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II. SUMINISTROS
Como tónica general, la
producción y suministro de alimentos en las ciudades y pueblos españoles en América,
así como en las minas y en todo sitio donde se extraían recursos naturales o se
producían artículos (obrajes), quedó compulsoriamente a cargo de los indígenas, ya sea
que estos produjeran la comida por su propia cuenta en sus lugares de origen, o bien como
peones de empresarios españoles, bajo la vigilancia de los calpisques o mayordomos cuando
el encomendero era ausentista, caso éste el más frecuente, o bajo la vigilancia directa
de los mismos empresarios españoles.
El suministro se hizo
mediante varios mecanismos principales: la mita de producción y abastecimiento de
alimentos, llevándolos a la casa del encomendero; el aprovisionamiento directo por los
indígenas en los mercados de los pueblos donde los hubiere, o de puerta en puerta; o en
los tambos situados en los caminos.
Esto operó en Méjico
(Gómez de Cervantes, 1944, 100-101, 116-117; Zavala, 1945, 34, 35); en Cuba (Le
Riverend,1945, 19); en Guatemala (Cortés y Larraz, 1958, II, 286); enVenezuela (Friede,
1961, W, 292, 412-413; Ruiz Blanco, 1892,18; Gutiérrez de Arce, 1946, 1169, 1193); en
Nueva Granada (Otero DCosta, 1950, 31, 125; Friede, 1962, VIII, 75-76, 87,192;
, 1960, NR, 216; Arboleda, 1928, 152; Hamilton, 1955,11,25, 54); en el Ecuador (J.
de la Espada, 1881, 1, 25; 1897,III, 84-85, 208; Pérez, A. R., 1947, 91-95) y en el Perú
(Santillán, 1968, 129; Cobo, 1956, II, 353).Cuando se trató de imponer la economía
monetaria, en pocos casos el indio recibía el valor adecuado por los alimentos que estaba
obligado a vender. La figura del intermediario o atravesador, que no existió en América
antes de la llegada de los europeos, se hizo presente bien temprano. El cabildo de Quito
prohibió, en 1549, que los intermediarios salieran a las afueras de la ciudad para copar
los suministros. Se han señalado no sólo personas particulares que querían aprovecharse
de esto, sino también funcionarios oficiales. Miembros del ejército en Cartagena, en su
propio provecho sujetaban a exacciones a vendedores y proveedores (Marchena Fernández,
1982, 160).
III. ALIMENTOS
SUSTITUTIVOS
Se llaman así los que se
consumen sólo en ocasiones especiales cuando los alimentos rutinarios o usuales no son
asequibles. Esto se da principalmente durante expediciones por territorios poco conocidos
o en zonas selváticas despobladas.
En tales condiciones de
tensión extrema, el conservadurismo en los hábitos alimentarios desaparece (Crosby,
1973,169).
Varios ejemplos hay de
esto en el área del presente estudio, desde las expediciones iniciales por Castilla del
Oro y Costa Rica cerca de litorales, por Ojeda, Nicuesa, Enciso y Gutiérrez, y con mayor
razón en las realizadas tierra adentro, como las de los alemanes al interior de Venezuela
y la Nueva Granada; la de Quesada y los subintradores Jerónimo Lebrón y Alonso Luis de
Lugo, Magdalena arriba; las de Gonzalo Pizarro al país de la Canela, y otras. Terminados
los víveres que se llevaban a lomo de indio al iniciarse las entradas, había que
subsistir con lo que se encontraba al paso, tanto animales como vegetales (Vargas Machuca,
1892, 1, 77-78).
1) Animales. El
cuero de las adargas se convirtió en sustancia ingerible, por ejemplo, en la expedición
de Quesada (Friede, 1960, NR, 234), donde tampoco
No queda lagartija, ni culebra
ni sapo, ni ratón, que no se pruebe:
que la hambrienta gana y atrevida
ninguna cosa halla prohibida.
(Castellanos,1955,II,466)
Por haber comido sapo, el
soldado Juan Duarte enloqueció en esta entrada:
el cual permaneció con su
locura
sin que jamás pudiese tener cura.
(ibid.,II,
488; IV,174)
Aunque el caracol es una
gollería para algunos, no lo fue en este contexto para la gente que acompañaba a
Ambrosio Alfinger, que se tuvo que alimentar casi exclusivamente de ellos durante varias
semanas cerca a lo que es hoy Bucaramanga (Castellanos, 1955, II, 108).
Los perros también
constituyeron manjar obligado en diversas expediciones (Patiño, 1970-1971, V, 66-68), lo
mismo que los caballos (ibid., 161-165). Aunque unos y otros fueron objeto de
consumo regular entre varios pueblos del mundo en diferentes épocas (Langkavel, 1889,
652-653; Zeuner, 1963, 304-305, 337), no lo eran para los españoles de principios del
siglo XVI, ni para los sitiados de Cartagena en 1741 y en 1815.
2) Vegetales.
Algunos que se consideran como bocados delicados cuando se consumen intencionalmente,
dejan de serlo a causa de su escaso valor alimentario cuando es lo nico disponible. Tal
ocurre con los palmitos o meristemo terminal de algunas palmas (véase el tema en otro
lugar), y con los turiones tiernos de plantas como las guaduas (Guadua spp.), los
bihaos (Calathea spp.), las iracas (Carludovica
palmata) y la
caña brava (Gynerium). Son frecuentes en las mismas entradas que se acaban de
traer a cuento y en otras, las menciones del consumo obligado de dichas plantas.
Más raras son las
referencias al consumo de hongos, también una exquisitez para paladares que disponen de
otros alimentos; pero de escaso valor nutritivo cuando son la única fuente alimentaria
disponible. De modo normal los ingieren algunas tribus selváticas (Prance: Prance y
Kallunki, 1984, 127-129, 136-138). Pero en épocas de escasez, como en 1861, se
consumieron por los pobres (White Blake, 1932, 48), y en Mallama, Nariño, con no buenas
consecuencias (Pereira Gamba, 1919, 241-243). Como sustituto de la carne se come en
Jamaica el hongo junjo, que se halla en troncos de algodón e higuerones en
sitios húmedos (Beckwith, 1927, 37).
Como en la fábula del
sabio que ingería lo que otro desechaba, en la campaña de penetración Orinoco arriba,
ya fundado San Fernando de Atabapo, hubo una escasez entre la gente de la Comisión de
Límites con Portugal. Cierto soldado se tragó entero los últimos granos de maíz que le
quedaban, para que duraran más; otro soldado los recuperó de los excrementos del
primero, para comerlos a su vez (Altolaguirre, 1908, 294, 303-304).
Existen plantas que por
contener alcaloides y otras sustancias apaciguadoras del apetito, son utilizadas por
algunos pueblos temporalmente, mientras se toma el alimento principal.
Los barí o motilones de
Perijá, de regreso de sus excursiones mastican la hoja de la llamada
"arrebiatadera", al parecer una Piperácea, picante, con que entretienen el
hambre mientras llegan a casa (Alcacer, 1964, 39, 44). Pero el sustituto alimentario más
conocido en el área del presente estudio, es la coca (Friede, 1944, 16), sobre cuyos
efectos apaciguadores se ha hablado en otro lugar (Patiño, 1967-1968, III, 201-223).
3) Alimentos
descompuestos. Durante navegaciones prolongadas, viajes o expediciones en que por
cualquier causa escasea el alimento fresco, hay que depender de sustancias alteradas. Así
le pasó al almirante Colón en la costa de Panamá en 1502: "Y con los calores y la
humedad del mar hasta el bizcocho se había llenado tanto de gusanos que, así Dios me
ayude, yo vi muchos que esperaban a la noche para comer la mazamorra y no ver los gusanos
que tenía; y otros estaban tan acostumbrados a comerlo que no se cuidaban de quitarlos
aunque los viesen, porque si se detenían en esto perderían la cena" (Colón, H.,
1947, 291).
Algunos encomenderos que
tenían indios echados en minas, mandaban a veces, para alimentarlos, tasajos podridos
(Agia, 1946, 40). En los Llanos Orientales se llama carne de "marisco" la que se
halla en esas condiciones (Bejarano, 1950, 187). Conocida es la escena de la novela
Huasipungo de Jorge Icaza, en que unos indios ecuatorianos desentierran, para comerla, una
res descompuesta. En estas condiciones es casi segura la intoxicación por causa de las
bacterias de los géneros Salmonella, Clostridium, Stapliylococcus, y otras.
4) Para viaje o
campaña. En determinadas circunstancias se impone un tipo especial de alimentación,
por ejemplo, en campaña o durante viajes, sobre todo si son prolongados. Notorio es el
hecho de que las tribus americanas no guerreaban indiscriminadamente, sino cuando ya
habían cosechado sus frutos, porque una prevención de subsistencia está en las
costumbres hasta de los pueblos más atrasados, e inclusive los nómades tienen en cuenta
la presencia de determinados recursos en los sitios a donde se desplazan.
Desde los primeros
tiempos a raíz del Descubrimiento (se sigue llamando así por comodidad), los españoles
y portugueses se dieron cuenta de que el cazabe o fariña de yuca era el alimento más
apropiado para llevar en viajes marítimos o terrestres de cierta duración (Cascudo,
1967, 1, 361). La cualidad de conservarse en buen estado durante largos períodos, su poco
peso, y la capacidad de poderse mezclar con agua o mejorar de sabor con la adición de
condimentos como el ají, o de poderse reducir a papilla, le aseguraron un puesto de
primer orden como suministro. Algunos centros geográficos se especializaron en la
producción de cazabe: por ejemplo, la isla Mona de Puerto Rico, de donde se abastecía
inicialmente la isla de Cubagua en la época de la explotación perlera (Otte, 1977, 293).
De Santo Domingo y Jamaica procedía, en un principio, el avío de cazabe para la
colonización del golfo de Urabá y el Darién, y aun de Santa Marta y Cartagena, así
como Coro y Borburata en la costa venezolana.
El maíz tostado y la
harina de maíz le disputan al cazabe el primer lugar. Con él se aprovisionó Juan de
Vadillo para su expedición desde Cartagena hasta el valle del Cauca, en 1537-1538
(Castellanos, 1955, III, 132). "Llevarán [los soldados en las expediciones] harina
de maíz tostado lo más que pudiere, porque es el perfecto matalotaje para hacer sus
mazamorras, que es lo que más sustenta y hace menos balume" (Vargas Machuca, 1892,
1, 156).
Ya bien avanzada la
segunda mitad del siglo XVI, y sobre todo a principios del xvii y de allí en adelante,
nuevos alimentos concentrados vinieron a enriquecer el matalotaje para los viajes, con la
adición del chocolate, la carne en tasajo, la panela o azúcar mascabado y el plátano
bajo la forma de fifí o rodaja córnea que se podía reducir a harina. Esta era, por lo
menos, la comida en el paso del Quindío todavía durante todo el siglo XIX (Boussingault,
1903, IV, 144-145).
LUCHA POR LOS
MANTENIMIENTOS
Así fue llamada una
etapa de la conquista en América, cuando los indígenas, cansados ya de entregar a
título de obsequio alimentos a los europeos invasores, y al ser objeto de la expoliación
por parte de éstos, lucharon por la preservación de subsistencias. Esto se hizo en los
propios conucos o siembras cuando las matas aún estaban inhiestas, o en los graneros que
se hallaban allí mismo o en las viviendas. Es frecuente en los relatos de la conquista,
leer que cuando una expedición española había consumido sus alimentos, sus componentes
expresaban alegría al ver humo, porque eso indicaba una vivienda indígena, donde
seguramente hallarían lo buscado, como en el camino de la sal, arriba de la Tora o
Barrancabermejas, los españoles de Quesada vieron muchos humos, "señal de gran
población" (Friede, 1960, NR, 234).
En el viaje de Alonso de Herrera en los
Llanos, saliendo de una zona pantanosa:
hallaron luego rastros y señales,
que dieron crecidísimo contento,
porque donde hallaban naturales,
no podía faltar mantenimiento...
(Castellanos,1955,
I,423)
Los casos se podrían citar por decenas.
CAPITULO
IV
SABORES Y DEGUSTACIÓN.
BÚSQUEDA DE RAREZAS.
GEOFAGIA. ALIMENTOS REPUGNANTES.
EFECTOS PATOLÓGICOS O
LETALES.
-
1. SABORES Y DEGUSTACIÓN
La necesidad de cambio o
de romper la monotonía en la ingestión de alimentos, parece estar en el fondo de las
funciones fisiológicas de todos los animales y en particular del hombre. Esta tendencia a
degustar golosinas, rarezas o simples melindres, parece algo incontenible en la escala
animal (Maurizio, 1932, 181).
Los alimentos dulces son
genéticamente preferidos por asociarse con alta energía (Harris: Harris & Ross,
1987, 80), lo mismo que las grasas, sumamente apreciadas por los cazadores.
Se ha sugerido que existe
en el hombre, desde su separación de la cepa antropoide primordial, el gene del gusto T,
poseído por unos individuos y no por otros (t) (Boyd, 1950, 143, 278-282). Los
condimentos, que serían aditivos en gran parte responsables por los distintos sabores, y
cuyo tratamiento individual se hará en el capítulo VII, se han dividido en:
a) salados; b) ácidos;
c) acres o aliáceos; d) aromáticos acres; y e) aromáticos simples (BAC: López de Mesa,
s.f., 56).
2. BÚSQUEDA DE RAREZAS
La búsqueda de estos
elementos de calidad gustativa hubo de perfeccionarse por el proceso de prueba y error.
Cuando la mujer neolítica andaba escudriñando raíces para desenterrar, o semillas para
tostar o moler, debió de echarse a la boca frutas suculentas y tentadoras. Lo mismo tuvo
que hacer el hombre cazador, para calmar la sed. Poco a poco se fue acopiando un
conocimiento de las que eran inocuas y de las que eran dañinas.
A esta primera etapa de
búsqueda debe de remontarse el uso de insectos o de miel para la alimentación, quizá en
ambos casos producto de la observación de otros miembros de la escala zoológica (oso
hormiguero, oso melero, monos, etc.). También el consumo de huevos de iguana, tortuga y
animales volátiles pertenecería a esta época temprana.
En la presente, cuando la
grasa es casi sistemáticamente eliminada de los alimentos cárneos (para tomarla en forma
de margarina), no se entiende bien que el hombre primitivo fuera ávido de la grasa de los
animales, y por ello cazara de preferencia los que almacenaban en sus tejidos mayor
concentración de esta sustancia de reserva. La grasa se comía juntamente con los
músculos. El hombre primitivo no conoció la fritura, técnica que los españoles y
portugueses enseñaron en el hemisferio occidental.
En los pueblos colectores
y cazadores, cuya dieta estaba más sujeta a los cambios estacionales, las migraciones o
itinerancia parecen haber sido la regla.
Esto mismo hacía que la
base alimentaria quedara limitada a las sustancias que se podían obtener de modo más o
menos permanente. La condición de los animales, de poderse sustraer más que los
vegetales a la tiranía de las estaciones, hizo que la dieta de carne fuera la
predominante.
El consumo de carne o
parte muscular de los animales pudo estar precedido por el de otras porciones del
organismo. En las zonas árticas es común el uso del contenido estomacal de ciertos
animales, que permite al hombre incorporar a su dieta el material verde de las hojas y
cogollos de la vegetación, satisfaciéndose de este modo la necesidad de vitaminas. Así
mismo, de yeguas, vacas o similares, quizá se consumieron en un principio las crías
recién nacidas o los fetos, con su riqueza en alimento y la consistencia blanda que
facilitaba la cocción.
En cuanto a la carne,
después de ingerirla cruda, el hombre aprendió (quizá por la casualidad de que algún
trozo caído se chamuscara al fuego) a asarla. Como la invención de vasijas de barro fue
más tardía, los procedimientos de cocción consistieron inicialmente en echar piedras
calentadas al fuego, en el agua contenida en recipientes de cuero o de madera (López,
Pero, 1970, 40 y nota), en bolsas, mallas, cestos.
Por la ausencia de
sazonadores vegetales que una estación no producía, debió empezarse el uso de la sal
(inicialmente por la ceniza adherida a la carne), así como de otros condimentos.
3. GEOFAGIA
La geofagia no fue
privativa del Nuevo Continente, sino que existió en todos. Para lo concerniente a esta
obra, sólo se traerán los datos de la Península Ibérica y del Nuevo Mundo.
En España, sobre todo en
el siglo XVII, la costumbre de comer ciertas clases de tierras estuvo muy extendida,
preferentemente entre la clase social alta o cortesana. No tenemos datos acerca de la
clase popular. Esta perversión del apetito se conoce allá como pica o
malasia (malacia) (Huarte de San Juan, 1977, 219). La costumbre de la geofagia
entre mujeres preñadas es tema no estudiado (Wood, 1979, 131-132). Pero sin que
estuvieran encinta, las damas españolas acostumbraban engullir cantidades variables de
arcilla, costumbre censurada por varios autores de la época (Santa Marina, 1949, II, 77;
Quevedo, 1943, 165; Simón Palmer: Actas, 1984, II, 84; Deleito y Piñuela, 1966, 19-20).
La más apreciada era la tierra de los búcaros, vasos de arcilla porosa y perfumada que
se importaban de Natá, en Panamá (Deleito y Piñuela,1966, 20; Deforneaux, s.f., 168;
Vergara y Velasco, 1974, II, 471). Pero también en Talavera se hacían brinquiños
perfumados para que los comieran las señoras, lo cual era censurado por los predicadores
(Riaño, 1879, 171-172, 178). Esta geofagia con presuntos fines cosméticos fue imitada en
América por mujeres de la clase dominante, porque esto las ponía amarillas como lo
exigía la moda (Gage, 1946, 154, 190).
Varias tribus americanas
practicaban la geofagia. Entre ellas, los otomacos del Orinoco (Acosta Saignes, 1961, 49)
y los guamos, sus vecinos, que consumían tierra asada revuelta con manteca de tortuga
(Bueno, 1965, 145). También los yaruros ingerían una tierra salitrosa. Esto ocurría
principalmente durante la época de lluvias, cuando el caudal de las aguas hacía muy
difícil la pesca. En algunos casos, la tierra se mezclaba con semillas de maíz y de
otras plantas hasta la fermentación, y luego colaban la mezcla y le añadían manteca de
tortuga o de caimán (Gumilla, 1955, 118, 122-123; Pollak-Eltz, 1977, 59-60). Así mismo
en el área amazónica registran la costumbre entre indios, mulatos y mestizos, varios
autores del siglo XIX (Martius, 1939, 111-112; Wallace, 1939, 398).
Los peruanos usaban una
greda blanca llamada pasa, que, desleída y mezclada con sal, tomaban a modo de condimento
para las papas y otras raíces, "mojándolas en este barro como si fuera
mostaza" (Cobo, 1956, 1, 115), y las mujeres aymaras comían por golosina otra tierra
plástica llamada chaco (Cobo, loc. cit., 1890, 1, 243-244; Valdizán y
Maldonado, 1922, II, 16-17). Arcilla roja se comía en la Paz, Bolivia, y se vendía en
sus mercados en el siglo pasado (DOrbigny, 1945, III, 993-994).
Remanentes de esa
costumbre había en el Magdalena a mediados del siglo XIX, y en Nare se conocían casos de
la afección llamada "jipatera", producida por comer tierra (Holton, 1857, 76).
Lo mismo ocurría en Coper, Muzo, en la misma época (Ancízar, 1956, 48, 54), y en
Calamar (Saffray, 1948, 53-54).
Le geofagia también se
practicaba en Dibulla, Guajira (Reclus, E., 1881, 315), y entre los koguis en la
actualidad (Reichel-Dolmatoff, 1977, 226-227).
La búsqueda de elementos
minerales menores debe considerarse como la principal motivación de esa tendencia. A ella
en gran parte debe atribuírse la alta incidencia de parasitosis intestinal, una vez que
varios agentes fueron introducidos por los invasores del otro lado del Atlántico
(Carbonell, 1907).
En el volumen dedicado a
Tecnología se estudiará mas detenidamente este tema, porque por lo menos en el
Orinoco los datos de los cronistas españoles pueden haber sido mal interpretados,
y en realidad, la tierra no constituía lo principal de la mezcla sino los otros
elementos, casi siempre de origen vegetal, que a ella se incorporaban.
4. ALIMENTOS REPUGNANTES
La influencia cultural es
poderosa en lo referente a alimentos. Desde el punto de vista biológico, cualquiera que
sea la sustancia ingerida, siempre que contenga los componentes necesarios para el
sostenimiento de los organismos animales, es teóricamente buena. La proteína puede
proceder de carne de cualquier animal, y, desde el punto de vista científico, no se
entiende que la persona que devora ávidamente ostras crudas se horrorice de comer
gusanos, hormigas u otros miembros de la escala zoológica. Los indios cocinas de la
Guajira comían excrementos secos (Castellanos, 1955, II, 54); y aun las tribus caníbales
del Cauca medio, que eran grandes agricultoras y no lo hacían por penuria de alimentos
vegetales, ingerían intestinos frescos con parte de su contenido.
Los alimentos repugnantes
lo son, pues, solamente para los grupos humanos que no están acostumbrados a consumirlos.
Pero algunos fisiólogos
creen que la apetencia o el rechazo de determinados alimentos se originan en
desequilibrios alimentarios, y se explicaría así que, a pesar de ser tan amplia la
escala de seres vivos, vegetales y animales, sólo una pequeña proporción de ellos haya
sido objeto de domesticación y uso prolongado (Alberti, 1961, 10-11).
5. EFECTOS PATOLOGICOS O LETALES
En varias regiones del
mundo se ingieren algunos alimentos de origen vegetal que, pese a sus propiedades
nutritivas, presentan serios inconvenientes y provocan desórdenes digestivos, si no se
les somete a un adecuado procesamiento. En lo que respecta a la América equinoccial,
frutos y semillas francamente tóxicos han sido usados por varias tribus, mediante
manipuleo y tratamientos, cuya discriminación se hará en el volumen de esta obra
dedicado a la Tecnología.
Pero aun algunas de las
plantas domesticadas de antigua data y cultivadas durante milenios, en todas las
latitudes, presentan ciertas dificultades para su asimilación por el organismo humano, y
hasta producen en determinadas personas reacciones desfavorables. En este rubro entran
varias leguminosas del Viejo y del Nuevo Mundo. Entre las primeras está el haba (Vicia
faba), muy entroncada con la cultura griega antigua y del Mediterráneo en general.
El consumo rutinario de esta leguminosa produce anemia hemolítica, llamada fabismo, a
menos que se trate de grupos genéticamente resistentes a sus efectos (Harris: Harris
& Ross, 1987, 81). Otra leguminosa del Viejo Mundo, la soya, contiene la proteína
antitripsina, destinada a preservar a la planta del ataque de insectos, pero tóxica para
el consumo humano, inconveniente que desaparece en la semilla germinada (Katz: Harris
& Ross, 1987, 149).
Similar es el latirismo,
enfermedad causada por el excesivo consumo de las leguminosas del género Lathyrus,
especialmente L. sativus (Vida sativa), la almorta o cicérula de los españoles.
Se caracteriza por parálisis parcial del cuerpo abajo de la cintura (Ames, 1939, 51-52).
Predomina en el hemisferio norte (Brothwell: Ucko & Dimbleby, 1969, 536-537).
Entre las leguminosas
americanas que no se pueden consumir sin una prolongada cocción, están el lupino o tarwi
de los Andes (Lupinus mutabilis), el fríjol de Lima (Phaseolus lunatus)
y el chachafruto (Erythrina edulis).
Aun el maíz tiene razas
que no son del todo inocuas. En la época colonial se registró la presencia, en la
región de Muzo, del maíz peladero: "Se da muy bien y con abundancia el maíz en
todas partes, pero en algunas es tan venenoso y nocivo que el que lo come se pela y muda
las uñas, sea hombre, ave o animal y si moran indios en partes donde se da este maíz,
nacen de las mujeres muchos monstruos que luego los matan los indios y los echan de sí
como cosa abominable". Luego se cuenta el caso de una niña nacida en 1600, en que la
fantasía le quita mucho valor a la información (Simón, 1953, IV, 222). No obstante, el
zoólogo Roulin hizo un estudio sobre esta raza en el período de 1824 a 1828 (Roulin:
Boussingault, 1849, 262-266). Posteriormente se ha sospechado que dicho maíz pudo haberse
producido con tales características en suelos con exagerada proporción de selenio. A
esta misma causa se atribuye la caída del pelo y las uñas cuando se ingieren en cantidad
las nueces de las Lecythidáceas del género Lecythis, llamadas "ollas de
mono".
Hasta se dice que algunas
plantas no señaladas son cotógenas o bociógenas, porque captan la iodina y la hacen
inobtenible por el organismo, aunque habría en esto una base genética (Lieberman: Harris
& Ross, 1987, 250-251).
Inclusive un alimento
como el trigo, cuando se consume por pueblos no acostumbrados a él, produce la celíaca o
diarrea blanquecina (Hamilton: Harris & Ross, op. cii., 119).
Entre las creencias
populares en nuestro medio está la que se expresa en el dicho "Es más peligroso que
un cacao crudo".
Pero lo que más llama la
atención es que, para muchos hombres, animales mamíferos, la leche es aborrecida, como
pasaba con los mbayás del Paraguay (Azara, 1969, 221) y con la generalidad de las tribus
americanas y aun muchas del Asia oriental, pueblos todos en que la incidencia de la
lactasa, enzima que digiere la lactosa, es baja, mientras que es alta entre los pueblos
del norte de Europa (Richardson, & Stubbs, 1978, 60; Heiser, 1973, 51; Harris: Harris
& Ross, 1987, 71, 80-81). Por seguir estos patrones equivocados, se condena a los
niños de la América Latina a consumir un líquido que, en la mayoría de los casos, es
fuente de infecciones por las condiciones antihigiénicas en que generalmente es
procesado, bajo el supuesto de que la leche es el alimento principal de los pueblos
civilizados.
Inducida por el régimen
alimentario es la caries dental, muy común en pueblos agricultores, cuya dieta de
feculentas sustituyó la más compleja del hombre primitivo cazador y apañador. No fue
ajena a los amerindios, y en los últimos años se han hallado huellas en relictos humanos
obtenidos en excavaciones arqueológicas (McNeill, 1984, 15; Cifuentes Aguirre, 1963, 73,
92-94; Yudkin: Ucko & Dimbleby, 1969, 547-548, 549; Furnas & Furnas, 1937,
158-159).
Entre las enfermedades
por carencia, está en primer término la avitaminosis, con sus divisiones de pelagra,
beriberi, escorbuto, raquitismo-osteomalasia, y otras. La pelagra se ha atribuido a dieta
basada exclusivamente en maíz; pero no existió en Guatemala, porque las variedades del
grano allí cultivadas tienen elementos que previenen la enfermedad.
Los españoles que
acompañaron a Felipe de Huten en una de sus expediciones a los llanos del Ariari, fueron
a parar a la Cordillera de Pardaos, que con toda probabilidad es lo que se llama ahora La
Macarena. Los indios de allí eran, según el cronista, los más atrasados: comen carne
humana, culebras, sapos, arañas, hormigas y cuantos viles y sucios animales produce la
tierra". Con un bollo de maíz que dejaban llenar de hormigas hacían un amasijo, que
se comían. En cambio, los soldados españoles, por escasez de alimentos "se paraban
hipatos e hinchados y perdiendo sus naturales colores cobraban otras muy diferentes, casi
naranjadas; pelábaseles el cabello, y en lugar de ellos salíales pestífera sarna, de
que morían. . ." (Aguado, 1957, III, 193). Como se ve, los síntomas son de beriberi
o "hinchazón" que llaman los cubanos, esto es, falta de vitamina B l, de la
cual no sufrieron los indígenas omnívoros.
Las ptomaínas y toxinas
bacteriales que se generan en alimentos descompuestos (véase este tema en el capítulo
III), pudieron ser la causa de muchas muertes durante el período de exploración y
conquista del continente americano, pero no dejan de serlo en la actualidad, sobre todo
donde la policía sanitaria está ausente.
Una causa contemporánea
de efectos deletéreos en el consumo de alimentos, la constituyen las aspersiones o
fumigaciones con elementos químicos empleados en la moderna agricultura para el
contrarresto de plagas y enfermedades de las plantas. No sólo las hortalizas y las frutas
resultan frecuentemente contaminadas, sino también los granos y menestras, así como los
productos lácteos.
Frecuentes son en nuestros
tiempos las noticias de prensa sobre intoxicaciones, a veces masivas, causadas por la
ingestión de arroz, queso y otros alimentos afectados.
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