HISTORIA DE LA CULTURA MATERIAL
EN LA AMERICA EQUINOCCIAL TOMO III   
VÍAS, TRANSPORTES, COMUNICACIONES
VICTOR MANUEL PATIÑO
© Derechos Reservados de Autor

     (CONTINUACIÓN CAPÍTULO 24)

 

B)          SEÑALES DETECTADAS POR EL OIDO

g)          Tambores.

El sistema de aviso más avanzado lo habían desarrollado las tribus selváticas del Amazonas y del Orinoco. Debió transcurrir mucho tiempo para diseñarlo y perfeccionarlo.

El gran etnógrafo sueco Erland Nordenskiold sugiere que el germen pudo ser el sonido que producen los árboles corpulentos o las canoas cuando son golpeados. Los árboles fueron usados, en algunos casos, para producir avisos; son los más indicados, los que están dotados de raíces tabulares que suenan mucho al golpearlas (NORDENSKIOLD, 1930, 8: 44-48; URIBE PIEDRAHITA, 1979, 112; CAMPOS ROZO, 1987, 171). Se les atribuye origen suramericano (KRICKEBERG, 1946, 364). De un instrumento semejante a una canoa con la cavidad muy estrecha, se fue pasando al tambor de señales mas elaborado, que en los altos afluentes del Amazonas se llama manguaré. La técnica para fabricarlo revela la paciencia y recursividad del indígena ecuatorial, porque con los instrumentos a su disposición — no había herramientas metálicas — era muy difícil producir una caja de resonancia que pudiera ser oída a varios kilómetros de distancia.

El manguaré se puede oír en un radio de veinte millas, y en cadena con otros, mucho más lejos (HOWARD, 1967, 69-83; IZIKOWITZ, 1934, 10-23). Los jíbaros lo llaman tundúli (VILLAVICENCIO, 1858, 375; ORDÓÑEZ DE CEBALLOS, 1947, 258; KARSTEN, 1935, 108, 110, 112, 264). Tiene connotaciones mágico-religiosas; los huitotos los consideran como asiento de las almas de sus antecesores. Esta asimilación se traduce también en el hecho de que haya tambores “machos” y “hembras” (DWORAKOWSKA, 1938, 18-21).

En otros lugares del área ecuatorial se usaron tambores con parches de pieles humanas, por la creencia de que el espíritu del muerto queda aprisionado allí (ibid., 24). En el Perú los llamaban runatinya (= tambor hecho con piel de gente), “y con propia mano tocaba la barriga” el inca vencedor (POMA DE AYALA, 1944, foja 334; 187-188, 314; CA­BELLO VALBOA, 1951, 336, 382-383; PORRA BARRENECHEA, 1967, 90-91 y notas).

El carácter mágico del manguaré se pone de manifiesto en los cantares y danzas de tribus amazónicas, como los mutui y witoto, cuando se fabrica uno nuevo (ABADÍA, 1977, 122, 138-140).

Se presentarán unas citas, las más antiguas conocidas, sobre este tipo de tambor de señales, correspondientes a distintos sitios del área mencionada al principio del literal. Hatum-taqui “gran tambor de guerra, cerca a Otavalo” (VELASCO, 1946, I, 269; HARO ALVEAR, 1973, 69).

El 1 de enero de 1542 y al día siguiente, los expedicionarios de Orellana, Amazonas abajo, que venían hambreados, oyeron tambores que les permitieron deducir la presencia de gente, con que se alegraron. No se da descripción alguna del tambor, pese a que la gente permaneció varios días en el poblado sacando la “tripa de mal año” (CARVAJAL: REYES, 1942, 8-11).

Los quijos, después de su rebelión a fines del siglo XVI, pidieron, entre sus reivindicaciones para dar la paz, que no se les prohibieran los tambores (ORDÓÑEZ DE CEBALLOS, 1947, 258; OBEREM, vol. cit., 78).

Entre los ucayali o cocama, los misioneros jesuítas (1661) dan cuenta de tambores ahuecados con fuego, en baterías de cuatro a seis, de mayor a menor, que retumbaban mucho (FIGUEROA, 1904, 101; JOUANEN, 1941, I, 380). También algunos tocaban bobona o tambor (FIGUEROA, op. cit., 126). Asimismo los cambebas u omaguas (HERIARTE [1662], 1874, 56). Lo mismo se dice de los anianas o yacunás del Caquetá o Yapurá arriba (SAMPAIO, 1825, 78). El jesuíta padre Fritz constató el uso del manguaré en la boca del Yapurá o Caquetá y en el Napo (FRITZ, 1967, 74, 109; —,  J. DE LA ESPADA, 1889, 610, 611). En el Putumayo los conoció otro misionero y los describe (SERRA, 1956, I, 172). Todavía estaban en uso a principios de este siglo (ROCHA, J., 1905, 115-116).

En la parte baja del Amazonas hay una referencia del siglo XVII sobre el río Urubú (BETENDORFF [1699], 1910, 494-495). Autores de los siglos XIX y XX se han referido detalladamente a la manera de fabricar los tambores de señales y sus distintas modalidades en el alto Amazonas (VILLAVICENCIO, 1858, 375; KARSTEN, 1935, 108-112, 264; VON HASSEL, 1905, 57 ; IZAGUIRRE, 1927, 27-28, 33; YÉPES CH., 1983-1984; PAWLIK, 1950-1951; HERRERA ÁNGEL, 1976, 262).

Asimismo en la cuenca del Orinoco, un tambor de señales se utilizó por varias tribus. Los giraras o jiraharas eran unos (RIVERO, 1956, 118); otros en el medio Orinoco (GUMILLA, 1955, 296-298 y fig.), aunque cayó en desuso con el menoscabo de las tribus (GILII, 1965, II, 228, 229), pero sí continuaron empleándolo los caverres (ibid., II, 286, 316-317). Los guaipunabis del Atabapo-Orinoco los tenían todavía en la segunda mitad del siglo XVIII (ALTOLAGUIRRE, 1908, 278).

En el oriente de Venezuela, especialmente en la cuenca del Unare, las tribus flanqueaban con ídolos de madera uno como tambor llamado empoica, cuyo sonido se oía a tres o cuatro leguas con viento favorable (RUÍZ BLANCO, 1892, 65-66). Otras referencias de los siglos XIX y XX sobre los tambores gigantes de señales y un mapa de distribución, se deben a autores suecos (NORDENSKIOLD, 1930, 8: 44-48 y mapa; IZIKOWITZ, 1934, 17-23). En la porción oriental de Panamá se usaban unos tambores grandes para ceremonias de ejecución de reos (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, III, 327; R0M0LI, 1987, 179; WAFER, 1967, 20).

El teponaztle de los aztecas estaba difundido en el área circuncaribe, pero no servía para señales sino para actos religiosos o como caja de guerra (CASTAÑEDA Y MENDOZA, 1933a, 1933b; ROMERO QUIRÓS, 1958, 46; HOWARD, 1967, 58-64).

h)           Trompetas, cuernos, caracoles, ocarinas, guaruros.

Todos ellos tienen en común que son aerófonos. Las trompetas de caña o tabocao de los omaguas son una muestra (HERIARTE, op. cit., 56). Esta bobona o babonaera una trompeta de una vara de largo y aun más, con boquilla para soplar; se usaba para llamar o avisar llegada en el Putumayo (SERRA, 1956, I,171). En el alto Ucayali, algunas tribus tenían bobonas de cráneos de jesuítas muertos durante levantamientos (J. DE LA ESPADA, 1889, 645). Los misioneros jesuítas entre los gayes, a falta de campanas, convocaban a sus neófitos a la doctrina mediante toques de bobona (JOUA­NEN, 1941, I, 466). Los botutos o trompas largas del Orinoco eran parecidas (GILII, 1965, II, 228, 237, 238; MICHELENA, 1867, 343; GÓMEZ PICÓN, 1978, 88).

El guaruro es caracol marino usado por los cumanagotos (CIVRIEUX: COPPENS, 1980, 227) y por otras tribus venezolanas, que lo hacían, por lo general, del Triton variegatus de 162 mms. de largo, arreglado debidamente (MARCANO, 1971, 114).

Los caribes de Cayena daban orden de marcha en las expediciones de navegación, mediante un gran caracol, llamado  vignot, que sonaba tanto como un cuerno de caza de Francia (BIET, op. cit., 56). Bordones con sonajeras eran distintivos de los pregoneros indígenas en Nicaragua (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, IV, 365).

i)           Animales centinelas.

Los indios tenían perros y aves caseras para dar la alarma cuando se aproximaban enemigos y para producir otras señales. Entre los nativos, el llamado pájaro trompetero Psophia crepitans es uno de los más conspicuos como anunciante

(WALLACE, 1939, 207, 605-606; SPRUCE, 1908, I, 340-341; II, 468). El campanero Chasmarhynchos carunculatus servía para los mismos fines (SCHOMBURGK, 1922, I, 268-269; URIARTE, 1952, I, 167). Este papel de centinela lo han desempeñado también los psitácidos, como loras y guacamayos (GADE 1985, 323; SIMÓN, 1981-1982, VI, 312).

A esto atribuyen algunos autores la rapidez con que los indígenas adoptaron el gallo, no para comer, sino por el canto (NORDENSKIOLD 1922, 5:1-46; 1930, 8: 91; PATIÑO, 1970-1971, V, 40-41). Algunos amazónicos criaban gallinas “y aun hay quienes mas gustan de una docena de gallos, sin gallinas, por su canto” (MAGNIN, 1940, 180). Pero andando el tiempo, esta alerta resultó peligrosa para varias tribus. Así, a mediados del siglo XIX, los záparos que vivían al pie del volcán Zumaco en el oriente ecuatoriano, tenían gallos mudos, punzándoles la laringe para que no cantaran, evitando así ser descubiertos por sus enemigos (BARREIRO, 1928, 368).

C)          SEÑALES DETECTADAS POR EL OLFATO.

El olfato es sentido menos refinado y agudo en el hombre que en los animales (KENNET, 1975, 186-187). La coloración oscura de las fosas nasales en éstos, tiene correlación con la agudeza olfatoria (WALLACE, 1878, 265).

Los pueblos primitivos tienen los sentidos más desarrollados que el hombre “civilizado”, quizá con la excepción del gusto. Por lo menos en cuanto a la vista y al oído, los testimonios de la época de la conquista son contestes.

Se registra en los anales el caso de un indio que rastreaba como perro, por el olor (MERCADO, 1957, II, 316, 317). Las tribus del Orinoco eran sensibles al olor de los negros (GILII, 1965, II, 50-51). Pero una cosa es estar en contacto más o  menos próximo, y otra a distancias medianas o mayores. Sobre esto de los olores corporales, se volverá con detalles en la parte pertinente del volumen VII de esta serie, dedicado a la vida erótica.

II. COMUNICACIÓN DIRECTA

No se trata aquí de la cotidiana entre los miembros de cualquier comunidad, ya fueran casas aisladas o concentraciones de ellas, para los efectos de la vida social. Aunque algunos grupos no acostumbraban la visita (los idibaes de la costa del Pacífico nunca entraban a las casas ajenas), otros practicaban la hospitalidad, como ocurría entre las tribus de Guayana y el oriente de Venezuela, que tenían casas aparte para huéspedes (CIVRIEUX: COPPENS, 1980, 140).

La comunicación directa fuera del área geográfica involucrada en esta investigación, se practicó mediante individuos especializados, casi siempre adiestrados ex profeso, y que probablemente conocían otras lenguas además de la materna. Se pueden considerar dos categorías: los mensajeros propiamente dichos y los comerciantes.

j)           Mensajeros .

Especializados y entrenados los hubo en los dos grandes imperios americanos, el azteca y el incaico. En ambos, la característica común consiste en que servían propósitos políticos o militares, es decir, estatales, y no prestaban servicio a los particulares. Esto no es prueba de que no hubiera mensajeros en otras partes (véase numeral 3).

1.           Paynanis mejicanos.

El término paynani significa “el que corre velozmente”. Eran adiestrados en escuelas especiales llamadas telpucalli y recibían preparación física como atletas. En los caminos había sitios determinados o estaciones de relevo, llamadas techialoyen “lugar donde se aguarda”. Eran tan veloces los paynanis, que en Tenochtitlán se recibían el mismo día mensajes y pinturas jeroglíficas de 200 o 300 kilómetros de distancia. Moctecuhzoma II aun hacía traer al día pescado fresco y frutas tropicales de las provincias del golfo, cuyo punto más cercano está a 380 kilómetros. Así se supo la llegada de Cortés a la costa del golfo (SANDOVAL, 1955, I, 169). Una vez caído Méjico en poder de los españoles, Cortés mantuvo el servicio por algún tiempo (ALCLZAR, 1920, 23-25; CARRERA STAMPA, 1970, 13-16). En sólo un día llevaron de Cempoala a Méjico la noticia del desbarato de Pánfilo de Narváez, y en cuatro días, la noticia del naufragio del licenciado Suazo (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, V, 338). Los indios correos fueron utilizados durante la dominación española en Guatemala (FUENTES Y GUZMÁN, 1969, I, 380; 1972, II, 272).

2.           Chasquis peruanos.

Esta organización, establecida en tiempos de Inca Yupanqui (CIEZA, 1880, 80), la hallaron los españoles en el incario, utilizando la magnífica red de caminos que interconectaban, de norte a sur y viceversa, las provincias de Tahuantinsuyo. Los topos, o señales itinerarias, estaban situados a distancia de legua y media de Castilla (CIEZA, 1967, 70-72). Como Huayna Cápac residió largo tiempo en Quito, donde murió, es seguro que el área de este estudio estuvo bien servida de chasquis, por lo menos hasta Tusa, Guaca y Rumichaca, durante los 30 o 40 años que duró allí la dominación incaica (1493-1527) (VON HAGEN, 1976, 21). La voz quechua chaski querría decir “el que recibe”, porque tomaba y recibía el mensaje del otro (MONTESINOS, 1930, 37-38 y nota).

Como entre los aztecas, el servicio estaba organizado de manera que los mensajes llegaban con gran rapidez a su destino, o aun cosas de mar como pescado, en este caso, desde el establecimiento costero de Chala (VON HAGEN, 1976, 59-61 fig. 57-58, 149-150, 155). Se alcanzaban a recorrer unos 240 kilómetros diarios (BAUDIN, 1962, 289-290).

Los chasquis se remudaban cada quince días (VON HAGEN, 1976, 58). Lucían en la cabeza una pluma de quitasol blanca, para que los divisase de lejos el relevo; traían la trompeta o pututu de caracol, convertido en guayllaquípa o corneta grande de caracol; por armas llevaban macana y honda. “Este chasquero se pagaba del Inga y comía del depósito del Inga” (POMA DE AYALA, 1944, 350-351, 822-824).

A ellos se refieren varios autores (ACOSTA, 1954, 197; GUTIÉRREZ DE SANTA CLARA, 1963, II, 250; CABELLO VALBOA, 1951, 424-425; CARRASCO, 1945, 292; POLO DE ONDEGARDO, 1916, I, 103-105; MOLINA ALMAGRISTA, 1968, 74; MURRA, 1983, 159-160; HYSLOP, 1984, 14, 304-309, 337; SALOMON, 1986, 152). El chasqui o mensajero fue también institución incaica adoptada por los españoles. Este aspecto se estudiará en el capítulo sobre correos.

3.   Otros.

Entre los chibchas existía el mensajero, llamado queme o guane (grafía ambigua) (RODRÍGUEZ FREILE, 1984, 22, nota 24). Bastón salvoconducto era, en otra época, insignia de los chocoes para viajar a largas distancias (TORRES DE ARAUZ, [1966?], 137-138).

Pero también se usaban mensajeros entre tribus comarcanas (TRIMBORN, 1949, 330-331). Son numerosos los casos, durante la conquista y después, en que los españoles utilizaron mensajeros indios para incitar a caciques renuentes a que hicieran las paces, y para otras comunicaciones.

4.   Intérpretes y ladinos .

El conocimiento de lenguas distintas de la propia es poderoso instrumento de relación entre los pueblos. Los indios bilingües a quienes los españoles llamaron ladinos, desempeñaron un importantísimo papel durante la conquista. Quizá esto no fue sino continuación de un sistema ya establecido entre los pueblos indígenas.

Conocidos son los casos de la Malinche de Cortés (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, IV, 9); de la india Isabel de Julián Gutiérrez, a quien le fue disputada por Pedro de Heredia; el Felipillo de Almagro, y tantos otros. Las mujeres chibchas (SERRANO Y SANZ, 1916, 119) y guanes, con pasmosa rapidez establecieron comunicación con los españoles; las primeras, mediante las indias traídas de Santa Marta por Quesada (SIMÓN, 1981- 1982, III, 208), y guanes y chipataes, por su propia iniciativa (ibid., IV, 22, 23). Así las damas (en el sentido de Quevedo) enviadas cerca de Cartagena a parlamentar con Heredia.

Los panches nombraban a las mujeres como embajado­ras (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, III, 129). Tres indias farautes llevaba Jorge Robledo en su expedición de Anserma y Quimbaya: Bárbola, Antona y Catalina; esta última se la dio al soldado Pedro Cieza, deseoso de enterarse de las costumbres indígenas (CIEZA, 1985,11, 162; JIJÓN Y CAAMAÑO, 1938,11,82).

Algunos de los indios brasiles que subieron por el Amazonas, sirvieron de intérpretes a los expedicionarios de Ursúa­Aguirre (ALMESTO, 1986, 122, 153). Tal valor adquirieron las lenguas o farautes indios para los españoles, que algunos fueron objeto de compraventa, pleitos y reclamaciones a la fuerza. El licenciado Castañeda decía, en 1539, que Jerónimo de Ortal había vendido las naborias lenguas que tenía Diego de Ordaz (VEGA BOLAÑOS, 1955, VI, 35). La corona española autorizó, a veces, la toma forzosa de indios para adiestrarlos en el idioma castellano (SERRANO Y SANZ, 1913, 62, 63, 69-70, 197-198, 409). En el ladino hubo la tendencia a adoptar las costumbres del dominador, y a explotar las ventajas que le daba su habilidad comunicativa; pero también a traicionar a su propia gente (VARGASMACHUCA: CASAS, 1946, 180-181; SALAS, 1960, 18, 41, 73-74).

El nahuatato mejicano Tomás de Rijoles trataba mal a los indios. Podían hacer notables daños si quisieran (HANKE Y RODRIGUEZ, 1976, I, 59-60, 76, 204), como en el caso de Felipillo, a quien en parte se ha atribuido la muerte de Atahualpa por querer apoderarse de una de sus mujeres (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, V, 130, 140-141; CABELLO VALB0A, 1951,467,469).

5-6.     Adalides, guías y baquianos.

Tayacán de los mayas (FUENTES Y GUZMÁN, 1972, III, 130, 213). Se ponen juntos, aunque hay diferencias. El guía simplemente indica una ruta y los pasos o atajos por donde hay que andar, mientras que el baquiano tiene una tarea mas compleja, en que no sólo el camino sino otros aspectos debe conocerlos muy bien. Por ejemplo, saber qué productos naturales se pueden utilizar en un momento de apremio; qué frutas, semillas o tubérculos se pueden comer sin perjuicio; cómo hacer fuego; cómo improvisar un rancho para pasar la noche, y muchos otros imprevistos que se presentan en cada situación.

El indio Pericón guió a la vanguardia de Jiménez de Quesada por el Atolladero de la Sierra del Atún, ruta difícil donde había hasta bohíos para descansar; y otro indio los dirigió a Opón (SIMÓN, 1981-1982, III, 137-138, 142). Alonso Luis de Lugo se proveyó en Santo Domingo, cuando venia para el Nuevo Reino, de “baqueanos rompidos” (ibid., IV, 136). Por no llevarlos, fueron poco logradas las salidas de García de Lerma en Santa Marta (ibid., III, 27-28). Se cuenta el caso de Bartolomé de Ocón, baquiano de Castilla del Oro, que reconoció parajes en la selva después de siete años de ausencia (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, II, 98).

 

1)         Comerciantes.

7.        Pochteca.

Es conocida la institución de los pochteca mejicanos, predominantemente comerciantes, pero espías en segundo término, como lo es, aun sin proponérselo, todo el que visita países extraños. Su alcance se extendía hasta los límites septentrionales del área de este estudio. En efecto, existían relaciones regulares con Nicaragua, y más laxas hasta Costa Rica y aun en los límites actuales de Costa Rica y Panamá (LOTHROP, 1937, I, 20, 71; 1950, 87).

No hay constancia de una organización semejante entre los peruanos, aunque sí había — por lo menos en la costa —individuos especializados en el comercio, que no eran agricultores ni artesanos (ROSTWOROWSKI: BENSON, 1977, 167-188).

El intercambio de productos (la parte comercial que no es el tema de este volumen), presupone una comunicación con otras gentes y la versatilidad para acomodarse a ambientes distintos. Por consiguiente, el comerciante es, aun sin proponérselo, un comunicador.

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