Ficha bibliográfica
Titulo:
Mark Twain o la verdad en escorzo
Edición original: 2004-02-20
Edición en la biblioteca virtual: 2004-02-20
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Baldomero Sanín Cano
Notas: Texto tomado de la Antología del ensayo en Colombia. Compilador Oscar Torres Duque.
 
 
 
Mark Twain o la verdad en escorzo
Baldomero Sanín Cano

M ark Twain nació en noviembre de 1835. Según sus mismas indiscreciones, con él nació el mismo día a la misma hora un hermanito de tal parecido con el primogénito que su misma madre no lograba diferenciarlos sino por medio de señales puestas con ese fin. Según Mark Twain esa semejanza indescifrable tendió sobre la casa paterna una sombra de misterio y fue causa al mismo tiempo del carácter elusivo, de la actitud de reserva del gran humorista ante los hombres y ante la vida toda. Mark Twain y su hermano, ha dicho el mismo autor a quien nos referimos, crecieron y las semejanzas entre los dos se acentuaban por días para confusión de propios y extraños. Cuando empezaron a caminar, antes de adquirir el uso de la palabra, salieron juntos sin que la nodriza se diera cuenta de su ausencia, y fueron a dar al borde de una alberca. Uno de los niños cayó inopinadamente en las aguas de la piscina, donde perdió la vida ahogado, y añade Mark Twain que para su horror y desdicha nunca se pudo fijar la personalidad del ahogado: el célebre humorista llegó a la tumba sin saber si el ahogado había sido Mark Twain o su hermanito.

Esta anécdota acaso explique las cualidades salientes de la obra literaria de Mark Twain. No estando seguro de su propia personalidad, su actitud ante el mundo había de ser una de profunda y estudiada reserva, como de quien espera que de un momento a otro se presente la persona que haya de descifrarle el enigma de su existencia. Por esta razón no pudo nunca mirar el mundo en serio, creyéndose él sin poderlo evitar una posible mistificación. De aquí arranca sin duda su actitud ante la mentira. Para él esta forma de verter y de ocultar el pensamiento estaba justificada por las condiciones generales de la vida y por lo ambiguo de su propia existencia. La mentira es en gentes sanas el resultado de una incapacidad para hacer coincidir los hechos con las palabras. Es una flaqueza de frecuente ocurrencia en personas, por otra parte, de una conciencia rígida y exigente. Entre lo visto y lo narrado hay siempre una diferencia no sólo de grado sino de esencia. El órgano visual recibe impresiones para cuya reproducción resulta incompetente o desleal la palabra humana, porque las funciones del aparato visual no son del mismo género que el hablar o el escribir. La palabra, el lenguaje, por su propia naturaleza es un procedimiento de simplificación, en muchos casos de eliminación. No pudiendo la palabra reproducir todos los matices y detalles de lo visto, el discurso, la frase se limitan a reproducir apenas una parte, con el ánimo de que sea lo principal, entre lo observado. Pero en el paso de la observación a la descripción hay una serie de eliminaciones que tiñen con la personalidad del observador los sucesos narrados. De esta incapacidad de la organización cerebral del hombre nace la mentira involuntaria. Cuando dos personas de buena voluntad narran un mismo suceso observado por ellas, las eliminaciones evidentes de lado y lado mueven a suponer intención de ocultar la verdad o desfigurarla y aquí empieza la sospecha de que una voluntad mentirosa intervenga en la eliminación de detalles más o menos importantes. El hombre muchas veces se miente a sí mismo tratando de expresar su pensamiento. Una bella idea, un concepto feraz iluminan de repente las comarcas menos trajinadas de su cerebro. Medita, compara, sustituye, ordena, no se atreve a adornar, y con la hermosa estructura de la imaginación emprende la tarea de verterla en palabras. En cuanto va a buscar las que necesita para su empeño, la idea empieza a esquivar sus atractivos como una criatura casquivana. Cuando comparamos lo hablado o lo escrito con lo pensado no podemos evitar la conclusión de que nos hemos engañado a nosotros mismos. Por eso dijo un escritor francés de lealtad inflexible con su inteligencia: "Abrimos los labios y por ellos se escapa contra nuestra voluntad la mentira de nuestro pensamiento...". Ésta es la mentira fatal, orgánica, involuntaria en cuyas redes vive el hombre por el régimen doble a que están sometidos el pensamiento y la palabra. Si la expresión fuese un procedimiento como el de la máquina fotográfica y ésta reprodujese a más de los contornos y las sombras, el color y los relieves como en un espectroscopio, la mentira no existiría seguramente sino con carácter voluntario. La mentira dejaría de ser una obra de arte o a lo sumo sería un arte inferior, subalterno y de fácil aprendizaje, como es la fotografía ante el dibujo y la pintura.

Pero la mentira voluntaria ha venido a convertirse en una serie variadísima de artes del encanto: la poesía, la pintura, la novela, el drama, la declamación y la mímica. La obra de Mark Twain es la sublimación voluntaria, sistemática y ética de la mentira. Él es un convencido de la significación cultural de este producto de la mente humana. En esto, Mark Twain obedecía, se dejaba conducir por el instinto, por la conciencia general, por el sentido general de la vida de su país. Se dice ordinariamente que el saxoamericano es el hombre práctico en estrecho contacto con la realidad. No hay soñadores iguales a aquellos hombres. Su sentido de lo impráctico los ha llevado a conquistar la realidad. Sus aspiraciones tienden a lo absurdo, a lo desproporcionado, a la realización de lo irreal. Levantan edificios de ciento cincuenta pisos, para irse a vivir a cuarenta kilómetros del edificio y despoblar la ciudad. Inventan una velocidad ferroviaria de cien millas por hora y enganchan a las locomotoras carros perfectamente construidos para experimentar, mientras viajan en ellos, la sensación de que están en su propia casa, de pantuflas, leyendo el diario matinal. Publican diarios de doscientas páginas que nadie puede leer y que no leen en efecto. Convierten el libro en película de cine; el diario político en audición de radio, las medicinas en alimento y viceversa, el matrimonio en una serie de ensayos cómicos o ultrasentimentales. Creen en Dios con cierta agresividad y adoran el oro; dan la ley de prohibición acerca de las bebidas alcohólicas para hacer más apetitoso y más refinado el uso de ellas. Parece que la mentira estuviera en las bases psicológicas de esa comunidad, de esa maravillosa conciliación de todas las contrarias. En ese medio naturalmente había de prosperar con mucho rumbo, aunque con suma distinción, lo que sus tíos del otro lado del Atlántico han llamado el sentido del humor, aunque en manifestaciones un tanto burdas y a veces elementales. El humor tiene en su base una aspiración a decir la mentira en formas tales de sutileza y reserva que no lo parezca, representando en lenguaje correcto y de una seriedad musulmana las cosas grotescas, o al revés poniendo en solfa con mucho desenfado y en formas burlescas los asuntos más serios. Esto no es el humor fundamental, el grande humor de Sócrates, de Shakespeare, de Cervantes, descrito por Hoeffding en una de sus obras más significativas. El humor saxoamericano es una de las formas en que el espíritu humano muestra sus complacencias en ejercitar el arte de la mentira. Acaso en esto estriba la popularidad de la obra de Mark Twain entre sus conciudadanos. Algunos han querido dar la ecuación del procedimiento literario en Mark Twain diciendo que es el uso y el abuso de la exageración. Sí, el autor de Huckleberry Finn y de Innocents Abroad exagera frecuente y a veces fatigosamente; pero muy a menudo restringe y desconcierta. El procedimiento es el de dar idea de la realidad por medio de la mentira. Es la conciencia general de su país que habla por su pluma. "Jorge Washington —dice en un artículo sobre el libertador de las colonias inglesas—, fue el menor de nueve niños. Ocho de esos niños fueron hijos de los tíos de Washington. Éste, grande en todo, tuvo ocho primos y, además, no tuvo hermanos". Aquí no hay exageración sino por el contrario una obra de eliminación por los caminos del fraude. De igual modo dicen algunos profesores de psicología comparada que el antioqueño basa sus gracejos en la mera exageración o el contraste. A veces usa el modo opuesto. Un agente electoral popularmente reprobado se llamaba Germán Malo. En los diarios opuestos a su partido nadie usaba su apellido. Cuando querían nombrarlo lo designaban con el nombre de Germán Regular.

La literatura, dijo un escritor reaccionario y en pugna con la sociedad, empeñada en no leerle, la "literatura —repetía—, es el arte de desfigurar la realidad", lo cual es algebraicamente cierto. El esfuerzo de la inteligencia en la representación de las cosas por medio de palabras tiene que dar como ya hemos dicho un resultado patente de desfiguración. Pero en esa desfiguración está el arte, precisamente. Las mujeres de la Primavera, en el cuadro de Botticelli, sufren la desfiguración que les impone el arte de un lado, y el temperamento, la idea momentánea del artista por otro. Pero si en vez de transcripción personal de Botticelli hubiéramos tenido una fotografía de los modelos bajo los árboles y a la luz del sol, la desfiguración sería menor, pero el arte habría desaparecido.

Mark Twain defiende la mentira con cierta efusión aunque con escasa novedad en un boceto titulado "El fallo divino". La mentira está en la naturaleza de su arte, de todas las artes; y él se ve forzado a usar de ella con métodos poco velados para acomodarse al temperamento de sus lectores.

Un redactor de un diario le pidió una vez que lo recibiera para publicar el coloquio. Accedió Mark Twain. Una de las preguntas del redactor versaba sobre el día del nacimiento de Mark Twain. Éste dio la fecha precisa: el 30 de noviembre de 1835. Era un paso falso, un caso inesperado de adhesión estricta a la verdad. Más adelante preguntó el redactor: "¿Cuáles son las personas más notables que usted ha conocido?". Mark Twain concedió: "El General Washington". El periodista incurrió en la debilidad de observar: "Pero señor Clemens, el General Washington murió en 1799 y usted me ha dicho que usted nació en 1835". "Mire —replicó Mark Twain con mucha serenidad—, si usted sabe más que yo, ¿para qué viene a entrevistarme?". Este incidente ilumina el procedimiento general del humorista. A la primera pregunta respondió exponiendo la verdad sin resultado alguno. La verdad escueta, formulada en forma rectilínea, apenas tiene valor en las oficinas de policía. Más adelante, al ser interrogado sobre sus conocidos, faltó crasamente a la verdad. La contradicción del interlocutor y la réplica de Mark Twain, crearon súbitamente una atmósfera de arte, de arte inferior, es verdad, que suscita la risa.

La liviandad del contenido hace sospechar a quienes no han leído a Mark Twain en su propia lengua que el humorista de El diario de Eva era un escritor, como escritor solamente, se entiende, de poca altura. Mark Twain no recibió educación clásica; pero al asumir el oficio de escritor quiso llenarlo cumplidamente y hay páginas suyas de tono serio, en que se reúnen al razonamiento preciso, la exposición metódica y la distribución juiciosa de los conceptos en concordancia con la bella frase. En esos momentos, no era un grande, pero sí, seguramente, un buen escritor.

Mark Twain no es un fenómeno aislado como acaso se figuran quienes no han hecho largas y demoradas excursiones por la literatura de aquella comarca. Tiene antecesores que se le parecen y gran número de sucesores, entre los cuales no ha aparecido ninguno que le aventaje. El humor, del género cultivado por Mark Twain, es un producto natural de la civilización saxoamericana; pero, conservando sus caracteres esenciales, afecta formas variadas y caprichosas. Artemus Ward (C. F. Browne), nacido por los mismos años que Mark Twain, había ganado fama europea y colaboraba en Punch, en los días de su muerte, en 1867. Otros humoristas de ese periódico han resistido menos. Ward cultivaba el humorismo de lo inesperado y de la exageración increíble. Escribía en la jerga de los Estados centrales. Sucesor de Mark Twain por la intención humorística de sus artículos, fue J. P. Dunne, conocido más abundantemente con el pseudónimo de Mr. Dooley, autor de notas humorísticas sobre la vida política y social saxoamericana con tendencias a la filosofía y con pretensiones moralizantes. Escribió según hablaban los irlandeses emigrados en Chicago y New York. Adquirieron tal fama sus artículos, que vinieron a convertirse en una especie de artefacto, de producción en masa. Cultivaba también la exageración como elemento del gracejo y sus sarcasmos penetraban hondo en la masa de sus lectores, cuando la guerra mundial y las costumbres todavía no habían forjado la coraza de cinismo impenetrable a la burla y al sarcasmo. Mark Twain fue superior a todos ellos.