Historia de la Cultura Material
en la América Equinoccial (Tomo V)
Victor Manuel Patiño
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CAPITULO V

PROCEDIMIENTOS DE CAZA

Varios hechos fundamentales deben discutirse primero, antes de describir los sistemas y la parafernalia empleados.

1) Dígase de una vez que la caza es tarea predominantemente varonil en las sociedades primitivas (WESTERMARCK, 1946, 39), y esto condicionó las características morfológicas e intelectuales del animal humano, cuando cambió la dieta predominantemente frugívora de sus relativos primates, por la dieta cárnica. Desde el punto de vista evolutivo, la caza condujo a un desarrollo del cerebro, por las exigencias que esta actividad implica, en que todas las facultades físicas y mentales se ejercitan en sumo grado. Los indios peruanos altiplánicos eran capaces de alcanzar vicuñas a la carrera (MORÚA, 1946, 122). En Tiocajas, "un indio con mucha facilidad, con dos gozquillos y su perrilla, coge en cuatro horas ducientos conejos que quiera"; tanto abundaban (J. DE LA ESPADA, 1965, II, 289).

Como consecuencia, la caza representó prestigio para el animal humano que obtenía éxito en ella. Algunas tribus prefieren para jefes a los mejores cazadores. Por reflejo, el cazador concita la atracción de las mujeres, no sólo por la complexión física de quien tiene que poseer gran agilidad y resistencia corporales, sino porque la subsistencia con un cazador hábil por compañero queda automáticamente asegurada; lo que justifica, o por lo menos explica, que el hombre pueda ser polígamo (CAMPBELL, 1982, 231).

De los lacandones dice un autor del siglo XVII:

Es entre ellos [la caza] ejercicio no sólo provechoso, sino de nombre y fama, teniéndolos entre sí por hombres de valor y osadía: y así adornan sus casas con las testas de los ciervos, pieles de leones y tigres... (FUENTES Y GUZMAN, 1972, III, 271).

Para obtener favores sexuales el hombre debe ser buen cazador (RIBEIRO, BERTA, 1987, 80).

Por excepción, como en la mitología clásica con la Diana cazadora, los pueblos americanos permitían a las mujeres las actividades cinegéticas. Se ha consignado el caso de una india nutabe al servicio de un español, que, como sus congéneres varones, podía alcanzar animales a la carrera:

Y Antonio de Mancipe ( 1) , que presente
da relación de muchas cosas destas,
me dice tener bárbara sirviente
que por zavanas rasas o florestas
corria como perra diligente,
hasta tomar alguno [puerco montés], y a sus cuestas
lo traía según fácil oveja asido de la pierna o el oreja.

(CASTELLANOS, 1955, III, 534).

A las cazas de estas báquiras o puercos silvestres en el Orinoco concurrían también las mujeres, para coger las crías y amansarlas (GILII, 1965, II, 265).

Indios brasileños cazadores iban dejando las piezas cobradas colgadas en árboles y luego enviaban las mujeres a recuperarlas (HAWKINS, 1933, 66).

Los jesuitas de las misiones amazónicas siempre mandaban mitayos varones todos los días a procurar la caza para la subsistencia; nunca mujeres (FIGUEROA et alii, 1986, 191).

2) Existe menos densidad de población entre los cazadores que entre los agricultores (DIMBLEBY, 1967, 28).

Experimentos adelantados entre los secoya-sionas del pueblo de San Pablo de Shushufindi, indican que la caza obtenida por 266 indios en dos temporadas del año, con 283 expediciones suministró en 19 especies cazadas, 6.042,2 kgs. de carne con hueso, es decir, 21,35 kgs. por cazador. La caza llenó los índices de calorías y proteínas recomendadas internacionalmente (VICKERS: HAMES, 1980: 7-3 C).

La mayoría de los autores concuerdan en que los animales en el área amazónica son proporcionalmente mas escasos que en otras secciones tropicales del mundo, como Asia y África, y tienen en general menor talla (WALLACE, 1939, 576-579; KRICKEBERG, 1946, 193; LATHRAP, 1970, 36, 129; MEGGERS, 1972, 100-102). Esto mismo ha generado prácticas conservacionistas entre los indígenas. Los malekus o guatusos de Costa Rica no toman todo lo que se puede; se reservan las crías de la danta, y no capturan machos de tortuga para evitar la extinción (BOZZOLl DE WILLE, 1986, 20). Los ticunas del trapecio amazonico se someten a ciertas restricciones en la caza para atenuar la desaparición de las especies preferidas (C AMP os Rozo, 1987, 438-439).

A principios de este siglo, la penuria de la fauna obligó a los mapes o motilones a atacar poblados de blancos (JAHN, 1927, 82-83).

En el Chocó, los animales de caza han sido tradicionalmente escasos (BRISSON, 1895, 13).

Los chacos o cazas colectivas ejecutadas en presencia y con la participación de los soberanos incas en el Perú, estaban sometidas a una reglamentación rígida, que no permitía el sacrificio de hembras. Sustituído el poder incaico, debieron de cometerse abusos en este particular, porque en 1580 el virrey Toledo, en sus ordenanzas sobre corregidores, dispuso que los indios no hicieran chacos por su propia cuenta (LOHMAN VILLENA, 1957, 541-542).

A esta economía del recurso obedecería la interdicción de cazar en el territorio asignado a determinados jefes, como ocurría en Guatemala (XIMENEZ, 1929, 1, 92) y entre los otomacos (SIMÓN, 1963, II, 110-111). Véase adelante el acapite Cotos de caza.

Los pueblos primitivos se caracterizaban por no practicar la caza exclusivamente deportiva.

Contra lo que se piensa, el hombre del Neotrópico en general (aunque hay excepciones), aplica prácticas proteccionistas, para impedir la extinción de la caza en determinado territorio, pues esto representa desplazamientos a nuevas áreas y trastornos en el régimen de vida. Aunque no siempre el nomadismo es una situación peyorativa y no necesariamente signifique vagabundaje sin objetivo (SAUER: THOMAS, 1956, 50), en las condiciones amazónicas por lo menos — donde la fauna mayor no abunda — se ha calculado que el desplazamiento tiene lugar cada cinco años en promedio, para no agotar los recursos (MEGGERS, 1972, 100-101).

3) La caza implica profundos conocimientos ecológicos. No sólo del hábitat donde se puede encontrar cada especie procurada (orillas de ríos y quebradas, tierra firme; cuevas o escondites; cultivos o rastrojos, saladeros), sino de las costumbres y reacciones de los animales, para aplicar a cada especie las prácticas de captura idóneas y más eficaces, y para transmitir esos conocimientos a los jóvenes (MASON, 1972, 267, 291; SANOJA y VARGAS, 1974, 84).

4) Pese a la gran resistencia física y mental que la caza exige al hombre, por el medio en que se practica, a veces a grandes distancias del hogar, tiene un carácter aleatorio. El cazador no sabe si tiene que volver, al fin de la jornada, con las manos vacias. Ese mismo carácter de inseguridad tienta al primitivo y aun al civilizado, más que los rudos y monótonos trabajos agrícolas (DE CANDOLLE, 1883, 2), o que cualquiera actividad rutinaria. Para tratar de asegurar el éxito, desde lejanos tiempos se emplearon hábitos propiciatorios, mediante abstenciones rituales; plantas fetiches; amuletos de buena suerte; aplacamientos de las deidades dueñas de la caza, y prácticas suasorias para que los animales se dejen capturar o matar; consulta a chamanes. Prácticas éstas que, entre algunas tribus, se hacen traslaticias a los perros de caza.

Rituales preparatorios.

a) Los malekus o guatusos de Costa Rica, antes de una excursión venatoria piden permiso a las deidades de las selvas para cazar (BOZZOLI DE WILLE, 1986, 20; FERNÁNDEZ, I, 40-41). Los tunebos hablan con Kakina, espíritu que cuida y maneja los animales, para pedirle que deje caer alguno (MÁRQUEZ V., 1979, 46).

b) La abstención de ciertas comidas y bebidas o del acto sexual, refuerza los poderes y capacidades del cazador para tener éxito. En Costa Rica se cree que es necesario guardar dieta y abstinencia, pues de lo contrario las piezas se esconderían (GONZáLEZ CHAVES et alii, 1988, 162-163). Los shuares o jíbaros creen que la cópula debilita al hombre para la cacería, y por ello casi siempre suelen abstenerse antes de salir al monte (KARSTEN, 1935, 163, 164, 167; HARNER, 1978, 77). Similares creencias tienen los cocamas (ESPINOSA, 1935, 110).

A principios de este siglo, los inganos que vivían en Yunguillo y Condagua en el alto Caquetá, antes de entrar al monte a cazar se purgaban con el brebaje llamado yoco (ROCHA, J., 1905, 27).

c) Las invocaciones y cantos propiciatorios se conocen entre varios grupos indígenas, como los piaroa del Orinoco, que entonan jaculatorias la noche antecedente a una salida (FORNO, 1967, 397).

d) Plantas fetiches propiciatorias. — No se ha llevado en ninguna parte un registro tan detallado de las plantas asociadas con la caza, como entre las tribus yupkas de Perijá en la frontera colombo-venezolana. Apókroka es el nombre genérico que reciben las empleadas con este propósito. Casi todas tienen por objeto afinar la puntería o tener suerte, y casi todas se usan restregadas en la cara o en otras partes del cuerpo. No menos de una decena de especies vegetales de varias familias fueron colectadas botánicamente por investigadores venezolanos: Hyptis mutabilis, Lasiacis sloanci; Celosia virgata, Bidens pilosa, Desmodium prehensile, Pavonia rosea, Melanthera aspera, Weddelia fruticosa, Cyperus incompletus, Rynchospora sp. (HERMANO GINÉS y MATOS: SCNLS, 1953, 342, 343; HERMANO GINÉS et alii, 1953, 371, 373, 379, 405, 422- 423, 483, 493, 503, 516, 518-519, 525).

Los maynas del Amazonas peruano usaban colirio de ají (Capsicum) en los ojos para estimular la agudeza visual y la buena puntería (FIGUEROA, 1904, 257; —, et alii, 1986, 290).

Los kayapós actuales siembran plantas para atraer la caza (KERR: RIBEIRO, 1987, 2:164). Idéntica práctica se ha registrado entre los cumanagotos (CIVRIEUX: COPPENS, 1980, 187). A principios del siglo XIX, las tribus del Caquetá-Putumayo, especialmente los guaques, sembraban cerca de sus viviendas las plantas llamadas malla y chundul (está quizá una Cyperácea), como auxiliares de caza (ALBIS, 1936, 29). En la actualidad, los ticunas usan varias plantas propiciatorias a que llaman pusangas, y a veces las cultivan ex profeso (CAMPOS ROZO, 1987, 95, 209-215). En las Guayanas ha sido común la siembra de plantas mágicas para cacería, llamadas baenas o binas (GILLIN: STEWARD, 1948, 3: 827).

En el siglo XIX, los yuracarés de Bolivia, según observó un gran científico, entre sus ritos de caza tenían el de ingerir un brebaje de corteza de zumaque, especie de acacia tánica (D’ORBIGNY, 1945, IV, 1412-1413).

También los perros auxiliares eran sometidos a tratamientos similares, con el fin de acentuar su habilidad venatoria y de rastreo. En el Orinoco, durante el siglo XVIII los tamanacos bañaban a sus perros cazadores en ají para capturar morrocoyes (GILII, 1965, II, 124). Los palenques supérstites de la misma área geográfica, aún practican la costumbre (CIVRIEUX: C0PPEN5, 1980, 187). Los maquiritares del Orinoco enterraban a sus perros de caza para que los zamuros no los comieran, pues se creía que, de suceder, los que quedaban vivos perdían la habilidad rastreadora (BUENO, 1933, 66).

Los caribes de Dominica usan amuletos para tener éxito en la caza, y a sus perros los frotan con hojas de la planta — exótica por más señas — Aframomum granum-paradisi (HODGE & TAYLOR, 1957, 516, 545).

Entre los indígenas yupkas de Perijá, no sólo se frotan con plantas los cazadores, sino que a sus perros les dan ciertas yerbas o los frotan con ellas para hacer un buen rastreo. Se han señalado Euphorbia geniculata, Pfaffia iresinoides, Eupatorium heterophylla (HN0. GINES y MAT05, 1953, 343; HNO. GINÉS etl alii, 1953, 373, 379, 380).

Los sionas actuales, a los perros los hacen picar de hormigas y por la nariz les echan el extracto de una yerba de buen olor; a los jóvenes principiantes de la caza también los hacen picar de avispas y hormigas (WHEELER, 1973, 1,169).

De algunas de las baenas o plantas propiciatorias usadas por los guayaneses, como Caladium sp., les hacían tragar a sus perros varios pedazos (IM THURN, 1883, 228-230).

Los sibundoyes actuales dan a sus perros, antes de una expedición, trozos de la variedad Biangán de la Brugmansia (BRIST0L, 1969, núm. 5, 187-188).

Los shuares o jíbaros actuales dan a sus perros Datura, para ayudar a obtener poder sobrenatural (HARNER, 1978, 60). Ésta es la misma Brugmansia.

e) Amuletos. — En el siglo XVIII, los indígenas palenques del Unare, cuando iban a cazar, llevaban en unos coquitos las esencias de ciertas raíces y yerbas, a que llamaban parikcha yepue, con las cuales se untaban el rostro para tener buena fortuna en la empresa (CAULIN, 1966, I, 153), y echaban chicha en la boca de venados muertos como incentivo para que otros se dejaran atrapar (ibid., 156). La planta Calydorea sp., una Iridácea llamada mariwa en la sabana de la Guayana inglesa, produce un bulbo que, frotado en las piernas del cazador, sirve como amuleto (FANSHAWE, 1950, 62).

Los guahibos errantes soplan los animales cazados con cogollitos de palma, para que no se ahuyenten los demás (LUCENA SALMORAL, 1970-1971, 149-150). Los puinaves tienen ciertas plantas silvestres como ayudadoras en cacería y pesca (TRIANA, 1985, 71).

Los quijos actuales usan la introducida marihuana y se ponen unas pulseras de cuero de iguana cuando van a cazar (OBEREM, 1970, I, 236).

Algunas tribus del Orinoco llevaban ciertas raíces amarradas en forma de collares, para propiciar la caza (GILLI, 1965, II, 124).

Más complejos son los ritos de algunas tribus amazónicas (REICHEL-DOLMATOFF, 1977, 333-375).

f) Piaches. — La aprobación del shamán, después de que el cazador se somete a los ritos de rigor, es un factor importante para tener éxito en la caza (VICKERS, 1976, 121-123).

Conocimiento del medio.

Los jesuitas de las misiones amazónicas entregaban a los indígenas el cuidado de cazar para aprovisionarse en un medio selvático. La caza se hacía diariamente y siempre con un buen resultado (FIGUEROA et alii, 1986, 54). El conocimiento profundo que tenía el indígena de las especies, le permitía producir los sonidos imitativos de las voces de cada una para atraerlas al alcance de sus armas (ibid., 267, 281). Sus cantos ordinarios incorporaban las voces características de los animales,en un a modo de magia simpática (ibid., 275).

Los achaguas llaneros sabían imitar muy bien el reclamo de las Dantas, con que las cazaban fácilmente (GUMILLA, 1955, 176). En general, el conocimiento a este respecto está muy desarrollado en el hombre primitivo (HEATH et al.,1977, 100-101; SALSER, 1973, I, 63 [cubeo]; SCHOMBURGK, 1922,I, 296-297).

En marcas dejadas en frutos y semillas por animales, los amahuacas distinguen las especies causantes y cuándo las mordisquearon; diferencian en el piso las huellas de distintos animales (CARNEIRO: LYON, 1974, 126-127). Los witoto-bora gozan de una gran agudeza de observación y notan todos los detalles del terreno en sus expediciones (WHIFFEN, 1915, 106-108).

Distintos son los medios donde normalmente habitan los animales. Este conocimiento lo tuvo el indígena en grado excelso, y así, se desplazaba al lugar correspondiente de acuerdo con el interés predominante de cazar una determinada especie. Deben mencionarse los salitrales y los comederos de frutas.

De todas las situaciones ecológicas existentes, se escogerá solamente una para un tratamiento más detallado: son las plantaciones agrícolas, tanto las recientes como las abandonadas por algún tiempo, dentro del sistema migratorio casi universalmente usado en América.

Cacería en huertas.

Así, mejor que "cacería de huertas" (LINARES, 1975, 12) o "haciendas de caza" (POSEY: RIBEIRO 1987, 20), se puede llamar el fenómeno registrado en toda la América intertropical, de que los animales salvajes son cazados con más facilidad en cultivos de plantas alimenticias, como maíz, yuca. etc., que en los propios bosques. Esto quiere decir que, aunque animales como los monos, puercos de monte, chigüiros, venados entre los mamíferos, y aves como los psitácidos (loros, pericos, etc.) y varios más, tienen su alimentación rutinaria a base de especies vegetales silvestres, parecen preferir como golosinas, productos de cultivo. Consideraciones de autores sobre caza en huertas se refieren, casi todas, a cultivos en barbecho (TRIANA, 1985, 39-60 [puinave]; DENEVAN et alii 1986, 24 [bora]; CHAPLIN: UCKO & DIMBLEBY, 1969, 239 [general]; VON HILDEBRAND, P., 1975, 249, 250-252 [ufaina]; HAMES: HAMES, 1980, 52-53 [yekuana y yanomamo]

De este modo, a sus expensas el hombre primitivo aprendió la existencia de esa asociación, y espió a, los animales para cazarlos, pues al mismo tiempo que defendía sus, siembras, aseguraba un suministro adicional de proteína animal, en ausencia de especies domésticas distintas del perro mudo, el cui y otras pocas.

Ya en el primer siglo de la dominación española, el historiador Oviedo consigna que al sembrar el maíz había que taparlo para evitar los papagayos, y agrega:

En la Tierra Firme, demás del peligro de las aves, tienen los maizales no menos recuesta peligrosa de los venados e puercos salvajes, e gatos monillos e por otros inconvenientes (OVIEDO y VALDÉS, 1959,I,227,228).

Los monos se comen el maíz en las sementeras (RUIZ BLANCO, 1892, 35). En el siglo XVIII, el misionero jesuita José Gumilla observó en los llanos orientales, y la consignó por escrito, esa circunstancia. Describe la estrategia que usan los monos, de dejar un animal de vigía, mientras en silencio los demás de la manada van a coger las mazorcas de maíz, tomando cada uno las que pueda abarcar. Dada la alarma por el centinela si viene alguien, salen en carrera los monos agarrando las mazorcas; los que pueden huyen; los demás, por no soltar la presa, se dejan matar:

...pero los que por huir bien aviados, sólo van dando brincos con los pies juntos, casi todos mueren a palos, porque los indios corren más, y logran cobrar parte del daño, porque los monos son para ellos gran regalo. Ello es cierto, que son tantos los monos y tan dañinos, que si pudieran hacer daño de noche (como lo hacen las faras (2)y otros animales nocturnos), no dejaran coger a los pobres indios ni un grano de maíz (GUMILLA, 1955, 348-349).

El mono capuchino (Cebus sp.) es frecuentemente cazado por los indios chocoes del Alto Sinú en los maizales, que suelen arruinar (GORDON, 1957, 21-22). Los paeces también matan ardillas en sus fincas (BERNAL VILLA, 1954, 309).

Si de las plantas de pan coger se pasa a cultivos de especies perennes, como varias frutas y el cacao, el fenómeno se repite. Las ardillas, monos, venados, son plaga de los cacaotales, como lo señalaron varios autores coloniales, cuyas referencias se dieron en otra obra (PATIÑO, 1963, 1, 270). Vale la pena agregar el siguiente dato, que es de 1774:

El principal gasto en tiempo de paz en los cacaotales [de Guayaquil] es el entretenimiento de cazadores para que disminuyan y ahuyenten el grande número de animales: los loros, monos, guatusas (3) y ardillas son los mayores enemigos; paga el dueño de las arboledas por la cabeza de cualquiera de estos dos reales a quien en ellos los mata: oficio a un tiempo útil y divertido que da buen salario a quien lo ejerce, es fácil de aprender y de muy poco trabajo, para algunos tan bueno como si sembraran el cacao: digno por su ocupación de ennoblecerlo (REQUENA, 1984, 58).

Cotos de caza.

No los hubo a la manera de los que tenían los reyes y potentados en Europa, vigilados por guardabosques que impedían el acceso de personas no autorizadas, especialmente del estrato social bajo. En América, el territorio de caza disponible para una tribu se solía respetar por las demás, y esto explica en gran parte el asentamiento de la población de manera dispersa.

Pero no faltaron del todo restricciones para la caza en ciertas áreas. Los maya-quichés tenían asignadas algunas para la caza, y quien las invadía sin estar autorizado, era objete de punición (XIMÉNEZ, 1929, I, 92). En 1575, en plena dominación española, el cacique de Soativa, encomienda de don Juan de Ortega, vecino de Santafé, entabló demanda contra los caciques de Cajicá y Sopó porque le invadían sus terrenos de caza (ANC, tomo LVI, ff. 698-760). Se solían respetar sotos, cotos, dehesas y pesquerías de caciques en el oriente de Venezuela (SIMÓN, 1981-1982, 1, 546; AGUADO, 1957, III, 487). A veces, la invasión de cotos de caza y pesca degeneraba en guerras (MÉTRAUX: STEWARD, 1949, 5: 385). Los shuares, por el contrario, no tienen ningún lindero territorial (HARNER, 1978, 166).

Cazas colectivas.

Entre los chimpancés hay pruebas de planeación rudimentaria y cooperación social, asociada con la predación (TRINKAUS: NITECKI etl al., 1987, 109). Es necesario un jefe cuando hay un grupo de cazadores; requisito que desaparece a la hora del reparto (FRI50N: NITECKI et al., 1987, 177-223).

La caza ha promovido la cooperación entre los hombres, cuando un solo individuo se consideraba incapaz de capturar las piezas deseadas. Así nació el cooperativismo (W0OD, 1979, 20). Logrados los objetivos, venía la repartición de las presas, según normas admitidas. De los mayas se dijo:

Júntanse también para la caza de cincuenta en cincuenta más o menos, y asan en parrillas la carne del venado para que no se les gaste, y venidos al pueblo hacen sus presentes al señor y distribuyen [el resto] como amigos, y lo mismo hacen con la pesca (LANDA, 1938, 111).

En el interior del istmo de Panamá ocurría lo siguiente:

Los señores tenían sus cotos donde al verano iban a caza de venados, y ponían fuego a las partes del viento, y como la yerba era grande el fuego se hacía mucho, y los indios estaban puestos en parada donde había de ir a parar el fuego; y los venados como iban recogidos huyendo y ciegos del fuego el mismo fuego los llevaba a dar donde estaban los indios con sus tiradores con hierros de pedernal, y pocos se escapaban de los que venían huyendo del fuego (ANDAGOYA: CUERVO, 1892, II, 86; WAFER, 1967, 100-101).

Los incas peruanos tenían cotos de caza: uno estaba en Guamachuco (CIEZA, 1984, 1, 107). Cuando por la veda abundaban demasiado los animales, los incas hacían redadas en que participaban miles de hombres, estrechándose en un cerco de varios kilómetros de circunferencia, para ir acorralando la caza hacia el centro, donde otros hombres capturaban lo que se fuera a sacrificar, ya con golpes, ya con boleadoras o ayllus. Era una buena oportunidad para comer carne (ibid., 163-164).

Una de estas cazas pretendió utilizar el cacique Tumbala de la isla de Puná, para desbaratar a los españoles cuando allí llegaron, pero fueron prevenidos por un indio traidor y la cosa no tuvo efecto (ibid., 264; CUSTRED, 1979, 7-19). Se dice que Manco Inca le hizo a Francisco Pizarro, antes de 1536, un chaco de muestra, en que se mataron unos 11.000 animales (ROWE: STEWARD, 1946, 2: 217), cerca de Jauja (CUSTRED, op. cit., 13-14).

DISPOSITIVOS DE CAZA.

Algunos tratadistas han dividido los animales de caza en dos grandes categorías, según la mayor o menor pasividad o rapidez para moverse; índole mansa o agresiva; pequeña o gran talla (OSWALT et alii, 1976, 21-22). Evidentemente, en cada una de esas situaciones las prácticas o métodos de captura o muerte serán distintos, y, por lo general — aunque no siempre —, pueden requerir esfuerzos y dispositivos de menor a mayor, o hacerse la caza individual o colectivamente. Otro tratadista clasifica los instrumentos de cazar en los que son propios para golpear, cortar, perforar, agarrar, enredar, cebos y caza colectiva (MAS0N, 1972, 264).

Entre los dispositivos para caza pasiva están los siguientes: ligas para pájaros, lazos, trampas, fosos, puyas; entre los activos: las manos, piedras, palos o venablos, cerbatanas, arcos y flechas o tiraderas, venenos sagitarios.

A) DISPOSITIVOS PASIVOS:

Ligas para pájaros.

El naturalista colonial Bernabé Cobo, escribiendo en el Perú en la primera mitad del siglo XVII, dijo que de la planta llamada pupa o hamillo, "sacan los indios la liga para cazar pájaros, y es tan buena como la de España" (COBO, 1890, 1, 495; —, 1956, 1, 223). En el Perú se llama pupa o liga el Psittacanthus cuneifolius (R. et P.) G. Don, así como el Phrygilanthus longebracteatus (Desr.) Macbr. (SOUKUP, 1970, 260, 278), ambos géneros de Lorantáceas. La liga de España a que se refiere Cobo, se extraía de la corteza interna del acebo ilex aquifolium L., llamado "visqueiro" en gallego y en portugués (FONT QUER, 1973, 452-453), aunque la liga por excelencia era la obtenida de la Lorantácea llamada "muérdago", Viscum aibum L. (ibid., 136-139), también denominada visco.

Otro autor de fines del período colonial menciona como usado en el Paraguay para capturar pájaros, el curipicay (AZARA, 1969, 89-90). Este nombre kurupika’y se aplica al árbol Sapium glandulatum (Vell.) Pax (LÓPEZ, 1979, 80-81).

En la costa atlántica de Colombia se utilizó el exudado de la Euphorbiacea Sapium aucuparium Urban, llamado en caribe uélekene (HODGE & TAYLOR, 1957, 576-577), y vulgarmente piñique (REVOLLO, 1942, 211-212; ALARIO DI FILIPP0, 1983, II, 187), aunque a algunas personas les he oído decir piñi-piñique

Lazos.

Lazos estacionarios se acostumbran para atrapar mamíferos terrestres.

Al mismo grupo pueden adscribirse las redes de henequén que para puercos monteses usaban en el centro de Panamá (ANDAGOYA: CUERVO, 1892, II, 89).

Señuelos

Son objetos o contrafiguraciones para atraer animales a alguna trampa o cebo, que facilita la captura.

Trampas.

Un autor afirma que las trampas de cacería son a modo de robots primitivos, y considera que su invención es mas importante que la de la rueda. Las divide en cinco tipos: la de gravedad (fosos); el tronco suspendido con anexos para caer en el momento preciso; el lazo de cuerdas o fibras; el palo flexible atado a una cuerda que levanta la presa; y las de torsión (Lips, 1947, 76-92).

Otras veces para algún género de aves usan de algunas redecillas que ponen en los árboles para cogerlas; otras veces tienen una red larga atravesada por el aire con unas varas altas, y vienen otros ojeando y espantando las aves y ahilándolas hacia la red, y de esta manera suelen tomar muchas (LÓPEZ MEDEL, 1982, 216).

Los de calabazos puestos en la cabeza para cazar patos, se han detallado en el capítulo III.

De gravedad para pequeños mamíferos usaban en Guyana (SCHOMBURGK, 1923, II, 399).

Hay un estudio muy completo sobre el asunto (RYDÉN, 1950).

Fosos.

Fueron del mismo diseño que los usados para atrapar enemigos, o sea, una excavación en el suelo, recubierta y disimulada con palos y yerbas de manera que el terreno pareciera plano.

Puyas.

Generalmente estaban puestas verticalmente en los fosos cubiertos, de modo que el animal, al caer, se ensartase y fuera fácilmente capturado. A esto se le llama patuco en Venezuela, de la palabra cumanagota patucú (ALVARADO, 1953, I, 281-282), que debería adoptarse para este tipo de trampa.

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