HISTORIA DE LA CULTURA MATERIAL
EN LA AMERICA EQUINOCCIAL TOMO III   
VÍAS, TRANSPORTES, COMUNICACIONES
VICTOR MANUEL PATIÑO
© Derechos Reservados de Autor


(CONTINUACIÓN CAPITULO 3)

 

Costa del Pacífico.

Pizarro y Almagro, en sus exploraciones por la costa norte del Chocó, de Puerto Hambre (cerca de la actual bahía de Solano), hallaron caminos que iban tierra adentro, y ha­biendo seguido por uno de ellos, toparon un pueblo a las dos leguas (CIEZA, 1960, II, 150, 151, 152; —, 1979, 134, 135-136). En el Chocó y en toda la costa del Pacífico, es posible pasar de un río a otro (“descabezar”) siguiendo trochas indígenas (experiencia personal). Los múltiples elementos culturales de origen amazónico que desde la época prehispánica se conocen en la costa ecupe ruviana, presuponen un conocimiento directo de pueblos al través de la Cordillera. Cae de su peso que ello se produjo a través de los pasos donde cuencas fluviales divergentes formaban depresiones en la zona de nacimiento de aguas, lugares fáciles de traspasar por gente de a pie como eran los mdígenas. Sin mucho esfuerzo pueden señalarse Mira-Sucumbíos; Papallacta-Baeza-Archidona-Río Napo, quizá preincaico (OBEREM, 1970, 1, 175); o mejor, Quito-Pintag-Quijos (J.y CAAMAÑO, 1936, 1, 172); Mira, Guayas-Baños, Túmbez-Marañón. Entre Tomebamba o Cuenca y Guayaquil o cerca había un camino prehispánico (REQUENA: LAVIANA CUETOS, 1984, 42.43). En las tumbas de toda la costa peruana se han hallado objetos de evidente origen amazónico, hecho familiar a los arqueólogos.

Las relaciones de las tribus de uno y otro flanco cordillerano debieron ser de índole comercial. No hay tradición de expediciones de sojuzgamiento, sino sólo por el Marañón y ya en la ¿poca incaica. Aparentemente, la mayor parte de estas expediciones dc conquista en hábitats selváticos a los que el ejercito cuzqueño no estaba acostumbrado, culminaron en fracasos para las armas imperiales. Pero si no hubo dominio permanente, sí relaciones de intercambio, que presuponen la existencia de rutas.

Sabana de Bogotá.

Existían caminos anchos de cada uno de los pueblos circunvecinos que confluían a la laguna Guatavita, “como los hallaron los españoles y aun hoy 11624] se conocen y yo los he visto” (SIMÓN, 1953, II, 172; —,1981-1982, III, 327; PLAZA, 1850, 52). La vocación comercial de los muiscas les. había permitido abrir rutas hasta el Opón y a los distintos sitios donde se realizaban mercados (OVIEDO y VALDES, 1959, III, 105, 107; Pérez, de BARRADAS, 1951, II, 159-162). Esto se verá mejor cuando se hable del comercio en el volumen VI de esta obra.

De Cali al sur.

El callejón interandino Cauca-Patía no debió de presen­tar dificultades para desplazarse en la ¿poca prehispánica. Por el Patía entró la vanguardia de Añasco y Ampudia en 1536, a salir a Timbío, Popayán y Cali. Recuérdese que un indio muisca fue quien dio a Belal cázar en Quito la primera noticia sobre el Dorado; luego había medios de comunicación entre ambas Cordilleras. Estas rutas fueron trasegadas por los españoles en uno y otro sentido, a partir de la expedición inicial de Ampudia y Añasco ya mencionada. Sobre otros caminos no enunciados se tratará en el capítulo de rutas poshispánicas, a causa de la dificultad que hay de separar los datos por épocas.

II — CALZADAS

Se consideran tales, como el propio nombre lo indica, las que tenían afirmado de un material duro colorado ex profeso. En esto de las comunicaciones, como en otros aspectos de la cultura material, los pueblos ecuatoriales no estaban nivelados por el mismo rasero. Inclusive algunos datos hacen sospechar que en un pasado remoto, áreas a veces extensas habían estado servidas por verdaderas calzadas, algunas de ellas monumentales, ya abandonadas y perdidas en la época de la conquista. No hay nada mas vulnerable que una vía. No quedan relictos de las calzadas romanas de construcción solidísima (ÁLVAREZ, 1963, 39; SAAVEDRA, 1914, 8, 33-34); apenas unos pocos de las incaicas, y eso sólo en lugares de difícil acceso eludidos por los viajeros en la actualidad. La falta de mantenimiento, como lo saben muy bien los encargados de las obras públicas, es lo más perjudicial para las vías. Éstas, desde luego, son resultado de una organización política y estatal fuerte y centralizada.

Por de contado que en el área maya, la cual queda fuera de los límites de la presente investigación, hubo calzadas en la época prehispánica. Entre otras puede mencionarse la de Cobá a Yaxuná, de unos 100 kms. de extensión. El camino comprendía muros laterales de contención, rellenos de piedras grandes en la base, otras más pequeñas unidas con mezcla de cal y sahcab y finalmente aplanadas en la superficie. En la primera sección de Yaxuná tiene 10.30 ms. de ancho y 60 cms. de altura; la altura mayor en su curso es dc 2.50 ms.; hay mojoneras de trecho en trecho y se halló un cilindro de piedra quizá usado para hacer el afirmado (VILLA R., 1934, y fotos). Habría sido construída hacia el año 613 de nuestra era (CARDÓS DE MENDEZ 1978, 30-32). El nombre para calzada era sacbé, plural sacbeob (MARQUIINA, 1951, 792). Otras que había en Cozumel son del período llamado decadente (1300- 1500 d.C.) (SAELOFF: BENSON, ed., 1977, 77-79).

Se conocen en Yucatán por lo menos 16 “caminos blancos”, y varias modalidades de vías: nohbé, “camino ancho y principal”, sin basamento ni baldosas, destinado a sacar ma­deras de construcción; lul uthbé, “camino angosto” o vecinal; bokol-bokbé, “camino pedregoso” para la estación de las lluvias; tokhé, “camino recto” y breve; colbé, “vereda” o caminillo para ir a las milpas o cultivos (BUSTILLOS CARRILLO, 1964, 11, 19). Por lo menos en cinco regiones, bastante separadas entre sí, se ha señalado la presencia de restos de calzadas prehispánicas en la porción ecuatorial: Barinas, en los llanos venezolanos; Sierra Nevada de Santa Marta; sur-este de Antioquia; sur del Magdalena, y Ecuador interandino y costero.

Barinas.

Noticias de esta calzada tuvieron los primeros cronistas del siglo XVI, al relatar las peripecias sufridas por las desper digadas fuerzas de Antonio Sedeño en los llanos de Apure:

do vieron prolijísima calzada,
que fue más de cien leguas duradera
con señales de antiguas poblaciones
y de labranzas viejos camellones

(CASTELLANOS, 1955, I ,539; OVIEDO, 1852, II, 271). A las ruinas del camino del hato de La Calzada, entre Barinas y Canaguá, se refiere Humboldt: “Un hermoso camino de cinco leguas de largo hecho antes de la conquista, en los tiempos mas antiguos de los indios; es una calzada de quince pies de alta, que atraviesa una llanura a veces inundada” (HUMBOLDT, 1816-1824, II, 428). Autores de este siglo hablan de ella (JAHN, 1927, 218-219). Este último vio, en 1911, la del hato Suripá, un afluente del Apure (ibid., 220; ANTOLÍNEZ, 1946, 146; ARCILA FARÍAS, 1946, 4748; ZUCCHI, 1975). Quien da mas detalles por haber explorado de propósito parte del recorrido de los restos de la calzada, es Oramas. La ruta interconectaba cerritos levantados a mano (ORAMAS [1935], 1948, I, 434-440). Otro tanto dígase de Cruxent, 1966.

Santa Marta.

Los primeros españoles que arribaron a la costa de Saturma o Santa Marta, hablan de los caminos “anchos y derechos” que había. Algunos caminos enlosados que se hallaron, tenían más de 20 leguas, o sea, aproximadamente 100 kilómetros. Cerca de Maconchita (Guachaca) había escaleras de más de 900 escalones. Para las regiones abruptas, estas calzadas adquirían la forma escalonada (CASTELLANOS, 1955, II, 286; SIMÓN, 1981-1982, VI, 272, 317). Según un antropólogo que conoce muy bien el área en mención, todavía en la cuenca del río Guachaca se pueden observar restos de tales construcciones líticas (REICHEL-DOLMATOFF, 1951, 78-79), y así se ha comprobado en la llamada “Ciudad Perdida”. Para la región de Bonda se dio ya el dato de las calzadas escaleriformes por donde intentó subir Rodrigo Palomino:

Pero para llegar a sus moradas
habían de subir por escalera
de losas bien compuestas y fijadas,
según que muestra la presente era;
subir no puede quien caballo trajo,
y ansí siempre se quedan en lo bajo.

(CASTELLANOS1955, II, 306).

Antioquia.

No indican las fuentes en qué dirección, a partir del valle de Aburrá, encontró Jorge Robledo en 1541, cuando no pudo seguir hacia Arbi, “muy grandes edificios antiguos destruidos e los caminos de pesa tajada, hechos a mano, más anchos que los del Cuzco, e otros bohíos como a manera de depósitos. Y el Capitán no se atrevió a seguir aquellos caminos porque quien los había fecho debía ser [de?] mucha posibilidad de gente, e ansí se volvió al real (ROBLEDO: CUERVO, 1592, II, 407). Debe recordarse que Robledo estuvo en el Perú, pues era integrante de las huestes de Pedro de Alvarado, y debió de conocer el camino del Inca para tener un punto de referencia. Cieza de León, que también iba en la expedición de Robledo, habla de un “camino antiguo muy grande y otros por donde contratan con las naciones que están al oriente” (CIEZA, 1984, I , 28). Sin embargo, ninguno de estos testigos de vista puntualiza expresamente que fuera una calzada con piso revestido artificialmente con un material sólido (TRIMB0RN, 1949, 184-186). Si no una calzada propiamente dicha, sí debió de ser una vía mayor que los caminos ordinarios, para que fuera destacada en esa forma.

Alto Magdalena.

No se sabe en qué dirección, a partir de Timaná y a ocho jornadas de esa villa, tropezó Juan del Río con “una gran calzada” (GARCÉS G., 1936, 585-586). Su expedición, hecha por orden de Belalcázar, se proponía salir al país de la Canela por ruta distinta de las seguidas a sus tiempos por Gonzalo Díez de Pineda, Gonzalo Pizarro y Hernán Pérez de Quesada.

Ecuador interandino y costero.

Sobre el célebre camino de los incas, el de la sierra o capac-ñan, “bello camino”, se ha producido copiosa literatura. No se ponen de acuerdo los autores sobre dónde empezaba en el norte. Uno dice que en la localidad de Guaca, al sur del actual puente y paso internacional de Rumichaca, pues parece que había dos localidades de este nombre (REGAL, 1936, 96-97, lám. I, fig. 1); otro, que en Tulcánquer o Tulcán (PEÑAHERRERA DE COSTALES, 1964, 278-281); un tercero, que terminaba — viniendo del sur — antes del Carchi (HARDOY, [1967], fig. 61, 107); y un cuarto, aun lo hace llegar hasta Pasto (CARRASCO, 1945, 284).

Cieza, que lo recorrió casi en su integridad, dice que an­tes de llegar a la provincia de Guaca, procediendo desde Ipiales, “se ve el camino de los incas, tan famoso en estas partes como el que hizo Aníbal por los Alpes cuando bajó a la Italia” (CIEZA, 1984, 1, 53). En otro pasaje dice que el camino de Huaina Capac “llegó acerca del río de Angasmayo, al norte” (ibid., 163). Los historiadores discrepan sobre los verdaderos límites del incario por este lado. Si se ha de inter­pretar correctamente a Alcedo, el río Angasmaiu es el que ahora se llama Carchi, nombre que él no registra (ALCEDO, 1967, 1, 73, 231). Coincidiendo con Cieza, al hablar de Guaca, lo coloca al sur de ¡piales y al norte de El Ángel, añadiendo que “se conservan todavía [1786-1789], algunos vestigios de un camino abierto por medio de aquellas montañas por el Inca Huainacapac que conquistó esta provincia y puso en ella los límites de la monarquía por el norte” (ibid., II, 127). Pero cuando habla del Rumichaca, no lo asocia con el Carchi (ibid., III, 322). Casi todos los pueblos del valle interandino estaban sobre este camino incaico durante la dominación hispánica (J. DE LA ESPADA, 1897, III, 56, 158, 205-206); pero los españoles no lo sostuvieron con el cuidado que tenían los indios (ibid., 206; MOLINA [ALMACRI5TA], 1968, 68; VÁZQUEZ DE ESPINOSA, 1948, 543-544).

La ruta seguida es, con ligeras variantes, la que conservan las modernas carreteras del Ecuador interandino: Rumichaca - Tusa o San Gabriel - Río Mira - Laguna Yaguarcocha (Ibarra) - Caranqui - Otavalo - Cochasqui - Guaillabamba - Iñaquito - Quito - Panzaleo - Mulaló - Latacunga - Muliambato - Río de Ambato - Mocha - Río San Juan - Cajabamba - Riobamba - Columbe - Tiocajas - Tiquizambe o Ticsan - Achupallas - Azuay (Paredones) - Hatun Cañar o Ingapirca - Deleg - Tomebamba - Cañarimbaba - Saraguro - Paquisha pa - Las Juntas - Zarza (Loja) - Calvas - Ayavaca - Huamani - Chulucanas - Cajas y Huancabamba (REGAL, op. ci t ., 74-97; POMA DE AYALA, 1944, 355-356). No se harán descripciones de este camino, porque el tema ya ha sido tratado detalladamente por varios autores (ESTETE, 1928? 215, 245-246; MOLINA [ALMAGRISTA], 1968, 62, 68; GUTIERREZ DE SANTA CLARA, 1963, III, 248-250; ENRÍQUEZ DE GUZMÁN, 1960, 147; ERDMAN, 1963; BAUDIN, 1962, 129-134; CA RRASCO, 1945; COBO, 1892, III, 260-265; BICAL, op. cit.; CIEZA, 1880, 51; —, 1967, 45-48; OVIEDO Y VALDÉS, 1959, V, 40-41, 44, 70, 87-88, 102; JUAN y ULLOA, 1983, II, 287; VON HAGEN, 1955, 1976; SALOMON, 1986, 151-152, 190).

Las investigaciones, así históricas como logísticas, de los caminos incaicos, son bastante parcas en lo que concierne a los caminos laterales o de interconexión, mucho más en la porción norte que abarca toda la República del Ecuador. Esto es tanto más digno de atención, cuanto que los últimos tres soberanos incas pasaron largos períodos en ese sector del Tahuantinsuyo (Huayna Cápac vivió en Quito cerca de un tercio de siglo [PEÑAHERRERA et al, 1964, 37; 209; 281]), y bajo su personal impulso o se mejoraron las rutas preincaicas o  se hicieron variantes de ellas, y aun debieron de construirse algunas nuevas (HYSLOP, 1984, 274).

Procediendo en ese caso de sur a norte, parece que hubo un camino lateral de Colampo y Cajas, cerca de Loja, a la costa de Piura, empalmando con el camino costero en Serr6n (VON HAGEN, 1976, 27; —, 1955, 277, 284), y otro que del mismo Cajas salía hacia el oriente, a Malacatos y Chinchipe en la cuenca del Marañón (ibd., 1976, 32). Debió de haber otro de Tomebamba (Cuenca) a Molleturo y la costa, ya abandonado en tiempos de Cieza (1548); quizá no pasaba de la sierra y el resto del viaje se haría por vía fluvial, para salir por Chimbo a Puná (HYSLOP, op. cit., 35). Hasta habría existido una ruta de Tomebamba al Jubones, la de Mullupungo (“puerta del mullu”), por donde debió de traerse de la costa este molusco (Spondylus), usado como adorno (ibid., 36). Se ha sugerido la existencia de un ramal de Tomebamba a las minas de Zaruma (VON HAGEN, 1976, 29).

A pesar de lo que se ha llamado Paso de Huayna Cápac en el río Guayas (VON HAGEN, 1976, 27), cuya exacta localizaciónn no se da en ningún documento, lo cierto parece ser que los peruanos no avanzaron al norte de dicho río, y que la costa propia de Guayas, Manabí y Esmeraldas nunca cayó bajo el control incaico (HYSL0P, op. cit., 31, 35), pese a las referencias no comprobadas sobre el presunto castigo infligido a los huancavilcas. La vieja rivalidad histórica Quito-Guayaquil no es casual. Como el camino de la costa llegaba sólo a Túmbez, y no continuaba al norte, queda fuera del área de esta investigación. En la isla de Puná perduran relictos de tumbas con lajas y caminos empedrados (JUAN Y ULLOA, 1983, II, 287; SHÁ VELZON, 1981, 78; LEÓN BORJA, 1964, 414).

Recapitulación sobre vías terrestres prehispánicas.

Por los relatos de la conquista y por los relictos que quedan en algunas partes y que no han sido objeto de estadios arqueológicos que podrían aportar comprobaciones tecnológicas, se sabe que los indígenas tenían sistemas de caminos en todas direcciones, lo que indica dominio del espacio (F0URQUIN, 1981, 45-47). Éstos fueron heredados por los españoles. En algunos casos se aprovecharon las trochas para establecer rutas con las especificaciones nuevas; en otros, fueron desechadas y perdidas.

REGRESAR AL ÍNDICE

SEGUIR AL SIGUIENTE CAPITULO