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PARTE TERCERA
LA ALIMENTACIÓN
A PARTIR DEL
DESCUBRIMIENTO
CAPITULO
XI
CONCEPCIONES
DIETÉTICAS Y COSTUMBRES
ALIMENTARIAS EN LA
PENÍNSULA IBÉRICA
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A FINES DEL SIGLO
XV Y PRIMERA MITAD DEL XVI. MODIFICACIONES SUFRIDAS EN AMÉRICA
1. CONCEPCIONES DIETÉTICAS
En la España de la
época del Descubrimiento, las creencias sobre cosas naturales predominantes estaban
consignadas en las obras de Galeno, Plinio, Dioscórides. Del primero se conoce su libro
III, De alimentorum facultatibus. Los alimentos debían ser bien cocidos (Galeno,
1947, 124). Los mismos se dividían en fríos y calientes en diversos grados. Esto no
está muy lejos de las concepciones expresadas, en la primera mitad del siglo XV, por don
Enrique de Aragón, llamado de Villena, en una de las primeras obras europeas sobre el
servicio de la mesa. Según él, hay ocho etapas en la digestión:
cuatro fuera del cuerpo, y otras cuatro, dentro. Mediante aquéllas, primero la carne se
escurre de la sangre y se deja de un día para otro, para la "destilación de los
humores"; luego se ablanda con el cocimiento; en seguida se subdivide trinchándola,
y, por último, se mastica. Las otras cuatro etapas son: sometimiento de ella al calor
natural en la boca del estómago; después, en la parte inferior de éste, la mezcla con
los otros alimentos, "haciendo el quilo con mayor calor"; luego en el hígado,
de donde se distribuyen los principios nutritivos por todos los órganos, y, finalmente,
lo que en lenguaje moderno llamaríamos la asimilación (Villena, [1766],1981, 16-19).
Otro autor del siglo XVI creía que es en el postrer sueño de la mañana cuando el
estómago hace la verdadera digestión, y "entonces los vapores que suben al cerebro
causan los sueños" (Villalón, 1942, 20).
Otro profano, Miguel
Sabuco de Nantes, publicó bajo el nombre de su hija Oliva, primero en 1587, la Nueva
filosofía de la naturaleza del hombre, que contiene los siguientes capítulos en lo que
concierne a la alimentación: "XLIII. Del gusto, gula e intemperancia, que hace gran
daño. XLIV. Falta de alimentos hace daño. XLV. De la comida, bebida y sueño. XLVI. De
la vehemente operación del alma o del cuerpo después de la comida. XLVIII. Mudanza que
hacen los alimentos" (Sabuco: Castro, 1873, 329 y sigs.).
En cuanto al médico Juan
Huarte de San Juan, sin dejar de seguir a Hipócrates y a Otros autores antiguos, pensaba
que ciertos alimentos, más que otros, influían en la generación y aun condicionaban la
procreación de hijos superiores (Huarte de San Juan, 1977, 247-348, 352); habría
reflejos condicionados para la libido en la comida (ibid., 97); el mecanismo de
la digestión lo explica en forma muy similar al descrito por don Enrique de Villena,
según el cual hay una putrefacción de los alimentos en el estómago y su
desintegración, a cuyo razonamiento pertenece esta perla: "No menos lo demuestran
los regüeldos que salen del estómago a una o dos horas después de haber comido, cuyo
mal olor no se puede sufrir; y pasado más tiempo salen de mejor sabor y olor" (ibid.,
408).
En la primera mitad del
siglo XVI, tuvo mucha fama en España el médico Andrés de Laguna, muerto en 1559, cuya
obra de Farmacología, basada en Dioscórides, registra en varios pasajes concepciones
relativas a la alimentación y a los alimentos.
Otro médico, el
sevillano Nicolás (o Niculoso) de Monardes, se refirió a las presuntas cualidades del
hielo, que al parecer tuvo gran difusión en la época comentada.
El médico Juan de
Cárdenas publicó un libro en Méjico, en 1591, sobre fenómenos naturales y comenta los
efectos del chocolate y de otras sustancias consumidas en América; se mofa de lo expuesto
por Sabuco pocos años antes (Cárdenas [1591], 1945, 136-138). También en Méjico, un
año después que Cárdenas, publicó el religioso y médico Agustín Farfán un Tractado
breve de medicina, que se inicia con las recomendaciones para curar lo que llama
"flaqueza del estómago", basado en las consabidas concepciones clásicas de los
alimentos fríos y calientes (Farfán [1592], 1944, fs. 1-8).
Igualmente apoyado en
Avicena, Galeno y los demás higienistas antiguos, el médico extremeño Juan Sorapán de
Rieros escribió en 1616 un tratado de medicina, mucho más agradable de leer para el
profano, pues está basado en los refranes sobre la alimentación, fuente importante de
información sobre las ideas y costumbres alimentarias españolas (Sorapán de Rieros,
[1616], 1980, III; Patiño, 1979a).
Sobre cuestiones
puramente alimentarias, Miguel Serrano de Vargas escribió el tratado De regimine cibi
atque potus, nova enarratio, hecho en Salamanca en 1594.
Algunos alimentos eran
considerados idóneos para acicatear la memoria y aguzar la inteligencia, mientras que
otros por el contrario se creía que la embotaban (Casas, 1909, 80-81).
Ninguna de las
lucubraciones anteriores modificó las costumbres ibéricas en materia de alimentación.
Los españoles no son distintos de los otros pueblos en cuanto a la economia alimentaria,
que está sujeta a un movimiento de flujo y reflujo según el bienestar mayor o menor de
que disfrute la población, la influencia de modas foráneas, la introducción de nuevas
plantas o animales comestibles, y de otros factores que no se pueden discriminar en un
trabajo de síntesis como el presente. Por ejemplo, a la relajación de costumbres entre
religiosos y laicos en la época de los godos, sucedió la mesura en el comer y en el
vestir en tiempo de Fernando e Isabel (Sempere, [1788], 1973, 1, 51-52), moderación que
se rompió con la llegada de Germana de Fox, segunda mujer de Fernando (ibid.,
II, 20-21). En tiempo de Carlos V se gastaban en la casa real más de 150.000 maravedíes
diarios en comida,cuando en la época de Isabel la Católica sólo se invertían de 12 a
15.000 (ibid., II, 22-23). El péndulo regresó hacia la circunspección en la
época de Felipe II (ibid., 55), sólo por poco tiempo.
Aunque puede alegarse que
estos datos se refieren a las clases altas, existe la tendencia a que en la comida y en el
vestido, la clase baja haga los mayores esfuerzos por cerrar la brecha.
Los celtas primitivos de
España no conocieron el uso del ajo y del aceite, ingredientes típicos de la cocina
romana. Los godos tampoco conocieron cosas que sólo llegaron con los árabes, como el
gusto por lo agridulce suministrado por los cítricos: limón, cidra, naranjo; la pimienta
negra, el azafrán, la nuez moscada y, desde luego, la caña de azúcar (Pérez, 1976, 13,
16-17), sin dejar de mencionar el arroz.
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Figura 8. "Jesús en casa de Marta y María" de Diego Velázquez
(1599-1660). (Galería Nacional de Londres).
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Pero al llegar a
América, las cosas cambiaron. Ante todo, los alimentos disponibles eran muy distintos, y
había que empezar por acomodarse a ellos, aunque el proceso tomó su tiempo, y aun
algunos peninsulares nunca pudieron sujetarse a las nuevas situaciones. No posos
desajustes y traumatismos hubo al principio, con las secuelas que se presentan cuando dos
cuhuras completamente diversas se ponen en contacto. Este aspecto se estudiará con
detenimiento, en el capítulo XIV.
2. AYUNOS Y ABSTINENCIA
Importante innovación en
las costumbres alimentarias impuestas por los españoles en América, lo constituyó el
establecimiento compulsorio del ayuno y la abstinencia, prescritos por la religión
católica. Durante ciertas temporadas del año y de modo regular los viernes, los fieles
debían privarse de comer carne (abstinencia) o reducir el volumen y el número de las
refacciones (ayuno). Parece que la costumbre empezó en tiempo del rey Fruela, de comer
los sábados los menudos y extremidades de los animales y no carne. Esto se hizo para
rememorar la batalla ganada a los moros (Mariana, 1950, 1, 199, 339). El rey Fruela I de
Asturias (757-768) fue hijo sucesor de Alfonso I el Católico. Después se reemplazaron
las vísceras por el pescado y éste llegó a ser más importante que la carne en España
desde la Edad Media, por la obligación continua de la abstinencia (Vives, 1959, 1, 181).
De allí el gravamen que constituyó en la economía de la Península la importación de
pescado, tanto del Báltico como del Mediterráneo, pese a la intensa pesca nacional. Se
calculaba que había 120 días de abstinencia en Castilla y 160 en Aragón; el consumo de
bacalao importado era asombroso, con perjuicio de la industria pecuaria doméstica. Según
Ustáriz, esta importación ascendía a 487.500 quintales al año, por dos y medio
millones de pesos, y con la importación de otras clases de pescados, el total de la
sangría económica era de tres millones (Arias y Miranda, 1854, 72, 151-152).
Sin embargo, otros
animales formaron parte de la abstinencia. El conejo español Oryctolagus cuniculus
(L.) quizá fue domesticado por monjes, para servir en días de ayuno, por creer
ignorantemente que no era "carne" (Zeuner, 1963, 413).
Esto del ayuno tuvo
implicaciones de diversa índole en la alimentación y en el sistema de trabajo en
América. No estando disponible en muchas partes el pescado por razones que no viene al
caso presentar aquí, fue reemplazado, para los efectos del ayuno, por otros animales
americanos. Primero, por roedores como el conejo, Sylvilagus sp., la lapa (Cuniculus
paca, Agouti paca) y el chigüiro, como ocurría en los Llanos de Nueva Granada y
Venezuela (Oviedo, 1930, 214; Altolaguirre, 1908, 134; Appun, 1961, 274). Desde los
principios se usó la iguana, privilegio, en la época prehispánica, de los caciques
antillanos (Anglería, 1944, 34-35). El mejor naturalista español no supo cómo se
alimenta este saurio (Oviedo y Valdés, 1959, II, 32-33). Los viernes se comía en vez de
pescado (Casas, 1909, 26). En cuaresma se vendía mucho en los pueblos (Cobo, 1891, II,
142). En Masagua de Nicaragua, la mayor granjería consistía en capturar iguanas para esa
época del año (Fuentes y Guzmán, 1972, II, 49). En Guazacapán de Guatemala, las
cazaban, cosiéndoles la boca y atándolas de pies y manos, para llevarlas al mercado de
Suchitepéquez, donde no las había (ibid., 112-113).
Igualmente importantes
fueron las tortugas e hicoteas. En Cartagena solían guardarlas en corrales para Cuaresma
y para irlas matando cada día (Cobo, 1891, II, 146). Así mismo se usaban en Cuba (Arrate
[1761], 1949, 83).
También sobre las
culebras, especialmente las llamadas bobas, se discutió por los religiosos si
podían comerse en Cuaresma, y los graves doctores se pronunciaron por la afirmativa
(Cobo, 1891, II, 292).
Desde luego, lo más
usado fue el pescado, de acuerdo con el saber popular español consagrado en los
proverbios o refrases siguientes: "Todo pescado es flema, y todo juego postema";
"Carne, carne cría, y peces, agua fría"; "Buena es la trucha, mejor el
salmón, bueno es el sábalo, cuando es de sazón" (Sorapán de Rieros, op. cit.,
109-121). El pescado en Cuaresma se usó en todos los países americanos dominados por
España, incluyendo a Costa Rica (Fernández, 1882, II, 165) y la Nueva Granada (Friede,
1963, Q., 102). Son famosas las subiendas de pescado en esa época del año por el río
Magdalena. A principios del siglo XVII se capturaban en Purnio, cerca de donde es hoy La
Dorada, a veces más de 20 mil arrobas, principalmente de bagre (Simón, 1981-1982, IV,
310, 543).
También para esa época
se estableció la costumbre de consumir determinados alimentos, poco usados en el resto
del año. Los españoles comían zapallo en Cuaresma (Acosta, 1954, 113). En algunas
partes como ocurre todavía en la costa colombiana del Pacífico sólo
entonces se consume el fríjol. En los Llanos orientales, el cogollo de la palma manaca (Euterpe)
se comía sobre todo en Semana Santa (Rivero y Ustáriz, 1857, 1, 87), y el chulquín o
turión tierno de la cañabrava (Gynerium), en Popayán durante la Navidad (Olave
Díaz, 1982, 72).
En Cuaresma se comían
papas en Costa Rica, en 1802 (Fernández, 1907, X, 280).
Las consecuencias de
orden laboral no se hicieron esperar. Donde había alguna posibilidad de obtener pescado,
los indígenas tributarios estaban obligados a suministrarlos a sus encomenderos,
doctrineros y otras personas privilegiadas. Tal ocurrió con los quimbayas (Friede, 1963,
Q., 102). En la tasación de los indios de Sibundoy hecha por García de Valverde en 1570,
se dispuso que en la Cuaresma, en vez de carne, dieran papas y fríjoles (Friede, 1975,
VI, 88). En las ordenanzas sobre encomiendas de Tunja hechas en 1575, se estableció que
los indios dieran 20 huevos cada viernes a los doctrineros (ibid., 453).
3. LIBROS DE CULINARIA
En 1525, cuando había
desaparecido Santa María del Darién y apenas empezaba a organizarse Santa Marta como
ciudad en el litoral caribe, se publicó la versión castellana, bajo el título Libro
de guisados, del Libre del Coch (1a ed. catalana, 1477), del maestro Rubert
o Rupert o Roberto de Nola, cocinero, al parecer aragonés, del rey Alfonso V de Aragón y
Sicilia, el Magnánimo, o de su sucesor Fernando I (Pérez, 1976, 19-21, 171; Nola 1971).
En 1599 se publicó en
Madrid por Diego Granado, "oficial de cozina", el Libro del Arte de
cozina... (Granado, 1971).
El siglo XVII lo llena la
obra del cocinero de Felipe IV, F. Martínez Montiño, de cuyo Arte de Cocina,
pastelería, vizcochería y conservería se hicieron muchas ediciones. Este
predicamento lo tuvo en el siglo XVIII la obra de Juan Altimiras Nuevo arte de cocina,
publicado en Madrid en 1788 (Pérez, 1976).
En un embarque de libros
hecho en Sevilla en 1600, con destino a la Nueva España, figura De re cibaria, obra
escrita por Juan Bruyerino (Joannes Bruyerinus Campegius), a cuatro reales el ejemplar
(Leonard, 1953, 318).
También merece citarse
otro libro sobre costumbres alimentarias: De la decencia en el vestir y en el comer, de
Fr. Hernando de Talavera, Baeza, 1638.
Desde luego, el decano en
castellano fue el tratado escrito hacia 1423 por don Enrique de Villena, citado al
principio de este capítulo, pero se publicó tardíamente (1766) y es obra rara. Más
aún lo es una del siglo XIII, de Mosé ben Nahmán (Namánides), habitante de Gerona que
escribió un Sulhan
arbaa (Mesa cuadrada), reglas de
urbanidad que se han de observar en la mesa común (Millás Vallicrosa, 1%8, 169).
En
lo que a América se refiere, ojalá aparezca algún día el manuscrito perdido del medio
médico y medio aventurero Juan Méndez Nieto, quien vivió varios años en Cartagena de
Indias a fines del siglo XVI: De la facultad de los alimentos y medicamentos indianos,
con un tratado de las enfermedades patricias del Reino de Tierra Firme (Rico-Avello,
1974, 119, 144).
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Figura 9. Facsímil de la portada del "Libro de guisados", de Ruperto
de Nola. Dice en el prólogo: "Fue sacado este tratado de lengua catalana /Llibre del
Coch/ en nuestra lengua materna y vulgar castellana en la ciudad de Toledo estando en ella
el emperador don Carlos nuestro señor. Donde se acabó a ocho días del mes de julio año
de mil y quinientos y veinte y cinco".
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