-
-
-
-
Trópico
Bravo
-
Jaime Barrera Parra
E
l
ojo rápido y puntual de Armando Solano, que une a la limpidez de la más perfecta lente
anastigmática una intuición crítica que es más producto de la raza que de los libros,
se ha echado a pasear por las bellas campiñas de Francia. Del festín visual nos ha
dejado el boyacense una página tersa que publica El Espectador.
Nacido bajo las
algarabías y virulencias del Trópico, Armando Solano es un espíritu de zona templada.
Dentro de él se ha verificado en grande escala esa labor de sustracción que según el
gran George Brandes es preliminar a toda cultura.
El paisaje francés ha
acariciado como una mano sabia el espíritu de Solano. Más atento a la tierra que al
esplendor de los palacios que soporta, el hombre de Paipa siente la fascinación de los
cultivos, y al encontrar en ellos las mismas condiciones de mesura en el color, en el
movimiento y en la línea que antes había advertido en la cultura artística de Francia,
al mismo tiempo que en su excepcional rendimiento, no puede menos de expresar su sorpresa.
¿Cómo no ha de crecer mi desconsuelo, cuando veo el
suelo de la Francia cultivado amorosamente, sin excepción de una pulgada, a uno y otro
lado de las vías férreas y de los ríos, hasta donde alcanza la vista? Este gran país
vale más por su intensa producción agrícola que por su floreciente industria. Él
alimenta con sus propios recursos a toda su población y en las horas críticas podría
resistir sin flaquear, sin rendirse, el más prolongado de los asedios. Y hay que ver la
calidad de sus productos, el jugo delicioso de sus frutas, la robusta consistencia de sus
cereales, la riqueza de sus carnes. Nosotros, acaso, afortunadamente, vivimos creyendo que
poseemos en tales renglones la verdadera fertilidad, y que las naciones europeas se ven
obligadas a comer legumbres de cartón y cosas por el estilo. Es justamente lo contrario.
Nuestras tierras bravas, cerreras, dan frutos ásperos mientras que este suelo domado,
civilizado, infunde en las plantas el sabor suave que satisface delicadamente al paladar.
De otro lado nosotros que pasamos por una selva inmensa, por un gran bosque negro donde
nunca penetra el sol, carecemos de maderas e importamos aun las más usuales, y la caduca
Europa, a la cual imaginamos como una gran llanura desolada, es dueña, para las
construcciones, para los muebles, para el combustible, de inagotables maderas, las más
adecuadas para cada necesidad.
He aquí la reprise de la requisitoria al
Trópico, intentada ya por Laureano Gómez, bajo la protesta de cierto nacionalismo
declamatorio. Pero a Armando Solano no se le puede llamar demagogo. Esa confesión que
ahora hace y de la cual pudiera resultar un apocamiento para nuestro suelo, no la puede
escribir Solano sino con lágrimas. A través de sus páginas hay que percibir el sollozo
que la sacude.
"Nuestras tierras
bravas, cerreras, dan frutos ásperos". Es ésta una verdad que no da tregua.
Esta Zona Tórrida que
cantara Bello en estrofas exuberantes es un inmenso aspaviento vegetal, que le da a la
vida circundante un patetismo exacerbado y venenoso. El sol, como un picapedrero, hace
volar aristas del paisaje y vierte una inclemencia y un desasosiego dañino sobre las
almas.
La suavidad, que ahora
cautiva en sus mil formas europeas a Armando Solano, no es, en último término, sino la
expresión máxima de la civilización humana. La esperanza, que solemos tomar como una
demostración vital no es sino la forma inferior y extraviada del ímpetu. La fruta
cerrera y el hombre atravesado son dos productos equivalentes.
Europa representa
precisamente la suavidad y la templanza frente a la acerbía y al desvarío tropical.
Mientras vivamos prisioneros de una naturaleza frenética que se expande en formas
brutales, el empellón será el símbolo físico y temperamental de nuestra raza.
Europa es una tierra
domada. Desde los reyes bárbaros hasta nuestros días, sobre el tambor del Occidente han
cabalgado todas las violencias, pero el laboreo de la tierra les ha dado a sus pueblos el
sentido de la selección y del gusto.
La cultura del paladar
es una de las más largas y afortunadas empresas que haya podido realizar el hombre blanco
a través de los siglos. Para que la pera y el espárrago que ahora deleitan, con su
fragancia delicada, a Armando Solano, hayan podido alcanzar su perfección presente, fue
preciso que generaciones enteras de reyes, de diplomáticos y de cocineros estimularan al
hortelano.
En los nobles caldos de
las bodegas bordelesas y en los campos de la Gironda, una de las más ricas despensas de
Francia, podrá Solano sorprender toda la pulsación de una cultura que desde Genserico
hasta Monsieur Aristides Briand, se ha ido elaborando bajo el canto de los labriegos.
Podría decirse que el
espíritu francés es la radiación de un paisaje, como el espíritu americano es la
evaporación de una manigua.
En este
redescubrimiento de Europa que ahora intenta Armando Solano, su primera noción formal es
la opulencia agrícola. Y efectivamente, como él lo apunta, los habitadores de su suelo
no comen verduras de cartón. La sensualidad europea ha sido acaso la única bien
alimentada de todas las sensualidades terrestres.
Dentro de savias
extravagancias, mordido por las resolanas del Ecuador, hirsuto y bello como un volcán, el
Trópico seguirá siendo por muchos años la mejor escuela de intransigencia.
Pero bajo la tierra, cuya capa limita las vanidades fachendosas de la floresta, los
frutos cuajarán acidulados, como espolines de la hiperestesia racial.