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La Taberna de Auerbach
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Rafael Humberto Moreno-Durán
I
S
e invoca para
la presente reflexión una taberna como otros consultarían una enciclopedia. Las razones
son tan múltiples como las páginas de la segunda o los especímenes humanos que
frecuentan la primera, aunque una suerte de filiación cultural hace que taberna y
enciclopedia se confundan. La taberna de Auerbach constituye no sólo un espacio cerrado
donde se ventilan las glorias y miserias de la condición humana a través del humor y el
vino, de la broma y la rencilla, sino que constituye también lo más parecido al espacio
de un libro. El libro que registra en sus paredes el testimonio más fidedigno del
tránsito de un doctor Fausto de carne y hueso por los ámbitos de este mundo.
En efecto, cuenta la
tradición que el doctor Johann Fausto real mito engendrado en vientre de
mujer frecuentaba la taberna de Auerbach, sita en la ciudad de Leipzig, y que un
día, en medio de la algarabía de los estudiantes, merced a un acto de magia hizo
aparecer a Homero, tras lo cual, y ante el estupor general, se marchó cabalgando sobre un
tonel de vino. Estos hechos fueron grabados en las paredes de la taberna y siglos después
el joven Goethe, cuando cursaba estudios de derecho en Leipzig, pasaba largas veladas en
el recinto compartiendo con sus alegres camaradas la visión de las hazañas del doctor,
al tiempo que pulsaba la sugestiva atmósfera que sobre una base histórica dio forma a la
leyenda. Las paredes de la taberna como las páginas de un libro les murs ont la
parole registran el texto de una larga tradición cultural, que muy bien puede
ser la más elocuente tradición del humanismo alemán. Taberna y enciclopedia devienen de
esta forma una unidad de sentido que se prolonga desde las postrimerías de la Edad Media
hasta el holocausto de la Segunda Guerra Mundial a través de la ubicua presencia de
Fausto en la taberna de Leipzig y en el campo de concentración de Buchenwald.
Pero se impone una
explicación: la taberna de Auerbach tiene un particular significado en la obra de Goethe:
es el primer lugar que Mefistófeles y Fausto visitan juntos tras su pacto pero también
la atalaya elegida por el demiurgo para mostrarle su imperio a su pupilo: la taberna es,
de esta forma, una Weltbühne, un escenario del mundo, lo que le da aún mayor
sentido a la idea del recinto como libro: la taberna es aquí una alternativa al claustro
del conocimiento: el ámbito cerrado del saber es reemplazado por el ámbito abierto del
vivir, y allí, en medio de las bromas, euforias y canciones del pueblo llano, se cumple
la cita entre el neófito que quiere poseerlo todo y un preceptor no menos bromista que
los contertulios. Cuando Fausto selló su pacto con Mefistófeles no dejó lugar a dudas
sobre lo que arriesgaba: "Lo que prometo es la tendencia de todas mis
energías", y tal compromiso no es exótico, máxime si se considera el gran
descubrimiento de este libro: la revelación de que "En el principio era la
Acción" y no la palabra, ni el sentido, ni la fuerza, como hasta entonces afirmaba
la fervorosa exégesis evangélica.
Fausto ve actuar a
Mefistófeles a costa de los parroquianos, cuyos nombres encierran resonancias grotescas,
como Frosch, Brander, Siebel, Altmayer. No falta la burla política ("¿Cómo se
mantiene en pie todavía el amado Sacro Imperio Romano"?) ni una irrespetuosa
referencia a Lutero ni la enumeración de las infidelidades de sus respectivas amantes. La
intención de Metistófeles de llevar a Fausto a una taberna en su primera salida es
elocuente: sólo allí se puede apreciar "cuán fácil es vivir". Esta inicial
lección de humor a costa de rústicos y patanes no deja de justificar semánticamente lo
que luego será ese pathos de la distancia que define la ironía y no hay que
olvidar la incuestionable identidad romántica que la ironía adquiere gracias a algunos
ilustres contemporáneos de Goethe.
Ironías aparte, hablar
de Fausto es hablar de un intento transgresor: el de quien aspira a ir allá de las
limitaciones impuestas por su circunstancia existencial, intelectual y afectiva: el del
hombre que quiere romper los muros que su entorno social y humano le ofrecen. Hablar de
Fausto es hablar de un disidente contra su condición, de alguien que pacta con fuerzas
contrarias a las habitualmente admitidas. Fausto es no sólo un rebelde sino también algo
tan humano que a nombre del afán de conocimiento y del ansia de amor atenta contra los
designios de una providencia avara en sensaciones. Por eso, desde su origen anónimo hasta
los hitos más conocidos de su bibliografía puramente alemana
desde el Libro popular del doctor Fausto (que Goethe, en su niñez, leyó en
Francfort) y los precedentes de Lessing, Weidmann, Müller o Lenau, hasta ese texto de
Klinger que sugestivamente busca equiparar a Fausto con Gutenberg, este personaje se
erige como una metáfora de libertad intelectual y humana, un deicida, un rebelde contra
los designios de la autoridad y el orden.
La taberna, para los
contertulios, es el mundo: Frosch dice de su ciudad que es "un pequeño París, y
educa a su gente". Goethe mismo afirmaría alguna vez: "Soy cosmopolita, es
decir, soy weimariano": también aquí la ironía apuntala cualquier suposición
inocente. Pero, además, desde la taberna, entre bromas y risas, se traza una panorámica
sobre el resto del mundo: el propio Mefistófeles dice que acaba de llegar de España,
"hermoso país del vino y de las canciones", a lo que responden los parroquianos
con auténticos ejemplos de doméstica pero válida filosofía. Brander comenta: "No
siempre puede uno huir de lo extranjero ya que lo bueno muchas veces se halla demasiado
lejos. El verdadero alemán no puede soportar a los franceses, pero bebe con gusto sus
vinos". Esta frase así sea bajo el pretexto de intereses hedonistas
reconoce la alteridad, pues no en vano el problema del yo y lo otro informa el dilema de
Fausto: un hombre ávido ante la humanidad convertida en sensación y conocimiento
destinados a ser todos suyos aunque para ello tenga que firmar un pacto con el diablo.
Mefistófeles, con generosidad ilímite, reparte vino entre los parroquianos, pero no lo
hace según la capacidad de cada cual sino según su bebecidad: Tokay para unos,
Champagne para otros, vino del Rin para los demás. Y tras la euforia se abre paso la
violencia, por lo que la reacción de Mefistófeles contra los beodos es casi una
redundancia: los traslada mágicamente a viñedos espléndidos que no son otros que las
narices de los propios compañeros de farra.
Por último, hay un
sentido fundamental que justifica la elección de la taberna de Auerbach y es el hecho de
que ésta se halla en Leipzig. En Leipzig pasó Friedrich Nietzsche dos de sus más
trascendentales años y de ellos deja constancia en su Ojeada retrospectiva sobre mis
dos años de Leipzig. Confiesa en este texto un furor que para sí habrían suscrito
los expresionistas: "Un violento deseo de conocerme, y aun de disecarme, se apoderó
de mí. Testimonio de ello son todavía las páginas de diarios que entonces escribí,
llenas de inquietud y de melancolía, con sus inútiles acusaciones contra mí mismo y las
miradas desesperadas que elevaba hacia la santificación y la transfiguración de todo el
corazón humano...". Este exultante Nietzsche de Leipzig morirá en Weimar, en
cumplimiento de una curiosa simetría con el itinerario trazado por Goethe. Fausto y
Zaratustra paradigmas de las dos más altas manifestaciones de la literatura
alemana viajan juntos desde Leipzig y en Weimar contemplan el holocausto. Pero este
mismo trayecto lo realizará Franz Kafka en el verano de 1912. Con Max Brod viaja desde
Leipzig a Weimar y poco después, llevado por una extraña clarividencia, escribe La
condena. La condena implícita en un itinerario fatídico, pues lo que en Leipzig se
vive como exultación o expectativa en Weimar se cumple como desolación y tragedia.
Mientras Leipzig, bajo la venerable invocación fáustica, concilia lo legendario con los
más encendidos sueños de juventud de Goethe, Nietzsche y Kafka, el anhelado esplendor de
Weimar se confunde con la retórica de una falsa república y los horrores del campo de
concentración de Buchenwald levantado en sus predios.
Para un alemán de hoy
y más allá de las consecuencias de la historia reciente, ciudades como Leipzig y Weimar
suenan a identidad escindida, ya que siendo lo mismo son también lo otro. Una vez más,
la alteridad define y separa su propio sentido: Leipzig y Weimar son Alemania pero
también son otra Alemania, la hermana enemiga que ratifica sus comunes filiación
y origen. Por eso el espacio de la taberna no sólo es el espacio del libro sino también
un escenario donde la realidad, en este caso la cartografía espiritual alemana, es vista
en su totalidad, viviseccionada desde Leipzig y Weimar con óptica similar a como el
pintor expresionista Erich Heckel, en 1912 el mismo año de la narración de
Kafka, vislumbra la suerte dividida de su país en su cuadro "El canal de
Berlín", y como Alfred Döblin registra premonitoria-mente, en 1929, los dos
sectores de Berlín y Alemania en las páginas de Berlín Alexanderplatz.
El doctor Fausto nunca
habría entrado a esa taberna si no hubiera mediado la invitación del mismísimo diablo
y, sin embargo, la lección es magistral. Por eso la taberna de Auerbach encarna la
metáfora de ese amplio libro que es la tradición monumental de la literatura alemana,
donde todos hemos compartido alguna vez la grandeza y la miseria de personajes como
Wilhelm Meister y Nathan el Sabio, Heinrich von Ofterdingen y el Profesor Basura, Joseph K
y el hombre sin atributos, o hemos gozado o sufrido con heroínas como Gretchen y Lulú,
Pentesilea y Diotima, Effi Briest y la mujer sin sombra. ¿Quién no se ha conmovido ante
ese supremo ejemplo de ecuanimidad cosmopolita vale decir, universal de Thomas
Mann, cuando en la declaración de amor más entrañable y célebre del mundo hace que el
joven alemán Hans Castorp se enamore en un sanatorio suizo de la hermosa rusa Claudia
Chochard y que prescinda de las lenguas alemana y rusa y emplee, en cambio, el francés
como idioma idóneo para la confesión de sus sentimientos? Lo que Brander en la taberna
decía del vino francés parece corroborarlo Castorp con su gramática sentimental y es
eso precisamente lo que han hecho los expresionistas con su estética, plural y
lancinante, irreconciliable.
II
Ahora bien, ¿qué es el expresionismo sino una sintaxis
de la compulsión, un arte total, una rebelión ecuménica contra las viejas formas? A la
hora de su juramento Fausto prometió la "tendencia de todas sus energías",
promesa que remite a Nietzsche no en vano el maestro más invocado por las diversas
promociones expresionistas, quien afirmaba que "todo instinto debe tener su
perspectiva". ¿No es esto lo que precisamente buscan los artistas alemanes entre
1905 y 1933? Su dictum es claro y contundente: expresar la perspectiva de
sus instintos... Por eso el expresionismo hace de Alemania un foro abierto, a diferencia
de lo que intuyen como inevitable: ese inminente campo de concentración en que los nazis
convierten a Alemania, a Europa y, si hubieran podido, al mundo entero. Ese foro abierto
es el que sugiere tempranamente la taberna de Auerbach y que se transforma, trágicamente,
en el gabinete paranoico del doctor Caligari. No hay que olvidar que Leipzig y Weimar son
la prueba más dolorosa de una Alemania escindida por la catástrofe que desencadenó la
irracionalidad del nacional-socialismo.
¿Por qué los nazis se
volcaron con tanta furia contra una tendencia cultural a la que calificaron de "entartete
Kunst", es decir, "arte degenerado"? ¿Por qué a sus pintores les
aplicaron con todo su rigor el "Malverbot" (la prohibición de pintar), a
sus escritores el auto de fe y a sus filósofos, músicos y cineastas, el silencio o el
exilio? Para nadie es un secreto que el expresionismo conlleva un estigma en la bien
maquillada placidez del orden institucional: una vehemente rebelión contra el sistema
marcial del Káiser, primero, y luego una abierta denuncia contra los errores de la
equívoca democracia weimariana. Tras las llamas del Reichstag, de la colectiva quema de
libros y de la hoguera continental, adviene la sombra. Es la premonición de las tinieblas
que casi todos los artistas de la época expresaron sin pudor, porque gracias
precisamente a la falta de pudor resulta más auténtica la crítica que revelan sus
cuadros, sus poemas, sus novelas, sus películas: la misma cruda disección humana que
reflejan los cuerpos tendidos en la morgue del doctor Gottfried Benn, similar a la
radiografía social que ofrece el doctor Alfred Döblin. Ciertamente, algo más que un largo
doctorado va del doctor Fausto al doctor Caligari o al doctor Mabuse, el mismo
tránsito que va de la taberna de Auerbach a esa taberna expresionista que en el colmo de
la ironía Georg Grosz llamó "Stützen der Gerellschaft", es decir,
"soporte de la sociedad", aunque a la vista de la fauna que inunda el recinto
nazis, judíos, agitadores, nostálgicos del orden guillermino, y un incendio
superlativo como fondo la palabra Stützen pierde la diéresis y se convierte
en Stutzen: el trabuco aniquilador que define al nuevo régimen. Y a propósito de
trabuco, Kurt Tucholsky uno de los máximos animadores del Kabarett
alemán convirtió a su país en el centro de sus críticas más ácidas al punto de
afirmar: "Sin duda, los alemanes no han inventado la pólvora, pero sí la filosofía
de la pólvora". En cualquier caso, ninguna crítica tan devastadora como la de Hugo
Ball en su libro Crítica de la inteligencia alemana, obra de la que Hermann Hesse
dijo que representaba "el intento más grande, honrado y profundo que ha realizado
Alemania para llegar a ser consciente, en la propia conciencia, de los siniestros poderes
que condujeron a la degeneración del espíritu y las costumbres de la nueva Alemania,
abocándola a un estado de culpa interior con respecto a la miseria del mundo y a la
guerra mundial". La obra de Ball no sólo es premonitoria sino que al autor se le
debe, entre otras muchas cosas, la fundación del Kabarett Voltaire en febrero de 1916, la
publicación del poema expresionista "El Verdugo", que acarreó la confiscación
de la revista La Revolución y la creación de la palabra "Dadá", según
figura en su Diario (abril de 1916). Rabioso militante del expresionismo más
combativo, Ball pasó al dadaísmo y terminó adscrito a una mística que define
patéticamente la suerte de su generación.
La fundación del
Kabarett Voltaire traza una fecha fundamental en la historia de la cultura alemana. En las
agitadas tertulias del Kabarett hubo de todo: lectura de textos de Voltaire y Morgenstern,
Wedekind y Cendrars, "canciones de cuna rusas y canciones militares serbias",
cuadros de Kandinsky y Picasso, conciertos de Liszt y Debussy y un rápido giro hacia las
posiciones extremas del dadaísmo, en plena guerra. En el Kabarett se pasaba con
frecuencia insólita del "itinerarium mentis in Deum" al "descensus
spiritus", esto es, de la lucidez al trance tal vez con la esperanza de encontrar
"allá abajo", en la cálida penumbra de la taberna, el paraíso.
Pero, ¿por qué
insistir tanto en la taberna? Más allá de la iconografía o la metáfora, difícil
resulta encontrar un lugar más apropiado para representar los diversos aspectos de la
disidencia civil, muchos de ellos impronunciables ante el oído burgués. La taberna es en
este caso un hortus conclusus donde toda licencia es posible, donde la alegría y
el retozo, la blasfemia o la agudeza política adquieren patente de circulación gracias
al código de lo clandestino. La taberna, en la tradición alemana, es un auténtico
microcosmos donde es permisible lo que en la calle, el salón o el estrado público sería
ilícito. Igual tono de clandestinidad adquieren en tal escenario las chanzas despiadadas
de los goliardos como el tic frívolo o la conspiración extremista: lo popular y lo
festivo hacen de estos animados antros tema dilecto de autores que van desde
Grimmelshausen hasta Döblin y hogar de una vasta prole que se extiende desde Simplicius
Simplicissimus hasta Franz Biberkopf.
La taberna de Auerbach,
donde hasta el demonio hace de las suyas, tiene su equivalente mundano en el Kabarett pero
también su contrapartida más negativa en la Hofbräuhaus, esa taberna muniquesa
donde un antiguo cabo y mediocre pintor austríaco habría de tramar un primer Putsch
en 1923, carrera sucia que diez años después lo elevaría a la Cancillería del Reich,
con lo que se precipita el comienzo del fin de la confianza en el hombre y la historia,
eso que tan premonitoria como elocuentemente Karl Kraus llamó "los últimos días de
la humanidad". Por la misma época en que se estrenó La ópera de tres centavos,
Bertolt Brecht, su autor, escribió: "El joven poeta Brecht ha sido bombardeado con
jarros de cerveza por un grupo de ex combatientes en una cervecería de Munich. Acababa de
cantar, acompañado a la guitarra, una antipatriótica canción, ofensiva para el honor de
las fuerzas armadas". Esa canción fue la Leyenda del soldado muerto y nos
gustaría creer que ese soldado es el mismo cadáver que en el dibujo de Grosz los
militares declaran apto para el servicio. También nos gustaría creer que esa taberna
muniquesa es la Hofbräuhaus y que uno de los ex combatientes agresores es el cabo
Adolf Hitler. En cualquier caso, ésa es la misma taberna donde el profesor Raat (por
razones eufónicas pero también de índole moral es apodado Unrat, es decir, Basura)
ilustra el paulatino envilecimiento del filisteo alemán bajo el período guillermino y
que tan magníficamente recreó Heinrich Mann en esa novela que luego el mundo conocería
bajo el poco eufemístico nombre de El Ángel Azul, gracias a la adaptación de
Karl Zuckmayer, a la dirección de Josef von Sternberg y a la brillante interpretación de
Emil Jannings y Marlene Dietrich. Pero la filiación entre la novela de Mann y la
película no es simplemente anecdótica: los une y ratifica el mismo clima espiritual, esa
densa carga que ya en 1905 tipificaba al libro de Mann y que en 1931, cuando se estrenó
el film, servía de pórtico al feroz alumbramiento de lo que decenios más tarde Bergman
llamaría El huevo de la serpiente.
Sin embargo, algo más
que una perturbadora mise en scène ocurre entre la taberna de la novela de Mann y
la del film de Von Sternberg y es la manifestación del más rico repertorio cultural que
haya contemplado el siglo. En efecto, en ese breve lapso coexisten nombres como los de
Kokoschka y Broch, Kubin y Kafka, Kirchner y Trakl, Klee y Musil, Schönberg y Gropius,
Lang y Mies van der Rohe, meras cifras de un vasto catálogo que corre el riesgo de
tornarse irritante a causa de su ilustre exhaustividad. Lo que cabe constatar aquí es el
abrupto cambio de clima, evidente en dos versiones estéticas sobre una misma anécdota.
Entre la atmósfera sensual que se desprende del comportamiento de Rosa Fröhlich en la
novela de Mann y la ronca voz y las fascinantes piernas de Lola-Lola en el film de Von
Sternberg hay algo más que un mero cambio de nombre en la protagonista: una guerra
mundial, una revolución obrera que cambió la historia, una inflación sin precedentes,
el crack de un orden económico, el ascenso del fascismo al poder y, sobre todo, el
auge de las vanguardias estéticas. Lo que va desde el lento envilecimiento del Profesor
Basura en la novela de Mann a la apretada sordidez que se precipita en la película de Von
Sternberg es el mismo clima de deletérea descomposición que contempla el siglo en los
dos tiempos de un mismo proceso: el que en una primera etapa (1905-1918) convierte al
Profesor Unrat en El súbdito Diederich Hessling, del propio Mann, y el que, en una
segunda parte (1919-1931) metamorfosea al híbrido anterior, cuya mejor imagen es el
doctor Caligari (el film homónimo de Robert Wiene data de 1919, fecha que inaugura la
República de Weimar) y que cuando se estrena El Ángel Azul ya ha encontrado en
Hitler el mejor intérprete de sus sórdidos proyectos. En esta segunda etapa, más que
por nombres individuales el catálogo está compuesto por los logros colectivos que
representan el Institut für Sozialforschung más conocido como la Escuela de
Francfort, cuya influencia aún hoy se hace sentir a través de sus teorías y
protagonistas (Adorno, Horkheimer, Marcuse, Benjamin, Neumann), la Bauhaus, el Instituto
Psicoanalítico de Berlín o el Instituto Warburg. Como si la presencia de Fausto en la
taberna hubiera transformado los hábitos, ésta se convierte en aula de conocimiento pero
también en antro extremista.
Ésa es la misma
taberna donde Arturo Ui asciende irresistiblemente, aunque ya el propio Bertolt Brecht
había explotado ese clima de rotunda licencia, ese inframundo que tanto molestaba al
burgués y que ventila La ópera de tres centavos, inspirada en la Beggars
Opera, estrenada exactamente doscientos años atrás por John Gay, y donde el outsider,
el marginado, alimenta la iconografía dilecta de los expresionistas y se centra en la
figura de la prostituta, figura que un espíritu tan fino y exquisito como Walter Benjamin
plasmó con el elocuente título de "Mendigos y prostitutas" en su entrañable
libro Infancia en Berlín
hacia 1900. Sin embargo, ningún ejemplo más
acertado que La ópera de tres centavos para ilustrar el escenario y el clima que
vive la época y que los expresionistas fectichizaron con pasión; la taberna y el burdel
como instancias íntimas de la ciudad; la prostituta y el mendigo como manifestación de
la marginalidad asumida; el gángster y el policía como irónica contrapartida del orden
burgués; la sátira y la premonición como llamadas de alerta a un apocalipsis que se
intuye inminente. Todo esto, sin embargo, no habría sido posible sin la atmósfera
permisiva y tolerante que hizo del Kabarett su caja de resonancia más idónea.
En 1928 se celebró el
segundo centenario del estreno en Londres de la Beggars Opera, de John Gay,
aunque lo que invitó a Brecht a escribir una versión contemporánea fue el renacimiento
que adquirió en Alemania la música de Händel. Curiosamente, la ópera de Gay se
escribió a instancias del satírico escritor Jonathan Swift, contra las marmóreas
óperas de Händel. Brecht se puso del lado de Swift y de Gay según recuerda Feliu
Formosa, es decir, del lado de todos aquellos que buscan para el arte caminos menos
solemnes y "feudales" como los que en música entronizó Händel. De esta forma,
y pese a tantos años de diferencia, las dos "izquierdas" vuelven a
reconciliarse gracias al mismo tema, pues Gay quería "identificar la buena sociedad
londinense con el mundo del hampa (high life: low life)". Tal idea no podría
desagradar a Brecht ni a ningún autor expresionista. Brecht, sin embargo, ambienta su
ópera en el Londres de fines del siglo pasado y no en el Berlín de los años veinte,
como a muchos críticos les hubiera gustado. En cualquier caso, según argumenta Theodor
Adorno, Brecht hace del Lumpenproletariat "el espejo cóncavo del mundo
burgués": ¿no es eso lo mismo que un año más tarde hará Alfred Döblin en su
novela Berlín Alexanderplatz a través de la alianza del gángster y la
prostituta? Pero hay algo más: el verdadero éxito de La ópera de tres centavos
comienza cuando el gángster Mackie Puñales y su inseparable amigo, el policía Tiger
Brown, cantan a dúo el "Kanonensong", donde recuerdan su época común
de servicio en un ejército colonialista: el antimilitarismo de la canción de los
cañones conquista a un público hasta entonces indiferente, ya que la inmediata
asociación con el herido orgullo alemán, tras la derrota de la Primera Guerra Mundial,
golpea su ánimo. Lo curioso, sin embargo, es que esta canción pronto es superada por
"Jenny la de los piratas", la canción que canta Polly durante su boda con el
gángster y que habrá de convertirse en uno de los más impresionantes textos proféticos
de todos los tiempos. Jenny, en la canción, cuenta cómo un navío con ocho velas y
cincuenta cañones bombardeará la ciudad: "Caerán las paredes / y la ciudad
quedará lisa como el suelo./ Sólo será respetado un hotel". Al mediodía
desembarcarán cien hombres y matarán a todos los habitantes, menos a Jenny la de los
piratas. Arturo Lazzarri, a propósito de las dos óperas, afirma en un monográfico
de la revista Europe dedicado a Brecht que los mendigos, prostitutas y
bandidos de la ópera de Gay son verdaderos, y cita una carta de Swift a Pope en la que
habla de una "comedia pastoral" enmarcada en la prisión de Newgate. Todo es
real en Gay, mientras que en el caso de Brecht todo es personificación "des
idées que la bourgeoisie a des bandits, des mendiants et des prostituées". En
cuanto a las canciones, tanto la de los cañones como la de Jenny, el crítico italiano
resalta en Brecht una especie de villonismo anarquizante, pues advierte ecos del
poeta del Testamento.
Pero hay en todo esto
algo mucho más interesante y es el hecho de que Jenny la de los piratas, que canta
apocalípticamente mientras lava los vasos de los borrachos en la taberna, le sirve a
Ernst Bloch de pretexto para formular una sugerente y al mismo tiempo preocupante teoría:
la profecía de la destrucción de la ciudad Berlín, el mundo, ínsita en los
versos de la mujer. ¿De qué forma esa "innocente plaisanterie" se
convierte en presagio del derrumbe inminente? Bloch afirma que, según la partitura de
Kurt Weill, el ritmo en cuatro tiempos de la canción de Jenny cantada por Polly la noche
de sus bodas se convierte en "marcha fúnebre": algo así como eros y tanatos
unidos en la marginalidad de una ciudad condenada a la desaparición total. El papel de la
música es aquí más importante de lo que a primera vista parece: "Un orchestre
de jazz est sur une scène, qui tient le milieu entre le bar et la cathédrale, et la
musique est également entre le bar et la cathédrale; une cathédrale sous laspect
dun bar, on ne peut pas faire la distinction". De todo esto extrae Bloch
una extraña teología: "Dans le pays de Weill-Brecht non seulement la piété est
vulgarisée, mais le blasphème devient orthodoxe...". Además, el filósofo del Principio
Esperanza advierte: "le côté mauvais, souterrain de la femme, sa secrète
complicité avec la subversion quelle apelle et attend". Jenny sería
entonces una avanzada del "terror rojo", un heraldo de la revolución
triunfante. Todos, borrachos y espectadores, ríen y celebran la canción de Jenny, aunque
no advierten, como dice Bloch, la verdadera "potencia de ese pasaje cargado de
dinamita": no es el canto de una amante nostálgica sino la certeza del apocalipsis
que se cierne sobre todo el mundo.
La mujer, a través de
las incidencias de la ópera, cubre un registro absoluto: la madre, la amante, la
prostituta, la hija. A pesar del medio en el que se mueve, la madre de Polly le reprocha a
ésta su boda con el gángster con palabras elocuentes: "Se la rodea de vestidos y
sombreros, de guantes y sombrillas, y cuando ha costado tanto como un barco velero, se
arroja sobre la basura como un pepino podrido". En cualquier caso, esta madre curtida
por la experiencia está convencida de que casarse es ya una "inmoralidad", a lo
que su hija responde con una frase contundente: se casa porque "el amor es más
sublime que el culo caliente". Como se ve, ésta es toda una lección romántica,
así se viva en los bajos fondos. La sorprendente moralidad de la madre de Polly contrasta
con "La balada de la servidumbre sexual", que canta mejor que nadie y donde
expone las hazañas del frecuentador de prostíbulos, y no hay que olvidar aquí que las
dos ocasiones en que capturan a Mackie Puñales es en sendos burdeles, traicionado por las
prostitutas.
Ahora bien, ¿cómo se
justifica la devoción prostibularia de Mackie Puñales? Brecht atribuye tal afición a
una forma de "demonismo burgués" que ha hecho de la cita en el burdel una
costumbre, y no hay que olvidar que "el fin esencial de la vida eminentemente
burguesa es mantener y defender las costumbres": esto es válido para la gran
mayoría de la ficción expresionista, en la que se advierte el maridaje
prostituta-delincuente-ciudadano burgués: un ménage à trois que se aprecia desde
El Ángel Azul hasta Berlín Alexanderplatz y Auto de fe.
Curiosamente, un autor tan poco dado a la efusividad carnal como Franz Kafka, ofrece en su
obra espacio a personajes de este tipo. ¿Cómo olvidar a la opulenta y obscena Brunelda
en la novela América? Cabe, así mismo, citar a la señorita Bürstner y también
a Leni y Frida, febles y coquetas, siempre dispuestas a complacer sexualmente a quien se
lo pida, generalmente abogados y magnates. Klaus Wagenbach en su libro sobre el escritor
checo lo constata de forma expresa:
En la obra de Kafka las figuras femeninas han sido
concebidas en cierto modo como prostitutas; las relaciones entre ellas y el protagonista
son de tal índole que no pueden conducir al matrimonio, sólo se establecen en estado de inconsciencia
y son seducciones en un lugar extraño; de esta forma satisfacen el ideal
soñado por Kafka: ceder al anhelo de comunicación bajo circunstancias que excluyesen la
posibilidad de una comunidad que, cosa de la que Kafka estaba firmemente convencido,
hubiese significado el abandono de la escritura... Esas mujeres son fiel reflejo de la
conmovedora y suicida lucha por la pureza que llenó la existencia de Kafka durante
los diez últimos años de su vida.
Así mismo, las prostitutas que habitan los cuadros de
Max Beckmann ilustran plásticamente a las que se guarecen en La caja de Pandora,
de Frank Wedekind, y ello le da sentido al aserto de quien dijo que "el artista ve lo
humano en las prostitutas y lo divino en las fábricas y vuelve a situar a cada uno de los
fenómenos en el conjunto del mundo". El sexo, en gran medida visualizado a través
de criadas y prostitutas, de adúlteras y alcahuetas, alcanza en tan breve período una de
sus más profundas y ricas interpretaciones, con lo que la psicología, por vías de la
libido, alcanza rangos estéticos nuevos y sugerentes. Desde las motivaciones de Lulú o
el circuito erótico de La ronda, de Schnitzler, la sexualidad revela aspectos
hasta entonces escamoteados por la pudibundez decimonónica. Broch, con "El relato de
la criada Zerline" en Los inocentes, bucea "desde abajo"
en las intimidades de una clase social, distante y orgullosa, pero que se revela igual
cuando no inferior a los demás mortales a la hora del encuentro amoroso. La criada, como
en las mejores novelas del siglo XVIII, le da un vuelco a la situación al punto de salvar
a un asesino. ¿No es el asesinato de una prostituta lo que pone en marcha la implacable
crítica ínsita en El hombre sin atributos, de Robert Musil? ¿Qué es Moosbrugger
sino la enferma lucidez de un siglo asesino? ¿Qué otro sentido se oculta tras la obra de
Kokoschka Asesino, esperanza de las mujeres? ¿No es ésa la suerte que Jack el
destripador encarna en la compulsiva vida de Lulú? En otro relato de Broch
"Balada de la alcahueta" la ya conocida Zerline despliega sus artes
y hace que la desnuda ofrenda de Melita, a quien corrompe, se convierta en una revelación
de su propio ser. Es lo que la súbita desnudez de La señorita Elsa, de
Schnitzler, precipita: un conocimiento que va más allá de lo que ocultan las prendas y
un verdadero asalto a la conciencia de protagonistas y testigos. Broch, que había
definido al artista como "un ser agonizante", indaga en torno a la sexualidad
llevado por una certeza: la de que "al hombre en quien las dimensiones del Ser se
disuelven no le será permitido acostarse con una mujer". Todas estas inquietudes
cobran forma y buscan su expresión en un escenario, de ahí que en la taberna,
más que en el burdel, la prostituta halle un lugar más idóneo para su papel social pues
la intimidad del burdel lo reduce todo a los apremios de la libido mientras que en la
taberna la prostituta (como el mendigo, el borracho, el demente o el conspirador) está en
"sociedad": la taberna, una vez más, es la tribuna de la reflexión social.
En tal escenario
que por derivación puede ser el internado, el manicomio o el refinado salón
el expresionista intenta recuperar la capacidad simbólica del arte, relegada al pasado
por el realismo del último siglo, a la vez que se rebela contra la hipocresía burguesa:
es la rebelión mesocrática contra lo convencional y un retorno hacia lo que el falso
gusto burgués desprecia: vuelta a los suburbios, a las barriadas, a la vida bulliciosa
del inframundo citadino. ¿No es en una carnicería desocupada de Dresde donde se refugian
artistas como Heckel, Bleyl, Kirchner y Schmidt-Rottluf y fundan en 1905 la
casualidad es admirable: ¿no fue ése el mismo año en que el recinto se hace Weltbühne
gracias a El Ángel Azul, de Mann? lo que sería "Die Brücke"? La
vida en comunidad vuelve los ojos sobre el final de la Edad Media, y al tiempo que se
redescubren otros estímulos experimentales el artista evoca la guilda a cuyo
espíritu de convivencia artesanal y social se acoge, al punto de negarse, al menos al
comienzo, a firmar sus obras. "Die Brücke" "El Puente" no
es un título nada gratuito, pues el grupo de pintores que lo conforman y a los que luego
se unirían Emil Nolde, Max Pechstein y Gallen-Kallela, traza el puente de una era caduca
hacia otra nueva, que incluso involucra a la historia. Ése es el puente sobre el que
cabalga "Der Blaue Reiter" "El Jinete Azul" del
expresionismo más audaz y brillante que, como el Fausto de carne y hueso sobre su
tonel de vino, pone a funcionar la imaginación de la nueva era.
¿Cómo disociar
entonces el auge expresionista de la taberna? Para no ir más lejos, en pleno año de 1910
el mismo en que Herwarth Walden publica Der Sturm, órgano de ese naciente
movimiento que quiere dar a conocer "la expresión de su ser" se registra
la fundación del Kabarett Neopatético, que inicia sus veladas con textos de Heym, Else
Lasker-Schüler y piezas de Schönberg, a la vez que se rescatan voces como las de
Hölderlin, Von Kleist y Büchner, convertidos en patronos ilustres de los premios que
algunos de los escritores más notables de la época recibieron. La taberna sigue siendo
el teatro mundi donde coincide el profesor Basura con el profesor Kien, el
patético personaje de Auto de fe, de Canetti. ¿Es casual que la taberna "El
Ángel Azul", donde se centra la anécdota del libro de Mann, contemple la misma
degradación que vivirá el profesor Kien en el antro llamado "El Cielo Ideal"?
¿Cómo ignorar, así mismo, el carácter de fácil combustión evidente en los apelativos
Unrat (basura) y Kien (leña resinosa)? Para nadie es un secreto que el orbe monstruoso de
Auto de fe está inscrito en la estética de lo grotesco, expresionista hasta en la
antología de muecas de los personajes, y que el mismo título del libro anuncia y
ratifica el clima social de la época: el incendio de bibliotecas enteras en plena calle
por las hordas nazis, como el desgraciado profesor de Canetti hace con la suya propia.
¿Influencia? Más que nada consanguinidad, la misma que se advierte entre la novela de
Mann y Der Tolle Professor, de Hermann Sudermann, publicada en 1926, y donde un
irreprochable caballero, arrastrado por sus más oscuros instintos, se sumerge, como Unrat
y Kien, en la degradación. Además, el "insensato profesor" de la novela de
Sudermann ventila sus humores cuando ya para nadie es un misterio el horror que está a
punto de precipitarse. Está visto que para el expresionismo el destino de los profesores
es la entropía y el envilecimiento.
Este recurrente tema
del profesor, con preocupaciones casi explícitas frente a lo que representa la época, se
advierte también en el texto titulado "Construido metódicamente", que forma
parte de Los inocentes, de Broch, y que el autor ambienta deliberadamente en el
coyuntural año de 1913. El sesudo profesor Zacarías, seguro del orden del mundo, teme,
empero, la irrupción en tal orden de lo no mensurable: la actitud femenina, por ejemplo:
En el fondo, era incapaz de imaginar la presencia de una
mujer. Aunque la imagen de la futura ama de casa levantaba en su cerebro ciertas nubes
eróticas y algo en él le gritaba trémulamente que la ropa interior femenina, con sus
manchas y agujeros, le llegaría a ser tan familiar como la suya propia, y si bien a veces
un corsé o un portaligas temas de ilustración muy a tono con el entonces naciente
expresionismo le sugirieran a esa mujer, le resultaba en cambio inimaginable que una
muchacha o una mujer concretas, con las que se hablaba de cosas corrientes en sintaxis
normal, tuvieran una esfera sexual.
El profesor, ante la proximidad perturbadora de la
costurera Philippine, su amante, intuye que sólo la muerte bendecirá su complejo amor.
Ese Zacarías es el mismo que diez años después, en plena República de Weimar,
justificaba la acción militarista alemana con argumentos pedagógicos: "Somos un
pueblo de maestros, de maestros del mundo, y no es de extrañar que los demás, pésimos
alumnos, consideren nuestra severidad como una injusticia y se rebelen contra ella"
En El Ángel Azul, el proceso de envilecimiento adquiere un giro más sutil: de
alumno a profesor y por vías de la literatura. En efecto, cuando el profesor lee en el
cuaderno de su alumno Lohmann el poema que éste le dedica a la cantante Rosa Fröhlich
("Nada hay ya en ti de tu pureza extinta,/ pero eres una artista soberana;/ y si te
ves alguna vez encinta...") su vida comienza a rodar cuesta abajo, hasta que al
final, el propio Lohmann, que contempla la ruina de su maestro, convertido en frustrado
asesino, teoriza sobre su suerte: "Basura, el interesante anarquista había llegado
al crimen. Ahora bien, el anarquista era una singularidad moral y un extremo comprensible,
y el delito una intensificación nada extraña de los afectos e inclinaciones generalmente
humanos".
Sin embargo, es Franz
Kafka quien corona magistralmente la actitud de su generación ante el gremio con su
tremendo Informe para una Academia. Ciertamente, el informe de Peter el Rojo es el
mismo monólogo que va desde la simiedad a los altos honores académicos, el
discurso de primate que aprendía tanto de sus profesores que éstos se metamorfoseaban en
simios, por lo que la didáctica revelaba virtudes inéditas. Por otra parte, no hay que
olvidar que este docto simio "poseedor de las más altas condecoraciones, rey
de los domadores, doctor honoris causa de grandes universidades"
supo elegir a tiempo entre el music-hall y la jaula del zoológico, lo que es
tanto como decir entre la taberna y el campo de concentración, entre Auerbach y Weimar...
Gottfried Benn, que con
Morgue incrementa el carácter revulsivo del tiempo que le correspondió vivir,
titula "Taberna Wolf" a uno de sus más brillantes textos mientras que cuatro
años después el Kabarett Voltaire abre sus puertas al escándalo gracias a Hugo Ball y
desde el día de su debut el local es considerado el epicentro del sismo dadaísta aunque
a él se vinculen autores y artistas que luego serían expresionistas de pro como George
Grosz y Erwin Piscator. ¿No es la taberna, en fin, donde mejor se advierte todo ese
vórtice espiritual que Döblin recogerá en Berlín Alexanderplatz? ¿No es
también ahí donde un par de testigos de excepción contemplan la atmósfera nazi,
Christopher Isherwood a través del Kabarett, en Adiós a Berlín, y Thomas Wolfe,
a través de un viaje en tren, en Tengo algo que deciros? ¿No es ésa la taberna
que Grosz pintó en 1926 y que bajo el título Stützen der Gesellschaf cobija la
fauna de quienes van a protagonizar el genocidio? Nazis, judíos y agitadores le dan a ese
cuadro, a esa taberna, a esa ciudad, a ese orbe todo el pathos de lo irremediable.
A propósito de Kafka y
también de Grosz, vale la pena recoger aquí un testimonio del autor de La
metamorfosis. En cierta ocasión Gustav Janouch dijo que los dibujos de Grosz
destilaban odio, a lo que Kafka contestó: "Es un odio que tiene su origen en la
imposibilidad de amar. La fuerza de la expresión procede de una debilidad muy
concreta. Y ésta es la fuente de la desesperación y violencia que reflejan estos
dibujos. Además, leí en un almanaque poesías de Grosz". Kafka señaló los
dibujos, y agregó: "Esto es literatura dibujada".
La taberna de Auerbach
y el Café des Westens, donde retozaban los artistas más delicados, son a la postre la
misma cosa: La Morgue de Benn es la taberna del horror como el Salón de Diotima en
la novela de Musil es la taberna perfumada de la alta clase social a punto de ver
periclitados sus privilegios. No en vano el cuarto secreto del internado de Las
tribulaciones del estudiante Törless contempla la aparición de alumnos como Reiting
y Beineberg, que, como Musil anota en su Diario, ya en los tempranos días de 1906,
cuando todo se torna revulsivo social, preanuncian los rostros totalitarios de Hitler y
Stalin. Por otra parte, en el repertorio de figuras del expresionismo destaca una que
define elocuentemente el medio y la época y es la del idiota. Moosbrugger como Biberkopf
dan idea, en las novelas de Musil y Döblin, de la sinrazón individual apoyada o tolerada
por la razón social. Tampoco falla en tal iconografía el espíritu lacayo, sea éste tan
sórdido como el "neoteutón" que Heinrich Mann pintó inmejorablemente en El
súbdito y donde Diederich Hessling encarna el placer de la obediencia, a costa de la
más oprobiosa humillación, aunque también están los súbditos colectivos de La otra
parte, de Alfred Kubin, novela publicada en 1908, en la que Kafka se inspira, sin duda
alguna, para la conformación de su homo domesticus, y que nos remite a otros
súbditos no menos patéticos: los personajes de Robert Walser en sus novelas El
ayudante y Jacob von Gunten, piezas claves del mosaico servil que la época
exhuma sin piedad ni mesura.
¿Acaso el
comportamiento de Bassini no ilustra el gozoso aprendizaje del súbdito en Las
tribulaciones del estudiante Törless? Nada nuevo puede decirse de ese orden que
alimenta a bastardos como Diederich Hessling, en la novela de Mann, y a Wilhelm Huguenau,
en el último volumen de la trilogía Los sonámbulos, ciclo con el que Broch
ilustra el período que va desde Bismarck y el auge finisecular del Káiser Guillermo II
hasta la humillante paz de Versalles. A propósito de esta trilogía, no extraña
comprobar la forma en que la taberna se convierte en el corazón de buena parte de la
anécdota, como ocurre en Esch o la anarquía, el segundo volumen, y donde el antro
de Frau Hentjen concilia complot político, frenesí anarquista, sexo y judíos por todas
partes, como en el citado cuadro de Grosz. Todo apunta, pues, hacia la conformación del
individuo tipo de la nueva época: siervo y autócrata, o en su defecto anarquista. Siervo
ante la jerarquía a la que adora y autócrata en su minúsculo orbe doméstico: ahí
está pintado el padre de Bendemann, en La condena el texto que Kafka
escribió poco después de su viaje a Weimar, y el mismo padre del autor de La
colonia penitenciaria, a quien desnuda en esa célebre carta que nunca se atrevió a
enviarle. Pero junto al padre aparece la figura iconoclasta y precursora de El hijo,
de Hasenclever. A propósito, Janouch ofrece en sus Conversaciones con Kafka un
dato curioso. Al comentarle la representación de El hijo, de Hasenclever, Kafka
dijo algo que arroja luz sobre su presunta poética parricida. Afirmó no concederle
importancia a la pugna de los jóvenes contra los mayores, de los hijos contra los padres,
e incluso advierte que ésa es una "pugna simulada". Ante la reacción de
Janouch, Kafka contestó con alarmante convicción: "La vejez es el futuro de la
juventud que, tarde o temprano, tendrá que alcanzar. ¿Entonces para qué luchar? ¿Para
llegar a la vejez más temprano? ¿Por qué una muerte más rápida?". No debemos
olvidar que Kafka también dejó filtrar muchas de estas opiniones en su Diario,
aunque lo que en realidad importa es el trasfondo ideológico que se desprende de su obra
de creación.
En este mismo orden de
contravención filial, no hay que ignorar la burla cruel de Agathe sobre el cadáver de su
progenitor, en la obra de Musil, y, sobre todo, como reciente proyección y contrapartida
de esa atmósfera, El padre de un asesino, de Alfred Andersch, donde el padre del
carnicero Himmler ilustra el horror inminente ( la anécdota ocurre en 1928), al cebarse
en un alumno que, como el personaje de Canetti, se apellida Kien: un leño más para
alimentar las llamas. Es como si con personajes así se estimularan desde las aulas los
autos de fe que purificarán al régimen. En medio de tal ambiente y con semejantes
protagonistas, el doctor Caligari cierra con triple llave su gabinete, ese particular
recinto donde la algarabía y la disidencia de antaño dejan paso a las compulsiones del
espanto: el campo de concentración donde las cámaras de gas le darán su justificación
a ese nuevo orden que nació con la intención de reinar durante mil años.
III
Una sola anécdota, convertida en una de las más crueles
paradojas de la historia europea, basta para ilustrar la sinuosa trayectoria que, en un
punto muy sensible de la conciencia alemana Weimar, une la humanidad de Goethe
con el sueño genocida de Hitler.
Weimar, en efecto, es
la urbe donde todos los Universales se dan cita bajo la égida del Consejero Áulico.
Capital de las artes y las ciencias, esta ciudad fue el escenario privilegiado donde
confluyeron Cranach el Viejo y Bach, Wieland y Herder, y donde lo espiritual se hizo real
a través del cotidiano diálogo de Goethe y Schiller. Y no menos ilustres que sus
habitantes son los viajeros que secularmente dieron testimonio de la grandeza cultural de
esta pequeña localidad de Turingia. Por todo esto, Weimar fue entronizada como el
símbolo de la recuperación alemana tras la derrota del Káiser en 1918 y allí se
proclama la República que lleva su nombre. Sin embargo, la gran paradoja mencionada es un
hecho que la historia ha despojado de su cariz más valioso al punto de convertirlo en una
broma sórdida: alrededor de los árboles de Weimar, a cuya sombra Goethe y Eckermann
dialogaron para la posteridad, los nazis construyeron el campo de concentración de
Buchenwald. En ese mismo campo estuvieron confinados León Blum, autor de unas Nuevas
conversaciones de Goethe con Eckermann, publicadas en 1901, y Jorge Semprún, que en
su novela Aquel domingo evoca su cautiverio y el cruel sinsentido que rodea los
hechos.
Weimar nos ofrece
también otra curiosa pero aleccionadora anécdota, ya enunciada. Cuenta Canetti en La
conciencia de las palabras que en el verano de 1912 Franz Kafka y Max Brod hicieron un
viaje desde Leipzig a Weimar el mismo itinerario de los autores de Fausto y
Zaratustra y en esta última ciudad visitaron la casa del Olímpico. Kafka quedó
fascinado por el lugar y, sobre todo, por la hija del guarda, a la que tomó diversas
fotografías en el jardín. Kafka se hizo asiduo de la casa y su interés por la bella
muchacha creció al grado de mantener con ella una correspondencia que lo hizo abrigar
esperanzas sentimentales al punto de preguntarse: "¿Será cierto que uno puede atar
a una muchacha con la escritura?". Semanas más tarde, y como arrebatado por la
fiebre creadora, Kafka escribe La condena, mientras en su bolsillo porta un
ejemplar de la revista Palestina. ¿Es probable que Kafka haya entrevisto en ese
Weimar, al que llama "el país de Talía", el destino cruel de su raza,
encerrada entre las alambradas de Buchenwald? ¿Atrapó en las placas tomadas en el
jardín el destino de Palestina? ¿Hasta qué punto el expresionista Kafka fue honrado con
la facultad premonitoria que Weimar parece conceder a sus huéspedes? Pero hay algo más.
De ese viaje y su estancia en Weimar se conservan algunos dibujos de escritor. Uno de
ellos es tan revelador como preocupante: es el del pabellón en el parque de la casa de
Goethe. El pabellón, frontalmente, parece ofrecer un rostro humano, alerta, inquisitivo,
aunque lo que realmente perturba es la estela que comienza a cubrirlo: el trazo del lápiz
convierte al árbol en una fuerte llamarada impulsada por el viento hacia la izquierda,
cubriendo el techo y la mansarda y extendiéndose por el cielo como una negra e
incontenible sentencia.
De ahí que, como
expresivamente se desprende del título del célebre libro de Kracauer De
Caligari a Hitler, tal atmósfera sirve para trazar la cronología de la breve y
conflictiva experiencia de la República de Weimar. Decir "De Caligari a Hitler"
es tanto como decir: de la locura a la locura. Sin embargo, una pregunta se impone a la
heterogénea cantidad de contradicciones y extravíos: ¿qué convirtió una era de
riqueza cultural tan amplia como la que registró Alemania entre 1918 y 1933 en una era de
vergüenza sin precedentes? ¿Qué hizo que, bajo el auspicio de la ciudad de Goethe, se
invirtieran los términos y la espiritualidad deviniera barbarie? Ni la sociología ni la
política y menos aún la lógica alcanzan a explicar el fenómeno y en esa pregunta no
resuelta radica el interés de una era, que un ya adulto expresionismo recreó con aire
premonitorio desde décadas atrás. Musil, en la segunda versión de "El otoño más
nebuloso de Grauauge"
Fragmentos de prosas póstumas, dice algo que con cruel ironía ilustra
toda esa época: "La fantasía había sido estropeada por el miedo a la Matemática,
como cosa de gente débil, y donde acababa el saber empezaba hoy la ópera...".
En el marco
estrictamente social se impone una constante reflexión sobre la etiología del desastre
del Reich guillermino y el orden de cosas subsiguiente, caracterizado por el frágil
equilibrio de una derecha revanchista y humillada por Versalles, una izquierda mimetizada
por el ejemplo bolchevique pero traumatizada por la experiencia espartaquista y una
tercera vía plagada de ínfulas militaristas, todo esto enmarcado en las desventuras
diarias de una democracia endeble y, encima de todo, generosa con sus detractores. Si a
esto se suma el nada paciente asedio económico de los aliados por hacer efectivas las
indemnizaciones de guerra no hay que olvidar que los franceses incluso se instalaron
en el Ruhr, cobrándose en especie, el paro creciente, la inflación elevada a la
enésima potencia, el aislacionismo internacional, la irreconciliable nuclearización
parlamentaria y el consecuente desfile de gobiernos en una auténtica carrera de relevos
hacia el desastre, es fácil apreciar la compleja situación vivida por el filantrópico
sueño de Weimar.
Ahora bien, la
situación no es nueva ni clara. Weimar, como advierte Georg Lukács en el Prólogo de Goethe
y su época, se presta también a equívocos. Ya en tiempos de Goethe la ciudad
encarnó una "consigna" tan peligrosa como discutible: "Weimar contra
Potsdam", lo que era tanto como optar entre cultura y militarismo. Hoy, después de
la conflagración el prólogo está fechado en 1947 una pregunta define la
situación: "¿Hasta qué punto puede dar la cultura de Weimar orientación a la
presente nación alemana? ¿Hasta qué punto puede convertirse en un contrapeso cultural,
en una fuerza resistente a la prusianización del espíritu germánico?". La
respuesta para el porvenir encierra las mismas expectativas pero también los mismos
enigmas que encerró para quienes se apoyaron en Weimar el encomendarle la suerte alemana
a partir de 1919. Ante los extravíos de la historia, Weimar a lo sumo debe ser
considerada lo que siempre fue: una metáfora del espíritu alemán.
Pero lo que realmente
resulta incomprensible es cómo en circunstancias tan extremas, en un espacio tan
restringido y en un lapso tan breve, se dé la eclosión cultural más vigorosa y
significativa del siglo, con lo que por una sola vez el nombre que inspiró la República
se ve justificado. Y si bien es cierto que en algunos casos, como sucedió con el auge de
los expresionistas, Weimar se limitó a certificar un reconocimiento ya innegable desde
los dos primeros lustros del siglo, también lo es que en otros aspectos el clima social
auspició la gestación de tendencias y experiencias totalmente revolucionarias. Como una
floración incesante, se contempla el auge de corrientes y contracorrientes: la
"Nueva objetividad" se postula como alternativa ante otros enojosos influjos
estéticos, al tiempo que osados escritores guardan una saludable distancia ante la
euforia expresionista y el amaneramiento olímpico de las tendencias más conservadoras;
la sensibilidad se agudiza e incluso aspira a conquistar el limbo, como lo demuestran los
célebres y ya mitificados Wandervogel, activos precursores de los
"Verdes" contemporáneos y exponentes de una actitud social no muy lejana a la
que, a partir de su propia experiencia, evoca Ernst Fischer en su libro Problemas de la
generación joven. Y mientras unas teorías se anatematizan y otras se exhuman, nuevas
formas de pensamiento se imponen como alternativa social. Y es en el límite del superávit
mental cuando se escuchan los chillidos de Spengler y los doctores Caligari y Mabuse se
abren paso.
En una fase que bordea
lo frívolo, Peter Gay, un divulgador de los faits más socorridos de la época,
arriesga en La cultura de Weimar una curiosa homologación: "Con su intriga de
pesadilla, su apuesta expresionista y su atmósfera lóbrega, Caligari continúa
encarnando el espíritu de Weimar para la posteridad, tan palpablemente como los edificios
de Gropius, las abstracciones de Kandinsky, los dibujos de Grosz y las piernas de Marlene
Dietrich...". ¿No ejemplifica esta sinopsis el clima tabernario, evidente desde los
prodigios iniciales del doctor Fausto? Sin embargo, el pathos que define el auge
cultural de Weimar multiplica las preguntas y relativiza cuando no anula la pretensión de
una respuesta. En Weimar la invocación de lo cualitativo (Goethe y la tradición
clásica, lo genuinamente alemán, la eclosión cultural) se ve incrementada por el acervo
cuantitativo de obras, autores, tendencias, logros, recuperaciones; pero, de pronto, tan
insólito florecimiento se autoinmola en tierra patria, naufraga o se difumina en la
diáspora. ¿Qué es lo que falla en esta ecuación dialéctica en la que por primera vez
calidad y cantidad marchan al unísono? Como un barco que navega hacia lo desconocido, la
comunidad alemana desarbola la nave y precipita el desastre. ¿No es eso lo que hermana al
poema "Demolición del barco Oskawa por su tripulación", de Brecht,
con la novela El barco de madera, de Hans Henny Jahnn? En ambos casos los barcos
son destruidos por los tripulantes y el naufragio común ratifica el sinsentido de la
empresa. ¿Acaso estos barcos suicidas no tienen su más ilustre precedente en La nave
de los locos, de Brant, tan remoto como el doctor Fausto real? La tradición alemana,
una vez más, auspicia desde la Edad Media la suerte de la comunidad apiñada en la
taberna y en su equivalente naval: la travesía sin destino preciso, sin brújula o con el
Norte esquivo.
La indiferencia o la
marcada animadversión del artista y el intelectual ante una correcta interpretación y
asunción política de los hechos de su tiempo no es un argumento válido y ni siquiera
una actitud nueva, por lo que no alcanza a ser determinante, como lo demuestra el conocido
y debatido ejemplo de la familia Mann: el "apolítico" Thomas discrepa
públicamente de la devoción social de su hermano Heinrich, aunque más allá del debate
cívico la ideología mesuradamente liberal del primero se levanta contra la honda carga
expresionista de la obra del segundo. Son, sin embargo, dos formas de enfermedad
Hans Castorp contra el Profesor Basura, La montaña mágica contra El
Ángel Azul las que definen el encuentro, como dos son las alternativas a las
que la gran comunidad alemana se enfrenta en el exilio, donde toda reconciliación es
posible pero tardía e inútil. La confrontación de los hermanos enemigos es tan antigua
como la del padre y el hijo, la de lo viejo y lo nuevo, la de la razón y la barbarie: eso
es lo que define esos años que alimentan las dos etapas de la era expresionista: los
trece que van desde El Ángel Azul hasta El súbdito, para seguir con
Heinrich Mann, y los trece que van desde que Caligari (summa siniestra del
filisteísmo de Unrat y de la maldad de Hessling y Huguenau) exhibe sus lacras hasta que,
también cinematográficamente, el Ángel Azul proyecta la atmósfera del oprobio. El
advenimiento de Hitler no se hace esperar y así lo testimonian las llamas elocuentes del
Reichstag. Nada puede impedir que alrededor del jardín por cuyos senderos reflexionaba
Goethe, con el pensamiento puesto tal vez en su lejana experiencia de Auerbach, se
extiendan las alambradas que vigilarán los sueños de las víctimas de Hitler. Weimar, de
esta forma, ilustra la ambivalencia diurna y nocturna de un mismo hecho, la conflagración
entre la condición humana y la razón de Estado multiplicada hasta el horror por los
excesos de la historia. ¿No es Weimar donde, por otra parte, se consuma un espantoso
fratricidio? En noviembre de 1933 Hitler visita la casa donde murió Nietzsche, y la
hermana del filósofo, en una vergonzosa traición al espíritu que encarnaba el autor de Más
allá del bien y del mal, recibe a Hitler, le permite al acceso al archivo, le regala
el bastón del filósofo y enloda su memoria al leer ante el complacido Führer un texto
antisemita escrito por su marido, a quien Nietzsche detestaba. Goethe y Nietzsche, muertos
en Weimar, contemplan el ultraje de sus respectivas memorias, rectoras de un ideal que los
manipuladores de la historia asaltaron y tergiversaron a su antojo.
Los dos extremos de
esta digresión la taberna de Auerbach y Weimar convertido en pretexto para la
exaltación nazi y en campo de concentración tienen en la trayectoria humanista de
Goethe y Nietzsche un hilo conductor: por una parte, el joven poeta que en la taberna
contempla los dibujos con las hazañas del doctor Fausto y el joven filósofo que en
Leipzig pasó dos años de formación exultante, y por otra, el anciano consejero que
reflexiona en un jardín que Hitler convertirá en matadero y el filósofo demente
traicionado por su hermana y envilecido por la presencia del genocida. La taberna y Weimar
son pues el centro del mundo, el caleidoscopio donde la realidad se vivisecciona sin duda
alguna y que, a tenor de conciencias directrices como las de Goethe y Nietzsche, desemboca
en el horror. La frase "soy cosmopolita, es decir, soy weimariano", después de
la conflagración se puede traducir por "soy un hombre de mi tiempo, es decir he
estado confinado en Buchenwald". Ahora bien, ¿en qué momento ocurre la metamorfosis
entre el jovial doctor Fausto y el mefistofélico doctor Caligari? ¿En virtud de qué
experiencia el festivo contertulio de la taberna se transforma en el lóbrego
experimentador de gabinete? Lo que en la obra de Goethe se dice del espíritu que
"todo lo niega" puede aplicársele, con plena contundencia, a Caligari:
"Tú que eres del Norte,/ y naciste en la edad nebulosa,/ en el caos de la
caballería y del poder clerical,/ ¿cómo quieres tener la visión clara?/ Si sólo en
las sombras estás en tu elemento...". De Auerbach a Weimar, de la taberna al
gabinete, de la Hofbräuhaus al campo de concentración: tal es el breve trayecto
que ilustra la metamorfosis de Fausto, del intelectual, del profesor, del artista que no
tuvo claras las perspectivas de su instinto.
Por otra parte, ¿es
casual que tras la catástrofe surja otra vez la esperanza, aunque sea a título de una
feroz autocrítica colectiva? Con los ojos enardecidos por la fiebre de ver el solar de
Goethe convertido en campo de exterminio y el archivo de Nietzsche mancillado por el
Führer, el doctor Fausto levanta la mirada y vuelve a apoderarse del ambiente. ¿No
resulta casi providencial que sea 1945 el año en que aparece la novela Doktor Faustus,
del "apolítico" hermano del autor de El súbdito? Está visto que la
lección humanista que Fausto conlleva desde los albores del Renacimiento recobra sobre
las ruinas de nuestro tiempo su vigencia, tal vez para recordarnos que, mito nacido de
vientre de mujer más que de la imaginación del hombre, su suerte es nuestra suerte y su
origen indisociable de nuestro destino. Maestro y hermano, rebelde y a la vez esclavo de
nuestra feble condición, también en esto Fausto demuestra ser nuestro contemporáneo.
Juan Gustavo Cobo Borda
J
uan Gustavo
Cobo Borda (nacido en Bogotá en 1948) es en Colombia el ejemplar más representativo de
lo que podríamos llamar un "animal literario": un hombre que desde su
adolescencia se vinculó con lujo de detalles a la vida literaria nacional (a través de
la redacción de la importante revista Eco) y que desde entonces no ha hecho otra
cosa que leer y escribir. Y es que si Cobo es un notable escritor, lo es porque es
todavía un mejor lector, esto es, un lector que chupa y degusta la médula de los libros
y que sabe entregarles a su vez a sus lectores lo mejor de ese oficio, el de lector. Es
cierto que también ha abocado la crítica (digamos, la degustación) de arte y la
exégesis social e histórica, pero seguramente porque también ha leído libros de arte,
de sociología y de historia (y, claro, es un reincidente poeta).
El "oficio del
lector", como él mismo tituló su edición y selección de ensayos de Baldomero
Sanín Cano para la Biblioteca Ayacucho, es el oficio al que debemos el arte ensayístico
de Cobo. Su manejo de la anécdota es ameno y pertinente, y siempre tiene, para cada
visión de un tema, un repertorio significativo de datos, de semblanzas y de evocaciones
que vienen a darle contexto, por sí mismos, al tema tratado. Está muy lejos de ser un
crítico literario riguroso y diseccionista, pero a cambio deja siempre en el tapete el
inicio de ricas especulaciones. Su voracidad lectora abarca desde la poesía hasta la
historia, desde la novela hasta la crítica, desde la antropología hasta la filosofía; y
esa voracidad se trasvasa en la ya enorme colección de sus escritos, que continúan
apareciendo, mensual, semanalmente, en forma de artículos, de prólogos, de conferencias,
de reseñas, de presentaciones y de libros. Alguna parte de su ensayística suele
resentirse del prurito divulgador o de la probable rapidez de la redacción debida a
ocasiones o compromisos inesperados.
Tras la desaparición,
en 1984, de la revista Eco (a la que llegó a darle un perfil latinoamericanista,
con colaboraciones de altísima calidad), Juan Gustavo Cobo se incorporó al servicio
diplomático y fue agregado cultural de Colombia en Argentina y España, países donde su
mejor embajada consistió en interrelacionar en sus ensayos las literaturas y producciones
culturales locales con las colombianas y americanas. En la actualidad, Cobo es asesor
cultural de la Presidencia de la República.
El ensayo "Las
delicias del tiempo perdido" fue incluido en el volumen Letras de esta América
(1986); y "Los múltiples Daríos", escrito en 1990, figura en su libro El
coloquio americano (1994).
Bibliografía
ensayística:
Mito,
1955-1962. Bogotá, Colcultura, 1975.
La alegría
de leer. Bogotá, Colcultura, 1976.
La tradición
de la pobreza. Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1980.
La otra
literatura latinoamericana. Bogotá, Procultura-Colcultura-El Áncora, 1982.
Letras de
esta América. Bogotá, Universidad Nacional, 1986.
Visiones de
América Latina. Bogotá, Tercer Mundo, 1987.
Arciniegas de
cuerpo entero. Bogotá, Planeta, 1987.
José
Asunción Silva: bogotano universal. Bogotá, Villegas Editores, 1988.
Leyendo
América Latina. Caracas, Academia Nacional de Historia, 1989.
La narrativa
colombiana después de García Márquez. Bogotá, Tercer Mundo, 1989.
Álvaro
Mutis. Bogotá, Procultura, 1989.
Los nuevos
Bolívares. Buenos Aires, Embajada de Colombia en Argentina, 1989.
Germán
Arciniegas. Bogotá, Procultura, 1992.
Presencia
cultural de Colombia en España. Madrid, Embajada de Colombia en España, 1993.
Pablo Antonio
Cuadra. Madrid, separata de Cuadernos Hispanoamericanos Nº 522 (diciembre de
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La mirada
cómplice. Cali, Universidad del Valle, 1994.
El
coloquio americano. Medellín, Universidad de Antioquia, 1994.
Historia
portátil de la poesía colombiana. Bogotá, Tercer Mundo, 1995.
De Sarmiento
a Borges. Bogotá, Instituto Caro y Cuervo-Embajada de la República
Argentina-Fundación Santillana para Iberoamérica, 1995.
Desocupado
lector. Bogotá, Ediciones Temas de Hoy, 1996.
Para llegar a
García Márquez. Bogotá, Ediciones Temas de Hoy, 1997.
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