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La fortificación de las bahías

La bahía de Cartagena está dividida en dos grandes dársenas naturales con problemas defensivos muy diferentes: la Bahía Exterior limitada por península de Bocagrande, el continente, y las islas de Tierrabomba, Barú y Manzanillo; y la Bahía Interior que albergaba el fondeadero colonial, cerrada también por Bocagrande y el continente, y por las islas de Manzanillo y Manga. La exterior tuvo en distintas épocas, o por Bocagrande o por Bocachica, canales para naves de alto bordo y desde los primeros tiempos la seguridad de Cartagena dependió de negárselos a las armadas enemigas. La interior sirvió de surtidero para las flotas desde donde se transbordaban, en embarcaciones menores, mercancías y hombres hasta el muelle de la Contaduría, casi el mismo donde hoy, frente a la Alcaldía, la ciudad recibe el cabotaje y el turismo. En el fondeadero, el problema táctico consistía en la protección de navíos al ancla e inermes.

La Bahía Exterior. El siglo de Bocagrande

Es tal la aparente inmutabilidad de los fuertes de Cartagena que dan la impresión de haber estado allí desde siempre. La realidad es bien distinta. El complejo dispositivo defensivo de la ciudad es el resultado de un largo proceso iterativo, enmarcado en la cambiante geografía de la bahía yen las exigencias de doscientos cincuenta años de avances en el arte de la guerra. Como consecuencia, los fuertes y murallas de la plaza se construyeron varias veces, pasaron de moda, desaparecieron y quedaron en ocasiones condenados a la obsolescencia.

Fig.10. Los fuertes de la bahía en 1580. Se ingresaba a ella por el canal de Bocagrande defendido por el fuerte de San Matías. Ya en el surtidero, los barcos quedaban bajo la protección de los cañones de San Felipe y del Boquerón.

El primer fuerte de la Bahía Exterior se instalo en la punta de Icacos (en las inmediaciones del actual Laguito) (fig. 10). Su construcción obedeció, como la de todos los guardianes de la rada que le siguieron, al principio de que el enemigo seria extra continental, llegaría por mar y habría que negarle un fondeadero desde donde desembarcar cómodamente tropas y pertrechos. Varias veces edificado y reedificado con materiales deleznables durante casi 60 años, se le llamo primero fuerte de Vargas, por el gobernador que lo fundo en 1567, y luego de San Matías. Cuidaba del ingreso por el canal de Bocagrande, único acceso que tenia entonces la bahía para naves de gran calado. Por estas épocas y hasta 1640, la vía alterna por Bocachica apenas si merecía un pie de página. En 1586, por ejemplo, Bautista Antonelli, al tiempo que recomendaba una de las reconstrucciones y ampliaciones del San Matías, escribía:

|"si el enemigo quisiera entrar por la Bocachica se deja orden que las galeras acudan a dicha Boca y poniendo las proas a la canal no puede entrar navío alguno, por ser la entrada muy dificultosa . '.

La ultima refundación del San Matías tiene lugar en 1602. Pero el fuerte, pequeño cuadrilátero con baluartes en los ángulos, está herido de muerte. Ya en 1599, se ha propuesto su traslado a Punta Judío (hoy Club Naval). En contra del San Matías milita su inconveniente ubicación en un movedizo saliente de la península de Tierrabomba. -"Tierra Floxa", como se conocía entonces a Bocagrande-, don de el cambiante régimen de brisas y mareas lo dejaba de tiempo en tiempo inútilmente anclado en tierra, expuesto al asalto y lejos de su normal misión marítima. Además, desde el punto de vista conceptual, se consideraba que un fuerte en Punta Judío, desde un sitio mas sólido y mas accesible, y protegiendo un canal mas estrecho, podía suplir provechosamente la función defensiva de la punta de Icacos. Se abandonaba la Bahía Exterior para proteger el ingreso directo al surtidero, razonando que, aun para un enemigo ya surto en la rada externa, lo tupido del monte desestimulaba cualquier intento de desembarco y aproximación a la ciudad por Mamonal o Albornoz. Afortunadamente, quizá, la topografía de la bahía se modificara antes de que esta cuestionable hipótesis sea puesta a prueba.

El futuro del fuerte en Icacos no se decide sin que antes, para reforzarlo, se le proponga compañero. El gobernador Jerónimo de Suazo proyecta, en 1603, la plataforma de santángel en un promontorio de la isla de Alonso Navas, como se llamaba, por su propietario, lo que es hoy Tierrabomba. Estimaba Suazo que desde el otro lado del canal de Bocagrande esta batería podría cruzar fuegos con Icacos y que, dispuesta sobre un terreno mas firme que el de su compañero de tiro, seria fácil de mantener a pesar de su aislamiento, años tuvo inicialmente poco eco en España e inclusive dio origen a una controversia epistolar entre los responsables en Cartagena y el connotado ingeniero Tiburcio Espanoquí, quien:, desde la Junta de Guerra, abogaba por el fuerte en Punta Judío. No será la primera ni la ultima vez que las disposiciones tácticas sobre la defensa de la plaza provoquen airadas discrepancias. Ala postre, en 1617, Cristóbal de Roda, el primero y uno de los mas grandes ingenieros permanentes de Cartagena de Indias, erige un pequeño santángel de efímera existencia.

Pero aun antes de que se materialice santángel, Bocagrande ha perdido va mucho de su vigencia táctica. Por Cédula Real de 1608, la Corona ha ordenado la construcción del Castillo Grande o Santa Cruz en Punta Judío. Roda inicia esta obra sin mucho entusiasmo porque le desagrada la traza de Espanoqui -recinto teórico imaginado a un océano de distancia- y porque el es partidario de un fuerte en el bajo del Medio, más lógico que el de Punta Judío, pero de costosísima cimentación. Don Cristóbal, por demás, no es amigo de abandonar del todo el canal de Bocagrande, así acepte que su protección se complementa con el Castillo Grande como una segunda área de defensa para impedir el franco acceso al surtidero, y compacta la idea de que, por su localización, el fuerte en Punta Judío es útil en el cubrimiento de este ultimo. Fue, sin embargo, más convincente, quizá por ser más económica, la opinión de Espanoqui; la Junta de Guerra ordena que una vez Castillo Grande quede en estado de defensa se abandonen los guardianes de Bocagrande.

Con el gran ingeniero y gobernador Francisco de Murga (1629-1634) se confirma el triunfo conceptual del cerrojo en el acceso al surgidero, con exclusión de la Bahía Exterior. La Real cédula de 1626 refrenda el criterio y ordena la definitiva demolición de San Matías y Santángel. El ya muy deteriorado fuerte en Icacos desaparece para siempre del horizonte cartagenero. Otro tanto sucede después con Santángel y para complementar Castillo Grande, terminado en 1631, se ocupa con una pequeña plataforma artillada el extremo de la isla que cierra, por el oriente, el ingreso a la Bahía Interior: es el San Juan de Manzanillo (fig. 11).

Fig. 11. Los fuertes de la bahía en 1635. El énfasis se marca ahora sobre la defensa de la Bahía Interior. El gobernador Francisco de Murga (1629-1634) la eriza de fuertes que hacen imposible el ingreso de navíos hostiles. Cartagena queda, sin embargo, expuesta a un posible desembarco enemigo en las costas de la Bahía Exterior para luego acercarse por tierra a la ciudad.

La bahía exterior. La hegemonía de Bocachica

Un evento fortuito obliga a repensar el modelo estratégico de la Bahía Exterior que parecía haber quedado definitivamente resuelto por Murga. El 17 de marzo de 1640, naufragan en la Bocagrande la nave capitana y los galeones Buensuceso y Concepción, de la armada comandada por Rodrigo Lobo da Silva. Los cascos hundidos sirven de núcleo colector de arena y aceleran la formación de la barra que ya desde antes habla comenzado a hacer difícil la navegación. Pocos años más tarde, una franja de doscientos pasos de ancho unía Tierrabomba con Bocagrande y se habla cubierto de mangle e Icacos. Se revolucionaba la geografía de la rada. El impedimento desvió las mareas y profundizo de manera natural el canal de Bocachica cuyo fondo era de barro. Con un ligero dragado, los más pesados galeones y naves de guerra iniciaron su tránsito entre Barú y Tierrabomba, modificando radicalmente todo el andamiaje defensivo de la bahía de Cartagena.

Era una suerte contar ahora con un estrecho canal, único para toda la bahía, cuyo acceso podía controlarse casi que desde un solo punto, sin la proliferación de fuertes que habla hecho de la defensa de Bocagrande un rompecabezas. Así lo consideró la junta reunida por el gobernador Luis Fernández de Córdoba en 1646, con asistencia de los oficiales del convoy de Galeones que se dirigía a Portobello y del ingeniero Juan de Semovilla Tejada. Por cédula de 1647 se ordena la construcción del San Luis de Bocachica y el desmantelamiento de Castillo Grande, Manzanillo y Manga (del que daremos noticias mas adelante) cuyas dotaciones y guarnición debían servir para el nuevo fuerte. Bocachica permite ahora cumplir con la máxima militar de concentrar fuerzas, aprovechando la nueva circunstancia geográfica para eliminar su dispersión. Los trabajos son, sin embargo, lentos; demoran hasta 1661 y en 1669 todavía se sigue perfeccionando el San Luis con un foso y otras obras avanzadas.

A partir de su construcción, y hasta mediados del siglo XVIII, la Bahía Externa se apoyara exclusivamente en el San Luis. En la boca de la Bahía Interior y mas adentro, Manzanillo permanecerá abandonado, Manga desaparecerá y Castillo Grande, aunque en pésimo estado de conservación, retendrá alguna importancia sólo como protección del surgidero (fig. 12). Su utilidad militar se considerara nula contra efectivos como los de De Pointis y durante el ataque de este, el capitán Santarén (acusado mas tarde de traicionar la plaza) recomendara al inexperto gobernador Ríos su abandono sin resistencia. Igual medida adoptara, cuarenta años mas tarde, el muy experto virrey Eslava durante el ataque de Vernon.

Fig. 12. Los fuertes de la bahía en 1690. Al cerrarse el canal de Bocagrande en 1640, el único acceso a la Bahía Exterior es ahora por Bocachica, defendida por el fuerte de San Luis, Castillo Grande y Manzanillo pierden casi toda su importancia. Este ultimo se convierte en un simple almacén de repuestos de artillería. El fuerte de Manga desaparece.

San Luis no es un fuerte afortunado. Rendido por De Pointis, los franceses, no contentos con saquear la ciudad, vuelan sus cortinas y baluartes. El guardián de Bocachica queda destrozado, y antes de su reconstrucción parcial (1719-25) se le somete a otro de esos largos escrutinios frecuentes en la definición de la Cartagena pétrea. Se llega a proponer, como alternativa seria, reabrir la Bocagrande ya sólidamente cegada. La desventaja del San Luis son las tres leguas que lo separan de la plaza y que dificultan el apoyo logístico. Pero son tales las bondades del sitio, que después de las consabidas juntas y consultas se decide, en 1708, con el concurso de otro gran ingeniero, Juan de Herrera y Sotomayor, no sólo reconstruirlo sino complementarlo con el San José (1714-25) sobre un islote al otro lado del canal y con las baterías de San Felipe, Santiago y Chamba en la costa oeste de Tierrabomba. Estas ultimas, que debían prevenir el que con un desembarco en las pequeñas calas de la isla se pudiese emprender el asedio por tierra del San Luis, demostraron ser de poca utilidad; fueron rápidamente sometidas sin gloria por Vernon en 1741. Nunca mas reparadas. Sus ruinas sobre los acantilados están a punto de desaparecer; la erosión y el temible tumbapared han continuado la destrucción donde la dejo Vernon.

Mientras tanto, el acceso a la Bahía Interior termina de perder toda importancia táctica. Alguna atención recibirá Castillo Grande hacia 1728, pero no se concluyen las obras y, después del ataque ingles, el fuerte se habilita definitivamente para polvorín de la artillería de Bocachica, función esta que se prolonga hasta el siglo XX y será la causa de su ruina casi total al explotar en sus bóvedas (1938) un deposito de municiones de la armada colombiana. Subsiste apenas la cortina que apuntaba al fondeadero y escasos testigos de lo que fuera uno de sus baluartes.

Manzanillo, por su parte, se transforma también en deposito. Las propuestas de Herrera de ensancharlo son correctamente rechazadas por la Corona. El ingeniero termina construyendo un tendal para abrigar cureñas, mechas y demás aperos de artillería con destino a Bocachica y lo rodea de un muro semicircular parcialmente atronerado y de un foso para su protección. Tan poca es su importancia militar que, durante el sitio de Vernon, quedan allá aislados veinticuatro milicianos al mando del valiente capitán Baltazar Ortega sin que los ingleses se tomen la molestia de desalojarlos.

Fig. 13. Los fuertes de la bahía en 1740. Después de la toma de la ciudad por los franceses en 1697 , se reconstruye el San Luis de Bocachica y se añaden otros refuerzos en el canal yen la costa de Tierrabomba.

Tal era el dispositivo defensivo de la Bahía Exterior (fig. 13) que se enfrento a las 180 velas, incluyendo treinta y seis navíos de línea (de mas de cincuenta cañones), del almirante Edward Vernon a partir del 13 de marzo de 1741. Aunque débil -la reconstrucción del San Luis mismo estaba aun incompleta-, cumplió su cometido táctico de demorar el asalto ala plaza y contribuyo a la victoria final. No se pudo impedir el desembarco ingles en Tierrabomba, ni la rendición de Bocachica después de quince días de intenso bombardeo, pero la sola existencia de impedimentos de piedra había retardado veinte días el asedio de la plaza, quizá lo suficiente para permitir la llegada del batallón de mosquitos portadores de la fiebre amarilla que diezmo al agresor. Claro esta que ningún fuerte es mas útil que la voluntad de resistir de su castellano. San Luis contó con los arrestos del coronel de ingenieros Carlos Desnaux, héroe olvidado, quien confirmo su casta humillando a los ingleses dos semanas mas tarde, la madrugada del 20 de abril, en la batalla que, frente a San Felipe de Barajas, decidió la derrota del invasor. Cabe destacar que después del S de abril, la bahía pierde toda importancia defensiva, y con ella don Blas de Leso, el héroe romántico del sitio de Cartagena, quien, sin comandancia y herido, no participa en las decisivas jornadas que determinan el re tiro de Vernon.

Comandante del apostadero desde 1737, de Leso disponía de seis barcos de línea; todos se pierden luego de haber contribuido solo secundariamente a la defensa de la bahía. Tres se incendian y se echan a pique por orden del virrey Eslava para impedir que caigan en manos de los ingleses que ya han forzado el ingreso al canal de Bocachica, y un cuarto, el Galicia, nave capitana, se rinde al enemigo porque mal barrenado no alcanza a hundirse. Los otros dos, el Conquistador y el Dragón, debían servir para bloquear el acceso al surgidero, pero el intento de barrenarlos frente al bajo del Medio fracasa por impericia y Vernon logra remolcar el Conquistador antes de que se hunda, dejando franco el ingreso a la Bahía Interior. El general de la armada Blas de Leso es grande no por su ultima batalla, sino por los mil combates anteriores en treinta y cinco años de heroicos y brillantes servicios. Vernon lo señalo en sus cartas como adversario epónimo porque era un símbolo de la resistencia hispana a la ambición inglesa. Muerto de sus heridas en Cartagena sobrevive el símbolo, pero a otros quizás cabe, con más justicia, el mérito de la victoria.

Bocachica después de Vernon

Cartagena y sus bahías recibirán el más solícito tratamiento castrense con el eclipse de la armada inglesa en el Caribe sur. Las obras de esa era dorada de la fortificación española en Indias son las que nos acompañan todavía, mudos testigos de la inquebrantable voluntad hispana de conservar su imperio.

Mientras Cruz Grande y Manzanillo quedan definitivamente relegados a su secundario papel de depósitos, la Clave de la bahía sigue siendo Bocachica aunque no sin que se renueve el debate sobre las ventajas de Bocagrande. Por un accidente hidráulico, el dragado de un pequeño canalillo para chalupas entre la bahía y el mar por los marinos de Blas de Leso, un poco antes del ataque de Vernon, el istmo entre Tierrabomba y punta Icacos, ya viejo de un siglo, estaba otra vez desapareciendo. Se imponen, sin embargo, las mismas consideraciones de cuarenta años antes, reiterándose que además de las facilidades defensivas de una reducida boca, solo maniobrable en fila india, en Bocachica los buques de vela quedan inmediatamente sin brisa e inermes en el socaire de Tierrabomba -fatal para una armada hostil- mientras que en Bocagrande, las maniobras de ingreso son siempre mas fáciles porque el viento predominante sopla de trabes y acompaña las naves hasta muy adentro de la bahía. Por otra parte, lo reducido del canal que en esa época bordeaba la costa de Tierrabomba permitía, como se demostró contra Vernon, el flotar sobre troncos una cadena que, anclada en sus extremos al fondo de los bajos circundantes, entorpecía del todo la navegación.

Las fortificaciones finales del canal de Bocachica, son el decantado producto de toda la sabiduría y experiencia de mas de dos siglos sobre como impedir el ingreso de naves enemigas a la bahía de Cartagena de Indias. Las derrotas sin atenuantes de 1697 y 1741 por el control de la rada, no se asimilan en balde y convencen a la Corona de la inutilidad de reconstruir, por segunda vez, el viejo fuerte de San Luis de Bocachica, al menos en su emplazamiento original. Pero los despojos del guardián de la bahía. Sistemáticamente averiados por Vernon en retirada, tardan en servir de cimientos para nuevas construcciones. Deben esperar a que se zanje primero la enconada controversia sobre la optima disposición táctica para la defensa del canal. En efecto, entre el recién llegado (1749) mariscal de campo e ingeniero director de los reales ejércitos, Ignacio de Sala, gobernador de Cartagena, distinguido traductor y adaptador de Vauban, y el coronel Bautista MacEvan, ingeniero director de las fortificaciones de la plaza desde 1742, se traba una dramática disputa ante todo técnica pero además personal que culmina con la renuncia del primero y el fallecimiento del segundo.

En su |Proyecto de la canal de Bocachica de 1750, Maceran propone la construcción de la batería de San José de Bocachica en un islote vecino a la isla de Barú y del fuerte de San Fernando sobre la playa del estrecho de Tierrabomba, unos trescientos metros al sureste del antiguo San Luis. Sometido a la consideración del gobernador, este le hace numerosos reparos. Acepta la idea de San José pero como una combinación de fuerte-batería, utilizando para el fuerte propiamente dicho los restos de la fortificación erigida por Juan de Herrera y Sotomayor treinta y cinco años antes y también arrasada por Vernon. Allí propone las bóvedas artilladas y el almacén de pólvora, reservando el islote contiguo para la plataforma a' 'Flor de Agua' " cuyas veintiuna bocas de fuego debieron imponer, pese a su poética descripción, un mas que literario respeto en los marinos de entonces.

Con certera visión, De Sala sostiene además que los cañones de la plataforma deben apuntar a la arboladura, mástiles y jarcias de los navíos que pretendan forzar el estrecho canal de Bocachica pero sin ofrecer a su vez un blanco claro a las treinta toneladas de hierro por hora que, en la época, podían brotar de los navíos de línea, infernales fortalezas flotantes con cincuenta cañones por banda. Es por ello que el San José parece hoy penetrar como una cuña en el canal, protegiendo sus flancos y minimizando así la efectividad del castigo enemigo, y que sus Cañones en abanico podían seguir el curso de las naves hasta desbaratar su arboladura. Complementando el marco táctico orientado a dejar sin' 'motor' , a la flota invasora, el gobernador propone la batería de Santa Bárbara en la punta de Remedia-Pobres. La traza de sus troneras para diez y seis Cañones aun subsiste en el muelle del pueblo de Bocachica, desde donde debían acribillar la proa de las naves que San José entregaba desarboladas.

En lo que se refiere a San José, la Corona aprobó en todas sus partes las modificaciones sugeridas por el gobernador al plan maceran Tanto el fuerte-batería como Santa Bárbara comienzan a construirse en 1751, y el primero, por lo menos, se termina hacia 1759. Pero donde los criterios divergen radicalmente es sobre la función del San Fernando. El ingeniero director propone un fuerte al borde de la canal que cruce fuegos con San José desde las bóvedas de una cortina semicircular y con la protección por el frente de tierra de dos poderosos baluartes, un foso y una galena contraminas. Con este refuerzo terrestre esperaba evitar que el San Fernando fuera rendido por tropas desembarcadas en Tierrabomba, tal como le había sucedido, por dos veces, a su antecesor el San Luis. El gobernador objeta vehementemente. Su San Fernando, puesto que ambos ingenieros coinciden en el homenaje al monarca reinante, Fernando VI, lo ubica sobre las colinas a espaldas de la aldea de Bocachica. Según el, el emplazamiento de maceran es malsano y el fuerte endeble y expuesto al ataque por tierra y a ser desarmado por un intenso bombardeo naval. El canal se defiende fundamentalmente con San José, y Santa Bárbara, su San Fernando, sobre los cerros y fuera del alcance de los navíos enemigos, es el complemento para evitar el desembarco y ocupación de las playas del oeste de Tierrabomba, desde donde ingleses y franceses hablan montado operaciones anfibias ante la impotencia de los defensores.

La Junta de fortificación y Defensa de Indias desestima las objeciones del mariscal de campo y ordena, en julio de 1752, la construcción del San Fernando, de maceran Es ya tarde para que el ingeniero director goce del triunfo desde su tumba c:;n la iglesia de la Orden Tercera. Ha muerto en abril de 1751 y afirman algunos que de despecho y rabia por las humillaciones. En cuanto al gobernador, Santa Fe no le perdona las dilaciones con que, durante casi dos años(1749-51), resiste las ordenes perentorias del virrey José Pizarro para que presente su plan de defensa de Bocachica. Sabedor de que el virrey sostiene que el fuego de los fuertes es mas nutrido y eficaz que el de los barcos. De Sala emplea toda clase de subterfugios hasta recibir una Real Cédula que le concede autonomía de la capital para disponer de los fondos de las Cajas Reales en obras de fortificación. Inútil arrogancia; el gobernador inicia lealmente la construcción del San Fernando que tanto ha criticado, pero presenta al mismo tiempo su renuncia. Unos meses más tarde se le nombra sucesor y, un tanto secamente, se le informa que "Su Majestad queda muy satisfecho del celo y amor con que Vuestra Excelencia le ha servido".

El San Fernando lo termina, en 1759. Antonio de Arévalo pero con importantes modificaciones propuestas por el nuevo ingeniero director, Lorenzo de Solís. Para corregir en parte su inherente debilidad desde tierra por la dominación de los cerros vecinos se aumento la altura de cortinas y baluartes. Arévalo completa más tarde las obras de refuerzo añadiendo dos baterías colaterales: la de Santiago que barre el glacis norte y que, muy derruida, recibe a los visitantes en el muelle del balneario, y la de San Francisco Regis, al lado opuesto, de la que no quedan testigos (fig.14).

fig. 14. Los fuertes de la bahía y la Escollera en 1790. La barra que cerraba el canal de Bocagrande desaparece entre 1740 y 1770. Se decide, sin embargo, que, como el estrecho canal de Bocachica es mas fácil de defender , debe taponarse el ingreso por Bocagrande. Antonio de Arévalo construye la Escollera ( 1771-1778), muro submarino que impide la navegación a naves de alto bordo. En la Bahía Interior, Castillo Grande y Manzanillo quedan definitivamente convertidos en depósitos. Se añade el fuerte de San Sebastián del Pastelillo (substituye al Boquerón), mal diseñado y de escasa utilidad practica.

El tiempo habrá de hacer justicia y confirmar el acierto de los conceptos de Ignacio de Sala. Para completar el cerrojo táctico del canal de Bocachica, Antonio de Arévalo termina por construir, sobre el cerro del Homo, el original y hermoso Ángel San Rafael, hoy invadido por la jungla y su activo agente el tumbapared. Desde su escarpada posición domina y protege al San Fernando y sobre todo control a la vital planicie de Tierrabomba, donde, dos veces, había desembarcado el enemigo para forzar el canal. Semiderruido, el Ángel San Rafael es de difícil acceso. Vale la pena, sin embargo, competir con los murciélagos y visitar, partiendo desde muy cerca de la batería de Santa Bárbara, la galería subterránea de 600 metros que Arévalo construyo para proteger la retirada desde el fuerte y los nichos de muerte que ideo para su defensa (fig.15).

fig. 15. Plano de la batería del Ángel San Rafael elaborado por Antonio de Arévalo en 1778. Se observa el arranque de la galena (S) que llegaba hasta orillas de la bahía y permitía la retirada segura aun después de una defensa hasta el último extremo.

La protección de la Bahía Exterior que comienza en el canal de Bocachica termina de perfeccionarse con el Malecón de Bocagrande, la increíble Escollera de nuestros días. Seguían vimos, durante uno de los amagos de Vernon previos al sitio (1740), una chalupa de El Afrecha, fondeado frente al istmo que unía Tierrabomba y Bocagrande, resolvió, para facilitar el cruce al mar abierto, profundizar un pequeño canal existente. El modesto trabajo de dragado se vio pronto ampliado por la acción de los temporales. A fines de 1740, la abertura media aproximadamente 1.200 metros de ancho y uno de fondo yen 1749 tiene ya 2.400 de ancho y tres de fondo, y es claro que, una vez decidido como ha de defenderse la Bahía Exterior. Se hace imperativo cerrar una brecha que amenaza convertirse en una pista de ingreso al fondo del mismo. La obra, sin embargo, supera los conocimientos de ingeniería hidráulica de Ignacio de Sala, quien intenta una solución en 1750, y de Lorenzo Solís,quien fracasa ante brisas y temporales en 1754. El costo es, además, enorme y, mientras se hacen experimentos, la brecha continua ampliándose. Hay quien proponga una defensa con navíos anclados, sólo que ya en 1766 existe calado para fragatas de 24 cañones; suficiente para ser avenida de desagradables sorpresas.

Foso húmedo del fuerte de San Fernando de Bocachica. Al fondo, el baluarte de la Reina; a la izquierda, la contramuralla con los accesos a las galerías contraminas. Se le conoce popularmente como el foso de los tiburones por la pintoresca tradición que lo convirtió en barrera infranqueable para los prisioneros políticos (Nariño, Santander, etc.) que ocasionalmente fueron huéspedes del fuerte. (Foto de Elena Mogollón).

Garita en San Fernando de Bocachica desde don de los centinelas del canal oteaban el mar abierto y la presencia de velas amigas u hostiles (Foto de Elena Mogollón).

Al fin, el siempre recursivo Antonio de Arévalo encuentra una solución tan buena, a más de relativamente económica, hincando hileras de pilotes de madera resistentes a la broma y rellenándolos de piedra, que su muro submarino construido de 1771 a 1778 ha resistido impávido doscientos años de Nortes (fig.16).

fig. 16. Piano del canal de Bocachica y sus defensas en 1763. Aparecen los fuertes de San José y San Fernando y la batería de Santa Bárbara, los cuales, asistidos de algunos navíos estratégicamente fondeados en el canal, constituían un cerrojo prácticamente inviolable. Sobre el cerro de! Horno se halla situada la batería del Ángel San Rafael para impedir el desembarco de tropas enemigas en la "campaña" de Tierrabomba. Aparecen también los caminos militares que conducían a las antiguas baterías de Santiago, San Felipe y Chamba.

Concluida esta obra, y mientras prevaleció la navegación a vela, los fuertes de Bocachica negaron eficazmente el acceso a todo navío hostil. Los ingleses no volvieron a atreverse, ni lo hizo Pablo Morillo con su poderosa escuadra en 1815, ni tampoco lo intentaron los patriotas de Montilla en su reconquista definitiva de Cartagena en 1821. Estos dos últimos, que conocían bien la inexpugnabilidad de la talanquera ideada por De Sala, maceran, Solís y Arévalo, prefirieron sitiar la ciudad por tierra y aislarla de los fuertes de la bahía, a la costosa empresa de forzar por mar un ingreso cuyo éxito era muy dudoso.

Las victorias de Morillo y Montilla, frente a una plaza considerada inexpugnable, merece un pequeño escolio. Ambos trastocaron un axioma que servia de fundamento al pensamiento estratégico sobre la conservación de Cartagena: el enemigo venia de allende los mares y no tenia aliados en Tierra Firme. La provincia cartagenera era por lo tanto zona segura, de donde podían inclusive esperarse refuerzos. Morillo ocupa a Mompox al mismo tiempo que sitia la plaza y trae consigo sus aliados venezolanos, veteranos del calma y las enfermedades, al mando del sanguinario José Tomás Morales. Como los patriotas seis años más tarde, primero aisló a Cartagena por tierra, y luego, partiendo de Pasacaballos, rompió la unidad defensiva, cortando las comunicaciones entre la ciudad amurallada y los fuertes de la bahía. Esa fue la función de Morales, el verdugo de Bocachica, y para los patriotas, la de Padilla con su brillante acción frente a Getsemani la noche de San Juan. Y a pesar de ello, Morillo, con los archivos de España en sus manos, conociendo como nadie las flaquezas de Cartagena y contando, al final por lo menos, con un casi impenetrable bloqueo naval, estuvo a punto de levantar el sitio perseguido por las mismas huestes virales que dieron buena cuenta de Vernon.

Convenientemente restaurados -salvado de las aguas, podría decirse en el caso de San José-, los fuertes de Bocachica permanecen hoy incólumes. San José, al sur del canal, y San Fernando, al norte, sobreviven como adustos centinelas de tiempos idos y marcial monumento a los ingenieros militares que consagraron su vida, y bien puede añadirse su honra, a la defensa del imperio.

La Bahía Interior

La función de defender los Galeones, ese convoy que desde 1566 se convirtió en el cordón umbilical entre España y su imperio del Mar del Sur, era tan vital que con razón la primera fortificación formal y permanente de Cartagena de Indias se destino a la protección del surgidero. En ese mismo 1566, Antón Dávalos, gobernador de la plaza, construye el San Felipe del Boquerón, casi exactamente donde esta hoy el club de Pesca. Por su traza redonda, tenia estampa de torreón medieval y, a la sombra de sus bien dispuestas culebrinas, galeones con las velas recogidas podían confiada y pacíficamente dedicarse al intercambio.

No hay duda de que si, como argüían los tratadistas, la fortificación de los puertos tenia por objeto principal el proteger bajo sus cañones las flotas de guerra y el comercio de las naciones, el Boquerón estaba admirablemente situado. Para la ciudad misma, inerme hasta entonces, con excepción de alguna provisional trinchera cavada muy de prisa, el fuerte marca el comienzo de una fulgurante carrera como plaza "real", consentida por burócratas e ingenieros hasta cuando el Arte la convierte en el primer bastión de las Indias.

Además de su tutela sobre el "Surgidero de los Navíos de S. Majestad", el modesto Boquerón original vedaba el ingreso a la critica bahía de las Ánimas, callejón estratégico que conducía al corazón de una ciudad de techo de paja, todavía sin murallas. De noche una pesada cadena, tendida sobre troncos hasta donde esta hoy la base naval, aislaba la ciudad del fondeadero. Se podía así dormir tranquilo, al abrigo de sorpresas desde la Bahía Interior, y quizá también en la no siempre justificada confianza de que, por esa vía al menos, el fisco no seria nocturnamente burlado.

El San Felipe del Boquerón, metamorfoseado con el tiempo, y no siempre acertadamente, tendría larga vida, prueba de su estratégica posición. Unos años después de su fundación, a instancias de Antoneli, la torrecilla original para escasa guarnición es ampliada y reforzada. Nunca alcanza, sin embargo, a cubrir todo el surgidero, lo que haría indispensable el complemento en Punta Judío.

La apreciación conceptual que veía en la Bahía Interior la clave defensiva de Cartagena tiene su máximo exponente en Francisco de Murga. El la convierte en un lago inexpugnable, y la enmarca, desde todos sus ángulos, en el campo de tiro de los fuertes que emplazo en sus riberas. No contento con El Boquerón, Castillo Grande y Manzanillo, el gobernador añadió el fuerte de Manga, del que se conoce muy poco. Apenas por la cartografía del mismo Murga en su "Relación" de 1631 al rey Felipe IV, lo sabemos ubicado muy cerca de un saliente de la isla, cercano al actual terminal marítimo y, por evidencia posterior, conocemos que se le sacrifica al San Luis, sin que queden vestigios.

Se pueden impugnar los fundamentos estratégicos que hacían de la Bahía Interior el eje de la defensa naval de la plaza cuando era en realidad como una línea Maginot susceptible de ser flanqueada por desembarcos en la Bahía Exterior. Con esta maniobra, el enemigo podía, teóricamente, sin preocuparse de los fuertes del surgidero, llegar a pie fume frente ala ciudad, cortar sus abastecimientos, e iniciar el asedio desde la cima del cerro de San Lázaro todavía desprotegida en 1635. Pero quizá este juicio sea demasiado severo. La manigua de entonces, por la que era necesario abrir precarias trochas para artillería de sitio, siempre bajo la amenaza de un contraataque que desde la plaza cubría, muy tupida, todos los alrededores de la bahía. Igualmente, debe considerarse que el transporte naval a grandes distancias de tropas para un asedio prolongado en un calma hostil era, todavía en ese momento, logísticamente desconocido y difícil de imaginar. Una cosa era un golpe de mano y otra un desembarco masivo. Veinte años más tarde, el desastre de William Penn frente a Santodomingo (1655) constituyo la mejor prueba de que el arte militar aun no estaba ala altura de operaciones anfibias de gran envergadura y mucho menos intercontinentales. Francisco de Murga podía razonablemente, enorgullecerse de su obra.

Taponada Bocagrande y modificados hacia fines del siglo XVII, los presupuestos sobre el tamaño potencial de un asalto enemigo, la Bahía Interior se eclipsa definitivamente ante Bochica. Al cambio de énfasis no es ajeno el latente temor a un desembarco en cualquier rincón de la Bahía Exterior. Unos fuertes desaparecen y otros se convierten en simples depósitos. Sobrevive, sin embargo, San Felipe del Boquerón, en parte por aquello de la cadena y el contrabando, pero sin pasar de ser un pequeño puesto de guerra, un "pastelillo" , tributario de los baluartes del arrabal de Getsemaní.

Almacén de pólvora en San Sebastián del Pastelillo. La batería de la izquierda protegía el fondeadero. Esta esquina es la del criticado ángulo muerto que inutilizaba el fuerte para la función básica de impedir el ingreso enemigo a la Bahía Interior y le permitía a este bombardear el San Sebastián a voluntad sin posibilidad de replica. (Foto de Elena Mogollón).

Su significación como protector del surgidero cambia radicalmente después del ataque de Vernon. El virrey Sebastián de Eslava, aureolado por el triunfo, cree poder identificar en las incidencias del sitio las debilidades de la plaza, había vivido la escalofriante experiencia de ver impunemente fondeada una formidable armada frente a los muros de Cartagena sin tener los medios para dar la replica. No es de sorprenderse, por lo tanto, que el virrey le ordene al recién llegado (noviembre, 1742) Juan Bautista maceran, la construcción inmediata (1743) del San Sebastián, nombre con el que quizás el ingeniero quiso honrar a su superior.

Puerta de ingreso al San Sebastián del Pastelillo. La estrecha entrada dobla en ángulo para proteger la plaza de armas del fuego enemigo. Sobre el arco de la portada. Juan Bautista MacEvan, constructor del fuerte, dejó tallada la fecha de su terminación: 1743. (Foto de Elena Mogollón).

Este San Sebastián es un pastel que, militarmente hablando, significa una obra exterior dominada por los fuegos de la plaza. Es decir, una construcción avanzada que, en caso de rendirse al enemigo, no podría ser utilizada por este para atacar a los defensores porque la tendrían bien cubierta con la artillería de sus propios baluartes. San Sebastián quedaba subordinado a los baluartes de El Reducto y San José en el Arrabal que cómodamente batían el débil muro aspillerado que cierra la espalda del fuerte (fig.17).

fig. 17. Dominación de San Sebastián del Pastelillo por los baluartes de El Reducto y San José desde Getsemani. El fuerte no tenia defensas en los frentes que miran a la plaza; si se perdía, resultaba imposible para el enemigo mantenerse en el.

Aunque de pacifica vida castrense, la nueva fortificación soporto mas de un combate teórico; en realidad no le gusto a nadie. Decíase por Ignacio de Sala y por Antonio de Arévalo que la artillería orientada hacia la protección del surgidero estaba mal dispuesta porque no impedía al enemigo ni penetrar en la Bahía Interior, ni fondearse en su costado este para, desde un ángulo muerto, bombardear el fuerte a voluntad tampoco le veían utilidad a las baterías que apuntaban a la isla de Manga o al Caño de Gracia. Su campo de tiro no podía impedir el desembarco y desplazamiento de un adversario ya surto en la bahía que tenia mil maneras de llegar sano y salvo, lejos del alcance de San Sebastián, al valle frente al castillo de San Felipe, donde ya antes se había jugado decisivamente la suerte de Cartagena. Arévalo concluye sus severos juicios con una estocada final, golpe de gracia a la utilidad táctica del San Sebastián del Pastelillo:

|"...Con estas consideraciones q. s. |tuvieron en la Guerra pasada [1762-63], se |dejaron en esta Batería 4 |cañones (y aun eran muchos) de los 31 |que tenia... ."

Inútil o no, el Pastelillo, hoy un restaurante, ha encontrado modernamente esa vocación inmejorable. La suya es una hermosa estampa en el horizonte cartagenero. Se conservan en excelente estado, gracias a una acertadísima labor de restauración, además de sus garitas, baterías y muros aspillerados, la portada, fechada en 1743, el inevitable aljibe, el almacén de pólvora y la amplísima plaza de armas en toda su majestad. Es lastima que el cuerpo de guardia y las habitaciones del castellano hayan terminado en cocinas bajo techo de barro y detrás de fachada colonial, pero alguna concesión es necesario hacerle ala gastronomía -que mejor destino final en un Pastel- para mantener en toda su pureza el rigor castrense de otros tiempos.

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