Historia dela Cultura Material en la América Equinoccial
(Tomo 2)
Vivienda y Menaje
Víctor Manuel Patiño
© Derechos Reservadosde Autor

CAPÍTULO II 

FACTORES CONDICIONANTES DE LA 

LOCALIZACIÓN Y EL DISEÑO DE LA VIVIENDA  

 

 

Como otras cosas, el hombre primitivo compartió con los primates el esquema elemental de puntos fijos, hogares-base y core aurea, lugares especialmente adecuados para parir, criar hijos, dormir o descansar, que evolucionaron hacia campamentos más o menos permanentes y luego se convirtieron en viviendas (SABATER PI, 1985, 11, 14, 19, 86-87; 108).

Entre los humanos los factores que determinan la localización, estructura, diseño y ergología de la vivienda, son tanto de orden físico, como biológico y cultural.

 

a)   Factores de orden físico, geográficos o geógenos. Radiación. Humedad.

Estos comprenden la composición geológica, la fisiografía y la topografía, así como las características climáticas.

Si la región es sísmica, como ocurre en el borde occidental del continente americano, las construcciones deben ser de los materiales y del diseño apropiados para disminuir los efectos de los temblores. En Guatemala, por esta causa las viviendas eran bajas (CORTEZ y LARRAZ, 1958, I, 22). Lo mismo ocurría en Santa Fe de Bogotá (MOLLIEN, 1944, 180, 182) y en Lima (CAPPA, 1895, XIV, 6).

Una interesante observación hecha en Panamá sobre esto durante el siglo XVIII se transcribirá en el capítulo XX: las casas de madera resistieron mejor que las de ladrillo y otros materiales el impacto de los temblores de 1621. Cuando ocurrió en 1746 el terremoto que arruino a Lima y a otras ciudades peruanas, el constructor jesuita Juan de Rher y el alarife mulato Santiago Rosales, diseñaron para la iglesia de San Juan de Dios de Arequipa una nueva media naranja más funcional, para resistir los movimientos sísmicos (BUSCHIAZZO, 1944, 122-123). Con el mismo motivo en Lima el virrey Manzo buscó consejo técnico del científico francés Luis Godin, de la comisión para medir el arco del meridiano, residente entonces en la capital, y de acuerdo con él dispuso que en lo sucesivo la pared de las casas que daba a la calle no debía tener más de 5 varas castellanas; pero los propietarios de casas de altos pidieron que éstas no se derribaran (BAYON, 1974, 112; 193-194).

 Climas fríos y enclaves ventosos imponen la construcción de moradas semienterradas o francamente subterráneas. Algunos ejemplos se conocen de edades prehistóricas (CAMPBELL, 1982, 449). A principios del siglo pasado, en Moldavia los sitios de viviendas se detectaban por el humo (CODAZZI, 1973, 232).

Este tipo de construcción se ha registrado en España, Francia, Italia, Grecia, Túnez, (Matmata), Méjico y China (SACRISTE, 1968, 78, 72, 59). Son conocidas hasta en nuestros días, las cuevas que se hallan en varias partes de Andalucía (LAMPEREZ, 1922, I, 85-87) aunque las motivaciones no sean en este caso por razones climáticas. En las cuevas españolas se mantiene la temperatura casi constante durante el año (GARCÍA MERCADAL, 1981, 16-17).

En los Andes ecuatoriales, la vivienda semienterrada se usó por los timotes de la Sierra de Mérida (SANOJA y VARGAS, 1974, 72); en la Sierra Nevada de Santa Marta, y en el Ecuador andino, donde perdura en la actualidad la construcción prehispánica, o sea casas con el piso a 50 cm. bajo el nivel del suelo y de forma redondeada con paredes oblicuas, para resistir los fuertes vientos (SCHÉVELZON, 1981, 306). Casas semisubterráneas tienen también los juríes de la Argentina, los conoctes del Gran Chaco y los guaynazes del Brasil contra el viento, y en la puna boliviana cerca al Titicaca por el frío (NORDENSKIOLD, 1931, 9: 77-78, 88).

  Si ventea mucho en climas tropicales, se necesita bajar el techo hasta la superficie del suelo o casi, o proteger con paredes los costados de la vivienda, para evitar trastornos en los objetos que están en el interior, o para que no se entorpezcan las labores caseras. De eso son ejemplo las casas indígenas en la provincia panameña de Natá (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, III, 318), y las de la meseta guyanesa de Pirara (IM TH U RN, 1883, 34). En el segundo Tamalameque los vendavales de principios del invierno eran tan violentos, que maltrataban y destechaban las casas (RGNG, 181). Sabido es que la localización de las puertas obedece a la dirección de los vientos dominantes. Las tribus serranas de Nariño, algunas agrupadas en aldeas lineales, tenían las puertas de sus casas orientadas al SW, por causa de los vientos (URIBE M. V.; RCA, XXI, 1977-1978, 165). Los indígenas ecuatorianos de la Sierra casi no usan ventanas para evitar el viento, al cual consideran como vehículo de enfermedades (PAREDES BORJA, 1963, I , 44-45).

Un observador del siglo XVIII en la Cordillera Oriental de Nueva Granada recomendaba que librería, escritorios y dormitorios debían tener puerta al oriente; graneros y bodegas de vino al norte (OVIEDO, 1930, 72). Es más o menos lo que dice Vitruvio en su libro I , Cáp. IV (VITRUVIUS, 1960, 18).

Si las lluvias son excesivas o intensas, el ángulo del techo debe ser más pronunciado que en regiones de menos precipitación. El caso extremo se conoció en Norteamérica, donde la pendiente del techo debe facilitar que se resbale la nieve. Pero en la barraca valenciana el techo no obedece a estas imposiciones climáticas; se trata solamente de dejar espacio para alojar el gusano de seda (Hoyos, 1952, 25).

La humedad atmosférica en ciertas regiones ecuatoriales se elimina del interior mediante una serie de dispositivos que aseguran la circulación del aire (ABADÍA, 1977, 402).

Al contrario, en climas secos, como la costa peruana, los techos pueden ser hasta horizontales, y construidos con materiales muy ligeros, pues prácticamente no se necesita defensa contra la lluvia.

Si el piso es muy húmedo, se requerirá el tablado o plataforma alta, sustentada por lo general sobre pilotes. Esto se detallará en el capítulo IX.

Ni qué decir tiene que el ambiente circundante condicionará la clase de materiales que pueden usarse. En cada lugar la tradición cultural ha ido depurando el conocimiento de las características, ventajas o desventajas de las maderas y otros materiales, para las distintas partes de la casa (véase capítulo XII). Lo mismo se diga de la tierra apta para preparar argamasa, donde existen construcciones de piedras pegadas con barro, como fue el caso en Sur América donde no se usó la cal; o para el revoque de paredes donde predominó la modalidad del bahareque, y desde luego, la tierra adecuada para construcción de adobes.

En cuanto a la localización de la vivienda, desde el punto de vista ecológico, en países montañosos como los del área andina, se prefirió hacerla en sitios altos, despejados y aun abruptos, para asegurar simultáneamente la buena ventilación y las condiciones de salubridad, el drenaje adecuado en climas lluviosos y la protección contra enemigos. Esto se dio en Colombia para los muzos, los gorrones y los panches, como se verá en el capítulo X.

Desde luego, la existencia de agua para las necesidades humanas fue el factor mas importante que predominó sobre los demás. Entre los mayas, la presencia de cenotes y chultunes o pozos subterráneos, condicionaba la creación de pueblos, por escasear el agua superficial (TERMER, 1935, 393). El cenote es un depósito con superficie revestida para almacenar agua al aire libre; el chultun es depósito subterráneo con boca angosta. En Campeche los pozos reciben el nombre de chen (MARQUINA, 1951, 505, 766-767; 506, 721).

b)     Factores de orden biológico.

  La presencia de fieras en los alrededores impondrá la construcción de cercados de palenque sólido, paredes muy bien reforzadas, plataformas elevadas sobre el suelo (FERRÉ, 1890, 156) o sobre árboles (FRANKOWSKI, 1918, 110). Esto se hace con el fin de evitar los leones en Bechuanalandia y Rhodesia del Sur (SICARD, 1955, 65, 66). Para el área de este estudio, los casos se presentan en forma detallada en el capítulo XIV. 

Asimismo, la abundancia de jejenes o mosquitos exige un recubrimiento total de techo y paredes; habrá que disminuir las puertas (casi no hay ventanas en la casa propiamente indígena) al mínimo posible conciliable con el acceso al interior y con la circulación del aire. Varios pueblos han resuelto el problema construyendo plataformas altas, por lo menos para dormir, como los jóvenes solteros Rotuman del Pacifico suroriental (HOCART, 1933, 72), o en los alrededores del alto Amu Darya, en los pantanos del Nilo Blanco o en Australia (FRANK O WSKI, op. cit., 110, 111). Fuera de otros, en América esto se usó por los indígenas de la laguna de Sinamaica en la Guajira.

Podría pensarse que el uso de madera y paja en las construcciones indígenas favoreció la presencia de insectos dañinos, y esto es verdad a partir de la llegada de los europeos, que introdujeron hematófagos trasmisores de enfermedades, como la pulga y el chinche lectulario. Pero en la ¿poca prehispánica este riesgo estaba en cierto modo neutralizado por varios factores: la poca duración de las casas y su renovación frecuente; la presencia de animales que se mantenían amansados en la vivienda, incluyendo en algunos casos culebras boideas y aves insectívoras; el humo permanente bajo la misma estructura donde se comía y dormía, y los hábitos de limpieza del indígena con el baño diario.

c)    Factores de orden cultural.

Los pueblos americanos del intertrópico tenían una definida vocación agrícola. Aunque hubo también concentraciones de viviendas separadas de los cultivos -como ocurrió en el oriente de Venezuela-, lo más general es que la vivienda quedara cerca de la sementera (JUAN y ULLOA, 1983, II, 303). En chibcha la palabra para casa era un elemento de la palabra compuesta güeta = casa sementera (LUGO: URICOECHEA, 1887, 40, 96, 106 y.; BARNEY CABRERA, 1980, 10, 15). Este esquema da como resultado autarquía alimenticia y casas dispersas (PATIÑO, 1965-1966, 50-52; WAPRE, 1967, 89; SERRANO Y SANZ 1908, 116; PINART, 1882, 12). Dicha circunstancia hizo difícil y lenta la reducción de las tribus ecuatoriales (FRIE D E, 1963, Q., 139-141), cosa que no ocurrió donde -como en Méjico y el Perú- había concentraciones urbanas o ceremoniales importantes que, una vez ganadas, permitían el control de la población de grandes extensiones territoriales (AGUIRRE BELTRAN, 1946, 155-156).

De todos modos, en algunas partes hubo en la época prehispánica una urbanización incipiente y asentamientos colectivos en forma de aldeas, como se vera con detalle en el capítulo XV.

También en este aspecto jugó papel importante el sistema de filiación, según que la familia fuera patrilocal o matrilocal. Los muzos, por ejemplo, pertenecían a esta última categoría, y el mozo emancipado se iba a vivir a la región donde moraban los parientes de la mujer. Entre los maquiritare del Territorio Federal Amazonas de Venezuela predomina el arraigo exógeno matrilocal, aunque no muy definido (FUCHS, 1962).

Estos factores de orden cultural variaron con la llegada de los europeos. No hubo modificación en la acción de los factores físicos y biológicos, que siguieron actuando con el inexorable ritmo de los fenómenos naturales. Pero se introdujeron una nueva concepción económica, una diferente filosofía de la vida, una más jerarquizada y especializada organización política, en fin, una nueva religión y un idioma excluyentes, que no daban margen para la supervivencia de religiones e idiomas distintos. En este “destino manifiesto” del amerindio como etnia sometida fue factor importantísimo la influencia del catolicismo, al través de la política de erradicación de valores culturales indígenas, incluyendo el idioma, política delineada en los concilios o sínodos de Bogotá (1556), Popayán (1558), Quito (1570) y Lima (1567-1568).

Esto, como es natural, operó también en la vivienda y en la urbanización. Hasta qué punto la confrontación de estas diferentes modalidades culturales evolucionó al través del tiempo y con qué resultados, se verá en la segunda parte.

*

Los tratadistas clásicos incluyeron la arquitectura entre las bellas artes, quizá pensando en los grandes monumentos antiguos. Superando el criterio que predominó durante cuatro siglos, de que las estructuras arquitectónicas americanas eran obras bárbaras, no queda sino un paso para incluir la vivienda indígena — aun la de las tribus selváticas y quizá por ello con mayor razón — entre las bellas artes. No hay necesidad de invocar los cercados músicas, que despertaron en los rudos soldados españoles y aun en el letrado Quesada un sentimiento de admiración, pese a lo deleznable de los materiales en comparación con los que usaban las civilizaciones del Antiguo Mundo. Porque una maloca huitota o tukana es no menos armónica y bella, puesto que es concreción de un contexto cultural de gran simplicidad y funcionalidad, dentro de una íntima integración con el ambiente.  

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