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ELEMENTOS PARA
LIMPIEZA
Indispensable en el tema que venimos
tratando es el empleo de sustancias y adminículos para limpiar las vasijas y las cocinas.
El estropajo o cedazo de origen africano
y asiático fue introducido por los españoles y ha tenido un amplio uso en sustitución
de la esponja marítima.
También los españoles introdujeron la
técnica de la fabricación del jabón a base de lejía, pues los indígenas usaban
limpiadores vegetales, como el chambibe (Sapindus
saponaria), la cabuya
y otros (Patiño, 1972, 172-179).
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CAPITULO
XIV
PROCESO DE LA
ACULTURACIÓN ALIMENTARIA
EN AMÉRICA
Todos los pueblos
primitivos y la mayor parte de los civilizados tienen una aversión invencible por los
alimentos que no les son conocidos, o que constituyen patrimonio de Otros grupos étmcos.
La mayor o menor incapacidad para cambiar las costumbres alimentarias y la mayor o menor
rapidez con que se hayan adoptado alimentos extraños, han tenido mucho que ver con la
supervivencia de grupos humanos en medios o ambientes extraños u hostiles, o con el
dominio de unos pueblos por otros que no son tan remilgados en este particular, como es el
caso típico de los portugueses.
Una de las causas del
escaso éxito inicial de la colonización española en las Antillas mayores consistió en
que al tiempo que había dificultades de comunicación para traer los suministros
tradicionales los peninsulares no se acomodaban a los alimentos indígenas, como el
insípido cazabe (Colón, H., 1947, 159). El insigne naturalista Bernabé Cobo confiesa
que no se pudo acostumbrar al cazabe en Santo Domingo, donde a menudo faltaba el pan
(Cobo, 1956, 1, XII). Esto mismo seguía entorpeciendo los planes de inmigración dirigida
desde Canarias y otras partes dos siglos después (Rodríguez-Demorizi, 1942, 1, 354).
Inicialmente, cuando no había suficiente ganado, los españoles se vieron precisados a
comer culebras perezosas, o sea, boideos (Casas, 1909, 42).
En Jamaica, al principio
tenían que contentarse con hutías (Capromys spp.), los roedores nativos, y
cazabe (Colón, H., 1947, 312, 314).
Estos alimentos extraños
fueron sindicados de ser dañinos (ibid., 162; Mercado, 1957, IV, 44).
Lo mismo ocurrió con los
indígenas. A este cambio alimentario, por lento que haya sido, atribuye un autor del
siglo XVI la extinción del 29/30 de los indígenas americanos (Acosta, 1954, 78).
En ello quizá tuvo mucho
que ver la repugnancia psicológica por lo extraño. Los muzo-colimas al principio hacían
mucho asco a la comida de los españoles (Latorre, 1919, 119), en tanto que los patangoros
eran más receptivos (Aguado, 1917, II, 132; , 1956-1957, II, 82).
En la segunda mitad del
siglo XVI, los indígenas de Quito no comían berenjenas, pepinos ni anís, entre los
alimentos importados (J. de la Espada, 1897, III, 73).
Otros casos se han visto
o se verán en diferentes lugares de esta obra.
Pero el implacable
proceso de aculturación fue gradualmente abriéndose paso, tanto para alienígenas como
para ternlgenas, y fue más intenso, como es natural, donde el contacto de los distintos
grupos étnicos era proporcionalmente mas estrecho, como en las ciudades, encomiendas,
etc.
El propio Almirante
Colón se acostumbró a comer cazabe y ajes (Dioscorea) en Jamaica durante su
prisión (Colón, H., 1947, 160). Algunos peninsulares no sólo comían cazabe de yuca,
sino que se dedicaban a la granjería de producirlo (Cobo, 1890, 1, 352; Casas, 1951, II,
87, 104).
Las papas en el Perú
eran comida de indios y aun de españoles (J. de la Espada, 1881, 1, 130). Sobre todo los
peninsulares pobres suplían el trigo con la papa (Cobo, 1956, II, 315).
La harina de maíz
tostado mostró sus ventajas, especialmente para las expediciones guerreras (Vargas
Machuca,1599, 50-50v.).
Los portugueses en el
Brasil nunca emprendían "bandeiras" al interior, sino después de la cosecha de
yuca y preparación de cazabe.
En el otro sentido,
también ya a fines del siglo xvi se notaron casos de aculturación (Vargas Machuca, 1599,
138). La carne de vaca es buen ejemplo (Cobo, 1891, II, 358). Fue usada más
frecuentemente por los indígenas que servían a españoles, como los de Tamalameque; los
demás comían pescado (Latorre, 1919, 17). Así también ocurría en Barquisimeto,
Venezuela, con las carnes de vaca o carnero, de las que a veces participaban los
indígenas que necurrentemente venían a hacer labranzas a las haciendas de los españoles
(Arellano Moreno, 1950, 124). En Paute, Ecuador interandino, algunos indios en 1582 ya
comían carne y pan (J. de la Espada, 1897, III, 167), y los de Loja consumían berenjenas
y otras cosas de las introducidas (ibid., 204).
Más adelante los
andaquíes, tan rebeldes, comían maíz tostado con azúcar molido (Serna, 1956, 1, 280).
Pero la praxis más
efectiva de la aculturación alimentaria se verificó a través de las cocineras
indígenas. Conocido es el hecho de la escasa inmigración de mujeres españolas a
América, no sólo en las expediciones iniciales de descubrimiento y conquista, sino ya
asentada la vida colonial. El invasor europeo tuvo que satisfacer sus necesidades sexuales
en las mujeres indígenas, iniciándose un proceso de miscigenación que no ha terminado.
Es también una constante
histórica el hecho de que no valieron las repetidas cédulas y amenazas de las
autoridades españolas para que los súbditos casados que venían a América volvieran a
la Península a hacer vida con sus mujeres, o las llevaran consigo. El europeo no sólo
estaba más a sus anchas en este particular con las mujeres indígenas, sino que hubo una
mutua atracción, responsable en gran medida de la eficacia del proceso aculturador. Un
autor afirma que así como la mujer india fue el mejor vehículo y el más eficaz de
tnansculturación europea, el varón foráneo fue mejor receptor de la cultura americana
que la mujer europea (Salas, 1960, 19-20). Hecho que ya había sido señalado por una
autoridad, a propósito de las plantas medicinales (Monandes, 1571, 87).
Concretando este
postulado al nivel doméstico, es muy sugestivo que siempre en los repartimientos de
indígenas dominados, con motivo de expediciones de conquista, se hable de la asignación
de indias jóvenes para servir de cocineras a los expedicionarios. Esta pudibunda ficción
es sumamente común en los documentos. Pasada la etapa de conquista, las tribus sometidas
debían enviar regularmente, como tributo, mujeres para el servicio del encomendero y aun
del doctrinero, porque en éste, como en otros aspectos, laicos, seglares y religiosos
sentían los mismos apremios y sabían satisfacerlos de la misma manera.
Muy claro se ve esto en
los estatutos dictados para los clérigos de Indias. El padre José de Acosta, eminente
tratadista de cosas de América, donde residió 17 años (1571-1587), en su De procuranda indorum
salme (1588) reprocha a varios de sus cofrades que vivían en Indias: "Dicen que
no se han de guisar ellos la comida y cumplir los demás quehaceres, y para eso son
necesarias las mujeres. Como si los varones no pudiesen prestar esos servicios, y más los
indios siempre prontos a cualquier obsequio. O si creen imprescindible la limpieza de las
mujeres, tómenlas enhorabuena viejas, de aquellas de quienes se dice que no dan ya fuego
ni humo" (Acosta, 1954, 527-528). El capítulo de Lima había dispuesto desde 1566
que los doctrineros no tuvieran a su servicio indias jóvenes junto a los monasterios
(Calancha, 1639, 530).
Si de los religiosos se
pasa a los laicos, cabe consignar que, según una cédula real de 1714, recordatoria de
disposiciones anteriores, los corregidores querían tener en su casa, "con título de
cocinera, una india de corta edad debiendo ser vieja y dos o tres indios que le
sirven" (Arcila Farías, 1966, 348).
La costumbre de los
españoles americanos de tener abundante servidumbre indígena (Friede, 1975, VIII,
243-244) y negra hasta para los más ínfimos menesteres caseros, fue instrumento
importante en este cambio cultural.
Se consideraba denigrante
para los peninsulares todo lo que se hiciera de puertas para adentro, especialmente en el
ramo culinario. Diego de Nicuesa quiso afrentar al traidor Lope de Olano, que le había
dado cantonada en Urabá, poniéndole a moler maíz delante de los expedicionarios de la
costa norte de Panamá (Oviedo y Valdés, 1959, III, 181). Necesariamente la mujer
indígena llenó este vacío.
Hernán Pérez de
Quesada, cuando quedó encargado del gobierno en la recién fundada Santa Fe de Bogotá,
por viaje a España de su hermano el licenciado Gonzalo, prefería rodearse de la gente
que trajo Belalcázar del Ecuador y del Perú, yanaconas e indias hábiles en labores de
cocina, y ellas nada remisas de su cuerpo (Simón, 1981-1982, IV, 54). A tanto llegó el
abuso en dicha ciudad y en otras del Reino en ese particular, que se contaban hasta 200
indias de servicio por casa, y en 1604 se autorizó por real orden al presidente Juan de
Borja, para que sólo dejara dos indias por casal (Konetzke, 1958, II, 124).
El niño indígena o
mestizo fue el segundo factor eficaz de la transculturación alimentaria en América. En
todas las comunidades, el niño come alimentos que raras veces prueban los adultos. En la
Botánica aplicada hay listas de las llamadas "frutas para muchachos", o sea,
aquellas que por varias razones, y a causa principalmente de prejuicios culturales, no son
consumidas por los adultos.
Muchos niños mestizos
sin duda enseñaron a sus padres españoles a probar determinados alimentos.
1. ACULTURACION ALIMENTARIA
En el Ecuador interandino
los mestizos han incorporado a su dieta alimentos introducidos tales como col, zanahorias,
coliflor, remolacha y cebollas, conservando casi que el monopolio de un alimento
terrígena: el chocho (Lupinus) (Burgos Guevara, 1970, 186). Esto trae consigo
una degradación de la dieta; en el momento en que el indio se acultura, empeora su
alimentación, pasando a consumir fideos y arroz, que constituyen la dieta de los mestizos
desposeídos (ibid., 187).
Para Venezuela, un autor
indica que en alimentación los negros aportaron mucho en dulcería popular, parte de
origen árabe; incorporaron maíz al coco,como en la mazamorra, y usaron el envoltorio de
bojas de plátano (Acosta Saignes, 1955, 1, 33-34). No parece que en Colombia la
influencia negra haya sido muy importante en este aspecto, como si en el Brasil, sobre
todo en Bahía y Recife, donde la temprana introducción de alimentos africanos, como el
dendé o palma de aceite y el quimbombó (Hibiscus esculentus), dio una
fisonomía muy notable a los platos africanizados.
El nance, una fruta muy
común en Centroamérica (Byrsont macrassifolia), en la segunda mitad del siglo
pasado se utilizaba en Nicaragua encurtido en alcohol y se comía como sustituto de la
aceituna (Belt, 1888, 6).
Todo esto le da a la
alimentación en América tropical un carácter mestizo, de origen complejo. Cada día
sufre nuevas modificaciones, a medida que va calando la influencia de alimentos foráneos,
cuyo consumo es insistentemente inducido por los modernos métodos de difusión.
2. COMIDAS INTRODUCIDAS
Desde luego, las comidas
preferidas por los españoles de las épocas iniciales de descubrimiento y conquista,
antes de que se establecieran en el Nuevo Mundo los animales y las plantas por ellos
introducidos, debieron ser aquellas a que estaban acostumbrados en su país de origen.
Esto se refleja en los datos sobre aprovisionamiento de las expediciones.
Se han conservado en
detalle los preparativos de la expedición de Pedrarias Dávila a Panamá (1513-1514), que
incluían en el matalotaje, fuera de muchos otros rubros, cincuenta arrobas de arroz y 100
vacas enjarradas (Serrano y Sanz, 1918, 1, 318, 333).
Para la expedición de
Gil González Dávila al Istmo en 1520, se compraron en Sevilla 600 qq. de bizcocho, 209
arrobas de vinagre, 54 hanegas de garbanzos, 24 de habas, 1 de lentejas, 10 arrobas de
miel, 3 botas de atún abadejo, 6 docenas de pescadas, 23 arrobas de arrayas, 2.000
caballas, 40 tocinos, 510 ristras de ajos, 40 docenas de tallos*, 2 hanegas de mostaza, 2
qq. de arroz, 2 qq. de pasas, 1 arroba de almendras, 4 arrobas de alcaparras, 12 cahices
de sal, 6 almudes de aceitunas menudas, y un cuarto de carne salada para el trayecto de la
Península a Canarias (Cuervo, 1894, IV, 94). Aparecen en otra cuenta, 615 arrobas de
aceite de comer, 53 botas de vino blanco, 50 de vino Murviedro y 10 pipas de vino de
Sanlúcar (ibid., 98; Medina, 1913, II, 184).
En la armada de Pedro de
las Roelas hecha en 1563-1564, figuran suministros de bizcocho ordinario, bizcocho blanco
para el general y el almirante, vino, vaca, pescado salpreso, puerco salpreso, habas y
guisantes, arroz, queso, aceite, vinagre y ajos. Se da la cantidad diaria o ración que
recibía cada marinero o soldado (Haring, 1939, 348).
Cuando la segunda
ocupación de Trinidad por las fuerzas de Fernando de Oruña y de su lugarteniente
Ibarguen y Vera (1597), los españoles se alimentaban de pan, vino, aceite, vinagre,
garbanzo, legumbres y pescado (Arellano Moreno, 1950, 207). Es decir, alimentos
típicamente españoles.
En un decreto de 1665
sobre aprovisionamiento de la Armada de Barlovento aparecen los mismos suministros que
para Pedro de Roelas, con escasa diferencia (ibid., 349-350).
A medida que se fueron
difundiendo y consolidando los cultivo de las plantas introducidas y la cría de los
ganados de todo género, fueron haciendo los españoles uso gradual de alimentos
tradicionales, ya producidos localmente. Algunos, sin embargo, se siguieron importando de
la Península, debido a las presiones de los comerciantes europeos que no querían perder
los monopolios de harina, vino, aceite, etc., que detentaban. Estas vituallas, pues,
siguieron siendo escasas y caras, porque la navegación no era tan regular como para
mantener un abastecimiento permanente.
Fue variable la difusión
de los alimentos en la vasta extensión de los dominios españoles, tanto en la secuencia
cronológica como en la intensidad del consumo. Los ganados vacunos se multiplicaron con
gran rapidez, y por eso no es raro en los climas calientes hallar el consumo de carne de
res entre tribus más o menos sometidas. El de carne de carnero predominó en la región
andina, como el reino de Quito.
Ahora bien, el hecho de
que se produjera con relativa facilidad algún producto comestible en una región
determinada, no fue garantía suficiente para que el consumo de tal producto se
generalizara en toda la población. Gallinas, pollos, huevos, eran producidos por el
indígena, quien no los consumía, pues tenía que entregar gran parte de toda su
producción como tributo al encomendero, al cura o doctrinero y a cuanto funcionario
pasara por el lugar, o bien llevarlos obligatoriamente al mercado en determinados días.
Le quedaban al indígena
como alimentos básicos, los tradicionales: maíz, tubérculos (yuca y batata en climas
calientes; arracacha, papa, ulluco y otros, en las vertientes y mesetas altoandinas), sus
nativos cuíes y el frisol como fuente proteica, el ají y algunas verduras. De las
introducidas asiniiló rápidamente la cebolla, el ajo, el repollo y otras pocas.
El aporte más
definidamente efectivo lo constituyeron las cosas de dulce, pues el cultivo de la caña de
azúcar halló condiciones muy favorables en el área, y este elemento permitió la
preparación de conservas, no sólo de frutas importadas (cítricos, rosáceas) sino de
las nativas, como piñas, guayaba (véase atrás). El simple consumo directo del jugo del
tallo (guarapo), fue una adición notable y de permanente arraigo.
No solamente esto. El
consumo de dulces en todas formas fue rasgo característico en la comida americana desde
fines del siglo XVI. Los viajeros en Indias señalan la costumbre de comer dulce como
prerrequisito para beber agua.
El plátano se difundió
con gran rapidez, y se utilizó no sólo como hortaliza y fruta, sino para la preparación
de bebidas y vinagre.
Con haber sido valioso el
aporte hecho por los españoles de elementos vegetales y animales para enriquecer la
dieta,quiza mas importante, en términos de bienestar y fruición, se debe considerar el
proceso de preparación de los alimentos. El refinamiento culinario fue evidente, pues los
datos sobre la época prehispánica concuerdan en que la comida indígena era poco
elaborada o repulgada.
Para apreciar la
evolución alimentaria en orden cronológico, se harán unas transcripciones de los
escasos documentos que sobre el particular se han conservado.
En cuanto a la parte
andina ecuatorial, la relación de Quito de 1573, cuando habían transcurrido casi 40
años de la conquista, expresa de los indios: "Su mantenimiento ordinario es vino
hecho de maíz, que los españoles llaman chicha y los naturales azua, y unas yerbas que
llaman yuyos, y pa. pas y frísoles y maíz cocido; cualquiera cosa destas cocida con un
poco de sal es su mantenimiento, y tienen por buena especia, de que se aprovechan en sus
guisados, el ají. Todas estas cosas las cogen alrededor de sus casas" (J. de la
Espada, 1897, III, 226). A renglón seguido dice que criaban gallinas y algunos puercos y
tenían labranzas de trigo.
En la misma ciudad, tres
cuartos de siglo después (1650), no habia variado mucho el patrón alimentario, según la
relación del canónigo Diego Rodríguez Docampo: "Son muy pobres y necesitados,
susténtanse con maíz tostado hecho bolas y mazamorra; comen papas y unos gusanos que se
cnian en la tierra, gruesos, que llaman cusos, y otro género de pes. cadito que se cría
en los ríos, que llaman choncho, y ocas, ollocos, maxuas, arracachas, zapallos, jíquimas
y avincus, raíces que se dan debajo de la tierra, como las papas, que se llaman turmas; y
así mismo ají, que con otro que llaman chiche * sabe y huele a camaroncillos; así mismo
con yerbas,que llaman yuyos, de diferentes maneras; unas se nombran paico, que esta es
buena para dolores de estómago, vientre y muelas; y otras yuyoslluto [hoja de ulluco],
guacamullos, chimborazo, chulco [Oxalis], la hoja del nabo, altramuces,
fríjoles, habas, alverjas y quinua, ésta es buena como arroz, para suelda con suelda y
en agua para la orina" (ibid., III 75).
En Otavalo, también la
parte andina ecuatorial, pero cenca de los pastos y quillacingas, en 1582, según la
relación de Sancho de Paz, ocurría lo siguiente: "Los mantenimientos que antes
usaban y tenían esos se usan agora, y comen carne de carneros de la tierra y de Castilla,
y antiguamente no lo comían sino los caciques y señores. También usan de los
mantenimientos que nosotros [los españoles] usamos. Solían antes comen maíz, y
frísoles y altramuces y papas y camotes, que nosotros llamamos batatas, y muchos géneros
de yerbas" (J. de la Espada, 1885, II, 237). 0 sea que, con escasas excepciones, se
continuaba consumiendo la comida tradicional, con la adición de algunos pocos elementos
introducidos.
Los indios en Quito,
"en lugar de pan comen a puñados la harina de cebada sin florear, y a esto llaman
masca" (Serra, 1956, II, 237). "En Quito comen muchísimo ají, y a más del
sobrado que llevan los guisos y potajes, sacan de ello molido en fresco a la mesa, y cada
cual toma su cucharada, y en casas de distinción los fríen con manteca. Allí no usan
comer con cuchara ni tenedor, sino con las manos, a no ser chapetones. Tampoco cortan el
pan, sino que lo despedazan" (Serna, 1956, loc. cit.).
En Mongua, al nordeste de
Tunja, se cultivaba mucha papa, "que echándolas en hoyos con agua, que de continuo
le mudan a tiempo, fabrican un manjar de fétido olor, que lo liquidan en mazamorra y le
llaman futes, y dicen ser propicio al estómago" (Oviedo, 1930, 45).
Según el mismo autor, en
Vélez, a pesar de la producción variada, su comida "por lo común es caldo mal
hecho, con ají y chicha" (ibid., 163).
La vida de los muíscas
en la segunda mitad del siglo xvi, según una carta del presidente Venero de Leiva del 19
de enero de 1564, era miserabilísima: "Y es gente tan pobre que parece imposible
poder dar nada [de tributo]; porque andan desnudos y descalzos y no tienen casas sino a
manera de las cabañas de los viñadores de España, hechas de hierba, y duermen en el
suelo y no tiene ninguno más hacienda de una olla para cocer algunas raíces y turmas de
la tierra, que es su comida, y una cantarilla para traer agua y una escudilla de palo para
beber, y en diez mil bohíos suyos no hallarán más que esto" (Friede, 1975, V,
115).
Poco había variado esta
situación dos siglos después (1783): "Ellos [los muiscas] parecen frailes vitonios
precisa. dos a una exacta abstinencia de carnes, alimentándose de un insubstancial ajiaco
* (éste es el nombre de la comida) o de una insípida mazamorra, composición de turmas y
harina de maíz o panizo, molido a brazo y hecho una masa de sémola. Tienen por bebida la
chicha, que es un licor usual entre todos, compuesta de una masa de maíz, de una porción
adecuada de masato, o panela, o miel de caña dulce, cuyos ingredientes, mezclados y
confundidos entre sí con el agua correspondiente, se fermentan en unas vasijas que llaman
múcuras, y a pocos días se prepara una bebida fuerte, corroborativa y muy acomodada al
gusto, lo cual equivale en estos naturales al vino de la Europa. Yo la he bebido varias
veces, y verdaderamente me apagaba la sequía y me servía de nutrición en el curso de
mis caravanas. Los arrieros se mantienen con ella muchos días, como me lo han asegurado
varios sujetos de fe en los pueblos; y uno de los mismos arrieros que me acompañaban
aseguróme que en todo un año no había probado el agua, y que sólo con chicha se había
mantenido. Es bebida más o menos fuerte, según es mayor o menor la fermentación y su
composición. De aquí nace el general trastornamiento de embriagueces y borracheras que
se observan en la República, particularmente en los días de mercado, que de ordinario
son los domingos, y en algunas partes los viernes. Este vicio general en las provincias
interiores del Reino tiene embotada la estimación, engrosados los humores, impedidas las
potencias y entorpecidos los sentidos, siendo madre fecunda del desorden y de la
ociosidad. Los blancos o cosecheros de comodidad y riqueza acostumbran matar un novillo,
toro o vaca, y cecinada la carne la conservan para mezclar con el ajiaco. Los del vulgo no
la gustan sino cuando trabajan a jornal, o cuando la fortuna les favorece en la montería,
o cuando la muerte sensible de la vaca que tienen para el surtimiento de la leche les
provoca el gusto con el fetor de sus carnes. A tal estado les conduce su desidia, su
ociosidad y su ninguna aplicación a la agricultura" (Finestrad, 1905, 105-106).
Afirmación esta última aviesa, pues si los indígenas sabaneros no producían ni lo
necesario para sus personas, era porque las tierras les habían sido usurpadas por los
amos españoles.
Por lo visto, y quizá
con más rapidez en climas calientes, la población indígena fue utilizando algunos
elementos introducidos.
En el siglo XVII, los
danienes se alimentaban del miflao, hecho de plátanos frescos o secos (Wafer, 1888,
65-66). Posteriormente se ha hecho una encuesta más detallada sobre sus comidas y
bebidas: "La base principal de la alimentación de los indios la componen el maíz y
el plátano. Sus alimentos de predilección son: La olla podrida, compuesta de
carnes de animales de caza o domésticos, con cuantas verduras se pueden procurar. Todo
esto lo sirven en grandes fuentes, con un pedazo de sal en el medio, quedando así muy
simples los bocados que se sacan de los bordes y demasiado salados los del centro. Todos
los indios de una misma casa y los invitados comen en un mismo plato. El mato
o tamal que preparan moliendo el maíz verde, dejándole fermentar y cociéndole luego
envuelto en hojas. También le preparan sin dejar fermentar el grano; entonces le llaman mato
de opa. El upe chaca. Tuestan el maíz, le muelen y le someten a la
ebullición con jugo de caña, le ponen en hojas y le dejan secar. El cuatirre.
Muelen bien el maíz, le mezclan agua y lo cuelan, después lo ponen a hervir con cacao y
lo dejan enfriar. Algunas veces reemplazan el maíz por el arroz. La cuata. El
maíz molido y mezclado con agua hierve durante un día con jugo de caña. Al día
siguiente lo beben. La inna palo. El maíz remojado y pelado es puesto a
hervir con jugo de caña. Al retirarlo del fuego le agregan un tamal de maíz bien molido.
Al rato le agregan otro tamal, a medida que lo van masticando, y lo toman sin fermentar o
fermentado, indistintamente. Cuando lo hacen de maíz nuevo le dan el nombre de inna palo
tutu. Hacen también tamales de niaiz y plátano, que cargan en sus excursiones y
que disuelven en el agua de algún torrente, cuando les acosa la sed obteniendo así una
bebida nutritiva, agradable y fresca. Las hojas en que van envueltos estos tamales
deberán ser colgadas en alguna rama, pues si uno las bota, se considera esto de mal
agüero. Gustan mucho de la carne de marrano y de gallina, únicos animales domésticos
que, con el perro, poseen los indios" (Restrepo: Wafer, 1888, 125).
Un autor contemporáneo
de Wafer dice que la chucula es un alimento hecho con harina de maíz, plátano maduro y
cacao hervido a modo de mazamorra, y que también recibe el nombre de zaaga entre los
indios cunas (Exquemeling, 1945, 64-65, 245-246).
Los siguientes datos son
de mediados del siglo xviii, cuando el proceso de miscigenación estaba más avanzado.
En La Palma, valle del
Magdalena, hacia 1761, un testigo presencial informa que como tierra caliente que era, se
daban allí maíz, yucas, plátanos y caña dulce de que se hacían conservas de guayaba,
agregando: "Su principal alimento de aquellas gentes y desayuno, que es una comida
que llaman soata, que se compone de maíz y hojas de auyama y otro espinola en lugar de
chocolate por la mañana, y se compone de poco cacao y mucha harina de maíz"
(Oviedo, 1930, 270). En 1796 poco había variado ese régimen (Urdaneta, BHA, XIV, 1924,
474).
Si de la comida popular
se pasa a la comida criolla de las clases medias y pudientes, en los inicios del período
republicano conocemos el relato del agasajo con que se recibieron en 1811, en Medellín, a
los diputados José Manuel Restrepo y Juan del Corral, que iban a Santa Fe de Bogotá, al
Congreso General del Reino, procedentes de Santa Fe de Antioquia: "En el centro de la
mesa había cuatro frascos de cristal, con vino de Sanlúcar. A los lados de éstos, a
conveniente distancia, dos frascos con mistelas de tres colores: amarillo, rojo, azul;
estas mistelas fueron muy celebradas porque tenían los colores de la bandera republicana.
Había otros frascos con horchatas, y las tapas eran claveles encarnados. En los platos de
los convidados había confites traídos de Honda, que tenían almendras de corozo,
pedacitos de almendra de cacao; además, rosquetes, tostaditas y bizcochuelos blanqueados,
los primeros que hicieron en la Villa las señoras Rojas, aquellas que también describió
nuestro malogrado amigo don Eladio Gónima. Estos fueron muy celebrados, porque, además
de la novedad, tenían letreros de carmín rojo que decían: "Viva la Patria,
Vivan los Diputados, Viva el Congreso, Viva la
Federación. Muchos convidados envolvieron estos bizcochuelos en papelitos y los
llevaron a sus casas como patrióticos recuerdos. También había en platones de plata
postres llamados Bocado de la Reina y Huevos Chimbos. En unos
platos había tabaquitos muy bien doblados y encima tenían flores de jazmín blanco. La
comida fue por la tarde. Fuera de las viandas, del pavo relleno y algunos otros
accesorios, mereció un grande aplauso y un loco entusiasmo, un gran postre que, al
partirlo por la mitad, salió de él una paloma blanca con un collar de cintas con los
colores de la bandera nacional" (Tisnés, 1980, 70).
Hay una descripción de
la comida medellinense rutinaria, correspondiente a un día natural de 1826 y a una
familia acomodada (Gosselman, 1981, 235-237).
Al finalizar la guerra de
Independencia, el viajero inglés coronel Hamilton fue invitado en una hacienda de El
Bolo, Valle, a una comida: "primero la sopa, luego un plato de legumbres, seguido de
carnes y frutas, las cuales, a su vez, fueron sustituidas por dulces y queso que en
Suraménica se usa comer mezclados como un solo plato" (Hamilton, 1955, II, 72).
Poco más tarde, en la
hacienda El Medio, La Paila, se servía sancocho; no se usaban de modo alguno hortalizas;
el tomate se echaba al sancocho. Se servía huevo frito y chocolate al final (Holton,
1857, 471). Suspiros (merengues) y almojábanas eran golosinas (ibid., 473).
CAPÍTULO
XV
ESCRUTINIO
DE LA
ALIMENTACIÓN CONTEMPORÁNEA
Quizá el fenómeno más
evidente en materia de alimentación es la nivelación en el consumo. Gradualmente van
desapareciendo las discriminaciones de tipo alimentario por razones de estratificación
social, y las diferencias que quedan provienen de la menor capacidad adquisitiva de gran
parte de la población, que no puede comprar determinados alimentos, costosos por la
producción limitada, cual ocurre con verduras tales como espárragos y alcachofas. En
cambio, zanahorias, repollos, tomates y cebollas, no revelan predominio en el uso por una
u otra clase social.
Con el empuje que ha
tenido en los últimos diez años la avicultura de tipo industrial y no casero, pollos y
gallinas empiezan a consumirse casi cotidianamente en todas las clases sociales, no como
en el pasado, en que la gallina se dejaba para ciertos días de la semana o para ocasiones
especiales; por ejemplo, para alimentar a las parturientas.
La complejidad de la vida
contemporánea ha traído consigo otra consecuencia: la reducción numérica de los
alimentos y su menor diversidad, y la monotonía de la dieta, con ingredientes que se
repiten día tras día casi sin variación. Por ejemplo, a principios del siglo actual, en
el Valle del Cauca, el llamado entonces "arroz de Castilla" era servido
solamente una vez por semana, mientras que ahora se ha convertido en un plato cotidiano.
Unos pocos alimentos
nuevos empiezan a ser consumidos cada vez más por el grueso de la población. Las
horchatas de avena y los preparados a base de harina de soya, obtenida como subproducto de
la extracción del aceite, van hallando acogida entre las clases populares.
La gente se va volviendo
cada vez más dependiente de la propaganda en esta sociedad de consumo, y el prestigio de
las cosas que se alaban como excelentes en la radio o en la televisión, vence las
resistencias que de otro modo la inercia alimentaria muestra en todas partes del mundo.
Estos patrones culturales
nuevos van abriendo perspectivas a otros alimentos y preparaciones distintas de las
tradicionales:
1. Bebidas gasificadas de
nulo contenido nutritivo, empezaron a fabnicarse en Colombia a principios del siglo
actual. Su consumo aumenta día tras día, con lo que se presta un flaco servicio a la
alimentación racional. Verdad es que por tratarse de bebidas embotelladas, y
supuestamente hechas con agua pura, sirven para disminuír la tremenda incidencia de
enfermedades de origen hídrico, pues nadie puede tirar la primera piedra en estos países
andinos, si de esquivanse de beber agua contaminada se trata.
2. La cerveza, que
empezó a producirse comercialmente en 1879, ha alcanzado con el correr de los años un
consumo impresionante, sobre todo después del golpe de muerte dado oficialmente a la
elaboración casera de la chicha.
3. Durante el presente
siglo, el chocolate ha sido desplazado por el café; ha aumentado el consumo del té, y
especialmente las tisanas o aguas aromáticas se imponen con gran rapidez.
4. Por imitación del
sistema de vida norteamericano, las comidas formales a horas determinadas se van
sustituyendo por la ingestión apresurada de emparedados y gaseosas en cualquier
circunstancia. En la mayor parte de los casos, éste es el almuerzo de los obreros
urbanos, porque los rurales todavía conservan las costumbres tradicionales.
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*¿tollas?
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* Vease el subtítulo "Alimentos de
origen animal", Camarones.
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* Aunque ajiaco pueda
parecer un derivado de ají (Cuervo, 1939, 508), es dudoso que se trate de una palabra
muisca, y en todo caso, no lleva aquel ingrediente. Los romanos introdujeron en España el
alioli, salsa hecha con ajos machacados en aceite, que se llam6 ajiaceite en Castilla,
ajo-aceite en Arag6n y ajolio en otras partes de la Península (Pérez, 1976, 114-146).
Recuérdese que ají es vocablo del taíno (arawak), introducido en la Nueva Granada por
los españoles.
Apéndice I
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