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OTRAS
7) Magia simpática.
Algunos indígenas brasileños no comían tortugas, por lentas, ni raya (Thevet [1557],
1944, 107, 170), ni perezosos o pericos ligeros, por creer que se volverían como ellos (ibid.,
186).
El consumo de quínua,
grano de una Quenopodiácea altoandina, ha ido disminuyendo en el Ecuador entre los
indígenas, pese al alto valor nutritivo, por asemejarse la semilla a los cisticercos del
cerdo (Estrella, 1988, 95).
8) Repugnancia o asco. El
rechazo por repugnancia también parece haberse conocido entre los indígenas, pese a la
creencia común de que comían de todo. Por ejemplo, de los indígenas de Buenaventura se
dice que no comían mono, por tener a veces gusanos intestinales (Coreal, 1722, II, 132,
152).
La chucha o zorra
mochilera (Didelphus) la comen en Guatemala, pero no en Costa Rica (Frantzius: Fernández,
1881, 1, 433), quizá por su similitud con la rata.
El ronsoco o chigüiro
(Hydrochoerus hydrochaeris) no se come en el oriente del Perú, y es, en cambio, apetecido
en Venezuela.
Los taínos de Santo
Domingo consideraban a las hicoteas madres de las bubas (Casas, 1909, 17-18). Los pastos
comían conejos, curíes y churos (caracoles), alimentos aborrecidos por los carchenses y
nariñenses (Martínez, 1977, 80). Los cocamas del Ucayali sienten repugnancia por la
carne de res y la leche (Espinosa, 1935, 106). Los yurumanguíes, si se les inducía a
comer tatabro y saíno, los devolvían haciendo ascos (Jijón y Caamaño, 1945, IV, 498).
Los yuracares de Bolivia tenían horror a las gallinas, por alimentarse de inmundicias
(DOrbigny, 1945, IV, 1412). Los conibos creían, por eso mismo, que si comían
huevos de gallina se volverían ciegos (Uriarte, 1982, 237). Los samurius y guajiros, a
principios del presente siglo se alimentaban de carne de caballo y de burro, lo que otras
castas (que no hace mucho no comían ni gallinas), consideran inmundicia. Pero unos y
otros comían iguana y queshuar, una especie de lagarto (Jahn, 1927, 144). Antes, los
ticunas no comían capibara a causa del sabor almizcloso (Campos Rozo, 1987, 278).
Si de los indígenas se
pasa a los españoles, los laicos en Guatemala no comían "inmundos alimentos como
micos y monos" (Fuentes y Guzmán, 1972, II, 121), y los misioneros franciscanos
allí mismo tampoco, por ser la carne de mico muy asquerosa" (Ximénez, 1930, II,
318). Estos frailes, o no conocían o no cumplían lo prescrito por el concilio Bracarense
del año 567: "Si alguno, por juzgar inmundas las carnes que Dios concedió para
alimentación del hombre, y no para mortificarse, se abstienen de ellas, sea anatema"
(Menéndez Pelayo, 1956, 1, 168).
Los españoles de la isla
Quibo no comían tortuga y tampoco lo hacían los indios y negros que les servían
(Walter,1748, 220-221).
A los españoles del
Perú en los primeros tiempos, las comidas de papa y chuño (papa deshidratada) les
parecían indignas: "que cierto son muy vergonzosas para semejantes personas"
(Fernández Palencia, Diego, 1963, 1, 287). Tambien atribuían el empeine y hedor a
pescado de los peruanos costeros, a que se alimentaban de pescado crudo (ceviche)
(Gutiérrez de Santa Clara, 1963, III, 242).
Conocida es la aversión
de árabes y judíos por el cerdo. Algunos autores creen que, como eran inicialmente
nómades, detestaban a los agricultores y a sus cosas, que consideraban inferiores. Pero
los palestinos que se abstenían del cerdo, comían hiena, a pesar de ser saqueadora de
cadáveres, y también la comían los egipcios (Zeuner, 1963, 261, 422).
9) Resistencia a
cambios. Las resistencias culturales a lo novedoso se registran frecuentemente en los
hábitos alimentarios (Rogers, 1962, 7-12).
Los bondas de Santa Marta
mataban las vacas de los españoles, pero no las comían (Castellanos, 1955, II, 580;
Simón, 1953, VII, 135).
Los caribes del oriente
venezolano no comían carne de vaca ni tocino, aunque practicaban el canibalismo ritual
(Ruiz Blanco, 1892, 51; Pelleprat: Montezón, 1857, 107-108). Los galibis de Guayana
francesa, que eran también caribes, rehusaban comer carne de buey, aunque sí ingerían
la de animales monteses (Aublet, 1775, Suppl., 110). Esta costumbre perduraba en el siglo
XIX entre los ilamikipang (Schomburgk, 1922, 1, 344; Im Thurn, 1883, 47, 259, .368).
10) Sin razones
definidas. Los achaguas aborrecen comer mono y perico ligero (Rivero, 1956, 236). Los
guajaribos y los guamos, tribus ambas del Orinoco, no comían carne humana ni aun de caza
(Bueno, 1933, 81, 82; , 1965, 145).
Los agoas (omaguas)
comían pez y tortuga, pero no carne, excepto la humana, "porque se lo vedan sus
ritos". Los cambebas no comían carne humana ni ninguna otra, salvo pejebuey y
pescado (Heriarte [1662], 1874, 48, 54). Casos similares se registraron entre otras tribus
del Marañón (Magnin, 1940, 178).
Las tribus del Vaupés, a
mediados del siglo pasado, no comían el puerco grande de monte (Dycotiles labiatus-
Tayassu), ni danta, ni el paují de cola blanca (Wallace, 1939, 619).
11) Por diferencias
tribales o clánicas. A este respecto, véase el citado caso de las castas guajiras o
de los pastos.
B. Sólo ciertos
miembros de la comunidad
1) Piaches o
sacerdotes. En todas las religiones, el sacerdote o intermediario entre los
espíritus y la comunidad, ha debido someterse a restricciones y pruebas de que están
libres los laicos. Es verdad que en todas las épocas ha habido sacerdotes que no se
sometían a privaciones, como ocurrió con los goliardos de la Edad Media en Europa. Pero
los piaches o chamanes indígenas de América, al parecer no quebrantaron la regla, y para
el ejercicio de sus funciones guardaban una estricta disciplina. Así, los jeques muiscas
comían harina de maíz con agua y, algunas veces, el pececito de tierras frías llamado
guapucha (Uricoechea, 1871, XXII).
Entre los jíbaros, el
armadillo es comida de la gente común; pero los brujos evitan hasta mirarlo (Karsten,
1935, 118). Al piai de los ilamikipang de la Guayana le estaba rigurosamente vedada la
carne de animales domésticos (Schomburg, 1922, 1, 344).
2) Caciques o jefes.
Entre los muiscas era riguroso el examen a que debían someterse los que estaban
destinados a ser caciques (Rodríguez Freile, 1984, 16-17). Lo mismo sucedía entre los
caribes (Ruiz Blanco, 1892, 51-52; Pelleprat: Montezon, 1857, 125-126).
Pero lo normal era que el
jerarca disfrutara de lo mejor, aspecto que se verá más a espacio en el capítulo V.
II. PUEBLOS CIVILIZADOS
Los ayunos y abstinencias
fueron rasgos importantes en la cultura española traída al Nuevo Mundo. En la Parte
tercera se volverá sobre ese tema.
b) EXCESO EN EL CONSUMO DE
ALIMENTOS
Banquetes colectivos.
Comidas ceremoniales
-
Como contrapartida de la
abstención ritual o voluntaria de comida, existió el abuso o exceso en la ingestión de
alimentos, en determinadas circunstancias de la vida comunitaria.
Estas comidas
ceremoniales, por lo general acompañadas del abuso de bebidas fermentadas, estimulantes o
narcóticas, obedecieron a pautas cíclicas, como las fiestas de cosecha, labores agrarias
y otras (Guevara, 1960), o a necesidades perentorias, corno en los casos de guerras,
expediciones, etc. (Aguado, 1956-1957, II, 62).
Los banquetes o comidas
ceremoniales, rituales, mágicas o de simple reflejo de abundancia de determinados
alimentos, parecen haber sido también un mecanismo de relajación de tensiones
colectivas, semejantes a las que dieron origen a las saturnales romanas. La supresión
transitoria de las rígidas trabas impuestas por la costumbre o las normas o leyes de la
comunidad, es conocida en todos los pueblos del mundo.
Algunos autores, sin
embargo, condicionan a la escasez de alimentos o a su privación el desencadenamiento de
aberraciones, como en esfera colateral ocurre con los instintos sexuales, pues el hombre
equilibradamente alimentado no busca la orgía, sino que, más bien, la evita (Cépède y
Lengellé, 1956, 41, 212; Huntington, 1949; 449; Prentice, 1946, 89-90).
c) PAUTAS DE CONSUMO
En contraste con la veda
de algunos alimentos por razones de tipo mágico-religioso o cultural (tótem y tabú),
los pueblos americanos observaron, al parecer, algunas prácticás que en la terminología
actual se podrían clasificar como de medicina preventiva.
El mismo régimen
alimentario complejo y balanceado, con mezcla de productos de caza y pesca, de
recolección o apaño y de cultivo, daba por resultado una alimentación racional, aunque
esto haya sido puesto en duda sin fundamento (Giraldo Jaramillo, 1942).
De este régimen
alimentario balanceado da testimonio lo que se sabe sobre las buenas dentaduras de los
amerindios en general.
El uso de la chicha y
otras bebidas, cuyo estudio se hará más adelante, lejos de tener los efectos deletéreos
que les atribuyeron los españoles porque entonces su dominio sobre los indígenas
no podía ser total o algunos dietistas contemporáneos como Bejarano, tuvo un
efecto razonable benéfico en la época prehispánica, por la normalización de las
funciones de eliminación. Los tratadistas atribuyen a la chicha el hecho de que entre los
indígenas no se conociera el mal de piedra (cálculos), ni enfermedades de los riñones.
La buena salud de los
indígenas peruanos la atribuía un autor del siglo XVII al consumo de chicha, aunque
ésta no producía el mismo efecto en los españoles. Aquéllos no sufrían de gota, ni de
mal de orina ni de asma (Calancha, 1639, 64).
El insigne naturalista
Bernabé Cobo, a quien nadie podría calificar de indiófilo, se expresa así al tratar de
la complexión natural de los americanos andinos: ..... tienen unos estómagos más recios
que de avestruz, según la cantidad y calidad de los manjares que gastan. Porque, dejado
aparte que son muy groseros y recios sus mantenimientos, los comen diariamente casi crudos
y sin sazón, y con todo eso los digieren muy presto... ". Trata de explicar su
adaptación al medio por la complexión flemática de la cual algunos quisieran derivar
dos características notables que no se hallaban en los españoles: "la primera es
que todos tienen muy buena dentadura y tan recia, que les dura toda la vida; y a la verdad
ello pasa así, que raras veces padecen dolor de muelas ni corrimientos en ellas, y es
raro el indio viejo a quien falta la dentadura. La otra es... que apenas se halla indio
que padezca mal de orina ni críe piedra [...]. Tomaran de bonísima gana los españoles
gozar destas propiedades, por ser innumerables los que en esta tierra vemos, aun en su
mocedad, sujetos a estas pasiones y dolencias de orina, piedra, reumas, corrimientos y
falta de dentadura" (Cobo, 1956, II, 15-16).
En una nota de 13 de
julio de 1761, el médico José Celestino Mutis, recién llegado a la Nueva Granada,
consigna:
"En esta ciudad de
Santa Fe corre por dogma muy admitido y experimentado que ningún indio ha muerto de
hidropesía ni ha padecido de piedra. Fundan este experimento atribuyéndolo a la copia de
chicha que beben y les sirve de alimento" (Hernández de Alba, 1957, 1, 98).
d) INGESTION DE SUSTANCIAS
TERAPÉUTICAS
Por otro lado, se sabe
que algunos de los parásitos intestinales, como la Ancylostoma
duodenale
y el Necator americanus a pesar de su nombre , habrían sido
introducidos por los europeos.
Parásitos pantrópicos,
como el Ascaris lumbricoides, fueron controlados eficazmente mediante el consumo
mas o menos regular de plantas curativas, como el paico (Cheno- podium), que
formaba parte de la dieta de los pueblos andinos y mejicanos, y todavía perdura entre
estos últimos. El gran consumo de hortalizas de que se han visto abundantes pruebas
documentales en otra obra (Patiño, 1964, II, 183-187), incluiría varias con propiedades
parasiticidas. El solo hecho de ingerir tantas plantas verdes ricas en vitaminas y
minerales, era una garantía de buena salud.
-
CAPÍTULO
III
ALIMENTOS, DISPONIBILIDAD
Y SUMINISTRO.
ALIMENTOS SUSTITUTIVOS
La disponibilidad
de alimentos está en la base de todas las concepciones y costumbres alimentarias. Existe
un determinismo ambiental en este aspecto, pues el hombre sólo extrae de su medio lo que
en él hay o puede producirse.
Aunque de allí debería
deducirse que las regiones ricas en caza, pesca o plantas alimenticias, serían
teóricamente las más favorables para el desarrollo del animal humano, no siempre
ocurrió así. Es inherente a la especie humana el deseo de poseer lo que no tiene, y de
no contentarse con los solos elementos que el habitat suministra. El animal humano quiere
más y lo busca, a través del errabundeo, o la invasión, expoliación, violencia o
negociación (intercambio).
El hombre, en cualquier
latitud y en cualquier época, no ha consumido necesariamente los alimentos más ricos
desde el punto de vista de su composición bromatológica, ni los más abundantes, ni
siquiera los más sápidos que se hallaban a su alcance. Por anastomosamiento de pruebas y
tabúes, de fruiciones y prohibiciones, de penurias estacionales y ciclos de abundancia,
se fue sedimentando un patrón alimentario que se adoptó al fin como el más regular y
peculiar de cada región. A medida que progresó el intercambio de grupos étnicos, se
fueron incorporando en un proceso lentísimo otros alimentos, sobre todo obtenidos de
animales domésticos o de plantas cultivadas, cuyo suministro regular, por la tendencia al
menor esfuerzo, se fue consolidando en fórmulas tradicionales, a menos que la dinámica
de la ocupación humana de la tierra no introdujera nuevos elementos y, por consiguiente,
nuevos cambios, algunos de ellos compulsorios. Esto quiere decir que, dentro de la
diversidad de alimentos en el globo terráqueo, predominan, sin embargo, patrones
alimentarios mas o menos estables, dependiendo del grado de adaptabilidad a alimentos
sustitutos y de la disponibilidad regular de los preferidos. Existen, pues, los alimentos
rutinarios; los preferidos, que no siempre están disponibles todos los días sino de
cuando en cuando; los cíclicos, ya que por imposiciones fenológicas sólo se obtienen en
determinadas épocas del año; y los sustitutos, que cubren déficits de las otras
categorías. Se deben agregar los alimentos de emergencia, cuando por la escasez total de
los tipos anteriores, hay que echar mano de otros aunque sean duros, mordicantes,
malolientes, nauseabundos o francamente insípidos.
El hombre no está
sujeto, como los otros animales, a condicionamientos inexorables en la dieta. Ha ido
matizando su alimentación con la incorporación de alimentos extraños a su ambiente y, a
veces, obtenidos con gran esfuerzo y a gran costo.
La economía del alimento
es asunto sobre el cual las concepciones del hombre han variado a través del tiempo. La
idea actual del almacenamiento y preservación, no siempre estuvo presente en la mente
humana. No porque el hombre primitivo no pudiera guardar, por una imprevisión o
negligencia innata censurable, como se suele creer, pues hay testimonios de que aun
pueblos primitivos conocen procedimientos para conservar ciertos tipos de alimentos, como
se demostró en otra oportunidad (Patiño, 1965-1966, 142, 148). Son comportamientos más
bien dlerivados de la mentalidad primitiva prelógica.
Parece que es carácter
primitivo el de comer con exceso o ayunar (Maurizio, 193 , 141). Esto sería un relicto de
la herencia carnívora del hombre, ya que es sabido que este tipo de animales devora de
una vez sus presas, mientras que los primates comen frecuentemente, pero en cantidades
pequeñas (Morris, 1973, 39-40). Aquello podría obedecer al poder de saciedad que, según
algunos tratadistas, tienen las albúminas animales como la carne roja (Bejarano, 1950,
56).
Pero este ir de extremo a
extremo, unas veces está condicionado por la abundancia o penuria de recursos
alimentarios (Prentice, 1946, 89-90), como entre los mískitos de Centroamérica (Codazzi,
1973, 445) o los orinóquico-guayaneses (Gilii, 1965, II, 114.116; Oramas, 1947, 81); o la
saciedad vendría después de ayunos hechos por motivos mágico-religiosos, como entre los
payaguás (Azara, 1969, 230).
El despilfarro en épocas
de producción y cosecha de alimentos es de carácter universal, así como la frugalidad
estoica o conformidad con la falta de suministros, en épocas de penuria.
1. DISPONIBILIDAD
Sentadas estas premisas,
se estudiará lo relativo a la disponibilidad de alimentos en el área del presente
estudio. Primero que todo, se demostró en otra obra (Patiño, 1965-1966) que la mayoría
de los pueblos indígenas ecuatoriales mantenían un suministro de alimentos que les
aseguraba una dieta balanceada, ya sea a los cazadores-apañadores, o bien a los
agricultores sedentarios, esto tanto entre los grupos de organización política más
avanzada, como entre las tribus selváticas.
Pudo existir escasez
transitoria que, como consecuencia, traería desnutrición periódica entre
recolectores-cazadores (Armillas, 1965, 179), pero sólo en las zonas templadas, no en el
equinoccio, donde la vegetación es permanente y se puede prácticamente producir en todo
tiempo del año.
Los autores han repetido
insistentemente un concepto del cronista Pedro Cieza de León, sobre la facilidad con que
fueron conquistados los grupos americanos que producían su comida con gran pena y trabajo
(pese a adelantos como la irrigación), estando por eso obligados a permanecer en sus
lugares de origen; y el alto costo y, a veces, la imposibilidad de sojuzgar a gentes que
tenían la alimentación asegurada, por la fertilidad de sus tierras o por la facilidad de
moverse a otras donde en poco tiempo podían volverse autosuficientes (Cieza, 1984, 1, 23,
52). Este punto de vista lo compartieron otros españoles que conocieron bien el
territorio americano y las costumbres indígenas. Si hay recursos, los indios son poco de
fiar; en regiones de un solo cultivo al año están más seguros (Cabello Balboa, 1945, 1,
79). Tierra abastada, causa de rebelión (González de Nájera, 1889, 87 y Des. 40). Los
indios de tierra caliente son más difíciles de conquistar por disponer de
mantenimientos; la costa del Perú, fácil de dominar por la escasa producción de comida
(Vargas Machuca, 1599, 131v.). Así éstos eran más aptos para servir (Medina, 1889, IV,
183.184).
De los gualíes de Honda
dice un autor del siglo XVI:
Hace la gente ser más atrevida,
en menosprecio de cristianas lanzas,
la tierra salebrosa, proveída
de fértiles culturas y labranzas,
donde por el discurso de su vida
gozan de salutíferas templanzas,
pues no les da fatiga yerto frío,
ni sienten las congojas del estío.
(CASTELLANOS, 1955, IV,
555).
Los andakíes eran
irreductibles por la facilidad que tenían de alimentarse (Friede, 1953, 280-281).
En una carta escrita en
Tunja el 10 de octubre de 1573, Juan de Avendaño hace las siguientes consideraciones:
"Y por cuanto la cosa que más importa a Su Majestad en estas Indias es que los que
en ella viven no sean muy ricos para el sosiego y tranquilidad de ellas [...] porque las
tierras que son pobres o que en ellas o haya más sustancia que la necesaria, ellas mismas
se gobiernan y ayudan a gobernar" (Friede, 1975, VI, 283).
Un autor venezolano dice
que mientras que la conquista de los indios cumanagotos sólo se cumplió en 1634, con mas
gente que la que necesitó Hernán Cortés para apoderarse de Méjico, los de la Sierra de
Mérida se sometieron y ya en 1579 tenían una economía basada en productos importados
(Arcila Farías, 1946, 51-52). La huída a la selva era la mejor defensa del indio y la
mayor dificultad de la conquista (ibid., 1957, 48).
En la Costa Atlánitca, a
fines del siglo XVIII fue dificultoso poblar, no obstante las mercedes otorgadas por las
autoridades españolas, porque los indios vivían separados, a causa de la abundancia de
frutos; el pescado y el plátano facilitaban la dispersión y la libertad, así que era
difícil reducirlos a pueblos (Torre Miranda, 1794, 8-9, 25).
1. GUERRA FLORIDA
El autoabastecimiento
alimentario de las tribus tropicales les permitía ofrecer y dar a los enemigos comida,
por un concepto de hidalguía primitiva. Las tribus más guerreras, las mas difíciles de
conquistar, como las de la hoya del Magdalena, primero daban alimentos a los españoles de
la expedición de Alonso Luis de Lugo, y después los atacaban. La razón era que
consideraban cobardía luchar contra gente hambrienta, porque, en caso de vencerlos, se
diría que los derrotó el hambre y no el valor de sus enemigos (Castellanos, 1955, IV,
421; Simón, 1981-1982, IV, 143). Los picaras, en la guerra de desolación a que los
sometieron las huestes de Belalcázar, sembraban de noche a la luz de antorchas, porque de
día estaban peleando, "y decían a los cristianos que la guerra la continuasen todo
el tiempo que ellos quisiesen, y que no destruyesen los mantenimientos, sino que comiendo
a discreción delios dejasen los demás para que ellos hiciesen lo mismo, pues lo
sembraban" (Cieza, 1985, II, 448).
2. PENURIA
En las tradiciones
indígenas de esta parte de América, hay huellas de hambres duraderas solamente en el
Imperio incaico, donde se ha señalado que, en tiempo de Tupac Inca Yupanqui (segunda
mitad del siglo XV), existió hambruna durante siete años en lo que es hoy el sur del
Ecuador, al parecer causada por sequía prolongada, aunque el pasaje es ambiguo y
contradictorio (Pachacuti Yamqui, 1968, 301; Calancha, 1639, 385).
Las noticias sobre
penuria alimentaria y verdadera hambre, con sus funestas secuelas de enfermedad y muerte,
se conocen mejor después de la conquista española. Aunque pudieran deberse, en
principio, a fenómenos meteorológicos, que son recurrentes y cíclicos, no hay
constancia de que antes de la conquista hubieran producido efectos inhibitorios, por la
costumbre de las siembras migratorias. Más bien fue por causas políticas y económicas,
como el sistema de servidumbre a que quedaron reducidos los indígenas, consecuencia de la
mentalidad española que consideraba que todo lo relacionado con tareas de producción era
incompatible y denigrante para la clase dominante. Así, las hambrunas registradas lo
fueron por algunas de las causas siguientes: a) huelgas de siembras o suministros por
parte de los indígenas; b) epidemias y pandemias; c) tala de mantenimientos como arma de
guerra; d) dilapidación del grupo conquistador; e) fenómenos desconocidos en la época
prehispánica, como el monopolio y la carestía artificial e inducida.
a) La primera huelga de
siembras registrada es la de los taínos en La Española, en 1518: "Desde el
principio les consumieron duras guerras, y el hambre mató muchos más el año que
arrancaron la raíz de la yuca con que hacían el pan de los nobles, y se abstuvieron de
sembrar el maíz que es el pan del pueblo..." (Anglería, 1944, 346; Benzoni, 1965,
21-22).
En 1538, los indígenas
del alto Cauca hicieron una huelga de siembra en protesta por los malos tratos de los
españoles. Las consecuencias fueron terribles: muertes de hambre por los caminos,
canibalismo, desolación: "En este tiempo [1553] hay pocos indios, porque con la
guerra que tuvieron con los españoles, vinieron a comerse unos a otros, por la hambre que
pasaron, causada de no querer sembrar a fin de que los españoles, viendo falta de
mantenimiento, se fuesen de sus provincias (Cieza, 1984, 1, 44). Lorenzo de Aldana llegó
a Popayán en 1538: "Se padecía en este tiempo muy gran necesidad, así entre los
españoles como entre los indios, que iban por el maíz a veinte y treinta leguas a lo
traer; los bárbaros no querían cultivar la tierra ni hacer sementeras pensando que, como
los mantenimientos faltasen los españoles dejarían la provincia, por lo cual podrían
vivir en libertad. E como los mantenimientos faltasen, los españoles padecían tanta
necesidad que ningún manjar hubiera tan malo que ellos por muy bueno no lo tuvieran;
muchos días se pasaban sin comer sino yerbas bravas de los campos, e lagartos, e
culebras, e langostas, e otras mil desventuras, e todos estaban malos, hinchados, llenos
de muchas enfermedades. Por toda la redonda de la provincia andaba tan grande e mortal
hambre entre los indios que se comían los unos a los otros, e con pasar tan grandes
trabajos no quisieron sembrar [...] más se comieron unos a otros de cincuenta mil
personas, e la pestilencia e hambre acabó más de otras cien mil; porque a la verdad eran
las más pobladas que había en aquellas regiones" (ibid., 1985, II, 127).
Aldana organizó un servicio de comida a larga distancia. "Los indios naturales de
aquellas provincias, viendo aquel proveimiento, se turbaron en gran manera, pareciéndoles
que con aquel proveimiento nunca se irian los cristianos, e determinaron de sembrar:
viendo que les convenía por no acabar de morir todos de hambre" (ibid.,
1985, II, 135).
Huelga de suministros en
el Perú a la llegada del virrey Blasco Núñez Vela y promulgación de las nuevas leyes
que nominalmente daban libertad a los indígenas, causaron la muerte de unos 40 españoles
acostumbrados como estaban a que los aprovisionasen de balde (Cieza, 1985, II, 328).
b) Siendo el indígena la
mano de obra indispensable para la producción de comida, el impacto de enfermedades
introducidas, como la viruela, cuyo efecto devastador entre la población indígena ha
sido bien conocido, abría claros inmensos en las filas de los agricultores, con la
consiguiente disminución en la producción de géneros de subsistencia. Baste citar el
caso de Tunja y su jurisdicción en 1607, año de la muerte del cronista Juan de
Castellanos (Rojas, U., 1958, 171).
c) La destrucción de
mantenimientos como represalia de guerra contribuyó en gran medida a la extinción de
varias tribus americanas. La tala sistemática de frutales se ha historiado en otro lugar
(Patiño, 1963, 1, 48-52). Lo mismo ocurrió con los pijaos que, mediante la táctica de
tierra arrasada, perecieron por hambre y enfermedades en 1608 (Lucena Salmoral, 1965, 1,
208). Los casos pueden multiplicarse.
d) La dilapidación de
alimentos por el grupo conquistador, aunque actuó en toda América (en las Antillas,
donde nunca hubo antes hambre, sino después que llegaron los españoles, que en un día
consumían y abrasaban lo que bastaba a los indios para un mes (Casas, 1909 ,152)), fue
más dramática en los Andes, sobre todo los del sur, donde el sistema de colcas o silos
existentes en el imperio incaico facilitó la expoliación incontrolada. Este tema, que
aquí sólo se menciona de paso, se trata detenidamente en el capítulo I de la Parte
tercera.
e) Las condiciones
socio-económicas creadas por la introducción de la economía mercantilista y
capitalista, que no existía en América, fueron las que más duradero impacto tuvieron en
las escaseces y hambres de varios períodos históricos. Una parte sustancial de la
población indígena, la que producía la comida, fue echada a las minas o a trabajos en
haciendas de españoles, no pudiendo atender, a veces, ni aun a la subsistencia de sus
propias familias. Varios conquistadores o funcionarios españoles fueron monopolizadores
de suministros, especialmente de maíz, cereal que se puede almacenar (Patiño, 1965-1966,
331-334).
La política de
subsistencias a cargo de los cabildos, aunque trató de reglamentar el suministro de
víveres, no logró impedir los males anotados, que provenían del sistema político.
Generalmente, las medidas perjudicaban justamente a la clase más desfavorecida.
Si se quiere establecer
un término de comparación con lo que ocurrió en la propia Península ibérica, de donde
procedían los conquistadores, y limitándose sólo al primer milenio antes del presente,
hay constancia de que en 650 empezó un hambre de cinco años, y se suspendió el servicio
de correos porque casi todos los conductores murieron de necesidad (Dozy, 1982, 1,
256-257). Sequía, hambre y peste de tres años acaeció entre 707 y 710 y facilitó la
penetración de los árabes (Simonet, 1983, 1,17). A partir del 750, un hambre terrible
azotó a España durante cinco años consecutivos; obligó a muchos musulmanes a huír al
sur, y las guerras civiles entre ellós ayudaron en gran parte a liberar el territorio del
dominio árabe (Dozy, 1984, III, 35; Simonet, 1983, II, 214-215).
Otra hambruna tremenda se
presentó en 915 (Dozy, 1982, II, 266).
Ya descubierta América,
hambres se volvieron a presentar en 1495 (Colmeiro, 1863, 1, 241-243).
En 1507, la Península
padeció una "grandísima hambre y pestilencia" (Sandoval, 1955, 1, 31).
En 1532, por hambruna en
Portugal tuvieron que enviar trigo desde la isla Terceira, de las Azores, que así se
quedó desguarnecida (Federman, 1958, 125).
El interesado en estudiar
este fenómeno en el resto de Europa, puede consultar una obra especializada (Prentice,
1946), a la cual pertenecen los siguientes postulados: comida suficiente y barata es
origen de progreso (27, 186); la escasez de alimento trae consigo salvajismo (47); hay
miseria y esclavitud cuando se necesitan muchos brazos para producir una cosa (58);
inevitabilidad de la esclavitud cuando es la única fuente disponible de trabajo (72); el
hambre relaja y debilita los músculos humanos (157); la libertad es imposible con hambre
(160.161).
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