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CAPÍTULO XIII
CENTROS CEREMONIALES.
ADORATORIOS Y TEMPLOS
La afirmación de cronistas españoles sobre la presunta carencia de lugares de culto, especialmente en sociedades del tipo de las llamadas behetrías, o sea con una forma de gobierno muy laxa y escasa o nulamente jerarquizada, en muchos casos provino de la ignorancia o deficiente información sobre las costumbres, y desprecio por el sistema de vida indígena y de sus creencias, todas cobijadas sin fórmula de juicio bajo la palabra estigmatizante de idolatría.
No sabemos cómo encaraban esas tribus el problema de los fenómenos supernaturales, ni cómo conjuraban las fuerzas naturales o las entelequias que se escondían detrás de ellas; pero la rica y compleja vida espiritual de tribus selváticas como los tukano y los desana (REICHEL-DOLMATOFF, 1977, 251-292, 333-375), demuestra que la carencia visible de lugares especialmente construidos para culto, no necesariamente refleja ausencia de vida espiritual.
El tema de los bosques y árboles sagrados se ha tratado en otras obras (PATIÑO, 1974, VI, 13-26; , 1975-1976, 22-24).
A pesar de los esfuerzos desplegados por los misioneros católicos, perduraron creencias indígenas. Les han quedado tantos rastros de sus idolatrías, que muchos de ellos en cavernas, muchos de ellos en montes altísimos, otros en lagunas que tienen consagradas al demonio de su antigüedad a quien acostumbraban ofrecerle aquello que más amaban o estimaban lo seguían haciendo con el oro, para congoja de los
españoles y de su régimen fiscalista (RGNG, 304). El
d
ato es de 1581 sobre la Gobernación de Popayán.
Es conocido
e
l caso de lugares naturales con características notables, llamados santuarios por los españoles, como asiento de culto religioso.
Con la característica hipocresía usada para asuntos religiosos por los cristianos que vinieron a América, se tratan siempre despreciativamente los lugares sagrados o ceremoniales de los amerindios, para ocultar el interés que a todos los niveles, desde el simple soldado harapiento hasta los oidores y presidentes y no pocos curas y aun obispos, mostraron por las ofrendas de objetos preciosos que los indios solían depositar en aquellos lugares. La relación de Guayaquil dice púdicamente:
Llaman guacas a los lugares de adoración a donde los indios tenían idolillos de oro y plata; búscanse como tesoros; algunos se dice que están denunciados en el distrito, pero no se han sacado (T. DE MENDOZA, 1868, IX, 296). En todo el Ecuador hubo, so pretexto de acabar con la idolatría, asolación de guacas, en realidad para buscar riquezas (GUTIÉRREZ, 1983, 51).
En el robo de santuarios indígenas en el área muisca aparecieron complicados va
ri
os frailes y aun el arzobispo de Santa Fe Luis Zapata de Cárdenas; se le sindicó de haber tomado para sí parte del botín obtenido, según las pruebas documentales levantadas con motivo de las visitas de Monzón y Prieto de Orellana en 1580-1582 (GÁLVEZ PIÑAL, 1974, 6, 8-10, 13-15, 73-74, 121-122). Con los monumentos indígenas y la erradicación de sus ídolos se repitió lo que un español atribuye al cardenal Cisneros con los bellos monumentos mahometanos en España (CORREAL, 1722, I, París, 147).
El santuario se saqueaba y los ídolos se destruían, pero no se intentó entender la motivación subyacente de parte de los indígenas. Este tema quede para otra oportunidad.
Sólo se registraron con algún detalle por los conquistadores aquellas estructuras que en alguna forma se asemejaban a las que ellos dedicaban a fines religiosos. De allí que sea parca la mención de tales lugares en la parte de América que constituye el ámbito de esta investigación, donde escasearon las obras monumentales.
Nicaragua y Costa Rica.
Por influencia mejicana, se hacían sacrificios humanos en unos montículos con gradas a modo de pirámides (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, III, 292-293). En Nicoya y Orosí tenían templos grandes, llamados tepoya en chorotega y archilobo en nicarao, así como otros pequeños para ídolos penates (Ibíd., 300;IV, 364).
Hoya del Magdalena.
En el pueblo de Zomico, cerca de Tamalameque, cuando estuvo allí Alfinger, se halló un bohío grande de cuarenta pies de espacio en cuadro, cerrado de mantas pintadas, con postes terminados con tallas de cabezas humanas en relieve, y adentro un ataúd de algún jefe con cestos de corteza de incienso y otras con objetos de oro de gran valor (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, III, 14).
Los orejones o tomocos del río Cesar tenían una casa ritual a la que llamaban tupe, con un muñeco pendiente de una viga en calidad de ídolo (ROSA, 1945, 269-270).
Sierra Nevada de Santa Marta.
De fines del siglo XVI y principios del
XVII
son las menciones más detalladas, con motivo de las campañas de sometimiento contra los aborígenes. En 1590, durante el período del gobernador Marmolejo, entraron los soldados españoles por el lado de Betoma y Pocigüeica en la provincia del Carbón, entre las actuales poblaciones de Riofrío y Sevilla. Un destacamento llegó al pueblo que llamaron de Valentejos, y en un bohío que nosotros dice el historiador llamamos del diablo y los indios Santa María [se hallaron] tres o cuatro ollas llenas de piedras de ijada, leche, orina, sangre, riñones y otras que le tenían ofrecidas, bien finas, que se repartieron a puñados por todos y tomaron motivo de que no se les quedaran sin desvolver jamás estos caneyes (SIMÓN, 1981-1982, VI, 270-271). Tales piedras tenían alto valor en la farmacopea de la época.
En 1592 prosiguiendo la campaña anterior, tomaron los españoles en Betoma el Valle de la Caldera. Allí había bohíos del diablo de grandes proporciones (de 60-70 pies de a tercia de largo) con patios enlosados de grandísimas y pulidísimas piedras y escaleras de lo mismo para el acceso (Ibíd., 285).
En 1594 durante la gobernación de Francisco Manso, se hizo una entrada al valle de Tairona, donde se llegó al pueblo llamado del Mohán por uno más que centenario de gran ascendiente entre los indígenas o Nueva Roma, por los caneyes o bohíos del diablo donde llegaban muchas romerías. Los caneyes estaban conectados entre sí mediante escaleras de piedra de gran longitud (Ibíd., 296).
Al terminarse la campaña de pacificación en 1599-1600 bajo el gobernador Juan Guiral, en el valle de Tamaca, se conocieron mas en detalle las costumbres de los mohanes, con su austero régimen (ibid., 316-317).
Una visita realizada en 1691 a Atánquez, en el flanco sur de la Sierra Nevada, habitada por indígenas aruacos, reveló la existencia de diez adoratorios; otros más fueron reportados hacia los lados de Riohacha. Infortunadamente, el testimonio no indica como eran los templos, sino los objetos que había dentro de ellos, aunque una lámina aparece coronada por una estructura a modo de propileo (ROMERO, 1955, 79-87). Estos templos eran llamados sansamarias (Ibíd., 82; MIRANDA VÁSQUEZ, 1976, 33), evidentemente una deturpación de Santa María.
La vinculación de los templos con la astronomía y el simbolismo ha sido hecha en forma documental y arqueológica por un antropólogo veterano en relación con los indios Kogi. Son estructuras de planta circular, erigidas sobre postes y cubiertas de paja (REICHEL-DOLMATOFF: RACC, XIX, 1975, 199-245, incl. Fig. y láminas).
Los bondas tenían casa de adivinación y centros ceremoniales según REICHEL (MIRANDA-VÁZQUEZ, 1976, 21).
Mérida.
Algunos bohíos se hallaban en que idolatraban y ofrecían de todo lo que tenían (AGUADO, 1956, II, 201).
Los timotes erigían un caney en el centro de la población para el culto de sus ídolos; estos eran de arcilla cocida, de algodón y de otros materiales (JAHN, 1927, 311).
Área cundiboyacense.
Conocido es el episodio del incendio del templo muisca de Sogamoso, por los soldados españoles Miguel Sánchez y Juan Rodríguez Parra. De noche, después de saquear varias casas comunes, penetraron al más principal adoratorio; depusieron en el piso la lumbre de pajas que llevaban;
y el pavimento del adoratorio cubierto de espartillo blando, seco (según allí se tiene de costumbre, y en las demás provincias de este reino que participan de terrenos fríos),
se fue quemando sin que los intrusos lo advirtieran,
hasta venir a dar en las paredes, que estaban esteradas de carrizos pulidamente puestos y trabados,
alcanzando el techo de paja; el incendio se veía de lejos.
El fuego desta casa fue durable espacio de cinco anos, sin que fuese invierno parte para consumillo, y en ese tiempo nunca faltó humo en el
compás y sitio donde estaba. Tanto grosor tenía la cubierta, gordor y corpulencia de los palos sobre que fue la fábrica compuesta, los cuales se trajeron de los llanos, según dicen los indios más antiguos, con infinito número de gente que de diversas partes ocurrieron a traer de tan lejos la madera que parecía ser incorrupti
ble...
Según testimonio del soldado Juan Vásquez de Loaiza, al enterrar los estantes, se ponía en el hoyo un esclavo vivo,
porque fundados sobre humana sangre no serian sujetos a jactura
(CASTELLANOS, 1955, IV, 239-242).
El cronista Simón pone en duda la afirmación de Castellanos, a quien sigue a menudo casi literalmente, en lo relativo al tiempo que duró el fuego en el templo mencionado, que de cinco años lo reduce a uno solo (SIMÓN, 1981-82, III, 261).
Un adoratorio menos convencional era la laguna de Guatavita (SIMÓN, 1981-82, III, 166, 323-328).
Otro más hecho a la manera de cercados de caciques, se menciona (Ibíd.., III, 369-370). Eran construcciones sencillas sin aparato (Ibíd., 378-379; 386).
Fue también célebre el adoratorio muisca de Furatena en el territorio muzo (RGN
G
, 237; SIMÓN, 1981-82, IV, 423).
Popayán.
Al entrar la vanguardia española de Añasco y Ampudia en 1536 al repecho de Timbío, después de dejar al sur el valle del Patía, hallaron un pueblo grande, con casas de paja,
y entre ellas una casa que tenía cuatrocientos estantes por hilera, tan grueso cada cual, que no podía, por una y otra parte rodeado, ser de dos españoles abrazado. Catorce los horcones, y cualquiera el mayor que producen las florestas; admiración causaba la cumbrera por verse pocas plantas como estas; casa decían ser de borrachera. .
(CASTELLANOS, 1955, III, 353).
Llanos.
Entre los guayupes de la hoya del río Ariari, durante las expediciones de Jorge Spira, cerca de donde posteriormente Juan de Avellaneda fundó la población de San Juan de los Llanos, se halló un bohío de grandes proporciones: tenía de largo 200 pasos y cada frente dos puertas grandes, y según después se supo, era este bohío templo de aquellos bárbaros, donde hacían sus sacrificios al sol, a quien tenían por dios, y en él tenían muchas doncellas recogidas, que eran ofrecidas en sacrificio de sus padres, con las cuales estaba un indio viejo, que era como el sacerdote para aquellos ofrecimientos (...) Venían en este bohío cantidad de todo genero de mantenimientos para el sustento de aquellas encerradas doncellas (AGUADO, 1918,
I
,
181; , 1957, III, 130-131).
Amazonas.
En el Amazonas hallaron los expedicionarios de Francisco de Orellana en el territorio de los Omaguas, en un galpón o casa principal dos ídolos grandes, de estatura de gigantes, tejidos de palma, e tenían orejones como los ingas del Cuzco
o sea guardianes (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, V, 386). Más abajo de Rionegro en un pueblo con plaza, un adoratorio del sol, figurado de relieve, un tablón grande de diez pies de redondo e de una pieza todo (...) el edificio era mucho de ver e indicio de las grandes ciudades que hay en la tierra adentro (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, V, 387-388). También Lope de Aguirre, en Aruaquinas, halló casas de adoratorio para sus ritos y sacrificios (VÁZQUEZ, 1945, 85; CABELLO VALBOA, 1951, 237-238).
Andes equinocciales.
En Caranqui había un templo al sol construido de piedra (CIEZA, 1947, 389):La indagación arqueológica puede decir si era anterior a la conquista incaica, como los demás que se citarán. Estaba chapeado de oro y plata por dentro y por fuera; pero a honor de San Bartolomé fue desollada. presto por la gente de Belalcázar (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, V, 113).
En el trayecto de Quito a Cuenca los templos incaicos del sol reemplazaron a los anteriores: Antiguamente solían tener grandes adoratorios a diversos dioses, según publica la fama de ellos mismos (CIEZA, 1947, 393). Templos del sol hubo en Mulahaló y en Latacunga (Ibíd., loc. cit.).
El de Tomebamha o Cuenca era de piedras sutilmente labradas, traídas desde el Cuzco, según el decir de algunos indios (Ibíd., 297).
En Guancabamba el templo del sol estaba ya arruinado cuando pasó por allí el cronista en 1549 (Ibíd., 411-412).
Costa ecuatorial.
Los aborígenes de la isla La Plata frente a la línea ecuatorial, tuvieron un templo famoso (CIEZA, 1947, 408; COREAL, 1722,
I
, 259; SCHÁVELZON, 1981, 39-40).
En la isla de La Puná los templos estaban en partes ocultas y oscuras, a donde con pinturas horribles tenían las paredes esculpidas (CIEZA, 1947, 408; SCHÁVELZON, 1981, 78; LEÓN BORJA, 1964, 412).
Del llamado período de integración regional (500- 1500 d. C.) en el área de Manta se conocen templos oscuros con paredes pintadas y esculturas interiores; carecían de ventanas; las paredes estaban pintadas o revocadas o tenían decoración de estuco (SCH
Á
VELZON, op. cit., 57).
Jijón halló pirámides de piedra en Manabí (LEÓN BORJA, 1964, 387). La relación de Guayaquil de la primera década del siglo XVII dice: Llaman guacas a los lugares de adoración a donde los indios traían idolillos
..."
(T. DE MENDOZA, 1868, IX, 296).
Perú.
En el idioma runa
-
simi o quechua, guaca era templo de ídolos y el mismo ídolo (DOMINGO DE SANTO TOMÁS, 1951, XXVI). En esta área es donde mejor documentado está el asunto; el tema puede verse (y a ella se remite al lector) en la obra de Arriaga.
Casas del demonio
Bajo este nombre designaban los españoles aquellos sitios o estructuras a que los indígenas atribuían carácter sacro, reverencial o ceremonial, aunque no alcanzaran una configuración arquitectónica monumental. En las preguntas de los cuestionarios para las relaciones geográficas y en muchas instrucciones enviadas por la corte española en demanda de informaciones sobre las costumbres de los pueblos americanos, se pide averiguar qué clase de creencias o ceremonias religiosas o asimiladas a ellas, practicaban los indígenas y los sitios especiales que usaban para ello (RGN
G
, 144).<="font-size:11.0pt;mso-bidi-font-size:12.0pt;mso-ansi-language: ES-MX">
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