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CAPITULO V
(Continuación)
B) DISPOSITIVOS ACTIVOS:
Manos.
Es el instrumento
universal para capturar, sujetar e inmovilizar a la presa. Ya se mencionó el caso de los
indios nutabes, los cuales eran tan excelentes para correr, que así capturaban animales
no especialmente peligrosos. El armadillo se suele coger simplemente tirándolo de la
cola, lo mismo que otros animales cuyas mordeduras sean poco de temer.
Piedras.
Piedras arrojadas con
fuerza y con buena puntería, si no matan, por lo menos pueden atontar animales de
pequeña y mediana talla, que son una vez aturdidos inmovilizados de otros
modos.
Palos.
Un palo suficientemente duro
bien dirigido y asestado, produce efectos similares a los de la piedra.
Entre los palos se deben
incluir los boomerangs, que al parecer no se conocieron en América.
Venablo, jabalina, dardo,
virote.
Tienen de común un
extremo aguzado, pero varían en longitud y diámetro.
Arpón, fisga.
Comparte con los
anteriores un eje aguzado por un extremo, pero con dos puntas laterales, casi siempre con
muesca, para que la presa no pueda desprenderse con facilidad. Se usa también para la
pesca.
Lazos.
Aunque eran arrojados al
vuelo y no estacionarios., los lazos servían en el río Corrientes, Argentina, para
capturar caimanes (DORBIGNY, 1945, 1, 123). Del mismo modo, con un perro como cebo,
se cazaban en el río Machupo de Bolivia, cerca de San Román (ibid., IV, 1321).
Boleadoras.
Su eficacia es elogiada
por varios observadores. Unas boleadoras de arcilla se conocieron en los llanos
venezolanos (ZUCCHI, 1967), y en el Ecuador (JIJÓN y
CAAMAÑO, [1914], XXXVI,
143-144), como casos aislados, pues donde esta arma alcanzó su mayor desarrollo fue en
las planicies meridionales de Suramérica, con inserción en el área andina. Las primeras
referencias se conocen a raíz del viaje de Pedro de Mendoza al Río de la Plata, entre
los guaraníes (SCHMIDL, 1944, 39-40; OVIEDO Y VALDÉS, 1959, 1, 194-195; II, 365-366;
VAZQUEZ DE ESPINOSA, 1948, 635, 643). La boleadora de dos bolas se llama en pampeano laque
(SAUBIDET, 1952, 47-5 1, 205). Su eficacia fue probada contra los caballos y la gente
en aquella ocasión y en el sitio del Cuzco por las fuerzas de Manco Inca (ENRÍQUEZ DE
GUZMÁN, 1960, 151). En el siglo XVIII, los minuanos del Chaco usaban la de tres bolas y
la de una sola, ambas de efecto inexorable cuando eran bien manejadas (AZARA, 1969, 201).
Se conocen en Bolivia con los nombres de liwi, ayllu y liguiña (PAREDES,
1964, 30-31). La de tres bolas se usó por los aymara, quechua, mojo y chaco (METRAUX:
STEWARD, 1949, 5: 253-254). Los peruanos de la época incaica tenían para la guerra ayllus
con pesas de plomo (J. DE LA ESPADA, 1965, 1,170) o de cobre (ibid., 1, 330).
Cerbatana o bodoquera.
Hasta cuatro tipos de
bodoqueras se han reseñado, según que el tubo sea sencillo o doble, entero o
fraccionado, tanto en el sentido longitudinal como en el transversal (MÉTRAUX:STEWARD,
1949, 5: 248-253).
Los bobures del lago de
Maracaibo peleaban con cerbatanas (SIMÓN, 1963, II, 195-196). Este adminículo sólo se
uso en la vertiente boreal de la Cordillera andina, por influencia de los quiriquires,
bobures y pemenos de las orrillas del lago (JAHN, 1927, 324).
Los indígenas de la Sierra
Nevada de Santa Marta tenían unas cerbatanas curiosas para cazar aves por las plumas,
pues no las comían (SIMÓN, 1981-1982, VI, 317; SAFFRAY, 1948, 18-19).
En otro sector de la costa
caribe, el más occidental, en Urabá y en el Chocó, las tribus selváticas usaban
bodoquera (LUENGO MUÑOZ, 1961, 393; ORTEGA RICAURTE, 1954, 220). En el siglo pasado en
Montería (STRIFFLER, [1958?], Cer., 28-29) y en la actualidad, los chocoes del
alto Sinú las siguen fabricando, del leño de la palma de chontaduro (Bactris) o
en sustitución de la que parece ser Astrocaryum, aunque las observaciones pecan de
insuficiencia. Las flechas son de la misma madera (GORDON, 1957, 22-23). Los
chocoes que vivían en el San Juan en el siglo XIX, usaban bodoquera con veneno de rana
(SAFFRAY, 1948, 316-320). Una muestra de esa procedencia le regaló Tomás Cipriano de
Mosquera, gobernador de Buenaventura, a un viajero en Popayán (HAMILTON, 1955, II,
39). La costumbre se iba perdiendo hacia mediados del siglo XX (R0BIN50N el al., 1966-1969,
187).
Celebérrimas han sido las
cerbatanas de las tribus guayanesas y orinóquicas (GILLI, 1965, II, 265-266; III, 277;
BUENO, 1965, 133-134). El material usado son los culmos de la Bambusoidea Arthrostylidium
(Arundinaria) schomburgkii (Bennett) Munro, que se halla en el área ocupada por los
maikongs. Éstos cambalacheaban las cerbatanas con otras tribus por venenos, fabricados
principalmente por los macusis (SCH0MBURGK, 1922, 1, 282, 333-334; 1923, II, 189, 196; IM
THURN, 1883, 245-247, 300-301). También las comercian los akawaio (BUTT COLSON, 1973,
19-27), los piaroas (MANSUTTI-RODRÍGUEZ, 1986, 24-25), y los cunahana (CIVRIEUX, 1959,
130-131). Los piaroas emplean unas fabricadas con el bambú urabi, que quizá es la misma
especie mencionada atrás (FORNO, 1967, 397).
Más al sur y en el Rionegro las hacen con el tallo de la palma paxiúba-í (SPRUCE, 1908,
1, 223), o sea, Iriartella seligera (Mart.) H. A. Wendl.
No menos conocidas y usadas
fueron las bodoqueras en la cuenca amazónica. Se han conservado informes sobre la manera
de confeccionarlas, en el siglo XVIII, en la misión de Santa Rosa del Caquetá (SERRA,
1956, 1, 150-151); entre los yameos y masamaes de San Joaquín de los Omaguas (URIARTE,
1952, 1, 131), fuera de datos más recientes (BATES, 1962, 339; HARDENBURG, 1913?, 59, 81,
157; ESPINOSA, 1935, 106, 110); etc.
Hasta hace poco los
campesinos de Boyacá usaban para animales pequeños, bodoqueras con bolillas de barro en
vez de dardos (SILVA CELIS, 1964-1965, [1967], 263).
Arcos y flechas.
Unos grupos utilizaban
los mismos tanto en guerra como en cacería; pero otros tenían modelos diferentes para
cada eventualidad. Hay un notable estudio sobre los arcos en el Brasil, que se puede hacer
extensivo a los otros países suramericanos (HEATH et al., 1977). Se han registrado
hasta cinco modalidades de coger la parte de la flecha que se apoya en la cuerda del arco
(WISSLER, 1971, 31, 33).
Las flechas presuponen que
exista un adminículo donde cargarlas, la aljaba o carcaj, que se puede hacer de diversos
materiales. De guadua las emplean los jíbaros, chamas, aguanos, candoshis, mayorunas,
cliayavitas y lamistas (MÉTRAUX: STEWARD, 1949, 5: 251).
Tiraderas o estólicas.
Aparato manual para hacer
más efectivo el tiro de un dardo o flecha.
Venenos de flecha para la
caza.
Los idibaes de la costa
norte del Chocó usaban un "veneno mortífero" para sus flechas (CÓRDOVA
SALINAS, 1957, 248), aunque no dice la fuente si lo empleaban para cazar.
En un documento de 1739
sobre el sometimiento de los indios cunas del Darién, se menciona la planta virolé que
usaban ellos para preparar el veneno de flechas, proponiendo que se destruyera como cosa
perniciosa (TIENDA DE CUERVO: LOTERÍA, 1983, 322-323, 86, 89-90). En 1784? el gobernador
de Citará opinaba que se debería usar el veneno de flechas por los cunas contra los
chocoes, en vista de que los primeros tenían pavor a las bodoqueras de los segundos
(LUENGO MUÑOZ, 1961, 393).
El kieratchi de los
waunana es el mismo pakuru de los embera. Para que sea efectivo en aves como
gallinas, se le debe añadir veneno de rana (TORRES DE ARAUZ, [1966?], 32-33).
Los chocoes del Sinú, el pakurú-niara
lo guardan en pixidios de Lecythis. Ellos no lo creen efectivo contra Crax y
Penelope (GORDON, 1957, 22-23).
En un artículo de ANDRES
POSADA ARANGO de 1887, se afirma que los indígenas chocoes utilizaban venenos vegetales
obtenidos de un bejuco y de un árbol, cuya identificación con los datos presentados es
difícil (POSADA ARANGO, 1909,80, nota).
El primer estudio
científico-farmacológico se debe al médico CESAR URIBE PIEDRAHITA, en 1920 (véase
adelante). El fisiólogo sueco Santesson, sobre muestras tomadas en el río Jurubidá
cerca de la bahía de Utría, por el etnólogo Erland Nordenskiold, bajo la guía del
indio chocó Célimo Huacoriso, del árbol pakurú-niara, comprobó el efecto
cardiotónico de tipo digital. Se usaba no en la guerra, sino para la caza, y sólo con
cerbatana. No afecta a las gallinas, como lo sostienen los indios. Aun menciona otro
veneno cardíaco de los ríos Du(b)asa y Puricha, del Baudó (SANTESSON: NORDENSKIOLD,
1931, 9:
157-187). Con base en estos datos, otro sueco, Henry Wassén, enunció la
existencia y uso del pakurú-niara entre los chocoes del San Juan (WASSÉN, 1935,
90-108).
En 1946, el médico KALMAN
MEZEY hizo un estudio sobre este veneno, en muestras obtenidas por César Uribe
Piedrahita, y comprobó los efectos cardiotónicos (MEZEY, 1947: RACC, vol. VII
[27]: 319-323).
Se usaba todavía a mediados
de este siglo por los chocoes que habitaban en el alto Sinú (GORDON, 1957, 22-23), así
como por los catíos de los ríos Man y San Jorge. El veneno fue objeto de tesis de grado
por dos médicos, Uribe Piedrahita (1920) y Jorge Huertas Lozano (1947) (ROBLEDO, 1959,
41).
El pakurú-niara sería
Naucleopsis glabra Spruce & Baill. (= Olmedia aspera R. et P.),
Moráceas (GARCÍA BARRIGA, 1974, 1, 266-270). Las muestras colectadas por Uribe
Piedrahita pertenecen a Naucleopsis glabra (BERG, [1972], 1985, 119-123). La Ogcodeia
ternstroemiflora, transferida a Naucleopsis ternstroemiflora (Mildbraed) C. C.
Berg es del área amazónica de Perú y Brasil (ibid., 125-128). Otra especie, la N.
mello barretoi (Standl.) C. C. Berg, de la región no inundable del Amazonas y de la
costa del Brasil (ibid., 131-133), suministra asimismo un veneno sagitario
cardiotónico, usado por algunas tribus del grupo Makú en el Río Negro (BISSET and
HYLANDS, 1977).
Antes de salir de la región
occidental de Colombia, se menciona el veneno de ciertas especies de ranas, cuyas
representaciones arqueológicas no faltan (URIBE ANGEL, 1885, 513). Entre los
chocoes del Riosucio, Caldas, se informa en el siglo XIX (BOUSSINGAULT, 1903, IV, 93, 290;
, 1985, IV, 140). La rana es del género Dendrobates (ROBLEDO, E., 1959,
40-41; DUNN, 1944, 520).
En el Orinoco y el Amazonas
se ha usado el curare, obtenido principalmente de bejucos de los géneros Strychnos y
Chondodendron, a veces con la adición de otras substancias. Sobre esto hay una
vasta literatura, cuyo resumen aquí sería enojoso (FIGUEROA, 1904, 207-208; VELLARD,
1965). Se enviaron de muestra a España, en la época de Mutis, un calabazo de curare y un
catufo(4) o aljaba con flechas (HERNADEZ DE ALBA,
1986, 330, 400).
Círculos humanos.
Los chacos o cazas
colectivas peruanas se hacían con una muchedumbre asida de las manos, que iba estrechando
el cerco, mientras los cazadores armados mataban selectivamente lo que les convenía.
Fuego para acorralar.
Se cazaba con barreras de
fuego en la provincia de Cueva, no en la de Natá, en Panamá (ANDAGOYA: CUERVO, 1892, II,
86). Esta práctica y la anterior las utilizaban los guajibos y chiricoas (GUMILLA, 1955,
170).
Gases tóxicos.
Mezcla de goma y ají verde
se quemaba con carbón en Dominica, para que emitiera vapores asfixiantes que hacían caer
atontadas a las cotorras (ALEGRÍA, 1974-1976, 306, citando a LABAT, 2a parte, cap. II).
Aves de cetrería.
Se ha dicho que los caciques
cazaban con halcón en Nazca (BAUDIN, 1955, 90), así como los chimóes (RAVINES, 1978,
42). La información es inconsistente.
Perros de caza.
Había perros en América,
de que dan cuenta los primeros conquistadores y colonizadores españoles y las piezas
arqueológicas que los representan; pero su condición taxonómica y su procedencia son
asuntos muy controvertidos (ZEUNER, 1963, 102). Sin embargo, parece que en Suramérica
predommaron Canis (Canis) Ingae Tschudi y C. caraibicus Less., cada uno con
varias razas (FRIANT et al., 1950; GALLARDO, 1967). Igualmente obscura es la
filiación de los nombres indígenas para el perro y sus diferentes clases, en todo el
continente americano (SWADESH, 1959).
No está suficientemente
aclarado si para cacería las tribus indígenas americanas usaban perros de los nativos
(GALLARDO, 1967; FRIANT et al., 1950). Al parecer se los criaba con el principal
objeto de comerlos o para sacrificios propiciatorios, y así no se explica que tuvieran
mucho uso como ventores (PATIÑO, 1965-1966, 182-185). Los perros europeos, con razas
seleccionadas para ese menester, fueron rápidamente adoptados por los indígenas (ibid.,
1970-1971, V, 68-70). En la duda, se tratará el asunto cuando se vea la tecnología
introducida.
EJEMPLOS DE CAZAS DE
ALGUNOS MAMIFEROS.
Jaguar.
Hay que distinguir la caza
precolombina sin armas metálicas ni de fuego, de la que se practicó al introducirse esos
nuevos recursos tecnológicos.
Lós guajibos y chiricoas de
los llanos orientales eran especialmente hábiles y resueltos en la caza de dicho animal,
con sólo arcos y flechas, a veces éstas envenenadas, y entre varios cazadores (RIVER0,
1956, 13-14). Los indígenas amazónicos se daban sus mañas para cazar el jaguar (MAGNIN:
RI, 1940, 176-177).
Manatí.
Los indígenas del Napo
procedían así:
Usan de una red gruesa que
atan fuertemente dentro del agua a la puerta de una cerca de maderos que al propósito
hacen en algunas quebradas. Un indio se pone sobre la puerta en una barbacoilla, otros
espantan de arriba el peje buey que al salir por la puerta cae en la red y trampa que le
tenían armada. El indio de la puerta lo mata a lanzadas, o si le parece, tirando y
plegando la boca de la red lo cogen vivo (FIGUEROA, 1904, 209-2 10; FIGUEROA et alii, 1986,
264).
Existe también una
descripción de la manera como capturaban este animal los indios de Mosquitia (DAMPIER,
1927, 33-34).
Ballena.
Aunque las ballenas
suelen aparecer periódicamente por el Pacífico frente a la costa colombiana, no hay
constancia de que fueran capturadas en América equinoccial por ningún pueblo nativo.
Esas referencias apuntan a latitudes más alejadas del Ecuador. En Florida, los indios se
montaban a horcajadas sobre el monstruo y lo ahogaban metiéndole por los respiraderos
sendos palos que penetrasen profundamente; luego lo remolcaban a tierra (ACOSTA, 1954,
73-74, con informes de PEDRO MELENDEZ DE AVILÉS; HAWKINS, 1933, 51-52).
En la costa chilena de
Atacama, la técnica consistía en sorprender dormida a la ballena y atravesarle el
corazón debajo de una aleta, andando el cazador en un bote de cuero de lobo marino,
típico de esta región. Cuando lograban cobrarla al fin, la carne y el aceite servían
para varios días (VÁZQUEZ DE ESPINOSA, 1948, 618.619).
APRESTO DE LAS PIEZAS
COBRADAS.
Obtenida una pieza
venatoria: peces, quelonios o cualquier animal ingerible, se imponía su transporte a la
vivienda, labor que, en general, estuvo encomendada a las mujeres y a los muchachos,
porque el hombre debía continuar expectante con las armas listas hasta regresar a su
destino.
Luego se procedía a la
sacada de la piel, cuando era apetecida independientemente, o al arranque de las plumas o
la remoción de glándulas malolientes que podían contaminar la carne, y al
destazamiento, para hacer tantas porciones cuantas fueran requeridas de acuerdo con el
tamaño de las piezas cobradas, no sólo para el consumo de la propia familia, sino para
los parientes y vecinos, que en esto parece haber existido gran solidaridad entre las
tribus ecuatoriales.
- En el primer tomo de esta
obra, dedicado a los alimentos, se dijo que había poco escrúpulo entre los amerindios
para la labor culinaria (PATIÑ0, 1990, 1, 159-163, 240). Así que luego se echaban las
presas a cocer o a asar, sin mucho aderezo ni ingredientes saporificantes.
Lo que no se alcanzaba a
consumir de inmediato, se sometía a ciertos tratamientos (véase el acápite Otros
métodos de conservación de alimentos animales, en este mismo capítulo).
Ahumazón de pescado y
carnes.
Al hablar de la sal, en
el capítulo II, se dijo que la distribución geográfica de este producto dejó grandes
sectores de población fuera de su alcance, por lo cual, o se empleaba muy poco, o se
sustituía por cenizas de ciertos árboles, o no se consumia en absoluto. En tales
condiciones, la salazón de carnes
si la hubo, que es
improbable debió de tener uso restringido, aunque sobre este aspecto las fuentes
no son claras.
Entre los grupos
desperdigados después de la muerte de Ambrosio Alfinger, uno que iba con hambre topó con
varios indios. Los españoles, aun debilitados, lograron capturar uno e ipso facto lo
despedazaron para comérselo asado:
Esto de asar en barbacoa
esta carne es una costumbre casi general en las Indias entre algunos indios, los cuales
jamás acostumbran a salar carne ni pescado, aunque tengan abundancia de sal, mas haciendo
unas barbacoas que no sean muy altas del suelo, que son unas estacas hincadas en tierra,
del altor que les parece, encima de las cuales hacen un cañizo algo ralo de varas que
llaman barbacoa, y allí ponen la carne a asar y mucha candela debajo, hasta que se
consume todo el jugo y humor y
queda del todo seca; y con esto se entretiene mucho
tiempo la carne, aunque sea de puerco, y el pescado y todas otras cosas que después de
muertas se pueden corromper y dañar; y a falta de sal, los españoles, en las jornadas y
nuevas poblazones se aprovechan de este uso de los naturales, y así lo hicieron éstos...
(AGUADO, 1957, III, 63.65).
Entre otras tribus se
advirtió la práctica por los caribes del Orinoco (CARVAJAL, J., 1956, 196); en el
Amazonas, con el pejebuey (ACUÑA: FIGUEROA et alii, 1986, 52), y
aunque algo vaga la referencia, pues sólo dice "tasajos de venados curados sin
sal" en el área muisca a la llegada de los españoles (FRIEDE, 1960, NR, 235;
SERRANO Y SANZ, 1916, 117). Los patangoros secaban al humo aves, mamíferos y peces
(AGUADO, 1956-1957, II, 15). Existen varias referencias sobre el moquem brasileño
(LERY, 1975, 135-136; MÉTRAUX, 1928a, 106; RIBEIRO, BERTA, 1987, 111).
La ahumada, que se hace por
lo general bajo techo, tuvo más predicamento en climas lluviosos. Se ha registrado la
costumbre entre los idibaes de la costa norte del Chocó (CÓRDOVA SALINAS, 1957, 248); en
Ayapel: "mucho pescado de aquellos ríos que hallaron ahumado en barbacoas, costumbre
de todos los naturales de estas tierras en las partes donde se coge con abundancia y no
alcanzan sal para salarlo" (SIMÓN, 1953, V, 166-167); entre los jíbaros (KARSTEN,
1935, 163); entre los darienes (WAFER, 1888, 72-73).
La alta salinidad de los
alimentos marinos favorece su almacenamiento, aunque de animales ricos en grasa no; en
este último caso es preferido el ahumado; en el primero, el secado (HARRIS & ROSS,
1987, 294).
De todos modos, éstos
parecen haber sido métodos de uso recurrente, como cuando se capturaban más presas de
las que podía consumir la familia en unos pocos días; pues ordinariamente las
expediciones de caza y pesca se hacían casi a diario, para tener carne y pez frescos.
Otros métodos de
conservación de alimentos animales.
Algunos pueblos
mostraron un grado de previsión mayor que otros en cuanto a la preservación de alimentos
que no se obtenían fácilmente, anticipándose así a épocas de penuria.
La conversión de la carne o
del pescado en harina, se ha registrado en áreas muy separadas de América. Los amaníes
caníbales de la cuenca del Magdalena, la carne humana que no usaban, la guardaban tostada
y molida en polvo (AGUADO, 1956-1957, II, 103). Los tupinambás costeños del Brasil
hacían harina de peces después de bucanarlos (LÉRY, 1975, 136, 165). Esta práctica se
extendía a los guaraníes, apiakás y querandíes (MÉTRAUX, 1928a, 91, III).
No se han hallado
referencias de que en Suramérica se practicara la técnica de los indios norteamericanos,
de preservar la carne del bisonte: secarla hasta casi la petrificación; molerla y echarla
en una bolsa de cuero cubierta de manteca, método que permitía la preservación durante
varios años (MAS0N, 1972, 105, 275-276).
Extracción de aceites
animales.
Al parecer, en la
alimentación del indígena el aceite o la grasa como elemento separado no existió. La
carne se comia conjuntamente con la grasa adherida. Los aceites y las grasas más bien se
extraían para otros usos: solvente de pigmentos para la pintura corporal; untos con fines
medicinales; alumbrado, aunque tampoco en este caso sean muy concluyentes los datos
(PATIÑO, 1990, 1, 150-155; II, 380-387).
En el único caso en que la
grasa era lo predominante para comer, parece haber sido cuando se trataba de polluelos del
ave llamada guácharo Steatornis caripense (PATIÑO, 1984, 105-110), que son de
suyo grasosos. Los datos disponibles se refieren a dos zonas muy separadas
geográficamente: el oriente de Venezuela (Cueva de los Guácharos de Caripe), y el
oriente del Ecuador y del Perú. En esta última, concretamente en la Cueva de los Tayos,
río Coangos, afluente del Santiago (PORRAS., 1980, 119-120); y en la Cueva de La Lechuga,
cerca de Tingo María (LATHRAP, 1970, 102). Tayo es el nombre que le dan a esta ave
los jíbaros.
En cuanto a manteca de
tortuga, de caimán y de manatí, el uso por los indígenas parece haber sido muy
esporádico.
Pero, con la dominación
española, en algunas partes tales grasas se convirtieron en objeto de tributo, y esto
indujo a una extracción más intensiva, utilizando desde luego mano de obra indígena.
Por eso, se volverá a tratar del asunto donde competa.
Sí está comprobado el
aprovechamiento de aceite de pescado en la cuenca del Cauca, y sobre los métodos de
extracción se dieron los datos pertinentes en el acápite Pesca colectiva del
capítulo IV.
Coloración de plumas en
aves vivas.
Esta técnica
suramericana insuficientemente estudiada en forma experimental tuvo una
extensión geográfica bastante amplia, como que comprendió desde el 6° N hasta el 22°
S. Existen doce lugares donde se señaló al norte del Amazonas; tres en el Solimoes, que
es la parte alta del mismo río, y doce al sur (MÉTRAUX, 1928b, 182). En ocasión
anterior se dieron las primeras informaciones históricas disponibles hasta entonces
(PATIÑO, 1965-1966, 167-169) y otro autor lo había hecho antes (GILM0RE: STEWARD, 1950,
6: 397-398; . RIBEIRO, 1987, 215-216). Sobre las técnicas existe poca
información confiable, y quizá no fue un hallazgo que se difundió por agencia humana,
sino que cada grupo apeló a métodos distintos. En efecto, se han señalado vagamente
substancias de origen animal (ranas, peces) (WALLACE, 1939, 376; VILLAREJO, 1959, 49-50) y
de procedencia vegetal (ají, savias de árboles, tinturas de plantas). El procedimiento a
base de ají se aplicó en Europa al canario, para cambiar el color amarillo de las plumas
en anaranjado profundo, sólo en aves jóvenes (NEWBIGIN, 1898, 250).
Uso y tratamiento de las
pieles. Momificación.
La mayoría de los autores
de cosas americanas están de acuerdo en que los indígenas no dominaron la técnica de
curtir el cuero mediante procedimientos similares a los del Viejo Mundo (ROWE: STEWARD,
1946, 2: 243; GILMORE: STEWARD, 1950, 6: 346; NORDENSKIOLD, 1920, 2:165, 201), porque los
americanos, así como los oceánicos y los australianos, hicieron débil uso de las pieles
(LEROI-GOURHAM, 1971, I, 241).
Pero sí abundan los
testimonios de que varios grupos supieron momificar y preservar cadáveres humanos, y
manipular pieles de animales. Inclusive un antropólogo cree que el proceso primeramente
mencionado se inventó en la actual Colombia (LINNÉ, 1929, 236-246, mapas y fuentes).
La reducción de cabezas la
observaron los españoles en Pasao, costa ecuatoriana, durante los viajes iniciales de
Pizarro y Almagro, "con cierto bálsamo"; quedaban las formas de narices, ojos y
pestañas (ESTETE, 1928?, 202-209). Esta técnica parece aprendida de tribus del otro lado
de los Andes, con las cuales había relaciones de intercambio, cuyo caso más cónocido y
divulgado es el de los jíbaros (KARSTEN, 1935, 294-306, 342, 353, 364).
Ya sin reducirlas, sino
dejándolas de tamaño normal pero sin faltarles pelo en la barba ni cabello y
"conservadas en un betumen", las sabían preparar los paeces en la época de la
conquista, y una vez se hallaron en los dominios del cacique Pigoanza hasta 50 cabezas de
españoles así tratadas (LÓPEZ, PERO, 1970, 60). Los panches, también con un
betún, preservaban cabezas-trofeos, pero en vez de los ojos naturales les ponían unas
semillas relucientes (AGUADO, 1956, 1, 456). No se dice cómo preservaban las
cabezas-trofeos que llevaban en las batallas, los indios de Picara en el Cauca medio
(CIEZA, 1985, II, 408). Los maués y mandurucús amazónicos colgaban en sus casas las
cabezas de sus enemigos muertos, momificadas, de las cuales el cerebro lo copiaban en
algodón coloreado (MARTIUS,. 1939, 216). El aceite de andiroba (Carapa guianensis) se
usaba entre los tupís, para la conservación (THÉVET, 1944, 347, nota).
Más generalizada estuvo la
costumbre de embalsamar los cuerpos para convertirlos en momias. Esto se conoció en la
vertiente atlántica de Costa Rica y en Panamá, mediante el empleo de resinas y
ungüentos (LAGENHEIM y BALSER, 1975, 73; DÁVILA BOLAÑOS, 1974,147). En el área
muisca de la Nueva Granada, los jefes muertos eran embalsamados y sus momias se llevaban a
las batallas (RAMOS PÉREZ, 1972, 292; CUERVO, 1892, II, 211; AGUADO, 1956, 1, 266). Se
pretendió que esto se hacía con la resma macoba de higuillos pegajosos (SIMÓN,
1981-1982, III, 406; ROJAS DE PERDOMO, 1980, 176). En la Mesa de los Santos se encontraron
momias con tela pintada o con decoración (SCHOTTELIUS, 1946, 218-219).
En Lile se hallaron
numerosos pellejos rellenos, al parecer, con ceniza (CASTELLANOS, 1955, III, 359;
ANDAGOYA: CUERVO, 1892, II, 120; CIEZA, 1984, 1, 71). El pellejo de Pedro de Añasco fue
preparado en la misma forma por los paecesyalcones (CASTELLANOS, vol. cit., 398-399).
Sobre la costa ecuatoriana
en Puerto Viejo se hallaron cueros de hombres llenos de ceniza (CIEZA, 1984, 1, 71). Los
quijos del oriente, a algunos muertos los embalsamaban con cierto betún y los colgaban al
humo; en la barriga vacía les metían joyas y chaquira (ORTEGÓN, 1973, 15).
Los guancas de Jauja
conocían y usaban una técnica similar; pero, a su vez, a ellos les hicieron lo mismo los
cuzqueños (CIEZA, 1984, 1, 110, 196). Las momias de los incas fueron traídas a Lima en
tiempos del virrey Cañete y mostraban una linda tez (AC0STA, 1954, 146). El cronista
Betanzos escribió sobre la forma de aderezarlas. En 1559, Polo de Ondegardo descubrió y
envió a España las momias de los incas escondidas por los indios, que les rendían culto
secreto e idolátrico (PORRAS BARRENECHEA, [1962], 244, 267).
Los indígenas del Yavarí
de origen ticuna tenían buen arte de embalsamar pájaros, utilizando como relleno lana de
ceiba o algodón (SAMPAIO, 1825, 68). Los tapajós conocían el proceso de momificación
de cadáveres, como sus vecinos los maués (NIMUENDAJÚ, 1949, 99).
Los mejicanos eran no menos
hábiles para esto, y los españoles tuvieron buenas pruebas, como cuando al regreso de
Cortés hallaron según parece en Texcoco embalsamados los cinco caballos que mataron y a
los españoles que los conducían. También los de Pánuco embalsamaron a los españoles
de Pánfilo de Narváez que lograron matar (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, IV, 95-96, 171).
En cuanto a las substancias
empleadas, variaron de acuerdo con las regiones. Ya se habló de la andiroba, de la leche
de unos higuillos (Ficus?) y de bálsamos varios. Un médico ecuatoriano sugiere
que para preservar cadáveres se usaban el molle (Schinus molle), el paico (Chenopodium
ambrosioides var.) y el bálsamo de Tolú (Myroxylon balsamum) (PAREDES BORJA,
1963, 1, 162). Parece que los quimbayas apelaban a la cera de abejas, por lo menos para
conservar los rasgos fisonómicos (DUQUE GÓMEZ, 1963, 68-69; ROJAS DE PERD0M0, 1980,
196).
Si de estos procedimientos
que tenían un carácter ritual se pasa al empleo de pieles de animales para actos de la
vida diaria, hay constancia de que varias tribus llevaban a sus guerras escudos de pieles
de animales, siendo preferidos para esto, como es lógico, las más resistentes, que
defendieran al portador de los dardos y flechas de los enemigos. Durante la expedición de
Jorge Spira a los llanos orientales, se hallaron pueblos con rodelas de cuero de danta
(FRIEDE, 1961, W., 353); de otros se dice lo mismo (ACOSTA, 1954, 133; COBO, 1891, II,
327; GABB: FERNÉNDEZ, 1883, III, 374). También se usaba para correas (FERNÁNDEZ, 1881
I, 422-423).
Asimismo se utilizaba la
piel del manatí (COBO, 1891,II,146; FERNÁNDEZ, 1881, I, 425).
En el área muisca, las
pieles de venado sirvieron como pergamino para los primeros documentos que hicieron allí
los españoles. La tinta se borraba muy pronto (FRIEDE, 1960, NR, 117-119; ,
1957, V, 163, 169, 183).
En una carta fechada en
Cartago de Costa Rica el 14 de abril de 1719, dirigida al gobernador y Audiencia de
Guatemala, se dice lo siguiente:
No paso a pedir a V. M.
frascos ni garnieles para las municiones de esta provincia, porque los frascos de la
Europa se pasan en breve tiempo por el fierro con que están guarnecidos; los garnieles
estoy actualmente sacando las maderas de laurel para hacer cantidad de ellos, y a cada uno
con diez y siete taladros que ocupan otros tantos cartuchos aforrados en curtido de venado
(por no haber vaqueta), los que quedarán casi tan buenos como los que tiene V. M. en los
ejércitos; cuyo costo no pasará de ocho reales cada uno con su cinto o bandola [por
bandolera] (FERNÁNDEZ, 1886, V, 493-494).
Cuando se trató de los
tambores, en el tomo IV de esta obra, se dijo que cada grupo humano escogía las pieles
que dieran mejor resonancia.
Ya fuera del área del
presente estudio hacia el sur, se utilizó la piel de chinchilla. Al virrey Toledo, los
indios de Lipes le regalaron camisetas "de unos animalejos terrestres que llaman
chinchillas" (J. DE LA ESPADA, 1885, II, XXIV).
Tienen un pelo a maravilla
blando, y sus pieles se traen por cosa regalada y saludable para abrigar el estómago, y
partes que tienen necesidad de calor moderado; también se hacen cubiertas o frazadas del
pelo de estas chinchillas (ACOSTA, 1954, 133).
Rara vez se llevaban a
Europa (HAWKINS, 1933, 106). Hacia 1837 el gobierno de Bolivia decretó prohibición de
cazar este animal, pero por no cumplir sus fines fue revocada; era el producto más
valioso de la provincia de Carangas (ROJAS, CASTO, 1916, 137).
__________
1 Compañero de
Gaspar de Rodas en las campañas contra indios de Antioquia, "convertido en
encomendero y comerciante en Tunja, hacia el año de 1600 vendía harinas en la
zona minera al doble del precio en que las compraba en Santa Fe" (ÁLVAREZ MORALES:
MELO, 1991, 62).
(regresar 1)
2
Fara:
es la misma zarigüeya o chucha Didelphis. (regresar 2)
3
Guatusa: es el roedor llamado en otras partes guatín, aguti, picure, ñeque, o
sea, Dasyprocta sp. (regresar 3)
4 Catufo:
cañuto, tubo (CUERVO, R. J., 1939, 701). (regresar 4)
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