¿Por qué Cartagena?
Cartagena de India nació militarmente. El perfil castrense es,
todavía hoy, su mas ubicua característica. Milicias, regimientos
fijos e ingenieros militares la acompañaron casi desde la cuna, y
en la escogencia de su emplazamiento mismo pesaron decisivamente
las consideraciones bélicas.
Fundación y génesis de las fortificaciones
España pobló con relativo retardo la bahía de Cartagena,
espaciosa y segura como pocas en América. La voluntad de conquista
se estrello desde \los primeros tiempos con unos indios duros que
resistieron las depredaciones de mercaderes de esclavos y
saqueadores de pueblos. Sin desdeñar algún intercambio de oro o
guanín por baratijas, rechazaron sucesivas
"entradas", dando buena cuenta de las
expediciones organizadas por los hermanos Guerra y por ese
sanguinario bribón que se llamo Alonso de Ojeda. Y en las colinas
que rodean la bahía, los aguerridos turbacos o yurbacos
consolidaron una reputación bravía dando muerte al cartógrafo Juan
de la Cosa. El fundador de Cartagena, don Pedro de Heredia, llego a
enfrentarse contra estos artistas del arco y de flecha en enero de
1533. Venía provisto de Capitulaciones en regla que lo habilitaban
para una gobernación en Tierra Firme y de una reducida pero bien
pertrechada hueste de 150 hombres. El madrileño Heredia era hombre
experimentado y enérgico; ducho en las lides indianas. Una vez
desembarcado, sentó sus reales provisionalmente en Calamari, la
isla are nos a donde los aborígenes agrupaban sus bohíos, pero sin
que lo convenciese el sitio. Le faltaba un elemento esencial en
casi todas las fundaciones iberoamericanas: agua corriente.
Solo después de un minucioso recorrido de cuatro meses por el
norte de su gobernación hasta el rió Magdalena, y por los
alrededores de la bahía, en infructuosa búsqueda de un lugar mas
apto, regresa don Pedro para fundar a San Sebastián de Cartagena,
probablemente el primero de junio de 1533. Los jagüeyes
primero y los aljibes mas tarde suplirían la falta de agua
encalara. Mientras tanto, mal podía el Adelantado desaprovechar las
incomparables ventajas defensivas de aquel islote aislado en el mas
protegido rincón y puerto de la bahía (fig. 2).
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Fig. 2. Cartagena 1570. Es el piano
mas antiguo que se conoce. La ciudad, todavía sin murallas. No
tiene mas protección que el fuerte del Boquerón y unas culebrinas
que defienden la bahía de las ánimas.
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Pacificados los indígenas, la ciudad crece rápidamente gracias
al buen éxito económico de las "entradas"
Magdalena arriba, y sobre todo, al pingüe saqueo de las
sepulturas sinues que consolida la prosperidad de la gobernación.
Pero si no hay enemigos en el interior, el comercio y el oro
sinuanos despiertan la codicia de un nuevo antagonista cuya
existencia, cobijado o no por patentes de corso, habrá de
determinar el desarrollo de Cartagena durante mas de dos siglos y
medio. En los primeros años no son sino renegados de todas las
nacionalidades mas o menos bien vistos por los rivales de \España y
de la Casa de Habsburgo. Su oficio es la guerrilla marítima; el
ataque al puerto aislado y semi indefenso. El primero de estos
visitantes furtivos se llama Roberto O'Valle (o Baal), quien se
apodera de Cartagena en la madrugada del 24 de julio de 1543,
cuando han transcurrido apenas diez \años desde la fundación.
Luego, en 1559, Martín Cote y Juan de Beautemps \entran a sangre y
fuego, cobrando un fuerte rescate. La ciudad vive aterrorizada por
los piratas que surcan sus costas y ruega a la Corona dotarla de
defensas permanentes.
Pasaran varios años antes de que Felipe II
|, el Prudente,
de respuesta adecuada al ruego de sus súbditos de ultramar. Aun
debe ser Cartagena amenazada por John Hawkins (1508) y, sobre todo,
humillada por el
|Draque en 1580. Poco antes de este ultimo
ataque, el Consejo de Indias despierta de su sopor burocrático para
poner en marcha un grandioso proyecto de defensa de todos los
puertos de Indias. En 1580 llega a Cartagena Bautista Antonelli, el
mas distinguido ingeniero al servicio de la Corona española y el
primero de una serie ininterrumpida de expertos en el arte de la
guerra que proyectan y construyen las fortificaciones de la ciudad
(fig. 3).
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Fig. 3. Planta de Cartagena y
proyecto de fortificación de la plaza elaborado por Bautista
Antonelli (1595), por orden del rey Felipe II. Este esquema sirve
de base para las fortificaciones que se construyen alrededor de la
isla de Calamari, asiento de la primitiva Cartagena.
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Su arribo es la génesis de las murallas de Cartagena de Indias,
mas de cincuenta años después de que Heredia trazara la ciudad y
repartiera solares entre los conquistadores. Hasta ese momento, en
las postrimerías del siglo XVI, sus moradores hablan sido presa del
"apetito y festejo" de la piratería. De allí en
adelante y ya enteramente en piedra desde la segunda década del
siglo XVII, solo una vez en toda la Colonia cederá Cartagena ante
los insultos del enemigo.
Cartagena en la política imperial
Pero ni el oro del Sinú, ni los humillantes ataques piratas, son
suficientes para explicar el formidable cinturón pétreo que rodea a
Cartagena, Tanta largueza por parte de un gobierno tradicionalmente
impecunio, no la justifican tampoco los magros recursos del Nuevo
Reino de Granada y de las provincias de Popayán y Antioquia. La
Colombia de entonces era colonia de segunda categoría y su
"llave y antemural", no merecía tantas y tan
solicitas atenciones Cartagena sólo se explica en términos
geopolíticos; la ciudad es punto de apoyo vital para la defensa y
comunicaciones con la verdadera joya imperial: el virreinato del
Perú y, con el, el resto de Suramérica.
En efecto, concluida con éxito la inmensa empresa de conquistar
a la América hispana y agotada la acumulación centenaria de metales
preciosos por parte de las culturas indígenas, España pasó a
consolidar y administrar su imperio. Lo primero fue asegurar las
comunicaciones y el intercambio, sobre todo con el Perú y México,
ricos en mano de obra aborigen yen mineral de plata. Como parte de
esa consolidación se eliminó muy pronto el zarpe de navíos sueltos,
fácil presa de ataques piratas, y se taponaron las vías de acceso a
los reinos americanos; sólo la metrópoli podría comerciar con sus
territorios de ultramar. A partir de 1566, y después de varios años
de ensayos similares, el trafico quedó definitivamente organizado
o, mejor, monopolizado, por convoyes de rutas y fechas
preestablecidas que, partiendo de Sevilla, se dirigían anualmente a
América.
El primer convoy, la Flota de los Galeones, zarpaba generalmente
en abril y navegaba, con escalas intermedias, rumbo a Veracruz. El
segundo, conocido como la Armada de los Galeones, se hacia a la
vela en agosto con destino a Tierra Firme y puerto final en Nombre
de Dios (desde principios del siglo XVII la población se trasladó a
Portobello por ser mejor puerto y mas fácil de defender) en el
istmo de Panamá. Y allí, en una gran feria, el Perú intercambiaba
hombres y cosas as con la Madre Patria, en su única oportunidad
anual de comercio ilícito porque la ruta por el estrecho de
Magallanes estaba vedada. Ya de regreso, los dos convoyes se
encontraban en La Habana para, en teoría, iniciar juntos el viaje
transatlántico. Aunque muy pronto, por las vicisitudes de las
guerras, el convoy dejó de ser rigurosamente anual, el arreglo
favorecía a Cartagena, donde los Galeones hacían escala
continental. En su rada esperaban noticias sobre la llegada a
Ciudad de Panamá, del lado Pacifico del istmo, de la pequeña
escuadra, la Armada del Sur, que desde El Callao transportaba los
lingotes y doblones de plata para alegrar la Feria. A Cartagena,
por ultimo, regresaban los navíos antes de partir hacia su cita en
La Habana (fig. 4).
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Fig 4. Planta de Cartagena y
proyecto de fortificación de la plaza elaborado por Bautista
Antonelli (1595), por orden del rey Felipe II. Este esquema sirve
de base para las fortificaciones que se construyen alrededor de la
isla de Calamari, asiento de la primitiva Cartagena.
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Aunque el istmo era el embudo por donde pasaba todo lo que
España llevaba y traía del antiguo Imperio Inca, en el fondo, el
verdadero puerto terminal de los Galeones era Cartagena. Allí
permanecían a veces durante muchos meses, allí se les reparaba con
las maderas del Sinú y del Atrato, avituallaba y armaba. Allí
hacían aguada. La ciudad era bodega y arsenal, sus haciendas
alimentaban el gentío, y sus comerciantes controlaban el
intercambio hasta Quito. Lo que ofrecía Cartagena era su segurísimo
puerto, su topografía defensiva y sus tierras del interior. Con
nada de esto competía Portobello. En efecto, la costa atlántica del
istmo era malsana y la selva llegaba (y llega) casi al borde de la
playa. En Portobello era imposible contar con los recursos para el
suministro de una armada. Por ello la Feria duraba apenas dos
semanas y por ello, como nada podía emular con su rada y su feraz
transpaís
|(hinterland) en cercanía de ese nexo vital del
imperio, a Cartagena se la nombro centinela, guardián del Talón de
Aquiles imperial, repetidamente amenazado por los enemigos de
España. De la ciudad partió la expedición que desalojo a los
escoceses de Nueva Caledonia en el Darién (entre Urabá y
Portobello), en 1700, desde ella se patrullaba la sensible costa de
Mosquitía en la actual Nicaragua, y ella era la sede de los
guardacostas que mas o menos eficazmente controlaban el
contrabando. También en Cartagena se organizaron las misiones de De
la Torre y Arévalo para someter a los indígenas con cuya
complicidad Inglaterra se aprestaba a ocupar el estratégico Darien.
Lo que mejor subraya este papel vital, explícitamente reconocido
por la Corona, es el
|situado o subsidio que la ciudad
recibía de Lima para el mantenimiento de sus tropas y defensa.
Este estratégico carácter lo conservó Cartagena aun después de
que bajo los Borbones, en el siglo XVIII, se desmontó el rodaje del
trafico monopolístico del convoy mercante que había convertido a la
ciudad en puerto terminal del imperio. Es mas, durante el Siglo de
las Luces se acentuó la importancia militar de la plaza, porque de
incursiones corsarias los rivales de España pasaron a ataques en
regla, cobijados regularmente por las banderas de sus ejércitos y
flotas. De hecho, cuando el gobierno británico decidió asestar un
golpe de muerte en el corazón mismo del imperio colonial español,
congregó los mas importantes efectivos navales de que tenia noticia
el hemisferio occidental y la Europa misma, y los lanzó contra
Cartagena. Con la derrota de Vernon y Wentworth en 1741 y el retiro
obligado del comodoro Anson, quien simultáneamente había ingresado
al Pacifico por el cabo de Homos, los ingleses perdieron la
oportunidad de partir el imperio en dos y quizá conquistarlo, como
era su designio. Para España la lección fue clara, como parte
esencial de su larga lucha colonial con la Inglaterra del siglo
XVIII no cejó en su empeño, incesante hasta los albores mismos de
la independencia, por convertir la "Llave de las Indias
del Perú", en la plaza fuerte mas respetada de
América.
La estrategia defensiva
La concepción y el desarrollo de las defensas de Cartagena
pertenecen a los siglos XVII y XVIII, la época del apogeo de la
fortificación permanente abaluartada, respuesta de la ingeniería
militar a la aparición de la artillería. Los primeros ejemplares
del Arte datan de fines del siglo XV, cuando se descubre que la
muralla medieval, alta, esbelta, concebida casi exclusivamente para
rechazar un enemigo que trate de escalarla, es impotente contra los
embates del cañón. El reto determina que la fortificación pierda
altura y gane en espesor. Se diseña para ofrecer el menor blanco
posible, dificultar la apertura de brechas en las cortinas y
disponer sobre ellas de explanadas para las piezas que habrán de
responder al sitiador (fig.).
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Fig. 5. Técnicas de ataque y defensa
de una plaza fuerte. Los sitiadores trataban de acercarse para
abrir brechas en las murallas de los sitiados y estos pugnaban por
impedirlo. También se intentaba destruir las cortinas de los
fuertes minándolas y haciendo estallar cargas de pólvora bajo sus
cimientos
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Las murallas se terraplenan mientras las torres curvas
desaparecen y son reemplazadas por angulosos baluartes. Estos nacen
como puestos avanzados donde emplazar la artillería v defender con
fuego cruzado, desde sus bien protegidos flancos, la escarpa o
exterior de las murallas, objetivo final del asalto enemigo (fig.
6).
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Fig. 6. Diagrama de una brecha en la
cortina entre dos baluartes. Los cañones de estos flanqueaban la
abertura para impedir el asalto enemigo. La distancia entre los
baluartes y la forma de sus ángulos quedaban estrictamente
subordinadas a la necesidad de cumplir con esta función pero sin
interferirse entre si.
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Desde tiempos inmemoriales, el objetivo de la fortificación
sigue siendo, sin embargo, el mismo: como hacer que unos pocos
puedan resistir el ataque de muchos. Porque lo normal es que el
sitiador sea mas fuerte que el sitiado, tanto en numero de hombres
como en potencia de fuego. Tarde o temprano lograra acercarse a la
muralla y batirla en brecha. De esta hipótesis surge el principio
fundamental que inspira la fortificación abaluartada: flanquear al
enemigo para dificultar su ingreso por la brecha abierta.
Con el tiempo y la acumulación de éxitos y fracasos, los
baluartes y sus obras complementarias se van complicando
imaginativamente en tal forma que el objetivo, según un ilustrado
tratadista, es
-
|"hallar la figura más conveniente a un recinto
poligonal cualquiera para que las partes más expuestas de su
fortificación fuesen defendidas y flanqueadas por las menos
expuestas a la acción de las armas del sitiador, y que estas partes
flanqueantes fuesen al mismo tiempo flanqueadas...,
|etc.,
etc., etc..."
Los estrategas y los ingenieros en el campo se dedican a avanzar
las fortificaciones, a cubrirlas unas con otras y a encontrar las
correlaciones geométricas que multipliquen las ventajas del
defensor (fig. 7). De todo esto hay múltiples ejemplos en
Cartagena, cuartel general de los ingenieros de Indias y plaza
donde dejaron algunas de sus mas inteligentes realizaciones.
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Fig. 7. Planta y corte de un
complejo fortificado, típico del siglo XVIII. Las obras avanzadas,
as! como la forma y las dimensiones de todos los componentes del
complejo, tenían por objeto evitar que la artillería enemiga
pudiera abrir brechas en las cortinas del recinto para introducirse
en el.
|
Sólo que las Indias no son las planicies de Flandes, aptas para
artificios geométricos. Acá los arquitectos militares tienen que
habérselas con una intrincada topografía, con la lluvia y el
trópico, que hacen difícil la aplicación estricta de los cánones
del francés Vauban, pontífice máximo del Arte, cuyas normas fueron
transmitidas a los españoles en la Escuela de Ingenieros de
Barcelona. Se necesita imaginación para complementar los
fundamentos estratégicos. De ahí que, con razón, se haya
identificado la existencia de una Escuela Hispanoamericana de
Fortificación, con sus características propias, y de la que San
Felipe de Barajas, por ejemplo, es una muestra sobresaliente.
Las ciudades se fortificaban teniendo en cuenta ante todo las
circunstancias del terreno. Se aprovechaban las ventajas y se
obviaban las desventajas. En Cartagena el trazado de las murallas
se ciño a la amplia protección que ofrecía el agua; se redujeron a
casi nada los frentes de tierra. En efecto, en todos los kilómetros
de cortina que rodean la plaza, solo los estrechos istmos sobre el
Cabrero y la Península de Bocagrande daban al enemigo oportunidad
de acercarse a pie firme. 'A tal punto el mar y las ciénagas
impusieron su preeminencia defensiva que el perímetro urbano se
extendió, desde el principio, más de lo esencialmente necesario. A
fines del siglo XVIII, casi doscientos anos después de amurallada
Cartagena, la esquina noreste
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de la ciudad, en las cercanías
de don de hoy están las bóvedas, aun alberga, semibaldío, el enorme
solar del convento de San Diego.
Con razón decía Antonio de Arévalo, el gran ingeniero que tanto
contribuyó a la inexpugnabilidad de Cartagena de Indias, que la
ciudad nada tenía que temer por las "avenidas"
que el llamó de la Mar del Norte, del istmo y camino de tierra de
la Cruz Grande (Cabrero y Crespo), y del istmo de Bocagrande. Del
mar la protegían los peligrosos bajos y la muralla de la Marina
erizada de cañones que convertían en suicida cualquier intento de
desembarco. De Pointis, quien en 1697 lo intentó por las playas de
Bocagrande, sin éxito, dejó escrito que "en la costa de
Cartagena el mar es un señor invencible". Por la Cruz
Grande estaban los baluartes de Santa Catalina y de San Lucas con
sus obras avanzadas (tenaza y foso), y por Bocagrande el baluarte
de Santodomingo con sus vecinos, Santiago y la Cruz, y por ambas
avenidas unos istmos don de era imposible desplegar eficazmente la
artillería del sitio, acomodar las tropas de asalto o sonar
siquiera con minar las defensas cuando el nivel freático se hacía
presente al primer golpe de pala (Fig. 8).
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Fig. 8. "Avenidas"
por donde ( podía ser atacada, según el análisis de Antonio de
Arévalo en 1762. El asalto podía intentarse por Bocagrande, por el
Cabrero (Cruz grande), por el mar abierto (operación anfibia) y
sobre todo por el Valle de la Popa, frente a San Felipe de
Bara
|
Un sitio riguroso en Cartagena de Indias debía necesariamente
plantearse por la Media Luna. El amplio valle frente al cerro de
San Lázaro era ideal para asentar el cuartel general del sitiador y
las estribaciones de la Popa servían para amparar cañones y
morteros, y para proteger las tropas del fuego de la plaza mientras
se desmontaba la artillería de la estratégica cima de San Lázaro
para tomarla por as alto. Así lo comprendieron desde el principio
los encargados de planear las defensas de Cartagena, y de ahí su
afán por fortificar el cerro e impedir, o al menos retardar, el
acceso y ocupación del Pie de la Popa y sus alrededores.
El concepto de retardar, de demorar las operaciones del enemigo
en sus esfuerzos por acercarse al recinto amurallado, es esencial
para entender el pensamiento y las urgencias de los ingenieros
militares de Indias. En efecto, el monarca español defendía sus
reinos de América de la codicia de sus rivales europeos. No se
esperaban ni revueltas internas, ni mucho menos apoyo local a las
intentonas de las potencias rivales, salvo por parte de algunos
grupos indígenas desafectos, de escasa importancia militar. Se
trataba, por lo tanto, de repeler el ataque de tropas noreuropeas,
poco acostumbradas a los climas tropicales y deficientemente
inmunizadas contra las enfermedades de estas latitudes. El agresor
tenia necesariamente que lograr sus objetivos rápidamente, antes
que el calor, la humedad, el paludismo y la fiebre amarilla se
convirtiesen en invencibles aliados de los sitiados. En Cartagena
se estimaba un plazo de seis a ocho semanas para que las huestes
tropicales llegasen invisibles a defender la plaza. Eran
". . . enfermedades que, en estos países, son cuasi
indefectibles a los europeos recién venidos y mucho más a los que
no han de venir a lograr descanso alguno. . . ". Esto
escribía Arévalo mientras se devanaba los sesos para malograr el
reposo de visitantes prematuros, originarios de las zonas
templadas.
Retardar el sitio de Cartagena quería decir impedir, durante el
mayor tiempo posible, el ingreso de las armadas enemigas a la
bahía. El sitiador habría de llegar por mar y tendría que
desembarcar en puerto seguro para transportar todos los aperos de
combate basta el vital valle de la Popa. La ensenada de la Boquilla
ofrecía algunas posibilidades pero las aguas no son propiamente
seguras, como lo experimentaron Vernon y De Pointis, y un defensor
decidido lograba dificultar mucho los intentos de llegar basta la
playa con armas y bagajes. La entrada a la bahía era casi
inevitable y por eso las fortificaciones de Cartagena se avanzaron
hacia los puntos estratégicos por donde se podía eficazmente
obstruir el acceso a barcos de vela. En las defensas propiamente
navales, materializadas en los fuertes de San Matías, Santángel,
San Luis, Punta Judío y Manzanillo, y mis tarde en San Fernando,
San José, Ángel San Rafael y la escollera de Bocagrande, puso la
Corona tanto empeño y tantos doblones como en las cortinas y
baluartes de la ciudad misma.
Planeación y construcción de las fortificaciones
Los fuertes y murallas de Cartagena, como sus parientes en
Europa y América, fueron objeto de una cuidadosa plantación, a
cargo de un ingeniero militar cuya primera obligación consistía en
justificar sus conceptos estratégicos y tácticos y presentar planos
para aprobación de la autoridad competente. En memorando y dibujos,
debía incluir la forma y dimensiones de las fortificaciones
proyectadas, las relaciones de su artillería con el campo de tiro
en la zona circulante y, naturalmente su costo. En los archivos
militares de España queda constancia de la minuciosa preparación
consagrada a Cartagena por acuciosos ingenieros; abundan hermosos
planos multicolores -morado claro para identificar las cortinas,
verde mar para los fosos, marrón para los accidentes del terreno- y
con la dirección y alcance de cada cañón como lo exigían los
dictados del Arte.
La iniciativa de que y cuándo fortificar en América, con la
sobresaliente excepción del primer impulso dado por Felipe II, la
tomaban ante todo los interesados directos que exponían su pellejo
contra los enemigos del imperio. Muchas veces en Cartagena el
gobernador tomo, por si y ante si, la decisión de disponer de los
fondos en las Cajas Reales para reparar murallas o fundar fuertes.
Pero, en materia tan delicada, procuro casi siempre asesorarse de
los entendidos, de ese ingeniero militar siempre presente en la
ciudad a lo largo de la Colonia, del general de los Galeones a su
paso por Cartagena, y de los personajes de campanillas que
esporádicamente hacían su aparición en tránsito hacia el Perú!,
incluyendo los virreyes mismos. Con estos elementos se constituía
un consejo
|ad hoc que, de manera colegiada, refrendaba las
decisiones tácticas sobre la defensa de la plaza. De estas
reuniones resultaban actas que se remitían a la Junta de Guerra en
la metrópoli para confirmación de lo actuado y donde quedaban
consignadas las conclusiones y los salvamentos de voto.
Aprobados los planos, comenzaba el vía crucis de contratistas y
subcontratistas, de insuficiencia y mala calidad de los materiales,
de incumplimiento en las entregas y de todos los inconvenientes
conocidos por quienes, hoy y siempre, han construido desde una
choza basta una basílica. La mano de obra se componía generalmente
de artesanos, de malhechores condenados a trabajos forzados, de
esclavos y, ocasionalmente, de las tropas mismas que por un
sobresueldo coadyuvaban en la obra. En Cartagena fueron los
artesanos libres y los esclavos negros quienes aportaron mayormente
su talento y sudor a las fortificaciones.
Doscientos años de labores casi ininterrumpidas en la erección,
reforma y reconstrucción de murallas le dieron a Cartagena una
riquísima tradición artesanal. No en todas partes contaban los
ingenieros militares con una reserva de canteros, maestros
albañiles, carpinteros, herreros, capataces para construir las
reales fortificaciones, y basta contadores para llevar
minuciosamente los libros de los dineros del rey. Los ingenieros no
se quejaban, como en otras partes, de dificultades de
reclutamiento; los oficios pasaban con frecuencia de padres a hijos
y consta que la Corona estimulaba a sus artesanos remunerándolos
adecuadamente. Además, durante buena parte de la Colonia, los
ingenieros tuvieron a su disposición cuadrillas de esclavos de
propiedad real, mis o menos numerosas según el ritmo de las obras y
los apremios económicos y militares de España. Esta disponibilidad
se intensifico durante el gran periodo constructivo que siguió al
ataque de Vernon. Cuando el rey tomó en administración directa la
construcción de las fortificaciones, dejando muy poco en manos de
contratistas (fig. 9).
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Fig. 9. Construcción del terraplén
de una cortina con sus bóvedas.
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En Cuanto a materiales, el mas noble de ellos, la piedra, abunda
en loa alrededores de Cartagena:
- "..Piedra para hacer la cal
por ser de buena calidad para ello, y para hacer obras de
Mampostería y Cantería labrada, para Cimientos, Retretas y Ángulos:
y para moldurar en obra Toscana, Garitas y Cosas semejantes, por
ser franca y de color caña blanquezca de buen
grano...".
Así se expresaba Arévalo en 1772, porque el, como sus
antecesores, se habla preocupado por localizar las mejores canteras
en Tierrabomba, Albornoz, Caimán y Barú , de buena caliza para cada
uso: para hacerles frente a los embates del mar, para fabricar cal
viva, o para tallarla primorosamente tal como en la portada de la
Inquisición.
La madera seca y curada para pilotes y andamios, para
arboladuras de los tendales, y para puertas y ventanas llegaba
hasta del Sinú y del Choco, a las manos expertas de artífices
inmersos en la tradición de los carpinteros de ribera. El hierro
para hachas, serruchos, cinceles y demás utensilios para tallar la
piedra, y el de los martillos, picos y palas, barretas, clavos,
goznes capuchinos y cadenas venla de ultramar pero lo trabajaban
las fraguas y fundiciones de la ciudad. Acostumbradas a suplir las
necesidades de la gran Armada de los Galeones. Las cuerdas pesadas
para izar materiales de construcción se importaban, aunque
localmente se hilaba el fique de tradición indígena. El ladrillo
para los parapetos y la teja para los cuerpos de guardia se
moldeaba y horneaba con la buena arcilla de los numerosos tejares
que rodeaban a Cartagena.
Para el cemento, los ingenieros se acogían todavía a las
excelentes fórmulas de origen romano. El mejor mortero era la
argamasa preparada con tres partes de arena lavada, preferiblemente
de arroyo (la de mar era menos apreciada), y dos partes de cal viva
mezcladas con agua, y todo reposado y cernido. Nada más era
necesario si se tenía buen cuidado al escoger los ingredientes.
Fuertes y murallas que aun perduran orgullosamente erguidos en
Cartagena, no tienen más pega que esta, excepto en los aljibes y
demás obras sumergidas. La sangre ciertamente sobraba. En los
aljibes se reducía la carga de arena a una parte y se añadía polvo
de teja molida o escoria de hierro. Se preferían, además, para la
argamasa de tan difícil servicio, las partículas de cal que
quedaban en los homos de calcinar, mezcladas con cenizas.