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PUBLICACIÓN

HOMENAJE A FLÓREZ DE OCÁRIZ

PRIMEROS OBISPOS DE SANTA MARTA

ARZOBISPOS Y DIGNIDADES DEL NUEVO REINO DE GRANADA

OBISPOS DE LA CATEDRAL DE CARTAGENA

OBISPOS DE LA CATEDRAL DE POPAYAN

SEGUNDOS OBISPOS DE SANTA MARTA

OBISPOS E INQUISIDORES QUE HAN SALIDO DESTAS PROVINCIAS A SERLO, TENIENDO OTRAS OCUPACIONES O PERTENECIÉNDOLES

IGLESIA CATEDRAL DE SANTAFÉ, SU PRINCIPIO Y LOS CURAS QUE HA TENIDO

PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DE LAS NIEVES

PARROQUIA DE SANTA BÁRBARA

PARROQUIA DE SAN VICTORINO

RELIGIONES

CONVENTOS DE SANTO DOMINGO

CONVENTOS DE SAN FRANCISCO

SAN FRANCISCO

RELIGIÓN DE SAN AGUSTÍN

RECOLECCIÓN DE SAN AGUSTÍN

RELIGIÓN DE LA COMPAÑÍA DE JESUS

PROVINCIALES DE LA PROVINCIA DEL NUEVO REINO

RECTORES DEL COLEGIO DE LA CIUDAD DE SANTAFÉ

CONVENTOS DE MONJAS

HOSPITAL DE SAN PEDRO DE SANTAFÉ

CASA DE NIÑOS EXPÓSITOS Y DE DIVORCIADO, EN SANTAFÉ

COLEGIOS

IMÁGENES

VARONES ILUSTRES

PRELADOS PRECLAROS

CLÉRIGOS SINGULARES

RELIGIOSOS DE SANTO DOMINGO

BEATAS DE SANTO DOMINGO Y DE SANTA CATALINA DE SENA
Homenaje a Flórez de Ocáriz


|Con motivo de la colocación del retrato del eminente genealogista don Juan Flórez de Ocáriz en la sala de conferencias de la Academia Colombiana de Historia; ceremonia que tuvo lugar el día 11 de agosto de 1939, el señor don Enrique Otero D` Costa, distinguido historiador colombiano, pronunció el magnífico discurso que, a manera de prólogo, reproducimos en seguida.

Año tras año ha venido la Junta de Festejos patrios practicando el loable rito de obsequiar a la Academia con el retrato de alguno de nuestros más insignes historiadores; y en este año de 39, al repetir la ya tradicional costumbre, ha seleccionado muy acertadamente la figura de don Juan Flórez de Ocáriz, cuya es la imagen que aquí veis gracias a los primores del vigoroso pincel del maestro Delio Ramírez, quien al dejar en nuestra pinacoteca historial el recuerdo de tan noble efigie, déjanos también el bello recuerdo de su arte clásico, de tonos severos y precisos tan genialmente acoplados, en cada caso, al motivo que debe interpretar.

Comisionado, señor Presidente, por la patriótica Junta para hacer en su nombre la entrega del lienzo a nuestra Academia, me creo obligado, para cumplir a cabalidad con tan honroso encargo, a rememorar algunos aspectos que nos digan algo de lo mucho que debiéramos decir sobre la vida y sobre las obras del insigne genealogista de las estirpes de este Nuevo Reino de Granada.

Pocas plumas han sido tan olvidadas o tan mal comprendidas como ésta de don Juan Flórez de Ocáriz, como esta pluma que el artista pintor pone, en el óleo que aquí admiramos, en actitud reposante en tanto que por la mente de su dueño vibra una heráldica meditación. A reparar tales desvíos se enderezará el presente discurso, y por muy bien servido me tendré si logro coronar mi intento en esta, para mí, tan grata ocasión.

En Sanlúcar de Barrameda y a los cinco días del mes de septiembre del año de 1612, vio la luz primera el nunca bien alabado autor de las |Genealogías, cuarto hijo del matrimonio de don Domingo García Flórez con doña Micaela Ochoa Olariega y Ocáriz, entrambos cónyuges de muy limpia sangre y muy hijodalgos.

Catorce años contaba el muchacho cuando pasó a este Nuevo Reino invitado por don Juan de Sologuren, Contador de la Real Hacienda y marido de doña Juana Ochoa Olariega y Ocáriz, tía del joven emigrante; y esta ciudad de Santafé le recibió bajo sus aleros el 7 de octubre de 1626, según él nos lo refiere muy puntualmente.

¿Qué ocupaciones embargarían al doncel en este su nuevo domicilio? No lo hemos podido averiguar; quizá desempeñara algún modesto empleo en las oficinas de la Contaduría a cargo de su tío. De lo relativo a esta primera época de su estancia en Indias, sabemos solamente que en 1634 realizó un viaje a España, del cual regresó dos años después.

Nuevamente en esta ciudad, y ya mocito formal, pescó el sobrino a la sombra del buen tío Sologuren la plaza de Cobrador de las Reales Rentas en las Provincias de Cartagena y Santa Marta y ciudad de Zaragoza, oficio que cambio mas tarde por el de conductor (o mensajero, que diríamos hoy) de las remesas en metálico que periódicamente se enviaban del Nuevo Reino con destino a Cartagena, donde se embarcaban para España en la famosa flota de los galeones. En estos valiosos trajines anduvo nuestro remesero durante los años de 1637, 38, 39 y 40.

En el siguiente año de 41 le hallamos en la nueva actividad de Veedor y Contador de vestuarios y municiones de las tropas que condujo don Francisco Díaz Pimienta, General de la Real Armada de Tierra Firme, a la reconquista de las islas de Providencia y Santa Catalina, jornada que coronó gloriosamente el famoso Capitán español, pudiendo así regresar a Cartagena con su flota, la que ancló triunfalmente en la bahía el 6 de junio del citado año.

Como se comprenderá, la misión de Ocáriz en esta emergencia revestía un carácter meramente civil, y por lo tanto no es de suponer que el flamante Veedor y Contador se hubiera visto envuelto entre los fragores de la bélica tempestad. Por cierto que al mencionar el genealogista este servicio prestado por él a Su Majestad, dice que la jornada se emprendió contra los holandeses, cuando es un hecho el de que ingleses fueron y no holandeses los desalojados invasores de aquellas tierras insulares.

Terminada la feliz aventura reconquistadora, decidió nuestro héroe acometer un nuevo viaje a España, el cual realizó en el mismo año de 41, retornando al Nuevo Reino hacia el siguiente año de 42.

A fines de 1643 surgió ante la vida de Ocáriz un nuevo panorama que vino a ser determinante en su destino: la vida matrimonial.

Os presento, señores, a doña Juana Paula de Acuña y Angulo, damita que apenas coronaba sus doce primaveras y damita de mucha prosapia. Su padre, don Francisco Fernández de Acuña, Caballero del Hábito de Santiago, después de haber prestado valiosos servicios a la Real Corona en tierra y en mar, vino a este Nuevo Reino con el título de Gobernador de la Provincia de los muzos y colimas, empleo que ejerció brillantemente desde 1629 hasta 1634, para volver luego a España a prestar nuevos y calificados servicios al Rey, los que, finalmente, remató sirviendo la plaza de Contador de Cuentas Reales de este Nuevo Reino, donde murió.

Por la línea materna enorgullecíase la doña Juana Paula en descender de esclarecidos capitanes de la conquista y muy especialmente en ser nieta del Capitán don Hernando de Angulo Velasco, ilustre criollo de la ciudad de Vélez, Familiar y, más tarde, Alguacil Mayor del Santo Oficio, Contador Mayor de Cuentas de la Real Hacienda, y finalmente, Escribano Mayor de Cámara de la Real Audiencia. Sujeto muy ilustrado, y como tal (y ésta su gloria mayor) autor de la |Historia de la Conquista de los Indios Pijaos, manuscrito que, desgraciadamente para las patrias letras, se halla perdido.

Según se colige de todo lo anterior, traíase la niña todas las cualidades de buen linaje que pudiera desear el más exigente genealogista, y si a esto le añudamos un patrimonio constante de tres mil patacones y, en adehala, la propiedad de medio título del oficio de Escribano de Cámara y Mayor de la Gobernación del Nuevo Reino de Granada, proveniente de donación hecha a la nieta por su ya mentado abuelo el Capitán Angulo Velasco (quien érase propietario del título, mediante Real Cédula de Privilegio que le había otorgado Su Majestad), tendremos que doña Juana Paula érase todo un buen partido, máxime si aceptamos como verdad inconcusa las buenas prendas personales y virtudes caseras que la adornaban y que adornaron, con tánta frecuencia, al noble mujeriego de aquel remoto entonces.

Esta fue la dama a quien hizo señora de sus pensamientos el buen hidalgo don Juan Flórez de Ocáriz, bien que, al puro y radiante amor que le profesara, sumó don Juan algunos suspirillos materialistas traducidos en el previo aseguro de la dicha mitad de la Escribanía que la heredera escrituró al novio, y a título de promesa de dote, en el mes de diciembre de 1643.

Definido este punto económico vino el trance matrimonial, que se cumplió el 10 de enero de 1644 y luégo, habiéndose arreglado lo necesario con el abuelo Angulo Velasco, hizo el viejo Capitán dejación de su Escribanía Mayor en favor del novio, con lo cual, ocho días después del matrimonio, o sea el 18 de enero de 1644, entraba nuestro don Juan en posesión del muy honroso cargo de Escribano de Cámara y Mayor de la Gobernación del Nuevo Reino de Granada.

Y así tenemos cómo el zagalón que pobre y sin blanca había emigrado a estas tierras en busca de un porvenir, colmaba ahora sus anhelos repantigado en la blanda poltrona de una Escribanía Mayor de la Real Audiencia, codeándose con Presidentes, Oidores, Alcaldes de Corte, Fiscales y Receptores, caso que debemos de celebrar los amantes de las patrias glorias, porque él, a no dudarlo, brindando al beneficiado una nueva éra de estabilidad y de sosiego, dio pábulo para que el paciente y escrudriñador Escribano pudiera desarrollar plenamente sus aficiones espirituales, pudiendo por lo tanto iniciar y darnos, años más tarde, el sazonado fruto de sus famosas |Genealogías.

Pero no nos anticipemos a tratar lo relativo a estas materias literarias antes de terminar el estudio de otros trances y lances que esmaltan la vida de nuestro biografiado.

Vimos atrás que Ocáriz había realizado dos viajes a la madre patria: el primero en 1634 y el segundo en 1641. Pues bien: esta hazaña, que en aquellos tiempos muy pocos mortales acometían, coronó la Ocáriz por vez tercera en 1653. ¿Cuál el objeto de ese viaje? Ocáriz no lo dice, pero busquémoslo.

Don Juan de Sologuren, aquel su tío que lo trajo a estas Indias y que, según dijimos atrás, desempeñaba el cargo de Contador de la Real Hacienda, cayó enfermo, falleciendo el 10 de diciembre de 1650. Y es el caso de que, séase por la enfermedad que acometiera al anciano Contador, séase por otra causa concomitante, el Marqués de Miranda, Presidente de la Real Audiencia, nombró en su reemplazo al sobrino. Envióse el nombramiento a la Corte para su refrendación, mas tan mala estrella le alumbraba que Su Majestad, contra todo lo esperado, por Real Cédula de 31 de agosto de 1651 replicó al Marqués que "ha parecido responderos que no se ha tenido por conveniente lo que en esto proponéis y así dispondréis que se excuse" y... Yo el Rey, y ¡chitón!

Pregunto: ¿sería este rechazo la razón primordial que decidiera al vetado a viajar a la Corte, alentado con la esperanza de obtener alguna .reconsideración al veto, a cuya sombra pudiera conseguir el codiciado cargo?

Recordemos, igualmente, que el mismo Ocáriz refiere que fue a España en clase de Procurador General del Nuevo Reino. Este cargo se discernía bien por los Cabildos, bien por las Gobernaciones a algún sujeto de prestancia, y cuandoquiera que se hacía necesario ventilar ante la Corte problemas importantes para alguna ciudad o región.

¿Cuándo pudo confiarse a Ocáriz tal Procuraduría? El no fija el año, pero podemos colegirlo. No creemos que tal comisión la desempeñara en alguno de los viajes realizados en 1634 o en 1641, porque una embajada de tánto fuste no es lógico se hubiera podido confiar al mozo que sin mayores antecedentes y sin cartel alguno viajara a España en tales años; descartadas tales dos ocasiones quedaría esta tercera del viaje de 1653 que parece la más aceptable, porque para. esta época érase ya un varón experimentado y que había venido desempeñando honrosos e importantes cargos en la vida administrativa del país.

Admitidas tan razonables hipótesis no sería aventurado suponer que el viaje de 1653 pudiera haber obedecido así al empeño de litigar sus, títulos de Contador, como también al desempeño de la Procuraduría del Nuevo Reino que se le hubiera confiado en atención a sus capacidades y aprovechando, precisamente, el viaje que hubiera decidido llevar adelante |pro domo sua.

Mas séase por lo uno o por lo otro, o séase por los dos empeños juntos, el hecho positivo es que en el año de 1653 viajó nuestro amigo genealogista, por la tercera vez, a su nativa tierra.

Cómo realizara el viajero sus gestiones, no lo sabemos; tal vez sacara avante sus empeños de Procurador y posiblemente fracasara en lo de la Contaduría, como que no se tiene noticia de que hubiera regresado con tal empleo. Sabemos sí, como dato curioso que no puede remitirse a duda ya que el mismo Ocáriz lo refiere, que aprovechó esta última peregrinación a la metrópoli para cumplir con un anhelo muy suyo y muy de acuerdo con su carácter, cual fue el de hacerse inscribir en clase de hijodalgo en los libros concejiles de Villacezino, lugarejo enclavado en las montañas de León, patria de sus antecesores paternos y donde se custodiaba el padrón de nobleza de sus mayores. Y tomó carta de vecindad en la dicha población, y fue honrado por el Concejo con el tíulo de Alcalde de la Hermandad de Hijodalgos, todo lo cual aparece por testimonios fehacientes tramitados en dicho lugar en el año de 1654.

Cumplida su misión, tomó el indiano a Santafé en fecha que desconocemos, pero que no sería muy prolongada porque ya para el año de 1656 se le encontraba en esta ciudad garabateando rúbricas y dando fe en los expedientes chancillerescos.

Curiosa y matizada vida de empleómano esta que llevaba el buen Escribano, lo cual decimos así por los otros tan variados oficios que le hemos visto desempeñar, como también por otras actividades a cual más diversas que ejerciera, según su propio dicho, como la de Tesorero Real, que suponemos desempeñaría en forma de interinario en alguna ocasión accidental, o como aquella de Alcalde ordinario de Santafé en 1666. Pero, ¡maravíllese cualquiera! Ocáriz fue nada menos que Capitán de infantería en la jornada contra los indios chocoes que debiera acaudillar el Presidente, Gobernador y Capitán General de Panamá, don Juan Bitrián de Viamonte o Beaumont, cargo que nos hace imaginar al bueno de don Juan Flórez abandonando las sosegadas faenas de pacífico Escribano para irse a combatir a las soledades chocoanas y armado de punta en blanco contra aquellos gandules enemigos del gobierno de Su Majestad. Mas, tranquilicémonos, que no hubo tal lance. El Escribano realmente recibió tan inusitado nombramiento en el año de 1650, mas él resultó para ejercido |in partibus infidelium, como que por la muerte del señor Presidente y Gobernador y Capitán General, la jornada no tuvo efecto, y así el feroche Capitán quedóse en casita, quito de aparatos bélicos para los cuales, seguramente, no estaba aparejado.

Los datos que hemos traído a colación parecen ya suficientes para darnos idea de lo que constituyó la vida material de don Juan Flórez de Ocáriz. Pasemos ahora al capítulo relativo a su vida espiritual, que es el más importante y el que motiva, principalmente, este discurso.

Flórez de Ocáriz no militó en aquel tan generalizado escalafón de personajes que vegetaron en los siglos coloniales conformándose con ganar el cuotidiano sustento y más, si ello era posible: oír la misa diaria; chismografiar en las ingenuas tertulias vespertinas; tomar chocolate arandelado con las famosas colaciones monjiles; dormir las siestas y rezar el rosario antes de entregarse al tranquilo dormir. ¡Nó! ¡Muy al contrario! Su carácter inquieto e investigador, su pasión por la ciencia genealógica, su vocación hacia los estudios serios, hiciéronle salir de la plomada para llevarle al campo literario, donde alternó airosamente con los más claros ingenios de su tiempo. Eranse años de buenos sembradores y de óptimos cosecheros, como que en esa edad resplandecieron un Fernández de Piedrahita, un fray Alonso de Zamora, un Andrés de San Nicolás, mencionando solamente a los que oficiaban en el ara historial, género predilecto de nuestro amigo el Escribano.

Fruto fundamental y precioso y singular de su privilegiado cerebro, fue el tratado de las |Genealogías del Nuevo Reino de Granada, obra que constituye el espejo fiel de su carácter, el reflejo feliz de su vocación, y cuyas primeras páginas, según nuestro sentir, iniciara hacia la época en que obtuvo el tranquilo y sosegado pasar de la Escribanía de nuestra Real Audiencia. Sin perjuicio, desde luego, de que en años anteriores, dada su afición por esta clase de disciplinas, la hubiera ideado y hubiera tomado apuntes y datos enderezados a la futura realización de esa noble idea.

¡Y cuán rico venero surgía ante la avidez del paciente escudriñador! Nada menos que el riquísimo archivo que se custodiaba en los anaqueles de la Real Audiencia... Allí las probanzas de servicios de los conquistadores de la tierra, allí los libros del Real Acuerdo con sus providencias administrativas, y las actas de posesión de los gobernantes y de los empleados civiles; allí los nombramientos y las relaciones de méritos tan en boga en aquel entonces; las capitulaciones para las conquistas y las gobernaciones de las provincias y territorios del Nuevo Reino; los asuntos eclesiásticos que en virtud del Patronato pasaban por el tamiz de la Real Chancillería; las visitas oficiales que se practicaban periódicamente a gobernadores y corregidores, las residencias y, en fin, todo aquel tan precioso acervo documental que vivía su despierto sueño bajo el ojo y llave del insigne Escribano, cuyas funciones equivalían, sencillamente, a las de Secretario del Supremo Tribunal Administrativo de este Nuevo Reino.

Demás de este jugoso venero, pudo disfrutar nuestro genealogista de los archivos arquidiocesanos, y, con mayores veras, de los del ilustre Cabildo de esta noble y leal ciudad de Santafé, al cual debió tener amplio acceso, dada su privilegiada posición en los altos estrados oficiales.

De otro lado, y tomando en cuenta las influencias y prestigios de que disfrutaba en el mundo oficial, no le sería difícil obtener de muchos de los jefes de familia las Ejecutorias de Nobleza tan socorridas y tan generalizadas en aquellos tiempos, y cuyos miniados capítulos le procuraban datos invaluables para poder llevar adelante sus frondosos árboles genealógicos en las ramas ascendentes a que fue tan aficionada y en que fue tan minuciosa su penetrante pluma.

Y como si todo este robusto arsenal no fuera suficiente, el concienzudo, el particularísimo tratadista, apeló a otras fuentes que consideraba indispensables para respaldar y acendrar su labor. Aludimos a los libros impresos que logró procurarse dominado por su empeño de agotar la materia y que, a no dudarlo, adquiriría en sus viajes a España, especialmente en aquel último que realizara en el año de 1653.

¡Y qué monumento de biblioteca! Allí Pedro de Gracia Dei, el famoso cronista de los Reyes Católicos que escribió y que publicó en 1489 el |Blasón General tan conocido y celebrado; allí el exquisito libro en octavas de don Luis Zapata de Cárdenas, intitulado el |De Carlo Famoso, venido a la luz en 1566; y es otro tan estimado de Gonzalo Argote de Molina, que trata sobre la esclarecida nobleza de Andalucía, y que se dio a las prensas en el año de 1588; y el no menos peregrino de Esteban de Garibay, publicado en 1571 bajo el rubro de |Los cuarenta libros de las Crónicas y Universal Historia de todos los Reinos de España; y los |Nobiliarios de don Alonso López de Haro, y los |Cronicones del Rey don Alfonso y Gerónimo de Quintana y Fernández de Mendoza y muchos otros más y más tratados históricos, heráldicos y genealógicos que nuestro virtuoso amigo cita a conciencia y a cada paso en los copiosos escolios que bordean los márgenes de sus |Genealogías...

La mera enunciación de los títulos y autores, de estas obras, que citamos entre las muchas que consultó Flórez de Ocáriz, nos revelan no tan sólo su erudición, pero también su sed de agotar la materia, y también su apasionada solicitud en tan áridos estudios y, más que todo, su paciencia ejemplar de colector, como que la mayor parte de esas obras estaban agotadas hacía tiempo en las librerías, y muchas de ellas éranse de exquisita rareza, con lo cual debió de serle forzoso rebuscarlas aquí y allí, en las librerías de viejo, en los mercados de lance o en poder de particulares, realizando insuperables diligencias y pagando, en muchos casos; altos precios por algún codiciado ejemplar. 

Una obra escrita sobre fundamentos tan valiosos, así por la abundancia en los materiales como por el valor y la fehaciencia de ellos, y escrita por quien sabía en dónde le apretaba el zapato, podrá ser, si se quiere (y como algunos lo han juzgado, inconscientemente), obra de escasa utilidad; pero a todo turbio correr hay que convenir en que, ante todo, es una obra muy autorizada; no infalible, no perfecta desde luego, pero de un valor incomparable en su género.

En 1662 parece que el trabajo iba muy adelantado, como lo parece también que para esa época atravesaba el autor un período de desaliento, una crisis de desánimo que colocaba su empresa literaria en el peligro de paralizarse. ¿Desánimo, preguntamos, al considerar lo arduo y difícil de la labor emprendida? ¿O desaliento tal vez, al pensar que sus esfuerzos pudieran quedarse baldíos debido a las dificultades que entreviera para la publicación de aquellos copiosos volúmenes cuyo elevado costo de imprenta no encontraba el autor cómo sufragar?

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