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CAPÍTULO
VIII
MINERALES
UTENSILIOS.
A. de Mortillet clasificó
tipológicamente los útiles en cuatro categorías: para cortar; raspar; aplastar y
romper; perforar (LEROI-GOURHAM, et alii, 1972, 156; MASON, 1972, 33-83, 372).
No se habla de
herramientas, para evitar ambigüedad, pues en América no hubo implementos de hierro
antes de la llegada de los europeos, aunque en algunas partes se usaron de metales como
bronce, cobre y oro.
Los utensilios americanos
fueron de origen vegetal, animal o mineral.
a) Los más sencillos y
fáciles de obtener y labrar serían los vegetales. Entre ellos sobresale la coa, esto es,
un palo con la punta endurecida al fuego, que tuvo múltiple uso, porque tanto servía
para preparar el suelo, arrancar tubérculos y otras operaciones agrícolas (PATIÑO,
1965-1966, 79-83), como para labores en minería o en cualesquiera tareas que implicaran
la remoción de suelo, rocas o yacimientos.
También usaron cuchillos
de plantas como la guadua y la cañabrava, sacando tiras de corteza filosas, aunque de
poca duración.
Vegetales fueron las
vasijas como los totumos y las bateas en que se beneficiaban el oro y otros metales.
Con un palo con rajaduras
en el extremo, los cubeo extraen la tierra profunda de los hoyos para clavar pilares
(SALSER: I.L.V., 1973,I, 54).
b) Varias conchas se usaron
para escarbar el suelo, y otros instrumentos de hueso para cortar (PATIÑO, 1965-1966,
85-86). La columela del Strombus gigas fue adaptada en Venezuela como
artefacto para labrar madera (SANOJA y VARGAS, 1974,41). Algunas tribus amazónicas se
valían de hachuelas confeccionadas del pecho de la tortuga curado al humo y afilado, y de
la quijada del pejebuey o manatí (ACUÑA: FIGUEROA et alli, 1986, 62). Los indios
canelos labraban la flecha para cerbatana en la parte que debe quedar débil para que se
quiebre, con quijadas del pez paña (Serrasalmo), labor en que los vecinos jíbaros
utilizaban piezas de unos cangrejos de agua dulce llamados uriki (KARSTEN, 1935,
158).
Dientes de palometa para
cortar el pelo y otros objetos, se han mencionado antes (PATIÑO, 1992, IV, 115).
Dientes de roedores como
capibara y paca usaban al principio de este siglo los witoto-bora, para perforar y labrar
(WHIFFEN, 1915, 95).
Los barrenos se hacían con
fibras diversas (MORALES GÓMEZ, [1975], 1977, 94).
A) MINERALES NO
METÁLICOS.
c) Pero, desde luego, los
utensilios más comunes y de mayor durabilidad eran minerales. De piedra, como en todas
las latitudes y en todas las edades primitivas, se hicieron instrumentos para los usos de
la vida diaria. Las rocas utilizadas variaron de lugar a lugar, de acuerdo con la
disponibilidad, pero, a veces por considerarse mejores, se llevaban instrumentos
fabricados en puntos más o menos lejanos. Esto permite en hallazgos arqueológicos,
rastrear las conexiones comerciales o de intercambio que pudieron existir en el pasado.
De piedra se fabricaron
utensilios para uso doméstico:
cuchillos, martillos,
raspadores o raedores, punzones, buriles, etc.; metates y manos para la trituración de
granos y semillas; esferas; estatuas; recipientes.
Lo que se ha dicho de los
cuchillos vegetales no excluye que en regiones donde existía la piedra se hayan usado de
este material. Las tribus del Cauca medio, como pozos, ansermas y lilis, sacrificaban y
abrían sus prisioneros con cuchillos de piedra (CIEZA, 1984, 1, 25, 41; 1985, II,
408).
En el segundo viaje, Colón
halló en las Antillas hachas y azuelas de piedra, "gentiles y bien labradas"
(NAVARRETE, 1954, 1, 195).
Yunques y martillos para
trabajos con metales preciosos, eran también de piedra. Una relacíón de la época de la
conquista (1533-1534) referente a los pacabueyes del pie meridional de la Sierra Nevada de
Santa Marta, debida al guía de Ambrosio Alfinger, Francisco Martín, dice que todos
labraban oro; tenían fundiciones, ayunques y romanas. Yunques y martillos eran de una
piedra o metal negro de manera de esmeril; los martillos como huevos y más pequeños; los
yunques a manera de quesos medianos (?). Las romanas eran de un hueso a manera de marfil y
de un palo negro, con muescas como las romanas españolas; se pesaba en ellas desde medio
castellano hasta cincuenta (NECTARIO MARíA, 1959, 498; FRIEDE, 1961, W., 203).
En Buriticá se hallaron
crisoles y aparejos de fundir (OVIEDO Y VALDÉS, 1959,III, 117-168; CASTELLANOS, 1955,
III, 168).
Un mineralogista francés
vio en Bogotá crisoles desenterrados de Guatavita, "que casi no difieren de los
nuestros" (BOUSS1NGAULT, 1985, II, 117, 118).
Hornos para fundir se han
hallado en Manabí (SAVILLE 1910, 85-86).
Hachas petaloideas.
Asociadas con el budare de
secar el cazabe de yuca, como ésta misma, se creen originarias de Suramérica (ROUSE,
1939, 127, 128).
En otra oportunidad
(PATIÑO, 1965-1966,86-88), se dieron datos sobre el uso por los indígenas de varias
partes de América, de hachas de piedra pulida para cortar árboles en labores agrícolas.
Se escogían siempre piedras duras, que se limaban con otras piedras y con agua y arena,
hasta darles la forma y acabado que se buscaban. Por la naturaleza del material, muchas se
han recuperado de las sepulturas o en excávaciones arqueológicas.
En el Amazonas, donde
escasea la piedra, sólo las tenían en el río Tigre (SANTOS: FIGUEROA et allii, 1986,
353) y en el alto Río Santiago entre los jíbaros (OBEREM, 1970, I, 172). Los tremenbés
de la costa brasileña de Maranhao hacían sus hachas de piedra el primer día de
creciente, previas varias ceremonias, y creían que así jamas serían vencidos
(DEVREUX, 1864, 47, 141-142).
Metates y manos.
La presencia de metates,
nombre derivado del náhuatl metlatl (MOLINA, 1944, 55v; ROBELO, s. f., 176-177),
se ha dicho que está asociada íntimamente con el uso, del maíz como alimento y se puede
tomar como indicio del cultivo de ese cereal. Algunos autores han planteado dudas de que
así haya ocurrido, porque el metate se pudo utilizar para machacar o moler cosas
distintas del maíz (tubérculos, frutos, otros granos), y aun para reducir a papilla,
materiales blandos (hojas), asi como carne para ablandarla. Asimismo se puede usar para
moler sustancias minerales.
Materias primas.
Los utensilios se hicieron
de las rocas más adecuadas para cada menester, que se encontraran en los alrededores. A
veces se traían de fuera, cuando se conocían las ventajas manifiestas sobre el material
local.
ROCAS CRISTALINAS:
Obsidiana.
(Piedra de gallinazo).
Preferida por todos los
pueblos para la fabricación de cuchillos. La distribución geográfica de los yacimientos
está mejor rastreada en Méjico y Centroamérica que en Suramérica.
Aquí se halla a gran
distancia de los volcanes activos, ora disperso por los campos en trozos angulosos, como
en Popayán, ora formando rocas aisladas, como en Quinche cerca de Quito (HUMBOLDT, 1941,
I, 191). A la costa del Ecuador llegaría de la sierra o por vía marítima (ALCINA FRANCH
et al., 1987, 47).
En cuanto a la técnica de
labrarlos, por lascado mediante presión, está descrita en muchos trabajos
especializados.
Cuarzo.
Se usó preferentemente
para objetos de adorno, o para espejos negros (PATIÑO, 1990, II, 448-449). Los españoles
ponderan la paciencia con que los indígenas configuraban los objetos de adorno y
ejecutaban las perforaciones para ensartar cuentas.
Nefrita y jadeíta.
Son las piedras de ijada de
los españoles.
En el Valle de Tairona
había un centro importante de manufactura de "cuentas verdes y coloradas" por
oficiales especializados (FRIEDE, 1960, NR, 212). Azadas de jade o de feldespato se
usaban por los indígenas del Magdalena-Cesar (ISAACS, 1951, 253).
Petroergología y
estatuaria indígenas.
Extraída la piedra de su
yacimiento o depósito, por remoción de pedazos mediante palancas de madera o de hueso, o
por fragmentación de una masa mayor utilizando alternativamente el fuego y el agua, o por
ambos, seguía el proceso de reducirla a secciones del tamaño requerido para el objetivo
que se perseguía. Los tratados sobre esta materia indican las operaciones que hizo el
hombre para lascar o recortar los fragmentos hasta darles la forma deseada, y no es
necesario repetirlas aquí (SHACKLEY; 1977; HODGES, 1964; LEROI GOURHAM, 1971, 1, 47-64;
MGUIRE, 1892; MONTANDON, 1934; MASON, 1972; etc.).
Ya conformado el objeto de
manera tosca, venía la operación de pulimento, que por lo general se hacía con otra
piedra, pero utilizando arena y agua para corroer y remover las aristas y desigualdades.
Se ha repetido en forma experimental el proceso seguido, por ejemplo, para hacer puntas de
flechas (POND, 1930) o hachas (MGUIRE, 1892), y en ambos casos se ha llegado a la
conclusión de que no se gastaba tanto tiempo como se ha creído, aunque todos los autores
están de acuerdo en ponderar la paciencia y mafia del indígena para obtener el efecto
buscado.
Aun rocas muy duras, como
el jade, se pulían con el instrumental más sencillo, por ejemplo con cañas de guadua,
que, como se sabe, es rica en sílice (EASBY, 1968).
Estatuaria.
La estatuaria lítica
americana se manifiesta en varias modalidades. Todas ellas presuponen un diseño que
involucra conocimiento sobre los volúmenes, y una habilidad tecnológica para sacar de la
piedra las figuras o mensajes intencionalmente buscados.
Se pueden distinguir los
siguientes tipos:
1) Esferas.
Son características de la porción ístmica, especialmente en Costa Rica y Nicaragua.
Algunas parecen geométricamente perfectas. Los tamaños varían. No se sabe qué uso
tenían (STONE: STEWARD, 1948, 4:174, 176, 177, 181; 183, lámina 30).
2) Sillas o cátedras.
También tienen una distribución geográficamente restringida, en este caso, a la
porción central de la costa ecuatoriana, especialmente en el departamento de Manabí. Se
han recuperado algunas en las excavaciones arqueológicas. Tampoco está muy claro el uso,
si como ofrenda. religiosa, o como asiento de sacerdotes o caciques, u otro fin
desconocido. En jurisdicción de la provincia andina peruana de Vilcas Guaman el inca y su
mujer en las grandes ceremonias se sentaban en sendas "sillas grandes de piedra
cubiertas entonces de oro" (J. DE LA ESPADA, 1965, 1, 218).
3) Sepulturas.
Especialmente para la tapa y a veces las paredes de sarcófagos.
4) Mesas para sacrificios,
con dispositivos para el curso de la sangre en el sentido deseado.
5) La gran estatuaria, que
también presenta muchas variantes, desde las cabezas gigantescas del sureste de Méjico,
atribuídas a los olmecas (KUBLER, 1962, 56, 60, 67), con piedras llevadas de lejos, lo
que presupone organización política (SHACKLEY, 1977, 141), pasando por bultos mas o
menos antropomorfos, hasta las deidades imponentes de Méjico, los chorotegas (BELT, 1888,
164 y 168 fig.; LOTHROP, 1920, 319), San Agustín, Chavín; el templo de las manos
cruzadas de, Kotosh, sierra norteandina del Perú, considerada corno la muestra más
antigua en América de escultura arquitectónica (LATHRAP, 1970, 104-105), y las tallas de
los cupisniques de la costa norte peruana (LARC0 HOYLE: STEWARD, 1946, 2:153).
CERÁMICA.
Se ha clasificado la
cerámica de la América intertropical en cinco niveles tecnológicos, desde la ausencia
total hasta lo más avanzado en plástica o pintura, de donde resulta que el nivel de la
excelencia más alto se ha hallado en la costa y sierra del Perú y en Centroamérica
desde Coclé hasta Honduras, con un mapa de los ocho principales centros de difusión
(WILLEY: STEWARD, 1949, 5:139-204).
Como aspectos notables de
esta actividad, merecen señalarse: 1) La procedencia geográfica de las arcillas y
desgrasantes; 2) La habilidad mayor o menor de algunos pueblos indígenas para el laboreo
de la materia prima y la calidad resultante de los productos; 3) Rituales para la
extracción del barro y para su manipulación en vasijas; 4) Substancias adicionales para
dar consistencia a la mezcla; 5) Procedimientos de elaboración y acabado; 6) Cocción; 7)
Lacado.
1) La calidad de las
arcillas para fines cerámicos varía de un lugar a otro. En todas las regiones, los
pueblos primitivos habían logrado identificar los sitios donde se hallaba el mejor barro,
o los componentes para mezclas, así como, los respectivos desgrasantes. Por eso, aunque
había vasijas de barro en casi toda el área del presente estudio, algunos sectores se
destacaban por la calidad, motivo por el cual sus productos tenían más amplia
distribución y mayor demanda. Aun se ha dicho que en Surinam a veces los asentamientos
humanos se supeditaban a la existencia de buenas arcillas para fines cerámicos (LOWIE:
STEWARD, 1948, 3:16).
De temprana época la loza
perfumada de Natá en Panamá gozó de una merecida fama, y las exportaciones de vasijas
se hacían hasta España (COBO, 1890,1,240; SILVESTRE, 1950,44).
Los guajiros no fabrican
sus vasijas de cualquier barro, sino que se proveen en las montañas de caliza blanca y
arcilla, que incluso actualmente transportan en camiones (MANSEN,
1973,I,232-233). Los piabas tienen una única fuente de barro para cerámica en el caño
Danto, en la base del cerro Uriba, de donde lo transportan al destino final (MANSUTTI
RODRIGUEZ, 1986, 8: 4-22). En el siglo XVIII, en la meseta cundiboyacense se distinguían
como centros de producción de ollas y jarros para beber, muy apreciables, Sesquilé, y
para loza, ollas, moyas y múcuras, Betéitiva (OVIEDO, 1930, 101, 148). Sesquilé se
mantenía en esa posición a fines del XIX (VERGARA Y VELASCO, 1974, III, 1138).
Durante el siglo XVI, en el
Ecuador interandino se distinguía por la calidad de sus piezas Pueleusí del Azogue (J.
DE LA ESPADA, 1897, III, 176; , 1965, II, 277-278), y en el XVIII, en Pugilí se
fabricaban búcaros y otras piezas de barro muy finas (RECIO, 1947, 205), tanto como en el
pueblo de Saquisilí (SILVESTRE, 1950, 31). En la costa ecuatorial, las mujeres de Baba
eran afamadas olleras que no usaban torno (LAVIANA CUETOS, 1984, 56).
La ausencia de buenas
arcillas fue factor limitante de esta actividad en varias regiones de América, como en
las Antillas Menores, donde las vasijas de barro son reemplazadas por las vegetales, o por
la cerámica caribe difundida desde las Guayanas (L0VEN, 1935, 248-249).
2) La habilidad manual de
ciertos grupos aparece bastante bien identificada en los relatos coloniales. Algo se dijo
antes a propósito de la loza "vidriada" (PATIÑO, 1990, I,166468).
3) Dentro de la concepción
cosmogónica e integral de los pueblos americanos, que se mencionó en el capítulo I, no
sólo los seres vivos sino los aparentemente inertes estaban articulados en una sola red
inextricable. Así, el barro para las vasijas no se extraía y manipulaba sino después de
una serie de ritos cuyo efecto final era asegurar que la pieza fabricada con ese barro no
se rompiera.
Las mujeres akawaio de
Kwima en Venezuela, para ir a buscar la arcilla se pintan con mucho achiote para evitar
enfermedades causadas por el espíritu que vive en el lugar donde aquélla se saca (BUTT
COLSON, 1973, 36). Las mujeres macuna buscan la arcilla lejos de sus viviendas, en sitios
escogidos, y le piden permiso a la madre del barro para sacarlo, pues si no las ollas se
rajarían (SMOTHERMON et al., 1979, II, 107). Asimismo, las mujeres yucuna ayunan
el día de la quema para que las vasijas no se agrieten (SCHAUER et al., 1973, I,
7). Las mujeres yuracarés de Bolivia confeccionan las vasijas en una choza apartada, sin
hablar y sin llegar a marido, por temor al rayo que ocasionaría la fragilidd de las
vasijas (DORBIGNY, 1945, IV, 1402-1403). En la costa norte del Perú aun se ha
registrado el caso de un ayllu o grupo familiar que sacrificó dos niños
echándolos en pozos profundos, para tener buena arcilla y buenas vasijas (ZUIDEMA,
19771978, 138).
Una mujer macuna
menstruante no puede fabricar la olla para echar los narcóticos, porque al bebedor de
ellos le daría sueño en vez de alucinaciones, que es lo buscado (SMOTHERMON et al.,
loc. cit., 106-107). Entre los yanomamis de Venezuela, mujeres preñadas no pueden
tocar barro y ollas, porque éstas se quebrarían (LIZOT, 1974, 16-24). También entre los
jíbaros la ollería es oficio de mujeres, excepto para las vasijas en que se cuece y
guarda el veneno de flechas (KARSTEN, 1935, 99, 103). En cuanto a los budares,
sólo las mujeres los fabrican entre los piapoco, excluyéndose del acto a hombres y
niños (KLUMPP et al., 1979, II, 261).
Los caribes de la boca del
río Cuyuni en la Guayana, todos tomaban la tierra en un sitio de la orilla izquierda, en
la noche de primera luna y se congregaban para esto desde grandes distancias (SCHOMBURGK,
1922, I, 203); luego no eran indiferentes ni el sitio ni la época para esta sencilla
práctica. Una complicada sede de operaciones y de ritos precede entre los tanimuka a la
preparación del barro para la fabricación de budares (VON HILDEBRAND, 1976).
La asociación de la
cerámica con las creencias panteístas está reflejada en las costumbres de varios
pueblos americanos: los incas peruanos tenían vajilla de oro pero preferían comer y
beber en vasijas de barro (MORÚA, 1946, 73, 92); los yanomami actuales, aunque dispongan
de vasijas de aluminio, para sus fiestas rituales prefieren las de barro, por una
adhesión sentimental (LIZOT, 1974, 17-20).
4) Sustancias
adicionadas a la arcilla; desgrasantes.
Del área amazónica se
conocen registros tempranos sobre la adición de las cenizas de ciertos vegetales al barro
para cerámica. En el siglo XVIII en el Marañón se usaba la del árbol apacharania
(MAGNIN: Rl, 1940, 157; ESPiNOSA, 1935, 99; HARNER, 1978, 62). Ese nombre se aplica
a especies principalmente del género Licania (SOUKUP, 1980?, 244). En el bajo
Amazonas se echaba mano de la corteza del caraipé (BATES 1962, 225; SPRUCE, 1908, I, 10,
12, 13-14, 87), que pertenece al mismo género. También se han usado Hirtella y Licania
en la Guayana (FANSHAWE, 1950, 61), aunque datos más antiguos mencionan el macucú (Macoucoua
[ Ilex] guyanensis) y la Couepia guianensis (AUBLET, 1977, I, 89,
519-521).
Igualmente usan cenizas de
cortezas de palos no identificados botánicamente, algunas tribus del sistema Orinoco
Rionegro: tanimuka (VON HILDEBRAND, 1976, 182, 183-184);
yucuna (SCHAUER et alli,
op. cit., 7); tucano (WEST y WELCH, 1973, I, 40); macuna (SMOTHERMON et al.,
op. cit., 107); piapoco (KLUMPP et al., op. cit., 260); y en el Vaupés
(STOLTE, 1979, II, 9).
Los guamos del Orinoco
mezclaban la tierra con comejeneras (GILII, 1965, I, 236).
A otros grupos se les
atribuye haber usado, entre los ingredientes del barro, espículas de esponjas llamadas cauxí
(LATHRAP, 1970, 155, 156;
NORDENSKIOLD, 1930, 8: 57; , 1931, 9: 3; HILBERT, 1955; CARTER, 1881). Se han
hallado tales espículas en excavaciones arqueológicas en la alfarería de Ronquín
Tardío o Arauquín (SANOJA OBEDIENTE, 1977, 399).
Desgrasantes son también:
arena, polvo de tiestos de barro cocido, pajas varias, plumas, etc.
5) Sistemas de
fabricación y acabado.
Como en todo el mundo, se
conocieron en América el moldeado, el modelado y el enrollado en espiral (HERSKOVITS,
1952, 291; LEROI-GOURHA, 1971, I, 214-216). Se desconoció en América el torno del
alfarero, así que todas las piezas se hicieron a mano limpia. Como la cerámica ha
constituido el objeto predominante de la arqueología en lo que va corrido de este siglo,
en cualquiera de los varios centenares de trabajos publicados se pueden hallar en detalle
los procedimientos usados.
El primer paso consistía
en ablandar el barro, limpiándolo de impurezas. Algunas tribus del Orinoco trituraban el
barro despacio, después de sacarle las piedrecillas (GILII, 1965, II, 258). Luego se
añadían las substancias escogidas como desgrasante, y una vez bien homogénea la masa,
se procedía al modelado, según el sistema escogido.
Cuando la pieza se podía
manejar por haberse enjutado algo, se procedía a pulirla, ya sea con palitos o cuchillos
de corteza y con piedrecilas lisas. Algunas de éstas eran difíciles de conseguir, siendo
tan apreciadas, que se conservaban por herencia (STOLTE, op. cit., 9; BUTT COLSON, op.
cit., 40). Para las superficies interiores, en algunas partes suelen frotarlas con
hojas ásperas de ciertas plantas.
Decoración.
Adoptó varias formas,
desde las impresiones digitales y la impresión con tejidos, pasando por la pintura
negativa o no, hasta la escarificación, incisión y cinceladura. Unas de estas
operaciones se hacían antes, otras después de la cocción de las piezas.
Pintura negativa se uso en
la cerámica quimbaya (ROJAS DE PERDOMO, 1980, 201-202).
6) Cocción.
Casi siempre se hacía al
aire libre, lo que explica el hallazgo a veces de piezas insuficientemente quemadas. Por
lo general, las piezas se amontonaban en el suelo; encima se ponía el combustible. Éste
pudo ser leña en la mayoría de los casos donde se hallaba, o sustitutos. En el Orinoco,
los indios preferían para esto la corteza del árbol mapuima, y cuando ya húbo ganado en
ábundancia, la boñiga de vaca (GILII, 1965, II, 259). En el Perú antiguo también
quemaban con bosta seca de llama, y durante la dominación española, de vacuno (COBO,
1890, I, 241).
Hay constancia del uso de
hornos subterráneos para quemar la loza, entre tribus venezolanas (SANOJA Y VARGAS, 1974,
116-117).
7) Lacado.
Se prefiere decir así en
vez de vidriado, porque este término corresponde a un procedimiento en que se usan
minerales como plomo, técnica traída por los españoles y desconocida por los
indígenas, que utilizaron siempre resinas vegetales para dar brillo a las vasijas, o para
impermeabilizarlas.
Este barniz para vasijas se
llamaba payáru en el Amazonas (VEIGL, 1789, II, 49): "Les daban un barniz y
labores (que parece vidriado por nuestros alfareros), y por dentro con humo de brea, que
aguanta el fuego y escupe toda suciedad" (URIARTE, 1952, I, 131). Los piros
barnizaban las piezas con lecheleche, líquido muy pegajoso obtenido de un árbol
de la montaña (SABATÉ, 1877, 259).
En Loreto del Perú, los
cocamas llaman warma al copal obtenido de Hymenaea, con el que bruñen los
cántaros por dentro, aún calientes, para impermeabilizarlos. El lacre de Vismia
sirve para bruñir el exterior de vasijas recién cocidas; se derrite con el calor y
da lustre característico bastante fino (ESPINOSA, 1935, 99).
Aquí las mujeres
trabajan poniendo tira a tira (ibid., 100). Fuera del Hymenaea, se usa
también resina de Protium (LATHRAP, 1970, 32).
En Aguachapa, Guatemala,
los indígenas pintaban su loza galana con un tinte colorado que obtenían en ciertas
pozas que excavaban (FERNANDEZ, 1881, I, 21).
* * *
Algunas tribus son muy
sensibles al agrietamiento o a la rotura de sus vasijas de barro, cuando hay dificultades
para la obtención de uno bueno. Por eso se remiendan con cuidado las piezas cascadas,
perforando a los lados de la grieta para insertar una cuerda y luego revistiendo, todo con
alguna substancia impermeable (LINNÉ, 1929, 207-209). En este último caso, los guajiros
usan la resina de la mapua, la leguminosa Cercidium praecox (MANSEN, 1973, 1, 233).
ALGUNAS VASIJAS DE
BARRO AMERICANAS
|
NOMBRE
|
FORMA Y USO
|
ÁREA
|
FUENTES
|
Budare
Catalnica
Callana
Comal, comalli
Chamacu, chamaco
Chirgua,chirigua,chirua
Chorote
Erine
Estiladera
Gacha
Garupo
Guapa
Mapoa
Mocagua, hua
Moya
Mucra, múcura
Pangua
Pora
Topia
|
disco grande
con reborde para secar la harina de yuca
vasija pequeña para elaborar sal
cuenco para hacer el chiquichoque de maíz
vasija para cocer tortillas de maíz
olla grande
de gollete corto y estrecho, para agua
olleta para preparar cacao
olla grande
filtro para agua
tinajón para cocer sal
plato
plato de barro
sopera
tinajón para chicha
vasija "semejante a la orza"
tinaja
vasija de cuello largo, boca estrecha, dos asas
vasija indeterminada
tulpa de barro para el fog6n
|
General
Muisca
Quechua
Méjico
Venezuela
Cumanagoto
Ecuador
Muisca
Caribes
Cumanagoto
Venezuela
Marañón
Muisca
Cumanagoto
Boyacá
Venezuela
|
ALVARADO,1953,I,51-52
CALDERÓN, 1911, 374
TASCÓN, 1961, 412
MOLINA,
1944, 24
ALVARADO, 1945, 45; 1953, 139
ALVARADO, 1953, I, 154
MORA DE
J., 1974, 23
CIVRIEUX,
1980, 139
SPRUCE,
II, 196
ANCIZAR,
300
ALVARADO,
1953, 167
CIVRIEUX, 1980, 139
ALVARADO, 1953,
242
MAGNIN, 1940, 170
TOVAR,
1966, .136
OVIEDO,
1930, 100, 148; CALDERÓN, 377;
ACUÑA, 1951, 114
ALVARADO, 1945, 545
MORA DE J., 1974, 52, lám. XI
MORA DE J., 1974, 23
ALVARADO,
1953, 338-339
|
Cronología.
Representaciones de
felinos en, cerámica en los Andes, son anteriores al horizonte Chavín y las excavaciones
indican que la cerámica amazónica es tan compleja y variada como la de la Sierra y costa
del Perú (LATHRAP, 1970,
84, 86-87). Chavín se suele fechar entre IX-X a.C.
B) MINERALES
METÁLICOS; METALURGIA.
Oro.
Los pueblos indígenas del
área ecuatorial americana fueron conscientes de la riqueza del suelo en oro y supieron
aprovecharla. No les inspiraron motivos comerciales o económicos para extraer y
beneficiar este recurso. Lo más que se ha creído ver en la apropiación y
transformación del oro en piezas, es una cuestión de prestigio señorial (HELMS, 1979)
o adorno con alguna implicación mágica o materia propia para ofrendas religiosas y
funerarias; no como símbolo monetario.
No debe ser indiferente el
hecho de si el oro se obtenía en la localidad o en las cercanías del área donde se
procesaba o si se llevaba de lejos. La cercanía del recurso no siempre coincidía con los
sitios donde el trabajo metalúrgico alcanzó el mayor nivel tecnológico y artístico.
Por ejemplo, no existen propiamente estilos "Veraguas", "Buriticá" o
"Guamocó", aunque la abundancia del metal y la facilidad de extraerlo en esos
lugares hayan sido manifiestas.
En cambio, existen estilos
Sinú y Chibcha, aunque a esas áreas el oro parece haber sido llevado de fuera. Por
supuesto que hacen falta estudios comparativos del oro de distintas procedencias, porque
eso daría luz no sólo sobre sus características químicas, sino por qué ciertas
técnicas tuvieron mas predicamento en un lugar que en otro.
El estudio más completo
desde el punto de vista tecnológico es el que hizo Barriga Villalba sobre la orfebrería
chibcha. Según él, las técnicas fueron:
...fundición del metal en
moldes de arcilla refractaria; el vaciado en hueco y a la cera perdida; el
martillado, repujado, el recocido y temple, la soldadura con oro, el modelado en cera y en
arcilla, el modelado del oro y sus aleaciones en frío; la afinación del oro, la
disolución, reducción y precipitación y el dorado de las piezas (BARRIGA VILLALBA,
1961, 200).
En estos últimos cinco
aspectos sobresalieron los chibchas, en un evidente ahorro de material, que les llegaba de
Mariquita, Ibagué y Neiva. Ya los españoles se dieron cuenta de esta capacidad, cuando
en el tributo a sus encomenderos en los primeros tiempos, «no daban los indios oro fino
sino oro bajo, desde siete hasta trece o catorce quilates, porque siempre tuviéron por
costumbre estos bárbaros [sic] de humillar y abajar los quilates y fineza del oro
con echarle liga de cobre" (AGUADO, 1956, I, 405). En 1545, Alonso Luis de Lúgo
pidió tributos a encomenderos y a indios, en su afán de enriquecerse, pero le salió el
tiro por la culata:
Con que juntó el don Alonso
gran suma de oro, por serlo, la de los indios y la que entonces se trataba de este metal
entre ellos, si bien es verdad,que cuando le venían los indios a pagar los tributos, ya
fuese por su industria o de los encomenderos, no traían el oro de los quilates que
pesaban, pues lo más era bajo y casi todo cobre, dado un lustre y color por encima con
que parecía oro subido. Y se engañában los que lo recibían, como se echó de ver en
España cuando en la fundición mostró los pocos quilates que tenía, con que se halló
en mucha cantidad el don Alonso frustrado (SIMÓN, 1981-1982, IV, 166).
Aunque al principio de este
capítulo se hizo una relación sumaria de los inplemerttos utilizados por los indígenas,
para el caso especial de los orífices chibchas se han señalado (aparecen las figuras
correspondientes) agujas, cinceles y gradines, espátulas y cuchillos, gratas, botadores y
buriles de oro amarillo o rojizo, endurecidos especialmente en los cortes por
calentamiento y martillado; y se da la composición de algunos, que en promedio es de
60.9% de oro y 8.0% de plata (BARRIGA VILLALBA, op. cit., 205).
De los demás centros no
existen precisiones tecnológicas similares. Sólo por testimonio de los cronistas se
puede saber algo, aunque no de ese carácter. De los taironas y otras tribus de la Sierra
Nevada, se afirmó:
En sus oficios son
ingeniosos,
y la holgazanería se destierra:
hay muchos tejedores, hay plateros...
(CASTELLANOS, 1955, II, 527)
En otras ocasiones sólo se
mencionan los hornos y crisoles, pero nada se dice de los procedimientos seguidos. Al
español no le interesaban el aspecto tecnológico ni el valor artístico de las piezas,
sino que el oro fuera de buenos quilates, pues las piezas, aun las más llamativas, eran
inmisericordemente fundidas para reducirlas a lingotes con qué comprar las cosas
necesarias y, sobre todo, con qué apostar al juego.
Moldes y crisoles.
Se ha realzado la
superioridad de inventiva de quien diseña el molde, en comparación con quien se limita a
llenarlo con el metal fundido (TITIEV, 1959, 158).
Los chibchas usaban una
mezcla de arcilla y de carbón de madera, en la proporción de 61 y 37% respectivamente
(BARRIGA VILLALBA, Op. cit., 204), que llenaba los requisitos especiales para
fundir por el procedimiento de la cera perdida (ROOT: STEWARD, 1949, 5: 216).
No se conoce la composición
del material refractario de otras procedencias.
Cuando los integrantes de la
expedición de Jerónimo de Ortal, Orinoco arriba llegaron a Cabritu (actual Cabruta), no
hallaron gente, pero sí abundantes "crisoles que estos indios hacían para vender a
otros de la tierra adentro para sus fundiciones de oro, según se entendió de indios que
después se tomaron" (AGADO, 1957, III, 413-414).
Combustible.
En el tomo II, en la parte
dedicada a menaje, se dieron algunos datos sobre este aspecto (PATIÑ0, 1990, II,
377-379;, 1975-1976, 148-155). Los orífices empleaban el carbón vegetal,
luego estaban al tanto de la mayor energía calorífica de este producto en relación con
la leña.
En la cuenca media del
Cauca, los españoles hallaron que los indígenas usaban carbón (ROBLEDO: CUERVO, 1892,
II, 442). Debe de haber sido carbón vegetal.
Los muiscas sabían
fabricarlo (BOUSSINGAULT, 1985,II,117). Los peruanos apuraban la plata con leña de
algarrobo llevada del llano (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, V, 95).
Pese a existir hulla en
varios sectores de los Andes, no hay pruebas de haber sido empleada en la fundición de
metales en el área del presente estudio.
Cera.
La cera para los moldes
utilizados en el procedimiento de la cera perdida, conocido por varios pueblos
orífices, pero que parece haber alcanzado su pináculo tecnológico entre los quimbayas,
se halla abundantemente en la zona de bosques del área equinoccial, producida por más de
un centenar de especies de abejas sin aguijón (GALVIS, H., 1987; PARRA, 1984, 1990;
PATIÑO, 1990, II, 387). Faltó, por razones ecológicas, pues las abejas Meliponinas
necesitan un habitat boscoso, en la costa y la sierra del Perú, causa a la cual. y
no por inferior habilidad de los peruanos se atribuye el hecho de que en los Andes
al sur del Ecuador el procedimiento no alcanzara la perfección que al norte de esa línea
(WARDWELL, 1969).
No se ha hecho un estudio
sobre las ceras de Meliponinas, que arroje luz sobre este importante aspecto tecnológico:
Fuera de su uso en
metalurgia, se ha registrado también para la confección de rostros de ídolos, de manera
que debió de tener una significación religiosa o mágica.
En el área muisca se usó
para los moldes de cera perdida, la cera de Bombus spp., que tiene varias
ventajas sobre otras ceras y parece ideal para el propósito; se da la composición,
comparada con la cera de Apis mellifera (BARRIGA VILLALBA, op. cit., 204).
Como estos insectos se hallan también en varias partes de América (OSORNO MESA, 1961) y
son comunes en el territorio colombiano, habría que hacer un estudio para determinar si
la cera de Bombus se usó también en otros centros auríferos, sola o mezclada con
la de Meiponinos, que son desde luego más abundantes, o si cada centro manufacturero usó
lo que tenía más a la mano.
De hasta qué punto la cera
para metalurgia pudo ser vegetal, no hay indicios documentales. La extracción de la cera
de Myrica, especie común en las Cordilleras, sólo se registra a partir del siglo
XVIIII (PATIÑO, 1975-1976, 215-217); pero quizá ha podido tratarse de la recuperación
de una tradición indígena que se había olvidado con el acabamiento de las tribus.
Sobre los procedimientos de
cincelado, laminación, filigrana, martillado, enchapado y otros, se ha producido un
razonable cuerpo de literatura (OEHM, 1984; WARDWELL., 1969; BERGSOE, 1938; CUESTA DOMINGO
et al., 1982;
RIVET & ARSANDEAUX, 1946; LECHTMAN: BENSON, 1979; N0RDENSKIOLD,
1921, 4; BRAY, 1978; FALCHETTIi, 1976; PLAZAS DE NIETO et al., 1978; etc.).
Plata.
Todos los autores coinciden
en que en el área equinoccial no se había conocido, en la época prehispánica, plata
nativa, como sí la había en los Andes del sur (DUQUE GÓMEZ, 1958, 277). En cambio,
estaba siempre aleada con el oro, en algunas regiones en proporción elevada, que para
Antioquia un autor calcula en el oro de aluvión en 3.5
36.6%, y en el de
filón, en 8.1 y 76% respectivamente (RESTREPO, V., 1952, 68 y cuadro).
Como las minas de plata en
la Nueva Granada sólo se trabajaron durante la dominación española, se tratará de
ellas en el lugar que corresponde.
En el Perú, quizá desde
antes de la época incaica se supo extraer y labrar plata por fundición, mediante los
hornillos llamados huayras o guairas (PEDERSEN, 1969-1970). Al parecer, los
incas alcanzaron a beneficiar algunas minas como las de Hualgayoc y otros lugares; pero
habrían sido cegadas tan pronto como la codicia de los españoles se hizo manifiesta,
aunque en 1786 se trató de recuperar las del sitio mencionado, en jurisdicción de la
provincia de Cajamarca (PÉREZ AYALA, 1955,414-442).
Platino.
El manipuleo de este metal sólo tuvo lugar en la porción occidental de Colombia y en la
costa ecuatoriana, que es donde se concentran los yacimientos naturales (LOTHROP, 1937, I,
69).
Desde luego, es más escaso
que el oro.
En La Tolita, costa
ecuatoriana, se supo soldar oro y platino desde el año 500 a.C. (SCHAVELZON, 1981, 174;
PORRAS, 1980, 171). Como la tecnología indígena era incapaz de fundir el metal a
1.775°C, lo mezclaban con polvo de oro que se insinuaba en medio y así lograban la
soldadura (RIVET et al., 1946, 114-1 15; CUESTA DOMINGO et al., 1982, 123).
Tres fases o cuatro del proceso de uso por los indios de Esmeraldas, se han sugerido
(MCDONALD, 1960, 5-7).
En Colombia, algunas tribus
usaron narigueras de platino, al parecer obtenidas por martillado, en vista de la
dificultad de fundir el metal solo. De todas maneras hay una porción de oro en los que se
conocen y que están en el Banco de la República (BARRIGA VILLALBA, op. cit., 199).
Lo demás pertenece a la
historia colonial y republicana, y se verá adelante.
Cobre.
Algunos autores hablan de
que en el territorio muisca se conocían minas de cobre, concretamente en Moniquirá,
Nocaima y Vileta, así como en Ibagué (RESTREPO, V., 1952, 25 y nota); pero estos son
datos de la época colonial. Los testimonios de la época de la conquista callan sobre el
particular, y aunque dan por descontado que los orfebres indígenas conocían el uso de
este metal, puesto que sabían alearlo con el oro, no se habla de un laboreo definido,
como sí ocurría con las esmeraldas y con el oro.
En cuanto al Ecuador, los
objetos recobrados allá indican una gran pureza del metal, de poco menos del 100%. Como
la principal zona donde se han hallado objetos que lo contienen es la costera de
Esmeraldas y Manabí, se ha pensado que allí se importaba de Bolivia (BERGS0E, 1938,
14-19). Otro sector donde se trabajaron oro y cobre fue el de Milagro-Quevedo (LEÓN
BORJA, 1964, 389; SZASZDI NAGY, A., 1982-1983, 90, 95). Tampoco allí se ha
hablado de minas prehispánicas, y los datos que hay son de hallazgos de la época
española.
En el norte de Chile sí
hubo cobre nativo, que se empleaba para anzuelos, puntas de arpones, navajas, bojas de
hachas, vasijas (BIRD: BENSON, 1979, 105-132).
Sin embargo, no parece que
para los muchos trabajos de guanín o tumbaga que se han descubierto en tumbas y de que
hablan las crónicas, se dependiera exclusivamente del cobre aleado en forma natural con
el oro. La proporción del cobre en la tumbaga varía enormemente de muestra a muestra
(BARRIGA VILLALBA, Op. cit., 202, 203).
También son escasísimas
las piezas de bronce que se han hallado al norte del Ecuador; pero, en este caso, más que
a la falta de cobre ello puede atribuirse a la ausencia de estaño, que, según todos los
autores concuerdan, procedía del sur, concretamente de Bolivia.
Plomo.
Aunque aparentemente se
conoció en la América precolombina, se usó muy poco, porque no se presta para fabricar
cosas caseras. De las cuatro piezas de este metal rescatadas en La Tolita, Ecuador, dos
son narigueras. Pocas colecciones se hallan en los museos (BERGSOE, 1938, 9, 20-21). Sí
se conocen de Bolivia, donde, al parecer, de plomo se hacían las grapas o goznes para
unir las piedras en los ángulos de los templos de Tiahuanaco, piezas que fueron saqueadas
por los españoles (DORBIGNY, 1945, IV, 1537).
De plomo eran también las
bolas de los ayllus o boleadoras para guerra o caza, en los Andes peruanos.
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