Ficha bibliográfica
Titulo:
La Vida Gloriosa de Víctor Hugo
Edición original: 2004-02-20
Edición en la biblioteca virtual: 2004-02-20
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Grillo Maximiliano
Notas: Texto tomado de la Antología del ensayo en Colombia. Compilador Oscar Torres Duque.
 

 

La Vida Gloriosa de Víctor Hugo

P asó el año en que se conmemoraron las grandes efemérides del romanticismo. Ninguna religión literaria ha contado con tantos adeptos, y ninguna tiene hoy menos fieles. Pero existen románticos retrasados, que no confiesan su fe. Otros lo son a pesar de que parecen ignorarlo. Innumerables han sido las definiciones que se han dado del romanticismo; diferentes unas de otras, y con todo, exactas. No intentaré repetirlas. Para mí (y perdóneseme el rasgo de humor) el romanticismo fue el culto de los cabellos largos. Por esto su grito de guerra fue: ¡abajo las pelucas!

Entonces las mujeres sólo cortaban un rizo de sus cabellos de oro o de ébano (¿la metáfora puede aceptarse todavía?) para enviárselo a sus novios. Los hombres cuidaban con esmero de sus melenas exuberantes, en donde ponía la luna, "la luna pálida", nimbo misterioso. En la peluca del señor Voltaire anidaron las cornejas; en la melena de Musset, que semejaba en su adolescencia un Apolo al salir del baño, hicieron nido los ruiseñores. (¡Oh romanticismo, cuán lejos estás, y cuán hermoso eras!). Entonces —en 1830— se fabricaban relicarios para guardar el mechón de pelo de la madre muerta, o de la amada que yacía en su ataúd de raso. Cuando murió Chateaubriand, su peluquero cortó los blancos cabellos del príncipe del romanticismo; distribuyó algunos mechones entre los amigos íntimos del autor de El genio del cristianismo, y conservó los restantes para construir en miniatura, naturalmente, la alcoba en donde había nacido el poeta de Atala. No satisfecho con este tan romántico homenaje de admiración, el peluquero, Monsieur Paques, compuso un libro de recuerdos con el título de El peluquero de Chateaubriand, consiguiendo por tal modo que su nombre fuera citado en los días de rememoraciones románticas.

Mientras las mujeres cuidaban de sus cabelleras, que destrenzaban en la noche, y los poetas dejábanse crecer las melenas, fue una realidad el romanticismo. Su muerte definitiva (si es que un día no resucita) avino después de la gran guerra. ¿Qué amante se atrevería a pedir a su amada "un rizo de su oscura cabellera", sabiendo que le bastaría acompañarla a la casa del peluquero para recoger todos los mechones de pelo que apeteciera?

En las solemnes horas de su vida aparece Víctor Hugo, ora como el adolescente de la hermosa cabellera dorada, ora con las barbas floridas de emperador del romanticismo. Antes que "bandidos del pensamiento" y "salvajes del arte" son los románticos los hombres de las largas cabelleras. Son ingenuos y radiantes. El primero entre todos, Hugo. "Sus ojos de gris azul tienen un brillo magnético; su tez, ya muy pálida, ya muy de rosa, tiene una delicadeza femenina. Alrededor de la frente, asombrosamente amplia, hermosos cabellos sedosos, de color castaño claro, extremadamente finos". Tales son las palabras que emplea Raimundo Escholier para describir al corifeo del romanticismo en la mañana de su vida. Y Saint-Valéry, quien lo conoció en esa hora de sol naciente, dice: "En su amplia frente se descubría la luz del genio; algo de fuerte, de poderoso y de inspirado, revelaba en la menor de sus palabras... Yo quedé seducido, fascinado por tanta pureza, gracia e imaginación aliadas a un genio tan franco y tan vigoroso; la admiración desarrolló en mí un sentimiento de amistad y un entusiasmo casi tan vivos y tan apasionados como el amor mismo".

La cita se encuentra en La vida gloriosa de Víctor Hugo, de Raimundo Escholier, traducida al castellano por Corpus Barga, periodista español nada romántico, escritor de "Comprimidos" sobre política y vida literaria francesas, que podrían servir de modelo a quienes deseen decir mucho en pocas palabras.

Nada hay más interesante que la vida de los grandes hombres. En esta gloriosa de Hugo su biógrafo, quien según su propia declaración no ha pretendido escribir una biografía novelada, nos presenta al poeta desde la hora de su nacimiento hasta la hora de su muerte, nimbado por una aureola de grandeza que apenas deja entrever discretamente los errores del hombre. Es cierto que éste fue siempre un "niño sublime", profundamente ingenuo, que vivió para embriagarse de amor y de gloria.

De amor y de gloria se compone la existencia del más grande de los poetas franceses. Y cuando se dice amor, también se dice dolor, puesto que son gemelos inseparables.

El señor Pablo Valéry, el antirromántico por excelencia, dijo alguna vez que Hugo era, "desgraciadamente", el mayor poeta de Francia. El crítico prescindió de explicarnos su síntesis. Sería fácil encontrar los elementos de que se compone.

En su entusiasmo por el autor de La leyenda de los siglos, Escholier llega a colocar a Hugo al lado de Goethe, de Shakespeare y de Dante. Obedece en esto el biógrafo al deseo patriótico, muy natural, de crear una cima en la cadena de montañas y de colinas inspiradas que constituye la literatura francesa.

El único nombre que podría grabarse en esa cumbre excelsa sería el de Víctor Hugo. Quienes releen su producción lírica, sus dramas y sus novelas, quedan desilusionados. Su trompa épica ya no despierta entusiasmo. Fatiga su maravilloso don para acumular metáforas deslumbrantes. Enriqueció el idioma, dióle al verso una flexibilidad antes desconocida; sorprendió ciertos aspectos de la belleza, con intuición pasmosa, pero dilapidó sus fuerzas, porque se empecinó en ser siempre revolucionario.

El autor del Fausto realiza tres grandes jornadas: la revolucionaria, la del clasicismo armonioso y la del místico que contempla al universo con serenidad clarividente. Hugo se contenta con ser eternamente revolucionario. Palafrenero de los "altos caballos de la retórica", mantúvose en los dominios de la metáfora y del contraste sin descender sino por momentos a las planicies de la realidad humana. Amó demasiado a la humanidad, en particular a su patria, pero no fue un humanista, siquiera Virgilio lo iniciara en los prístinos misterios de la poesía.

Goethe ama a la mujer, sin dejarse encadenar por el amor. Hugo se rinde a Adela cuando apenas contaba veinte años de edad, y con una deliciosa pureza le escribe antes de casarse con ella: "No consideraría sino como mujer vulgar (es decir, bastante poca cosa) a una joven que casara con un hombre sin estar moralmente cierta, por los principios y el carácter conocidos de ese hombre, no solamente de que es juicioso sino también [y] empleo adrede la palabra propia en toda su plenitud, de que es ‘virgen’, tan virgen como ella misma".

Goethe consigue hermanar la potencia vital y la armonía. En Hugo la potencia vital se impone, y la potencia vital dejada a su libre arbitrio genera el desorden. Piensa Goethe que el poeta, tras la etapa revolucionaria, debe convertirse en artista, cada vez más consciente de su obra: sentir y pensar hondo. Para Hugo el arte es el azul, lo indefinido, lo intuitivo. Cree Goethe que en el principio era la Fuerza, y entrégase a profundas investigaciones. Asiste a la evolución de Dios en el espíritu y al través de las cosas. Hugo en la hora de reposo creador dedícase al espiritismo. El niño sublime conversa con las mesas parlantes.

El paganismo dio alegría y salud a los hombres, claridad mediterránea a los espíritus. El cristianismo infundióles inquietud de lo infinito y el ansia de superarse. La fe es fecunda —dijo Goethe— mas la fe que necesita acudir a las mesas parlantes para afirmarse desordena las relaciones entre el espíritu y la materia. El "espiritismo" es un disolvente del intelecto de los poetas. El espiritismo causó, en mi muy humilde parecer, graves daños al poeta desterrado en Guernesey. Quizá el mago que le enseñó a conversar con las mesas, impidiera a Hugo realizar la tercera etapa. Sin estas sesiones de espiritismo, que le infundieron la idea de que era un semidiós que podría entenderse cara a cara con los dioses; sin esas vagas filosofías, tan opuestas a la fe y a la ciencia goethianas, quizá el poeta francés hubiese profundizado la vida del paganismo, para llegar a la conclusión del autor de Fausto: "Cuanto para este mundo sólo es símbolo". A "su" Dios llega Goethe por el conocimiento y siente un grave respeto por lo divino. Hugo se encamina a Dios por la piedad; búscalo por las vías del amor; pero no será un místico (el místico verdaderamente "crea" en sí mismo la fe), sino un espiritista que trata de convencerse de si existe una vida ultraterrena. Goethe contempla a Dios en el universo, como una posibilidad científica. Hugo siente, a veces, la necesidad de que Dios lo contemple a él. Cuando recuerda a Julieta, su querida, que han durado cuarenta y nueve años sus amores, le escribe: "Esta novedad le agrada a Dios; con ella embellece su eternidad". El romántico parece un humorista, un Enrique Heine, el cual como le insinuase un sacerdote que Dios le perdonaría sus pecados, observó dulcemente: "Sí, padre, ése es su oficio".

El amor llena la vida de Hugo. A los veinte años de edad contrae nupcias con Adela, su prometida por pacto de familia antes de que nacieran los futuros esposos. Corren los días de su mocedad radiante entre las alegrías del hogar y las luchas, las batallas románticas. El joven dios, tan fuerte como bueno, parece predestinado a ser siempre dichoso. Adela es ya madre amorosa, que ama entrañablemente a su poeta. Aquella felicidad es de las que no perturbarán los vientecillos de las calles. Pero...

La adversidad a todos nos espía, el destino se complace en atar y desatar los hilos de la tela cambiante de nuestras vidas. Cerca de la calle de Nuestra Señora de los Campos, en donde tienen su morada los felices esposos, habita "un adolescente melancólico, feo, soñador y solapado". Víctor Hugo, que cruza con él a menudo, ignora su nombre. Sin embargo, un día se entera de quién es. "¿Ese joven?, dice alguien. Se llama... Se llama Sainte-Beuve".

Este solapado vecino siente también las ambiciones literarias, compone versos, menos románticos que los hugonianos, y como es de temperamento reflexivo, se dedica a la crítica. Pronto Sainte-Beuve encuentra manera de introducirse en las relaciones del poeta de las Odas y de Hernani. Desde entonces se atraviesa en el camino triunfal de Hugo, hasta llegar a convertirse en su "crítico satán". Al principio adula al poeta; complace todos sus deseos: contribuye a propagar su fama. A medida que Sainte-Beuve crece en el concepto de sus compañeros en las letras, crece en su corazón el deseo incontenible de perturbar la paz hogareña de su grande amigo. ¿Envidia? Escholier no vacila en atribuir ese sentimiento a la pasión del crítico. Sólo ha quedado, clara como el día, la perfidia del autor de Voluntad y de Libro de amor.

Sainte-Beuve penetra en el hogar de Hugo con intención de mancharlo, y lo consigue. Adela fue incapaz de decir al intruso, imitando a la que fue un día amante de Goethe: La que tiene la gloria de ser esposa de Hugo, jamás será de otro. Y Adela fue débil, de virtud indecisa. Condenada a vivir siempre al calor de aquel inmenso corazón, contempla durante cincuenta años, sin exhalar una queja, con un gracioso silencio, los amores de Víctor y de Julieta.

El águila de las tempestades tribunicias, el cíclope de La leyenda de los siglos, piensa cada día con mayor complacencia en su gloria. Nació épicamente y morirá en olor de epopeya.

Todos sus infortunios: la pobreza, el destierro, la muerte prematura de sus hijos, la de su hija Adela, que acaba en la locura después de su escapada con un oficial inglés; los desastres de la patria, la vergüenza de Sedan, todo, los dolores inmensos y los pequeños dolores, apenas quebrantan su fortaleza de roble. Es la roca que permanece inmutable en el océano tormentoso. Es el patriarca cuya tribu sepultaron los vientos en el desierto, y que aún permanece erguido, en espera de una nueva tempestad, o de un nuevo sol. Sol de amor que dora con sus rayos deficientes las barbas caudalosas de Hugo, que semejan ya estratificaciones de espumas salobres.

Sueña en las cumbres. Contempla el mundo floreciendo de laureles y rosas para su corona de poeta. Ningún inspirado ha tenido apoteosis igual a su apoteosis. Es el hombre océano; la cima que se percibe desde todos los horizontes.

—Sé que soy inmortal —dice un día.

Y continúa amando, como los patriarcas bíblicos, a Ruth como a la Sulamita.

Cuando se halla cerca de los ochenta años, un doctor le observa que, como a Tricis, "ya es tiempo de retirarse"... de los placeres eróticos.

—¡Ah! —responde—. Es lástima, doctor, que la naturaleza no nos advierta.

En un día de mayo el gran viejo se duerme en el sueño de la muerte para despertar en la gloria. Las últimas palabras que ha trazado su pluma hablan de amor:

Amar es obrar.