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Capítulo VII
PLANTA, SILUETA, ESTILO, FUNCIONES.
TIPOLOGÍA
Aunque no se puede tomar esto como regla invariable, parece que la vivienda más primitiva se puede considerar el simple reparo provisional de una sola agua, con techo o cubierta orientada hacia el viento dominante o hacia el occidente para evitar el sol de la tarde.
Para una vivienda más estable, los tipos de plantas usadas por los pueblos primitivos en todas las latitudes, son la circular, la elíptica y la rectangular. En la primera no existe el caballete, y por lo mismo el conjunto no puede ser de grandes dimensiones. Este esquema parece haber sido ideado independientemente en el Viejo y en el Nuevo Mundo, pues no son diferentes las plantas utilizadas por los primitivos habitantes ibéricos, antes de las invasiones (GARCÍA Y BELLIDO et al, 1968, 7, 15-22, 23; BALIL, 1972, I, 6).
El tipo de planta oblonga redondeada en los ángulos, perduraba todavía a fines de la época colonial entre los indios del pueblo misional de Guasipati en la Guayana venezolana (PRINCEP, 1975, 41).
Debe ser antigua en América y desde luego dependiendo de la organización político-social, en señoríos bárbaros o cacicazgos o en monarquías, la divisi6n entre casas de particulares y la de los shamanes, mojanes o brujos, así como las de los jefes de horda, tribu o comunidad (véase capítulo VIII).
Esta última en una primera etapa quizá hizo las veces de estructura comunal o colectiva para actos ceremoniales, rituales o cívicos, antes de la especialización en verdaderos templos o casas comunitarias. Así ocurría por lo menos en las Antillas, donde el buhío o caney circular constituía la vivienda popular, mientras que la de dos aguas (en el dibujo del mismo autor aparecen cuatro aguas) en las principales hacen unos portales que sirven de zaguán o recibimiento, caracterizaban a los régulos o caciques (OVIEDO Y VÁLDES, 1959, I, 143-144). Aunque el gran antropólogo Erland Nordenskiold y sus discípulos sostienen que la planta circular era lo predominante en América precolombina, y la planta rectangular fue copiada a los españoles o adoptada por influencia de éstos (N0DENSKIOLD, 1924, 3: 23-28; LINNÉ, 1929, 134, 138; LOVÚN, 1935, 339-344; 347-348), no cabe duda de que ambos tipos, el circular y el cuadrado o rectangular, se encontraron en varias partes del área ecuatorial a la llegada de los españoles, y las piezas arqueológicas excavadas así lo confirman. Un proceso similar de planta preincaica circular en el Perú, suplantada por la planta cuadrada mediante imposición de los soberanos cuzqueños, se ha sugerido (GASPARINI and MARGOLIES, 1980, 138-139).
Sin embargo, comunidades nómadas o seminómadas, como los yaruros, tienen viviendas temporales y otras más o menos permanentes. Las primeras son cónicas de planta circular y piso cóncavo: las segundas son de planta rectangular y techo de dos aguas. Hay también una planta semielíptica; otra planta oval con techo a dos aguas modificado, y lo que es más importante cada tipo tiene una denominación distinta (SANOJA OBEDIENTE, 1961). Esto supone una gran variedad en los diseños arquitectónicos para diversos usos.
Las casas de doble techo y silueta bicónica son características de la costa ecuatoriana cerca a la línea equinoccial (grabado Schávelzon).
Las casas privadas, colectivas, ceremoniales, comunitarias y otras, se describen con más detalles en los acápites correspondientes.
VIVIENDA ESTACIONARIA.
Casas colectivas
y casas individuales.
Ambas formas existían en América antes de la conquista. Las colectivas perduran aun en la actualidad en ciertas comunidades, sobre todo selváticas.
a) Cuando en 1566 Francisco de Marmolejo entró a la provincia costarricense de Los Votos, vio casas de 200 x 40 pies (FERNÁNDEZ, 1883, III, 37). En una expedición de catequesis hecha por los franciscanos a Talamanca en 1692, hallaron que de las tribus del sector, sus moradas son unos ranchos que llaman palenques, constando cada uno de trescientos, poco más o menos, de número de personas, en que se congregan todos los de la familia de aquel linaje, sin permitir se mezcle uno con otro (...) Los palenques los forman en la eminencia de los montes, que son casi inaccesibles, y distan a diez y doce leguas unos de otros (FERNÁNDEZ, 1907, IX, 23).
En la costa suramericana del Pacífico, algunas de las barbacoas o casas sobre pilotes que se describirán adelante, eran colectivas. Los idibaes de Las Anegadas (costa norte del Chocó) vivían en 1636 de a veinte y treinta juntos en casas pajizas (CÓRDOVA SALINAS, 1957, 247), y no entraban los de una a las casas de los otros (Ibíd., 248).
Más al sur, en la ¿poca de las primeras expediciones de Francisco Pizarro, se hallaron casas donde cabían de sesenta a setenta personas (CIEZA, 1960, II, 164). Exagera Andagoya, aunque como Adelantado de la región, debió tener informaciones fidedignas: habla de casas grandes para cien familias o sea unas 500 personas, en el río San Juan (¿Patía?) (ANDAGOYA: CUERVO, 1892, II, 120). Otra fuente contemporánea dice que eran de veinte a treinta moradores (CIEZA, 1984, I, 103, 43).
Los timotes tenían viviendas comunales y quizá para una familia extendida (SANOJA y VARGAS, 1974, 188).
En la casa del cacique Guaramental del oriente venezolano, cupieron todos los españoles expedicionarios, varios centenares, tal era su magnitud (AGUADO, 1918, I, 644).
Los guayupes de los Llanos Orientales, tenían grandes construcciones donde confinaban a sus sacerdotisas o recogidas (AGUADO, 1956, I, 595).
Los maynas del siglo XVII vivían en galpones grandes en que se agrupaban varias parentelas; tenían techo de palma y eran muy curiosas (J. DE LA ESPADA, 1897, IV, CXLV). Los ipapizas o colorados del río Pastaza procedían de igual manera (MARONI, 1889, 288). En el río Yarí durante la ¿poca de la evangelizaci6n franciscana (siglo XVIII) se vio una casa tan grande que cabía 401 almas; en otras se abrigaban 36 (ZAWADZKY, 1947, 134). En 1773 los churíes hacían casas enormes (Ibíd., 197-198). Estas son las churuatas guayanesas (VILA, 1971, 123).
Todavía a principios de este siglo, los huitotos del Putumayo usaban grandes casas colectivas (HARDENBURG, 1913? 156; 285), y más recientemente los tukano (RODRÍGUEZ LAMUS, s.f.).
b) En cuanto a las casas individuales, siendo un tema con más informaci6n disponible, se tratará en los capítulos X y XL.
Divisiones internas en función de la organización familiar.
Parece haber predominado el esquema de un solo cuerpo interno sin divisiones. Cuando más, estas estaban marcadas por simples postes para colgar las hamacas (RGNG, 323). (Véase Cali en el capítulo X).
Pero en algunas partes sí se hacían divisiones, sobre cuya destinación y disposición no se conocen datos circuntanciados.
Los cumagotos de Venezuela, en lo interior [de sus casas esféricas con tres naves] usan de particiones, en que se alberga cada familia, y ordinariamente son todos parientes los que habitan una casa (RUIZ BLANCO, 1965, 37).
De Cartagena hacia el interior, las viviendas tenían muchos compartimientos (CASAS, 1909,143). La casa del cacique Abibaibe en el Atrato, que como se verá estaba sobre árboles, tenía aposentos de madera (CASAS, 1951, II, 579).
En Arma los apartamientos dentro de la casa estaban entoldados con esteras (CIEZA, 1947, II, 370), o sea que había subdivisiones.
Hallazgos arqueológicos en Manabí han mostrado casas de varias habitaciones o compartimientos (LEÓN BORJA, 1964, 415).
En el área amazónica las divisiones dentro de la casa comunal se hacen con varios materiales y alojan cada una, una familia biológica. Fuera de esto, hay casas individuales más pequeñas afuera, para dormir, mientras la casa comunal se ocupa durante el día (SAN ROMÉN: AP, 38, 40).
ASPECTO EXTERNO Y ORNAMENTACIÓN.
Los palafitos de Maracaibo no sólo tenían buena apariencia vistos de afuera, sino que internamente estaban adornados con esteras (CASTELLANOS, 1955, II, 261-263).
Asimismo las casas en el valle de Lili o Pete, aun siendo de paja, estaban adornadas con primores, que no detalla el informante Florencio Serrano (CASTELLANOS, 1955, III, 355).
Los cercados del cacique Bogotá y otros de la región cundiboyacense, no sólo tenían la paja del techo muy bien dispuesta, sino que albergaban adornos en forma de estatuas o pinturas (varios autores).
Enlucimiento.
Cuando los soldados de Francisco de Casares, durante la gobernación venezolana de Juan de Pimentel, llegaron en 1581 al pueblo palafítico de los aliles en el lago de Maracaibo, vieron:
gran número de casas blanqueando las paredes guarnidas con esteras, que causaban de lejos bella vista.
(CASTELLANOS, 1955, II, 261).
Los pijaos construían casas altas blanqueadas de greda muy blanca (SIMÓN, 1981-82, VI, 393).
En bajando que bajaban los hombres de Francisco de Orellana por la porción inferior del Amazonas en junio de 1542, observaron en la margen izquierda que los indígenas estaban blanqueando las casas (CARVAJAL, 1942, 47). Lo mismo ocurrió dos días después abajo del pueblo que llamaron de La Calle (Ibíd., 48, 51). En el Amazonas se llama tabatinga (y este es el nombre de la población brasileña más cercana a Leticia en el trapecio), a una arcilla blanca que se usó para enjalbegar. La palabra procede del tupí tobatinga = toba, barro y tinga, blanco (Grande Enciclop. Port., XXX, 1945, 477). A esta arcilla se le agregaba el látex de la sorveira (Couma spp.) como fijador, en Nogueira, lago de Tefé, en el siglo XVIII (RIBEIR0 DE SAMPAIO, 1825, 35). La costumbre indígena la adoptaron los misioneros jesuítas de los altos afluentes del mismo Amazonas, como en las misiones de los pebas (URIARTE, 1952, I, 295; II, 56, 140; VEICL, 1788-1789, 47-48).
Un autor generaliza que los aborígenes americanos conocían el uso de la cera raspada del tronco de las palmas para lustrar la madera y hablando concretamente de los músicas aventura esto para la palma de cera Ceroxylon (EIDT, 1975, 17). No hay ninguna referencia documental que lo compruebe. La escasez de las palmas de cera en el territorio del Zipa se ha tratado en otros lugares (PATIÑO, 1974, VI, 39-40;,1975.1976, 189-191).
Puertas.
El acceso a la vivienda era entre los indígenas diferente de las puertas convencionales introducidas por los españoles.
Muchas viviendas en climas calientes eran abiertas, sin paredes.
En Santo Domingo había que encorvarse para entrar por las puertas, tan pequeñas eran: las cerraban con cañas y palos atravesados, porque no había propiamente naves de puerta sino el vano, pues nadie se atrevía a entrar en casa ajena (COLÓN, H., 1947, 157, 158). Era grave delito entre los mayas hacer mal en casas ajenas, por no tener puertas, con excepción de una portecilla atrás para el servicio necesario (LANDA, 1938, 104), aunque puertas y ventanas se ven en las reproducciones de monumentos y viviendas procedentes de esa área, algunas presentadas en esta obra.
En Tenerife del Magdalena: La puerta es muy pequeña, que ha menester abajarse el indio y aun ladearse para poder entrar (RGNG, 158). Según esto no había ventanas.
En la Palma de los Colimas había sólo dos portezuelas en los extremos de las viviendas (RGNG, 252-253).
No dicen cómo eran las de los alcázares de Bogotá los testigos presénciales (FRIEDE, 1960, NR, 235). Allí no se conocían hierro ni cerraduras (LÓPEZ MEDEL, 1982, 319). Al parecer, puertas y ventanas eran pequeñas (PIEDRAHITA, 1942, I, 4748).
En Tunja el Zaque tenía puertas que consistían en 8 o 10 cañas atadas con un cordel, y esto sólo les aseguraba tanto sus casas como si tuvieran mil llaves. Antonio de Olalla corto las cuerdas para franquear la entrada (SIMÓN, 1981-1982, III, 249-250).
Se dice que los pijaos tenían varias puertas en sus casas para facilitar la huída en caso de ataque (LUCENA SALMORAL, 1965. I, 109 citando a SIMÓN).
Ya se mencionó el hecho de que las casas colectivas del Valle del Cauca tenían tres puertas, como acá las iglesias (ROMO, 323). Debió ser que la central era más grande.
En la provincia de Palenque del Magdalena Medio había cerco y casa con puerta de golpe de unos tablones muy gruesos que se cerraba automáticamente (AGUADO, 1956, I, 516).
Las casas de Guaramental tenían cuatro puertas con guardias que se renovaban día y noche (Ibíd., 1957, III, 487).
En el Atrato en 1770: Del árbol llamado carrá [Huberodendron patinoi Cuatr.], sacan tablones con sola la hacha que sirven para puertas, y una de estas de dos varas de alto y una de ancho valen ocho reales (ORTEGA RICAURTE, 1954, 223).
Los cayapas de Esmeraldas, según una relación de 1597, no tenían puertas en sus casas, por ser desconocido el hurto (RIVERA DORADO, 1978, 553).
Las casas de los quijos del Amazonas ecuatoriano tienen una puerta delantera que usan los hombres adultos, y una trasera para las mujeres y los niños (OBEREM, 1970, I, 125-126).
Una adaptación de costumbres hispánicas de puerta con naves, constituyó el uso de un cuero de res para tapar el buque o vano. Así ocurrió sobre todo en regiones donde el ganado vacuno abundó, como en los llanos y en La Guayana (PRINCEP, 1975, 8), y en las planicies bañadas por el Paraguay y sus tributarios (AZARA, 1969, 285). Esto ha dado origen a un adagio común en Colombia: de los ojos tipo mongólico de una persona cualquiera, se dice que parecen puñaladas en puerta de cuero
Ventanas.
En cuanto a las ventanas, parecen no haber existido (SCHÁVELZ0N 1981, 197), sino cuando más troneras para la defensa donde había estacadas, o un escape para el humo en la culata o la cobija.
En el pueblo del cacique Petecuy del área de Cali había un edificio de paja con ventanas.
El oidor Vázquez de Cisneros dispuso que compulsoriamente los indios de Mérida abrieran ventanas en sus chozas (GUTIÉRREZ DE ARCE, 1946, 1163-1164). Aun en nuestros días, los ranchos en Centroamérica, entendida de Chiapas a Panamá, no suelen tener ventana; el único hueco es la puerta; se quita de ella durante el día la estera o tapadera de hojas, que se coloca al anochecer para evitar los zancudos (VAQUERO, 1946, 5, 12).
Ya se dijo que los indígenas serranos del Ecuador restringen el número de ventanas, por creer que el viento es vehículo de enfermedades (PAREDES BORJA, 1963, I, 4445).
En el Perú coexistieron dos tipos de ventanas, hornacinas y puertas: las trapezoidales, rasgo incaico señorial, y las rectangulares, de la arquitectura popular (ZUIDEMA: HARDOY y SCHAEDEL, 1969, 50). Hubo de todos modos un nombre quechua para ella, ttoco = alazena, la ventana (GONZÁLEZ HOLGUÍN, 1952, 344).
Ante esta situación de puertas muy pequeñas y ventanas casi inexistentes, habría que repensar la afirmación de algunos arquitectos, sobre todo europeos, de que el indígena tenía horror al vacío y por eso repugnaba los espacios interiores, prefiriendo el aire libre, lo que constituiría una diferencia radical con la arquitectura importada (varios). Más bien este mecanismo de aislamiento del ambiente exterior que eran las casas sin aberturas, indicaría una innata propensión a cierta forma de cobijo telúrico explicable en culturas agrarias que viven en contacto permanente con la tierra. Para suposiciones, tanto vale la una como la otra.
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