HISTORIA DE LA CULTURA MATERIAL
EN LA AMERICA EQUINOCCIAL TOMO III   
VÍAS, TRANSPORTES, COMUNICACIONES
VICTOR MANUEL PATIÑO
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      (CONTINUACIÓN CAPÍTULO 25)

 

período. Servicio oficial-republicano.

Durante el período republicano se produjeron medidas reglamentarias importantes.

La Administración del general Francisco de Paula Santander reorganizó la Oficina General de Correos de la capital, las Administraciones principales, aumentó el número de estafetas en las poblaciones e incorporó la renta del ramo a la Hacienda Pública Nacional. Se crearon tres Distritos Principales de Correos, con sendos Administradores, que debían residir en Bogotá, en Caracas y en Quito. En Bogotá fue Administrador general D. Manuel Calderón. Otra ley promovió la ilustración de los pueblos y declaró libres las estafetas de Correos para los periódicos nacionales y extranjeros, cualquiera que fuera su número. Los folletos tendrían franquicia si su peso no pasaba de cuatro onzas. La Administración del General Tomás Cipriano de Mosquera arregló ventajosamente el ramo de Correos en el año de 1846 (ORTIZ MORALES, 1948, 26; RESTREPO EUSE, 1903, 166).

En 1843, cuando era secretario de Hacienda, Rufino Cuervo reorganizó el ramo de correos (ARBOLEDA, 1919, II, 126-217). En 1848, el servicio de correos se distinguía por su eficiencia y honradez (RESTREPO, J. M., 1952, I, 374). En 1847 se rebajaron las tarifas, y en 1850 y 1853 se dictaron disposiciones reglamentarias (ibid., 1963, II, 32, 165, 207, 249).

Mejoras sucesivas se le han hecho en varios períodos al servicio de correos, que en 1948 contaba con 1.218 oficinas (ORTIZ MORALES, 1948, 27).

Convenios postales.

Digno de consignarse es que la Unión Postal de las Américas y España nació como consecuencia de una reunión ocurrida en Bogotá en 1838, durante la cual se formó la Unión Postal de la Gran Colombia (CARRERA STAMPA, 1970, 89).

En 1916 se conformó la Unión Postal Panamericana (ibid., 190). Un convenio postal entre España, los Estados Unidos y las veintiuna naciones hispanoamericanas, se firmó en Madrid el 13 de noviembre de 1920 (CALVO HERNÁNDEZ, [1922], 9-13). Comenzó a regir en Colombia desde el 15 de mayo de 1922 (ibid., 45-46), pero el servicio había empezado a prestarse el 1 de julio de 1916, con cambio directo entre las oficinas de Buenaventura y Barranquilla en Colombia, y Barcelona (Madrid a Zaragoza y Alicante) en España (ibid., 105-114). En Venezuela, el intercambio de paquetes postales comenzó el 20 de febrero de 1916 (ibid., 99-104). Con el Ecuador empezó el intercambio desde España, el 20 de enero de 1917 (ibid., 104-105).  

El 31 de diciembre de 1917, Rufino Gutiérrez, refiriéndose al servicio de correos entre Mariquita y Manizales, hace la siguiente observación:

Los sacos en que vienen del extranjero la correspondencia y las encomiendas postales hay obligación de devolverlos a las oficinas de origen, y si no se devuelven, se los cargan a Colombia a precios muy altos. En eso hay gran descuido, y por ello por todas partes no ve uno que los arrieros usen más ruana y delantal, ni ciertos viajeros mas zamarros, ni en casas de campo más sillas plegadizas, ni compradores de mercado más sacos, etc., que los del genero de aquellos sacos de correos, que son de excelente calidad (GUTIÉRREZ, 1921, II, 18).

Por ley 31 de 1923 se creó en Colombia el Ministerio de Correos y Telégrafos (ORTIZ MORALES, 1948, 27; Comm. Pol., 1977, 23); pero el servicio ya se había nacionalizado en 1913. En 1953, el Ministerio de Correos se convirtió en Ministerio de Comunicaciones (ibid., 24). La Administración Postal Nacional (ADPOSTAL) fue establecida en 1963, y en 1975 tenía 1343 oficinas (ibid., 27).

Estampillas.

El primer sello del visionario Rowland Hill, circuló en Inglaterra el 10 de enero de 1840 (RANDELL, [1940], 28-30). Las primeras estampillas circularon en España el l de enero de 1850 (VAN DAM, 1972, 39-53; ARGELICH, 1968, 25). En Colombia, las primeras estampillas se imprimieron en 1859 (ARBOLEDA, 1935, V, 547; RODRÍGUEZ LAMUS, 1983).

Por decreto-ley del 28 de junio de 1858, se adoptó en Venezuela el sello de correo, merced a esfuerzos del administrador general, el general José Ignacio Paz Castillo (VÉLEZ­SALAS, 1949, 67-70). El 11 de junio de 1880 se establecieron en Caracas el correo urbano y las tarjetas postales, y se ordeno grabar en las estampillas de correos el busto del Libertador (ibid., 164).

El correísta.

La persona encargada de llevar mensajes gozó siempre de aprecio. Los troteros, monteros o sayones eran personas de la confianza de los príncipes. Cuando comunicaban una buena noticia, se les pagaban albricias. De este aprecio da testimonio el siguiente fragmento de una carta que el 31 de octubre de 1576 fue dirigida al rey por don Martín Enríquez, virrey entonces de la Nueva España:

Ya escreví a V. M. que, pareciendo que convenía, nombre quién sirviese aquí el oficio de correo mayor, y aunque es cosa de poco momento, porque todo lo más es ir y venir a la Vera Cruz y otros viajes que se ofrecen algunas veces, todavía se tiene por buen nombre ese título; y en esta tierra echan tanto mano destas cosas que, aunque son en el aire, sólo el nombre es ayuda para casarse, y así he nombrado a Diego Daza, criado mío (Cartas de Indias, 1974, I, 333).

En 1785, el conde Floridablanca creó el “Montepío de viudas y huérfanos de empleados de correos”, con retiros y pensiones; se jubilaban a los quince años de servicio (BOSE, 1951, 19). Los privilegios se acabaron con la restauración de Fernando VII.

Como figura en la sociedad humana, el mensajero siempre ha despertado simpatía. Esto se halla reflejado en la mitología — Hermes o Mercurio, mensajero de los dioses del Olimpo — y en la literatura — Miguel Strogoff, correo del zar —, para no citar sino dos casos. Claro que ellos eran heraldos de un personaje poderoso y no servidores públicos.

La honradez de los estafetas fue proverbial en las posesiones españolas, y no perdió ese carácter durante gran parte de la época republicana (COCHRANE, 1971, II, 47). En 1824 se distinguían por una banda roja. Todavía a mediados del siglo XIX, el viajero norteamericano Holton comparaba el sistema de correos de Colombia con el de su país, y ponía aquél como modelo de eficiencia y de corrección (HOLTON, 1857,259, 260-261). En esto concuerdan otros extranjeros (GOSSELMAN, 1981, 148-149; SAFFRAY, 1948, 211; MOLLIEN, 1944, 201; COCHRANE, 1971, II, 46-47). Carteros y chaskís eran muy estimados en Ibagué (HOLTON, 1857, 330) y dondequiera (CORDOVEZ MOURE, 1978, 151). Este buen servicio del correo se prestaba a pesar de los malos caminos (SAMPER, 1925, II, 159). En la Exposición Nacional de 1871, Juan N. Restrepo exhibió un cuadro con las diez banderas con que se avisaba en Bogotá la llegada o salida de los correos (MEDINA, 1978, 233).

No obstante el aprecio general, se conocen varios casos de asaltos y agresiones a correístas. En 1834, un correo fue asaltado entre Arjona y Mahates (RESTREPO, J. M., 1952, I 64-65), y en 1844, otro en Facatativá (ibid., vol. cit., 374-375). En este mismo año se presentó un segundo robo al correo, en Serrezuela (ibid., 1963, II, 84).

El mensaje.

Las cartas fueron introducidas por los españoles. En tiempos de la conquista, y aun después hasta finales del siglo XVII, no se usaban sobres. La hoja de papel iba plegada, y los extremos, sujetos con lacre o algún pegante (ARGELICH, 1968, 24). En el norte de Europa, las cartas se cerraban inicialmente con cera, y desde 1625, con laca (ZUMTHOR, s. f., 323).

En América, por las demoras en la navegación y por otras causas, hubo períodos en que el papel escaseaba y tenía que ser sustituido por otros materiales. En 1535-1536, el cabildo de Quito hace constar la escasez de papel para las actas capitulares (JIJÓN Y CAAMAÑO, 1936, I, 285). En 1799 había penuria de papel en la Nueva Granada, y el virrey lo pide a las colonias extranjeras (OTS CAPDEQUÍ, 1946, Bog., 351-352).

Las pieles de animales aun sin curtir, se utilizaron en algunos casos, como cuando Lázaro Fonte, extrañado en Pasca, le envió a Quesada aviso de la aproximación de Féderman. Más frecuente fue aprovechar materia vegetal. Varias plantas americanas fueron usadas tanto para papel como para pegante, puesto que no siempre se disponía de objetos de la Península. Del área circuncaribe se menciona el cupey o copey, cuyas hojas servían en un principio a los soldados para hacer naipes (CASAS, 1909, 36; COBO, 1891, II, 118). Hojas de cactus y de plátano servían también para escribir, aunque se prefería la del uvero Coccoloba (ibid., 40). Para pegar fue inigualado el biyuyo Cordia lutea, hasta cuando fue sustituido por gomas vegetales importadas; pero en Méjico hubo pegantes utilizados en la fabricación de papel prehispánico (MARTÍNEZ CORTES, 1974; CHRISTENSEN y MARTÍ, 1972). La historia (lel papel como manufactura debe ir en la obra dedicada a tecnología.

En el área altoandina se echó mano de la hoja de pita o Aga v e, como en Huánuco (SERRA, 1956, II, 425) y en Loja (JARAMILLO ALVARADO, 1955, 237). En climas calientes, lo preferido fue la hoja verde de plátano, sobre la cual aun personajes importantes aprendieron a escribir (URIBE ÁNGEL, 1936, 27). En este material, el cura de Yurimaguas en el Perú, Silverio Mor, enseñaba las letras a sus alumnos (SPRUCE, 1908, II, 15), así como en el Valle del Cauca, aunque aquí también se aprendía a escribir sobre tablas enarenadas (RIVERA Y GARRIDO, 1968, 64, 65). Los indios hallaron misteriosas y peligrosas las cartas, cuando les tocaba llevarlas (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, III, 323, 325, 328).

Muchos mensajes no llegaron a sus destinatarios, por varias causas. Una de ellas, la imprecisión y multiplicidad de los nombres de lugares. Otra, la mala dirección, como aquella de que da cuenta un historiador: “A mi hijo Pedro en las Indias” (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, IV, 300).

Inviolabilidad de la correspondencia.

Mucho antes de que se estableciera el servicio regular de correos, en repetidas ocasiones los monarcas españoles habían implantado la política de la inviolabilidad de la correspondencia, y de ello hay testimonio en las Leyes de Indias. Baste revisar el índice: “La correspondencia con las Indias sea libre y sin impedimentos” (ley 6, tít. 16, lib. 3, fol. 76). “Ningún eclesiástico ni secular abra ni detenga las cartas ni despachos del Rey, ni de particulares” (ley 7, tít. 16, lib. 3, fol. 76). “Para averiguación de este delito de abrir las cartas, pliegos y despachos, baste la de los casos ocultos y de difícil probanza y se preceda [?] en vista secreta, con otras prevenciones” (ley 8, tít. 16, lib. 3, fol. 77). (Recopilación, 1973, IV, 178). Hay también varias cédulas, como una dirigida en 1592 al marqués de Cañete, virrey del Perú (TORRES DE MENDOZA, 1872, XVIII, 262-263).

Pero es vieja maña en América la retención abusiva o la violación de la correspondencia. Quizá el primer antecedente, con resultados fatales, lo sentó Pedrarias Dávila, quien retuvo la cédula real por la que a Vasco Núñez de Balboa se le confería el título de Adelantado del Mar del Sur — y con esto forjó la muerte de su adversario —, y en cuantos casos sospechara que se pudieran conocer sus manejos (SACO, 1932, I, 207-208, 234). Rodrigo de Contreras, yerno de Pedrarias y gobernador de Nicaragua, retenía las cédulas de otorgamiento de indios, para controlar a los favorecidos en el reparto (VEGA BOLAÑOS, 1955, VII, 354).

Del mismo expediente se valió Francisco Pizarro durante las primeras exploraciones en busca del Perú, en la costa colombiana. El episodio dio pretexto a una de las primeras expresiones literarias de los españoles en América. Estando Pizarro en la isla del Gallo, la mayoría de los españoles que con él andaban querían irse de vuelta a Panamá, y como el jefe no lo permitía, se dieron traza para enviar esta copla anónima al gobernador del Istmo, Pedro de los Ríos:

Ah, señor gobernador:
miradlo bien por entero
allá va el recogedor [el veedor Carabayuelo]
y acá queda el carnicero [Pizarro].

(CIEZA, 1984, I, 241).

En 1824, el congreso de la Nueva Granada declaró la inviolabilidad de la correspondencia (RESTREPO, J. M., 1945, VI, 285).

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