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¿Por qué Cartagena?

Cartagena de India nació militarmente. El perfil castrense es, todavía hoy, su mas ubicua característica. Milicias, regimientos fijos e ingenieros militares la acompañaron casi desde la cuna, y en la escogencia de su emplazamiento mismo pesaron decisivamente las consideraciones bélicas.

Fundación y génesis de las fortificaciones

España pobló con relativo retardo la bahía de Cartagena, espaciosa y segura como pocas en América. La voluntad de conquista se estrello desde \los primeros tiempos con unos indios duros que resistieron las depredaciones de mercaderes de esclavos y saqueadores de pueblos. Sin desdeñar algún intercambio de oro o guanín por baratijas, rechazaron sucesivas "entradas", dando buena cuenta de las expediciones organizadas por los hermanos Guerra y por ese sanguinario bribón que se llamo Alonso de Ojeda. Y en las colinas que rodean la bahía, los aguerridos turbacos o yurbacos consolidaron una reputación bravía dando muerte al cartógrafo Juan de la Cosa. El fundador de Cartagena, don Pedro de Heredia, llego a enfrentarse contra estos artistas del arco y de flecha en enero de 1533. Venía provisto de Capitulaciones en regla que lo habilitaban para una gobernación en Tierra Firme y de una reducida pero bien pertrechada hueste de 150 hombres. El madrileño Heredia era hombre experimentado y enérgico; ducho en las lides indianas. Una vez desembarcado, sentó sus reales provisionalmente en Calamari, la isla are nos a donde los aborígenes agrupaban sus bohíos, pero sin que lo convenciese el sitio. Le faltaba un elemento esencial en casi todas las fundaciones iberoamericanas: agua corriente.

Solo después de un minucioso recorrido de cuatro meses por el norte de su gobernación hasta el rió Magdalena, y por los alrededores de la bahía, en infructuosa búsqueda de un lugar mas apto, regresa don Pedro para fundar a San Sebastián de Cartagena, probablemente el primero de junio de 1533. Los jagüeyes primero y los aljibes mas tarde suplirían la falta de agua encalara. Mientras tanto, mal podía el Adelantado desaprovechar las incomparables ventajas defensivas de aquel islote aislado en el mas protegido rincón y puerto de la bahía (fig. 2).

Fig. 2. Cartagena 1570. Es el piano mas antiguo que se conoce. La ciudad, todavía sin murallas. No tiene mas protección que el fuerte del Boquerón y unas culebrinas que defienden la bahía de las ánimas.

Pacificados los indígenas, la ciudad crece rápidamente gracias al buen éxito económico de las "entradas" Magdalena arriba, y sobre todo, al pingüe saqueo de las sepulturas sinues que consolida la prosperidad de la gobernación. Pero si no hay enemigos en el interior, el comercio y el oro sinuanos despiertan la codicia de un nuevo antagonista cuya existencia, cobijado o no por patentes de corso, habrá de determinar el desarrollo de Cartagena durante mas de dos siglos y medio. En los primeros años no son sino renegados de todas las nacionalidades mas o menos bien vistos por los rivales de \España y de la Casa de Habsburgo. Su oficio es la guerrilla marítima; el ataque al puerto aislado y semi indefenso. El primero de estos visitantes furtivos se llama Roberto O'Valle (o Baal), quien se apodera de Cartagena en la madrugada del 24 de julio de 1543, cuando han transcurrido apenas diez \años desde la fundación. Luego, en 1559, Martín Cote y Juan de Beautemps \entran a sangre y fuego, cobrando un fuerte rescate. La ciudad vive aterrorizada por los piratas que surcan sus costas y ruega a la Corona dotarla de defensas permanentes.

Pasaran varios años antes de que Felipe II |, el Prudente, de respuesta adecuada al ruego de sus súbditos de ultramar. Aun debe ser Cartagena amenazada por John Hawkins (1508) y, sobre todo, humillada por el |Draque en 1580. Poco antes de este ultimo ataque, el Consejo de Indias despierta de su sopor burocrático para poner en marcha un grandioso proyecto de defensa de todos los puertos de Indias. En 1580 llega a Cartagena Bautista Antonelli, el mas distinguido ingeniero al servicio de la Corona española y el primero de una serie ininterrumpida de expertos en el arte de la guerra que proyectan y construyen las fortificaciones de la ciudad (fig. 3).

Fig. 3. Planta de Cartagena y proyecto de fortificación de la plaza elaborado por Bautista Antonelli (1595), por orden del rey Felipe II. Este esquema sirve de base para las fortificaciones que se construyen alrededor de la isla de Calamari, asiento de la primitiva Cartagena.

Su arribo es la génesis de las murallas de Cartagena de Indias, mas de cincuenta años después de que Heredia trazara la ciudad y repartiera solares entre los conquistadores. Hasta ese momento, en las postrimerías del siglo XVI, sus moradores hablan sido presa del "apetito y festejo" de la piratería. De allí en adelante y ya enteramente en piedra desde la segunda década del siglo XVII, solo una vez en toda la Colonia cederá Cartagena ante los insultos del enemigo.

Cartagena en la política imperial

Pero ni el oro del Sinú, ni los humillantes ataques piratas, son suficientes para explicar el formidable cinturón pétreo que rodea a Cartagena, Tanta largueza por parte de un gobierno tradicionalmente impecunio, no la justifican tampoco los magros recursos del Nuevo Reino de Granada y de las provincias de Popayán y Antioquia. La Colombia de entonces era colonia de segunda categoría y su  "llave y antemural", no merecía tantas y tan solicitas atenciones Cartagena sólo se explica en términos geopolíticos; la ciudad es punto de apoyo vital para la defensa y comunicaciones con la verdadera joya imperial: el virreinato del Perú y, con el, el resto de Suramérica.

En efecto, concluida con éxito la inmensa empresa de conquistar a la América hispana y agotada la acumulación centenaria de metales preciosos por parte de las culturas indígenas, España pasó a consolidar y administrar su imperio. Lo primero fue asegurar las comunicaciones y el intercambio, sobre todo con el Perú y México, ricos en mano de obra aborigen yen mineral de plata. Como parte de esa consolidación se eliminó muy pronto el zarpe de navíos sueltos, fácil presa de ataques piratas, y se taponaron las vías de acceso a los reinos americanos; sólo la metrópoli podría comerciar con sus territorios de ultramar. A partir de 1566, y después de varios años de ensayos similares, el trafico quedó definitivamente organizado o, mejor, monopolizado, por convoyes de rutas y fechas preestablecidas que, partiendo de Sevilla, se dirigían anualmente a América.

El primer convoy, la Flota de los Galeones, zarpaba generalmente en abril y navegaba, con escalas intermedias, rumbo a Veracruz. El segundo, conocido como la Armada de los Galeones, se hacia a la vela en agosto con destino a Tierra Firme y puerto final en Nombre de Dios (desde principios del siglo XVII la población se trasladó a Portobello por ser mejor puerto y mas fácil de defender) en el istmo de Panamá. Y allí, en una gran feria, el Perú intercambiaba hombres y cosas as con la Madre Patria, en su única oportunidad anual de comercio ilícito porque la ruta por el estrecho de Magallanes estaba vedada. Ya de regreso, los dos convoyes se encontraban en La Habana para, en teoría, iniciar juntos el viaje transatlántico. Aunque muy pronto, por las vicisitudes de las guerras, el convoy dejó de ser rigurosamente anual, el arreglo favorecía a Cartagena, donde los Galeones hacían escala continental. En su rada esperaban noticias sobre la llegada a Ciudad de Panamá, del lado Pacifico del istmo, de la pequeña escuadra, la Armada del Sur, que desde El Callao transportaba los lingotes y doblones de plata para alegrar la Feria. A Cartagena, por ultimo, regresaban los navíos antes de partir hacia su cita en La Habana (fig. 4).

Fig 4. Planta de Cartagena y proyecto de fortificación de la plaza elaborado por Bautista Antonelli (1595), por orden del rey Felipe II. Este esquema sirve de base para las fortificaciones que se construyen alrededor de la isla de Calamari, asiento de la primitiva Cartagena.

Aunque el istmo era el embudo por donde pasaba todo lo que España llevaba y traía del antiguo Imperio Inca, en el fondo, el verdadero puerto terminal de los Galeones era Cartagena. Allí permanecían a veces durante muchos meses, allí se les reparaba con las maderas del Sinú y del Atrato, avituallaba y armaba. Allí hacían aguada. La ciudad era bodega y arsenal, sus haciendas alimentaban el gentío, y sus comerciantes controlaban el intercambio hasta Quito. Lo que ofrecía Cartagena era su segurísimo puerto, su topografía defensiva y sus tierras del interior. Con nada de esto competía Portobello. En efecto, la costa atlántica del istmo era malsana y la selva llegaba (y llega) casi al borde de la playa. En Portobello era imposible contar con los recursos para el suministro de una armada. Por ello la Feria duraba apenas dos semanas y por ello, como nada podía emular con su rada y su feraz transpaís |(hinterland) en cercanía de ese nexo vital del imperio, a Cartagena se la nombro centinela, guardián del Talón de Aquiles imperial, repetidamente amenazado por los enemigos de España. De la ciudad partió la expedición que desalojo a los escoceses de Nueva Caledonia en el Darién (entre Urabá y Portobello), en 1700, desde ella se patrullaba la sensible costa de Mosquitía en la actual Nicaragua, y ella era la sede de los guardacostas que mas o menos eficazmente controlaban el contrabando. También en Cartagena se organizaron las misiones de De la Torre y Arévalo para someter a los indígenas con cuya complicidad Inglaterra se aprestaba a ocupar el estratégico Darien. Lo que mejor subraya este papel vital, explícitamente reconocido por la Corona, es el |situado o subsidio que la ciudad recibía de Lima para el mantenimiento de sus tropas y defensa.

Este estratégico carácter lo conservó Cartagena aun después de que bajo los Borbones, en el siglo XVIII, se desmontó el rodaje del trafico monopolístico del convoy mercante que había convertido a la ciudad en puerto terminal del imperio. Es mas, durante el Siglo de las Luces se acentuó la importancia militar de la plaza, porque de incursiones corsarias los rivales de España pasaron a ataques en regla, cobijados regularmente por las banderas de sus ejércitos y flotas. De hecho, cuando el gobierno británico decidió asestar un golpe de muerte en el corazón mismo del imperio colonial español, congregó los mas importantes efectivos navales de que tenia noticia el hemisferio occidental y la Europa misma, y los lanzó contra Cartagena. Con la derrota de Vernon y Wentworth en 1741 y el retiro obligado del comodoro Anson, quien simultáneamente había ingresado al Pacifico por el cabo de Homos, los ingleses perdieron la oportunidad de partir el imperio en dos y quizá conquistarlo, como era su designio. Para España la lección fue clara, como parte esencial de su larga lucha colonial con la Inglaterra del siglo XVIII no cejó en su empeño, incesante hasta los albores mismos de la independencia, por convertir la "Llave de las Indias del Perú", en la plaza fuerte mas respetada de América.

La estrategia defensiva

La concepción y el desarrollo de las defensas de Cartagena pertenecen a los siglos XVII y XVIII, la época del apogeo de la fortificación permanente abaluartada, respuesta de la ingeniería militar a la aparición de la artillería. Los primeros ejemplares del Arte datan de fines del siglo XV, cuando se descubre que la muralla medieval, alta, esbelta, concebida casi exclusivamente para rechazar un enemigo que trate de escalarla, es impotente contra los embates del cañón. El reto determina que la fortificación pierda altura y gane en espesor. Se diseña para ofrecer el menor blanco posible, dificultar la apertura de brechas en las cortinas y disponer sobre ellas de explanadas para las piezas que habrán de responder al sitiador (fig.).

Fig. 5. Técnicas de ataque y defensa de una plaza fuerte. Los sitiadores trataban de acercarse para abrir brechas en las murallas de los sitiados y estos pugnaban por impedirlo. También se intentaba destruir las cortinas de los fuertes minándolas y haciendo estallar cargas de pólvora bajo sus cimientos

Las murallas se terraplenan mientras las torres curvas desaparecen y son reemplazadas por angulosos baluartes. Estos nacen como puestos avanzados donde emplazar la artillería v defender con fuego cruzado, desde sus bien protegidos flancos, la escarpa o exterior de las murallas, objetivo final del asalto enemigo (fig. 6).

Fig. 6. Diagrama de una brecha en la cortina entre dos baluartes. Los cañones de estos flanqueaban la abertura para impedir el asalto enemigo. La distancia entre los baluartes y la forma de sus ángulos quedaban estrictamente subordinadas a la necesidad de cumplir con esta función pero sin interferirse entre si.

Desde tiempos inmemoriales, el objetivo de la fortificación sigue siendo, sin embargo, el mismo: como hacer que unos pocos puedan resistir el ataque de muchos. Porque lo normal es que el sitiador sea mas fuerte que el sitiado, tanto en numero de hombres como en potencia de fuego. Tarde o temprano lograra acercarse a la muralla y batirla en brecha. De esta hipótesis surge el principio fundamental que inspira la fortificación abaluartada: flanquear al enemigo para dificultar su ingreso por la brecha abierta.

Con el tiempo y la acumulación de éxitos y fracasos, los baluartes y sus obras complementarias se van complicando imaginativamente en tal forma que el objetivo, según un ilustrado tratadista, es

|"hallar la figura más conveniente a un recinto poligonal cualquiera para que las partes más expuestas de su fortificación fuesen defendidas y flanqueadas por las menos expuestas a la acción de las armas del sitiador, y que estas partes flanqueantes fuesen al mismo tiempo flanqueadas..., |etc., etc., etc..."

Los estrategas y los ingenieros en el campo se dedican a avanzar las fortificaciones, a cubrirlas unas con otras y a encontrar las correlaciones geométricas que multipliquen las ventajas del defensor (fig. 7). De todo esto hay múltiples ejemplos en Cartagena, cuartel general de los ingenieros de Indias y plaza donde dejaron algunas de sus mas inteligentes realizaciones.

Fig. 7. Planta y corte de un complejo fortificado, típico del siglo XVIII. Las obras avanzadas, as! como la forma y las dimensiones de todos los componentes del complejo, tenían por objeto evitar que la artillería enemiga pudiera abrir brechas en las cortinas del recinto para introducirse en el.

Sólo que las Indias no son las planicies de Flandes, aptas para artificios geométricos. Acá los arquitectos militares tienen que habérselas con una intrincada topografía, con la lluvia y el trópico, que hacen difícil la aplicación estricta de los cánones del francés Vauban, pontífice máximo del Arte, cuyas normas fueron transmitidas a los españoles en la Escuela de Ingenieros de Barcelona. Se necesita imaginación para complementar los fundamentos estratégicos. De ahí que, con razón, se haya identificado la existencia de una Escuela Hispanoamericana de Fortificación, con sus características propias, y de la que San Felipe de Barajas, por ejemplo, es una muestra sobresaliente.

Las ciudades se fortificaban teniendo en cuenta ante todo las circunstancias del terreno. Se aprovechaban las ventajas y se obviaban las desventajas. En Cartagena el trazado de las murallas se ciño a la amplia protección que ofrecía el agua; se redujeron a casi nada los frentes de tierra. En efecto, en todos los kilómetros de cortina que rodean la plaza, solo los estrechos istmos sobre el Cabrero y la Península de Bocagrande daban al enemigo oportunidad de acercarse a pie firme. 'A tal punto el mar y las ciénagas impusieron su preeminencia defensiva que el perímetro urbano se extendió, desde el principio, más de lo esencialmente necesario. A fines del siglo XVIII, casi doscientos anos después de amurallada Cartagena, la esquina noreste | de la ciudad, en las cercanías de don de hoy están las bóvedas, aun alberga, semibaldío, el enorme solar del convento de San Diego.

Con razón decía Antonio de Arévalo, el gran ingeniero que tanto contribuyó a la inexpugnabilidad de Cartagena de Indias, que la ciudad nada tenía que temer por las "avenidas" que el llamó de la Mar del Norte, del istmo y camino de tierra de la Cruz Grande (Cabrero y Crespo), y del istmo de Bocagrande. Del mar la protegían los peligrosos bajos y la muralla de la Marina erizada de cañones que convertían en suicida cualquier intento de desembarco. De Pointis, quien en 1697 lo intentó por las playas de Bocagrande, sin éxito, dejó escrito que "en la costa de Cartagena el mar es un señor invencible". Por la Cruz Grande estaban los baluartes de Santa Catalina y de San Lucas con sus obras avanzadas (tenaza y foso), y por Bocagrande el baluarte de Santodomingo con sus vecinos, Santiago y la Cruz, y por ambas avenidas unos istmos don de era imposible desplegar eficazmente la artillería del sitio, acomodar las tropas de asalto o sonar siquiera con minar las defensas cuando el nivel freático se hacía presente al primer golpe de pala (Fig. 8).

Fig. 8. "Avenidas" por donde ( podía ser atacada, según el análisis de Antonio de Arévalo en 1762. El asalto podía intentarse por Bocagrande, por el Cabrero (Cruz grande), por el mar abierto (operación anfibia) y sobre todo por el Valle de  la Popa, frente a San Felipe de Bara

Un sitio riguroso en Cartagena de Indias debía necesariamente plantearse por la Media Luna. El amplio valle frente al cerro de San Lázaro era ideal para asentar el cuartel general del sitiador y las estribaciones de la Popa servían para amparar cañones y morteros, y para proteger las tropas del fuego de la plaza mientras se desmontaba la artillería de la estratégica cima de San Lázaro para tomarla por as alto. Así lo comprendieron desde el principio los encargados de planear las defensas de Cartagena, y de ahí su afán por fortificar el cerro e impedir, o al menos retardar, el acceso y ocupación del Pie de la Popa y sus alrededores.

El concepto de retardar, de demorar las operaciones del enemigo en sus esfuerzos por acercarse al recinto amurallado, es esencial para entender el pensamiento y las urgencias de los ingenieros militares de Indias. En efecto, el monarca español defendía sus reinos de América de la codicia de sus rivales europeos. No se esperaban ni revueltas internas, ni mucho menos apoyo local a las intentonas de las potencias rivales, salvo por parte de algunos grupos indígenas desafectos, de escasa importancia militar. Se trataba, por lo tanto, de repeler el ataque de tropas noreuropeas, poco acostumbradas a los climas tropicales y deficientemente inmunizadas contra las enfermedades de estas latitudes. El agresor tenia necesariamente que lograr sus objetivos rápidamente, antes que el calor, la humedad, el paludismo y la fiebre amarilla se convirtiesen en invencibles aliados de los sitiados. En Cartagena se estimaba un plazo de seis a ocho semanas para que las huestes tropicales llegasen invisibles a defender la plaza. Eran ". . . enfermedades que, en estos países, son cuasi indefectibles a los europeos recién venidos y mucho más a los que no han de venir a lograr descanso alguno. . . ". Esto escribía Arévalo mientras se devanaba los sesos para malograr el reposo de visitantes prematuros, originarios de las zonas templadas.

Retardar el sitio de Cartagena quería decir impedir, durante el mayor tiempo posible, el ingreso de las armadas enemigas a la bahía. El sitiador habría de llegar por mar y tendría que desembarcar en puerto seguro para transportar todos los aperos de combate basta el vital valle de la Popa. La ensenada de la Boquilla ofrecía algunas posibilidades pero las aguas no son propiamente seguras, como lo experimentaron Vernon y De Pointis, y un defensor decidido lograba dificultar mucho los intentos de llegar basta la playa con armas y bagajes. La entrada a la bahía era casi inevitable y por eso las fortificaciones de Cartagena se avanzaron hacia los puntos estratégicos por donde se podía eficazmente obstruir el acceso a barcos de vela. En las defensas propiamente navales, materializadas en los fuertes de San Matías, Santángel, San Luis, Punta Judío y Manzanillo, y mis tarde en San Fernando, San José, Ángel San Rafael y la escollera de Bocagrande, puso la Corona tanto empeño y tantos doblones como en las cortinas y baluartes de la ciudad misma.

Planeación y construcción de las fortificaciones

Los fuertes y murallas de Cartagena, como sus parientes en Europa y América, fueron objeto de una cuidadosa plantación, a cargo de un ingeniero militar cuya primera obligación consistía en justificar sus conceptos estratégicos y tácticos y presentar planos para aprobación de la autoridad competente. En memorando y dibujos, debía incluir la forma y dimensiones de las fortificaciones proyectadas, las relaciones de su artillería con el campo de tiro en la zona circulante y, naturalmente su costo. En los archivos militares de España queda constancia de la minuciosa preparación consagrada a Cartagena por acuciosos ingenieros; abundan hermosos planos multicolores -morado claro para identificar las cortinas, verde mar para los fosos, marrón para los accidentes del terreno- y con la dirección y alcance de cada cañón como lo exigían los dictados del Arte.

La iniciativa de que y cuándo fortificar en América, con la sobresaliente excepción del primer impulso dado por Felipe II, la tomaban ante todo los interesados directos que exponían su pellejo contra los enemigos del imperio. Muchas veces en Cartagena el gobernador tomo, por si y ante si, la decisión de disponer de los fondos en las Cajas Reales para reparar murallas o fundar fuertes. Pero, en materia tan delicada, procuro casi siempre asesorarse de los entendidos, de ese ingeniero militar siempre presente en la ciudad a lo largo de la Colonia, del general de los Galeones a su paso por Cartagena, y de los personajes de campanillas que esporádicamente hacían su aparición en tránsito hacia el Perú!, incluyendo los virreyes mismos. Con estos elementos se constituía un consejo |ad hoc que, de manera colegiada, refrendaba las decisiones tácticas sobre la defensa de la plaza. De estas reuniones resultaban actas que se remitían a la Junta de Guerra en la metrópoli para confirmación de lo actuado y donde quedaban consignadas las conclusiones y los salvamentos de voto.

Aprobados los planos, comenzaba el vía crucis de contratistas y subcontratistas, de insuficiencia y mala calidad de los materiales, de incumplimiento en las entregas y de todos los inconvenientes conocidos por quienes, hoy y siempre, han construido desde una choza basta una basílica. La mano de obra se componía generalmente de artesanos, de malhechores condenados a trabajos forzados, de esclavos y, ocasionalmente, de las tropas mismas que por un sobresueldo coadyuvaban en la obra. En Cartagena fueron los artesanos libres y los esclavos negros quienes aportaron mayormente su talento y sudor a las fortificaciones.

Doscientos años de labores casi ininterrumpidas en la erección, reforma y reconstrucción de murallas le dieron a Cartagena una riquísima tradición artesanal. No en todas partes contaban los ingenieros militares con una reserva de canteros, maestros albañiles, carpinteros, herreros, capataces para construir las reales fortificaciones, y basta contadores para llevar minuciosamente los libros de los dineros del rey. Los ingenieros no se quejaban, como en otras partes, de dificultades de reclutamiento; los oficios pasaban con frecuencia de padres a hijos y consta que la Corona estimulaba a sus artesanos remunerándolos adecuadamente. Además, durante buena parte de la Colonia, los ingenieros tuvieron a su disposición cuadrillas de esclavos de propiedad real, mis o menos numerosas según el ritmo de las obras y los apremios económicos y militares de España. Esta disponibilidad se intensifico durante el gran periodo constructivo que siguió al ataque de Vernon. Cuando el rey tomó en administración directa la construcción de las fortificaciones, dejando muy poco en manos de contratistas (fig. 9).

Fig. 9. Construcción del terraplén de una cortina con sus bóvedas.

En Cuanto a materiales, el mas noble de ellos, la piedra, abunda en loa alrededores de Cartagena:

"..Piedra para hacer la cal por ser de buena calidad para ello, y para hacer obras de Mampostería y Cantería labrada, para Cimientos, Retretas y Ángulos: y para moldurar en obra Toscana, Garitas y Cosas semejantes, por ser franca y de color caña blanquezca de buen grano...".

Así se expresaba Arévalo en 1772, porque el, como sus antecesores, se habla preocupado por localizar las mejores canteras en Tierrabomba, Albornoz, Caimán y Barú , de buena caliza para cada uso: para hacerles frente a los embates del mar, para fabricar cal viva, o para tallarla primorosamente tal como en la portada de la Inquisición.

La madera seca y curada para pilotes y andamios, para arboladuras de los tendales, y para puertas y ventanas llegaba hasta del Sinú y del Choco, a las manos expertas de artífices inmersos en la tradición de los carpinteros de ribera. El hierro para hachas, serruchos, cinceles y demás utensilios para tallar la piedra, y el de los martillos, picos y palas, barretas, clavos, goznes capuchinos y cadenas venla de ultramar pero lo trabajaban las fraguas y fundiciones de la ciudad. Acostumbradas a suplir las necesidades de la gran Armada de los Galeones. Las cuerdas pesadas para izar materiales de construcción se importaban, aunque localmente se hilaba el fique de tradición indígena. El ladrillo para los parapetos y la teja para los cuerpos de guardia se moldeaba y horneaba con la buena arcilla de los numerosos tejares que rodeaban a Cartagena.

Para el cemento, los ingenieros se acogían todavía a las excelentes fórmulas de origen romano. El mejor mortero era la argamasa preparada con tres partes de arena lavada, preferiblemente de arroyo (la de mar era menos apreciada), y dos partes de cal viva mezcladas con agua, y todo reposado y cernido. Nada más era necesario si se tenía buen cuidado al escoger los ingredientes. Fuertes y murallas que aun perduran orgullosamente erguidos en Cartagena, no tienen más pega que esta, excepto en los aljibes y demás obras sumergidas. La sangre ciertamente sobraba. En los aljibes se reducía la carga de arena a una parte y se añadía polvo de teja molida o escoria de hierro. Se preferían, además, para la argamasa de tan difícil servicio, las partículas de cal que  quedaban en los homos de calcinar, mezcladas con cenizas.

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