Historia de la Cultura Material
en la América Equinoccial (Tomo V)
Victor Manuel Patiño
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CAPÍTULO XIX

EXTRACCIÓN Y BENEFICIO DE PRODUCTOS VEGETALES

MADERAS DE CONSTRUCCION CIVIL Y NAVAL.

La América equinoccial es región rica en plantas leñosas. Por consiguiente, no se justificó la importación de maderas de España, aunque en limitados casos se propuso la traída de algunos pinos para construcciones náuticas, no obstante haberlos abundantes en Méjico, Centroamérica y las Antillas Mayores.

Para los fines de construcciones civiles, viviendas de todo tipo y tamaño, se siguieron usando los materiales vegetales empleados por los indígenas, con la adición de cosas como ladrillo, teja, etc. El proceso se ha descrito aparte (PATIÑO, 1990, II, 144-170).

Del mismo modo, para construcciones navales, incluyendo embarcaciones y muelles, se echó mano de las maderas ya conocidas por los aborígenes. El proceso se ha estudiado en tomo anterior de la presente serie (PATIÑO, 1991,III,257-264).

El aporte español para el beneficio de las maderas consistió en la introducción de herramientas adecuadas para el apeo y la aserrada, como hachas y sierras. Una revisión detallada se ha hecho aparte (PATIÑO, 1965-1966, 246-258). El proceso del uso de especies arbóreas para varios propósitos, se ha revisado asimismo en otro lugar (PATIÑO, 1975-1976, 147-173).

Con nuevos instrumentos que facilitaron el trabajo, se intensificó el ritmo de la extracción maderera y aumentó el volumen extraído, en relación con la época prehispánica, cuando las operaciones de apear, desbastar y cuartear la madera eran tan lentas y penosas. No sólo para los usos tradicionales, como construcción de viviendas, puentes, etc., sino para los nuevos, provenientes de la introducción de nuevas plantas económicas y animales, y de la nueva mentalidad mercantilista.

El apeo se hizo preferentemente en menguante, en lo cual parece que coincidieron las tradiciones indígenas y las españolas: en menguante se extrajo la madera en Arcabuco, para la iglesia catedral de Tunja (Rojas U., 1958, 105); fuera de muchos otros casos.

El aserrío debió de ser inicialmente manual, aunque los españoles conocían la sierra de agua (NAVARRETE, 1954, 1, 117-118; ARRATE, 1949, 90-91), cuya primera mención es de Madeira en 1450 (CARO BAROJA, 1983, 496-497), en la capitanía de Machicona (CORDEYRO, [1717], 1981, 78); no se sabe qué tan extensamente la emplearon. Las sierras de vapor se conocieron en América sólo en el siglo XIX (SCHOMBURGK, 1923, II, 396, 400). Sobre esto se ha dicho algo en otra ocasión (PATIÑO, 1975-1976, 170-172).

Se intensificó el uso de la leña, combustible con el que trabajaron todos los ingenios y trapiches, jabonerías, obrajes y fábricas diversas.

Aumentó el empleo del carbón de leña, para la creciente fundición de metales y talleres de orfebrería y platería (LILLEY, 1957, 115; DIMBLEBY, 1967, 56); a veces se llevaba de lejos a donde no había fácil disponibilidad de leña, como en el Perú (RUIZ DE ARCE, 1933, 42; COBO, 1895, IV, 222; ANÓNIMO, 1958, 28; ROSTWOROWSKI, 1981, 54, 64).

Las mazas de trapiches requirieron maderas de gran dureza y pulimento. Desde los primeros tiempos se impusieron en las Antillas Mayores el guayacán Guaiacum (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, II, 10), el roble (Catalpa) y la caoba Swietenia (ibid., I, 286-287; LATORRE, 1919, 46); en el oriente de Venezuela, el cueche de fruta comestible, de identidad. desconocida (RUIZ BLANCO, 1892, 21); así como en el Valle del Cauca, entre otros el trapichero (Poponax) y el níspero Manilkara (GUTIERREZ, 1921, II, 156). Al sur de la línea ecuatorial se preferían en Pernambuco Lecythidáceas como la sapucaia (Lecythhs spp.) (MARCGRAVE, 1942, 84, 128), y en el oriente de Bolivia, la castaña Bertholetia (BOSO: VALDIZÁN y MALDONADO, 1922, III, 356).

Maderas resistentes al agua salada se exigieron para los atracaderos y puertos.

Para cosas que no conocieron los indígenas hubo que buscar maderas apropiadas. Por ejemplo, la armazón de las sillas de montar se hizo con la del chaparro Curatella en las Guayanas y llanos venezolanos (SCHOMBURGK, 1923, II, 5-6).

Entre los warraus del delta orinóquico, la madera se preserva de pudrición y gusanos tratándola con resina de marañón (SCHOMBURGK, 1922, I, 140).

MADERAS DE TINTE.

En América se hallaron sustitutos de algunos palos tintóreos para los tejidos, como el brasil asiático Caesalpinia sappan L. que tuvo su contrarréplica en la costa atlántica del Nuevo Mundo, y dio su nombre al Brasil (C. brasiliensis L.), de donde se empezó a exportar el leño en cantidades apreciables, con la sola mejora tecnológica de que los árboles, en vez de ser derribados por medio del fuego, lo fueron con hachas de hierro (LÉRY, 1975, 174-175; SOUSA, 1978). Los palos de tinte cambiaron el destino político de varias comarcas americanas, que pasaron a depender de Inglaterra, como ocurrió en parte con Honduras Británica y la Mosquitia, productoras de campeche Haematoxylon campechianum. Los troncos cortados se descortezaban en el sitio, y mediante canales cavados ex profeso se empujaban hacia el mar para ser embarcados (GARCÍA PELÁEZ, 1943, II, 107). El H. brasiletto sc extrajo de la costa caribe de Nueva Granada y Venezuela durante el período colonial y parte del republicano.

El proceso extractivo se limitó al aporte de herramientas mejoradas. Se ha descrito en otro lugar (PATIÑO, 1975-1976, 169-170, 250-255, 229-230; —, 1980, 102-105).

ARBOLES MEDICINALES.

Bálsamo.

Es el Myroxylon balsamum, cuyo sistema de extracción se describió aparte (PATIÑO, 1967-1968, III, 185-192), y en el capítulo VI.

Quina.

Todo lo relacionado con ella se ha visto en otra ocasión (PATINO, 1967-1968, III, 341-346).

Otras.

Plantas medicinales o supuestamente tales, como la zarzaparrilla, nunca fueron, durante la dominación española ni después, objeto de cultivo, sino que se extraían de las selvas o rastrojos. Por lo general, los indígenas eran los colectores, y los españoles sólo hacían la comercialización. En este caso, la parte aprovechable eran las raíces.

Sobre la trementina de frailejón hay muy pocos datos fuera de los ya publicados (PATIÑO, 1975-1976, 303).

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