Historia de la Cultura Material
en la América Equinoccial (Tomo V)
Victor Manuel Patiño
© Derechos Reservados de Autor
CAPITULO III

CAPTURA Y APROPIACIÓN DE ANIMALES
(EXCEPTO PECES Y MAMÍFEROS)

INSECTOS Y SUS PRODUCTOS.

Larvas de insectos de varios órdenes fueron recogidas a sus tiempos por los indígenas americanos, para diversos fines, principalmente alimentarios, pero a veces medicinales. Algunas tribus tenían preferencia por el consumo de hormigas o comejenes, así como de insectos no sociales (PATIÑO, 1984, 1, 77-82). Las abejas melíferas eran buscadas también por sus larvas, mediante el fuego (BARANDIARÁN, 1968, 33; GILLIN: STEWARD, 1948, 3: 826).

Desde luego, en las excursiones de caza se obtenían, cuando se podían haber a manos, productos como miel y cera, tanto de abejas como de avispas o Bombus. En ocasiones, la cera constituiría el producto principal, por el uso que se le daba en la metalurgia (cera perdida) y para modelar rostros de ídolos; luego debió de considerársela como investida de ciertas propiedades mágicas.

Para captura de panales posiblemente se empleó el humo con el objeto de alejar enjambres molestos. No se ha hallado constancia del uso común en otros hemisferios, de succionar la miel de un panal mediante una pajuela, popo o tubo hueco, lo cual no quiere decir que no hubiera podido utilizarse esa estrategia.

Los indígenas del partido de Santa Elena en Guayaquil, entraban a los montes con ollas de miel aguada y rociaban con ella el follaje, al cual acudían las abejas. Cuando éstas regresaban a sus panales, las observaban para descubrir los nidos, que cavaban para extraer la miel y la cera, tanto de las llamadas abejas amonanas como de las moquinganas, "que todos son de miel muy dulce y suave, de que labran la cera, purgándola de la superfluidad de la tierra, primero en el cocimiento y en el torno, y después al sol y al aire, sacando del desecho el específico de la trementina, que sólo por defecto de beneficio suple en las boticas la falta de la de Europa..."(ALCEDO, 1946, 39-40).

Los indígenas del Orinoco sacaban la miel, "agrandando la puerta de las abejas, o derribando y rajando el tronco, sin temor de ellas, que no pican..." (GUMILLA, 1955, 198-199).

Un naturalista que reseñó entre los indios chiquitos de Bolivia hasta 13 especies de abejas silvestres que ellos reconocen, relata así las técnicas de captura:

Desde mi llegada a Santa Ana había visto con frecuencia grupos de indios que volvían del bosque, tras quince días de ausencia, cargando cada uno tres arrobas — setenta y cinco libras — de cera, tributo anual que grava a quienes no tejen. Excitaba mi curiosidad la forma cómo esos indios recogían la cera y quise reunir a varios con el objeto de informarme con exactitud acerca de esa explotación curiosa, hecha en plena floresta. Todos los años, de junio a septiembre, los indios de cada misión parten en grupos de diez a veinte, en los que siempre figuran hombres experimentados y perfectos conocedores de los lugares. Toman un rumbo u otro, más o menos lejos de la misión, siguiendo la abundancia de la miel. A veces no temen alejarse a veinte o treinta leguas. En cuanto encuentran el lugar donde creen que encontraran muchas abejas, eligen un punto cercano al agua y paran, depositando al pie de un árbol sus víveres, consistentes en choclos; después hachan árboles, que ahuecan en forma de artesa, en tanto que los demás, bajo la dirección del más experimentado, trazan un sendero que alcanza a veces una legua de longitud, dirigido mas o menos de norte a sur. Apenas trazado este caminito y listas las artesas, parten de mañana por el sendero y, a cierta distancia, se dispersan de a dos, unas parejas hacia la derecha y otras por la izquierda, hasta lo más espeso del bosque. Durante el día, observan la dirección del vuelo de las abejas y hacia dónde toman en mayor número; después de haber localizado el árbol donde anidan lo marcan, tratando de buscarse puntos de referencia. Al atardecer, cuando baja el sol, resuelven volver al campamento y tratan de encontrar el sendero, orientándose por la posición del sol. El primer indio que lo encuentra, hace sonar en forma especial un cuerno o silbato redondeado que siempre lleva colgado; los demás, dispersos en la floresta, contestan con sonidos distintos para que no se los confunda con los que emite el indio que llama. Guiándose de este modo por sonidos, todos vuelven sucesivamente al camino trazado y ganan el campamento. Mientras comen un choclo asado los exploradores dan cuenta de los descubrimientos de la jornada y manifiestan cuántos panales encontraron. Luego se acuestan en sus hamacas, junto a un buen fuego, y descansan. Al día siguiente, fraternizando sin tener en cuenta quién tuvo más suerte, se distribuyen los nidos localizados la víspera y salen en dos o tres grupos, con hachas y calabazas. Al llegar al primer árbol marcado, lo derriban, abren el hueco donde se encuentra la colmena, extraen miel y cera, exprimen la miel en las calabazas y empaquetan la cera, destruyendo el nido por completo. Después de haber efectuado esta tarea cada grupo vuelve a la tarde, cargado con el producto del trabajo. En el campamento lavan la cera aún impregnada de miel, en una de las artesas llena de agua, le agregan miel y la dejan fermentar para preparar guarapo, especie de licor muy sabroso que constituye casi el único alimento de esos indios durante la faena, pues apenas disponen de unos choclos para cada uno. Al otro día vuelven al bosque y prosiguen mientras tengan colmena; cuando ya no las hay, siguen buscando hasta que cada cual haya juntado las tres arrobas que debe al Estado. Es raro que el grupo necesite más de quince días para obtener esta cantidad considerable de cera, que no asciende a menos de mil quinientas libras para veinte hombres. La costumbre india de recorrer cada año los bosques vecinos, les otorga tal conocimiento de ese laberinto natural que nunca se pierden entre los árboles, guiándose siempre por el sol por encontrar su misión. Las abejas de la región son diferentes a las nuestras por su forma, talla y producto de su trabajo (1) . Por lo general anidan en los huecos o cavidades de los troncos de los árboles a bastante altura del suelo. La colmena se compone de algunos panales regulares formados por celdas hexagonales como las de las abejas europeas; además, construyen con cera pequeñas cavidades ovaladas, de dos centímetros de longitud, que llenan con la miel más pura y aromática y polen, separadamente. Con frecuencia los indios se llevan la colmena entera con el pedazo de tronco en que se asienta; las abejas los siguen y es posible domesticar el enjambre, aprovechando que son inofensivas y carecen de aguijón  (2). En Santa Cruz vi que numerosas casas de campo poseían colmenas, en vasos de barro cocido, y estoy seguro de que podrá resultar muy beneficiosa la explotación de este ramo tan simple y productivo, cuando la industria lo pueda adoptar. Los indios conocen trece especies distintas de abejas, nueve de las cuales están desprovistas de aguijón y producen miel excelente; tres, cuya miel es nociva, y una sola con aguijón, poco buscada por esta causa ... La cera se extrae del bosque negruzca y blanda. Para blanquearla y darle la consistencia necesaria se la somete a diversas preparaciones. Se hierve mucho tiempo con ceniza de plantas que contengan mucha potasa. Tras este primer lavado se mezcla con cal y se expone durante unos meses al rocío, en unas plataformas llamadas tendales. Cuando ha permanecido el tiempo suficiente para blanquearse se la vuelve a fundir, haciendo panes que se envían a Santa Cruz. Entonces la cera es blanca, sólida y hasta quebradiza; al arder expande un aroma bastante fuerte y agradable. Hasta el presente se la dedica a usos de iglesia. En años comunes, en 1829 por ejemplo, la provincia de Chiquitos tenía almacenadas 119.726 libras de cera (D’Orbigny, 1945, III, 1169-1171).

Cabe observar que el indígena, antes de la dominación española, no consideraba a la cera como importante para alumbrarse, pues lo hacía de preferencia con teas de maderas resinosas, como se ha visto ya (PATIÑO, 1990, II, 384-389). La demanda de ese producto a partir del siglo XVI, obedeció a la costumbre de usarlo en las ceremonias religiosas, con el implantamiento del ritual católico.

Caracoles y otros moluscos.

Algunos moluscos sirvieron simplemente de alimento, pero otros fueron empleados por sus pigmentos colorantes o por productos como las perlas.

En cada caso, la técnica de captura se acomodaba al habitat en que cada especie predominaba (aguas superficiales o profundas; dulces, salobres o saladas; playas; manglares; mar abierto, etc.). La captura podía hacerse con cuchillos y a mano, como para las ostras perleras, o mediante nasas o redes, etc.

Sobre este grupo se darán detalles en el capítulo XVII.

Batracios.

Captura de ranas y sapos para alimentación o para la preparación de veneno, fue práctica común. El procedimiento seguido sería tomarlos a mano, agarrándolos por las patas, como todavía lo hacen muchos campesinos con los sapos. Los muiscas tenían conocimiento de los hábitos de estos animales, puesto que la rana era considerada como símbolo del agua. Para las ranas de veneno del Chocó, la captura debía efectuarse con más cuidado, pues había que evitar el contacto con la piel del animal (WASSÉN, 1935, 99; BOUSSINGAULT, 1903, V, 290; —, 1985, IV, 140; Cochrane, [1825], 1971, II, 407).

Ofidios.

La más formidable de las serpientes, la anaconda o Eunectes murinus de los ríos amazónicos, se caza haciéndole tragar primero como cebo un animal vivo que lleva chuzos de macana adheridos a una estaca, y todo ello con una cuerda larga y fuerte que se va desenrollando a medida que avanza el proceso digestivo. Luego la cuerda se va cobrando poco a poco con mucha precaución, pues la bestia permanece viva, y a cada tirón reacciona dando arcadas en el cieno. En un momento en que saca lo más del cuerpo, indios listos con arpones y flechas la asaetean, hasta que despacio van arrastrando al monstruo hasta la orilla, donde un cazador más arriesgado le corta la cabeza. "La cola siguió golpeando el agua: Lentamente fue quedándose inmóvil, tendido sobre el lodo de la playa" (URIBE PIEDRAHITA, 1979, 141-144).

Suelen ser mas fáciles de capturar cuando en el invierno se ponen tórpidas (GILMORE: STEWARD, 1950, 6: 407).

Saurios.

El lagarto pollero Tupinambis y la iguana, se pueden capturar con trampa, arco y flecha (ibid., 406). Pero en el siglo pasado, los bogas del Magdalena cogían las iguanas por las colas (Le Moyne, 1945, 73).

Caimanes.

Pese a la fiereza de los caimanes y a su dominio del medio acuático, el hombre se ha dado mañas para atraparlo. Un buen nadador provisto de un palo aguzado por ambos extremos, y de la longitud que tiene la boca abierta del caimán, se le acerca y le inserta la estaca entre las dos mandíbulas; al cerrarlas para aprisionar al intruso, se ensarta de manera que no puede ajustar las quijadas, y con una cuerda atada al palo, se puede remolcar donde se quiera para rematarlo. En el siglo pasado, en el río Corrientes de la Argentina se capturaban con una guasca de cuero, a caballo, utilizando un perro como cebo; aunque también se usaba el procedimiento primeramente descrito (D’ORBIGNY, 1945, I, 123; III, 1211-1212; IV, 1321, 1348). Y los yuracarés los capturaban mas o menos en la misma forma indicada arriba, o les punzaban los ojos con cañas afiladas; les cortaban la cabeza para vender los dientes como amuletos (Boso: Valdizán y M ALDONADO , 1922, III, 373-374). Otros datos han sido recogidos por un antropólogo (WAVRIN, 1937, 11-53). Del caimán se comen la cola, los músculos de las mejillas y los huevos (GILMORE: STEWARD, 1950, 6: 405).

He aquí otras variantes: En Zacatula de Méjico, amarrándoles las patas y con el palo para meter en la jeta (CERVANTES DE SALAZAR, 1971, 1, 121, 126-127); en Izquintepeque de Guatemala, rascándoles la barriga y enlazándolos (FUENTES Y GUZMÁN, 1972, II, 53); en Costa Rica, amarrándoles las patas (FERNÁNDEZ, 1881, I, 10). En Babahoyo, afluente del Guayas, se procedía así:

Cazonete es una estaca de dos puntas y una cuarta de largo, que cubren de alguna carne y atan a un cordel para coger los lagartos: llévanla también los nadadores que introducen con destrezá en la boca de estos animales, impidiéndoles que la cierren, de forma que por falta de lengua tragan tanta agua que se ahogan; otros mandan con un pufial con que les abren el vientre y otros con lazos los atrapan (LAVIANA CUETOS, 1984, 50, nota).

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Fig. 1. Captura del caimán en una playa del Magdalena a mediados del siglo XIX. Según dibujo de Ch. Saffray (1983, pág. 59).

En el Orinoco, los guamos se jactaban de ser especialistas en esta caza (GILII, 1965, II, 147). También hay testimonios del Alto Amazonas (MAGNIN: Rl, 1940, 176-177; URIARTE, 1952, 1, 294).

Quelonios.

La época del desove de tortugas en el área ecuatorial se aprovechaba para los contactos culturales y comerciales, tanto en el Amazonas como en el Orinoco y en los demás ríos.

Grandes grupos de familias se concentraban en las playas durante las semanas que duraba la postura.

El procedimiento de captura no podía ser mas sencillo, por la limitación de movimientos de estos quelonios, que se pueden inmovilizar fácilmente con sólo volcarlos con el peto hacia arriba. Cuando ya han puesto, es fácil descubrir dónde están los huevos, porque el piso queda más blando (LE MOYNE, 1945, 80).

Para otras especies de uso mas rutinario a lo largo del año, especialmente en el Amazonas, se ha usado mantener las tortugas en charcas (cochas) cercadas de cañas o palos (charaperas, de charapa, nombre de la tortuga). Allí se las alimenta con las yerbas preferidas (PATIÑO, 1965-1966, 164). Los animales se van sacrificando a medida de las necesidades.

La captura de tortugas marinas, sobre todo en el área circuncaribe, se hacía utilizando el pez reverso. Como esto involucra la presencia de un auxiliar, se verá en el capítulo IV.

Peces.

Corresponde aquí este tema, pero, por la importancia que los peces han tenido en la alimentación y en el comercio, se le dará tratamiento especial (véase capítulo IV).

Aves.

Las aves no parecen haber jugado un papel muy importante en la alimentación del indígena, en comparación con otras clases de animales. Pero tampoco su uso faltaba del todo. Más importantes fueron como compañeras o entretenimiento en las casas; o por las plumas y picos de algunas para adornos. La inhalación de polvo de yopo por las tribus orientales de Suramérica, casi siempre se hizo mediante tibias de aves unidas con cera o resma.

De todos modos, lo más sencillo para mantener animales amansados, consistió en capturar polluelos o mamíferos recién nacidos y someterlos, a los procedimientos de cría que se verán en el capítulo IX.

En el lago de Maracaibo había una donosa manera de atrapar palmípedos:

Pero bueno será decir de unas
maneras de cazar algo suaves,
en algunos estanques y lagunas
habitadas de nadadoras aves;
y están estos estanques y sus senos
de secos calabazos siempre llenos.
Por cima de las ondas fluctuando,
o quedos si no da soplos el viento,
las ánades entrellos churcheando (3) .
aquello que les es mantenimiento.
Allí suelen entrar de cuando en cuando
indios que de cazar tienen intento,
cubierta la cabeza del cazante
con medio calabazo semejante.
Y porque con aquellos embarazos
las ánades allí no pueden vello,
entre los sobredichos calabazos
en el agua se mete hasta el cuello,
cubiertas bien las manos y los brazos
escepta la cubierta del cabello,
con cordel apretada la cintura
para colgar la caza que procura.
Cubierto pues con aguas el villano,
do para su propósito barrunta
estar más a sabor y más cercano
al tiempo que algún ave se le junta,
ásele de los pies oculta mano,
y entre las turbias aguas es defunta;
y con gastar en esto breves ratos
acontece sacar copia de patos.

(CASTELLANOS, 1955, II, 20)

En forma igualmente poética se ha descrito el proceso como aplicable a Centroamérica (LANDÍVAR, 1924, 24). De sur a norte, la práctica se conoce de Mojos, Maracaibo, Chiriquí, Haití, Méjico y China (NORDENSKIOLD, 1931, 9: 43). Pero también se reportó en Jamaica (Oviedo y Valdéss, 1959, II, 186-187) y en el Brasil (SILVEIRA, 1874, 26). Todavía a principios de la época republicana los indios de la Sabana de Bogotá, en las lagunas cazaban patos mimetizándose con penachos, similares a unos que previamente habían soltado en el agua (HAMILTON, 1955, 1, 128).

En Santo Domingo se cazaban papagayos, así:

Un muchacho de siete u ocho años se subía en un árbol, poniéndose una poca de yerba sobre la cabeza, y teniendo allí un papagayo atado y tocándole con la mano hacíalo graznar; descendían luego en oyéndolo cuantos papagayos volaban por el aire sobre el árbol y por sus ramas, y con lacito sutil de hilo puesto en una varilla delgada, poníala en la cabeza de cada papagayo, y trayéndolo hacia sí torcíale la cabeza y echábalo del árbol abajo. De éstos mataba tantos cuantos vía y podía llevar a cuestas, y no mataba más porque no podía llevar más. Los papagayos, sentados en el árbol, no se huían mientras oían al que estaba atado (CASAS, 1909, 109).

Endémico en la porción meridional de Suramérica, pero con intrusiones en el área andina es el ñandú o avestruz americano. De la época de la conquista hay testimonios de que, para cazarlos, los indios se mimetizaban con ramajes simulando arbustos floridos, y así podían acercarse para asir las aves a mano (LÓPEZ, PERO, 1970, 85, 86).

Mamíferos.

Importantes como recursos alimentarios y por sus vinculaciones totémicas, los procedimientos de captura fueron mas refinados en este caso. El tema se tratará en el capítulo V, tanto para aves como para mamíferos.

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1   Pertenecen al género Melipona. (Nota de D’ORBIGNY). (regresar 1)

Autores demasiado sistemáticos pretenden que estas abejas tienen aguijón. Puedo aseverar que no lo tienen, después de haber hecho todas las experiencias susceptibles de asegurármelo. (Nota de D’ORBIGNY).    (regresar 2)

3  Churchear, chuchear:
buscar o cazar churcherías o chucherías (CE-F,1984, 400-401). (regresar 3)

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