Historia de la Cultura Material
en la América Equinoccial (Tomo V)
Victor Manuel Patiño
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CAPÍTULO XV

MINERALES METÁLICOS

HIERRO Y HERRAMIENTAS.

La falta de hierro bajo la forma de útiles en América al producirse el encuentro de culturas, fue una de las cosas que más llamó la atención de los españoles, y este aporte — principalmente en forma de machetes y hachas —, lo que más impactó a los indígenas. Por consiguiente, una de las primeras providencias de los recién llegados consistió en el envio de herramientas y herraje, por lo que esto representaba para la supervivencia de un puñado de aventureros en un medio extraño.

Andando el tiempo (primera década del siglo XVI), el envío de hierro y herraje se restringió, por el peligro que pudiera haber con el uso indiscriminado de armas de ese metal por parte de los indígenas (ARCILA FARÍAS, 1946, 26-27). La prohibición a indios y negros de poseer armas, y la de que los herreros tuvieran aprendices indios para que no se familiarizaran con el manejo de hierro, aparecen en las leyes de Indias (SOLÓRZANO Y PEREYRA, 1972, V, 26). Hasta el Protector de los indios era partidario de que ellos no usasen armas de hierro (CASAS, 1958, V, 109-110). En enero de 1530 se condenó a muerte — aunque se le conmutó la pena por la de azotes —al español Diego Barahona, de las huestes de Ambrosio Alfinger en Venezuela, por haber dado a un indio, a cambio de unas auyamas, un trozo de barra de hierro, con el cual el indio logró hacer una pequeña hacha, cosa prohibida (FRIEDE, 1961, W., 227).

El señuelo del oro impidió que se explorara la posibilidad de hallar minas de hierro, producto de antigua manufactura en España. Grande fue la desilusión de Ginés Vázquez de Mercado enviado a explorar minas de oro a Nueva Galicia en Méjico, cuando halló en su lugar una de hierro, porque esto no interesaba (PRIETO, 1973, 22). En la Mixteca de Méjico había minas de hierro, pero los españoles no las beneficiaban porque el peninsular salía más barato (GAGE, 1946, 121). En una representación de las autoridades guatemaltecas de 1819, al finalizar el período colonial, se habla de un impuesto de quinto de 9 y medio reales por quintal de hierro "que se elabora en Metapa" (FERNÁNDEZ, 1907, X, 527). Aquí elaborar tanto puede significar que se extraía como que se transformaba en herraje, o ambas cosas.

Pero sí se hicieron intentos de buscar hierro en la América equinoccial. Las relaciones del Ecuador interandino lo demuestran. En 1573 se decía que no se había hallado hierro de provecho en jurisdicción de Quito; y aunque sí en Loja, no se beneficiaba, por el alto costo de las operaciones (J. DE LA ESPADA, 1897, III, 63, 199-200).

Llegó un momento en que se prohibió buscar hierro en América (OTS CAPDEQUÍ, 1946, Bog., 279-280). En tiempos de Felipe II, el puerto de Bilbao se reservó a los vascos monopolistas del hierro y manufacturas metálicas (GARCÍA FUENTES, 1980, 86).

Conocidos son varios casos en que, a falta de hierro, los conquistadores herraron sus caballos con herraduras de oro y plata, como en la Nueva Granada y en el Perú (PATIÑO, 1970-1971, V, 158-159), y en Gracias a Dios en la época de la audiencia de Los Confines (FUENTES Y GUZMÁN, 1972, II, 1).

El suministro de hierro a América fue demorado e inconsistente, y la calidad no siempre fue buena. Cuando llegó Pedrarias Dávila a Panamá, en 1514, traía toda clase de herramientas, que se habían mandado hacer ex profeso, pues no se quería que fueran de almacén (ÁLVAREZ RUBIANO, 1944, 416, 71).

Se destaca como contribución importante, la traída de herraje al Nuevo Reino por Jerónimo Lebrón, en 1541 (FRIEDE, 1960, VI, 76). Se ha registrado un solo navío que en 1661 trajo hierro y herramientas de Pasajes, puerto de Guipúzcoa, a Cartagena (GARCÍA FUENTES, 1980, 87).

Las quejas son repetidas durante todo el período colonial por la escasez y alto costo de herramientas, aun las destinadas a actividades que, como la minería, tenían tanta importancia fiscal para la corona española (VARGAS, 1944, 8; CALDERÓN, 1911, 355-356; LLANO Y ZAPATA, 1904, 124-125; PUIGGRÓS, 1948, 37; TORRE [MIRANDA], 1890, 136).

En el libro dedicado a la historia de la agricultura, se han traído a cuento los datos sobre el suministro y la clasificación de las herramientas, y sobre el ascendiente que el herrero alcanzó en América entre los indígenas (PATIÑ0, 1965-1966, 225-272). Éstos idearon un medio para cortar piezas de hierro, como cañones de escopeta y otros, y aprovechar los pedazos para puntas de lanza o de flechas y otros fines utilitarios. Lo hacían frotando con un hilo de cabuya o algodón el punto donde querían cortar, con arena y agua, y con mucha paciencia y perseverancia lograban su objetivo. Tal se dice de los panameños (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, I, 237-238); de los pijaos (RODRÍGUEZ FREYLE, 1984, 240; SIMÓN, 1953, IX, 67), y de los del lago de Maracaibo:

También suelen, y no con mucha pena,
con los hilos que digo retorcidos,
cortar en una noche la cadena,
huyendo los en ella detenidos;
y el que de indios la tenía llena
a la mañana los halló huidos:
Al fin en la prisión que los lastíma
los hilos de algodón sirven de lima.

(CASTELLANOS, 1955,II,17)

Los campas del Chanchamayo en el Perú fueron los únicos indígenas que aprendieron a fundir hierro (NORDENSKIOLD,1930, 8: 94, 104; FERNÁNDEZ, W. [Fray], 1928, 261-262).

Tanto era el aprecio por las hachas de hierro en Las tribus selváticas del Perú, que una desgastada que tenían los indios de Rupa-rupa la enterraban de noche para ponerla a salvo de robos (1558) (MONTESINOS, 1906, I, 256).

Se han registrado nombres indígenas suramericanos aplicados al hierro (NORDENSKIOLD, 1922, 5: 86-94).

MINERÍA.

Oro.

Donde primero se obtuvo oro fue en la isla Española, y allá los peninsulares recién llegados empezaron a extraerlo "con los lavadores que aquí tenemos", decía Colón en su memorial a los Reyes Católicos de 1494, por conducto de Antonio de Torres; pero, de todos modos, pedía que le enviaran otros procedentes de Almadén. Ya en 1500 anuncia el hallazgo de gran cantidad de oro (NAVARRETE, 1954, I, 204, 222). A 3 de septiembre de 1501, en una cédula se habla de que se empezaban a sacar guanines en Paria y Coquebacoa, y se llevaban a vender a Santo Domingo; se prohíbe seguirlo haciendo sin permiso (ibid., 547-548). Al descubrirse Castilla del Oro, el rey Fernando el Católico ordenó a Diego Colón que encaminara a Tierra Firme cincuenta indios naborias diestros en minería, para que enseñaran a los del Continente. Al tesorero Pasamonte se le ordenó que enviara con el mismo destino 700 bateas para lavar arenas auríferas (ÁLVAREZ RUBIANO, 1944, 52, 73). No porque en Panamá no lo supieran sacar los indígenas, pues el propio Colón en su cuarto viaje los elogia: "son muy diestros en el sacar del oro" (NAVARRETE, 1954, I, 228), sino porque los españoles apenas empezaban a establecerse en el Continente (ANGLERíA, 1944, 300-301; SERRANO Y SANZ, 1918, 278, 285, 325-326).

El oro de que en primera instancia se apoderaron los españoles, fue el que los indios llevaban sobre sus cuerpos; el que tenían depositado en adoratorios o en las casas, principalmente de los jefes, y el de las sepulturas. Baste citar los casos de Panamá desde Balboa; del Sinú con los Heredia; de Santa Marta con Bastidas y sus seguidores; de Popayán con Belalcázar, Andagoya, Robledo y sus compañeros; y en Quito con el mismo Belalcázar y sus tenientes. Alguien llamó a esto, muy gráficamente, deshollinar el oro que estaba en poder de los naturales (PORRAS BARRENECHEA, 1959, 256).

Pero como este oro se agotó pronto, hubo que depender del de minas, y de allí la politica de echar en ellas a cuantos indígenas disponibles hubiera; cuando éstos faltaron, se recurrió a la compra de negros esclavos.

Vino, pues, la búsqueda de minas, mediante el apremio a los indígenas por todos los medios para que revelaran la localización de los placeres, o el cateo por parte de baquianos españoles en toda nueva tierra visitada, para buscar amagamientos o placeres. Vino también el laboreo más o menos regular, basado en los procedimientos tecnológicos que el indígena enseñó al español y al negro. Sobre esto se ha hablado ya en la Parte primera. El único aporte tecnológico que facilitó las labores estuvo representado en las herramientas: barras, barretones y barretas; picos; almocafres, azadas y azadones para la remoción del suelo, y las que se necesitaban para la producción agropecuaria que debía abastecer los nuevos establecimientos: hachas, machetes, cuchillos, y para unas y otras, las limas. Sobre todas ellas se ha hecho antes un estudio que no es necesario repetir aquí (PATIÑO, 1965-1966, 225-272).

El lector que quiera profundizar en el tema de la minería del oro, puede consultar las obras de Vicente Restrepo y Robert C. West, donde todo está dicho.

Pero, fuera de lo más elemental, la minería durante la época española no se caracterizó por su adelanto tecnológico, más que todo por falta del equipo adecuado. Muchas minas se inundaron en América y no se pudieron recuperar por no disponerse de bombas eficientes (VICUÑA MACKENNA, 1969, 166-167).

Existe una buena descripción del cateo y del mazamorreo, tales como se practicaban en el tercer cuarto del siglo XVI en la Nueva Granada, y una descripción de la batea usada, que era la misma heredada de los indígenas:

Con estas sacan este venero o último caxcaxo, como he dicho, y lo lavan meneándolo dentro de ella para que el oro se vaya al fondo, y luego menean toda la batea a la redonda, de tal suerte que con el agua que tiene dentro, teniéndola siempre fija en las manos va despidiendo y echando la tierra fuera como más liviana, y el oro, como más pesado, siempre se va retirando al asiento de la batea; y son tan ingeniosos y diestros los que lo hacen que una sola punta de oro no se les cae ni sale fuera de la batea, y así dondequiera que se dan estas catas, si en la forma dicha no se saca oro es cierta señal, más que otra ninguna, de que la tierra no lo produce ni el río donde catean lo tiene (AGUADO, 1956-1957, II, 335).

A mediados del siglo XVIII, en las ya prácticamente semiabandonadas minas de las Vetas de Pamplona, por falta de indios, algunos vecinos se entretenían en sacar algo de oro:

... para lograr el fruto descubrían las guías con el agua de un arroyo que recogen en un grande estanque que llaman pozo y en el Perú cocha, que en la lengua general significa laguna que precipitaban, situando a trechos otros pequeños recipientes o poços, donde se detienen los granos de oro que corren mezdados con tierra y arena que se llaman en el Perú también cuchas, siendo en esto y en lo demás de mover las tierras uniforme la práctica en uno y otro Reino... (SANTIESTEBAN: ARELLANO MORENO, 1970, 137-138).

De una fruta pegajosa para separar el oro, en Barbacoas se habla ya en el siglo XVIII (SERRA., 1956, II, 138); o mejor, para eliminar las partículas de hierro que tuviera; pero también en esta misma época se empezó a usar el imán (WEST, 1972, 61-62).

Como antes de la conquista, la presencia o falta de lluvias condicionaba la extracción, aunque hubo minas de invierno y de verano. En Zaruma del Ecuador sólo se labraba en el invierno, de diciembre a marzo (J. DE LA ESPADA, 1897, III, 222-225). En Osos de Antioquia, asimismo en el siglo XVIII sólo se trabajaba cuando llovía (SILVESTRE, 1950, 176). Ni los virreyes podían dar ley a los metales ni hacer que lloviera en los meses precisos (HANKE et al., 1978, II, 167).

La credulidad de los españoles — aun de personas ilustradas — les llevaba a aceptar que los metales eran vegetativos y se renovaban (SOLÓRZANO Y PEREYRA, 1972, IV, 302; LLANO Y ZAPATA, 1904, 9).

Poco se usó la maquinaria de beneficio en el área ecuatorial. En 1576, en las minas auríferas de Zaruma había ingenios de agua que aliviaban el trabajo de los indios (J. DE LA ESPADA, 1965, II, 174). En 1592 se contaban unos quince o dieciseis, algunos de ellos de propiedad de ciertos vizcaínos y navarros (ibid., 322). El minero Rodrigo Darcos alega, en 1586, haber descubierto y tener en explotación minas de oro y plata, para las cuales ha hecho acequias e ingenios, en jurisdicción de Cuenca y Loja. Aun otro pretende, en 1607, haber introducido en Zamora el sistema de beneficio de las frezadillas, o sea, pieles de oveja, de cuya lana quedaban atrapadas las partículas del metal (ibid., III, 81-83).

REGLAMENTACIÓN.

Cronológicamente, las primeras ordenanzas sobre extracción de oro en el área circuncaribe, más bien prohibitivas de la venta del producto a los indios, fueron dadas por los Reyes Católicos el 3 de septiembre de 1501 (NAVARRETE, 1954, I, 547-548).

El 14 de septiembre de 1519 se dictaron en Castilla del Oro unas ordenanzas sobre beneficio del oro, fundición y cobro de quintos. Se asignaron a los interesados, lotes de 12 pasos en cuadro. Los españoles favorecidos utilizaban en el trabajo a sus esclavos indios (ANGLERÍA, 1944, 300-301; ALVAREZ RUBIANO, 1944, 52, 511-514).

En 1587, Gaspar de Rodas emitió unas ordenanzas para las minas de Zaragoza; fueron completadas en 1593 (RESTREPO, V., 1952, 38-39).

En 1534 se publicaron unas ordenanzas en Anserma, que restringían mucho el espacio a los mineros para trabajar (ROBLEDO, E., 1954, II, 365-367).

En 1556 y 1560, el cabildo de Pamplona dictó unas disposiciones sobre minas de plata que se hallaren (OTERO D’COSTA, 1950, 158-160, 309-312, 318-319).

En 1581 se aprobaron por la Corona unas medidas hechas por el gobernador de Popayán, García del Espinar; pero se referían más bien al trabajo de los indios en las minas (FRIEDE, 1976, VIII, 68-71).

Don Juan de Borja, presidente del Nuevo Reino de Granada, en 1612 promulgó en Mariquita unas disposiciones sobre el laboreo de las minas de plata; referentes más al régimen de trabajo de los indígenas que al aspecto tecnológico (BORJA, 1920).

La legislación minera del Ecuador ha sido comentada por un historiador (VARGAS, 1957, 179-184, 209-215).

El 25 de octubre de 1538, el cabildo del Cuzco expidió las primeras ordenanzas de minas del Perú, que fueron seguidas por otras de carácter más general dictadas por el presidente La Gasca en 1549 (MONTESINOS, 1906, I, 105, 196-197). Otras se promulgaron en 1574 por el virrey Toledo (ibid., II, 57-58; ESCALONA, 1941, 145; —, 1775, 108-129; PRIETO, 1973, 88; ACOSTA, 1954, 491).

Metalurgia.

En 1606, el visitador Nuño de Villavicencio hizo una ordenanza a los oficiales reales de la Nueva Granada, para fundir, refundir y ensayar el oro (VEITIA LINAGE, 1945, 367, 356-363).

Orfebrería.

El presidente del Nuevo Reino, Sancho Girón, el 15 de mayo de 1631 dictó un reglamento para plateros; protestaron dieciséis de ellos (LUCENA SALM0RAL, 1967, 2: 98; GIRALDO JARAMILLO, 1980, 323-325). Otra cédula sobre esto se expidió en 1776 (ibid., 326-336).

En varias partes del área del presente estudio, se establecieron talleres de oro. Una fue Cartagena, cuyo cabildo ordenó en 1554 que las fraguas se colocaran separadas de las paredes y bahareques, para evitar incendios, por ser de paja la mayor parte de las casas (BORREGO PLA, 1983, 414-415; SIMÓN, 1981-1982, VI, 510). Después, esta actividad se desplazó a Mompós, donde ha continuado activa hasta hoy (HAMILTON, 1955, I, 53; HOLTON, 1857, 61).

En Barbacoas hubo siempre buena platería (HERRERA, L., 1893, 39).

Fue constante, por lo menos en el Nuevo Reino, posesión señalada dentro de la política colonial como productora de oro, la lucha de las autoridades por reglamentar la extracción y el beneficio de ese metal. El hecho de que los indígenas allí dominaron la técnica de las aleaciones con cobre, hacía recelosos a los oficiales del fisco, porque siempre se temían fraudes. El desiderato consistía en amonedar o fundir el oto en lingotes para ser exportado a la metrópoli, política que durante largos años resintió el comercio, porque muchas veces no quedaba ni el numerario suficiente para las transacciones más elementales.

La disposición de fundir todos los tunjos o piezas que hubiera en poder de los indios y españoles en 1577, se prestó a no pocos fraudes, pues algunos hicieron fundir candeleros y otros objetos de uso doméstico, en que el cobre entraba en una alta proporción.

Amonedación y casas de moneda.

La fundición, troquelado y acuñación de metales preciosos fueron ordenados por las autoridades españolas,. con el principal propósito de garantizar el pago de los derechos reales. Por eso, en todas las expediciones de importancia iban los funcionarios encargados de llevar el control, tesoreros, veedores, fieles ejecutores, escribanos reales.

Una de las primeras fundiciones se estableció en Santa María del Darién, hasta que esa ciudad fue desmantelada en 1524 y Panamá pasó a ser la cabecera administrativa. El veedor fue allá el historiador Oviedo.

Cartagena tuvo su casa de moneda, donde se labraba plata peruana (LUCENA SALMORAL, 1967, 2:115-116). Al finalizar el primer cuarto del siglo XVII, fue trasladada a Bogotá.

Durante el gobierno de Venero de Leiva se había establecido la amonedación (GROOT, 1889, I, 145). Hacia 1582 se mandaron a marcar los tunjos y cuanto objeto metálico pudo haberse, y se fijó en 13 kilates la ley de la moneda (ibid., 160-161). Posteriormente, el presidente González sustituyó el oro por la plata en el numerario, por lo cual se abandonaron muchas minas del primero (ibid., 204). Dicho presidente envió a España sobre 300.000 ducados (CASTELLANOS, 1955, IV, 591). La de Bogotá fue fundada por Alonso Turrillo de Yebra o Hiedra, en 1621 (RESTREPO SAENZ, 1944, I, 84) o en 1622 (SIMÓN, 1981-1982, IV, 524-525). El 30 de abril de 1627 empezaron a funcionar los cuños (LUCENA SALMORAL, 1965, I 367-376). La evolución de la entidad y los procedimientos técnicos empleados han sido historiados por uno de sus directores (BARRIGA VILLALBA, 1969; OTS CAPDEQUÍ, 1946, Bog., 120-122).

En instrucciones dadas a los procuradores de las provincias de Popayán y firmadas en esa ciudad el 30 de diciembre de 1544, se pide que se traslade a ella la casa de fundición establecida en Cali, alegando mejor clima y existencia de barro para los crisoles, "lo que no hay en Cali, porque por no haberlos se hace tejuelos de lo que se funde y se desperdicia mucho oro y de ello reciben mucho daño los que van a fundir" (FRIEDE, [1960], 1962, VII, 326). Por gestiones de Juan Valle en 1555, para que funcionaran dos casas de moneda en vez de una, se instaló la de Cartago antes de 1559.

La casa de Cali quedó hasta 1635, fecha en la que los oficiales reales señalan la conveniencia de su traslado a Popayán, lo que parece ocurrió hacia 1643 (FRIEDE, 1961, JV, 154, 158.159, notas).

El establecimiento de una casa de moneda en Popayán, se le autorizó a Pedro Agustín de Valencia en 1649; la concesión fue confirmada en 1758, pero el trabajo de construcción se suspendió, por orden de la Audiencia de Santa Fe, en 1762 (OLANO, 1910, 97-99). En 1768 volvió a abrir operaciones, pero a los tres años se incorporó al real patrimonio, por menos valor del que había costado (ibid., 99; CÁRDENAS ACOSTA, 1947, 363).

En Quito, durante la actuación del licenciado Salazar de Villasante (1562-1568), había una marca real y casa de fundición, "la cual fundición y marca tiene un portugués, que se llama Delgado" (J. DE LA. ESPADA, 1881, I, 26; 1965, I, 135). En 1560 se habla de moneda depreciada en Quito; en ese tiempo, los indios de Otavalo labraban monedas de oro (ibid., 1897, III, CXXVI).

En Lima, con motivo de las fiestas por la ascensión de Felipe II al trono, el 25 de julio de 1557, se arrojaron al aire monedas de plata, las primeras acuñadas en el Perú (FERNANDEZ, DIEGO, 1963, II, 76). El virrey duque de La Palata (1680-1689), en su memoria de gobierno se queja de la falta de numerario que mantenía el comercio estacionario (HANKE, 1980, VI, 138); dice que la Casa de Moneda de Lima autorizada en 1683, la habilitó en pocos meses (ibid., 143); habla del peligro de la falsificación por estar los orífices — que eran operarios indígenas y mestizos — diseminados en lugarejos apartados (ibid., 145), y afirma que en 1678 pasaron por Portobelo, procedentes del Perú, en sólo plata labrada en forma de vajillas, cerca de dos millones (ibid., 173).

También hubo casas de moneda en Cuzco y, desde luego, en Potosí, la metrópoli argentífera.

                                                       * * *

Pese al rigor de las autoridades españolas para mantener la integridad monetaria, se presentaron en América falsificaciones desde los primeros tiempos de la colonización. Antes de iniciarse en Méjico, en 1537, la casa de moneda de Xipiquilco cerca a la capital, los indios ya habían hecho falsificaciones de monedas de plata, y quizá muchas más con el peso llamado tepuzque, que era de oro mezclado con cobre (MARTÍNEZ, 1983, 49-50).

Se conoce el caso de la prisión de un fraile dominico del Cuzco por acuñar más de 200 ducados de moneda (GUTIERREZ DE SANTA CLARA, 1963, III, 5-6). También en el período 1672-1674 en que gobernó la Audiencia, se descubrió en esa ciudad moneda falsa y se ejecutó al autor (HANKE, 1979, V, 20). Estos fraudes eran comunes en el Perú (ESCALONA AGÜERO, 1941, 148).

En la Nueva Granada se hizo en forma casi novelada el relato de una falsificación de moneda en tiempos del presidente Monzón (RODRÍGUEZ FREILE, [1636], 1935, 101-104). En Guatemala, el 14 de enero de 1749 se condenó a un indio de Petapa, monedero falso, a la pena de muerte por el fuego

(GARCÍA PELÁEZ, 1944, III, 66).

No compete aquí sino a la historia del comercio, a la cual se le ha dedicado el volumen VI de esta serie, lo relativo a las diversas características de la moneda y a su circulación.

Uso suntuario.

El oro que quedaba en poder de las congregaciones religiosas y de los particulares, generalmente se procesaba bajo la forma de piezas para el culto, en el primer caso, y para joyas y objetos domésticos, en el segundo.

Los historiadores del arte han descrito custodias, copones, cálices y otras piezas para las iglesias, y en muchas ocasiones mencionan los nombres de los orífices o plateros que las confeccionaron, lo mismo que ropas con oro para los sacerdotes u oficiantes.

También se sabe que los bienes de fortuna de los particulares pudientes, estaban representadas principalmente en la ropa, que era muy cara; en objetos de menaje, como vajillas, o en joyas (cadenas, collares, zarcillos, adornos), para lucir en ocasiones especiales. Sobre estos asuntos se han aportado datos adicionales en tomos anteriores de esta obra (PATIÑO,1990, 1, 227-229; 1990, II, 453-455; 1992, LV, 181-184).

Plata.

Los españoles consideraban la plata como sinónimo de riqueza (SOLÓRZANO Y PEREYRA, 1972, IV, 306; VEITIA LINAGE, 1945, 774). Esto se ha heredado en los países hispanoamericanos, donde es común el dicho de que "plata es lo que plata vale", eco de los refranes peninsulares: "Pieza de vidrio, cuando se quiebra, todo es perdido; pieza de plata sale barata: cuando se rompe, queda la plata"; "Plata quebrada, al fin es plata"; "Plata quebrada, de su peso no pierde nada" (MARTÍNEZ KLEISER, 1978, 578). Durante la mayor parte del período colonial, constituyó el principal retorno de América (LARRAZ, 1943, 82). En tiempos de Felipe II se producían unas 200 toneladas anuales de plata en Potosí, 50 más en otras minas peruanas, y 150 en las de Méjico (BÁUD0T, 1983, 235).

El 3 de mayo de 1533 empezó la fundición de joyas de oro y plata del tesoro de Atahualpa, en Cajamarca, para convertirlas en lingotes; el 18 de junio estaba repartido (VON HAGEN, 1976, 52). En esto ayudaron fundidores indios (MURRA, 1983, 221).

En 1535, fray Tomás de Berlanga, enviado a dirimir las contiendas por límites entre Pizarro y Almagro, informaba que la plata se fundió según suertes: blanca, de en medio y la dicha faloria (chafalonía?) (GARCÉS G., 1936, 21).

Como se dijo antes, no hay constancia de que los indígenas colombianos hubieran extraído plata de minas puras de este metal. La que beneficiaban venía mezclada con el oro en tunjos, en proporción que un experto calcula en el 5% (RESTREPO, V., 1952, 24, 202, nota).

Durante la dominación española hubo un interés recurrente por la plata de minas, no obstante que la producción del Perú y de Méjico satisfacía las necesidades de la Metrópoli. En el siglo XVI se intentó beneficiar las minas que se descubrieron en San Sebastián de la Plata, pero todo fue destruído por los indígenas paeces y yalcones.

Las minas de Santa Ana cerca de Mariquita tuvieron por lo menos dos períodos de explotación, uno en el siglo XVI y otro en el XVIII. En ambos casos fueron abandonadas por bajos rendimientos, debidos a errores y deficiencias en el laboreo y por falta de brazos (FRIEEDE, 1976, VIII, 383-386, 399-400, 424-438; BORJA: BHA, 1920, XIII; VARGAS, P. F., 1953, 60.61; SILVESTRE, 1950, 71; CALDERÓN, 1911, 477-487; OTS CAPDEQUÍ, 1946, Bog., 77-78; RESTREPO, V., 1952, 122-142; CAYCEDO, 1971, 117-118; GONZÁLEZ, F., 1981, 667).

En las minas de Marmato, a fines del período colonial se molían los minerales "como el chocolate o maíz para arepas". Se da una lista de las herramientas necesarias en las minas de veta (HERNÁNDEZ DE ALBA et al., 1991, 37-55).  Otro documento de 1616 sobre el laboreo en la Nueva Granada, se ha hecho conocer recientemente (ibid., 6-36).

Donde sí alcanzó su plenitud la extracción de plata fue en el Perú. La evolución de los métodos de extracción y beneficio ha sido objeto de varios trabajos recogidos por un mineralogista que se apoya en datos de Alonso Barba y otras fuentes del período colonial (BARGALLÓ, 1955). En un principio, en Potosí se siguió usando el procedimiento tradicional indígena de los hornos o huairas, "y se hacían procesiones por viento como por falta de agua cuando se detiene" (J. DEi LA ESPADA, 1965, II, 119). Esto cesó al introducirse el beneficio del azogue, hacia el inicio del tercer cuarto del siglo XVI (ibid., II, 117-133).

De este metal eran de preferencia las vajillas de las casas ricas. Se ha sugerido que a causa de ello quedó más plata en poder de los particulares, de lo que se suele admitir (SERRERA, 1977, 515), no obstante que la vajilla pagaba un derecho que se empezó a cobrar en Méjico en 1748 (ibid., 511). Las alhajas y vajillas de mucho valor servían para cohechar a los virreyes y altos funcionarios (JUAN y ULLOA, 1983, II, 462).

Cobre.

Durante la colonia se explotaron las minas de Santiago de Cuba (LLANO Y ZAPATA, 1904, 129), y de ellas se sacó metal para los cañones del Morro de La Habana, y se llevó también a España (VÁZQUEZ DE ESPINOSA, 1948, 95; ARRATE, 1949, 15-16; LE RIVEREND, 1945, 34-35; OVIEDO Y VALDÉS, 1959, II, 116). Asimismo se beneficiaron las de Cotui en Santo Domingo (RODRÍGUEZ DEMORIZI, 1942, I, 129, 239). Fernando el Católico envió a Nicolás de Ovando, en enero de 1505, una carabela con 17 negros y herramientas para proceder al laboreo (SACO, 1938, I, 97). En Suramérica se beneficiaban minas en el Perú, Bolivia y Chile: el cobre de Talca se consideraba mejor que el de Berbería (LLANO Y ZAPATA, 1904, 538-539); el de Coquimbo era muy barato (JUAN y ULLOA, 1983, II, 568-569). Al parecer, este cobre del sur había sido objeto de comercio con tribus ecuatoriales antes de la llegada de los españoles.

No hay registros de minas en la parte norte de los Andes en la época prehispánica. En jurisdicción de Vélez, sólo en 1624 se dice que "labran una mina de cobre tan fértil que sale a la mitad, y tan dócil y suave de labrar que hacen de él sin liga, las obras menudas que quieren" (SIMÓN, 1981-1982, IV, 47). Por la misma época se habla de otra mina en el valle de San Bartolomé, jurisdicción de La Grita (ibid., 487). La primera, o sea, la de Moniquirá, se trabajaba a fines del período colonial, a 12 pesos el quintal (VARGAS, P. F., 1944, 26, 71-73, 53; MOLLIEN, 1944, 109; MONTENEGRO: VERGARA Y VELASCO, 1974, III, 1140; OTS CAPDEQUí, 1946, Bog., 279; RESTREPO, V., 1952, 179; CAYCEDO, 1971, 139).

En Tiribita, Manta, Boyacá, hubo extracción de cobre, del que se fabricaron campanas, fondos, estribos, en el siglo xvm (OVIEDO, 1930, 143).

En 1778 se informó que en unas minas de cobre de Ocaña se vendía el metal a real la libra (NARVÁEZ: CUERVO, 1892, II, 185).

Cobre se halló en Chiriguaná, y en 1620 se estableció una fundición provechosa; también en Nueva Valencia, pero aquél no se explotó (MIRANDA VÁZQUEZ, 1976, 72-74).

En Aroa, Venezuela, hubo minas de cobre, empezadas a beneficiar desde 1625, y del cual se llegaron a hacer campanas (ARCILA FARÍAS, 1916, 127-128), aunque otro autor dice que desde 1615 y que la fundición de campanas fue virtualmente monopolizada por canarios (DUARTE, 1978). De estas minas fue propietario Simón Bolívar (BARRALT Y DÍAZ, 1939, II, nota 398), por herencia de su padre; eran ya improductivas en 1814, y al morir el Libertador estaban en litigio (GIL FORTOUL, 1954, I, 313, 487, 704, 707; II, 78, nota).

Hay también indicios de unas minas cerca a Ibagué (VARGAS, op. cit., 72; SERRA, 1956, I, 103, 345, 347; OVIEDO, 1930, 249; GILII, 1955, 196; C0DAZZI, 1973, 378).

Una fuente de mediados del siglo XVIII habla de Caloto y de sus "amplísimas forjas donde se funde el cobre", que se empleaba para campanas y calderos de trapiches de azúcar (GILIJ, 1955, 369).

Ya en el período republicano se menciona extracción de cobre en Vijes, que se habría usado para hacer las campanas del convento de San Francisco en Cali (HOLTON, 1857, 525-526; 1981, 554-555).

Fuera de este uso muy limitado, tuvo otro más relacionado con actividades económicas, como fue la elaboración de fondos o tachos para la confección del azúcar, industria importada por los españoles; pailas y chocolateras para las cocinas; estribos y otros adminículos. Sobre la fundición de cañones y culebrinas hay datos desde la época de las guerras civiles del Perú (Cartas de Indias, 1974, II, 470, 475, 480, 483; VÁZQUEZ DE ESPINOSA, op. cit., 424, 676; HANKE, 1978, III, 259; 1979, V, 30; COBO, 1956, II, 358; LLANO Y ZAPATA, 1904, 126-127; SILVESTRE, 1950, 119). Los cañones de bronce eran preferidos a los de hierro (MARCHENA FERNÁNDEZ, 1982,, 170-171, 391-392; SUÁREZ, 1978,XXXIII, XLI).

Plomo.

A fines del período colonial se habla de una mina de plomo en Tibasosa, que se trabajaba con ocho obreros (MOLLIEN, 1944, 82; VERGARA Y VELASCO, 1974, III, 1143 [Montenegro]).

Balas de plata a falta de plomo, usó el gobernador Alonso de Bastidas cuando el levantamiento de los quijos, en 1552 (OBEREM, 1970, I, 66).

Estaño.

Las minas de estaño en la época precolombina, sólo se beneficiaron en forma importante en Bolivia y Argentina (NORDENSKIOLD, 1921, 4:13).

Un autor del siglo XVIII habla de unas minas de bronce cerca a El Espinal y San Luis (Tolima), donde había un incipiente centro de manufactura (SERRA, 1956, I, 103, 345, 347). Como el bronce es una aleación y no un metal puro, no se sabe si la referencia debe aplicarse a minas de estaño o de cobre.

El dictador Juan del Corral habla de estaño de Mariquita para hacer municiones, en 1813 (TISNÉS, 1980, 141, 142).

Mercurio.

La famosa mina de Huancavelica que simplificó la minería de plata en el Perú, había sido explotada por los indígenas, pero exclusivamente por el bermellón colorante, no por el mercurio mismo, que lo desconocieron. Este hallazgo se hizo en 1566 por información de indígenas (ACOSTA, 1954, 102-106), aunque otro dice que en 1564 (J. DE LA ESPADA, 1965, I, 184-189).

Antes se habían explotado las de la por eso llamada localidad de Azogues cerca a Cuenca, en el Ecuador (J. DE LA ESPADA, 1965, II, 269, 275, 277).

En el siglo XVII (1666-1667), en la Nueva Granada se habló de una mina de azogue arriba de Ibagué (HANKE y RODRíGUEZ, 1979, IV, 178-179). Habría sido conocida desde 1643 (LUCENA SALMORAL, 1967, 2: 255). No se volvió a hablar del asunto hasta el tiempo de Mutis (HERNÁNDEZ DE ALBA, 1975, III, 64, 67, 69-70, 76, 78-79, 80-81).

Platino.

Alguien atribuye a Julio César Escalígero (1484-1558), en un libro de 1557, la primera mención sobre el oricalco de Honduras, que podría ser platino (MCDONALD, 1960, 3-4).

Las primeras experiencias sobre el presunto hallazgo del platino se hicieron durante el gobierno del presidente de la Nueva Granada, Dionisio Pérez Manrique de Lara, marqués de Santiago (1654-1662) (ORTIZ, S. E., 1966, III,XXX: 36). En Popayán, desde 1720 se empleaba azogue para separarlo del oro (RESTREPO, V., 1952, 113; WEST, 1972, 62-65). En 1721 se ordenó a Zitará clausurar las minas de platino, pues superabundaba y lo mezclaban con el oro (OTS CAPDEQUÍ, 1946, Bog., 278; ARAGóN, 1939, I, 106). Por consiguiente, es errónea la atribución del hallazgo de este metal a los marinos españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que sólo llegaron a América en 1748 (LINNÉ, 1929, 188; MCDONALD, 1960, 9-21). Pero ellos sí debieron de llamar la atención hacia el platino y tomar muestras para llevarlas a analizar a Europa. Sea por esta influencia o por otras causas, hacia 1778 se mandó a consignar sin pago en las cajas reales; diez años después se ofrecía pagar a 12 reales libra (HERNÁNDEZ DE ALBA, 1975, III, 76; CAMPO Y RIVAS, 1803, 34-35). En 1788 se estableció el estanco, y para fomentar el laboreo se dejó libre comercio por el Atrato (OTS CAPDEQUI, op. cit., 279; VARGAS, P. F., 1944, 66.69). El virrey Mendinueta volvió a establecer el monopolio el 2 de febrero de 1802 (ORTIZ, S. E., 1970, IV, 2: 418). Hay una noticia sobre este metal escrita en 1804 por Ventura Salzas Malibrán (RESTREPO, op. cit., 111-112; CALDERÓN, 1911, 560-565; CAYCED0, 1971, 284).

En 1788, el rey Carlos III regaló al papa Pío VI un cáliz de platino que pesaba 1.570 grs. y tenía 30 cms. de altura (CALVO, 1964, fig. 118; CAMPO Y RIVAS, 1803, 35). Se montó un laboratorio en España y un taller fue establecido por Carlos IV en Madrid en 1802, taller que fue destruído por los franceses en 1808 (CALVO, op. cit., 119).

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