Prefacio
Casi cien años de paz han alejado a Cartagena de cualquier
preocupación bélica. Los fuertes son un pintoresco rezago de otros
tiempos y hasta la presencia en su bahía de la flota colombiana de
guerra se percibe como un grato ornamento apenas. Pero para los
cartageneros, a quienes les toco vivir durante mas de dos siglos al
abrigo de estructuras de piedra, fría y económicamente pensadas
para disuadir al enemigo, las defensas de la ciudad eran algo mas
que un adorno. Gobernadores, comerciantes, artesanos y esclavos
sabían muy bien que un fuerte bien diseñado, bien hecho, bien
artillado y bien dotado era no solo la protección de honra y bienes
sino de la vida misma. De la preocupación de los militares
profesionales participaban ciudadanos de todas las castas que, en
parte por ello, contribuyeron con frecuencia a sufragar, de su
peculio, gastos de construcciones y reparaciones.
Estas paginas tienen por objeto explicar, así sea someramente,
los empeños de quienes, por razones imperiales o lugareñas,
analizaron las debilidades de la plaza y argamasaron sin desmayo.
Piedra sobre piedra, hasta subsanarlas. No se trata, por lo tanto,
de describir en detalle fuertes y murallas sino de examinar las
ideas estratégicas y tácticas que les dieron vida, y de contar,
claro esta, algo de su historia.
Como este es mas que todo un esfuerzo de divulgación, presento
de antemano excusas a los profesionales de la historia por la
ausencia de citas para identificar las fuentes. Lo cierto, sin
embargo, es que sobre el marco conceptual y el desarrollo de las
defensas cartageneras, o sea acerca de la poliorcética de la plaza,
casi todo lo que se conoce esta contenido en la: obra de Enrique
Marco Dorta,
|Cartagena de Indias, la ciudad y sus
monumentos, Sevilla, 1951, yen los dos libros de Juan Manuel
Zapatero,
|Las fortificaciones de Cartagena de Indias, Estudio
asesor para su restauración, Madrid, 1909, e
|Historia de las
fortificaciones de Cartagena de Indias, Madrid, 1979.
Con el doctor Zapatero, autor de insustituibles monografías y
generoso en facilitarme documentos y esclarecer dudas, tengo una
incancelable deuda de gratitud porque el, verdadero sacerdote de la
fortificación permanente abaluartada, me señalo con su amistad y me
enseño a entender y valorar la Cartagena castrense. También me
enorgullezco de haber recibido inspiración y estimulo del doctor
Eduardo Lemaitre, amigo y maestro de muchos años, en quien admiro,
entre otras muchas virtudes, el raro don de hacer de la historia
una disciplina amena. El doctor Lemaitre me suministro amablemente
el resultado de sus exhaustivas investigaciones acerca de la
destrucción parcial de las murallas de Cartagena contenida en los
párrafos sobre
|"Los ausentes ".
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|Cartagena de Indias. Recinto
amurallado
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