Epílogo
Los ausentes
La supervivencia de las murallas de Cartagena es un milagro. En
Europa y América se cuentan, con los dedos de una mano, los
ejemplares completos de la época de la fortificación abaluartada.
Durante el siglo XIX, cortinas, baluartes y hasta fuertes enteros
se inclinaron impotentes ante la pica del progreso, tanto en las
grandes capitales como en las plazas menores del mundo entero.
Baste recordar las mutilaciones perpetradas en París por el bacón
de Haussmann para enrumbar los grandes bulevares. Barbarie
también consentida, sin que nadie se inmute, en Milán, Barcelona,
Viena, Cádiz, San Juan, La Habana y hasta en Cartagena de Levante,
para no enumerar sino unas cuantas.
Las murallas se mantuvieron en pie, total o parcialmente, solo
cuando, durante el siglo pasado, la prosperidad es esquiva.
Cartagena corrió esa suerte. Lisiada por el atroz sitio de Morillo,
pierde su primacía en el Caribe y no se recupera, urbana y
demográficamente, hasta el Centenario. No hay pues, incentivo para
liquidar el cinturón de piedra en una ciudad que, durante largos
años, fue menos de lo que había sido. Mas aun, gracias a lo
obsoleto de los elementos bélicos que salían a relucir en nuestras
guerras civiles, Cartagena se mantiene, anacrónicamente, como plaza
fuerte y detrás de sus murallas resiste con éxito, todavía en 1885,
el sitio de Agitan Obeso.
Sin que el progreso sea del todo culpable, sirve de excusa para,
en los albores del siglo XX, demoler la odiada tapia del arsenal, a
todo lo largo de la bahía de las Ánimas, infernal herramienta del
Resguardo que contaba con pocos amigos en Getsemani. Demolida esta
muralla, sobran los baluartes. Estos ceden, ya víctimas de la
modernidad porque no hay mejor lugar para el nuevo mercado publico
de 1904 que la esquina de Barahona. Aquella obra constituía una
necesidad apremiante para una ciudad que despertaba y resentía,
entre el fango, las toldas malolientes de las vivanderas, frente a
la puerta del Puente. Tan apremiante, por lo menos, como el Centro
de Convenciones, aposentado hoy en el mismo cotizado lote del
antiguo mercado.
Veinte años antes, a partir de 1883, se demuele el revellín y se
rectifica y rellena la calzada de la Media Luna. La Batería y parte
de los baluartes adyacentes se derriban hacia 1893. Al fin y al
cabo, habían sido ideados. . . para impedir el paso, y ahora lo que
se desea es favorecerlo. Otros boquetes, abiertos en estratégicos
sectores de las cortinas, siguen el ejemplo de la Media Luna y,
para 1910, Cartagena se desahoga por cinco nuevas surtidas que
hubiesen hecho palidecer a Arévalo. Una de ellas, la que desemboca
en el puente Román, arrastro consigo el terraplén y la
contramuralla hasta el baluarte de San José. No queda sino la
desnuda tapia de la escarpa, especie de Muro de las Lamentaciones
de los derribos centenaristas.
Hasta aquí todo se desarrolla con el beneplácito ciudadano y en
la ignorancia universal -nadie llora aun la parcial desaparición de
los "muros heroicos". El general Francisco Burgos
Rubio, jefe militar de la plaza y comandante del batallón Sucre
acantonado en Cartagena, derriba, en un arranque de patriótica
inspiración (19l0-11), el lienzo de cortina entre San Ignacio y San
Francisco Javier y emplea los sillares para erigir el muy aplaudido
Monumento a la Bandera que hasta hace poco desfiguraba una esquina
de la plaza de San Pedro Claver. La zona de demolición, mojada aun
por la bahía de las Ánimas, se habilita, robándole algo al mar con
los escombros del terraplén, como plaza de armas para la calistenia
del batallón acuartelado, por entonces, en lo que fuera el edificio
del hospital de San Juan de Dios.
Así como la presión foránea da impulso a las fortificaciones de
la Cartagena colonial, ahora eventos externos propician su
derrumbe. En 1914 se inaugura el canal de Panamá y todos los
puertos circunvecinos se apresuran a almidonar sus galas
domingueras para colgarse a la ruta que revoluciona la navegación
en dos océanos. Cartagena, que estrena energías luego de un siglo
de marasmo, recuerda como antaño ella habla sido la gran
beneficiaria de la Feria del Istmo. Solo que el moderno trafico
requiere terminales bien equipados y, sobre todo, puertos salubres;
la ciudad reprueba ambos exámenes. Como terminal, hace ya varios
lustros que no compite con Barranquilla, y la insalubridad sigue
siendo, como en los tiempos de Vernon, su arma secreta contra
marinos nórdicos.
Pero no todo esta perdido. El gobierno nacional, consciente de
la importancia que ahora va a adquirir el comercio por el Pacifico,
contrata, en 1914, a la firma inglesa G. Pearson and Son. Ltd. para
sanear a Buenaventura. Cartagena se agita y obtiene que dos
ingenieros de la docta misión se trasladen la ciudad. Entre sus
numerosas recomendaciones esta la de completar la desecación de la
Matuna y la de demoler las cortinas y baluartes adyacentes.
Razonaban, dueños de una clarividente bola de cristal, que sólo así
podía nacer una moderna Cartagena extramuros y drenar los palúdicos
lodazales cuyas miasmas, unidas a infectos parajes y rincones
aledaños a las murallas, tanto contribuían a la insalubridad del
puerto. Las sugerencias de la Pearson se transmutan en patente de
corso para los que se sentían constreñidos por ' 'el corralito de
piedra' , e identificaban el relativo atraso de Cartagena con el
cinturón que la ceñía.
Como la ciudadanía en general compartía, casi que unánimemente,
la opinión de los ingenieros ingleses, el informe cayo sobre
terreno abonado. Con la excusa del trafico urbano, se abren unos
boquetes en la muralla que dejan aislado el baluarte de San Pedro
Apóstol. Se le respeta pero solo el tiempo suficiente para
celebrar, en 1916, el centenario de los Mártires de Cartagena que
-en realidad no se conoce el sitio exacto- según la tradición
habían caído fusilados, en aras de la libertad, al pie de sus
muros. El proceso de demolición continua inexorable hacia el
baluarte de San Pablo bajo sucesivos y complacientes alcaldes,
acelerándose durante la administración de don Alejandro Amador y
Cortes, nieto de próceres (1918). Ya en 1919, el derrumbe ha
avanzado hasta el baluarte de San Andrés y no falta el áulico del
jefe político de turno que explote la cantera, primero furtivamente
y luego a la luz del día con contrato en regla, y venda piedra
labrada, con doscientos años de pedigrí para las suntuosas
mansiones de Manga y el Cabrero.
Llegado 1925, la cortina entre la puerta del Puente y San Pedro
Mártir ha dejado de existir. Unos años antes, refiriéndose a la
desaparición progresiva,aquí y allí de cortinas y baluartes, un
benemérito socio de numero de la Academia de Historia de Cartagena
consigna en el Boletín Historial, órgano de la misma: ' , [. . . ]
apenas es posible apreciar hoy las ventajas que cada uno de esos
derribos [. . . ] ha proporcionado a la ciudad' '. Pero ya la marea
comienza a descender, se oyen voces de alarma dentro y fuera de
Cartagena. Los tiempos cambian; la Primera Guerra Mundial destruye
el mito del progreso Sacrosanto y estimula la nostalgia por el
pasado. La visita del presidente Marco Fidel Suárez y su comitiva,
en 1919, contribuye a que la nación, dueña teórica de fuertes y
murallas, se acuerde en el presupuesto de esos parientes expósitos.
Aunque todavía algunos influyentes cartageneros proponen mas
demoliciones, el clamor nacional y el cariño que, mal que bien, uno
"le tiene a sus zapatos viejos" neutralizan
nuevas depredaciones.
Lo del presupuesto tenia (y tiene) su importancia, porque
mientras Cartagena cargaba con el fardo de un patrimonio nacional
que, en su parroquial discurrir, la limitaba, nadie la asistía en
la incesante labor de combatir la acción tenaz del sol, el agua, el
tumbapared y el tiempo. El general Joaquín Posada Gutiérrez
consigna en sus Memorias que al solicitar alguna vez del Congreso
una asignación para el cuidado de los"muros
heroicos", un honorable del interior lo interpelo
señalándole que mejor sería para el erario su demolición completa.
Ágil parlamentario, el general replico que le parecía bien pero que
se le indicara a donde debían ser trasladados los escombros.
No sabemos si algún jugoso auxilio resultó, en el siglo pasado,
de este intercambio,pero sirve para subrayar que el desinterés por
salvaguardar nuestra herencia castrense no era exactamente una
exclusividad cartagenera.
A partir de 1928, la corriente de opinión que ya se preocupaba
por conservarse congrega alrededor de la Sociedad de Mejoras
Públicas de Cartagena. Desde entonces, la nostalgia, el turismo y
basta la estética han sido sus aliados para aglutinar la acción del
Estado y la de los cartageneros en preservar y restaurar el milagro
de una ciudad amurallada. Esta es, sin embargo, una tarea
inconclusa. Nada puede hacerse por los desaparecidos pero por los
apenas lisiados como el Ángel San Rafael, las baterías de
Tierrabomba, o el mismo San Felipe, urge un ultimo y decisivo
esfuerzo. Cartagena de Indias, plaza fuerte única en América, lo
merece.