Las Fortificaciones de la Plaza
En las bahías se libraba el primer episodio de un drama que los
ingenieros de Cartagena imaginaron siempre como una pieza en dos
actos. La victoria naval no significaba necesariamente la rendición
de la ciudad. No hay mejor prueba que la inscripción del mausoleo
de Edward Vernon en la abadía de Westminster: . . . sometió a
Chagras, y en Cartagena, conquisto hasta don de la fuerza naval
podía obtener la victoria. El piadoso sobrino del almirante, autor
del epitafio, se lava las manos ante el descalabro del brigadier
general Thomas Wentworth, comandante de las fuerzas terrestres,
quien se estrella contra la plaza fuerte.
Esa plaza fuerte la componían fundamentalmente las cortinas y
baluartes de Cartagena y como obra avanzada, el castillo de San
Felipe de Barajas. Hacia fines del siglo XVIII, consecuente con las
teorías en boga sobre la horizontalización de las defensas y con
sus propias inclinaciones, Antonio de Arévalo hizo construir
algunas baterías sobre las vías de acceso a la ciudad, de las que
no quedan vestigios. En dirección de la avenida de la Cruz Grande,
instalo las baterías de Mas en Marbella y de la Quinta de Crespo
casi al extremo norte de la pista del aeropuerto. Erigió además el
hornabeque de Palo Alto, a medio camino hacia la Boquilla, a
orillas de un caño que entonces comunicaba la ciénaga de la Virgen
con el mar abierto. También construyo, contiguas al convento de la
Popa, tres baterías para dominar ese valle crucial que encaraba San
Felipe y que nunca estuvo muy lejos de sus preocupaciones.
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Fig.18. Baluartes de Cartagena de
Indias. Las zonas punteadas corresponden a los tramos de muralla
desaparecidos.
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Pero lo esencial era la plaza "real", sus
baluartes y cortinas, (fig.18), y el cerro de San Lázaro, incomodo
padrastro donde se hizo y deshizo la suerte militar de Cartagena.
Serla muy largo y repetitivo contar la historia de cada baluarte y
cada tramo de cortina. Baste decir que la sola muralla de la Marina
fue, parcial o totalmente, desbaratada no menos de media docena de
veces por las olas embravecidas y otras tantas veces reconstruida.
Existen, sin embargo, algunos baluartes que, por su importancia
para la protección del recinto, merecen una biografía.
De la misión de Bautista Antonelli en 1586, provocada por la
urgencia de atender a la defensa del imperio, gravemente minado por
la actividad corsaria,resulta para Cartagena el diseño de un
recinto amurallado, correcto y practico, que se ajusta
disciplinadamente a las circunstancias topográficas. Ese proyecto
sirvió casi trazo por trazo, excepción hecha de una hacia el
Cabrero, a fin de estrechar el frente de tierra, para planear las
construcciones y refuerzos alrededor de Calamarí, asiento de la
primitiva Cartagena, hasta 1810 (fig.19).
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Fig. 19. Plano de Cartagena y sus
fortificaciones enviado al Consejo de Indias por el gobernador don
Pedro de Acuña en 1597. La planta incluye ya la extensión del
recinto de Calamari en dirección del Cabrero, un poco mas allá de
lo previsto por Bautista Antonelli. El arrabal de Getsemani sigue
desocupado aunque se observan, a orillas de la bahía de las,
ánimas, las bodegas del Arsenal; desde allí se aprovisionaba a Los
Galeones.
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El baluarte de Santodomingo
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Baluarte de Santodomingo. Aquí se
inició la construcción de las murallas de Cartagena a principios
del siglo XVII. El baluarte protegía el acceso a la ciudad desde la
península de Bocagrande por donde penetró Francis Drake en
Cartagena antes de que se construyeran sus murallas. A la derecha,
en el primer plano, está el baluarte de Santiago con el que cruzaba
fuegos para cubrir la cortina adyacente. (Foto de Elena
Mogollón).
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Es en el baluarte de Santodomingo, hacia 1602, donde el esquema
de Antonelli comienza a plasmarse y es Cristóbal de Roda, su
sobrino e ingeniero como el, el primero de esa pléyade de hombres
de armas que nunca faltaron en Cartagena hasta la independencia y
cuyo aliento, inteligencia y conocimientos se aunaron a la piedra,
al terreno y al mar para hacer de Cartagena de Indias un bastión
casi impenetrable. Roda decide cimentar el primero de los grandes
baluartes sobre la avenida por don de se habla colado Francis
Drake. Aun estaba fresco el infortunio de 1586 cuando el corsario
-somete, gracias en parte a su abrumadora superioridad numérica, la
débil resistencia cartagenera. La ciudad no tenla aun entonces
reductos de piedra y sus pocos defensores, apostados en una
trinchera apresuradamente dispuesta en el estrecho istmo que
separaba Bocagrande de la ciudad, justo por donde pasa hoy la
avenida Santander, nada pudieron hacer frente al invasor.
Del episodio queda un curioso documento en latín, firmado por el
|Draque, don de acusaba recibo del sustancial rescate
arrancado a las autoridades refugiadas en Turbaco y, unos años mas
tarde, la decisión de cerrar la avenida de Bocagrande con el
baluarte de Santodomingo o San Felipe, cuyas culebrinas abrían de
cubrir el istmo de tan ingrata recordación. San Felipe fue modelo
de las proporciones regladas por la Escuela Italiana de
fortificación. En su cuello o gola se abrían, a ras de piso, las
plazas bajas para Cañones que debían flanquear las cortinas de
ambos lados, cruzando fuegos, a derecha e izquierda, con los
pequeños baluartes vecinos de Santiago y la Cruz (fig. 20). A
principios del siglo XVIIL durante las sustanciales reformas y
reconstrucciones del ingeniero Juan de Herrera y Sotomayor,
desaparecieron las plazas bajas, pero subsisten, a ambos lados de
la rampa, las bóvedas que les servían de acceso, también quedan,
veinte metros a la izquierda en la contramuralla, los testigos del
dintel de la tapiada puerta de San Felipe. Don Juan de Herrera la
traslado a sitio mas seguro en el flanco opuesto del baluarte, por
donde todavía se puede transitar tranquilamente. De esa misma época
deben datar los ingeniosos canalillos que llevan las aguas, desde
los mas apartados resquicios del baluarte, al aljibe publico cuyo
brocal nos recuerda que hasta hace no muchos años Cartagena fue una
ciudad sin agua corriente. Herrera, hijo barroco de su tiempo,
añadió el gariton que corona el ángulo capital del baluarte,
apuntándole al mar.
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Fig. 20. La mural la de la Marina.
Incluye el sector de las bóvedas con el que se termina, en 1796, el
cerramiento de Cartagena.
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Mucho antes de Juan de Herrera, el baluarte había sido
rebautizado con el nombre de Santa María, pero al fin de cuentas ni
San Felipe, ni Santa María, hicieron carrera. El vulgo termino por
llamarlo, como a la puerta contigua, Santodomingo, por el Convento
vecino que desde el siglo XVI presto su nombre a la toponimia de
ese rincón de Cartagena.
Los baluartes de Santa Catalina y San Lucas
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Baluartes de Santa Catalina y de San
Lucas. Su función era taponar la estrecha franja de tierra que unía
a Cartagena con el Cabrero (avenida de la Cruz Grande). Para
facilitar la defensa, se les situó en el punto mas angosto entre la
Ciénaga y el mar a pesar de que as! se ampliaba el recinto
amurallado bastante mas allá de 10 necesario para albergar la
población. (Foto de Elena Mogollón).
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A pesar de la actividad de Roda, en esos primeros años del siglo
XVII, el cerco de Cartagena no adelantaba con gran celeridad. En el
trasiego de juntas y cédulas reales eran muchas las dilaciones y
parte de lo ya edificado se desmoronaba; lo construido inicialmente
con tierra y estacas había sido fácil presa de las olas en casi
todo el cerramiento que encaraba al mar.
La situación cambia radicalmente con el nombramiento del
gobernador Diego de Acuña, quien al poco tiempo de llegado a la
ciudad (1614) redactó este "Ynforme" para el rey
Felipe III:
"
|El día de Nuestra señora 8
|de septiembre con
toda solemnidad que se acostumbra en semejantes fortificaciones
como en las que yo me he allado, abiertos los cimientos y por manos
de un Sacerdote de la Orden de Santo Domingo tenido por gran sierbo
de Dios, asistiendo el Dean y Cabildo desta Sancta Iglessia con
todos los Sacerdotes y Eclesiasticos y el pueblo se pusso la
primera piedra poniendo en la Caxa della uno medalla de oro con la
efixie de VuestraMajestad con monedas de todas las suertes y una
lamina con el mes y el ano y demás memorias que conserban la
antigüedad de semejantes Fortalezas... For la Yndustria
del capitán Xpoval de Roda, Yngeniero"
El que Acuña sea uno de nuestros precursores en materia de
primeras piedras, no le resta importancia a su diligencia edilicia
militar y civil; su impulso es definitivo para la consolidación de
Cartagena.
El gobernador construye en piedra y confía en su recién llegado
ingeniero, da luz verde a Santa Catalina y San Lucas que, por el
noreste de la ciudad, eran tan vitales como Santodomingo por
Bocagrande. Estos baluartes se encargaban de impedir el acceso
enemigo por la peligrosa avenida de Cruz Grande, lo que hoy
llamaríamos el Cabrero, Marbella y Crespo hasta la Boquilla.
Cristóbal de Roda, siempre siguiendo la traza de su tío Antonelli,
pero acomodándose mejor al terreno, avanza los baluartes en
dirección de la Boquilla, dejando tras ellos los terrenos baldíos
que habían de conformar la huerta del convento de San Diego y
paliar no poco, con sus frutos y la abundancia de
jagüeyes, los rigores de los sitios a que sería sometida
la ciudad.
Los primitivos baluartes de Santa Catalina y San Lucas, el
primero contra el mar y el segundo sobre el caño de Juan Angola,
flanqueaban desde sus plazas bajas, como Santodomingo, la cortina
que cerraba el recinto y que abrigaba en su centro la puerta de
Santa Catalina. Impecables en su diseño, emanaban de ideas
italianas de abaluartamiento, ya algo pasadas de moda, y provocaron
una querella entre el nuevo gobernador de Cartagena (1629),
Francisco de Murga, quien venía de Flandes con el concepto de
extender la fortificación, oponiendo fosos y revellines avanzados
para dificultar la aproximación del enemigo, y don Cristóbal, con
casi treinta fructíferos años de servicios en Cartagena. El gran
ingeniero muere en 1631, anciano y achacoso, y quizá
desprestigiado, pero deja una ciudad distinta de la que encontró,
prácticamente en estado de indefensión en los albores del siglo y
que ahora, detrás de sus murallas, va a gozar de años de paz y
prosperidad, a pesar de formar parte de un imperio declinante.
Terminados en 1638, San Lucas y sobre todo Santa Catalina,
sufrirán mucho por los embates del mar y por las voladuras de los
franceses del barón De Pointis. La reconstrucción en 1719, como la
de todas las averiadas defensas de Cartagena, correrá a cargo del
incansable y competente Juan de Herrera y Sotomayor. Igual que en
Santodomingo, desaparecen las plazas bajas y se reubica la puerta
al otro lado del baluarte de San Lucas en su emplazamiento actual.
Se reparan, además, los aljibes públicos y sus canales colectores y
se le roba al mar, construyendo espolones con cajones de madera
rellenos con piedras, una pequeña playa que proteja el baluarte de
Santa Catalina de los temporales y que será la antecesora del
terreno rescatado de las olas, por donde hoy pasa la avenida
Santander (fig.21).
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Fig.21. Baluartes de San Lucas y
Santa Catalina. A la derecha de ellos, el Espigón, que desde 1779
impide el acceso a la playa creada por Antonio de Arévalo para
proteger de las olas la muralla de la Marina.
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Cuarenta años mas tarde, Antonio de Arévalo, cansado de ver los
Nortes destruir por tramos la muralla de la Marina, a todo lo largo
de la moderna avenida, encuentra la solución definitiva, En efecto,
la crónica colonial cartagenera registra numerosas y violentas
tempestades que arrasaron una parte de la muralla e inundaron la
ciudad causando estragos en comercios y conventos. Arévalo les pone
coto (1765-1771), después de un sesudo análisis sobre la acción de
las olas en el sector, construyendo una escollera paralela a la
muralla para sedimentar las arenas. Este estudio, que aun hoy nos
deja asombrados, recoge las enseñanzas de las precursoras ideas de
Herrera y antecede, por su diseño y su éxito, los espolones
modernos que en nuestros días defienden casi todas las playas de
Cartagena desde Marbella hasta Bocagrande.
Tan rápidamente se crea la playa, cuando Arévalo es víctima de
su propio invento. En 1779 se ye obligado a proyectar un espigón,
mal conocido como la Tenaza, para cerrar el paso al enemigo, que
bien podía intentar una sorpresa aprovechando la amplia faja de
arena que ahora separaba del mar a Santa Catalina.
Perfeccionando más tarde con aspilleras y banquetas paramos
queteria, parapetos y fosos internos, el espigón de Arévalo se une
al baluarte por una galería para el fácil y seguro movimiento de
las tropas.
El baluarte de San Ignacio
Los Cañones de San Ignacio apuntan hacia la bahía de las Ánimas,
la misma que hoy acoge el tráfico de cabotaje y que entonces, antes
de los rellenos recientes, se extendía por todo el playón entre la
avenida Santander y las cortinas de la ciudad Por allí navegaban,
obligadamente, las pequeñas embarcaciones que servían de puente
entre los galeones surtos en el fondeadero, allá frente al Club de
Pesca y la base naval, y el muelle de la Contaduría, muy cerca del
actual despacho del alcalde mayor (fig.22). Su misión era
desestimular cualquier intento contra el muelle o contra las
riberas del arrabal de Getsemani y cooperar en el cubrimiento de
Bocagrande.
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Fig. 22. Muelle de la Contaduría.
Allí atracaban las embarcaciones menores que llevaban y traían
pasajeros y mercancías a los galeones surtos en el surgidero. La
entrada obligada a la ciudad era por la puerta de la Contaduría, en
los bajos de la Aduana (actual alcaldía), para facilitar el cobro
de derechos. Se observa la estacada con que se vedaba el acceso al
muelle en caso de necesidad. Una igual existía en la otra boca del
caño de San Anastasio, por el costado de Chambacú.
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San Ignacio, llamado originalmente baluarte de los Moros, debió
de quedar terminado hacia 1630. La obra de Cristóbal de Roda habría
de soportar, sin embargo, mas de un sinsabor jurídico, en esta
primera y agitada etapa de su existencia castrense. En efecto,
sobre la cortina contigua, y previas las autorizaciones de rigor,
la Compañía de Jesús construye su claustro y colegio en el sitio
mismo que aun ocupan. La anexión religiosa de una construcción
militar sobre el' 'frente de plaza' , que, además, se perfora con
dos pequeñas pero peligrosas surtidas o puertas, provoca una de
esas largas y estériles disputas que hacían quizá mas llevadera la
casi inmutable tranquilidad colonial. Y es así como, por mas de
treinta años, los ingenieros militares pugnan por desalojar a los
jesuitas, obteniendo inclusive una orden de demolición, y estos se
defienden con acciones dilatorias, alegando falta de recursos para
mudarse a otra parte.
Al fin, y tras mucho va y viene de engolillados expedientes, la
Corona transige salomónicamente y ordena construir, por cuenta de
los jesuitas, una nueva cortina, unos metros mas adelante, dejando
entre la mas reciente y la vieja edificación el espacio
reglamentario para el paso de ronda. Se ha perdido,
desafortunadamente, entre los baluartes de San Ignacio y San
Francisco Javier, un tramo de esta muralla, pero desde la parte
superior, convenientemente restaurada, se puede observar la antigua
fortificación, asiento del claustro jesuita, con la huella de las
surtidas y el espacio de la calle de ronda.
Avanzada la cortina según lo dispuesto por orden real, fue
también necesario desplazar el San Ignacio. Gracias a Juan de
Herrera y Sotomayor, el baluarte adquirió finalmente, hacia 1730,
su dimensión actual, su gran garitón barroco y su rampa de acceso,
resurgida esta ultima hace unos años en el curso de la restauración
que demolió el estéticamente desacertado Monumento a la Bandera
(fig.23). también de la época de Herrera data, quizá, su nombre
actual, San Ignacio, por la iglesia cercana, hoy de San Pedro
Claver, que formaba parte del establecimiento de la Compañía.
Mejor, por supuesto, el santo de Loyola que unos Moros para
defender a Cartagena, donde estaba ya bien enraizada la tradición
de bautizar fuertes y baluartes con todo el santoral. Las legiones
celestiales eran ciertamente bienvenidas en caso de apuro.
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Fig. 23. Baluartes de San Ignacio.
San Francisco Javier
|y Santiago. El tramo de cortina entre
los dos primeros no existe hoy.
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El arrabal de Getsemaní
En las postrimerías del siglo XVI, Cartagena comienza a
desprenderse de su aspecto de caserío en bahareque para adquirir el
mas respetable de su pueblo en mampostería. Ocupaba todavía, sin
embargo, sólo una parte de Calamari, la isla que la vio nacer,
extendiéndose apenas hasta la plaza de los Jagüeyes (hoy
Fernández de Madrid).
En la vecina isla de Getsemani o Gimani, a la que se unía por un
endeble puente de madera, no existían mas construcciones que un
modesto convento de San Francisco y la carnicería. El primitivo
viaducto, "una puente levadiza mas porque no huyan los
amigos que no por miedo a los enemigos" como diría un
visitante avergonzado por la capitulación ante Drake, se prolongaba
en trocha por entre la vegetación de Gimani y seguía hasta Tierra
Firme, en las inmediaciones del cerro de San Lázaro. Este último no
pasaba de ser, por el momento, un mero accidente geográfico, una de
tantas colinas que formaban parte del sistema de la Popa, sin
ninguna importancia urbana o militar.
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Fig. 24. Traza de la calzada y
batería de la Media Luna, Circa 1631. Esta era la única
comunicación de Cartagena con el continente. Al fondo se observa,
aun sin fortificar, el cerro de San Lázaro, que dominaba la puerta
de la Media Luna. Para reforzar la defensa, la calzada contaba con
un revellin, una tenaza y tres fosos.
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Con el despuntar del siglo XVII, Cartagena se extiende. En pocos
años casas y calles cubren a Getsemani, refugio de la gente menor:
artesanos, buhoneros, burócratas de poca monta, pero sin que las
seis o siete mil almas del núcleo urbano rebasen los limites del
Arrabal. Mas allá se entraba en el "arcabuco" o
monte cerrado, aun incipientemente civilizado y dominado desde la
agreste cima de La Popa por el aislado convento de los agustinos
recoletos. Pasaran algunos años antes de que las exigencias del
camino real las romerías de los cartageneros y de la gente de mar
al altar de la milagrosa Virgen de la Candelaria de la Popa, los
tejares y las haciendas de pancoger, desbrocen y civilicen al valle
frente al cerro de San Lázaro. Mientras tanto, casi en sus faldas,
al otro lado del camino real, manos piadosas dotan el hospital de
San Lázaro y la pequeña colonia para exiliar a los leprosos y a sus
familiares. De esta fundación deriva su nombre la adyacente colina,
asiento futuro del San Felipe de Barajas y clave indiscutida de la
seguridad de la plaza.
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Fig. 25. Panorámica de la calzada y
batería de la Media Luna en 1869. Sobre la calzada se aprecia el
revellin. La cruzan tres
|fosos de agua corriente.
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Poblado el Arrabal se hace imperativo defenderlo y Francisco de
Murga ordena, hacia 1631, el cerramiento de Gimani que queda así
incorporado definitivamente al casco urbano. La obra mas importante
de este cerco amurallado es la batería de la Media Luna de San
Antonio (o San Francisco), llave de la comunicación con las
estancias de Tierra Firme que aseguraban los
"bastimentos" de la plaza y los Galeones. La
ciudad recibe hoy a sus visitantes con el pintoresco monumento a
los Zapatos Viejos donde, entonces, la curiosa muralla cóncava de
la Media Luna, fuertemente artillada, batía la calzada de su
nombre, con su revellín y sus tres fosos de "agua
corriente
|" que en cualquier momento permitían
cortar el único acceso a Cartagena desde el continente (fig.24 y
fig.25). además de la Media Luna, desaparecida a fines del siglo
pasado para dar paso a suministros urbanos que ya no cabían por el
estrecho ingreso de una ciudad colonial, el maestre de campo
Francisco de Murga hizo construir por Lucas Báez, su maestro
albañil de confianza, todas las cortinas y baluartes de Getsemani.
Para 1633, el Arrabal quedaba completamente fortificado desde el
baluarte de Barahona que ha cedido su lugar al Centro de
Convenciones, hasta San Miguel de Chambacu (fig.26). De este último
perdura solo la mitad; la otra mitad le fue cercenada para dar vía
al difunto ferrocarril de Calamar. Casi un siglo mas tarde, Juan de
Herrera modernizo el recinto de Getsemani, al que también
contribuyo, después del ataque ingles, Lorenzo de Solís, pero ambos
respetaron en lo esencial el carácter y la traza de lo que les lego
Murga.
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Fig. 26. Murallas del arrabal de
Getsemani. Esta era la primera línea de defensa de la plaza fuerte
e incluía la Media tuna, desaparecida. Su amplio foso húmedo
natural contribuía a la seguridad de Cartagena.
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Donde se levantan los altos edificios de la Matuna, señoreaba,
salpicado de manglares, el Caño de San Anastasio. Para prevenir
sorpresas, sus dos bocas, la de Chambacu y la de la bahía de
Ánimas, se trancaban con sólidas estacadas de madera cada vez que
la plaza se sentía amenazada (fig.18). Se constituía así un
respetable circuito, muy ajustado a las exigencias del arte
militar, que cobijaba las dos islas cartageneras al amparo de
sólidas murallas y al que protegía un amplio y profundo foso húmedo
natural sin mas solución de continuidad que angostos istmos por
Bocagrande y el Cabrero y la bien defendida calzada de la Media
Luna. Cabe anotar que no todos los vecinos de Getsemani miraban con
buenos ojos aquel reconfortante cerco. La alta muralla entre
Barahona y el Reducto (San Lorenzo), pasando por el baluarte de
Santa Isabel, era para ellos, menos un aditamento bélico que un
instrumento fiscal, erigido por la Corona, entre el surgidero y el
muelle de la Contaduría, para poner coto a los pequeños tráficos
con que, ¡oh inveterada tradición!, se defraudaban las
aduanas
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Puerta del Puente y bahía de las
Ánimas. De la puerta del Puente (del Reloj) a la derecha, hoy
rematada por una torrecilla moderna, partía el viaducto que unía
las dos islas cartageneras: Calamari y Getsemani. La explanada
frente a la puerta era una ciénaga, rellenada en época reciente. A
la izquierda arriba esta la bahía de las Ánimas; el cabotaje atraca
hoy en 10 que fuera el muelle de la Cartagena colonial. El Centro
de Convenciones ocupa ahora el sitio del antiguo mercado municipal,
a la izquierda (centro). (Foto de la Corporación Nacional de
Turismo).
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Bien puede decirse que Francisco de Murga ostenta, con justicia,
el titulo de gran constructor de la Cartagena amurallada. El
terminó y consolidó sus cortinas y sembró de fuertes su Bahía
Interior en un despliegue de actividad que no se repetirá con
parecida intensidad por mas de cien años. Al cumplirse, en 1633, el
primer centenario de una fundación ilustre, Cartagena podía darse
por bien servida.
La pujante y próspera ciudad indiana, en poder y riqueza se
inclinaba sólo ante las capitales virreinales del Perú y México y
creta reposar eternamente tranquila a detrás de sus murallas.
Cartagena se equivocaba. Su segundo siglo de existencia coincide
con el lento declinar de España. En Europa, desmembraran poco a
poco las pertenencias de la Casa de Austria, y en América, si bien
el imperio se mantendrá fundamentalmente invicto, sus componentes
se verán expuestos a repetidos insultos. Cartagena, plaza de
guerra. Llave y ante mural del Reino, Caxa de Comercio, y una de
las mas principales para la defensa y conservación de estos
dominios de S. M. no escapara a una dramática constatación en carne
propia, antes de finalizar el siglo.
La furia de los impredecibles Nortes que arrasaran
periódicamente la muralla de la Marina, las jugarretas de las
corrientes de la bahía, los progresos de la artillería y de la
navegación a vela y, sobre todo, la incuria oficial darán al traste
con la ilusión de fortificada inmutabilidad La verdad es que
después de Murga, y con excepción de las enérgicas gobernaciones de
Pedro Zapata de Mendoza fundador de San Felipe de Barajas e
impulsor de San Luis de Bocachica, la consolidación de la Cartagena
castrense sufre un fatal eclipse que culmina en la vergonzosa
rendición de la plaza ante el corsario Jean Bernard Desjeans, barón
de Pointis, en 1697. Durante la segunda mitad del siglo XVII, los
presupuestos para la reparación de fuertes y murallas tienden a
desviarse hacia destinos distintos de piedra sillar, argamasa,
cureñas frescas, y forjas, y las nóminas de los regimientos se
engruesan sin que aparezcan los efectivos que cobran los sueldos.
Cuando en 1697, Sancho Jimeno de Orozco defiende por dos días el
San Luis, con mas valentía que medios, cuenta apenas con quince
soldados profesionales de las 200 plazas pagas previstas en su
guarnición.
La puerta del Reloj
Ciudad isleña, Cartagena debía, recién fundada, saltar por entre
los manglares para llegar al futuro arrabal y desde allí al
continente. Hacia 1540, existía ya una calzada
"massissa" con dos "ojos" para
que, por debajo, discurriera mansamente el Caño de San Anastasio,
hoy enjaulado en la Matuna por dos grandes cañerías subterráneas.
Por el momento no existía puerta; la calzada desembocaba libremente
sobre lo que mas tarde habría de llamarse la plaza de los
Coches.
Sólo cuando se concluye el cerramiento de Calamari hacia 1631,
adquiere Cartagena, como toda plaza real que se respete, una puerta
principal. Era el único ingreso a la ciudad propiamente dicha.
Contra su angosta bóveda descargaba el puente que ya se conocía
como San Francisco, por el convento en Getsemani que poco a poco
bahía ido creciendo, alrededor de la plaza del mismo nombre. No
debía de ser gran cosa esta primitiva puerta del puente, de
significación mas que todo ceremonial. Militarmente, la opacaba la
vital puerta de la Media Luna, mucho mas expuesta y mejor
defendida.
Sólo quizá por un símbolo del orgullo cartagenero, los franceses
destrozaron la puerta del puente. Detrás de ella y una vez ocupado
el arrabal, la resistencia, si así puede llamarse el susto de
gobernantes y gobernados, se redujo a sufrir dos interminables
jornadas bajo el fuego de la artillería enemiga, bien aprovechadas,
para influir en el animo de un gobernador pusilánime, por los
partidarios de izar bandera blanca y salvar parte de sus caudales.
Mientras progresaba, contra San Felipe y la Media Luna, el
profesional ataque de las tropas del Rey Cristianísimo y sus
aliados los "hermanos de la costa" reclutados
entre los bucaneros de Haití, la puerta había servido únicamente
para instalar "guardias dobles [... ] para que no la
desampararan [a Cartagena] del todo los vezinos cuyo horror,
asombro y miedo a las bombas es imponderable".
Hacia 1704, Juan de Herrera repara la brecha dejada por los
franceses y resuelve regalarle a Cartagena una puerta en regla, de
acuerdo con los dictados del Arte. La dota de tres bóvedas a prueba
de bomba, hoy todas abiertas, pero donde originalmente sólo la del
medio servia para el tránsito ciudadano. Las dos laterales estaban
destinadas a cuerpo de guardia y almacén de pertrechos y abrían
exclusivamente hacia la central. Herrera embellece su puerta con la
portada barroca que aun subsiste y la corona con un cuerpo rematado
por un chapitel y una pieza para el alojamiento del reloj de la
ciudad y de la campana de aviso. Aunque consciente de su imitada
significación militar, don Juan cumple estrictamente con lo
señalado por las normas de la escuela Vauhan; la puerta del puente
se situaba equidistante entre dos baluartes: el desaparecido de San
Pedro Apóstol y el de San Juan Bautista, que desde sus flancos
debían protegerla como a uno de los puntos más expuestos de plaza
(fig. 27).
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Fig. 27. La puerta del Puente y los
baluartes y cortinas desaparecidas hasta San Pedro Mártir. El tramo
se derriba para desahogar la ciudad y permitir la expansión de la
urbe moderna a hacia la Matuna.
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Para principios del siglo XVIII, el puente de San Francisco se
bahía encogido y cruzaba con un solo arco una disminuida corriente
de agua. Bajo el resto de la calzada, se bahía sedimentado una
amplia zona, especie de mercado al aire libre que desde Getsemani
parecía la prolongación de la plaza de San Francisco. El puente
era, sin embargo, el único punto de contacto entre el Arrabal y
Calamaari, y hasta este siglo las dos islas continuarán separadas
porcaños y manglares.
Finalmente en 1888 y por mano de don Luis de Jaspe, el remate de
Herrera cedió el paso a ,dos cuerpos octogonales con un nuevo
chapitel y que, conjuntamente con lo anterior del ilustre ingeniero
y el reloj, se ha convertido en la carta de visita de la ciudad
misma. Los cartageneros, por su parte, nunca le han dado al portal
de la plaza de los Coches la importancia de puerta principal; para
ellos era, y es, sólo la Boca, el Puente, aunque el puente se baya
convertido en el paseo de los Mártires y la explanada del Centro de
Convenciones, hasta caer, como en otros tiempos, en la plazoleta de
los teatros Cartagena y Colon, antes iglesias de la Veracruz y de
San Francisco.
Las bóvedas
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Arquería de las Bóvedas. El pórtico
servía de comunicación entre las bóvedas a prueba de bomba con las
que se concluyó en 1798 el cerramiento del recinto amurallado de
Cartagena
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Los tratadistas de la fortificación permanente abaluartada no
concebían el perfeccionamiento de una plaza fuerte sin albergue
adecuado para tropas y abastecimientos. Se comenzaba por resguardar
la pólvora tras gruesos muros y sólidas bóvedas de medio Cañón
"a prueba de bomba". De allí se pasaba a los
almacenes para toda suerte de pertrechos y para los víveres de la
guarnición. Y, finalmente, era necesario proveer al reposo de los
soldados, a su plácido descanso, exento de inquietudes aun en medio
de un ataque.
Aunque en Cartagena existen bóvedas diseminadas en casi todos
los rincones de sus murallas y destinadas, teóricamente, a los
propósitos previstos por los tratadistas, la ciudad careció, hasta
poco antes de la Independencia, de un refugio apropiado para sus
tropas. El regimiento Fijo tuvo que contentarse largos años con la
caserna de la calle del Cuartel, nada idónea para el sueño
reparador bajo un bombardeo. La atención a este último detalle de
la plaza fuerte correspondió a Antonio de Arévalo, quien, desde
1773, había propuesto la construcción de bóvedas a prueba de bomba.
Bien decía, al reflexionar sobre los proyectiles sólidos que
destruían los tejados y sobre las balas explosivas disparadas por
morteros, que "no al medio para evitar su caída, pero si
lo ahí para embarazar su efecto...".
Las veinticuatro bóvedas de Cartagena de Indias comienzan a
construirse en 1789, y para 1795 ya se utilizaban parcialmente como
cuartel (fig. 20). Los cuarenta y siete pórticos exteriores no se
terminan, sin embargo, hasta 1798, fecha del primoroso escudo de
mármol que adorna su portada. Casi dos metros de tierra apisonada
separan las claves de las bóvedas del solado o piso superior,
suficiente para dormir tranquilo, en la confianza de que Arévalo
había"embarazado", el castigo enemigo.
Como contribución activa a la defensa de la plaza, las bóvedas
cubrían la playa adyacente con fuego de mosqueteria desde las
aspilleras que perforan su fachada externa o escarpa. Estas
servían, además, para su ventilación. Y a falta de climatización
artificial, contaban adicionalmente, con el tiro de dos chimeneas
(en los extremos del gran edificio) que distribuían ingeniosamente
el aire a trabes de simétricos pasadizos interbóvedas. Esta
comodidad la aprovecharon muy diversos inquilinos: primero las
guarniciones realistas, patriotas y republicanas, luego algunos
ilustres colombianos, huéspedes contra su voluntad, como Francisco
de Paula Santander, Mariano Ospina Rodríguez y su hermano Pastor, y
recientemente, los destilados de la Industria Licorera de Bolívar,
que durante muchos años completaron allí su añejamiento. Cabe
preguntarse que opinión tendría Arévalo, en su cripta de la
catedral, sobre este último y poco marcial destino.
Es simbólico que Arévalo, sin lugar a dudas el mas grande
ingeniero militar de España en América, sea también quien complete
el cerramiento de Cartagena. En efecto, el sector entre los
baluartes de Santa Catalina y Santa Clara permaneció, desde la
fundación de la ciudad hasta 1796, apenas protegido por una
"estacada sencilla", como quien dice, una simple
cerca de madera. Es posible que lo apartado del paraje y la potente
protección que ofrecían Santa Catalina y San Lucas hubiese
desestimulado el gasto en una cortina terraplenada que, según la
experiencia, tarde o temprano habría de llevarse el mar. Pero es
mas probable que los responsables de las Cajas Reales hayan
considerado injustificadas las expensas para preservar de las
inundaciones a solares baldíos y huertas. Conviene recordar que la
muralla de la Marina protegía a Cartagena no sólo del enemigo a
flote sino también de esas frecuentes tempestades que la dejaban
bajo medio metro de agua.
El teniente general de los ejércitos Antonio de Arévalo muere en
Cartagena el 9 de abril de 1800, a los ochenta y cinco años,
cuarenta y ocho de ellos al servicio ininterrumpido de Cartagena.
La suya es una época de continuos sobresaltos pero también, y
gracias a el en gran parte, es para la ciudad una época de paz.
Después de Vernon, el enfrentamiento colonial hispano-ingles
registra por lo menos media docena de choques ' 'por las llaves de
los dominios españoles en el área del Caribe", pero
ninguno envuelve a Cartagena. La plaza es demasiado fuerte.
Fuerte de San Felipe de Barajas
No habla aun terminado Francisco de Murga el cerramiento del
Arrabal cuando ya señalaba con preocupación la presencia del
padrastro de San Lázaro, "llave de la Puerta de
Tierrafirme", y proponía fortificarlo con un
"bonete". Muy dentro de los conceptos flamencos
de fortificación esposados por Murga, aquello equivalía a avanzar
la fortificación a anteponer un obstáculo mas a los progresos del
enemigo. La Junta de Guerra hace caso omiso de la sugerencia del
gobernador, en parte por considerar que lo ya hecho por el, y era
mucho, bastaba ampliamente para atender a la protección de la
plaza.
En los años siguientes, la propuesta de Murga cobra fuerza. No
se trata ya simplemente de una batería adelantada sino de que los
progresos de la artillería ponen en peligro la seguridad de la
Media Luna, vulnerable al fuego enemigo desde la cima o las faldas
del cerro. Nada se concreta, sin embargo, porque la Corona esta
corta de fondos y tiene demasiados quehaceres en Europa, donde las
cosas andan mal. Pero no hasta negar el dinero y cerrar los ojos
para que la colina y la potencial amenaza del Cañón enemigo sobre
el padrastro se esfumen como por arte de magia. Los gobernadores
insisten. AI fin, por Real Cédula fechada en septiembre 20 de 1647,
se dispone que en lo
". .
|.que toca a la fortificación [. . . ]
|en
la Montañuela de San Lázaro Por la Parte que corresponde a aquel
sitio lo más Dévil y de menos defensa de esa plaza [. . . ]
|Dispondréis que se haga en aquel Cerro un Castillejo o
plataforma ligera donde con cuatro o seis piezas de artillería y
treinta hombres se franqueen las abenidas que tiene el enemigo.
. ".
Solo que decretar no es ejecutar y el fuerte o
"castillo" de San Felipe de Barajas deberá
esperar diez años a que la iniciativa de Don Pedro Zapata de
Mendoza, uno de los mas vigorosos y emprendedores gobernantes de
Cartagena, se conjugue con las amenazas externas que con tanta
frecuencia darán impulso a las obras de defensa. Al efecto, después
de sus sangrientas guerras civiles, la Inglaterra de Cromwell ha
redescubierto su vocación marítima yen desarrollo de lo que la
historia conoce como el Proyecto Occidental, decide apoderarse de
un trozo del Caribe español. El principal esfuerzo ingles, primera
gran operación anfibia transcontinental, precursora de Vernon,
fracasa en Santodomingo pero, como premio de consolación, la armada
captura, en 1655, la mal defendida y poco poblada isla de Jamaica;
los informes de los prisioneros señalan a Cartagena y a La Habana
como los próximos objetivos.
En 1656, los marinos de Cromwell saquean a Riohacha y merodean
agresivos por los mares de Tierra Firme. De esta crisis nace la
implantación definitiva sobre el cerro de San Lázaro en 1657. El
primer San Felipe de Barajas, nombre con el que don Pedro Zapata
quiso honrar a Felipe IV, monarca de turno, y el titulo nobiliario
de sus mayores, los condes de Barajas, no es gran cosa: un
preámbulo apenas de la imponente construcción de hoy. El fuerte
ocupa, como era militarmente deseable, toda la cima del cerro con
una plataforma triangular, inmodificada en su diseño hasta nuestros
días, que a mas de ser económica, se acomoda a las limitaciones
topográficas del paraje. Su exigua dotación montaba ocho Cañones
servidos por veinticinco infantes y cinco artilleros (fig.28).
|
|
fig. 27. La puerta del Puente y los
baluartes y cortinas desaparecidas hasta San Pedro Mártir. El tramo
se derriba para desahogar la ciudad y permitir la expansión de la
urbe moderna a hacia la Matuna.
|
Claro esta que las razones del rey, por absoluto que sea, se
nutren con frecuencia de la opinión publica. Para lo de San Felipe,
consta en el expediente (1694) levantado contra Francisco Vera,
mulato libre, de oficio barbero, que:
". .
|.en tiempo de Don Pedro Zapata por recelo que
se tenía del enemigo,a las once de la noche las cabras del ejido
llegaron al Cerro de San Lázaro y se jusgó que era un exercito y
hubo otro rebato por cuya causa se fundó el castillo de San Felipe
de Barqjas ".
Explicablemente, no fue difícil para don Pedro obtener un
gracioso 'préstamo' , de los vecinos notables para sufragar las
costas de la construcción.
El pequeño fuerte de campaña no sufre modificaciones
significativas hasta un siglo más tarde cuando, en 1762, Antonio de
Arévalo crea el formidable complejo defensivo actual, obra de
ingeniería militar sin par en América. Pero ese gran bastión es
todavía cosa del futuro cuando San Felipe se rinde ante el as alto
francés de 1697. Allí se pierde la plaza, luego de una tímida
defensa, porque De Pointis, tal como lo habían previsto todos los
entendidos, utiliza el cerro para emplazar la artillería de sitio
que bate en brecha la Media Luna.
|
|
Falsa braga del fuerte o
"castillo" de San Felipe de Barajas. Servía de
comunicación con la batería de Santa Bárbara (a la izquierda) y
para acomodar, sobre la banqueta corrida, compañías de mosqueteros.
Al fondo el cerro de la Popa y el amplio valle que acomodó, dos
veces, el cuartel general de los sitiadores de Cartagena. (Foto
Becky de Mayer).
|
Al reparar los estragos del ataque, Juan de Herrera reconstruye
el fuerte, reforzándolo casi a su estado actual, si se exceptúan
los merlones y troneras que pertenecen a Arévalo, pero sin
ampliarlo ni apartarse de la traza original en el ápice del cerro.
Poco antes del ataque de Vernon se añade la primera de las que
serán, más tarde, las baterías colaterales del fuerte de Arévalo.
Se trata de un hornabeque que vedaba el asalto por la estribación
norte del cerro, la menos escarpada, donde hoy campea la batería de
San Carlos y los Apóstoles. El refuerzo es especialmente
significativo porque por esa pendiente tratan de escalar,
precipitadamente, 3.500 granaderos de Wentworth, la madrugada del
20 de abril de 1741, en lo que debía ser la etapa definitiva de la
conquista de Cartagena por la escuadra del almirante Vernon. Los
ingleses dejan en el campo 450 muertos y cien heridos graves,
|"...rechazados al fusil por mas de una hora y
después de salido el Sol en un fuego continuo y biendo los enemigos
la ning,a esperanza de su yntento [. . . ]
|se pusieron en
bergonzosa fuga al berse fatigados de los Ntros los que cansados de
escopetearles se abanzaron a bayoneta calada siguiendolos hasta
quasi su campo... ".
Y dejan en su fuga, al pie de San Felipe, buena parte de su
arrogancia y la humillación de haber acuñado, prematuramente, las
medallas conmemorativas de una victoria en Indias que nunca se
materializo.
Veinte años después de Vernon, un nuevo sobresalto revive las
inquietudes sobre la debilidad de San Felipe; en 1762 los ingleses
ocupan a La Habana. Por encargo virreinal, Arévalo elabora un nuevo
y minucioso "Proyecto General de Defensa" que lo
lleva inexorablemente al cerro de San Lázaro como el punto
neurálgico para la protección de la ciudad. En el repite que, de
las "avenidas" abiertas al avance enemigo, solo
el valle de la Popa y las colinas aptas para acomodar artillería de
sitio que circundan a San Lázaro son motivo de recelo. La
precipitud de Wentworth, acosado por la fiebre amarilla, había
salvado la plaza; un poco mas de estudio de su parte hubiese
esclarecido las debilidades del fuerte y evitado la masacre
provocada por un ataque inconsulto por el flanco mejor
defendido.
El gran ingeniero razona que ". . . ese escarmiento en
lo venidero les haría proceder con mas cautela. . . ", y
decide corregir los defectos. Las baterías de la Redención, La
Cruz, El Hornabeque, San Carlos y los Apóstoles y Santa Bárbara por
el norte, y San Lázaro por el sur quedan cortadas sobre el lomo del
cerro en solo siete meses, listas para atender cualquier
emergencia. Este complejo de baterías colaterales con cabida para
cincuenta Cañones de diversos calibres, rodea y complementa el
antiguo fuerte de Zapata y Herrera. Cada una se adapta
perfectamente a la topografía y entre todas cubren, entrelazadas,
un sector especifico del terreno circundante. No hay, sin embargo,
ni baterías, ni parapetos que-apunten hacia la plaza. Las domina el
fuerte, y se dominan entre si, de tal manera que es prácticamente
imposible la ocupación de una batería, sin apoderarse al mismo
tiempo de todo el sistema. Galerías y bien protegidos pasadizos en
superficie facilitan el transito de tropas; a pesar de la gran
extensión del área fortificada, los efectivos podían movilizarse,
rápidamente y sin percances, hacia los lugares mas expuestos
(fig.29).
Las baterías colaterales, "formadas del terreno
natural", para atender el apuro de 1762, se perfeccionan
activamente hasta 1769, aunque todavía en 1798 se están agregando
algunos refinamientos. Entre angustias militares y limitaciones
presupuestales, Arévalo talla las piedras que hoy cubren el cerro,
dispone cuarteles subterráneos a prueba de bomba para albergar
hasta 350 hombres, construye aljibes bajo la explanada de batería
de San Lázaro y horada las galerías contraminas cuya perfecta
acústica asombra a los visitantes. Todo el perímetro del cerro esta
perforado por una galería magistral, casi a nivel del mar, y de
donde parten, hacia el exterior de la colina, ramales ciegos
terminados en forma de martillo para acumular toneles de pólvora
que permitan volar a voluntad bajo los pies de tropas de asalto,
los frentes de aproximación. Por último, para desembarazar los
alrededores del fuerte de todo impedimento, Arévalo decide
relocalizar el vetusto hospital de San Lázaro y su caserío. El
leprocomio, con edificio diseñado por el mismo, se traslada ahora a
Caño del Loro, isla de Tierrabomba, donde permanecerá hasta
1948.
En San Felipe nada es superfluo. Todo obedece a un especifico
fin castrense que no incluye largos y misteriosos túneles para
comunicarlo con la catedral. Las galerías subterráneas del fuerte
no salen de la colina mas que para convertirse en los terribles
ramales u hornillos, trampas mortíferas para enemigos incautos. La
comunicación con la ciudad se aseguraba por una caponera, una
simple trinchera con parapeto, excavada entre la rampa de acceso al
fuerte y el primer foso de la calzada de la Media Luna (fig.29). Es
que Arévalo, como sus predecesores, debía responder por los haberes
del monarca y sus estimativos y gastos se sometían a minucioso
escrutinio. Ningún ingeniero colocaba una piedra o le hacía una
venia a la estética sin producir un informe; su obligación era
proteger, al menor costo posible.
|
|
Fig. 29. Planta de San Felipe de
Barajas en 1763, después de las ampliaciones iniciadas por Antonio
de Arévalo un año antes, frente a una nueva amenaza inglesa. La
construcción cubre ahora todo el cerro de San Lázaro, con el fuerte
original de 1657 en la cúspide. La rampa y la caponera hacia la
Media Luna eran la única comunicación con la ciudad.
|
Aunque las pragmáticas soluciones de Arévalo a los problemas
planteados por la existencia misma del cerro de San Lázaro
inspiraron siempre respeto -San Felipe nunca mas volvió a ser
atacado- no todos los expertos estuvieron de acuerdo sobre su valor
militar. Su traza no correspondía a la geometría clásica que
enseñaban los manuales de ingeniería y mas de un superior de
Arévalo propuso seriamente, o arrasarlo a lomo de burro, borrando
fuerte y cerro del panorama cartagenero, o construir sobre el
actual un nuevo fuerte, mas acorde con las nociones clásicas de la
arquitectura militar de la época. Afortunadamente, a San Felipe lo
salvo el presupuesto; nunca fue posible justificar ante el virrey,
en Santa Fe, y la Junta de Fortificación y Defensa de Indias, en
España, el enorme costo de tales propuestas, y el fuerte sobrevivió
en burocrática tranquilidad.
Años mas tarde, obsoleto ya, sin utilidad militar alguna, casi
desaparece convertido en cantera y cubierto de malezas. Menos mal
que la actividad edilicia cartagenera no fue intensa hasta bien
entrado este siglo. Ello le permitió a la Sociedad de Mejoras
Públicas encargar, a partir de 1928, la restauración, casi puede
decirse reconstrucción, de San Felipe de Barajas a ese ignorado
apóstol de las fortificaciones, Carlos Crismatt Es a el, a quien
debemos, en treinta y cinco años de tesonera e inteligente labor,
la recuperación de la fisonomía del fuerte que hoy se yergue ante
nuestros ojos, fiel reflejo de todo su esplendor del ideado por
Antonio de Arévalo hace mas de doscientos años.