Historia de la Cultura Material
en la América Equinoccial (Tomo V)
Victor Manuel Patiño
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CAPÍTULO XVII

BENEFICIO DE PRODUCTOS ANIMALES NATURALES

EXTRACCION PERLERA.

Las perlas se extrajeron en América, tanto en el Mar de las Antillas como en el Océano Pacífico. En ambas regiones, los indígenas enseñaron el procedimiento a los españoles.

a) Mar de las Antillas.

En la costa de Cumaná, los indígenas designaban las perlas con los nombres de thenocas y cocixas (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, II, 191, 192). En la cercana isla de Cubagua, primero visitada por el almirante Colón, se concentró la extracción desde un principio. Españoles pudientes se proveían de canoas (llegaron a hacérseles reformas para aumentar la capacidad) y de indios expertos en la saca. Éstos, para manténerse sumergidos en el fondo del mar, llevaban dos piedras sobre los hombros, atadas con una cuerda, y las desechaban cuando quedan subir a la superficie a respirar y a dejar lo extraído, que iban echando en una bolsa llevada ex profeso (ibid., II, 205-208). En 1503 se dictaron disposiciones para que la Casa de Contratación de Sevilla estableciera mejores sistemas de pesca (ARCILA FARíAS, 1946, 24), sin ningún efecto. El cabildo de Nueva Cádiz promulgó, el 27 de enero de 1537, unas ordenanzas sujetas a confirmación real (ARELLANO MORENO, 1961, 185-191; CASAS, 1958, V, 464-465). Las vicisitudes de esta actividad en Cubagua han sido detalladamente estudiadas por OTTE (1977).

También en la isla de Margarita se sacaron perlas desde 1538 (SACO, 1932, I, 234), que para principios del siglo XVII se habían agotado, presuntamente por efectos ecológicos adversos que habrían tenido crecientes excesivas del Orinoco. El procedimiento continuaba siendo el mismo descrito por Oviedo. Se exigía castidad a los operarios (ya había también negros), "que si otra cosa hubiese en alguno, no podrá pescar ni zabullirse debajo del agua, sino que se queda encima como corcho" (VÁZQUEZ DE ESPINOSA, 1948, 45, 46-48). En 1586 se pedía al rey la libre importación de esclavos y otras facilidades e incentivos para los canoeros; la extracción sufría por asaltos de franceses y por otros inconvenientes (TROCONIS DE VERACOECHEA, 1969, 65-79).

La extracción en Cubagua fue suspendida al ser destruído el asiento de Nueva Cádiz, en 1541, por un huracán. Pero el 27 de junio de 1538 había ocurrido el descubrimiento de ostrales perleros en el Cabo de la Vela, por Diego de Almonte (OTTE, 1977, 393), y mucha gente de Cubagua se trasladó al nuevo asiento (CASTELLANOS, 1955, II, 266; FRIEDE, 1960, VI, 325; 1960, [1962], VII, 141-148; 1961, W., 388). Dicho descubrimiento se ha atribuido, erróneamente, a Nicolás de Federmán (GR0OT, 1889, I, 90). Lo que él hizo fue ensayar la saca con redes barrederas, aunque no tuvo éxito (AGUADO, 1918, 1, 49; —, 1957, III, 110; FRIEDE, 1961, W., 242, 282y nota 598). También se atribuyó el hallazgo al licenciado Castañeda, quien, con motivo de una visita a Cubagua en 1539, recomendó algunas medidas proteccionistas de la saca racional, como reducir el porte de los barcos usados, desbullar en el mar y no en tierra, que no fueran mercaderes sino otros vecinos los extractores, etc. (VEGA BOLAÑOS, 1955, VI, 28-29). Una tercera versión atribuye el hallazgo a gente en contacto con Alonso Luis de Lugo desde 1535, según probanza de 1542 (FRIEDE, 1960, VI, 271-275). Lo cierto es que desde la expedición de Alonso de Ojeda y Juan de la Cosa de 1499 a la costa de Coquibacoa, hallaron perlas (RAMOS, 1981, 60).

En 1544, el obispo fray Martín de Calatayud visitó las perleras de Riohacha, y halló que la comida dada a los nadadores era insuficiente; condenó a suspensión de actividades a cuatro canoeros que se comprobó trataban mal a los indios; pero, en lo demás, permitió que siguiera la saca (FRIEDE, 1960, [1962], VII, 141-148, 197-198, 207-223; VIII, 14-15, 28, 102), al parecer, cohechado (CASTELLANOS, 1955, II, 270).

Otra visita se realizó en 1548 por el licenciado Juan Pérez de Tolosa: los dueños de canoas eran unos cuarenta, incluyendo al tesorero Francisco de Castellanos, al presunto descubridor Diego de Almonte y al clérigo Francisco López. Los canoeros eran veinticinco, entre ellos Diego Beltrán, mulato, y Antonio Estevanis, portugués, que manejaba las embarcaciones del tesorero. Los testigos intentaron y lograron soslayar la información, mientras que los indios no tuvieron quién los representara eficazmente. Tolosa pronuncio su sentencia el 7 de enero de 1549; cohonestó en gran parte la situación existente, con unas pocas prevenciones a los dueños perleros, de las que se obedecen pero no se cumplen. Cierto o falso, los interesados en el status declararon que en solo quintos, el rey había recibido desde el inicio de las operaciones, más de 150.000 ducados (FRIEDE, 1963, IX, 230-231, 245-297). En 1548, del Cabo de la Vela llegaban a España perlas por quintales (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, II, 322; MIRANDA VAZQUEZ, 1976, 6468). En 1571 se dice: "La grangería de las perlas se muda muchas veces, como se van acabando los ostiales, a seis y a ocho leguas, todo en circuito del Cabo de la Vela, y con ello se mudan todos los bohíos y los instrumentos que hay para sacar las perlas" (LÓPEZ DE VELASCO, 1971, 77-78). En 1588, el obispo de Santa Marta, fray Sebastián de Ocando, tenía canoas perleras en Riohacha, y recomendaba a sus colegas en el negocio, no pagar el quinto real (FRIEDE, 1976, VIII, 398).

A fines del siglo XVII los guajiros sacaban perlas, más que todo para comerciar con extranjeros, porque sus propias mujeres preferían como adorno cuentas de vidrio (ROMERO, [1693], 1955, 89-92). De esta época existe una descripción sobre el procedimiento seguido en la saca (DAMPIER, 1927, 39). En 1715 se decía que los indios tenían "usurpadas" las pesquerías (ALCACER, 1959, 75). En 1762, los indios de Manaure se dedicaban a esta granjería (ibid., 149). En 1769, cuando la rebelión general de los guajiros, Riohacha era el centro de la pesquería y del contrabando (ibid., 201; JULIÁN, 1787, 19; SILVESTRE, 1950, 61-62).

Un resumen se debe a un testigo de mediados del siglo XVI:

... a la mañana temprano los llevaban a unas lanchas, bajaban al fondo del mar, muchas veces a gran profundidad, donde estaban por espacio de media hora entera contenida la respiración como buzos, para buscar las conchas y ostiones con inmenso trabajo y grandísimo peligro; la comida siempre muy escasa; todo comercio con mujeres les está . prohibido, para lo cual por las noches les ponen a todos guardia común; el género de vida es durísimo y completamente ajeno de hombres libres. Este trato de las perlas duró mucho tiempo, mas por fin ha sido suprimido y señalada pena conveniente... (ACOSTA, 1954, 490).

Esto último no es cierto, porque el asunto siguió, ya con participación de negros esclavos, que a veces eran devorados por tiburones y marrajos, hasta el punto de que una cédula real ordenó que los ahogados fueran rescatados y enterrados, para disminuír la proliferación de dichos escualos y que no se cebaran (ACOSTA SAIGNES, [1966], 143-146, 235-236; ARELLANO MORENO, 1961, 190-191; ARCILA FARÍAS, 1966, 257-258). Tampoco es cierto que los pescadores estuvieran sumergidos durante media hora. Rara vez la inmersión puede durar mas de un minuto (BESNARD, [1947], 1948, 254-264).

La única mejora tecnológica de que se da cuenta no es propiamente en la extracción, sino en la separación de las perlas en tres tamaños en a modo de harneros de bronce, "fabricados sin duda en Inglaterra" (JULIÁN, 1787, 13-14).

b) Océano Pacifico.

Las perlas en el golfo de Panamá solían ser más grandes que las de Cubagua, pero se hallaban a mayor profundidad (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, II, 203-204). Las había hallado primero Rodrigo de Bastidas en su expedición con Juan de la Cosa, en 1501, en la costa norte panameña, desde luego traídas del otro mar (RAMOS, 1981, 160 y nota, 164). Vasco Núñez de Balboa también las conoció por ese medio, y después cuandó fue al Pacífico en 1513; allí se hicieron sacar por indios para dar testimonio (OVIEDO Y VALDES, 1959, III, 215-221, 336-337). Pedrarias se adjudicó primero la isla perlera de Otoque y luego la de Tararequi (SACO, 1932, II, 233). El 28 de diciembre de 1549, el gobernador Sancho Clavijo informa de los rendimientos escasos, por estar las otras a mucha profundidad, y dice que se morían muchos indios (ibid., 60). Se seguían sacando en la época de las guerras civiles del Perú (GUTIERREZ DE SANTA CLARA, 1963, II, 363). Ya para fines del siglo XVI, los pescadores indios habían sido sustituidos por negros y mulatos (HAWKINS, 1933, 156-157), lo que continuaba en el XVIII(RECIO, 1947, 180; SILVESTRE, 1950, 44; OTS CAPDEQUÍ, 1946, Bog., 106, 135).

Todavía a principios del siglo XIX se mantenía la extracción en islas del Rey, Taboga, Otoque, costa de Chimán, isla de Quibo o Coiba (JAÉN SUÁREZ, 1985, 165, 170), como también a fines de ese siglo (VERGARA Y VELASCO, 1974, III, 1151; II, 469, 779). Un excelente tratamiento del asunto se debe a CAMARGO R., 1983.

También se extrajeron perlas en la costa ecuatoriana de Manta, por indios y negros; pero éstas se ponían amarillas (J. DE LA ESPADA, 1885, II, nota 227; 1897, III, CXL; —, 1965, II, 34-35; GONZÁLEZ SUÁREZ, 1892, III, 447).

En 1677 se descubrieron perlas en el golfo de Nicoya (XIMENEZ, 1930, II, 380; 1931, III, 175), aunque desde mediados del siglo XVI se habían señalado perlas en la pequeña isla de Miapi.

E allí cedieron algunas al capitán Gil González Dávila, cuando por áquella costa de Nicaragua anduvo. E yo las vi en la isla de Pocosi... (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, IV, 424).

Concha de perla.

De Cubagua antes de su despoblamiento, uno mandó a España cinco docenas de cucharas de conchas de ostras (OTTE, 1977, 528), costumbre que no era tan rara (ACOSTA, 1954, 109; COBO, 1891, II, 133).

Las ostras perleras del sector Riohacha-Maracaibo, aunque bellas, son demasiado delgadas y sin valor para concha de perla. Son producidas por Avicularia squamulosa (BAUER, 1969a, 597). En la segunda mitad del siglo XVIII, el nácar de esta costa quedaba abandonado en las playas después del desbulle (SILVESTRE, 1950, 62).

Concha de perla se extraía también de las islas Quibo y Coiba del Pacífico panameño (JAÉN SUÁREZ, 1985, 170).

Caracol teñidor.

He aquí los conocimientos que sobre esto existían en Guatemala en el tercer cuarto del siglo XVII:

También se tiñe en aquella costa [del Pacifico] el hilo que llaman de caracol, cierta cosa de mucha estimación, llamado así porque se tiñe con la baba que cierto caracol que allí se cría entre las piedras de aquella costa arroja, quedando por luego de color verde de esmeraldas y después poco a poco como se seca el humor o baba, se pone de un morado tan agradable que tira a púrpura. Quizá serán estos los múrices que tanto se estimaron antiguamente, con que se teñían las púrpuras de los reyes. Este caracol goza de las mismas influencias que la mar en los movimientos de la luna y así sólo en la luna llena se tiñe porque entonces abunda en aquella babasa o humor que echa. Es este hilo de caracol trato de muchos intereses... (XIMÉNEZ, 1929, I, 60).

En efecto, hay datos de que se comerciaba el hilo teñido, por lo menos en los mismos países centroamericanos, hasta Panamá (GAGE, 1946, 287, 288; PERALTA, 1883, 228; COCKBURN, 1962-1963, 23-24).

Era granjería importante del corregimiento de Nicoya a mediados del siglo XVIII (FERNÁNDEZ, 1907, X, 8-9; LANDÍVAR, 1924, 76-78).

En 1803 se hizo un informe sobre el beneficio de este recurso, que se obtenía en las vaciantes del mar:

Este [el caracol] encierra dentro un gusano que con su jugo se tiñe hilo morado, cuya maniobra es prolija y trabajosa, pues para que expida la tintura el enunciado se sopla por una de sus puntas, y verificado esto se vuelve a colocar en el mismo lugar en que estaba, y pasado un mes vuelve a servir y subcesivamente se sigue este método; este caracol se pesca en toda la costa de aquel partido [Nicoya]. El hilo antes de teñirse se prepara lavándose y dejándolo en espuma de jabón ínterim se verifica la pesca; conseguida esta se tiñe con el jugo indicado, el que toma color amarillo, y puesto al sol para que se seque se convierte en el de morado (FERNÁNDEZ, 1907, X, 293-294).

Los bribrís y otros indígenas costarricenses, para teñir sus telas usaban el múrex obtenido en Térraba, lado del Pacífico; a veces se ponían adornos de las conchas, y esto constituía un buen objeto de comercio (GABB: FERNÁNDEZ, 1883, III, 367, 378, 386). El uso perduró hasta principios del siglo actual (WAGNER, P. L., 1958, 205, 246).

Desde 1787 se registró el caracol de tinte en Panamá (SILVESTRE, 1950, 45; VERGARA Y VELASCO, 1974, II, 469, 779).

También en la costa ecuatoriana entre Santa Elena y Esmeraldas, se conocía el caracol de tinte y se usaba en forma parecida al de su congénere de Centroamérica (REQUENA, 1984, 84; ALCEDO, 1946, 40-41; FLORES Y CAAMAÑO, 1925, 3-4). Hacia 1804 hasta 500 hombres de Santa Helena se ocupaban en sacar púrpura de caracol (HAMERLY, 1973, 102).

Los géneros Murer y Nucella eran los que suministraban la púrpura del Mediterráneo oriental (EVANS: UCKO et al., 1969, 479-484). La especie de Centroamérica sería Purpura patula, y la del oeste de Suramérica, Thais kiosquiformis (DONKIN, 1977, 8; WOOD y OSBORNE, 1966, 5-6).

Cera de abejas.

En el capítulo III se describieron los procedimientos empleados por los indígenas para la extracción de miel y cera. Esta última tuvo durante el dominio español importancia significativa, como elemento tradicional del rito católico. Fue uno de los productos que se exigían como tributo a los indígenas que vivían en condiciones de selva tropical, por cuanto los ensayos con la abeja melífera europea no tuvieron éxito en: América ecuatorial, como se vio en otro lugar (PATIÑO, 1970-1971, V, 23-25). En Ayapel, a principios del período republicano se sacaba cera prieta de indio y a ello se atribuía el color de la gente (URUETA, 1890, III, 343).

Pesca.

La capacidad pesquera marítima de los españoles está demostrada de antiguo. Parece que las primeras actividades balleneras se originaron en la bahía de Vizcaya, pues se conoce un privilegio de San Sebastián de 1150 (GRAHAM: THOMAS, 1960, 491). Vascos y guipuzcoanos enseñaron a los holandeses la caza ballenera y luego éstos los suplantaron (S0REAU, 1952, 121). Los ganguiles o pesca de arrastre de origen provenzal, fueron adoptados en Cataluña en el siglo XVIII (VIVES, 1959, I, 469). Las almadrabas o casas de pesquería pagaban regalías (CARANDE, 1983, I, 442), pero de lo que se pescaba no se pagaba diezmo (SOLÓRZANO Y PEREYRA, 1972, IV, 362). Con todo, se importaba a España pescado seco (COLMEIRO, 1863, II, 345).

Los procedimientos de pesca de los indígenas tuvieron un adelanto en el sentido de que los implementos de captura mejoraron, mediante la importación de nuevos tipos de redes y anzuelos. Sin embargo, el chinchorro, atarraya o trasmallo, lo mismo que el palangre y su variación el espinel, de origen español, no fueron traídos a América en toda su variedad (FOSTER, 1962, 22-23, 44).

En la expedición de Rodrigo de Bastidas y Juan de la Cosa de fines de 1501, llevaban un chinchorro de pescar (RAMOS, 1981, 150). A Cubagua se enviaron de Sevilla, el 23 de abril de 1529, dos chinchorros de cáñamo para pescar, el uno de 100 brazas y el otro de ochenta, y dos serones (OTTE, 1977, 539; MORA DE JARAMILLO, 1974, 292). Los anzuelos de hierro constituían apreciado artículo de rescate. En 1521, Gil González Dávila llevó aparejos de pescar en su expedición a Nicaragua (CUERVO, 1894, IV, 94).

Estas mejoras quizá se utilizaron mas en pesca marítima que en pesca continental, donde seguirían predominando los equipos y las técnicas indígenas.

El trasmallo o tresmallo fue la aportación más significativa en este renglón. Los tupinambás de Río de Janeiro se admiraban de la eficacia de las redes usadas por los franceses de Villegaignon, que capturaban de una vez muchos peces; pero pronto las aprendieron a manejar muy bien (LÉRY, 1975, 171-172).

Para distinguirse de los indios con sus plantas ictiotóxicas., los españoles de Méjico idearon y quizá aplicaron — traída de la Península — la siguiente fórmula: levadura, vino blanco, sebo y chile, mezclado todo para matar peces (LÓPEZ, [16721, 1982, 282). También en el sur de Chile, por influencia española se usó la pesca a caballo (Ruiz, 1952, 1, 226).

No hay mucho que decir en esta materia, porque los españoles — aunque esa hubiera sido la ocupación de algunos en la Península — en América eran poco afectos a pescar, dejando esto, como todo oficio, a cargo de los indios (CARLETTI, 1983, 49; COBO, 1891, II, 127-128; 1956, I, 285).

Caza.

En España, la caza era actividad de las clases altas. Sancho VI el Sabio de Navarra mandó a redactar, en 1180, un Códice de Montería; en él se prohibía esa actividad a personas de calidad inferior y a labradores (MUÑOZ GOYANES, 1972; 12). Por eso, los cotos o vedados señoriales eran rechazados por el pueblo, que los invadía y saqueaba (ibid., 3-4). Para impedirlo estaban los guardabosques, de modo que la cacería furtiva era arriesgada (ibid., 14). Las gestas de Robin Hode o Hood y Gamelyn o Gandelyn celebran la transgresión de leyes venatorias y ataques a los guardias. No obstante, los plebeyos acompañaban a los nobles para ayudar a acarrear las presas y después limpiarlas y cocinarlas (SENIFF, 1983, III).

Los nobles debían ser provistos de comida y bebida, pagaran o no (ibid., II, VII). El montero no podía abandonar a su señor, excepto para traer el venado muerto o el perro herido (ibid., 21). Carlos V introdujo, de los Países Bajos, telas o redes para cazar en espacios reducidos, sistema que se usó hasta Felipe V, en 1700, cuando la caza con telas y lanza fue sustituida por el sistema de ojeo que perduraría (MUÑOZ GOYANES, op. cit., 15-16, 17). A fines del siglo XVI se empezaron a usar perdigones en las armas de fuego (ibid., 16).

El cazador llevaba un traje verde bronceado y medias verdes, cuchillo de monte y arcabuz; escopeta, sólo a partir de Carlos II (DELEITO Y PEÑUELA, 1966, 210).

La caza no sólo en España era actividad nobiliaria, sino en otros países europeos.

Una de las reformas propuestas por la Asamblea Nacional de París en la época de la Revolución, consistía en la abolición del derecho exclusivo de caza, palomares y sotos para cría de conejos (MURIEL, 1959, I, 39).

La caza se hizo más eficiente en América, por la introducción de tres elementos: el caballo, el perro cazador (aunque algunas tribus indígenas los tenían), y las armas, primero la ballesta y luego las de fuego.

Conocidos son los episodios de demostración que hicieron los españoles a los indígenas del Unare y de los llanos en Venezuela, en que caballos y perros tuvieron actuación sobresaliente:

A punto las adargas y las lanzas,
Afiladas las puntas de los hierros,
Para cazar según nuestras usanzas
Españoles llevaban cuatro perros:
Caminaron con estas ordenanza.
Hasta que llegaron a los cerros,
Adonde las cuadrillas concertadas
Se pusieron en puestos y paradas.

Los españoles prendieron fuego a los pajonales secos en un gran circuito, para acorralar a los animales:

Gritaban lidiadores en el coso
Por fuera de las llamas rodeado,
El tigre salta del ardiente foso,
El león sale todo chamuscado;
Por acullá vereis huir el oso,
Aquí y allí derriban el venado,
El cual si de la llama se desecha
Luego lo traspasaba dura flecha.

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Renovóse la caza con aumento
Siguiendo la manada presurosa,
Quien más derriba queda más hambriento,
La punta de la lanza más golosa;
Guaramental estaba muy contento,
Admirado de ver tan nueva cosa,
Los cuatro perros vuelan la dehesa,
Y en gran número delios hacen presa.


En atención suspensos principales
Los de más bajas suertes embolados [embobados?]
De ver aquellos brutos animales
Del uso de razón enajenados,
Sujetos a los mandos racionales
Sin ser a lo contrario desmandados:
Potencias colocaban y ponían
En la velocidad con que corrian.

Cien indios recogieron las presas obtenidas y todo fue contento en el campo (CASTELLANOS, 1955,I, 461-464, 487). Espectáculo semejante dio después a los indígenas Lope de Varillas cazando venados a lanzadas (OVIEDO BAÑOS, 1885, II, 312-313).

Idénticas demostraciones hicieron los españoles de Pedrarias al atracar en Santa Marta en 1514 (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, III, 231); los de Alfínger en el Valle del Cesar (ibid.,11,95); Alonso de Heredia al oriente de Cartagena (ibid., III, 75); Spira en los llanos (AGUADO, 1957, III, 96); y en la Sabana de Bogotá a la llegada de Belalcázar (CASTELLANOS, 1955, IV, 291).

                                                 * * *

Otra modalidad usada por los españoles fue la caza con aves de cetrería. Era originaria de la India y conocida en Persia desde antiguo; de allí llegó a Roma en 400 a.C., dada a conocer por Ctesias, médico del rey Arajerjes II Mnemón (LEWINSOHN, 1952, 130-131; HUGHES, 1982, 159). Se expandió en las cortes de Europa hacia el siglo XII (BECKMANN, 1877, I, 198-205). No estaba sujeta a impuestos (ESCALONA, 1941, 175). En Portugal, las aves de altanería se consideraban como sagradas, y sus huevos no podían ser removidos de los nidos so graves penas (AZEVED0, 1978, 23). Se utilizaban aves de presa como el azor (Accipiter gentilis), el halcón (Falco peregrinus Turnst.), el gerifalte (F. hierofalco Klein-Schm.), y el merlín (F. columbaricus L.).

Los Reyes Católicos pidieron a Colón, en 1494, que llevara los más halcones que pudiera de las Antillas, y en 1518 el licenciado Suazo envió algunos halcones neblís (J. DE LA ESPADA, 1965, I, 14, 13).

En esta parte de América se ejercitó la altanería en casos muy raros, como en el Perú por Hernando Pizarro (CIEZA, 1985,11,122), y en otras ocasiones (CALANCHA, 1639,62,523), y más regularmente por los dueños de rebaños de llamas de carga durante los viajes por las punas (GARCILASO, 1963, II, 316).

                                                * * *

Entre las razas de perros introducidos por los españoles, vinieron galgos, sabuesos y podencos. Un verdadero tratado sobre el perro de caza y los cuidados que se le deben prestar, se hizo en España en el siglo XIV (ALFONSO XI: SENIFF, 1983). Un agrónomo español se nego a tratar de ellos en su obra sobre la agricultura peninsular, porque eran para ricos "y esta actividad no conviene al labrador" (HERRERA, G. A., 1819, III, 343). Del mismo modo un moralista del siglo XVII preconizaba que se "invierta en bien de nuestros semejantes cuando menos parte de lo que se gasta en cosas superfluas, en redención de los cautivos, por ejemplo, lo que en caballos; en alimento de los pobres lo que en el de los perros; en el alivio de los necesitados, lo que en un lujo exagerado y necio", con referencia expresa a los perros de caza (MARIANA, 1950, II, 563). Lo relativo a la introducción de esta especie se puede ver en otra obra (PATIÑO, 1970-1971, V, 53-72). Se trajeron también los verdines o bardinos de las Canarias (CASAS, 1977, 120). Bartolomé Colón dejó en el fuerte de la isla Española un perro, para que cazaran hutías los peninsulares que allí quedaron (ANGLERÍA, 1944, 51). Mediante cédula de 1508 se autorizó la caza de puercos cimarrones en La Española por pasatiempo y recreación (PUENTE Y OLEA, 1900, 431-432).

Los perros sirvieron a los españoles no sólo para cazar animales, sino para atrapar y despanzurrar indios, en otra especie de caza infernal (VARNER et al., 1983, 193). Después de las introducciones iniciales no se insistió en traer más perros, y así se fue perdiendo con el correr del tiempo la especialización (CALANCHA, 1639, 523), a más de que quizá hubo cruzamientos con los perros indígenas. Los cazadores americanos apreciaron la eficaz ayuda de los ventores, aunque en grado variable los adoptaron, porque hay grupos como los piaroa que prefieren perros callados que no espanten la caza (FORNO, 1967, 398). Un misionero jesuíta en Pauto tenía una perra que daba crías muy buenas para cazar venados, y se las compraban a cambio de cuatro vacas paridas con sus terneros por cada cachorro (MERCADO, 1957, II, 374).

Aunque los perros en América — por lo menos hasta el siglo XVIII — no dieron signos de rabia, sí sufrieron otros inconvenientes, como el ataque de la mosca del ganado (AZARA, 1969, 177-178, 120), y el envenenamiento al comer despojos de animales que se alimentaban de alguna semilla tóxica, como ocurría con los que comían huesos de pava en Costa Rica (FERNÁNDEZ, 1883, III, 380).

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Con los nuevos elementos fue más fácil cazar fieras que, como los ochis o tigres, diezmaban a los indígenas, que, muchas veces, se dejaban devorar sin resistencia, paralizados por un miedo cerval. He aquí los procedimientos usados en Castilla del Oro en la segunda década del siglo XVI:

A estos tigres ochis los matan fácilmente los ballesteros, desta manera. Así como el ballestero sabe donde anda algund tigre déstos, vale a buscar con su ballesta e con un can pequeño, ventor o sabueso (e no con perro de presa, porque al perro que con él se afierra, le mata luego, que es animal muy armado, de grandísima fuerza). El cual ventor, así como da dél e lo halla, anda, alrededor ladrándole e pellizcándole, e huyendo, y tanto le molesta, que le hace huir e encaramar en el primer árbol que por allí está, porque el tigre, de importunado del ventor, se sube a lo alto e se está allí; e el perro al pie del árbol, ladrándole, y él regañando, mostrando los dientes; tírale el ballestero desde a doce o quince pasos con un rallón y dale por los pechos, y vuelve las espaldas huyendo, y el tigre queda con su trabajo y herida, mordiendo la tierra e los árboles. E desde a dos o tres horas, o el otro día siguiente torna allí, e con el perro luego le halla donde está muerto e lo desuella o trae al pueblo, porque el cuero es muy gentil e la carne no es mala y el unto es muy provechoso para muchas cosas; porque, demás de ser bueno para arder en el candil, es sano para guisar de comer, como buena manteca, e para aplacar cualquiera hinchazón e postema. El año de mill e quinientos e veinte e dos años los regidores que éramos de la ciudad de Sancta María del Darién hecimos en nuestro cabildo una ordenanza, en la cual prometimos cuatro o cinco pesos de oro al que matase un tigre déstos, y por este premio se mataron muchos dellos en breve tiempo, de la manera que está dicho, e con cepos asimisno (OVIEDO, 1959, II, 40, 42).

Episodio similar, pero esta vez usando un foso con púas, se ha conservado de esa primitiva época en el Darién (ANGLERlA, 1944, 212-213), y en Cartagena con trampa (CASTELLANOS, 1955, III, 23).

Armas de fuego.

Las armas de fuego como instrumentos para hacer señales se han estudiado ya (PATIÑO, 1991, III, 372-374). Los arcabuces se inventaron en Alemania a principios del siglo xvi (BECKMANN, 1872, II, 534, 539).

Pese a las prohibiciones de que los indígenas americanos usaran armas de fuego, algunas tribus se ingeniaron para aprovisionarse de ellas y aun llegaron a usarlas con eficacia, no sólo en la guerra, sino también en la caza. Inicialmente no las sabían manejar (PIZARRO, P., 1944, 163).

De 800 zambos mosquitos de la costa de Nicaragua-Honduras, en 1724 sólo 500 tenían fusiles o escopetas; pero como carecían de herreros y fraguas, cuando alguna arma se descomponía no había cómo arreglarla, sino yendo a Jamaica, pagando el servicio con carey o algodón (GARCÍA PELÁEZ, 1943, II, 118).

Los más antiguos en este uso son los caribes de Orinoco-Guayana, los guajiros, los araucanos. Después, otras tribus han ido poco a poco familiarizándose con esos instrumentos.

En cuanto a los caribes, una carta del jesuíta Manuel Pérez a sus superiores, escrita en Pauto el 16 de junio de 1692, habla de las dificultades para la evangelización de los achaguas del Vichada, a causa del predominio que sobre todas las tribus del sector tenían los caribes armados. Relata un episodio en que veinte de ellos "venían todos con escopetas muy buenas, partesanas y carabinas, disparando algunas en mi presencia como haciendo alarde de mucha destreza y despejo..." (RIVERO, 1956, 290-291; GUMILLA, 1955, 108).

En la segunda mitad del siglo XVIII, los caribes o cariponas de los bajos afluentes del Río Branco usaban armas de fuego, que les vendían los holandeses (SAMPAIO, 1825, 99).Otras fuentes, tanto coloniales como del siglo XIX, se refieren a lo mismo (CAULIN, 1966, II, 217, 271; TORRE [MIRANDA], 1890, 102; BUENo, 1933, 59, 62, 86 [aruacas]; GILLI, 1965, II, 286 [caribes y guaipunabis]; ALTOLAGUIRRE, 1908, 274, 289, 291; SCHOMBURGK, 1922, 1, 119, 297; IM THURN 1883, 36, 240).

De los guajiros se dijo, en la segunda mitad del siglo XVIII, que los holandeses les habían enseñado a "manejar las armas de fuego para cualquier lance que se ofrezca: y han tomado ya el gusto en tal modo a las armas de fuego, que poco o nada usan ya de arco y flechas" (Julián, 1951, 220). Esto había traído como consecuencia el que a causa de su superioridad, cesaran las guerras que les solían mover los vecinos cocinas (ibid., 227, 228; NARVÁEZ: CUERVO, 1892, II, 188; SILVESTRE, 1950, 62; ALCACER, 1959, 61, 84, 238-239; HAMILTON, 1955, I, 30; JAHN, 1927, 137, 157, 181).

También desde temprana época tuvieron armas de fuego los urabaes o cunas (ARIZA: AIP, 1883, V, 394; CUERvo, 1892, II, 321; SILVESTRE, 1950, 121; MORALES GÓMEZ, [1975], 1977, 89-90); así como menos regularmente algunas tribus amazónicas, tales los sionas y huaques, que se aprovisionaban con los portugueses (CUERVO, 1894, IV, 239, 260, 262).

Más tardíamente, en este caso desde principios del siglo XX, empezó el uso entre los quijos (OBEREM, 1970, I, 160).

En la actualidad, algunas de las tribus supérstites, sobre todo en el área amazónica, usan esporádicamente para la caza armas de fuego (SALSER, 1973, I, 63). La dificultad en obtenerlas y aun más las municiones, hace que este sistema no se practique mucho entre los indígenas, sino mas bien por los colonos.

Caza como deporte.

Los españoles introdujeron la modalidad de la caza deportiva. Tenían asegurados los suministros básicos en materia de comida, mediante la labor del indígena, y así no necesitaban preocuparse por proveer la despensa por sí mismos. En otra obra (PATIÑ0, 1992, IV, 305-306), se estudia este aspecto.

Hasta los religiosos participaron en ese deporte, a veces con abandono de sus feligreses. Esto a pesar de la prohibición que tenían de dedicarse a la caza ruidosa y colectiva con numerosos perros (SOLÓRZANO Y PEREYRA, 1972, III, 77). En 1573, el presidente Venero de Leiva se quejaba de que muchos curas en el Nuevo Reino, en vez de cumplir con su oficio, granjearan criando caballos y perros de caza (FRIEDE, 1976, VI, 219).

Caza de aves de rapiña.

Los ganados introducidos en América por los españoles, estuvieron sujetos a la predación por varias aves de rapiña como los cóndores o buitres, de gran tamaño y fuerza; capaces de devorar terneros o potros recién nacidos y aun animales mayores. "Y lo matan desta suerte: que se juntan cuatro o seis pájaros destos y embisten los dos dellos con una vaca o yegua parida y la hacen huir, y los otros embisten con el hijo y lo matan; y esto se ve cada día donde hay ganado" (J. DE LA ESPADA, 1965, II, 239). En el siglo XVi, en la sierra peruana (Guamanga) se propuso que se impusiera a los indios, para prevenir este mal, traer como tributo cada uno un cóndor, aunque no se dice cómo los podían capturar (J. DE LA ESPADA, 1965, I, 184). Los indígenas de Organos y Tíerradentro (Huila y Cauca, respectivamente) — guarecidos en fosas excavadas en el suelo — disparaban contra los catártidos con bodoqueras (DÍAZ, C., 1972, 72); pero en la Sabana de Bogotá el procedimiento consistía en esperar a que las aves estuvieran ahítas y casi no se pudieran mover, y entonces las mataban a palos, o si intentaban volar pesadamente, las enlazaban a caballo; luego las desplumaban para inmovilizarlas (ibid., 79-82).

Salazón.

Este procedimiento de preservar carnes y pescado lo establecieron, o por lo menos lo indujeron, los españoles, pues ellos mismos fueron en América poco dados a la pesca, como a cualquier actividad manual, que quedaron al cuidado de los indígenas.

Sobre la manera de preparar la carne en tasajo y en cecina, se han presentado detalles en otra obra (PATIÑO, 1970-1971, y, 249-252).

Según datos del censo de Venezuela de 1873, para salar 100 arrobas de pescado se requerían 10 quintales de sal (VILA, 1970, 122).

Aceites y grasas animales.

En el acápite "Extracción de aceites animales" del capítulo V se planteó el asunto, remitiéndolo para este lugar. Es indudable que el empleo de sustancias grasas aumentó en América con la llegada de los europeos, para fines de iluminación, fabricación de jabón, fuera del uso alimentario, pues la fritura en aceite parece haber sido un aporte europeo. Sin hablar del uso medicinal para ungüentos y heridas, aunque en este caso se prefería la grasa humana, "y aun algunas veces escogiendo los [indios] más gordos para matallos y sacalles el unto (porque era dizque bueno para curar las llagas de los matadores)" (CASAS, 1958, V, 48). La extinción de especies animales productoras de grasas apreciadas empezó en el período colonial, con los peces, las tortugas, el caimán y el manatí. El proceso se estudió antes (PATIÑO, 1984, I, 105-110).

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