del 1% a la época 1863-1900. No parece haberse
publicado ningún artículo sobre historia del siglo XX. Estas cifras son aproximadas, y
se basan en Academia Colombiana de Historia, Indice General del Boletín de Historia y
Antigüedades (1902-1952), (Bogotá, 1953). Una revisión parcial del Indice
General del Boletín Cultural y Bibliográfico,
feb. 1958-feb. 1966. (Bogotá,
1966) sugiere que esta concentración, en vez de disminuir, aumenta: más o menos el 50%
de los artículos históricos publicados se refiere a la Independencia. Por supuesto, se
trata de una publicación cuya existencia ha coincidido en gran parte con el ambiente de
las festividades del Sesquicentenario de la Independencia, muy apropiado para encender el
patriotismo de los historiadores.
8.
Joaquín Acosta, Compendio Histórico del Descubrimiento y Colonización de la Nueva
Granada en el siglo decimosexto (París, 1848). Una edición más reciente fue hecha
en Bogotá en 1942 con el título de Historia de la Nueva Granada.
9.
José Antonio Plaza, Memorias para la Historia de la Nueva Granada desde su
Descubrimiento hasta el 20 de Julio de 1810 (Bogotá, 1850).
10.
José Manuel Groot, Historia Eclesiástica y Civil de la Nueva Granada (Bogotá,
1869); la edición más reciente fue hecha en Bogotá en 1956-57. Un trabajo de interés
sobre Groot es el de Gabriel Giraldo Jaramillo, Don José Manuel Groot (Bogotá,
1957).
11.
Groot, op. cit. (ed. 1956-57), I, 8.
12. La
expresión es utilizada por Germán Carrera Damas, Estudios de Historiografía
Venezolana (Caracas, 1964), p. 67. Sin embargo, deben mencionarse tres destacados
trabajos que rompen con la limitación temática -en parte porque sus intenciones no
fueron «históricas»-, publicados todos durante el siglo XIX: José Manuel Restrepo, Memoria
sobre la amonedación de oro y plata en la Nueva Granada (Bogotá, 1952); Vicente
Restrepo, Estudio sobre las minas de oro y plata en Colombia (Bogotá, 1885: 1952)
y Aníbal Galindo, Historia de la Hacienda Pública (Bogotá, 1872).
13.
Academias de Historia, correspondientes de la Academia Colombiana de Historia, funcionan
en diversas ciudades del país y publican usualmente alguna revista histórica. Aunque la
calidad de éstas es por lo general ínfima, han hecho importantes publicaciones de
documentos, principalmente de historia local. Este género histórico, que no podemos
analizar siquiera someramente en este artículo, ha tenido un amplio desarrollo
cuantitativo, pero muy pocas obras se han publicado que llenen un mínimo de condiciones
de seriedad y calidad. Una notable excepción son Luis Duque Gómez, Juan Friede y Jaime
Jaramillo Uribe, Historia de Pereira (Pereira, 1963).
14.
Algunos ejemplos de trabajos históricos de erudición a los que sería injusto aplicar
las afirmaciones anteriores, son, entre otros. Pablo E. Cárdenas Acosta, El movimiento
comunal de 1781 en el Nuevo Reino de Granada (Bogotá, 1960); Oswaldo Díaz Díaz, La
reconquista española (Historia Extensa de Colombia, Bogotá, 1965-67); Ulises Rojas, El
cacique de Turmequé y su época (Tunja, 1965); Horacio Rodríguez Plata, La
antigua provincia del Socorro y la Independencia (Bogotá, 1963); Emilio Robledo, Bosquejo
biográfico del oidor Juan Antonio Mon y Velarde (Bogotá, 1954). Casos de simple
reelaboración, con un mínimo de documentación nueva, son por ejemplo Roberto M.
Tisnés, Movimientos pre-independentistas colombianos (Bogotá, 1963); Jorge
Sánchez Camacho, El general Ospina (Bogotá, 1960); Sergio Elías Ortiz, Génesis
de la Revolución del 20 de Julio de 1810 (Bogotá, 1960); Otto Morales Benítez, Revolución
y Caudillos (Medellín, 1957).
15.
Jaime Jaramillo Uribe, El Pensamiento Colombiano en el Siglo XIX (Bogotá, 1964).
16. Un
valioso esfuerzo por estudiar algunas manifestaciones de las ideologías políticas en el
siglo XIX en relación con las estructuras sociales contemporáneas se encuentra en
Germán Colmenares, Partidos Políticos y Clases Sociales (Bogotá, 1969). Este
trabajo es sugestivo, pero algo apresurado en el manejo de conceptos teóricos de
explicación. El mismo período (1848-1854) es estudiado en forma detallada pero puramente
descriptiva en el artículo de Robert L. Gilmore, «Nueva Granada Socialist Mirage», en Hispanic
American Historical Review, vol. XXVI (1956). Entre los recientes estudios de historia
cultural es notable el libro de Rafael Gómez Hoyos, La revolución granadina de 1810.
Ideario de una generación y de una época, 1781-1821, un trabajo serio y erudito,
pero de una metodología discutible que lleva a conclusiones difíciles de admitir sobre
la influencia de la tradición española y del pensamiento de varios autores jesuitas en
la ideología de la Independencia. Un ejemplo de documentación rigurosa y de uso seguro
de las fuentes es el trabajo de Fray José Abel Salazar, Los Estudios Superiores en el
Nuevo Reino de Granada (Sevilla, 1946). Varios artículos sobre temas diversos de
historia cultural están recopilados en Entre la Historia y la Filosofía (Bogotá,
1968) de Jaime Jaramillo Uribe, donde además se encuentran consideraciones teóricas
sobre problemas de filosofía de la historia. La única historia cultural de conjunto
sobre el período colonial, la Historia de la Cultura en el Nuevo Reino de Granada (Sevilla,
1952), de Gabriel Porras Troconis, es una historia tradicional, sin mayor organización ni
mucha claridad sobre los problemas significativos, aunque es una guía adecuada para
fechar incidentes y localizar personajes. Mucho más valiosos han sido los trabajos
realizados por el Instituto Caro y Cuervo, especialmente en el terreno de la historia de
la literatura.
17.
Miguel Aguilera, La enseñanza de la historia en Colombia (México, 1951), pp.
46-47, y Rafael Gómez Hoyos, «Réplica a las observaciones críticas del académico
Friede» en Boletín Cultural y Bibliográfico, v. VII (1964), p. 189. Este
artículo constituye una respuesta a la nota de Juan Friede, «La investigación
histórica en Colombia», publicado por la misma revista (v. VII, Nº 2), muchas de cuyas
afirmaciones coinciden con el espíritu del presente artículo.
18.
Luis Eduardo Nieto Arteta, Economía y Cultura en la Historia de Colombia (Bogotá,
1942). Otro trabajo de Nieto Arteta, El Café en la Sociedad Colombiana (Bogotá,
1958), planteaba algunos de los problemas fundamentales acerca de los efectos del café en
la vida del país, pero se basaba en una información muy vaga y general.
19.
Luis Ospina Vásquez, Industria y Protección en Colombia 1810-1830 (Medellín,
1954).
20.
Guillermo Hernández Rodríguez, De los Chibchas a la Colonia y a la República (Bogotá,
1949). Señalemos aquí algunos trabajos recientes de historia económico-social de
importancia: Jaime Jaramillo Uribe, «Esclavos y señores en la sociedad colombiana del
siglo XVIII», en Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, vol. I,
Nº 1 (Bogotá, 1963), y, del mismo autor, «Mestizaje y diferenciación social en el
Nuevo Reino de Granada en la segunda mitad del siglo XVII», ACHSC, Nº 3 (Bogotá, 1965).
Sobre el problema de las comunidades y resguardos indígenas el aporte más interesante es
el de Magnus Mórner, «Las comunidades
de indígenas en el Nuevo Reino de
Granada», ACHSC, Nº 1 (Bogotá, 1963). También debe tenerse en cuenta el libro de Juan
Friede, El indio en lucha por la tierra (Bogotá, 1944). Orlando Fals Borda había
publicado algunos artículos relacionados con este problema: «Indian Congregation in the
New Kingdom of Granada: land tenure aspects, 1595-1850», The Americas, vol. VIII,
4 (Washington, 1951); «Los orígenes del problema de la tierra en Chocontá, Colombia»,
en Boletín de Historia y Antigüedades, vol. XLI (Bogotá, 1954), y había tratado
el tema en las páginas iniciales de El Hombre y la Tierra en Boyacá (Bogotá,
1957) y Campesinos de los Andes (Bogotá, 1961). Sobre el grupo negro existe una
síntesis correcta basada en información secundaria: Aquiles Escalante, El Negro en
Colombia (Bogotá, 1964) y algunos artículos escasos como Randell Hudson, «The
Socio-economic status of the negro in Northern South America, 1820-1860», en Journal
of
Negro History, vol.
XLIX (1964). Una síntesis del proceso de
emancipación se encuentra en «The Struggle for the Abolition in Gran Colombia», HAHR,
vol. XXXIII (1953), de Harold A. Bierck. Los otros trabajos colombianos sobre el tema del
negro son eminentemente jurídicos. Virginia Gutiérrez de Pineda, en La Familia en
Colombia, vol. I. (Bogotá, 1964) estudia en detalle los tipos de familia
prehispánica y dedica algunas páginas a la familia colonial. El libro de David
Buschnell, El régimen de Santander en la Gran Colombia, (Bogotá, 1966) aunque
cubre todos los aspectos de la administración, se concentra en problemas fiscales,
económicos y sociales, y en los aspectos institucionales de la política. Algunas
actividades económicas han sido estudiadas por varios investigadores norteamericanos:
Frank R. Safford, «Foreign and National Enterprise in Nineteenth Century Colombia», Journal
of Business History, vol. XXXIX (New York, 1965); Robert L. Gilmore y John P.
Harrison, «Juan Bernardo Elbers and the Introduction of Steam Navigation in the Magdalena
River», HAHR, v. XXVIII (1948); John P. Harrison, «The evolution of the Colombia Tobacco
Trade to 1875», HAHR, vol. XXXII (1952); David Buschnell, «Two Stages in Colombian
Tariff Policy: the radical era and the return to protection», Interamerican Economic
Affairs, vol. IX, 4 (1965); Fred J. Rippy, «Dawn of the Railway Era in Colombia»,
HAHR, vol. XXIII (1943). El mismo Rippy escribió The Capitalists in Colombia (New
York, 1931), sobre las actividades de empresarios norteamericanos y las inversiones de
capital extranjero en Colombia en el siglo XIX y comienzos del XX. Aunque interesante, el
libro tiene bastantes señales de la rapidez con que se escribió y elaboró. Para la
historia reciente los trabajos importantes son más escasos. Citemos a Jorge A. Villegas, Petróleo,
Imperialismo y Oligarquía (Bogotá, 1968); Theodore Nichols, «The Rise of
Barranquilla», HAHR, vol. XXXIV (1954) y un intento de elaboración teórica más
ambicioso: Darío Mesa, «Treinta Años de Historia Colombiana», en Mito. Tratan
igualmente de ofrecer algunas claves para la interpretación de los últimos desarrollos
históricos colombianos varios artículos de Francisco Posada. Hasta la época actual
llegan también dos trabajos razonablemente acabados, la Historia de la Moneda en
Colombia (Bogotá, 1945) de Guillermo Torres García y Jorge Franco Holguín, Evolución
de las instituciones financieras en Colombia (México, 1966). Multitud de artículos y
libros de José María Ots Capdequi se refieren a problemas de historia económica y
social del período colonial.
21.
James J. Parsons, La Colonización Antioqueña en el Occidente Colombiano (Medellín,
1950). La edición en inglés es de 1949. Parsons ha publicado otros trabajos sobre
Colombia: San Andrés y Providencia, Una geografía histórica (Bogotá, 1964);
edición en inglés, Berkeley, 1956 y un trabajo sobre la marcha antioqueña hacia el mar,
que no conocemos.
22.
Parsons, La Colonización... p. 106.
23.
Frank Safford, «Significación de los antioqueños en el desarrollo económico
colombiano» en ACHSC, No. 3 (1965).
24.
Everrett Hagen, El cambio social en Colombia... (Bogotá, 1963).
25.
Álvaro López Toro, Migración y Cambio Social en Antioquia en el Siglo XIX
(Bogotá, 1968, mimeografiado).
26. En
Achsc Nº 1. (Bogotá, 1963),
27.
Juan Friede, «Algunas consideraciones sobre la evolución demográfica de la provincia de
Tunja», en ACHSC, Nº 3 (Bogotá, 1965). En libros anteriores Friede había hecho
ciertos cálculos de población para las zonas del Cauca; Cf. Los Quimbayas bajo la
dominación Española, (Bogotá, 1960). Los resultados de Friede aparecen a veces
viciados por la incuria con la que maneja en algunos casos datos y métodos de análisis
estadístico.
28.
Carl Sauer, The Spanish Main (Berkeley, 1967). En el mismo sentido están
orientadas las hipótesis de Leroy Gordon sobre la población prehispánica de la región
Sinú. Cf. el libro citado en la nota 1.
29.
Víctor Manuel Patiño, Historia de la Actividad Agropecuaria en las Regiones
Equinocciales. (Cali, 1965). Tiene mucha información histórica importante su otro
libro, Plantas Cultivadas en América Equinoccial, 2 vols. (Cali, 1965).
30.
Robert C. West, Colonial Placer Mining in Colombia (Baton Rouge, Lousiana, 1952).
31.
Indalecio Liévano Aguirre, Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra
historia. (Bogotá, 1963; 1966).
32. El
estudio de la historia reciente parece estar consignado a «political scientists»
norteamericanos: V. L. Fluharty, Dance of the Millions (Pittsburg, 1957); John D.
Martz: Colombia, a Contemporary Political Survey (Chapel Hill, 1962); Robert A.
Dix: Colombia, the political factors of change (New Haven, 1967) y James L. Payne, Patterns
of Conflict in Colombia (New Haven, 1968), que aún no conocemos.
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