HISTORIA DE LA CULTURA MATERIAL
EN LA AMERICA EQUINOCCIAL TOMO III   
VÍAS, TRANSPORTES, COMUNICACIONES
VICTOR MANUEL PATIÑO
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(CONTINUACIÓN CAPITULO 13)

 

Cordillera Central.

El páramo de Guanacas cobré pesado tributo al transporte en recuas, así como lo había tomado de los cargueros. Ya se dijo que este camino se abrió hacia 1627, y probablemente se conservé en servicio con más regularidad que el del Quindío, por ser vital para el comercio del Nuevo Reino con las provincias de los Andes ecuatoriales. Por esa misma época del primer cuarto del siglo XVI;, se sacaban mulas desde Timaná para el Perú (SIMÓN, 1953, VI, 45). El misionero Juan de Santa Gertrudis, que pasó por allí en 1756, dice que se encontraba el esqueleto de una mula cada diez pasos, y cuenta las penalidades que se soportaban en el viaje (SERRA, 1956, I, 123; SANTIESTEBAN: ARELLANO MORENO, 1970, 85); datos que están confirmados, para fines de las guerras de Independencia, por otros viajeros (BOUSSINGAULT, 1903, IV, 42; HAMILTON , 1955, II, 14; CORDOVEZ MOURE, 1978, 247).

Camino del Quindío.

Humboldt lo pasó a pie en octubre de 1801, seguido de doce bueyes que llevaban sus colecciones e instrumentos (HUMBOLT, 1816-1824, 1, 71.84).

Hamilton cuenta las dificultades que tuvo en Cartago con los muleros que hacían el recorrido hasta Ibagué en 1824, y luego resalta la habilidad de las mulas en la ruta (HAMILTON, 1955,11, 107, 109). En trechos muy angostos, los jinetes tenían que alzar los pies sobre la cabeza del animal (COCHRANE, 1971, I, 359-376). A veces, las acémilas se perdían o despeñaban, por lo cual existían de trecho en trecho sitios despejados, llamados “contaderos”, donde se verificaba el número (ibid., 369). Boussingault pasó el Quindío en mula, en 1830; se encontró con una división del ejército que venía del Perú (BOUSSINGAULT, 1903, IV, 159, 160; ARBOLEDA, 1918, I, 251 [1834]; —, 1919, II 1841 [96]; 1842 [98]; 1845 [226-227]; 1854 [176]; —, 1930, III [1850], 68 [1851, 165).

Caldas-Antioquia.

En tiempos del oidor Mon y Velarde, entre Arma y Medellín se viajaba con bastante dificultad a lomo de bestia. Las mulas para los transportes locales en Antioquia, venían de la fosa del Cauca (ROBLEDO, E., 1954, II, 310-311).

A fines de 1917 viajó entre Mariquita y Manizales el geógrafo Rufino Gutiérrez, hijo del poeta Gutiérrez González. Aunque ya funcionaba el cable aéreo en parte del trayecto, todavía se utilizaban recuas. Arriba de Frutillo, lugar hasta donde llegaba el cable, dice el viajero:

Dormí en una casucha llamada El Portón, tal vez porque es como la puerta del frío páramo. Al día siguiente pasé este, donde se carece de casi todo recurso y se ven a cada paso osamentas de animales de carga que constantemente mueren allí, la mayor parte bueyes, de frío casi todos, pues cada mes están moviéndose millares de animales cargados de café y pieles para la exportación y con mercancías de importación (GUTIERREZ, 1921, II, 17-18).

La ruta de Nare a Rionegro y Marinilla fue una de las malas para tránsito con animales, por la humedad y el barro. Todavía en 1801 se usaban cargueros, si es cierta la anécdota de que había un viajero tan pesado, que solo existían dos cargueros que eran capaces de transportarlo entre Antioquia y Nare. Si el carguero se hubiese muerto mientras el comerciante andaba en Honda, a éste le habría sido imposible regresar a su casa, por no quedar quién pudiera con él (HUMBOLDT, 1816-1824, I, 78-79).

Viajeros que pasaron por allí se han quejado de las incomodidades resultantes del carguío de mulas en un camino que era más indicado para el transporte con bueyes, que se usaban simultáneamente (SAFFRAY, 1948, 77-78, 80, 84, 124; SCHENCK, 1953, 20-25, 34). Para un estudio de conjunto de la arriería en Antioquia, véase TISNÉS et al., 1980, 89-105.

Magdalena.

El misionero Santa Gertrudis entró mulas por San Agustín a Isnos, para salir a Santa Rosa del Caquetá (SERRA, 1956, I, 272). Fue muy precario el transporte desde Timaná hasta el Caguán (FRIEDE, 1953, 283). Por la margen izquierda del Magdalena se viajaba entre Honda, terminal de la navegación del Magdalena, por los llanos para salir, ya sea a Ibagué los que querían continuar a Cartago, o bien a Espinal los que iban a Chaparral o a Natagaima, y de allí a La Plata para salir a Popayán por Guanacas. El misionero Santa Gertrudis, que hizo este último viaje en el tercer cuarto del siglo XVIII, suministra curiosos datos sobre las artimañas de que se valían los recueros para iniciar tarde el viaje y terminarlo temprano (SERRA, 1956, I, 89, 91). A fines de la guerra de Independencia, el coronel Hamilton, procedente de Bogotá, hizo la ruta de Flandes a Neiva, por donde venían recuas con cacao. El camino no era tal, sino una serie de senderos discontinuos para los cuales se necesitaba baquiano (HAMILTON, 1955, I, 153).

La ruta de arrias más importante sobre la margen derecha del Magdalena fue la que, partiendo del otro lado de Honda (Galeote), conducía a Bogotá. Era proverbial la habilidad de las mulas en el trayecto de Honda a Guaduas (HA MILTON, 1955, I, 74). En los días subsiguientes a los de mercado en Bogotá, se encontraban partidas de 300 y 400 animales que regresaban de la sabana a Guaduas, hacia 1824 (ibid., 81).

El camino de Honda, aunque el más importante, afrontó la competencia de otros situados al norte, especialmente el del Carare. Los vecinos de Vélez lo usufructuaron por algún tiempo con recuas, hasta que no pudieron sostener la competencia del de Mariquita. Pero corno la navegación con indios hasta Honda contribuyera al acabamiento de éstos, en tiempos del presidente González, los vecinos de Vélez obtuvieron la apertura de un nuevo camino, que en vez de salir siete leguas arriba de la confluencia del Carare en el Magdalena como el primero, salía a la misma boca:

  y de presente [1601] cursan cuatrocientas
mulas aquella vía necesaria, y siempre las irán multiplicando
con el demás avío que conviene
para restauración de su colonia.
(CASTELLANOS 1955, IV, 434436).

Cordillera Oriental.

En 1583 había recuas desde Tunja hasta Mariquita, que abastecían las minas con carne, queso y granos (GUILLÉN CHAPARRO: RGNG, 320). Estas recuas pasaban primero por Bogotá, pues entre Tunja y Bogotá el tráfico parece que era muy intenso con recuas, desde los primeros tiempos (LÓPEZ DE VELASCO, 1894, 368). Según la relación de Tunja de 1610, había en dicha ciudad 20 recuas de mulas y algunas de caballos: “Tiénenlas algunos encomenderos y otros vecinos por granjería; andan con ellas indios, pero no sin algún español por la poca confianza y mal recaudo y mucha flema de los indios” (T. DE MENDOZA, 1868, IX, 422-425; RGNG, 356). También en Villa de Leiva había arrieros de mulas en el primer cuarto del siglo XVII (SIMÓN , 1953, IV, 252).

En la segunda mitad del siglo XVIII se habla de 13.000 mulas de recuas en el Nuevo Reino de Granada (SERRA, 1956, I, 256). Asimismo, del Río de Oro a Pamplona se andaba en recuas (LÓPEZ DE VELASCO, 1894, 370).

Venezuela.

A principios del tercer cuarto del siglo XVI, se utilizaban recuas en Barquisimeto, para el transporte hacia la costa de Coro y a Lagunillas (ARELLANO MORENO, 1950, 119). El camino Gibraltar-Mérida-Barinas, a mediados del siglo XVI estaba jalonado de esqueletos (“cadáveres” dice la fuente) de cabalgaduras, y se caracterizaba por “penalidades de páramos, peligros de caminos, riesgos de empinadas crestas, asiduos precipicios y despeñaderos, ruinas a que amenazan sus precipitados ríos y quebradas, enfados de pantanos, rigurosos volcanes, muertes de cabalgaduras despeñadas, pérdidas de haciendas y vidas    (CARVAJAL, J., 1956, 65, 68, 69).

En las minas de San Sebastián de los Reyes hubo también actividad de arrias de mulas para el transporte, y se llevaban a vender al reino (de Granada) (ARELLANO MORENO, 1950, 192). Recueros indios conducían las arrias hasta Coro y Maracaibo, y algunos encomenderos ni la comida les daban, con muertes resultantes (PARERA, 1964, I, 36). Al terminar la guerra de Independencia, el viaje de La Guaira a Caracas se hacía en mula (COCHRANE op. cit., 1, 12-13).

Almocrebes, arrieros, recueros, muleros, boyeros.

Algo se dijo sobre los recueros y boyeros en otras obras del autor de la presente (PATIÑO, 1970-1971, V, 194-195; —, 1965-1966, 426-428, 508-509). Sobre la vida del recuero en el istmo de Panamá, ha dejado observaciones interesantes un viajero de fines del siglo XVI, cuando ya eran negros los que desempeñaban ese oficio:

Los arrieros que guían las bestias son todos esclavos negros que, desnudos y siempre metidos en el fango hasta medio muslo, van detrás de ellas fustigándolas, y es propio de ellos, siendo éste un esfuerzo y trabajo penoso que no podría ser nunca tolerado por hombres blancos, ni hacerlo, en el modo en que lo hacen ellos, a pie; en el cual no duran tampoco ellos mucho tiempo, pues pronto mueren baldados miserablemente y llenos de llagas, que en aquel clima por un mínimo arañazo se hacen incurables a causa del calor y la humedad excesivos del país (CARLETTI, 1983, 38-39).

Tanto los negros como las mulas se alimentaban de maíz traído de la Villa de los Santos (CUERVO, 1892, II, 134). Según las ordenanzas del oidor Alonso Vázquez de Cisneros de 1620, a los arrieros indios en los términos de Mérida, Gibraltar y Barinas se les debía dar — fuera de la paga de 20 pesos de plata cada año — dos sombreros, seis pares de alpargates; de comer, pan y carne cumplidamente, y curarlos, añadiendo las bulas de la Santa Cruzada (GUTIERREZ DE ARCE, op. cit., 1177-1178 [129-130]).

A los cabreros, yegüerizos, gañanes, tejeros, acarreadores de piedra y arrieros, se les debía pagar, en jurisdicción de Popayán en 1668, veinte patacones de ocho reales al año, y dar de comer “lo que buenamente hubiesen menester”; no deberían trabajar cada día más de ocho horas; y era obligación remudarlos cada año (OLANO, 1910, Doc. 26-27). Pero el indio no podía montar en bestia; si no era cacique, debía contentarse con llevarla del diestro, so pena de cien azotes a voz de pregonero (MATIENZO, 1910, 43).

No han tenido buena fama las personas dedicadas a la arriería. Para un autor del siglo XVI, los recueros eran la hez de la gente (VILLALÓN, 1942, 72). Acemilero era palabra injuriosa en Cubagua en 1519 (OTTE, 1977, 186). Más o menos ése era el concepto de Cervantes. Temerarios, desesperados y blasfemos los llama otro (CALANCHA, 1639, 882). Justificada esa fama o no, ellos prestaron grandes servicios a la comunidad. Aun algunos personajes importantes de la historia americana fueron arrieros o recueros. Entre ellos se citan a Guadalupe Victoria y José María Morelos en Méjico (CARRERA STAMPA, 1970, 204; CARUSO , 1967, 86), aunque haya quien lo ponga en duda sobre el último, pero sí incluya a Mariano Escobedo y Pascual Orozco (Ruiz MEZA, 1946, 11). Algo debe de haber en ello cuando el satélite que acaba de poner Méjico en órbita mediante el Discoverer, mientras esto se escribe (junio de 1985), se llama Morelos 1. La familia del que después fue el célebre botánico José María Mociño, tenía en el nativo pueblo de Temascaltepec recua de mulas, y él mismo escribió, en 1791, un trabajo donde recomendaba la introducción de camellos, para mejorar el transporte (LOZOYA, 1984, 39, 100-102). La ‘monja-alférez’ tuvo recua de Veracruz a Méjico (CAPPA, 1890, V, 437).

Personas eminentes de Antioquia fueron recueros o arrieros, ellos o sus parientes (TISNÉS et al., 1980, 96-98). Sobre las triquiñuelas para aumentar el precio del servicio; salir y terminar el viaje, no al amaño o necesidad del viajero, sino de acuerdo con los cálculos o ventajas del recuero; su incumplimiento y embriaguez habitual, hablan varios autores.  

La vida de los arrieros
es cargar y descargar,
y en llegando a la posada,
comer hasta reventar.
(RESTREP0, A. J., 1930, 174).

Con relación al atuendo de los recueros, la organización de la recua y los arreos que llevaban los animales, sus jornadas y modo de actuar, han dejado documentación importante quienes se han ocupado de la arriería como actividad (RUIZ MEZA, op. cit., 15-22; GOULART, 1961, 63-72, 97-100, 119-124, 133-146; SANTA, 1961, 121-123). Un viajero francés de mediados del siglo XIX describe el atuendo y las costumbres del muletero en el camino de Nare a Medellín (SAPPRAY, 1983, 66). Poco diferente es esta descripción de un costumbrista:

Sombrero de paja de iraca; cuello bajo, amplia camisa a manera de chambra, y por encima de ella una anguarina o delantal de lienzo que llegaba hasta las rodillas; pantalones de manta azul, ruaneja pequeña y burda colgada al hombro; machete a la cintura, y, por sobre todo, y más llamativo que lo demás, el guarniel pendiente del hombro izquierdo por la reata bordada en alto relieve con lana de colores y que les cruzaba el sesgo en pecho a manera de regia condecoración (VELÁSQUEZ: LUQUE MUÑOZ, 1976, 520-521).

En 1824, los muleros del camino La Guaira-Caracas usaban pantalones azules, calzaban botas largas y espuelas con rodajas enormes; se tocaban con sombreros alones, y sus mantillas, capotes o manas — parecidos a los de los militares —los envolvían por completo. Cargaban pistolas enfundadas y espadas al cinto, como lo exigía el desorden del país, consecuencia de la reciente guerra (COCLIRANE, [1825], 1971,1,12-13). Ya en 1887 — antes no — se ponían herraduras a bestias de carga en el camino de Honda; esto, acompañado de pesos excesivos (CAMACHO ROLDÁN, 1973, 1, 42-43). No puede decirse que la escasez e inoperancia de los vehículos de medas en el área equinoccial (véase capítulo XIV), se debió exclusivamente a la oposición de los dueños de recuas o a los muleros y boyeros, porque las causas son mucho mas complejas, como se habrá visto a lo largo de esta investigación. Pero, cuando llegó la hora de introducir con probalidades de éxito coches y diligencias, sí hubo la oposición similar a las huelgas y a los “paros cívicos” de la actualidad, cuando se trata de hacer reformas a una costumbre o situación arraigadas.

Las actividades gremiales o asimiladas a tales, se oponen a cuanto tienda — real o supuestamente — a modificar una situación de hecho, justa o injusta. Ya se vio que los cargueros se opusieron a la introducción de recuas. Así lo hicieron los recueros ante la de vehículos. 

Algo sobre las acémilas. No se les daba, al parecer, mejor trato que a los indios cargueros. Como los comerciantes y recueros de Panamá ponían a las mulas más carga de la permitida, en varias ocasiones se dictaron cédulas para remediarlo (T. DE MENDOZA, 1872, XVII, 224-228, 267-269). El conde de Lemos, virrey del Perú (1667-1672), decía en un documento de 1669, a propósito de los indios mitayos indígenas de las minas: “La ley de partida manda que en los ejercicios no cansen las bestias con las cargas porque mueren muchas o se dañan, que es cosa que se torna en gran menoscabo de la hueste. Cuanto más se debe atender que los indios son racionales (HANKE el al, 1979, IV, 283). En los atolladeros del camino de Chimbo a Guayaquil, morían muchas mulas (VÁZQUEZ DE ESPINOSA, op. cit., 346). Lo mismo ocurría en el camino entre Mérida y Barinas (CARVAJAL, J., 1956, 65, 69). Varias veces se mencionaron las osamentas de animales de carga que jalonaban el camino de Guanacas.

Este exceso en el trato a los animales no era privativo de América. Más bien es una herencia peninsular. En 1496, época de los Reyes Católicos, murieron por sobrecarga hasta diez acémilas en un solo viaje que hizo la princesa, reina de Portugal, de Lisboa a Zaragoza (DE LA TORRE, 1954, 402-404).

La América equinoccial no disfrutó, en la época prehispánica, de ninguno de los animales de carga y tracción que había en el hemisferio norte: el perro y el reno, y en el hemisferio sur: la llama, aunque ésta sí se conoció hasta el Ecuador. Cuando los españoles introdujeron équidos y bueyes, también trajeron los aparejos tradicionales con que se arreaban las bestias para colocar o asegurar la carga: albardas o enjalmas, angarillas y sus accesorios. El partido de Puerto Viejo en la costa ecuatoriana, en 1774 se especializaba en la producción de albardas, de las cuales los indios fabricaban entre 400 y 500 al año:

Ordinariamente son grandes, de tres cuartas de largo y algo más de una tercia de ancho; compónese de dos lomillos de paja sumamente duros cubiertos de piel de venado curtida; los extremos están un poco más altos que el medio de los lomillos, de conformidad que queda toda la albarda hecha un arco, la cual sujetan a la bestia, sin gurupera ni pretal, con una sola cincha de cuero o cerdas, y de la misma penden las aciones. Los estribos son proporcionados a lo basto e incómodo de estos aderezos: los hacen de palo cerrados por la parte anterior y de tanto peso, porque los cubren con chapas de metal, que parece quiso su inventor buscar medios para hacer penar a su posteridad, o que estaba reñido con estos moradores (LAVIANA CUETOS, 1984, 80).

El caserío de Ayma en la Guayana venezolana era centro de manufactura de enjalmas durante la guerra de Independencia, para el transporte de cazabe y maíz destinados al ejército libertador. Se hacían de cuero crudo y de una especie de caña, utilizando sólo cuchillo (PRINCEP , 1975, 44).  

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