Ficha bibliográfica
Titulo:
Trópico Bravo
Edición original: 2004-02-20
Edición en la biblioteca virtual: 2004-02-20
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Jaime Barrera Parra
Notas: barrera parra jaime ensayo armando solano biografia
 
 
 
Trópico Bravo
Jaime Barrera Parra

E l ojo rápido y puntual de Armando Solano, que une a la limpidez de la más perfecta lente anastigmática una intuición crítica que es más producto de la raza que de los libros, se ha echado a pasear por las bellas campiñas de Francia. Del festín visual nos ha dejado el boyacense una página tersa que publica El Espectador.

Nacido bajo las algarabías y virulencias del Trópico, Armando Solano es un espíritu de zona templada. Dentro de él se ha verificado en grande escala esa labor de sustracción que según el gran George Brandes es preliminar a toda cultura.

El paisaje francés ha acariciado como una mano sabia el espíritu de Solano. Más atento a la tierra que al esplendor de los palacios que soporta, el hombre de Paipa siente la fascinación de los cultivos, y al encontrar en ellos las mismas condiciones de mesura en el color, en el movimiento y en la línea que antes había advertido en la cultura artística de Francia, al mismo tiempo que en su excepcional rendimiento, no puede menos de expresar su sorpresa.

¿Cómo no ha de crecer mi desconsuelo, cuando veo el suelo de la Francia cultivado amorosamente, sin excepción de una pulgada, a uno y otro lado de las vías férreas y de los ríos, hasta donde alcanza la vista? Este gran país vale más por su intensa producción agrícola que por su floreciente industria. Él alimenta con sus propios recursos a toda su población y en las horas críticas podría resistir sin flaquear, sin rendirse, el más prolongado de los asedios. Y hay que ver la calidad de sus productos, el jugo delicioso de sus frutas, la robusta consistencia de sus cereales, la riqueza de sus carnes. Nosotros, acaso, afortunadamente, vivimos creyendo que poseemos en tales renglones la verdadera fertilidad, y que las naciones europeas se ven obligadas a comer legumbres de cartón y cosas por el estilo. Es justamente lo contrario. Nuestras tierras bravas, cerreras, dan frutos ásperos mientras que este suelo domado, civilizado, infunde en las plantas el sabor suave que satisface delicadamente al paladar. De otro lado nosotros que pasamos por una selva inmensa, por un gran bosque negro donde nunca penetra el sol, carecemos de maderas e importamos aun las más usuales, y la caduca Europa, a la cual imaginamos como una gran llanura desolada, es dueña, para las construcciones, para los muebles, para el combustible, de inagotables maderas, las más adecuadas para cada necesidad.

He aquí la reprise de la requisitoria al Trópico, intentada ya por Laureano Gómez, bajo la protesta de cierto nacionalismo declamatorio. Pero a Armando Solano no se le puede llamar demagogo. Esa confesión que ahora hace y de la cual pudiera resultar un apocamiento para nuestro suelo, no la puede escribir Solano sino con lágrimas. A través de sus páginas hay que percibir el sollozo que la sacude.

"Nuestras tierras bravas, cerreras, dan frutos ásperos". Es ésta una verdad que no da tregua.

Esta Zona Tórrida que cantara Bello en estrofas exuberantes es un inmenso aspaviento vegetal, que le da a la vida circundante un patetismo exacerbado y venenoso. El sol, como un picapedrero, hace volar aristas del paisaje y vierte una inclemencia y un desasosiego dañino sobre las almas.

La suavidad, que ahora cautiva en sus mil formas europeas a Armando Solano, no es, en último término, sino la expresión máxima de la civilización humana. La esperanza, que solemos tomar como una demostración vital no es sino la forma inferior y extraviada del ímpetu. La fruta cerrera y el hombre atravesado son dos productos equivalentes.

Europa representa precisamente la suavidad y la templanza frente a la acerbía y al desvarío tropical. Mientras vivamos prisioneros de una naturaleza frenética que se expande en formas brutales, el empellón será el símbolo físico y temperamental de nuestra raza.

Europa es una tierra domada. Desde los reyes bárbaros hasta nuestros días, sobre el tambor del Occidente han cabalgado todas las violencias, pero el laboreo de la tierra les ha dado a sus pueblos el sentido de la selección y del gusto.

La cultura del paladar es una de las más largas y afortunadas empresas que haya podido realizar el hombre blanco a través de los siglos. Para que la pera y el espárrago que ahora deleitan, con su fragancia delicada, a Armando Solano, hayan podido alcanzar su perfección presente, fue preciso que generaciones enteras de reyes, de diplomáticos y de cocineros estimularan al hortelano.

En los nobles caldos de las bodegas bordelesas y en los campos de la Gironda, una de las más ricas despensas de Francia, podrá Solano sorprender toda la pulsación de una cultura que desde Genserico hasta Monsieur Aristides Briand, se ha ido elaborando bajo el canto de los labriegos.

Podría decirse que el espíritu francés es la radiación de un paisaje, como el espíritu americano es la evaporación de una manigua.

En este redescubrimiento de Europa que ahora intenta Armando Solano, su primera noción formal es la opulencia agrícola. Y efectivamente, como él lo apunta, los habitadores de su suelo no comen verduras de cartón. La sensualidad europea ha sido acaso la única bien alimentada de todas las sensualidades terrestres.

Dentro de savias extravagancias, mordido por las resolanas del Ecuador, hirsuto y bello como un volcán, el Trópico seguirá siendo por muchos años la mejor escuela de intransigencia.

Pero bajo la tierra, cuya capa limita las vanidades fachendosas de la floresta, los frutos cuajarán acidulados, como espolines de la hiperestesia racial.