LIBRO SEGUNDO
PROCEDIMIENTOS INDUSTRIALES O DE TRANSFORMACION EN LA AMÉRICA INDÍGENA
CAPITULO
VII
CAPACIDAD
TECNOLÓGIGA DEL INDÍGENA
Un pueblo primitivo no es un
pueblo atrasado: puede revelar espíritu de invención y realizaciones en determinados
campos, que dejen atrás los logros de los civilizados (LÉVISTRAUSS, 1970,92). Es el caso
de la mayor parte de los pueblos del área ecuatorial americana.
Lo primero que llama la
atención del observador, es que a diferencia de lo que ocurrió con las
civilizaciones del Viejo Mundo los americanos no dispusieron de instrumentos de
trabajo que hicieran menos penosa y lenta la tarea de transformar materias primas en
objetos consumibles o artesanales. Al contrario, todos los autores que han tratado el
asunto, señalan la inopia de utensilios para trabajar.
En una semblanza del
indígena americano, el gran geógrafo colonial LÓPEZ MEDEL dice:
...una gente miserable sin
industrias ni artificios, ni otros ingenios, sino que todo lo hace a fuerza de brazos, y
en el sudor de su rostro y con su puro trabajo busca el pan que come, sin perjuicio de su
vecino y prójimo (LÓPEZ MEDEL, 1982, 317).
Este mismo autor, al
referirse a los monumentos arquitectónicos de Yucatán, que conoció personalmente,
anota:
...a donde hay dos cosas
qué considerar, lo uno el altura y buena traza del edificio, y lo otro, con qué
herramientas o cómo aquellas gentes labraron tantas y tan grandes piedras y tan bien
cortadas, pues ni habla hierro ni acero de qué hacer las escodas, ni otro metal que
bastase; sino labraban una piedra con otra... (ibid., 320).
A este propósito, un autor
del presente siglo consigna que los mayas, sin herramientas metálicas, trabajaron rocas
calcáreas, arenisca, traquita, estuco, madera, arcilla y jade (KUBLER, 1962, 151).
Idéntica impresión
causaron a los españoles las construcciones incaicas del Cuzco:
Y no usaban de mezcla, ni
tenían hierro, ni acero para labrar las piedras, ni máquinas, ni instrumentos para
traellas, y con todo eso están tan pulidamente labradas, que en muchas partes apenas se
ve la juntura de unas con otras, y son tan grandes muchas piedras de éstas, como está
dicho, que sería cosa increíble si no se viese (ACOSTA, 1954, 194).
En parecidos términos se
expresa otro testigo (CIEZA, 1984, 1, 129, 136).
En ambas citas, los autores
parecen condicionar a la presencia de hierro el avance tecnológico. A la ausencia de ese
metal y de la rueda atribuye uno el atraso indígena (MORNER, 1967, 245). El hierro
sólo lo sintieron en las cadenas que les echaban (R0M0LI, 1987, 175).
Lo curioso
es que cuando lo conocieron, casi inmediatamente idearon la manera de cortarlo por los
medios menos convencionales que se podían imaginar, como se verá adelante. La rueda, aun
después de introducida, la utilizan poquísimo o nada (PATIÑO, 1990, II, 241).
Especialización
.
En sociedades con laxa
organización social, como los llamados "señoríos" de esta parte de América,
parece que todos los miembros adultos del grupo sabían indiferentemente hacer de todo. Un
principio de especialización se esboza en los cacicazgos u organizaciones políticas más
complejas. También debió de haber actividades no relacionadas directamente con la
supervivencia, que estarían servidas por personal adiestrado ex profeso. En algunos
casos, esta especialización estaba asociada a determinadas condiciones geográficas. De
los indígenas de Guatavita en el Nuevo Reino, se ha dicho que cran hábiles constructores
de casas y excelentes orífices. Los de la Sierra Nevada eran industriosos y artífices
(SIMÓN, 1981-1982, VI, 13). En el imperio peruano solamente los plateros, canteros y
cumbicamayos, o sea, tejedores de lana, se consideraban como operarios especiales; de
resto, todos sabían hacer de todo (J.DE LA ESPADA, 1965, I, 176-177 [Guamanga]; 346 [La
Paz]; II, 42 [Piura]; COBO, 1895, IV, 223-224).
De poco sirven para apreciar
esto, los relatos de los españoles, porque con el turbión intruso que destruyó tantos
valores tradicionales, allí fueron sin discriminación gente del montón e individuos
especializados. Los indios más capaces murieron en las epidemias, decía el virrey de
Méjico, Antonio de Mendoza (1535-1550)
(HANKE y RODRÍGUEZ, 1976, I, 41).
Con el sistema de las mitas,
que teóricamente reemplazó al servicio personal, cada dueño de minas, haciendas,
obrajes, trapiches o simplemente casas de familia, tenía derecho a los servicios de
determinado número de indígenas, aunque fuera mediante paga. Con la escasez de nativos a
causa de las enfermedades introducidas y por los abusos en los trabajos, cada vez se hizo
más difícil completar el número de operarios requeridos en cada caso. Los caciques
tenían la obligación de asignar las cuotas establecidas, y se llenaban
indiscriminadamente con cualesquiera indios, ya fueran lapidarios, orífices, cesteros o
ceramistas, aunque las labores que tenían que realizar en la mita se limitara a las que
requerían exclusivamente la fuerza física (GÓMEZ DE CERVANTES, 1944, 104-105; BAGÚ,
1949, 216). Sobre todo de los que iban a las minas, pócos volvían a sus hogares. Así se
perdían talentos y habilidades, porque lo que interesaba era el producto monetario.
El indígena como obrero y
artesano durante la dominación española, con la inevitable mezcla étnica que se
produjo, se estúdiará más detenidamente en otra ocasión, por tratarse de un aspecto
relacionado con el trabajo.
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