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CAPÍTULO XI
CONSTRUCCIONES ACCESORIAS
No dan muchas informaciones las fuentes históricas sobre la existencia regular de construcciones accesorias entré los indígenas, quizá con excepción de las que tenían las casas de algunos caciques, aunque no en todas partes.
El historiador Oviedo, que estuvo varios meses en Nicaragua (1529), tuvo la buena ocurrencia de pintar un plano de las instalaciones del cacique Tezoatega llamado El Viejo, con una vista frontal del conjunto y un croquis de la distribución horizontal. Alrededor de una plazoleta, al costado oriental están las viviendas y dormitorios del cacique, en forma de una sola construcción de dos aguas con puerta al centro, frente a la plazoleta. Al lado opuesto u occidental hay una casa larga similar, donde viven de día las mujeres del cacique y sus servidoras. En el costado sur está un umbráculo o galpón donde se hace el pan para el señor, y más adentro, a lado y lado, dos sepulturas. Al frente, costado norte, hay un cobertizo donde residen los capitanes y principales de la corte. Atrás, al noroeste, quedan el bohío para la gente de servicio y la cocina, y al lado opuesto, nordeste, el buhío para el maíz o granero (OVIEDO Y VALDÉS, lám. XIV). [Fig. 12].
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Fig. 12 Plano y perspectiva de las casas del cacique nicaragüense Tezoatega el Viejo, según un huésped (Oviedo y Valdés, lám. XIV).
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En general, la casa era muy simple, casi sin divisiones, con las excepciones que se vieron en el capítulo X.
La cocina raramente estaba en un caedizo adosado a la vivienda principal o en un rancho aparte. Solía estar dentro, para aprovechar el calor del hogar en las noches, manteniéndose el fuego debajo de las hamacas, también por la costumbre de algunas tribus, de que siempre había un puchero de donde los que deseaban sacaban con la mano la comida, sin sujeción a un ritmo horario (PATIÑO, 1984, 31). En regiones frías, como la cundiboyacense y la sierra ecuatorial, la circunstancia de estar la cocina adentro, mantenía el único recinto de que por lo general constaban las viviendas, cubierto de hollín, y el aire prácticamente irrespirable por el humo.
Sin embargo, en algunos lugares aunque no se sabe si originalmente o por transculturación hubo pequeñas cocinas aparte, como en Guayana Inglesa (THURN, op. cit., 205).
Había en casi todas las comunidades indígenas, construcciones accesorias de carácter provisional o discontinuo. Estos ranchos ocasionales se llamaban naboo, benab entre los macusis (iM THURN, op. cit., 208).
Tenían diversos usos: para confinar a miembros de la familia sujetos a situaciones especiales: jóvenes aprendices de brujos o mohanes; mancebos y niñas para ritos de iniciación; menstruantes; parturientas; otros.
1. Los chaimas confinaban a quienes querían ser piaches hasta por seis y siete meses en chocitas donde apenas cabían echados o sentados (RIONEGR0: ALVARADO, 1945, 376).
Los mojas de los chibchas, o sean mancebos expiatorios destinados al sacrificio, eran recluidos en su primera edad con todos los cuidados (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, III, 127-128). Hay una confusión con los ogques o jeques, que eran otros.
2. Cabañuelas a alguna distancia del poblado para mancebos que iban a ser declarados mayores de edad, tenían los indígenas del Río Negro (MATOS ARVEL0: ALVARADO, 1945, 195). Lo mismo hacían los banibas (Ibíd., 197).
3. Los maypures recluían a las muchachas de primera menstruación por ocho días sin comer (BUENO, 1933, 75-76). Los banibas hacían en el bosque una cabaña con paredes de hojas de las palmas cucurito [Maximiliana] o chiquichiqui [Leopoldinia], para confinar a las púberes, antes de hacerles la fiesta de pasaje (MATOS ARVELO: ALVARADO, 1945, 160).
Los jíbaros del oriente ecuatoriano, cuando a las jovencitas de 8-10 años les viene la primera menstruación, las confinan en rancho aparte en la sementera, donde sólo beberán tabaco; el día pueden pasarlo en la casa principal, sin tomar nada (KARSTEN, 1935, 236).
Al llegar los españoles al valle del Cauca, vieron las casas pajizas, pero con primores;
Entre ellas muchas chozas muy pequeñas, redondas, do varón jamás entraba, por ser albergue hechos para dueñas el
tiempo que su menstruo les duraba, donde ni por palabras, ni por señas, con ellas nadie se comunicaba, ni consienten que cosa den ni tomen, y a la puerta ponían lo que comen
(CASTELLANOS, 1955, III, 355).
Esta cabaña recibe el nombre de cuima en la Guajira (ALVARADO, 1945, 202). La usaban también los piapocos (Ibíd., 203).
Los guahibos tenían la costumbre de recluir a las menstruantes en un ranchillo donde permanecían sin hablar; les daban de beber por una caña hueca (BUENO, 1965, 140; ALVARADO, 1945, 203).
4. Cabañas para partos, separadas de la vivienda principal, se conocieron entre varias tribus americanas. Ejemplo los maipures, que llamaban cuita a tal cabaña (GILLI, 1965, II, 218).
Entre los encabellados del Amoguaje, de las antiguas misiones franciscanas del Caquetá, así que la mujer se siente ya cercana al parto, toma un saparo [cesto] de zambitos [pez] asados, y con él se va al monte sola, y a la margen de un charco o quebrada arma su rancho, y allí se está hasta que pare. En pariendo ella sola allí se compone. Parió, se lavó y lava a la criatura, y con ella se viene a su casa (SERRA, 1956,
I
, 194).
A este renglón pueden asignarse las casillas transportables para curaciones entre los chocoes, según Kurt Severin (PARDAL, ¿1937? 73-74). Hacían una que pudiera llamarse enfermería, en forma de caseta decorada donde se confinaba al doliente, mientras el curandero adelantaba sus ceremonias de rigor (GONZALVO AIZPURU, 1958, 129, citando a NORDENSKIOLD).
5. Entre los muzos de Trinidad, el marido engañado, después de enterarse, quebraba todas las vasijas de la casa; se retiraba al monte, y allí hace una chozuela y se mete en ella, y está una luna, que es un mes, según lo indica la relación geográfica de 1582 (RGNG, 232).
Uno de los castigos a los niños díscolos entre los jíbaros, consiste en confinarlos durante tres días en un refugio provisional a la orilla del río vecino; después le hacen beber maikoa (Brugmansia) para que durante la narcosis sus parientes lo admonicen y reprendan (KARSTEN, 1935, 238).
6. Algunos pueblos de la cuenca del Orinoco tenían cabañas rústicas dentro de los cultivos, y permanecían en ellas por temporadas; llamábanlas chaimas (ALVARADO, 1945, 212).
A veces hay tabladillos o barbacoas para sembrar plantas fetiches, medicinales o condimenticias (PATIÑ0, 1965-1966, 74; 125-126).
O
Entre las construcciones que no tenían el carácter efímero de las que se han pasado en revista, sino que respondían a necesidades permanentes o rutinarias, pero que se construían por lo general aparte, se pueden mencionar la ramada comunal utilizada para ventilar asuntos públicos o para intercambio social; los graneros, las letrinas y otras.
a) Los nicaragüenses tenían casas públicas para tratar asuntos de la comunidad, monexicos, similares a los cabildos hispánicos. Estas construcciones, llamadas galpones por los españoles, al parecer palabra derivada del náhuatl calpulli, eran a modo de soportales con divisiones, en cada una de las cuales estaba un jefe con algunos de sus subordinados (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, IV, 377). Galpón quiere decir portal cubierto (Ibíd., 1959, V, 92).
Los cunas tenían a fines del siglo XVII una casa comunal (WAPER (1699), 1967, 89; LINNÉ, 1929, 247-252), que perdura en la actualidad como la casa del congreso (PR
E
STÁN SIMÓN, 1975, 25).
Entre los achaguas existían cabañas especiales para las reuniones comunitarias de expansión y solaz. El padre franciscano Alonso Neira cuenta en el relato de su expedición a la región de la confluencia Casanare-Meta, río Onocutare, poblada por indios achaguas expedición realizada a fines de 1664
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que llegó a la plaza del pueblo, en medio de la cual estos indios tenían una casa que llaman
dauri
, equivalente al mentidero que suele haber en algunos pueblos de España; en esta casa se juntan los indios por las tardes, habiendo venido de sus labranzas; allí cuelgan sus hamacas y se están colgados parlando en ellas, contando cuentos toda la tarde, y en estas casas hacen los indios achaguas su chubay, que es una de sus más célebres borracheras. Cuando las van a hacer, cubren muy bien la casa, para que los muchachos que ocasionalmente se hallen en la fiesta, no digan palabra a las mujeres, por creer que éstas morirán, que en otros tiempos está abierta por la banda de las brisas, como lo estaba cuando llegamos nosotros (RIVERO, 1956, 197.198). Por donde se ve que esta casa sería sede más bien de una sociedad masculina, como hay en muchas comunidades.
Había también una ramada para solaz entre los cumañagotos (R
UIZ
BLANCO, 1965, 40; ALVARADO, 1945, 20). En cada población tienen formado un patio con su enramada, o barraca, donde se reparan del sol y hacen sus fiestas, bailes y consultas (CAULIN, 1966,
I
, 145). Los caribes tenían los llamados karbets, casas para reuniones.
Los quijos tienen también casas separadas para reuniones (OBEREM, Vol. cit., 129).
Los cumanagotos tenían casa para huéspedes, que se mantiene en la actualidad bajo la forma de un quiosco sin paredes, separado de la vivienda principal o comunal (pistar o upatan) (CIVRIEUX: COPPENS, 1980,
I
, 217; 140). Estos mesones para huéspedes y forasteros mantenían los guayaneses todavía a mediados del siglo XVII (CARVAJAL, J., 1956, 218). A veces había ranchos para huéspedes en el siglo XIX (IM THURN, op. cit., 205).
b) En cuanto a los graneros, solían estar separados de la casa, como se aprecia en el plano de las instalaciones del cacique Tezoatega de Nicaragua mencionado al principio de este capítulo, o incorporados a ella. La temática se ha estudiado al hacer la historia de la agricultura (PATIÑ0, 1965-1966, 142-147). Los cuezcomates o graneros mejicanos llegan a tener a veces el aspecto y acabado de verdaderas casas.
c) No parece haber existido en la casa indígena prehispánica ni lavadero ni letrina. Los menesteres relacionados con esas funciones del aseo corporal se atendían directamente en los ríos y quebradas o a cierta distancia de la vivienda. Los cunas actuales tienen distintos comportamientos según la edad; los jóvenes aculturados usan retretes; las mujeres adultas, en cuclillas y se limpian con el talón del pie; los ancianos y más tradicionalistas, lo hacen en rocas sobre el mar y se lavan con agua de mar utilizando la mano izquierda (PRESTAN SIMÓN, op. cit., 24).
En las construcciones palafíticas el manejo de las excreciones es más fácil que en tierra. Un tablado anexo, a veces con un reparo sumario, es suficiente.
Donde las viviendas estaban sobre el suelo, algunos pueblos tenían sitios apartados para ello, como los Yekuana de Venezuela, que derriban exprofeso a cierta distancia de las casas, sendos troncos, uno para los hombres y otro para las mujeres, donde se proveen en cuclillas (BARANDIARÁN, 1966, 10). Algunas tribus orinocenses iban en comunidad a las playas del río al atardecer a atender sus necesidades, tapando después las excretas. Todos estos detalles de la vida diaria, se estudiarán mejor en un volumen separado, sobre los usos y costumbres.
El corral para necesarias, recibía en quechua los nombres de racay-racay o acaracay (GONZÁLEZ HOLGUÍN, 1952, 461).
d) Había en algunas partes los corrales para guardar animales cautivos o amansados. Este tema se ha tratado en otro libro (PATIÑO, 1965-1966, 163-167).
Al sur de la línea ecuatorial, donde existió cría de auquénidos, como la llama en regiones altoandinas donde abunda la piedra, de este material se hacían corrales para custodiar dichos animales (FERNÁNDEZ, 1963,
I
, 100; MEG
G
ERS, 1979, 142).
Este corral de ganado recibía el nombre de llamacancha (GONZÁLEZ HOLGUÍN, 1952, 461). Podría pensarse que a esta circunstancia se deba el nombre de corral dado en algunas partes del Ecuador a restos arqueológicos de piedra que recuerdan la disposición de los encerramientos para animales, pues hay constancia de la cría de llamas en la región ecuatorial antes de la conquista incaica (PATIÑO, 1965-1966, 191).
En el altiplano boliviano la casa era en realidad una casa-corral, por la vocación pastoril de la población (BENAVIDES, 1961, 164.165).
e) Sin que las fuentes indiquen la función, hubo construcciones accesorias en varias partes. El pueblo de Cenú o Sinú cuyas sepulturas saqueó Pedro de Heredia con su gente, estaba constituido por veinte casas principales, y cada casa de estas tenía a la redonda de sí otras tres o cuatro para sus haciendas y servicios extraordinarios, las cuales [las principales] eran todas grandes, de pared alta, casi de la forma y hechura que los españoles las hacen para su vivienda (AGUADO, 1957, IV, 22-23).
Los cunas, fuera de la vivienda familiar y de la casa del congreso, tienen la de la chicha, que consta de cuatro unidades separadas para distintas operaciones; la de la mordedura de culebra, cuando este caso se presenta, y la del parto (PRESTÁN SIMÓN, op. cít., 25-26).
f) Torrecilla de madera para avizorar el horizonte y denunciar a tiempo la presencia de enemigos, tenía el cacique de la isla Rica del golfo de Panamá (ANGLERÍA, 1944, 287-288; LINNÉ, 1929, 68-69). Era más o menos del estilo que los mangrullos de la Pampa argentina (SAUBIDET, 1952). [Fig. 13a, b y c].
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Fig. 13a. Torrecilla indígena usada para vigilancia (Oviedo y Valdés, Lam. VI, Fig. 3). b) y c) Mangrullos de la pampa argentina, con diseño similar y los mismos usos de la construcción prehispánica. (De Saubidet, Tito, 1952, palabra mangrullo).
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g) Casetas o reparos funerarios no fueron desconocidos, dentro del contexto de la influencia que los difuntos mantenían sobre los sobrevivientes. El apaciguamiento del cadáver para que no se convirtiera en fuente de daños que afectaran a los parientes o a la comunidad, parece estar en el origen de esta costumbre.
Los cunas del lado Atlántico de Panamá tienen en la isla de Pinos ranchos sepulcrales (LINNÉ, 1929, 247-252; PRÉSTAN SIMÓN, 1975, 26).
Los indígenas de cerca a Cartagena, en Guananta, tenían chozas aparte de las viviendas para enterrar a sus caciques (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, III, 161).
Algunas tribus guayanesas (macusis, caribes y guacavayos), o bien enterraban el muerto en la propia cabaña donde había vivido, o bien erigían un reparo con hojas de palma sobre el túmulo, para defender al difunto de la intemperie (ALVARADO, 1945, 272, citando a ROBERTO SCHOMBURGK; KOCHGRÜNBERG, Vol. cit., 121 Fig.).
Era costumbre también seguida en el Chaco en el siglo XVIII (AZARA, 1969, 232).
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