Historia de la Cultura Material
en la América Equinoccial (Tomo V)
Victor Manuel Patiño
© Derechos Reservados de Autor

CAPÍTULO XX

NUEVOS CULTIVOS COMERCIALES

La existencia de grandes masas de indígenas sometidos permitió a los españoles desentenderse de la producción de comida, porque desde el principio se evidenciaron la vocación agrícola del amerindio y su ausencia de motivos comerciales en el cultivo de las plantas. En cambio, el peninsular venía detrás no sólo del oro y la plata, sino de productos vegetales que tenían un alto valor en la época, como las especias, el algodón, los colorantes para la industria textil y el azúcar, por más que estos renglones se conocieran de vieja data en España.

Fue la inspiración mercantilista la que guió a los españoles, tan pronto como la sujeción de los pueblos americanos quedó consolidada — y en algunos casos sin estarlo del todo—, para iniciar este proceso. Pero llevar plantas que eran cultivadas para autoconsumo al punto de que produjeran sobrantes comerciales, no dejó de representar dificultades que sólo podían vencerse ejerciendo coerción sobre los indígenas primero, sobre los negros después y sobre todos ellos posteriormente, para que produjeran cada vez más y más.

No hubo, pues, la intención de sobrepujar a España en el cultivo del trigo, por ejemplo, sino de producir aquellas cosas que allá tenían un precio halagüeño, algunas de las cuales había que importar de otros países.

También aquí se puede establecer la división de plantas americanas cuyo cultivo fue intensificado y comercializado por los españoles, y el de las que ellos trajeron consigo y en América se convirtieron en fuentes importantes de producción.

A) PLANTAS AMERICANAS.

Añil.

Todo lo relacionado con el cultivo y dispersión geográfica de esta planta de tinte en América, se puede ver en otra obra de una serie anterior (PATIÑO, 1967-1968, III, 136-146).

La descripción más completa del proceso de extracción es una de fines del siglo XVIII (MOZIÑO, [1799], 1826); pero, siglo y medio antes, otro autor dijo lo mismo en menos palabras; aparentemente, el proceso no varió en ese lapso de tiempo:

Hacen la tinta desta manera: el mismo día que cortan la rama, la echan en un pilón de agua a pudrir, echándole algún peso encima, para que se hunda y la cubra el agua; el día siguiente por la mañana ya está cocida y de sazón, lo cual muestra el agua en el color que ha tomado, que es como amarillo y verde. Sacan entonces la rama y échanla por ahí, a la cual, así desustanciada, llaman bagazo; la agua en que se pudrió la echan en un estanque pequeño, en el cual está un madero echado por la parte alta del estanque o alberca, a modo de eje de noria y con dos travesaños en forma de aspa. Este mueve en torno una rueda como de batán, que trae un herido de agua, y con ella baten el agua en que estuvo la yerba, hasta que llega a tomar punto, que llaman tomar grano; desaguan entonces la alberca por un caño delgado, y la tinta está ya asentada abajo a modo de lama; de allí la cuelan en otra pila menor, y colada, la ponen a secar al sol ... Suelen echar a pudrir cada vez cien cargas de caballos o mulas, y acude a libra por carga (COBO, 1956, I, 216-217).

Existe una descripción similar debida a un coetáneo del anterior (VÁZQUEZ DE ESPINOSA, 1948, 219-220).

Sobre las condiciones del trabajo es diciente el siguiente testimonio:

En lo que se llama temporada y dura cada año cuatro y seis meses hay gente innumerable, pues se cuentan a ciento y a doscientas personas las que trabajan en cada hacienda, concurriendo a este efecto de varias panes gente de toda especie y desconocidas. El trabajo que se lleva en la temporada es de los más sensibles y rudos que pueden darse, porque sobre ser de todo el día y aun de toda la noche, es en tierra sumamente calurosa entre una inundación de moscas, que no se sabría explicar y con tal fatiga, que aun corriéndoles el sudor por todo el cuerpo, se arrojan a los ríos con tan poca libertad, que si llevan alguna ropa a cuestas, así se arrojan sin sufrir el corto espacio que costaría despojarse de ella. En todo ese tiempo se trabaja todos los días y también los de fiesta; en rarísima hacienda se dice misa y en ninguna hay la menor instrucción, ni tal vez los dueños de las haciendas darían lugar, para que no se embarace el trabajo; todo lo cual pareciéndome insufrible y considerando con qué motivo se abraza un trabajo tan rudo, encontré entre otros, el de que hay tal afición a este género de las tintas, que parece una especie de inclinación envenenada a ellas, con que posponen todos sus intereses a su cultivo (CORTÉS Y LARRAZ, 1958, I, 157.158).

Es entendido que las albercas y demás equipo utilizado en la extracción de añil los introdujeron los españoles, quizá copiados de los usados en la India, donde esta actividad era antigua. Los indígenas americanos empleaban esta yerba de manera más elemental.

Bija.

Sobre la bija o achiote desde el punto de vista de su uso como colorante culinario, se habló antes (PATIÑO, 1964, II, 210-213), y como pintura corporal y otros empleos, aparte (ibid., 1967-1968, III, 146-157).

225.jpg (19356 bytes)
Fig. 3. Instrumentos utilizados para preparar el achiote en la Guayana francesa, siglo XVIII. A, canoa o pilón para machacar o remojar el grano, B del fruto C. D, horno y dos pailas. E, manilla con dos cabezales. F, espumadera. G, manare o cedazo para tamizar el achiote. H, caja secadora redonda. I, caja rectangular. (Tomado de Barrere, pág. 97).

Acerca del proceso de extraccion se ha conservado un registro, correspondiente a la Guayana francesa, donde en el siglo XVIII el achiote o roucou constituía el primer renglón de exportación. Las cápsulas bien maduras se colectan quebrando las puntas de las ramas, y se desgranan sin demora, a veces mediante apaleo. Se echan los granos en una canoa con agua, hasta que se hagan pasta; de allí se saca ésta y se pone en una canoa más grande, donde permanece con agua entre 8 y 15 días a lo más; luego se exprimen los granos para que acaben de soltar el color. Se cuela todo en un cedazo hecho de fibra de la aruma Ischnosiphon aruma. El jugo así obtenido se hace hervir en calderas de hierro, hasta que alcance la consistencia de colada. Mejor usar dos calderas para trasvasar; se va renovando el agua roja a medida que se consume. La pasta, dividida en pedazos, para que seque mejor, se pone al sol, y luego se embala en barriles. Los granos desechados se vuelven a poner en agua durante tres semanas en tres tandas, hasta que suelten todo el color; esta "agua roja" se usa para renovar la de las calderas en que se disuelve el grano fresco. Antes de venderlo se pila; se hacen masas de 25 libras, y últimamente de 2-3 libras, que se envuelven en hojas de banano. Hay dos cosechas, la de invierno de diciembre a febrero, y la de verano, en mayo-julio. En algunas partes las plantaciones duran diez años; en el continente solamente dos o tres, y hay que estarlas renovando. Se presentan dibujos del instrumental usado (BARRERE, 1743, 98-101 y fig.).

Algodón.

Lo concerniente a esta planta se trató en previa ocasión (PATIÑO, 1967-1968,III, 62-130), incluyendo el aspecto industrial hispánico (ibid., 121-127). Entre los aparatos introducidos figuran los telares altos y los batanes.

Pero, fuera de la fabricación regional de telas en América, se exportó fibra de algodón a España en diversas épocas, para unas hilanderías que allá siempre fueron deficientes (CARO BAROJA, 1983, 479-485). Quizá se usaron los tórculos o prensas para disminufr el tamaño de los bultos; esta mejora se le ha atribuido al comerciante momposino Pedro Martínez de Pinillos, ya en el último cuarto del siglo XVIII (FALS BORDA, 1979, 1, 126a y 12Gb).

B) PLANTAS INTRODUCIDAS INDUSTRIALES:

Caña de azucar. Destilación de alcohol.

En la historia de esta planta que se hizo en otra oportnidad (PATIÑO, 1969, IV, 310-365), se dieron datos sobre la industrialización, que no viene al caso repetir.

Sobre los procedimientos que se seguían en el sur del Valle del Cauca a mediados del siglo XIX, se conservan unos "Apuntamientos sobre el cultivo de la caña y fabricación del azúcar y del ron", escritos por el político y agricultor caucano Sergio Arboleda (1822-1888), que se obtuvieron de su descendiente el historiador don José María Arboleda Llorente, en virtud de cruce de cartas cuando, en 1957, el autor trabajaba en el tomo IV de la obra Plantas cultivadas y animales domésticos en América equinoccial. Las observaciones de don Sergio debieron de efectuarse en la hacienda "Japio", cerca de Caloto, pero también en el Perú donde estuvo dos veces como emigrado por reveses en sus campañas políticas.

Parras y fabricación de vino.

No se repetirán aquí los datos que se presentaron en otra oportunidad (PATIÑO, 1969, IV, 268-276), sobre la introducción y dispersión de las vides en América ecuatorial; ni tampoco los referentes al vino como bebida, que aparecen en un volumen de esta misma serie (PATIÑO, 1990, I, 216-217).

La única región donde se produjo vino a escala comercial fue en la costa media del Perú. Un observador de mediados del siglo XVII consigna lo siguiente:

En los valles de la Nasca han dado de pocos años acá [1653] en pisar la uva metida en costales o sacas de melinge, y sale el vino mucho más puro, claro y blanco, de manera que tiene cuatro reales de valor cada botija que lo demás que no es de costales. Hallándome yo en aquellos valles, inquirí el origen de esta invención, y fué, que como un indio no tuviese lagar en qué pisar la uva de un parralillo suyo, a necesidad la pisó en unos costales de lienzo, y viendo que el vino que sacó hacía ventaja a lo demás, aprendieron los españoles de lo que el indio hizo por necesidad. Los vinos más preciosos deste reino son los de la Nasca, Paspaya, en la diócesis de Charcas, Ica, Arequipa y Pisco; este último es de más cuerpo, más cubierto y a propósito para pasar la mar, por cuanto tiene mucho que gastar (COBO, 1890, I, 391.393).

El vino del Perú se envasaba en las botijas peruleras, cuyas características se estudiarán en el capítulo dedicado a empaques y vasijas en el tomo VI destinado al comercio, de esta misma obra.

Otras.

Productos como el lino y el cáñamo, el olivo y el nabo para aceite, existieron en América, pero su influencia fue sumamente limitada y no afectaron sustancialmente la economía de la América equinoccial (PATIÑO, 1969, IV, 394-396, 397-398, 303-306, 297-298).

IR AL SIGUIENTE CAPITULO

REGRESAR AL

INDICE