XX-Conventos de Monjas
Convento de Santa Clara de Tunja
Francisco Salguero, uno de los descubridores, conquistadores y
pobladores del Nuevo Reino de Granada, vecino de Tunja y
encomendero en su distrito del pueblo de Mongua, y su mujer doña
Juana Macías de Figueroa, viéndose sin hijos, el año de 1572
dispusieron en aquella ciudad las casas de su morada a modo de
convento, separándose voluntariamente, encerrándose en ella con
licencia del ordinario eclesiástico y hábito de religiosa de Santa
Clara por principio del año de 1573, con una niña expósita que
había criado, y murió a pocos días, instruyéndose en la religión y
regla por el padre fray Miguel de los Angeles, franciscano, que
acudía a administrarle los sacramentos; y pasado el año del
noviciado hizo profesión debajo de la regla de Santa Clara, en
manos de fray Sebastián de Ocando, guardián del convento de San
Francisco de la misma ciudad, y después Obispo de Santa Marta, y le
dio la obediencia.
Entraron luégo otras doncellas, con que se fue aumentando, y el
año de 1578 dieron la obediencia al ordinario y después a la
religión, y por último ha quedado en el ordinario. Estos principios
tuvo el convento de Santa Clara de Tunja, que fue el primero de
religiosas que hubo en el Nuevo Reino de Granada; y para congrua
sustentación le dieron los fundadores su hacienda, y renunció el
Francisco Salguero en el Rey la encomienda de Mongua el año de
1576, con que el convento gozase perpetuamente la renta, y lo
admitió la Real Audiencia con cargo de confirmación de Su Majestad,
y que siempre hubiese dos monjas sin dote, pobres y beneméritas, a
nombramiento de la Audiencia, y por Cédula Real de 21 de abril de
1587 se confirmó por diez años siguientes, con más lo corrido, y
después se han dado prorrogaciones por el Rey y por los Presidentes
Gobernadores deste Reino, obligando a traer aprobación real, y en
su virtud han ido gozando desta renta, que lo esencial consiste en
tener afectos estos indios al beneficio de sus haciendas de campo;
y el año de 1595 tenía veintiséis monjas profesas, y el que hoy
tiene es número grande y mayor su religioso ejemplo
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Convento de Santa Clara de Pamplona
A imitación del convento de monjas de Tunja se fundó otro en la
ciudad de Pamplona, su convecina, de la misma religión, con
descalcez, jueves 15 de agosto del año de 1584, siendo su fundadora
seglar y religiosa doña Magdalena de Velasco, viuda de Rodrigo de
Cifuentes, sin hijos, e hija legítima de Ortún Velásquez de Velasco
y de doña Luisa de Montalvo, señalando a su padre por patrón para
nombrar una monja del linaje con medio dote y que sucediese en el
patronazgo doña María de Velasco, y después Juan Velásquez de
Velasco, sus hermanos y sus descendientes; fueron entrando
religiosas, y el año de 1610 tenía veintiocho monjas de velo negro
y cuatro legas, sustentadas con dos mil patacones de renta anual en
censos, habiendo consumido dos dotes en hacer y reparar la iglesia
(que se cayó dos veces respecto de haberse hecho en edificio viejo,
que eran las casas de los fundadores) y en la cerca y comprar unas
tiendas; y el año de 1644, con un temblor de tierra general que
hubo en el Nuevo Reino de Granada y otras partes, se arruinó el
convento y se ha ido reparando. Está sujeto al ordinario, habiendo
pasado en ello la misma variedad que el antecedente, y
permaneciendo en singular virtud y seminario de santidad.
Convento de Santa Clara de Cartagena
Catalina de Cabrera, que murió rica en la ciudad de Cartagena,
dejó su hacienda para que allí se fundase un convento de religiosas
de Santa Clara; fomentólo el Cabildo, Justicia y regimiento con
intervención de fray Guillén de Peraza, de la orden de San
Francisco, que fue a España con poderes y consiguió Breve de Su
Santidad, Cédula del Rey y patentes de sus prelados para traer
religiosas del convento de Santa Inés de la ciudad de Sevilla que
lo fundasen; a Catalina María de la Concepción para abadesa, Inés
de la Encamación y Leonor de los Angeles por compañeras que, con
algunas niñas y criadas, llegaron en una nao marchanta a Cartagena
el año de 1617 y hicieron su fundación, encerrándose en casa
particular hasta que la del convento se acabó de disponer, en que
entraron el año de 1621 con las demás religiosas que habían tomado
el hábito y profesado en este interin; ha ido en mucho aumento con
imitación de su fundadora prelada, que acabó su vida santamente,
como lo refiere su cronista fray Luis de Jodar en un tratado que
las sumas están a obediencia de sus religiosos.
Convento de Santa Clara de Santafé
El Arzobispo don Fernando Arias de Ugarte, de gloriosa memoria,
dispuso fundar convento de monjas de Santa Clara en la ciudad de
Santafé, su patria, y compró casas en que hacerle, y promovido a
Charcas continuó su propósito enviando dinero para la fábrica y
para imponer en renta, que fue ejecutando su hermano Diego Arias
Torero.
Conseguida la licencia del Rey en 8 de marzo de 1619, y después
Bula del Sumo Pontífice, por diciembre de 1628, en cuya virtud se
hizo la fundación a 7 de enero de 1629, trayendo en procesión desde
el convento de carmelitas a Damiana de San Francisco, Juana de
Jesús y Isabel de la Trinidad, hermana y sobrinas del fundador, que
mudaron el hábito del Carmen en el de su nueva religión, en que
profesaron dando la obediencia al doctor don Julián de Cortázar y
Azcárate, Arzobispo a la sazón, que nombró por abadesa a la Damiana
de San Francisco, que lo fue hasta que murió, año de 1639, a 19 de
noviembre, a la cual en su entrada pidió la obediencia el padre
fray Agustín de la Muela, Guardián de San Francisco, y no lo
consiguió. Había sido monja profesa de la Concepción, de donde
salió a fundar el convento del Carmen, en que fue prelada; también
nombró el Arzobispo por vicaria a Juana de Jesús, que por muerte de
su tía entró a ser abadesa por elección, a quien siguió en el
oficio Gregoria de Jesús, y después desta fue abadesa Juana de San
Bartolomé, y volvió a serlo Juana de Jesús, y la siguieron
Feliciana de San Gregorio, Isabel de San Miguel, María de San
Antonio, y tomó a ser electa Juana de San Bartolomé por principios
del año de 1664; fueron las primeras nombradas, sin dote,
veinticuatro, y con él han entrado otras, y es su número en este
año de más de sesenta de velo negro, y en fervorosa competencia de
virtudes, si no es el primero no es el último; está todavía por
acabar la iglesia.
Convento de Santa Clara de Mérida
A pedimento de la ciudad de Santiago de los Caballeros de Mérida
despachó el Rey su Cédula de 10 de febrero de 1626 al Arzobispo del
Nuevo Reino de Granada para que le informase si convendría fundar
convento de monjas en ella y había bastante renta con qué
sustentarse; y después Juan de Bedoya, clérigo, señaló una hacienda
de campo para ello, y se consiguió licencia del Rey en 28 de enero
del año de 1650, y en 15 de julio de 1651 se hizo la fundación por
Juana del Espíritu Santo (abadesa nombrada por el Arzobispo) y
Isabel de la Trinidad, vicaria, acompañadas de Ursula de la
Concepción, portera mayor, y Jacinta de la Encarnación, monjas
profesas del convento de Tunja, de la misma orden, de donde las
llevaron de propósito; han entrado otras muchas de aquella tierra
para el bien espiritual de su república y mayor honra y gloria de
Dios.
Monjas de la Concepción de Santafé
Cristóbal Rodríguez Cano, vecino de la ciudad de Santafé, mandó
en su testamento fundar en ella de su hacienda un convento de
monjas de Santa Clara, con advocación de Santa Ana de Cano,
nombrando por patrón a su sobrino Juan Rodríguez Cano y sus
sucesores, si residiesen en esta ciudad, y sí no a Luis López
Ortiz; y reconociendo el sobrino que la hacienda no era suficiente
porque a tanteo se computó en once mil pesos de oro de veinte
quilates, hizo compañía con Luis López Ortiz (que ambos eran
naturales de la ciudad de Plascencia), con que pusiese otro tanto y
hicieron escritura y dieron forma en el patronato.
Empezóse la obra poniendo la piedra fundamental de su iglesia en
la esquina que mira a la plaza, por el mes de septiembre de 1583,
el Arzobispo don fray Luis Zapata de Cárdenas, estando presentes
don fray Sebastián de Ocando, franciscano, y don fray Juan
Montalvo, dominico, Obispos de Santa Marta y Cartagena, que habían
venido a Santafé a celebrar Concilio provincial.
Murió Juan Rodríguez Cano sin sucesor, y quedó prosiguiendo el
otro compatrón, y hallando que la hacienda de Cano sólo era ocho
mil pesos, no quiso proseguir en la compañía, ni a estar a la
escritura, sino hacer la fundación por sí solo con título de la
Concepción de Nuestra Señora, y pidió ayuda al Presidente
Gobernador doctor Antonio González, en conformidad en una Real
Cédula anterior, en que el Rey había mandado que de las medias
anatas de nuevas encomiendas que se introdujeron en estas
provincias para la fundación del hospital de San Pedro de Santafé,
y después se le quitaron, se hiciese en ella un convento de monjas
para hijas y nietas de conquistadores, por no haberle en esta
ciudad, y el Presidente dio desta consignación once mil pesos que
se pusieron en renta para el sustento y se prosiguió la obra a
costa de Luis López Ortiz, y con otros mil ducados de limosnas de
Su Majestad para acabar la cerca; y a 29 de septiembre de 1595
entraron en este convento doña Catalina de Céspedes que se llamó
Catalina de Jesús, y doña Ursula de Villagómez y doña Isabel
Campuzano (hermanas estas dos del Fiscal Real en esta Chancillería,
Aller de Villagómez)
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, que dieron la obediencia al ordinario en
vacante arzobispal, y por su orden se trajeron del convento de
Santa Clara de Tunja para el gobierno a Juana de la Cruz, que fue
abadesa, y Ana de Santacruz, vicaría, que después se volvieron a su
primer convento; y destotro fue la primera abadesa la Catalina de
Jesús, de las que en él tomaron el hábito, la cual murió con nombre
de santa y se fue aumentando grandemente con el tiempo, gozándolo
poco el fundador Luis López por haber muerto a 18 de marzo de 1596,
dejándole rico de ornamentos, muy buena iglesia y oficinas y cuatro
capellanes y sacristán.
También dejó fundadas otras obras pías en su patria y en la
ciudad de Santafé, donde permanecen deterioradas, cuyo patronato
está en sus parientes para renta de los capellanes y sacristán y
dotes de a mil pesos de las de el linaje con cesión. Después ha ido
el Rey haciendo mercedes a este convento, según las ocurrencias de
necesidad, y el Fiscal Real puso en esta Chancillería pleito al
patronazgo y obtuvo sentencias de vista y revista el año de 1600,
de que se interpuso segunda suplicación para el Supremo Consejo de
las Indias en grado de las mil quinientas doblas, y se ha quedado
así con posesión del patronazgo real, dejando a los descendientes
de Luis López Ortiz el nombre de fundadores.
La iglesia padeció un daño, que hizo derribar poco menos del
tercio de paredes altas, destechándola, y para su reedificación se
consumieron diez mil pesos de principal de dotes y dos mil ducados
de limosna que dio el Rey, y otros cuatro mil para la fábrica de su
torre; y se insta por más para reparo de la casa y el edificio de
algunas oficinas preciosas, y por la Real Audiencia se le han dado
últimamente dos mil trescientos treinta y nueve patacones con
fianzas de traer confirmación regia, que se trajo, y se sacaron de
vacante arzobispal en lo perteneciente a obras pías, que no lo tuvo
el Rey a bien por el género de que fue, y lo reprendió en Cédula de
15 de junio de 1663, y con todo le hizo merced de mil quinientos
ducados más en efectos, que no fuesen Real Hacienda.
Las constituciones que dejó Luis López Ortiz están aprobadas por
el Arzobispo don Bartolomé Lobo Guerrero en virtud de comisión
pontificia; ha ido en mucho acrecentamiento de religiosas y al
presente tendrá cincuenta, y es muy grave y ejemplar convento,
sujeto al ordinario, en que también tuvo la variación que los de
Santa Clara de Tunja y Pamplona. Está introducido que cuando ha de
morir alguna monja se oyen golpes en el coro bajo, que es donde las
entierran, y para descendientes del fundador se oyen los golpes en
la bóveda de su entierro, que está en la capilla mayor.
Monjas de la Concepción de Tunja
El año de 1599 representó a el doctor Francisco de Sande, siendo
Presidente Gobernador del Nuevo Reino de Granada, Diego Baca de
Mayorga, clérigo, que doña Beatriz y doña Catalina de los Ríos,
hijas y hermanas de Pedro Rodríguez de los Ríos, vecino de la
ciudad de Tunja, y su sobrina doña María de los Ríos, pretendían
erigir y fundar un convento de monjas de la Concepción de Nuestra
Señora en aquella ciudad y tenían nombrados bienes y licencia del
Arzobispo don Bartolomé Lobo Guerrero, que la había dado por
septiembre del propio año, y el mismo clérigo ayudaba son parte de
su hacienda, con que la concedió el Presidente por el patronazgo
real en 15 del dicho mes, y que después de fundado se le trajesen
las escrituras y constituciones para dar cuenta al Rey.
Las fundadoras asignaron a esta obra trece mil pesos de oro de
veinte quilates, que según el valor de aquel tiempo eran veintitrés
mil seiscientos veintiún pesos de a ocho reales; en las casas de la
fundación, cuatro mil pesos de oro y tres mil en otras; dos mil y
quinientos en un molino y haciendas de campo, cuatro leguas de
aquella ciudad, y en otras, en los términos de la Villa de Leiva,
mil y quinientos, y dos mil en dinero para el edificio de la
iglesia, con más una capellanía de cuatro mil pesos, con cuyo fundo
se erigió este convento por fines del mesmo año de 1599, y con el
tiempo ha crecido con mucho lucimiento y número de religiosas de
aprobada vida, siendo las primeras las tres que se han nombrado, y
se trajo aprobación del Pontífice, pasada por el Real Consejo de
las Indias en 22 de marzo del año de 1604. Están sujetas al
ordinario.
Convento de monjas del Carmen de Santafé
Siendo viuda doña Elvira de Padilla, de Francisco de Albornoz y
de Lucas de Espinosa, con hijos de ambos matrimonios, fundó en la
ciudad de Santafé de Bogotá, en casas propias, convento de monjas
descalzas de Nuestra Señora del Carmen, debajo de la regla de Santa
Teresa de Jesús, con advocación de San José, a 10 de agosto del año
de 1606, tomando el hábito y nombrándose Elvira de Jesús María, y
sus hijas Elvira de San José, del primer marido, y del segundo, Ana
Manuela de la Concepción, y dos sobrinas, doña Francisca Pimentel y
doña Isabel Pimentel, hermanas. Llamó al patronazgo, entre otros, a
Gonzalo de León, su pariente, y pasaron del convento de la
Concepción desta ciudad doña Juana de Poveda para priora y Damiana
de San Francisco por vicaria, todo con licencia de el Arzobispo don
Bartolomé Lobo Guerrero, a quien dieron la obediencia. Y porque el
instituto de Santa Teresa dispone que haya en cada convento
veintiuna monjas, acreció el número a treinta y tres el Sumo
Pontífice en la confirmación que dio.
No precedió licencia del Rey, y por ello reprendió y multó al
Presidente y Oidores que lo permitieron; porque de ordinario se
hacen estas fundaciones sin bastante congrua y a pocos años se
llega a padecer incomodidad y falta de lo necesario. A su primera
estrecha iglesia hizo en su proporción capilla mayor, que la alargó
don Antonio Rodríguez de San Isidro Manrique, Oidor de Quito,
siendo Visitador de la Real Chancillería de Santafé; y años
después, Pedro de Arandia, hallándose rico y sin hijos, le fabricó
desde sus cimientos otra capaz iglesia conforme a la profesión de
descalcez, adornándola con muy buen retablo en el altar mayor y
otros, un cuarto de vivienda y portería y les hizo caritativo otras
buenas obras, tan desnudas de vanidad, que se contentó con bóveda
para sí y los suyos en la capilla mayor, y con que se pusiese, como
se puso, sobre la puerta de la sacristía memoria de haber costeado
aquel edificio en que se dice haber gastado sesenta mil pesos, y a
su imitación Luis de Arandia, su hermano, dio para el capellán una
casa grande que había obrado; y siguiendo el ejemplar don Miguel
Enríquez de Mansilla, marido de sobrina de los dos, prosigue en ser
bienhechor deste convento y fomentándole hasta con asistencias
personales, todo bien empleado, porque es depósito de notoria
virtud y observancia, y ha tenido sujetos de aprobación en
santidad; según circunstancias que han ocurrido, parece se agradó
Dios de la aplicación de Pedro de Arandia a esta obra, porque
cuando estaba entendiendo en ella soñó una noche que le robaban la
tienda de mercaderías a tiempo que se encendió fuego en su casa,
prendiendo en un pabellón y cama, que se apagó luégo, a cuyo rumor
despertó, y por ser ya hora de las tres de la madrugada pidió de
vestir y se vistió, y con el cuidado de lo soñado se fue a la Calle
del Comercio a reconocer su tienda, y hallando que la trataban de
robar dio voces a los ladrones que, amedrentados, huyeron, y
reconoció tenían. limado y quitado un candado y proseguían con el
otro. Nótense las ocurrencias que manifiestan el milagroso
suceso.
Fue Pedro de Arandia natural de la ciudad de Tunja, del Nuevo
Reino de Granada, hermano mayor de Blas de Arandia y de Francisca
Rodríguez de Arandia, todos cuatro hijos legítimos de Ginés de
Arandia, natural de la ciudad de Granada, cabeza de reino, bien
nacido y originario del de Navarra, donde está la casa solariega de
que procedió, y de su mujer María de Espinar Galarza, vascongada,
como lo manifiestan los apellidos. El palacio de Espinal trae por
armas (figura 85) en campo de oro un árbol verde y un lobo negro, y
se halla a don Fernán Darias de Galarza, Comendador de Alambra y
trece en la orden de Santiago por los años de 1236; a Juan González
de Galarza, Comendador de Montiel, y trece por los de 1371.
Destos cuatro hermanos, el Pedro de Arandia, después de haber
hecho en vida lo que queda dicho y otras buenas obras, por su buena
aplicación y natural piadoso y en reconocimiento de haberle dado
Dios tánta hacienda, granjeada con su industria y trabajo en la
mercancía (que en Indias está recibida por ocupación honesta y
decente), murió de mayor edad el año de 1650, mandando distribuir
su hacienda (que se dice pasó de cien mil pesos) en obras pías. Y
pocos años después falleció Luis de Arandia sin haber sido casado,
y antes de todos el Blas de Arandia, que fue vecino de la ciudad de
Anserma, Capitán de infantería y Teniente de Gobernador de la
Provincia de Popayán; y entre otras mandas que hizo en su
testamento dejó diez mil pesos al convento de Santo Domingo de
Santafé.
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A este respecto declara Juan de Salamanca, vecino de la ciudad
de Tunja, en la probanza de servicios del capitán Martín de Rojas
(2 de octubre de 1583):
"A las catorce preguntas dijo este testigo que sabe y ha visto que
durante el matrimonio entre los dichos capitán Francisco Salguero y
la dicha Juana Macías de Figueroa, su mujer, de su propia voluntad,
fundaron un convento e monasterio de Señora Santa Clara, de monjas,
en esta dicha ciudad, donde gastaron todos sus bienes y hacienda en
mucha cantidad de pesos de oro, la cual es una obra de las
prencipales, que no hay otra tal obra en todo este Reino, de
grandes edeficios y de mucha costa, donde se ha celebrado y celebra
el culto divino con toda veneración, de cuya causa ha provocado y
provoca devoción a los naturales, por ser como es cosa nueva en
estas partes de las Indias y amparo y repparo de muchas pobres
huérfanas, mujeres prencipales, hijas de hombres prencipales y
conquistadores; y así este testigo ha visto que en el dicho
convento han entrado y entran de. cada día por monjas hijas de
hombres prencipales de esta dicha ciudad en el dicho convento, por
no tener otro reparo ni recogimiento, si no es el de Dios y el del
dicho convento, como en ello es tan público y notorio; e así vido
este testigo que el tiempo que vivió la dicha Juana Macías de
Figueroa, fundadora, asistió y sirvió de abadesa, la cual con sus
propios bienes y hacienda fundó y amparó y sustentó el dicho
convento, hasta que falleció, lo cual es todo verdad como tiene
dicho, porque se ve y es así y esto responde."
(Archivo Histórico Nacional, Salón de la Colonia, "Historia
Civil", tomo XXII, folios 132 vuelto a 133 vuelto).
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Véase tomo I, página 244.
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