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CAPITULO
V
DISCRIMINACIÓN
ALIMENTARIA POR GRUPOS
ÉTNICOS, POR ESTAMENTOS SOCIALES
Y POR OFICIOS O SITUACIONES
A) POR GRUPOS ÉTNICOS
La jerarquía social se
refleja no sólo en el vestido, sino también en la alimentación. Durante toda la
historia, las clases pudientes han disfrutado de los mejores alimentos, entendiendo por
tales no los más ricos desde el punto de vista bromatológico, sino los mas caros,
refinados o sápidos (relativamente hablando). La alimentación de la clase baja de la
población casi siempre ha sido más monótona y, por ende, menos nutritiva.
En la India antigua era
diferente la alimentación de las clases intermedias, basada en plantas, a la de ricos y
parias, basada en carne y pescado (Durant, 1952, 121-122). Los hombres de raza blanca han
sido comedores de pan, aunque el cereal del cual se prepara haya variado a través de los
siglos (Maurizio, 1932, 573-583).
Los ricos de la
civilización occidental prefirieron, para alimentación y vestido, productos animales;
los pobres, para ambos menesteres se contentaban con vegetales (Lewinsohn, 1952, 346).
Algunos autores son perentorios en afirmar que el pobre es necesariamente vegetariano, y
el rico, naturalmente carnívoro (Cépède y Lengellé, 1956, 73 nota).
Esta discriminación era
patente en España en la época de los descubrimientos. No sólo operaba, como es
natural,entre españoles y moriscos ya que éstos eran el grupo dominado ,
sino también entre diversos estamentos sociales de españoles puros.
1) Los moriscos tenían
una dieta predominantemente vegetal, a base de alimentos considerados "viles"
por los españoles: harinas, legumbres, lentejas, panizo (Panicurn miliaceum),
adaza o zahína (¿Sorghum?), habas, mijo (Sorghum), y pan de lo mismo y
de alcandía de indentificación ambigua, pues unos dicen que era un cereal parecido al
maíz (¿Sorghum?), y otros, al trigo candeal. Comían higos, miel, leche, y se
hartaban de pepinos, berenjenas, melones; en Valencia comían arroz todos los días
(Colmeiro, 1863, II, 65-66). Aún se dice en el oriente de España: "Pan de panizo,
Dios no lo hizo; lo hizo Mahoma, que se lo coma" (Beneyto, 1961, 207).
2) En cuanto a los
españoles, los nobles comían gallinas, capones, perdices, pavos, y se alumbraban con
cera; los pobres comían carne de carnero, tomaban vino, y se alumbraban con aceite (ibid.,
550-551 y nota). Las vísceras fueron siempre asignadas a las clases desvalidas. Lengua,
tripa, hígados y livianos no eran para gente delicada (Villena [17661, 1981, 97). Los
Caballeros de La Banda, en España, no podían comer puerco, ajos, cebolla, "ni otras
semejantes bascosidades", y debían someterse a varias reglas rígidas sobre comer y
beber (Guevara: Ochoa, 1945, 1,132).
Fenómeno semejante
existía en América antes de la conquista, desde luego, sobre la base de que la economía
de prestigio sólo opera cuando hay productos sobrantes (Herskovits, 1952, 314; Köning,
1972, 90, 92; Harris & Ross, 1987, 43, 482). El que mandaba en el Valle de Santiago de
la Cordillera de Mérida era el que tenía más hijos, grandes labranzas o bienes
temporales (Aguado, 1956-1957, II, 358). Los caciques en los Andes ecuatorianos tenían
abundancia de cosechas y comida para regalar, de allí su prestigio (Salomon, 1986, 83,
125, 139; Murra, 1983, 38, 88). Los caciques en el área boyacense eran privilegiados en
comida, vestido, trato (González, Margarita, 1979, 48). Entre los amazónicos, el papel
social de las fiestas se traducía en que tenía más prestigio el que más chicha gastaba
(Lathrap, 1970, 54).
En Centroamérica y
Méjico, donde el uso del cacao como bebida ceremonial estaba difundido, solamente lo
podían tomar con carácter distinto los caciques o los soldados (Fernández, 1881 1, 16).
Aun muy adelante en el proceso de la miscigenación, los bribrís de Costa Rica tenían la
discriminación de que el chocolate estaba reservado a los caciques, mientras que el indio
común bebía chicha (ibid., 1883, III, 330).
En Panamá, provincia de
Paris, los guerreros no comían carne; los labradores sí (Andagoya: Cuervo, 1892, II,
93). Entre los muiscas de la sabana de Bogotá, los caciques eran los únicos autorizados
para matar y comer venado; los plebeyos no (Rodríguez Freile, 1935, 26).
Los peruanos del pueblo
no podían comer carne, beber chicha ni mascar coca, sin licencia de los Incas o los
curacas (Acosta, 1954, 603). La carne la comía el pueblo con ocasión de los grandes
chacos o cacerías colectivas, que se hacían en presencia de los soberanos (Baudin, 1955,
89-90).
Consolidada la
dominación europea en América, a pesar de que hubo en parte un proceso nivelador por la
tendencia política española de debilitar el poder de los caciques sobre la población
indígena en provecho del estamento dominante, continuó manteniéndose cierta
discriminación, esta vez con base en algunos alimentos introducidos. Por ejemplo, en
Otavalo, Ecuador, únicamente los caciques y señores comían carnero; los demás, vaca
(J. de la Espada, 1897, III, 111-112). En Tamalameque, sólo los indios que vivían con
españoles, sirviéndoles, comían carne de vaca; el resto no (Latorre, 1919, 17). Igual
cosa acontecía con los indígenas sirvientes de españoles en Barquisimeto (Arellano
Moreno, 1950, 124).
Hasta en el tipo de carne
ha habido discriminación. El gobernador de Cartagena Pedro Zapata de Mendoza (1648-1658),
decretó en 1648 la libertad de la sisa de dos reales por cada arroba de carne de puerco y
de medio real en la de vaca, con la cual se pagaban unos funcionarios, aumentando la
primera en seis reales y suprimiéndola para la segunda (vaca), por ser la carne de los
pobres (Herráez, 1946, 32-33).
Un siglo más tarde en
Cartagena, los negros tomaban chocolate con harina, y los blancos, puro (Juan y Ulloa,
1748, 1, 52), y poco después, allí mismo y en este caso así ocurría en toda la
América española el pan y el vino estaban reservados a los caballeros (Serra,
1956, 1, 45), como en Méjico, donde el trigo era para los blancos, y en parte, para los
mestizos (Cué Canovas, 1960, 78; Crosby, 1973, 106-107).
En Lima de fines del
siglo XVI, los españoles consideraban denigrante el consumo de pescado (Carletti, 1701,
1, 70-72). En el hospital de Santa Ana de esa ciudad, a mediados del siglo xvii se
asistía a enfermos indígenas, a quienes se les daban "los mismos manjares que se
guisan para los españoles enfermos, y para los desganados y que tienen postrado el
apetito se hacen y aderezan las comidas propias suyas, las cuales, por estar acostumbrados
a ellas, aunque para nosotros son groseras y desabridas, suelen ser más apetecidas de
ellos que las delicadas y sustanciales que se les dan de aves y conservas" (Cobo,
1956, II, 446).
En el consumo de carne
hubo también selectividad. En Guatemala, los pobres comían carne una vez por semana
(Gage, 1946, 207). A los indios de Zapotitlán y Suchitepéquez, en 1579 no se les
permitía comer carne ni beber cacao; sólo maíz, chile, fruta, yerbas y raíces (Acuña,
1982, 40). El chocolate solamente lo tomaban los caciques; pero con la dominación
española, el uso se iba generalizando (ibid., 268, 269). Las mojarras de las
lagunas de Petapa y Amatitlán se reservaban para el consumo de los altos funcionarios
(Fuentes y Guzmán, 1969, 1, 203).
B) POR CONDICIÓN SOCIAL
1. ESCLAVOS ESTACIONARIOS
El esclavo en el Nuevo
Mundo dependía de la comida y el vestido que le proporcionaban sus amos. Éstos debían
cuidarlos, en vista del valor económico que representaban como mano de obra que tenía
altos precios. O sea, que el esclavo no necesitaba preocuparse por la subsistencia, pues
más o menos la tenía asegurada en cada región, de acuerdo con los recursos locales,
como lo consagró al final del período colonial el llamado Carolino Código Negro (Acosta
Saignes, [1967], 361-362). Cuando se liberalizó el régimen opresivo de los primeros
tiempos, al esclavo se le permitía tener una parcela donde cultivaba algún suplemento
alimentario; pero, al principio, la regla era que todas las tardes fuera confinado en la
ergástula, terrado o mucambo.
A partir de mediados del
siglo XVI, cuando se dispersó por toda la América tropical el plátano introducido por
los españoles, esta musácea se constituyó en el alimento predominante en la dieta de
las clases inferiores. Así ocurrió en Panamá con los esclavos (Serrano y Sanz, 1908,
76-77); en Costa Rica (Fernández, 1883, III, 380; 1886, V, 491), como lo consigna un gran
observador (Dampier, 1927, 216, 146); así en Santa Marta y Riohacha en el siglo XVIII
(Narváez y Latorre: Cuervo, 1892, II, 192).
A los negros esclavos que
trabajaban en ingenios en el nordeste del Brasil, en el siglo xviii les daban a comer
sólo las vísceras de los animales sacrificados para consumo (An. dreoni, 1923, 266).
2. ESCLAVOS CIMARRONES
Los esclavos huídos del
poder de sus amos, especialmente durante el período colonial, o bien lo hacían
individualmente o en grupos. En este último caso, que es el que interesa para los fines
de la presente investigación, las unidades escapadas trataban de atraer a otros
compañeros de servidumbre, cuando empezaba a consolidarse la organización jerárquica, y
llegaban a formar reductos de número variable entre menos de una docena y hasta varios
centenares. Los sitios donde se hacían firmes, por lo general estaban retirados de las
haciendas o villas, para dificultar la persecución. Aunque los historiadores han dado
cuenta de estas reducciones, llamadas cumbes, patucos, quilombos, rochelas, y más
comúnmente palenques, han hecho incapié en el aspecto y vicisitudes del escape como tal,
sin profundizar mucho en el régimen de vida que les permitió a algunos de estos grupos
mantenerse a veces por más de un siglo (Palmares en el Brasil, San Basilio en Nueva
Granada), y a otros lograr por fin cierta independencia y autonomía reconocida por las
autoridades (Bayano en Panamá).
El aspecto de la
rebelión como tal y de sus implicaciones socio-políticas no entra en el marco de esta
obra. Sólo conviene rastrear cuál era el régimen de subsistencia de los negros
cimarrones, porque se ha creído equivocadamente que era autárcico y resultado de una
especie de capacidad del negro para sobrevivir en condiciones semiselváticas (Freyre,
1943, 152-154).
Nada puede formarse de la
nada. EL negro estaba en el ambiente americano, donde ya el indígena había alcanzado una
completa adaptación al medio y domesticado muchas plantas, y donde el europeo había
introducido una sociedad política y administrativa, fuera de animales domésticos y
alimentos tan importantes como el plátano y la caña.
Si el esclavo se
escapaba, no conocía el nuevo ambiente donde tenía que refugiarse, por lo común
inhóspito, y no podía resistir allí mucho tiempo, si no se ingeniaba para adquirir
generalmente por hurto alimento en las regiones circunvecinas. La prueba es
que en algunas regiones americanas, aunque hubo negros, no formaban quilombos si la
población circundante les era hostil. Así ocurrió en las localidades de Piura, Loja y
Zamora la primera en el Perú y las dos últimas en el Ecuador , donde por el
robo de las parcelas de los indígenas, éstos reaccionaban denunciando a los escapados y
ayudando a capturarlos (J. de la Espada, 1885, II, 242; 1897, III, 220; 1897, IV, 15). Por
ejemplo, en Loja, a cuyo respecto se lee: "Que en términos de la dicha ciudad no hay
negros cimarrones ni huídos, y si algunos ha habido no se han podido sustentar y se han
tomado; porque por los daños que hacían a los naturales, ellos sirven de espías y aun
de traerlos atados a la justicia; y también por el interés y paga que delios se les
sigue, questá por ordenanza diez pesos por cada uno que prendieren y trujeren" (J.
de la Espada, 1965, III, 306).
Algunos negros del Chocó
que en el siglo XVIII huyeron hacía el Caquetá, se refugieron entre los indios, donde la
subsistencia estaba asegurada y aun empezaron a construír palenques propiamente dichos.
Dependían del veneno de los indios para cazar (Cuervo, 1894, IV, 238, 256-257; Arcila
Robledo, 1950, 298; Friede, 1953, 66, 227).
Aunque en ciertos
períodos del año podían consumir frutos espontáneos (palmas pindoba en Palmares)
(Alves Filho, 1988), el resto del año necesariamente tenían que depender de alimentos de
producción más estable, como plátano, yuca, maíz, carne de monte o de cerdos y
gallinas, y donde la fauna mayor requería grandes espacios gramináceas, como en los
llanos, los negros escapados sobrevivían a expensas de los ganados también cimarrones.
Lo mejor es estudiar algunos casos ocurridos en varios períodos.
a. BAYANO
Desde la segunda
residencia de Pedrarias en Panamá (1526-1527) ya había negros cimarrones en el Istmo
(Áivarez Rubiano, 1944, 349). Pero los asaltos que hacían a las recuas y las incursiones
a Nombre de Dios para sonsacar a otros de su condición, suscitaron la reacción de los
españoles, y aprovechando la presencia de Pedro de Ursúa que iba para el Perú
(1556-1558), las autoridades le encargaron la campaña de sometimiento, que después de
muchos percances logró. Al penetrar en los reductos más secretos, se halló que
"eran grandísimas las labranzas de plátanos que estos esclavos tenían hechas y
sazonadas para su sustento, sin maíz, yuca, batata y otras legumbres que cultivaban y
sembraban para comer" (Aguado, 1957, IV, 103-132). Aunque esta vez se logró la
victoria, los cimarrones persistieron; ayudaron a Francis Drake, facilitándole la toma de
Nombre de Dios en 1595, y para 1607 todavía la Audiencia decía que quedaban 94 alzados,
todos negros sin mulatos: "Estos se sustentan haciendo algunas sementeras de maíz, y
tienen platanales; montean y hurtan ganados; defiéndense con la aspereza del monte y con
no tener asiento cierto en ninguna parte" (Serrano y Sanz, 1908, 201-202). Estudiando
la lista de los alimentos, se ve que no diferían en nada de los del resto de la
población del Istmo.
b. SAN BASILIO DE PALENQUE
Se inició hacia 1599 o
1600 y duró, en esa primera etapa, hasta 1612 o 1613 (Simón, 1953, VIII, 165-173);
después revivió hasta 1713-1717 (Escalante, 1954, 229). No dice Simón de qué se
sostenían; pero estando la ciénaga de Matuna tan cerca de Tolú, y hablándose de los
continuos robos en las haciendas circunvecinas, no sería desacertado pensar que los
alimentos eran los mismos del resto de la población. Un autor se limita a decir:
"Cultivaban sus propios vegetales [¿ cuáles?] y criaban ganado..." (Megenney,
1986, 84). Algunos de sus descendientes contribuyeron a formar los núcleos urbanos que se
establecieron en las Sabanas de Bolívar a fines del siglo XVIII (Torre Miranda, 1794, 15,
30). Su agricultura estaba basada en el arroz, maíz, yuca, plátano, maní, caña, y algo
de ganadería (Escalante, 1954, 231; Friedmann, 1983, 35-36, 48). El producto extractivo
alimentario más importante habría sido el corozo colorado (Escalante, 1954, 232) y la
fauna silvestre (ibid., 235.248).
C. QUILOMBOS EN VENEZUELA
No se referirá aquí la
aventura del negro Miguel de mediados del siglo XVI, que tuvo más bien el carácter de
reivindicación clasista y duró poco por el mismo motivo, sino que se tratará de la
cincuentena de cumbes que un autor venezolano ha mapeado (Acosta Saignes, [1967],
256-257); el área que cubren coincide con la de la concentración de la población negra
(ibid., 138-139). La mayor densidad está en las regiones cercanas a los valles costeros
donde existían los principales cultivos, no sólo de subsistencia sino de exportación.
Los datos presentados de algunos quilombos hablan de "conucos y caza" (ibid.,
290), y de la venta de cacao robado (ibid., 286, 288, 290), porque un cultivo tardío como
ése requiere una organización de plantación que no se compadece con el régimen de vida
de una gente hostigada constantemente por las autoridades. Al contrario, Venezuela fue una
colonia pobre hasta fines del siglo XVII, en que el cacao permitió la introducción
masiva de esclavos (Arcila Farías, 1957, 313). Los pocos quilombos que figuran en los
llanos debieron contar con una población más reducida, porque allí los alzados tenían
que depender casi exclusivamente de los ganados también cimarrones, que empezaron a
medrar desde fines del siglo XVI (Acosta Saignes, [1967], 180, 261). O sea, ningún
recurso que ya no estuviera establecido y usado por los demás grupos étnicos
(Pollak-Eltz, 1972, 36-37).
d. PALMARES
Este quilombo, situado en
los límites de los actuales Estados brasileños de Alagoas y Pernambuco, perduró por lo
menos 65 años (1630-1695) (Carneiro, 1946, 11) o más de 120 (Alves Filho, 1988, 167,
170), y tuvo un área mayor que la de cualquiera otro en América: unos 27.000 km2
(ibid., 191). Un contemporáneo dice que se alimentaban de frutos de palmas,
batatas, fríjol, farinha, yuca, maíz, caña, gallinas, que tenían en abundancia,
pescado y carne de monte (Marcgrave [1628], 1942, 261). Aunque los autores modernos que
han escrito trabajos sobre Palmares dicen que el principal sustentáculo de los negros era
la palma pindoba (Attalea compta Mart.), por sus almendras, de que sacaban
aceite, se agrega en el área que ocuparon los negros con mayor o menor intensidad una
serie de plantas exóticas, desde durazno hasta cítricos, mango, fruta de pan (que en ese
tiempo no se había introducido en América), sandía, cocotero; las domesticadas
americanas aguacate, pitaya, papaya, guayaba, y las endémicas joá (joazeiro: Ziziphus
joazeiro), ingá, piña, arazá (Psidium spp.), cajá (Spondias),
jenipapo (Genipa), jacaratiá (Jacaratia dodecaphylla), pitomba (Talisia
esculenta), y otras (Carneiro, 1946, 27-28). 0 sea, una gama de especies exóticas y
nativas, comunes a las áreas circunvecinas. Hay también indicios de que completaban la
proteína con la caza (ibid., 27-28); la colecta de larvas de coleópteros, como
fuente adicional de grasa, y la cría de gallinas y cerdos (ibid., 28). Una sola
planta, por rica en elementos nutritivos que sea, no basta como alimento. Tiene que ser
complementada con otras cosas. Y lo que se sabe de la palmera pindoba no garantiza que
ella exclusivamente sirviera como pilar alimentario. Estando rodeada el área del quilombo
por haciendas, es permitido pensar que de allí los escapados obtuvieron, en principio,
los tallos y retoños de caña, de plátano, banano, de yuca y batata, y carmos de taioba
(Xanthosoma spp., Colocasia antiquorum) y de cará o ñame (Dioscorea)
(Alves Filho, 1988, 13, 187), y, desde luego, las semillas de maíz y de leguminosas. La
misma persistencia con que los palmareños pudieron sobrevivir, indica que tomaron mucho
de sus dominadores portugueses y holandeses, y quizá más de los indios, algunos de los
cuales formaban parte de la población palmárica.
C) POR OFICIOS O
SITUACIONES
1. BOCAS Y REMEROS
La discriminación operó
también según la profesión o actividad. En las ordenanzas que en Cartagena dictó en
1560 Melchor Pérez de Arteaga para el servicio de navegación del
Magdalena, se dispuso que
a los indios bogas se les diera como ración maíz y tasajos de manatí (Friede, 1975, IV,
118). Se supone que los viajeros españoles llevarían sus comidas tradicionales, como
bizcocho, vino, aceite y ajos. En los buques que hacían la navegación del Magdalena a
mediados del siglo XIX, se servía a los pasajeros arroz, y a los bogas, plátano (Holton,
1857, 56-57). Para viajes marítimos en el Caribe, los marineros comían tortuga con ajos;
los capitanes llevaban gallinas y puercos (Gage, 1946, 299-300). A principios del período
republicano, los bogas de Dagua sólo comían plátano y, a veces, un poco de pescado, y
bebían guarapo de caña; la carne, aun salada, era muy cara (Mellet, 1823, 231).
Los galeotes de
Cartagena, en numero de 200, recibían para todo media fanegada de habas o garbanzos, o 30
libras de mazamorra; a cada uno se le daba una ración de cazabe y, a veces, una libra de
carne (Borrego Pla, 1983, 443). El virrey Mancera, del Perú, mandó a rebajar la ración
de los galeotes, reemplazando los garbanzos por fríjoles, dando pescado ordinario, y
eliminando el tocino (Hanke, 1978, III, 168).
2. OBREROS FERROCARRILEROS
Cuando se empezó la
construcción del ferrocarril de Puerto Wilches, en 1882, la ración de los obreros
enganchados en la Costa Atlántica estaba compuesta así: "Desayuno, a las 530 a.m.
Café con galleta o algún equivalente. Almuerzo, a las 10 a.m. Arroz, carne, fríjoles,
bollo de maíz y panela en cantidad suficiente. Comida, a las 5 p.m. Arroz, carne,
fríjoles, manteca, bollo de maíz y panela. También se les suministraba plátano, yuca y
otras legumbres" (Valderrama Benítez, 1947-1948, 220). No se dice lo que comían los
ingenieros y superintendentes.
3. MINEROS
Las minas fueron el
nervio de la economía española en el Nuevo Mundo y también la actividad donde la
sujeción y mala vida de los indios alcanzó el ápice. Vale la pena conocer lo que
comían los indígenas antillanos en los primeros tiempos de la conquista y colonización:
... la comida que
para sufrir tantos y tales trabajos les daban, era pan caçabí, el cual, puesto que con
harta carne y otras cosas se pueden pasar bien los hombres, pero para sin carne o pescado
y manjar otro que le acompañe tiene poca sustancia. Así que su comida era de aquel pan
caçabí y mataba el minero un puerco cada semana; comíase él los cuartos y más, y para
30 y 40 indios echaba de los otros dos cuartos cada día a cocer un pedazo, y repartía
entre los indios a cada uno una tajadilla, que sería como una nuez, y con aquella,
gastándola toda empringando el caçabí, y con sopear en el caldo, se pasaban; y es
verdad, que estando el minero comiendo, estaban los indios debajo la mesa, como suelen
estar los perros y los gatos, para en cayéndose el hueso, arrebatallo, el cual chupaban
primero, y, después de bien chupado, entre dos piedras lo majaban, y lo que de él
podían gozar, con el cacabí lo comían, y así de todo el hueso no perdían nada; [y
esta tajadilla de puerco y los huesos dél, no lo alcanzaban sino solamente los indios que
en las minas a sacar oro andaban, porque los de las estancias, que cavaban y tenían otros
grandes trabajos, en su vida mujeres ni hombres nunca supieron, después de entregados a
los españoles, qué cosa fuese carne, más del caçabí y otras raíces]" (Casas,
1951, II, 254).
Aun llegó a presentarse
el caso de que algunos encomenderos mandaban a los indios de las minas varias arrobas de
tasajos podridos (Agia, 1946, 40).
En las minas del Chocó,
ya a principios de la época republicana, como los alimentos se llevaban de la cuenca del
Cauca, se reducían a tasajo, carne de puerco, maíz y panela (Boussingault, 1903, IV,
219).
4. BUCEADORES DE PERLAS
En 1544, a los indios
perleros de la Guajira "si no hay pescado no les dan más que tres arepas cada día,
y que cuando traen carne de montería, que se la reparten, y que cuando no la hay, no se
la dan. . ."; se han provisto dos chinchorros para pescar (Friede, 1960, VII, 214).
Otro testigo dice que antes ni comían maíz sino raíces de magué... "y ahora les
sobran las arepas y el agua y aun les dan vino" (ibid., 215). Para 1548 no
habían mejorado todavía las condiciones, porque en la visita que hizo ese año el
licenciado Tolosa, vuelve a aparecer la arepa sola, y ese funcionario la manda a pesar,
dando en promedio una libra. Los indios recibían tres diarias, salvo los domingos, en que
se les daba sólo una; pescado lo comían si los indios mismos lo traían (Friede, 1963,
IX, 253, 268, 275, 277, 285).
5. PRESOS
Para alimentar a los
presos en Mompós, a principios del siglo xix se utilizaban los despojos de la carnicería
(Groot,1890, II, 388).
La ración cotidiana de
los presidiarios en el camino del Quindío, a mediados del mismo siglo, consistía en
carne, maíz, arroz, sal y un cuarto de panela (Holton, 1857, 361).
COMPLEJO DE INFERIORIDAD
Todo esto conduce a que
la comida refleje el estado social y tenga implicaciones de Psicología colectiva.
Existiría, pues, un complejo de inferioridad por la comida entre las clases bajas, como
orgullo entre las altas o en otros pueblos (Jiménez 0., 1950, 1). Habría también en
esto una herencia psicológica (Cascudo, 1967, 1, 12-13).
Un mestizo genial hace
esta observación refiriéndose al Perú: "Como entonces abominaban los españoles
todo cuanto los indios comían y bebían, como si fueran idolatrías, particularmente el
comer la cuca, por parecerles cosa vil y baxa. . ." (Garcilaso, 1945, II, 189).
"Tan sólo 75 años después del descubrimiento del Perú, existía el complejo del layu
pita, es decir, el menosprecio al hombre que se alimentaba de lo que producía el
campo sin su intervención. La existencia de este complejo, estimamos que fue y es
también responsable en la inadecuada nutrición que tiene el campesino en nuestros
días" (Mayolo, 1978, 14).
Algunos misioneros
católicos echaron fuego a este candil, y dieron la imposibilidad de acostumbrarse a las
comidas de los indios como una causa del escaso éxito obtenido en la evangelización.
Así justificaron los jesuítas, en parte, los magros resultados de su labor entre los
guanacos (de Guanacas) y paeces: carecían aquéllos de sus alimentos acostumbrados.
"De ordinario se vían hambrientos faltándoles muchas veces aun aquella comida vil
con que los indios se sustentaban" (Mercado, 1957, IV, 44; Rodríguez, 1684, 411). De
estos prejuicios hay copia en las crónicas de las distintas órdenes religiosas.
La reacción del
indígena y del mestizo llevó al menosprecio de los valores autóctonos. Este complejo de
ocultamiento de lo que se come para no dejar ver las limitaciones alimentarias, que son
reflejo de la escala social, está generalizado en Colombia, no sólo en comunidades
pobres (Mora de Jaramillo: RCA, 1963, III, 240-241 (17-258); Dussán de Reichel, 1977,
485-504), sino también entre la clase media de las ciudades.
Muchos campesinos se
disculpan ante el visitante por no poder ofrecerle sino las comidas criollas.
En un estudio reciente se
considera este "indicador sociológico", con base en las encuestas realizadas
para el Atlas lingüístico-etnográfico de Colombia, y se documenta la tendencia
al uso de diminutivos desvalorativos para referirse a los alimentos que por su
escasa capacidad adquisitiva se ven precisadas las gentes del pueblo a consumir más
o menos rutinariamente (Figueroa Lorza, 1987). Habría larvado el deseo de cerrar la
brecha y poder consumir los "superalimentos" que son privilegio de las clases
altas, independientemente de que sean mejores o peores que los comunes y corrientes.