Homenaje a Flórez de Ocáriz
|Con motivo de la colocación del retrato del eminente
genealogista don Juan Flórez de Ocáriz en la sala de conferencias
de la Academia Colombiana de Historia; ceremonia que tuvo lugar el
día 11 de agosto de 1939, el señor don Enrique Otero D` Costa,
distinguido historiador colombiano, pronunció el magnífico discurso
que, a manera de prólogo, reproducimos en seguida.
Año tras año ha venido la Junta de Festejos patrios practicando
el loable rito de obsequiar a la Academia con el retrato de alguno
de nuestros más insignes historiadores; y en este año de 39, al
repetir la ya tradicional costumbre, ha seleccionado muy
acertadamente la figura de don Juan Flórez de Ocáriz, cuya es la
imagen que aquí veis gracias a los primores del vigoroso pincel del
maestro Delio Ramírez, quien al dejar en nuestra pinacoteca
historial el recuerdo de tan noble efigie, déjanos también el bello
recuerdo de su arte clásico, de tonos severos y precisos tan
genialmente acoplados, en cada caso, al motivo que debe
interpretar.
Comisionado, señor Presidente, por la patriótica Junta para
hacer en su nombre la entrega del lienzo a nuestra Academia, me
creo obligado, para cumplir a cabalidad con tan honroso encargo, a
rememorar algunos aspectos que nos digan algo de lo mucho que
debiéramos decir sobre la vida y sobre las obras del insigne
genealogista de las estirpes de este Nuevo Reino de Granada.
Pocas plumas han sido tan olvidadas o tan mal comprendidas como
ésta de don Juan Flórez de Ocáriz, como esta pluma que el artista
pintor pone, en el óleo que aquí admiramos, en actitud reposante en
tanto que por la mente de su dueño vibra una heráldica meditación.
A reparar tales desvíos se enderezará el presente discurso, y por
muy bien servido me tendré si logro coronar mi intento en esta,
para mí, tan grata ocasión.
En Sanlúcar de Barrameda y a los cinco días del mes de
septiembre del año de 1612, vio la luz primera el nunca bien
alabado autor de las
|Genealogías, cuarto hijo del matrimonio
de don Domingo García Flórez con doña Micaela Ochoa Olariega y
Ocáriz, entrambos cónyuges de muy limpia sangre y muy
hijodalgos.
Catorce años contaba el muchacho cuando pasó a este Nuevo Reino
invitado por don Juan de Sologuren, Contador de la Real Hacienda y
marido de doña Juana Ochoa Olariega y Ocáriz, tía del joven
emigrante; y esta ciudad de Santafé le recibió bajo sus aleros el 7
de octubre de 1626, según él nos lo refiere muy puntualmente.
¿Qué ocupaciones embargarían al doncel en este su nuevo
domicilio? No lo hemos podido averiguar; quizá desempeñara algún
modesto empleo en las oficinas de la Contaduría a cargo de su tío.
De lo relativo a esta primera época de su estancia en Indias,
sabemos solamente que en 1634 realizó un viaje a España, del cual
regresó dos años después.
Nuevamente en esta ciudad, y ya mocito formal, pescó el sobrino
a la sombra del buen tío Sologuren la plaza de Cobrador de las
Reales Rentas en las Provincias de Cartagena y Santa Marta y ciudad
de Zaragoza, oficio que cambio mas tarde por el de conductor (o
mensajero, que diríamos hoy) de las remesas en metálico que
periódicamente se enviaban del Nuevo Reino con destino a Cartagena,
donde se embarcaban para España en la famosa flota de los galeones.
En estos valiosos trajines anduvo nuestro remesero durante los años
de 1637, 38, 39 y 40.
En el siguiente año de 41 le hallamos en la nueva actividad de
Veedor y Contador de vestuarios y municiones de las tropas que
condujo don Francisco Díaz Pimienta, General de la Real Armada de
Tierra Firme, a la reconquista de las islas de Providencia y Santa
Catalina, jornada que coronó gloriosamente el famoso Capitán
español, pudiendo así regresar a Cartagena con su flota, la que
ancló triunfalmente en la bahía el 6 de junio del citado año.
Como se comprenderá, la misión de Ocáriz en esta emergencia
revestía un carácter meramente civil, y por lo tanto no es de
suponer que el flamante Veedor y Contador se hubiera visto envuelto
entre los fragores de la bélica tempestad. Por cierto que al
mencionar el genealogista este servicio prestado por él a Su
Majestad, dice que la jornada se emprendió contra los holandeses,
cuando es un hecho el de que ingleses fueron y no holandeses los
desalojados invasores de aquellas tierras insulares.
Terminada la feliz aventura reconquistadora, decidió nuestro
héroe acometer un nuevo viaje a España, el cual realizó en el mismo
año de 41, retornando al Nuevo Reino hacia el siguiente año de
42.
A fines de 1643 surgió ante la vida de Ocáriz un nuevo panorama
que vino a ser determinante en su destino: la vida matrimonial.
Os presento, señores, a doña Juana Paula de Acuña y Angulo,
damita que apenas coronaba sus doce primaveras y damita de mucha
prosapia. Su padre, don Francisco Fernández de Acuña, Caballero del
Hábito de Santiago, después de haber prestado valiosos servicios a
la Real Corona en tierra y en mar, vino a este Nuevo Reino con el
título de Gobernador de la Provincia de los muzos y colimas, empleo
que ejerció brillantemente desde 1629 hasta 1634, para volver luego
a España a prestar nuevos y calificados servicios al Rey, los que,
finalmente, remató sirviendo la plaza de Contador de Cuentas Reales
de este Nuevo Reino, donde murió.
Por la línea materna enorgullecíase la doña Juana Paula en
descender de esclarecidos capitanes de la conquista y muy
especialmente en ser nieta del Capitán don Hernando de Angulo
Velasco, ilustre criollo de la ciudad de Vélez, Familiar y, más
tarde, Alguacil Mayor del Santo Oficio, Contador Mayor de Cuentas
de la Real Hacienda, y finalmente, Escribano Mayor de Cámara de la
Real Audiencia. Sujeto muy ilustrado, y como tal (y ésta su gloria
mayor) autor de la
|Historia de la Conquista de los Indios
Pijaos, manuscrito que, desgraciadamente para las patrias
letras, se halla perdido.
Según se colige de todo lo anterior, traíase la niña todas las
cualidades de buen linaje que pudiera desear el más exigente
genealogista, y si a esto le añudamos un patrimonio constante de
tres mil patacones y, en adehala, la propiedad de medio título del
oficio de Escribano de Cámara y Mayor de la Gobernación del Nuevo
Reino de Granada, proveniente de donación hecha a la nieta por su
ya mentado abuelo el Capitán Angulo Velasco (quien érase
propietario del título, mediante Real Cédula de Privilegio que le
había otorgado Su Majestad), tendremos que doña Juana Paula érase
todo un buen partido, máxime si aceptamos como verdad inconcusa las
buenas prendas personales y virtudes caseras que la adornaban y que
adornaron, con tánta frecuencia, al noble mujeriego de aquel remoto
entonces.
Esta fue la dama a quien hizo señora de sus pensamientos el buen
hidalgo don Juan Flórez de Ocáriz, bien que, al puro y radiante
amor que le profesara, sumó don Juan algunos suspirillos
materialistas traducidos en el previo aseguro de la dicha mitad de
la Escribanía que la heredera escrituró al novio, y a título de
promesa de dote, en el mes de diciembre de 1643.
Definido este punto económico vino el trance matrimonial, que se
cumplió el 10 de enero de 1644 y luégo, habiéndose arreglado lo
necesario con el abuelo Angulo Velasco, hizo el viejo Capitán
dejación de su Escribanía Mayor en favor del novio, con lo cual,
ocho días después del matrimonio, o sea el 18 de enero de 1644,
entraba nuestro don Juan en posesión del muy honroso cargo de
Escribano de Cámara y Mayor de la Gobernación del Nuevo Reino de
Granada.
Y así tenemos cómo el zagalón que pobre y sin blanca había
emigrado a estas tierras en busca de un porvenir, colmaba ahora sus
anhelos repantigado en la blanda poltrona de una Escribanía Mayor
de la Real Audiencia, codeándose con Presidentes, Oidores, Alcaldes
de Corte, Fiscales y Receptores, caso que debemos de celebrar los
amantes de las patrias glorias, porque él, a no dudarlo, brindando
al beneficiado una nueva éra de estabilidad y de sosiego, dio
pábulo para que el paciente y escrudriñador Escribano pudiera
desarrollar plenamente sus aficiones espirituales, pudiendo por lo
tanto iniciar y darnos, años más tarde, el sazonado fruto de sus
famosas
|Genealogías.
Pero no nos anticipemos a tratar lo relativo a estas materias
literarias antes de terminar el estudio de otros trances y lances
que esmaltan la vida de nuestro biografiado.
Vimos atrás que Ocáriz había realizado dos viajes a la madre
patria: el primero en 1634 y el segundo en 1641. Pues bien: esta
hazaña, que en aquellos tiempos muy pocos mortales acometían,
coronó la Ocáriz por vez tercera en 1653. ¿Cuál el objeto de ese
viaje? Ocáriz no lo dice, pero busquémoslo.
Don Juan de Sologuren, aquel su tío que lo trajo a estas Indias
y que, según dijimos atrás, desempeñaba el cargo de Contador de la
Real Hacienda, cayó enfermo, falleciendo el 10 de diciembre de
1650. Y es el caso de que, séase por la enfermedad que acometiera
al anciano Contador, séase por otra causa concomitante, el Marqués
de Miranda, Presidente de la Real Audiencia, nombró en su reemplazo
al sobrino. Envióse el nombramiento a la Corte para su
refrendación, mas tan mala estrella le alumbraba que Su Majestad,
contra todo lo esperado, por Real Cédula de 31 de agosto de 1651
replicó al Marqués que "ha parecido responderos que no se ha tenido
por conveniente lo que en esto proponéis y así dispondréis que se
excuse" y... Yo el Rey, y ¡chitón!
Pregunto: ¿sería este rechazo la razón primordial que decidiera
al vetado a viajar a la Corte, alentado con la esperanza de obtener
alguna .reconsideración al veto, a cuya sombra pudiera conseguir el
codiciado cargo?
Recordemos, igualmente, que el mismo Ocáriz refiere que fue a
España en clase de Procurador General del Nuevo Reino. Este cargo
se discernía bien por los Cabildos, bien por las Gobernaciones a
algún sujeto de prestancia, y cuandoquiera que se hacía necesario
ventilar ante la Corte problemas importantes para alguna ciudad o
región.
¿Cuándo pudo confiarse a Ocáriz tal Procuraduría? El no fija el
año, pero podemos colegirlo. No creemos que tal comisión la
desempeñara en alguno de los viajes realizados en 1634 o en 1641,
porque una embajada de tánto fuste no es lógico se hubiera podido
confiar al mozo que sin mayores antecedentes y sin cartel alguno
viajara a España en tales años; descartadas tales dos ocasiones
quedaría esta tercera del viaje de 1653 que parece la más
aceptable, porque para. esta época érase ya un varón experimentado
y que había venido desempeñando honrosos e importantes cargos en la
vida administrativa del país.
Admitidas tan razonables hipótesis no sería aventurado suponer
que el viaje de 1653 pudiera haber obedecido así al empeño de
litigar sus, títulos de Contador, como también al desempeño de la
Procuraduría del Nuevo Reino que se le hubiera confiado en atención
a sus capacidades y aprovechando, precisamente, el viaje que
hubiera decidido llevar adelante
|pro domo sua.
Mas séase por lo uno o por lo otro, o séase por los dos empeños
juntos, el hecho positivo es que en el año de 1653 viajó nuestro
amigo genealogista, por la tercera vez, a su nativa tierra.
Cómo realizara el viajero sus gestiones, no lo sabemos; tal vez
sacara avante sus empeños de Procurador y posiblemente fracasara en
lo de la Contaduría, como que no se tiene noticia de que hubiera
regresado con tal empleo. Sabemos sí, como dato curioso que no
puede remitirse a duda ya que el mismo Ocáriz lo refiere, que
aprovechó esta última peregrinación a la metrópoli para cumplir con
un anhelo muy suyo y muy de acuerdo con su carácter, cual fue el de
hacerse inscribir en clase de hijodalgo en los libros concejiles de
Villacezino, lugarejo enclavado en las montañas de León, patria de
sus antecesores paternos y donde se custodiaba el padrón de nobleza
de sus mayores. Y tomó carta de vecindad en la dicha población, y
fue honrado por el Concejo con el tíulo de Alcalde de la Hermandad
de Hijodalgos, todo lo cual aparece por testimonios fehacientes
tramitados en dicho lugar en el año de 1654.
Cumplida su misión, tomó el indiano a Santafé en fecha que
desconocemos, pero que no sería muy prolongada porque ya para el
año de 1656 se le encontraba en esta ciudad garabateando rúbricas y
dando fe en los expedientes chancillerescos.
Curiosa y matizada vida de empleómano esta que llevaba el buen
Escribano, lo cual decimos así por los otros tan variados oficios
que le hemos visto desempeñar, como también por otras actividades a
cual más diversas que ejerciera, según su propio dicho, como la de
Tesorero Real, que suponemos desempeñaría en forma de interinario
en alguna ocasión accidental, o como aquella de Alcalde ordinario
de Santafé en 1666. Pero, ¡maravíllese cualquiera! Ocáriz fue nada
menos que Capitán de infantería en la jornada contra los indios
chocoes que debiera acaudillar el Presidente, Gobernador y Capitán
General de Panamá, don Juan Bitrián de Viamonte o Beaumont, cargo
que nos hace imaginar al bueno de don Juan Flórez abandonando las
sosegadas faenas de pacífico Escribano para irse a combatir a las
soledades chocoanas y armado de punta en blanco contra aquellos
gandules enemigos del gobierno de Su Majestad. Mas,
tranquilicémonos, que no hubo tal lance. El Escribano realmente
recibió tan inusitado nombramiento en el año de 1650, mas él
resultó para ejercido
|in partibus infidelium, como que por
la muerte del señor Presidente y Gobernador y Capitán General, la
jornada no tuvo efecto, y así el feroche Capitán quedóse en casita,
quito de aparatos bélicos para los cuales, seguramente, no estaba
aparejado.
Los datos que hemos traído a colación parecen ya suficientes
para darnos idea de lo que constituyó la vida material de don Juan
Flórez de Ocáriz. Pasemos ahora al capítulo relativo a su vida
espiritual, que es el más importante y el que motiva,
principalmente, este discurso.
Flórez de Ocáriz no militó en aquel tan generalizado escalafón
de personajes que vegetaron en los siglos coloniales conformándose
con ganar el cuotidiano sustento y más, si ello era posible: oír la
misa diaria; chismografiar en las ingenuas tertulias vespertinas;
tomar chocolate arandelado con las famosas colaciones monjiles;
dormir las siestas y rezar el rosario antes de entregarse al
tranquilo dormir. ¡Nó! ¡Muy al contrario! Su carácter inquieto e
investigador, su pasión por la ciencia genealógica, su vocación
hacia los estudios serios, hiciéronle salir de la plomada para
llevarle al campo literario, donde alternó airosamente con los más
claros ingenios de su tiempo. Eranse años de buenos sembradores y
de óptimos cosecheros, como que en esa edad resplandecieron un
Fernández de Piedrahita, un fray Alonso de Zamora, un Andrés de San
Nicolás, mencionando solamente a los que oficiaban en el ara
historial, género predilecto de nuestro amigo el Escribano.
Fruto fundamental y precioso y singular de su privilegiado
cerebro, fue el tratado de las
|Genealogías del Nuevo Reino de
Granada, obra que constituye el espejo fiel de su carácter, el
reflejo feliz de su vocación, y cuyas primeras páginas, según
nuestro sentir, iniciara hacia la época en que obtuvo el tranquilo
y sosegado pasar de la Escribanía de nuestra Real Audiencia. Sin
perjuicio, desde luego, de que en años anteriores, dada su afición
por esta clase de disciplinas, la hubiera ideado y hubiera tomado
apuntes y datos enderezados a la futura realización de esa noble
idea.
¡Y cuán rico venero surgía ante la avidez del paciente
escudriñador! Nada menos que el riquísimo archivo que se custodiaba
en los anaqueles de la Real Audiencia... Allí las probanzas de
servicios de los conquistadores de la tierra, allí los libros del
Real Acuerdo con sus providencias administrativas, y las actas de
posesión de los gobernantes y de los empleados civiles; allí los
nombramientos y las relaciones de méritos tan en boga en aquel
entonces; las capitulaciones para las conquistas y las
gobernaciones de las provincias y territorios del Nuevo Reino; los
asuntos eclesiásticos que en virtud del Patronato pasaban por el
tamiz de la Real Chancillería; las visitas oficiales que se
practicaban periódicamente a gobernadores y corregidores, las
residencias y, en fin, todo aquel tan precioso acervo documental
que vivía su despierto sueño bajo el ojo y llave del insigne
Escribano, cuyas funciones equivalían, sencillamente, a las de
Secretario del Supremo Tribunal Administrativo de este Nuevo
Reino.
Demás de este jugoso venero, pudo disfrutar nuestro genealogista
de los archivos arquidiocesanos, y, con mayores veras, de los del
ilustre Cabildo de esta noble y leal ciudad de Santafé, al cual
debió tener amplio acceso, dada su privilegiada posición en los
altos estrados oficiales.
De otro lado, y tomando en cuenta las influencias y prestigios
de que disfrutaba en el mundo oficial, no le sería difícil obtener
de muchos de los jefes de familia las Ejecutorias de Nobleza tan
socorridas y tan generalizadas en aquellos tiempos, y cuyos
miniados capítulos le procuraban datos invaluables para poder
llevar adelante sus frondosos árboles genealógicos en las ramas
ascendentes a que fue tan aficionada y en que fue tan minuciosa su
penetrante pluma.
Y como si todo este robusto arsenal no fuera suficiente, el
concienzudo, el particularísimo tratadista, apeló a otras fuentes
que consideraba indispensables para respaldar y acendrar su labor.
Aludimos a los libros impresos que logró procurarse dominado por su
empeño de agotar la materia y que, a no dudarlo, adquiriría en sus
viajes a España, especialmente en aquel último que realizara en el
año de 1653.
¡Y qué monumento de biblioteca! Allí Pedro de Gracia Dei, el
famoso cronista de los Reyes Católicos que escribió y que publicó
en 1489 el
|Blasón General tan conocido y celebrado; allí el
exquisito libro en octavas de don Luis Zapata de Cárdenas,
intitulado el
|De Carlo Famoso, venido a la luz en 1566; y es
otro tan estimado de Gonzalo Argote de Molina, que trata sobre la
esclarecida nobleza de Andalucía, y que se dio a las prensas en el
año de 1588; y el no menos peregrino de Esteban de Garibay,
publicado en 1571 bajo el rubro de
|Los cuarenta libros de las
Crónicas y Universal Historia de todos los Reinos de España; y
los
|Nobiliarios de don Alonso López de Haro, y los
|Cronicones del Rey don Alfonso y Gerónimo de Quintana y
Fernández de Mendoza y muchos otros más y más tratados históricos,
heráldicos y genealógicos que nuestro virtuoso amigo cita a
conciencia y a cada paso en los copiosos escolios que bordean los
márgenes de sus
|Genealogías...
La mera enunciación de los títulos y autores, de estas obras,
que citamos entre las muchas que consultó Flórez de Ocáriz, nos
revelan no tan sólo su erudición, pero también su sed de agotar la
materia, y también su apasionada solicitud en tan áridos estudios
y, más que todo, su paciencia ejemplar de colector, como que la
mayor parte de esas obras estaban agotadas hacía tiempo en las
librerías, y muchas de ellas éranse de exquisita rareza, con lo
cual debió de serle forzoso rebuscarlas aquí y allí, en las
librerías de viejo, en los mercados de lance o en poder de
particulares, realizando insuperables diligencias y pagando, en
muchos casos; altos precios por algún codiciado ejemplar.
Una obra escrita sobre fundamentos tan valiosos, así por la
abundancia en los materiales como por el valor y la fehaciencia de
ellos, y escrita por quien sabía en dónde le apretaba el zapato,
podrá ser, si se quiere (y como algunos lo han juzgado,
inconscientemente), obra de escasa utilidad; pero a todo turbio
correr hay que convenir en que, ante todo, es una obra muy
autorizada; no infalible, no perfecta desde luego, pero de un valor
incomparable en su género.
En 1662 parece que el trabajo iba muy adelantado, como lo parece
también que para esa época atravesaba el autor un período de
desaliento, una crisis de desánimo que colocaba su empresa
literaria en el peligro de paralizarse. ¿Desánimo, preguntamos, al
considerar lo arduo y difícil de la labor emprendida? ¿O desaliento
tal vez, al pensar que sus esfuerzos pudieran quedarse baldíos
debido a las dificultades que entreviera para la publicación de
aquellos copiosos volúmenes cuyo elevado costo de imprenta no
encontraba el autor cómo sufragar?