Historia de la Cultura Material en la América Equinoccial (Tomo 1)
Alimentación y alimentos
Víctor Manuel Patiño

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D) BATRACIOS

RANAS. En Méjico, las ranas eran comida para los privilegiados, y los indios tenían que llevarlas de tributo (Gómez de Cervantes, 1944, 116-117; Cobo, 1891, II, 141). Otro grupo comedor de ranas eran los cuevas panameños (Romoli, 1987, 164).

Los indígenas de San Jerónimo (Rionegro y Vaupés) comían — ensartadas en un bejuco — ranas cocidas, con entrañas y todo (Wallace, 1939, 475). Es la llamada jui, que con su croar anuncia la proximidad de las crecientes, y que los indios echaban vivas a hervir en la olla; son de excelente sabor (Spruce, 1908, 1, 484; Giacone, 1976, 54; Triana, Gloria, 1985, 62). También ha sido manjar de tribus amazónicas (Rocha J., 1905, 17; Nimuendajú, 1948, 714).

Actualmente, en el Amazonas peruano se cazan las huahuashas, ranas de 5-10 cms., verdes, castañas o negruzcas, que aparecen en las tahuampas o ciénagas en octubre y noviembre, época en que los campesinos están a la expectativa para ir a ‘huahuashear’, pues esos batracios son muy apetecidos. (Datos de Walter Leveau Ramírez, del Banco Agrario del Perú en Yurimaguas, 1978).

SAPOS. Los indios nicaragüenses, especialmente en las islas occidentales de Pocosí, Chira y Chara, mantenían en sus casas sapos atados, para comerlos asados de tiempo en tiempo (Oviedo y Valdés, 1959, II, 67; III, 299).

En algunos lugares de la sierra peruana se ha reiniciado el consumo de sapos, que debieron ser más abundantes cuando la humedad era mayor (Horkheimer, 1973, 133). Constituían comida peculiar de Chinchacocha y otras partes de la costa (Cobo, 1891, II, 140; 1956, 1, 290-291).

 

E) OFIDIOS

CULEBRAS. Serpientes de las familias Boídeas y Colubrídeas fueron utilizadas como alimento, por lo menos ocasional, en muchas partes de América.

Algunas de las perezosas se consumían normalmente en las Antillas, y aun los españoles, en los primeros tiempos de la ocupación, no las menospreciaban (Casas, 1909, 26, 42; Oviedo y Valdés, 1959, II, 37). De modo normal las comían los jiraras (Mercado, 1957, II, 270).

Culebras como pipas en la Gorgona devoraban a los indios, y a esto se atribuyó la despoblación de esa isla cuando allí arribó Pizarro con Los trece de la fama (Oviedo y Valdés, 1959, V, 11), lo que no impidió que los españoles mejor armados se alimentaran de ellas (Zárate: Vedia, 1947, II, 464).

F) SAURIOS

 

IGUANAS. Las había descrito primero Américo Vespucio (Vespucio: Fernández de Navarrete, 1964, II, 141-142).

En las Antillas y en otras partes de América se solía mantenerlas amarradas durante varias semanas, para el consumo. Los españoles pronto aprendieron a comerlas: "y con sus especies e un pedazo de tocino y una berza, no hay más que pedir en este caso para los que conocen este manjar" (Oviedo y Valdés, 1959, II, 33-35).

Debatieron largamente los españoles sobre si la iguana era pez o carne, para los importantes efectos de utilizarla en el ayuno y la abstinencia católicos. De todas maneras, el uso implantó el consumo los viernes (Casas, 1909, 26; Cobo, 1891, II, 142; Arellano Moreno, 1970, 160). Véase el tema del ayuno en la Parte tercera.

Durante la expedición de Lope de Aguirre las hallaron atadas por el pescuezo en las casas de los indios amazónicos (Simón, 1963, II, 366).

Los huevos de iguana han sido juzgados deliciosos, y son objeto de comercio en el área circuncaribe (Arellano Moreno, 1970, 160) y en el Orinoco (Gilij, 1965, 1, 99-100).

En la Guayana, los Caribes la llaman wainamucka (Im Thurn, 1883, 130-133, 239).

Se sacaba de ellas un aceite para usos medicinales (Oviedo y Valdés, 1959, II, 33-35).

El lagarto gushar era comida de los guajiros (Jalm, 1927,144).

El lagarto pollero (Tupinambis nigropunctatus) del Orinoco no lo despreciaban los indígenas como manjar (Rivero,

1956, 121).

G) HIDROSAURIOS

CAIMANES. La carne y los huevos de caimán fueron comestibles en ciertas partes del área circuncaribe (Castellanos, 1955,II, 385-386).

De las tribus orinoquenses, solamente los guamos comían la carne (Gilij, 1965, 1, 101).

En Izquintepeque, costa occidental de Guatemala, vendían asados caimancitos de1 vara, llamados polulos (Fuentes y Guzmán, 1972, II, 52).

BABILLAS (Caiman fuscus). La carne de éstas ha sido mas apreciada que la de los caimanes (Gilij, 1965, 1, 103; Schomburgk, 1923, II, 25).

H) QUELONIOS

TORTUGAS. Las tortugas marinas, como el carey del Caribe; las fluviales, como las terecayes del Orinoco, y las terrestres, como los morrocoyes, constituían una de las carnes mas apreciadas en América.

Chelonia mydas -Tortuga verde — Carne.

Eretmochelys imbricata -Carey — Huevos.

Caretta caretta — Huevos.

Podacnemis expansa -Charapa — Carne.

En otra parte se describió la práctica de hacer corrales de tortugas en toda América, desde las Antillas hasta el Amazonas, para mantener los animales vivos durante largos períodos (Patiño, 1965-1966, 164).

Se vendían cada día en Santo Domingo (Oviedo y Valdés, 1959, II, 62-63).

Los misioneros y viajeros han descrito la forma como se apañaban y utilizaban las tortugas en el Orinoco, por los animales ya jóvenes, ya adultos, o por los huevos para hacer aceite (Gumilla, 1955, 193-198; Gilij, 1965, 1, 104-114; Bueno,1965, 125-128, 158; (morrocoy y culo-hediondo, 105); Caulín,1966, 1, 86-87) (Morrocoi o hicotea, 81); Torre Miranda,1890, 109-110).

Esto también se conoce en las Guayanas (Schomburgk,1922, 1, 236-237; 1923, II, 197-198; Im Thurn, 1883, 135-136).

Así mismo, en la hoya amazónica la época de cosecha de tortugas y huevos es una de las más divertidas del año entre los indígenas y sus sucesores en el ecumene. Estas costumbres fueron observadas por los españoles durante la expedición Ursúa-Aguirre de 1561 (Simón, 1963, II, 297-298, 306-307 y nota). Ocurre a principios de noviembre (Sampaio, 1825, 86-87).

En la región de Egas o Teffé había un régimen especial para la época del desove, cuando se reunía mucha gente(Bates, 1962, 345-346, 348, 354-357, 363-364, 365, 367-368). Yaempezaba a preocupar, a mediados del siglo XIX, la merma por la enorme cantidad de huevos destruidos (Wallace, 1939, 595-598).

En los altos afluentes, como el Ucayali-Marañón, la época es por mayo y junio (Uriarte, 1952, 1, 142, 143, 203, 215, 347, 353; II, 94); pero allí las mantienen cautivas en corrales o charaperas, con el objeto de ir utilizándolas poco a poco.

Fueron célebres en el pasado las hicoteas de Cartagena (Cobo, 1891, II, 146). Todavía en la época del viaje de Mutis hacia el interior (1761), los huevos de tortuga constituían ítem importante en la alimentación en la cuenca del Magdalena (Hernández de Alba, 1957, 1, 69, 72). La costumbre perdura en la costa atlántica.

 

1) PECES

Un tratadista francés sobre cosas de comer sostiene que los pueblos ictiófagos son menos valientes que los carnívoros, y se distinguen por la palidez del semblante; pero que muestran mayor longevidad y mantienen exaltado el instinto de la reproducción, a causa del fósforo (Brillant-Savarifl, 1953, 94).

Juzgando de acuerdo con la situación actual, se creerla que el consumo de pescado por los aborígenes en la época prehispánica era predominante en las riberas marítimas y a lo largo de los grandes ríos ecuatoriales, pero escaso o nulo en el interior andino. Error. La documentación disponible indica que tanto en la periferia como en el centro de Colombia, el consumo de pescado era intenso y regular, no como ahora, que es más o menos recurrente. Lo que ha sucedido es que se han deteriorado las condiciones ambientales que propiciaban una abundante población piscícola en ríos y quebradas, hecho que muchos colombianos nacidos todavía en este siglo pueden atestiguar.

De todos modos, la obtención y consumo de pescado en el área de este estudio era, a la llegada de los europeos, mas importante que ahora. En Tierra Firme, o sea, la parte continental de Suramérica, sobre el mar Caribe, especialmente en Panamá: "Estos indios tienen sus asientos, algunos cerca de la mar, y otros cerca del río o quebrada de agua, donde haya arroyos y pesquerías, porque comúnmente su principal mantenimiento y más ordinario es el pescado, así porque son muy inclinados a ello, como porque más fácilmente lo pueden haber en abundancia, mejor que las salvajinas de puercos y ciervos, que también comen y matan" (Oviedo y Valdés: Vedia, 1946, 1, 481). Cómo pescaban y preservaban el producto de la pesca se verá en el tomo de esta Historia de la cultura material, dedicado a la Tecnología.

Lo más notable es que en las localidades interioranas, aun en las de climas fríos, hubo un aprovechamiento intenso de las especies de peces adaptadas al medio, como se explicará adelante.

Algunas tribus del occidente colombiano y de la cuenca del Cauca tuvieron nombres de peces. Tales los atuncelas de la parte alta de la hoya del río Dagua; los gorrones, de la artesa central del Cauca, y los ansermas, vecinos norteños de los anteriores (Oviedo y Valdés, 1959, III, 170), según Vadiho, aunque otros autores dicen que esa palabra significa ‘sal’ (Cieza: Vedia, 1947, II, 368). Panche, nombre de una nacion indígena del medio Magdalena, también se aplicaba al bagre de Mariquita (Simón, 1981-1982, IV, 302).

En la costa occidental de Suramérica, desde el Ecuador hacia el sur, comían los pueblos el pescado crudo, como lo observaron los primeros expedicionarios de Francisco Pizarro al llegar a Atacames en 1531 (Oviedo y Valdés, 1959, V, 97), según informe del piloto Juan Cabezas. De ahí debió de originarse el famoso ceviche peruano, en el cual el limón, no conocido en la época prehispánica, sustituiría algún ácido de plantas similares a Oxalis corniculata L.

En algunas regiones, el pescado era especialmente abundante. Cuando Jorge Robledo salió de Antioquia para el Urabá, en 1541, los expedicionarios mataban con palos cuantos querían (Cieza, 1924, 42). Los ríos pequefios de la serranía de Abibe eran ricos en pescado (ibid., 45), y pescado era uno de los tributos que Quinunchú hacía a su hermano Nutibara (ibid., 46). La Cordillera occidental del Valle era proveída de pescado (ibid., 88). Esto se aplica también para todo el Chocó (Robledo, J.: Jijón y Caamafio, 1938, II, 80).

Otro testigo contemporáneo de la ocupación de esta parte de Sur América es concordante. En los ríos de la provincia panameña-urabaeña de Cueva había grandes pesquerías de buenos pescados (Andagoya: Cuervo, 1892, II, 86). En Chame y Cherú, costa pacífica de Panamá, abundaba la pesca en los ríos y en el mar (ibid., 92).

Cuando Jorge Robledo llegó con su gente a los gorrones, en 1539, halló tanto maíz y pescado, que se pudiera estar dos meses con su gente invernando "y no lo acabara" (Robledo:Cuervo, 1892, II, 438).

También en los ríos del valle del Cauca había mucho pescado (Andagoya: Cuervo, 1892, II, 113).

En 1583, unos cuarenta años después, todavía la cuenca del Cauca era rica en pescado, según el oidor Guillén Chaparro, quien en ese año hizo una visita por todo el occidente (Guillén Chaparro: AIP, 1889, XV, Cauca ,(147); Caramanta y Arma (149); Antioquia (149); en Toro, en Buga y Cali (151). Por contraste, había poco en Popayán (152), quizás a causa de la acidez de las aguas del Cauca cerca a esa ciudad.

El cacique Pete, de Cali, daba tributo de pescado (Friede, 1961, JV, 122-123), que seguía abundando en el siglo XIX en Palmira y La Vieja (Hamilton, 1955, II, 73).

Igual cosa ocurría en el valle del Magdalena. En los arroyos de Mariquita había abundancia de pescado muy bueno. "Hay en el dicho pueblo de Onda, frontero dél, un salto que el río Grande hace, do se mata cada un año más de cuatro mil arrobas de pescado que llaman bagres, sin otro mucho menudo que allí tomando se provee todo lo más deste Reino [de Granada] en tiempo de cuaresma..." (Guillén Chaparro:AIP, 1889, XV, 154).

A fines de agosto y principios de septiembre, cuando bajaban las aguas de los ríos Putumayo y Caquetá, se verificaba la subienda de peces, que era aprovechada por las tribus sionas para tomarlos a veces a manos, por la abundancia: bocachico, hancosere o sardina, tablón, doradas, barbudos negros, curbinatas... (Cuervo, 1894, IV, 267-268).

La abundancia, desde luego, no se extendía a todo el territorio. En determinadas regiones, especialmente de clima seco o subárido, la pesca quedaba restringida a los lugares donde había masas de agua más o menos permanentes. Entonces se presentaban conflictos entre tribus vecinas o rivales, por el precioso producto. En Tapé, Guajira, no lejos de donde fue fundado el pueblo de Riohacha por la gente de Alonso Luis de Lugo, había una marisma o albufera que en determinadas épocas se colmaba de pescado, que era tomado a manos llenas por las tribus aledañas (Castellanos, 1955, II, 273-274).

Las rivalidades y guerras de los bondas y ursinos de Santa Marta, a causa de diferencias entre áreas marinas de pesca, daban respiro a los españoles medio sitiados en la ciudad (ibid., 630).

La cacica Arcupón, de la cuenca del río Unare en Venezuela, era rival de Guaramental, por razón de haber despojado a éste de una laguna de pesquería (Simón, 1963, II, 15). Los jefes de dicha área llanera tenían adscritos sus ríos y lagunas de pesquería, que no se podían transgredir sin rechazo de los despojados (ibid., 110-111).

No tiene objeto, en una obra como la presente, hacer una lista de todos los peces que se hallaban en los ríos, quebradas, lagunas y mares de la Nueva Granada. Ese catálogo se puede consultar en obras especializadas. Es suficiente indicar algunos ejemplos o casos especiales.

Sea lo primero insistir en la presencia de peces de climas medios y fríos.

Los españoles que llegaron con Quesada a la sabana de Bogotá apreciaron, después de las privaciones de la larga marcha, las delicias del capitán, pez de las ciénagas y corrientes de agua (Eremophilus mutisii). Juan de San Martín y Antonio de Lebrija se limitan a decir: "Hay mucho pescado en los ríos.. ." (Friede, 1960, NR, 196). Jiménez de Quesada, en su Epitome, es más prolijo: "Pescado se cría en los ríos y lagunas que hay en aquel Reino. Y aunque no es gran abundancia, es lo mejor que se ha visto jamás, porque es de diferente gusto y sabor de cuantos se han visto. Es sólo un género de pescado y no grande sino de un palmo y de dos y de aquí no pasa, pero es admirable cosa de comer (ibid., 266; Cuervo, 1892, II, 212; Aguado, 1916, 1, 254). Lo mismo dice otro autor, de oídas (Oviedo y Valdés, 1959, III, 110).

Federman también afirma que el pez era escaso (Friede, 1957, V, 206; 1962, VIII, 309). De todos modos, constituía parte del tributo que debían dar los indios al doctrinero de Gachetá (Aguado, 1916, 1, 529).

Particularizando los lugares de la sabana, en la laguna de los Tinjacaes o Siguasinza y en el río Fontibón eran especialmente abundosos (Castellanos, 1955, IV, 298). A principios del siglo XVII, las principales pesquerías estaban en el río de Bosa, cerca del cerro que llaman del Tabaco (Simón, 1953, II, 229).

Un viajero que llegó a Bogotá el 7 de junio de 1741, se hizo servir cerca del puente del río Funza pescados capitanes, que se capturaban en balsas de totora en las lagunas vecinas, de las cuales balsas había algunas en ese momento (Arellano Moreno, 1970, 116; Oviedo, 1930, 98-99). También abundaba entonces el pescado en la laguna de Fúquene y en el río de La Balsa de Chiquinquirá (Oviedo, 1930, 105, 122).

En 1854 todavía se disfrutaba en Bogotá del capitán tradicional (Holton, 1857, 136; 1981, 142, 180). La laguna de Fúquene continuaba siendo un rico reservorio de pescado (Ancízar, 1956, 37). Esto da idea de la persistencia de costumbres y recursos, que han desaparecido en lo que va corrido de este siglo.

Otro pez nativo de las aguas frías serranas es la guapucha (Grundulus bogotensis Humboldt), de 2-3 pulgadas, mientras que el capitán suele crecer hasta 12 pulgadas (Díaz Castro, 1972, 48-49).

Otro caso de peces de altura, asociados de antiguo a las costumbres de los pueblos indígenas andinos, es el de las preñadillas (Pimelodes cyclopum *). La relación geográfica de Otavalo de 1583 habla de ellos así, refiriéndose a la laguna de San Pablo, nutrida por cinco chorros que salen de un cerro vecino: "y esta agua destas fuentes va a dar a la laguna dicha, y por los dichos cinco ojos o fuentes salen debajo de la tierra un pescado pequeño, poco mayor que un dedo, a manera de bagres, y hay en el dicho pescado machos y hembras; son las hembras muy sabrosas y salen llenas de huevos y llámense preñadillas; los machos no son tan sabrosos. Es cosa de admiración criarse debajo de la tierra dicho pescado, y para pescarse, lo pescan de noche y muy oscuro..." (J. de la Espada, 1897, III, 108; 1965, II, 234-235). Esto continuó en el siglo siguiente (Cobo, 1891, II, 169). Un gran naturalista francés comprobó el hecho en 1830 (Boussingault, 1903, V, 205).

Con ser esos los casos más importantes, no fueron los únicos, y queda constancia de la existencia de pescado en cantidades apreciables para un consumo regular en climas medios, en varias partes del área andina. Por ejemplo, en San Cristóbal del Táchira, a raíz de su fundación (Aguado, 1917, II, 515).

En el río Consota, afluente de La Vieja, en el Cauca, a mediados del siglo xvi había capitán negro y sabaletas (Friede, 1963, Q., 228), y los indios quimbayas debían darlos de tributo (ibid., 102, 219).

El pisco negro figura como especie muy sabrosa del río Páez arriba de La Plata (Hamilton, 1955, II, 6).

En 1684, los indios de Popayán debían vender seis pescados negros de un jeme de largo, por un real (Olano, 1910,22).

Los indios de Quito consumían el pescado pequeño llamado choncho (J. de la Espada, 1897, III, CXXV).

Sobre los peces del Orinoco hay referencias tempranas. Durante la expedición de Alonso de Herrera, en 1536, el herrero perdió la vida por ahogamiento causado por un pescado caliente o valentón (Simón, 1963, 1, 323). Caso igual le ocurrió sin consecuencias funestas porque corrieron los compañeros a auxiliarlo, a Juan de Avellaneda, fundador de San Juan de los Llanos. Este valentón ha sido descrito por los misioneros con el nombre de laulao (Gumilla, 1955, 192; Gilij, 1965, 1, 93; Bueno, 1965, 110), y corresponde al Brachyplatystoma filamentosum (Lichtenstein, 1819).

De esa misma región son famosos la payara, la cachama, el morocoto, el pavón, el pacú y el temblador, fuera de muchos otros.

Mención especial debe hacerse del pez fluvial más grande de la América equinoccial: el paiche o pirarucú (Arapaima gigas). El misionero jesuíta Francisco Figueroa lo describe bajo el primer nombre (Figueroa, 1904, 210), llamado igwasó por otras tribus (Espinosa, 1935, 111). Los jíbaros lo pescan con una lanza de chonta (Karsten, 1935, 176). Esta especie llega por el Amazonas hasta Yurac-Yacu en el Huallaga, cerca a Casuta (Spruce, 1908, II, 22). Salado, constituye la principal provisión en el gran río, aunque así no es tan aceptable como fresco (ibid., 1, 54, 177-178). Sube también al Putumayo (Crévaux, 1879, 234, 241). Llega hasta la Guayana, y sólo existe en el Rupununi y los ríos Negro y Blanco; no lo comían los macusis y sí los caribes (Schomburgk, 1922, 1, 284, 291, 293-294, 299).

 

J) AVES

Una observación inicial se impone. La riqueza en avifauna de Colombia y países vecinos ha sido resaltada por los tratadistas. Pero esto induciría a error sobre la importancia que las aves tuvieron en la alimentación del indígena. Porque motivos distintos de la nutrición pudieron inspirar e inspiraron el interés del aborigen por las aves. Baste decir que el arte plumaria alcanzó en América el pináculo de la perfección. En muchos casos, pudo ser más importante este aspecto que el puramente manducatorio. Aún se reporta el caso de las tribus de la Sierra Nevada de Santa Marta, que mataban las aves por la pluma y nunca comían la carne (Simón, 1953, VIII, 162), aunque a los primeros exploradores españoles no les pareció tan radical la abstención (Anglería, 1944, 247). Las tribus guayanesas tampoco comían ciertas aves, "por superstición" (Barrare, 1743, 231-232).

Otro aspecto es el de la cría de animales de compañía y diversión, que entre ciertas tribus, como la mayoría de las guayanesas, tenían casi la categoría de miembros de la familia y aun hacían el papel de vigilantes, por la alarma al sentir enemigos o gentes extrañas. En estas condiciones, el aprovechamiento alimentario de esos volátiles quedaba prácticamente excluido.

Lo anterior quiere decir que en la lista que se da a continuación figuran, al lado de aves de caza actualmente aceptadas por todos como tales para consumo por el sabor de su carne (Hno. Ginés y Aveledo, Ramón, 1958; Borrero, J. 1., 1972; Méndez, E., 1979), otras que no tienen ese carácter, pero que fueron utilizadas por los aborígenes en determinadas regiones.

Por último, algunas aves fueron domesticadas o amansadas por los indígenas, de modo regular. En cada familia se consignarán los datos pertinentes.

* Ahora Astroblepus ubidiae

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