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Mark Twain o la verdad en
escorzo
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Baldomero Sanín Cano
M
ark Twain nació en noviembre de 1835. Según sus mismas
indiscreciones, con él nació el mismo día a la misma hora un hermanito de tal parecido
con el primogénito que su misma madre no lograba diferenciarlos sino por medio de
señales puestas con ese fin. Según Mark Twain esa semejanza indescifrable tendió sobre
la casa paterna una sombra de misterio y fue causa al mismo tiempo del carácter elusivo,
de la actitud de reserva del gran humorista ante los hombres y ante la vida toda. Mark
Twain y su hermano, ha dicho el mismo autor a quien nos referimos, crecieron y las
semejanzas entre los dos se acentuaban por días para confusión de propios y extraños.
Cuando empezaron a caminar, antes de adquirir el uso de la palabra, salieron juntos sin
que la nodriza se diera cuenta de su ausencia, y fueron a dar al borde de una alberca. Uno
de los niños cayó inopinadamente en las aguas de la piscina, donde perdió la vida
ahogado, y añade Mark Twain que para su horror y desdicha nunca se pudo fijar la
personalidad del ahogado: el célebre humorista llegó a la tumba sin saber si el ahogado
había sido Mark Twain o su hermanito.
Esta anécdota acaso
explique las cualidades salientes de la obra literaria de Mark Twain. No estando seguro de
su propia personalidad, su actitud ante el mundo había de ser una de profunda y estudiada
reserva, como de quien espera que de un momento a otro se presente la persona que haya de
descifrarle el enigma de su existencia. Por esta razón no pudo nunca mirar el mundo en
serio, creyéndose él sin poderlo evitar una posible mistificación. De aquí arranca sin
duda su actitud ante la mentira. Para él esta forma de verter y de ocultar el pensamiento
estaba justificada por las condiciones generales de la vida y por lo ambiguo de su propia
existencia. La mentira es en gentes sanas el resultado de una incapacidad para hacer
coincidir los hechos con las palabras. Es una flaqueza de frecuente ocurrencia en
personas, por otra parte, de una conciencia rígida y exigente. Entre lo visto y lo
narrado hay siempre una diferencia no sólo de grado sino de esencia. El órgano visual
recibe impresiones para cuya reproducción resulta incompetente o desleal la palabra
humana, porque las funciones del aparato visual no son del mismo género que el hablar o
el escribir. La palabra, el lenguaje, por su propia naturaleza es un procedimiento de
simplificación, en muchos casos de eliminación. No pudiendo la palabra reproducir todos
los matices y detalles de lo visto, el discurso, la frase se limitan a reproducir apenas
una parte, con el ánimo de que sea lo principal, entre lo observado. Pero en el paso de
la observación a la descripción hay una serie de eliminaciones que tiñen con la
personalidad del observador los sucesos narrados. De esta incapacidad de la organización
cerebral del hombre nace la mentira involuntaria. Cuando dos personas de buena voluntad
narran un mismo suceso observado por ellas, las eliminaciones evidentes de lado y lado
mueven a suponer intención de ocultar la verdad o desfigurarla y aquí empieza la
sospecha de que una voluntad mentirosa intervenga en la eliminación de detalles más o
menos importantes. El hombre muchas veces se miente a sí mismo tratando de expresar su
pensamiento. Una bella idea, un concepto feraz iluminan de repente las comarcas menos
trajinadas de su cerebro. Medita, compara, sustituye, ordena, no se atreve a adornar, y
con la hermosa estructura de la imaginación emprende la tarea de verterla en palabras. En
cuanto va a buscar las que necesita para su empeño, la idea empieza a esquivar sus
atractivos como una criatura casquivana. Cuando comparamos lo hablado o lo escrito con lo
pensado no podemos evitar la conclusión de que nos hemos engañado a nosotros mismos. Por
eso dijo un escritor francés de lealtad inflexible con su inteligencia: "Abrimos los
labios y por ellos se escapa contra nuestra voluntad la mentira de nuestro
pensamiento...". Ésta es la mentira fatal, orgánica, involuntaria en cuyas redes
vive el hombre por el régimen doble a que están sometidos el pensamiento y la palabra.
Si la expresión fuese un procedimiento como el de la máquina fotográfica y ésta
reprodujese a más de los contornos y las sombras, el color y los relieves como en un
espectroscopio, la mentira no existiría seguramente sino con carácter voluntario. La
mentira dejaría de ser una obra de arte o a lo sumo sería un arte inferior, subalterno y
de fácil aprendizaje, como es la fotografía ante el dibujo y la pintura.
Pero la mentira
voluntaria ha venido a convertirse en una serie variadísima de artes del encanto: la
poesía, la pintura, la novela, el drama, la declamación y la mímica. La obra de Mark
Twain es la sublimación voluntaria, sistemática y ética de la mentira. Él es un
convencido de la significación cultural de este producto de la mente humana. En esto,
Mark Twain obedecía, se dejaba conducir por el instinto, por la conciencia general, por
el sentido general de la vida de su país. Se dice ordinariamente que el saxoamericano es
el hombre práctico en estrecho contacto con la realidad. No hay soñadores iguales a
aquellos hombres. Su sentido de lo impráctico los ha llevado a conquistar la realidad.
Sus aspiraciones tienden a lo absurdo, a lo desproporcionado, a la realización de lo
irreal. Levantan edificios de ciento cincuenta pisos, para irse a vivir a cuarenta
kilómetros del edificio y despoblar la ciudad. Inventan una velocidad ferroviaria de cien
millas por hora y enganchan a las locomotoras carros perfectamente construidos para
experimentar, mientras viajan en ellos, la sensación de que están en su propia casa, de
pantuflas, leyendo el diario matinal. Publican diarios de doscientas páginas que nadie
puede leer y que no leen en efecto. Convierten el libro en película de cine; el diario
político en audición de radio, las medicinas en alimento y viceversa, el matrimonio en
una serie de ensayos cómicos o ultrasentimentales. Creen en Dios con cierta agresividad y
adoran el oro; dan la ley de prohibición acerca de las bebidas alcohólicas para hacer
más apetitoso y más refinado el uso de ellas. Parece que la mentira estuviera en las
bases psicológicas de esa comunidad, de esa maravillosa conciliación de todas las
contrarias. En ese medio naturalmente había de prosperar con mucho rumbo, aunque con suma
distinción, lo que sus tíos del otro lado del Atlántico han llamado el sentido del
humor, aunque en manifestaciones un tanto burdas y a veces elementales. El humor tiene en
su base una aspiración a decir la mentira en formas tales de sutileza y reserva que no lo
parezca, representando en lenguaje correcto y de una seriedad musulmana las cosas
grotescas, o al revés poniendo en solfa con mucho desenfado y en formas burlescas los
asuntos más serios. Esto no es el humor fundamental, el grande humor de Sócrates, de
Shakespeare, de Cervantes, descrito por Hoeffding en una de sus obras más significativas.
El humor saxoamericano es una de las formas en que el espíritu humano muestra sus
complacencias en ejercitar el arte de la mentira. Acaso en esto estriba la popularidad de
la obra de Mark Twain entre sus conciudadanos. Algunos han querido dar la ecuación del
procedimiento literario en Mark Twain diciendo que es el uso y el abuso de la
exageración. Sí, el autor de Huckleberry
Finn y de Innocents Abroad
exagera frecuente y a veces fatigosamente; pero muy a menudo restringe y desconcierta. El
procedimiento es el de dar idea de la realidad por medio de la mentira. Es la conciencia
general de su país que habla por su pluma. "Jorge Washington dice en un
artículo sobre el libertador de las colonias inglesas, fue el menor de nueve
niños. Ocho de esos niños fueron hijos de los tíos de Washington. Éste, grande en
todo, tuvo ocho primos y, además, no tuvo hermanos". Aquí no hay exageración sino
por el contrario una obra de eliminación por los caminos del fraude. De igual modo dicen
algunos profesores de psicología comparada que el antioqueño basa sus gracejos en la
mera exageración o el contraste. A veces usa el modo opuesto. Un agente electoral
popularmente reprobado se llamaba Germán Malo. En los diarios opuestos a su partido nadie
usaba su apellido. Cuando querían nombrarlo lo designaban con el nombre de Germán
Regular.
La literatura, dijo un
escritor reaccionario y en pugna con la sociedad, empeñada en no leerle, la
"literatura repetía, es el arte de desfigurar la realidad", lo cual
es algebraicamente cierto. El esfuerzo de la inteligencia en la representación de las
cosas por medio de palabras tiene que dar como ya hemos dicho un resultado patente de
desfiguración. Pero en esa desfiguración está el arte, precisamente. Las mujeres de la
Primavera, en el cuadro de Botticelli, sufren la desfiguración que les impone el arte de
un lado, y el temperamento, la idea momentánea del artista por otro. Pero si en vez de
transcripción personal de Botticelli hubiéramos tenido una fotografía de los modelos
bajo los árboles y a la luz del sol, la desfiguración sería menor, pero el arte habría
desaparecido.
Mark Twain defiende la
mentira con cierta efusión aunque con escasa novedad en un boceto titulado "El fallo
divino". La mentira está en la naturaleza de su arte, de todas las artes; y él se
ve forzado a usar de ella con métodos poco velados para acomodarse al temperamento de sus
lectores.
Un redactor de un
diario le pidió una vez que lo recibiera para publicar el coloquio. Accedió Mark Twain.
Una de las preguntas del redactor versaba sobre el día del nacimiento de Mark Twain.
Éste dio la fecha precisa: el 30 de noviembre de 1835. Era un paso falso, un caso
inesperado de adhesión estricta a la verdad. Más adelante preguntó el redactor:
"¿Cuáles son las personas más notables que usted ha conocido?". Mark Twain
concedió: "El General Washington". El periodista incurrió en la debilidad de
observar: "Pero señor Clemens, el General Washington murió en 1799 y usted me ha
dicho que usted nació en 1835". "Mire replicó Mark Twain con mucha
serenidad, si usted sabe más que yo, ¿para qué viene a entrevistarme?". Este
incidente ilumina el procedimiento general del humorista. A la primera pregunta respondió
exponiendo la verdad sin resultado alguno. La verdad escueta, formulada en forma
rectilínea, apenas tiene valor en las oficinas de policía. Más adelante, al ser
interrogado sobre sus conocidos, faltó crasamente a la verdad. La contradicción del
interlocutor y la réplica de Mark Twain, crearon súbitamente una atmósfera de arte, de
arte inferior, es verdad, que suscita la risa.
La liviandad del
contenido hace sospechar a quienes no han leído a Mark Twain en su propia lengua que el
humorista de El diario de Eva era un escritor, como escritor solamente, se
entiende, de poca altura. Mark Twain no recibió educación clásica; pero al asumir el
oficio de escritor quiso llenarlo cumplidamente y hay páginas suyas de tono serio, en que
se reúnen al razonamiento preciso, la exposición metódica y la distribución juiciosa
de los conceptos en concordancia con la bella frase. En esos momentos, no era un grande,
pero sí, seguramente, un buen escritor.
Mark Twain no es un
fenómeno aislado como acaso se figuran quienes no han hecho largas y demoradas
excursiones por la literatura de aquella comarca. Tiene antecesores que se le parecen y
gran número de sucesores, entre los cuales no ha aparecido ninguno que le aventaje. El
humor, del género cultivado por Mark Twain, es un producto natural de la civilización
saxoamericana; pero, conservando sus caracteres esenciales, afecta formas variadas y
caprichosas. Artemus Ward (C. F. Browne), nacido por los mismos años que Mark Twain,
había ganado fama europea y colaboraba en Punch, en los días de su muerte, en
1867. Otros humoristas de ese periódico han resistido menos. Ward cultivaba el humorismo
de lo inesperado y de la exageración increíble. Escribía en la jerga de los Estados
centrales. Sucesor de Mark Twain por la intención humorística de sus artículos, fue J.
P. Dunne, conocido más abundantemente con el pseudónimo de Mr. Dooley, autor de notas
humorísticas sobre la vida política y social saxoamericana con tendencias a la
filosofía y con pretensiones moralizantes. Escribió según hablaban los irlandeses
emigrados en Chicago y New York. Adquirieron tal fama sus artículos, que vinieron a
convertirse en una especie de artefacto, de producción en masa. Cultivaba también la
exageración como elemento del gracejo y sus sarcasmos penetraban hondo en la masa de sus
lectores, cuando la guerra mundial y las costumbres todavía no habían forjado la coraza
de cinismo impenetrable a la burla y al sarcasmo. Mark Twain fue superior a todos ellos.