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No es una corriente
unánime ni una mayoría poderosa, sino un grupo desamparado y casi siempre una sola mente
de elección, quien señala a los pueblos, en los momentos de extravío o en la
tenebrosidad de las regresiones, la vía de salud y las cúpulas de la ciudad futura. No
es de un gobierno, así sea el más despótico de ellos, de donde parten para ese pensador
o para ese grupo las más aviesas asechanzas y las persecuciones más implacables; es la
sorda hostilidad de la opinión dominante, la tácita reprobación de las mayorías, la
abrumadora adversidad del medio, la que niega el aire y la luz, la que aísla en una
suerte de cuarentena moral a los audaces que denuncian el prejuicio universal y sacuden,
arrojando indiscretas chispas, la antorcha de la verdad sobre el espeso manto de tinieblas
en que las multitudes se envuelven obstinadamente para negar la luz. Si los hombres de
genio o de inspiración hubiesen cedido, en su tiempo, a las presiones de la opinión de
entonces, habríase retardado centuria tras centuria el advenimiento de la mayor parte de
las grandes reformas religiosas y políticas, de los grandes descubrimientos geográficos,
de las revelaciones científicas, de los maravillosos inventos industriales, de los
sistemas filosóficos, de las creaciones artísticas, de las concepciones literarias, de
todo cuanto forma el superior acervo de la civilización contemporánea.
Porque la opinión
dominante en una época, hostil a todo eso por su instintivo conservatismo, no la compone
siquiera el promedio de las inteligencias, que siempre es vulgar, sino algo todavía menos
elevado que ese promedio. Todo paso decisivo en el avance humano obra es de las voluntades
incólumes y de las mentes superiores que se han atrevido a tener razón contra los
demás, sabiendo hacer suya la altiva divisa del viejo romance castellano: "Yo contra
todos y todos contra yo".
Las mayorías
parlamentarias, por su especial psicología, por las circunstancias que presiden su
elección y por la casi completa irresponsabilidad individual de quienes las componen,
están particularmente expuestas a los extravíos de la ceguedad y de la pasión. Dice
Bernard Shaw en su originalísimo Manual del revolucionario que las democracias
sustituyen el nombramiento de los corrompidos pocos por la elección de los incompetentes
muchos. Sin dar excesiva importancia a las paradojas del genial dramaturgo que triunfa en
el teatro inglés, sí puede afirmarse con Le Bon la relativa inferioridad mental de los
cuerpos colegiados, maguer los formen o en ellos aparezcan intelectualidades de
excepción; la sugestión los domina y se observan en ellos casos de inconsciencia
imposibles en cada uno de los individuos que los componen. "Las decisiones que tanto
se nos han reprochado
dice en sus memorias el famoso convencional Billaud Varenne no las queríamos
frecuentemente el día anterior; la crisis sola las suscitaba". El profesor Lowell
consigna alarmado la creciente e incondicional subordinación de las mayorías del
Parlamento inglés a las sugestiones de los leaders de los partidos y denuncia la
nueva forma de absolutismo, perfectamente irresponsable, que por este medio puede ejercer
un hombre sobre todo el imperio.
Cuando se debatió en
uno de nuestros congresos la cuestión más grave, acaso, que se haya presentado nunca a
la representación nacional del pueblo colombiano, tuvimos una revelación de la manera
como se forma y modela la mentalidad colectiva en los momentos de las crisis decisivas de
las naciones.
La fatalidad de las
circunstancias, mucho más que la iniciativa de los gobiernos y de las cancillerías,
había impuesto un tratado gravísimo con una nación poderosa y absorbente; habría sido
preferible que el tratado no se firmase por el representante colombiano, pero estaba
firmado; no era ni con mucho todo lo que el patriotismo podía ambicionar, pero era acaso
lo más que la dura realidad de las cosas permitía obtener; el deber supremo de la
representación nacional no era el reproche retrospectivo, siempre fácil y siempre
estéril, sino la confrontación firme y serena de la situación real ya creada y el
buscar dentro de ella la vía que asegurara a la República el máximum de ventajas, o si
se quiere el mínimum de males; no era lamentar lo que podía haber sido, pero no era,
sino el descubrir, dentro de lo que era, la mejor solución, no deseable, sino posible. Si
había lugar a sanciones contra los creadores de tal situación (cuestión por demás
compleja) no se podían gastar en eso los preciosos momentos que la patria reclamaba para
su salvación.
En el ánimo de los
congresales, dicho sea en honor suyo, pesaban sin duda las consideraciones de celo
patriótico y de respeto a su concepto del estatuto nacional; pero pesaban más, dicho sea
en honor de la verdad, las consideraciones políticas y las pasiones del momento; las
primeras hubieran podido en rigor conciliarse y encontrarse al fin un temperamento que
armonizara los fueros de la integridad nacional con los intereses eminentes de la otra
potencia signataria y la imposición de las circunstancias; las segundas fueron
inconciliables e irreductibles. Juzgóse que el desventurado pacto implicaba un interés
primordial del gobierno, y se enarboló su negativa como flamante bandera de oposición;
para los congresales todos ellos individualmente personas respetables la
consideración del incalculable mal que podía sobrevenir al país desapareció ante los
dictados del odio banderizo; llegaron a imaginarse, por una de esas alucinaciones tan
frecuentes en los momentos de exaltación, que el daño que podía resultar de su actitud
alcanzaba al presidente y no a la patria; no se detuvieron a reflexionar que el
mandatario, hombre anciano, rico y sin ningunas ambiciones, nada perdería personalmente
con ello y que a la República sí podría colocársela al borde de un abismo,
exponiéndola a las humillaciones y a la mutilación; procedieron como la tripulación que
para hacer mal al capitán hundiese el barco que los llevase a todos, y el mal se
consumó.
Como este ejemplo nos
suministra centenares la historia de los cuerpos deliberantes, que son, a pesar de todo,
las mejores formas actuales de intervención de los pueblos en el manejo de sus propios
destinos.
La historia de las
aberraciones de la humanidad, de los inconcebibles extravíos del criterio público, es
algo profundamente desalentador e inquietante; al reconstruirla se comprende cómo puede
su recuento imprimir ese sello de triste resignación, fruto de la experiencia, o ese
gesto de fiera rebeldía, brote de la indignación, que aparecen sobre la faz de todos los
que han sentido el trágico derrumbamiento de la fe en el hombre y la dolorosa inanidad de
la vida. Cuando presenciamos uno de esos irritantes abusos de la fuerza brutal, uno de
esos crímenes cuya reparación no se alcanza a ver, vibra aún en un pliegue de nuestra
alma la esperanza de que la reprobación de la conciencia humana, incorruptible y superior
a los egoísmos de la política y a las cobardes claudicaciones de la diplomacia, pese a
lo menos como última sanción sobre el detentador de los derechos de los débiles.
Ilusión: la experiencia demuestra que el éxito afortunado alcanza también a corromper
ese supremo tribunal, y reservado está a las inultas víctimas el doble ultraje de
presenciar cómo la aceptación de las naciones legitima el despojo y cómo el aplauso
universal consagra al despojador con el nimbo de los benefactores de la humanidad.
La razón puede recusar
altiva el veredicto de la opinión pública, no sólo de un país, sino del mundo entero,
cuando aparece, como en el caso muy ilustrativo que se verá en seguida, que en las
decisiones de esa opinión pesa más el poder que el derecho y se tienen más en cuenta
las consideraciones de la política que los fueros de la equidad. El gobierno de los
Estados Unidos de América estaba solemnemente obligado, por un tratado público en vigor,
a garantizar a la República de Colombia su soberanía sobre el Istmo de Panamá. Los
términos de ese tratado eran absolutamente claros, incuestionables, y habían sido en
repetidas ocasiones invocados y ratificados por la Unión Americana. Vino, empero, un día
en que el gobierno de la gran República, inspirado y representado por el presidente
Roosevelt, creyó que a sus intereses convenía la cesación de la soberanía de Colombia
sobre la región ístmica, y entonces procedió a la mutilación de la República cuya
integridad territorial le ordenaba garantizar las leyes de las naciones y las leyes del
honor.
Ésa es la íntima y
nuda realidad de las cosas, pues el expediente de fomentar motines cuartelarios por medio
de la corrupción y el soborno de las tropas, lejos de atenuar, reagrava y recarga de
odiosos caracteres la violación de la fe pública y el inaudito atentado internacional.
¿Habrá necesidad de establecer sobre qué bases reposa la paz del mundo y cuál es el
mandamiento de honor de las naciones? "Es un principio esencial de la ley de las
naciones dicen los protocolos de la famosa conferencia del Mar Negro, el 17 de enero
de 1871 que ninguna potencia puede por sí sola libertarse de las obligaciones de un
tratado, o modificar sus estipulaciones sin el previo consentimiento de la otra parte
contratante y por medio de arreglos amigables". Eliminar el sentido del honor de las
relaciones internacionales, por medio de violaciones que hieren de muerte el derecho
público externo, es destruir toda base cierta, toda esperanza de permanente paz en el
mundo; semejante golpe a la moralidad universal es la regresión a las peores formas de la
barbarie, es la sustitución del Estado pirata al Estado caballero, es la sociedad de los
pueblos convertida en horda, en la cual el más fuerte puño atrapa la mejor presa y en
donde la violencia es el único título de propiedad. El incalificable procedimiento del
gobernante de Washington contra la República de Colombia no suscitó en la prensa
mundial, vocero del pensar común, una sola palabra de reprobación; la víctima no
encontró, con una noble y única excepción, un solo acento de simpatía, y el
victimario, colmado de honores y de aplausos, llegó a aparecer ante el mundo, eironeia,
como la encarnación del sentimiento de la paz y de la fraternidad humanas.
No ignoramos cuál fue
la pose internacional que valió a Roosevelt el Premio Nobel, y maguer sus fáciles
gestiones de Portsmouth expliquen lo de la escogencia, no deja de ser un cruel sarcasmo
eso de discernir el premio de la paz y de la conciliación civilizada a quien ejecutó el
bárbaro atropello de violar un tratado y el acto de guerra, de la más injusta y artera
de ellas, de mutilar sobre seguro el territorio de una nación amiga que estaba
solemnemente obligado a defender. En las consagraciones de otro linaje de glorias vemos
también aberraciones que no corroboraría con sus sufragios ningún espíritu que se
respete, y que no obstante triunfan en la opinión y perturban el juicio de los hombres
creando una atmósfera de convencionalismo y de mentira que muchas veces no se disipa
jamás y que justifica el acerbo teorema de Bernard Shaw: la burocracia se compone de
funcionarios, la aristocracia de ídolos, la democracia de idólatras.
El creer que muchos
pueden interpretar una idea política, defender un sentimiento y comprender los intereses
públicos mejor que unos pocos, es una alucinación de la democracia tan difícil de
desvanecer, como el más arraigado de los prejuicios religiosos; los dogmas políticos,
pesados en la balanza y hallados faltos, no dejan por eso de imponerse todavía luengos
años al espíritu esclavizado por la plasmante presión de la creencia unánime. La
ligereza de los fallos colectivos, que crean o destruyen reputaciones y endiosan o inmolan
personalidades con la misma pavorosa inconsciencia, es un fenómeno mórbido que la
ciencia tiene ya estudiado y calificado.
En una de nuestras
ciudades de provincia, y durante la celebración estruendosa de algún triunfo de bandos
en guerra civil, una muchedumbre embriagada de entusiasmo "patriótico" y de
fanatismo banderizo, seguía al son de la música y de los cohetes a una especie de
pregonero que iba lanzando evohés frenéticos a su partido y a los héroes de su
partido; detrás de aquel vocero de la emoción partidarista, un personaje dictaba en voz
baja los nombres que debían aclamarse: "¡Viva el general X!" "¡Viva el
coronel Z!" El pregonero repetía, y la muchedumbre asordaba los espacios con el
clamor de sus apoteosis; deseoso de evitar "¡mueras!" para que aquel ardor no
degenerase en alguna pedrea a los adversarios, el personaje que dictaba los gritos
murmuró al oído del pregonero: "Mueras, a nadie". "¡Muera
Sanabria!", repitió el pregonero, a quien el entusiasmo endurecía el oído.
"¡Muera Sanabria!", vociferó con ira el populacho, resuelto a sacrificar a
aquel Sanabria imaginario, convertido de repente gracias a un error de
audición en enemigo público y en blanco de un odio tanto más intenso cuanto más
irrazonado. En nuestra turbulenta vida democrática, hemos visto perseguir con saña de
Shylock a muchos personajes por crímenes tan reales como el del Sanabria de la
patriótica manifestación. El venticello de don Basilio deforma de la más absurda
manera los más vergonzantes rumores, una prensa inescrupulosa los acoge y los lanza a los
cuatro horizontes de la publicidad; ése es en muchos casos el fundamento de la opinión y
la ilustración del criterio emotivo sobre un hombre o sobre un acontecimiento.
La surgente de donde
brota en los modernos tiempos la inspiración del juicio público, la prensa, institución
fundamental de la democracia, no puede concebirse sin libertad, porque es imposible sin
responsabilidad, y el sentido íntimo de la libertad es la responsabilidad; el hombre sano
y libre es responsable; sólo los alienados o los fatuos o los niños, es decir, aquellas
personas de capacidad cívica inferior, no lo son. Y la libertad no puede tener otro
límite que el derecho de los demás, pero es necesario que lo tenga y que ese límite sea
una muralla infranqueable y sagrada como las de la ciudad de metal de la leyenda árabe.
Pues bien, esa institución vive muchas veces en el real interdicho y se alimenta sólo de
las violaciones de lo que debería ser inviolable: la dignidad de las personas.
En Inglaterra, país en
donde la libertad de la prensa ha alcanzado las formas más altas, su responsabilidad
asume también las sanciones más eficaces, y de ambas condiciones nace su moralidad y su
eficiencia. A un gacetillero anónimo se le ocurrió un día emitir desde las columnas del
Daily Mail un concepto desfavorable contra la Sunlight Soap Co.; la ligereza de su
corresponsal costó al diario populachero sesenta mil libras esterlinas, y le hubiese
costado el doble si la compañía agraviada no hubiera accedido a una transacción. En un
país en donde eso sucede, el concepto de la prensa tiene y debe tener una influencia y
una respetabilidad que la equiparan a un cuarto poder constitucional; en donde esa
responsabilidad no existe, ora por las leyes, ora por las costumbres, tampoco se puede
aspirar a esa libertad y a esa respetabilidad. Éstas implican necesariamente esotra, y
esa correlación tiene su lógica irreductible; ésa es la razón por la cual, a pesar de
los más generosos esfuerzos, la prensa como institución fundamental no ha tomado arraigo
entre nosotros y no ha sido en muchos casos más que un ídolo del Foro, que se erige o se
derroca según sea la moda política que impere.
Observan los
psicólogos que la facultad de apreciar los matices constituye el rasgo más relevante que
diferencia una inteligencia desarrollada de otra que no lo es. Para el criterio simplista
de los salvajes no existe sino lo bueno y lo malo, lo blanco y lo negro, sin que sus
sentidos rudimentarios puedan apreciar las infinitas transiciones, las innúmeras
graduaciones de luz y de calidad que caben dentro de los dos términos extremos que se
imponen a su mentalidad primitiva. "Donde el criterio cultivado dice
Rodó percibe veinte matices de sentimientos o de ideas, para elegir de entre ellos
aquél en que esté el punto de la equidad y de la verdad, el criterio vulgar no
percibirá más que dos matices extremos para arrojar, de un lado, todo el peso de la fe
ciega, y del otro, todo el peso del odio iracundo". El criterio de los demagogos
está a esta altura, y el de las multitudes por ellos sugestionadas y extraviadas está a
un nivel inferior; así como nada hay más lastimoso que la abdicación de la inteligencia
o del carácter a las imposiciones del tumulto, tampoco hay fenómeno más explicable y
lógico que el de esa íntima correlación que se establece entre los sentimientos y las
ideas de las masas y los de los declamadores de la plaza pública o los profesionales del
libelo, auténticos exponentes de una mentalidad de impulsiones irrazonadas.
No es extraño, pues,
que tal correlación suela ser parte a identificar ante la distinción y la delicadeza de
un criterio superior las consagraciones de la popularidad con los estigmas inequívocos de
la vulgaridad. Si, como lo declara Le Bon, por el solo hecho de hacer parte de una
muchedumbre, un hombre individualmente culto desciende varios grados en la escala de la
civilización, el ser verbo aplaudido o intérprete genuino de esa muchedumbre son
presunciones poderosas a graduarle de instintivo, pues nunca será ídolo de las masas
quien como ellas no sienta y piense y quien hable un lenguaje superior al de las
elementales capacidades colectivas.
El gesto de alto
desdeño o la severa renunciación del pensador jamás conquistarán el sufragio público,
aunque a la larga es la recogida severidad del pensamiento y no la declamación de la
plaza pública el cincel que esculpe la conciencia de un pueblo. El ostracismo perpetuo a
que todos los regímenes someten a las más altas intelectualidades, según Alfredo de
Vigny, resulta nimbo prestigioso con que el juicio posterior de las generaciones corona la
frente de quien no la inclinó al halago del día ni cortejó el favor público al precio
de la infidelidad consigo mismo. Un Boulanger o un Derouléde, como meteoros brillantes,
trazan un instante su raya argentada en el espacio y pasan; un Taine esplende sobre el
horizonte del espíritu humano como una estrella lejana, pero fija; el meteoro deslumbra,
la estrella guía; el meteoro se impone bruscamente a todas las miradas, pero nadie
recordará mañana su posición y los efímeros momentos de su esplendor; el ojo vulgar no
distinguirá acaso la estrella en lo infinito del firmamento, pero ella está allí,
inmutable y serena, como una cristalización de éter y de luz. El héroe popular puede
tener el valor y el entusiasmo, la fuerza, la fe de los seres primitivos, como tiene su
violencia, su espontaneidad, su inconsciencia, la estrechez de su juicio y el arranque de
sus acometividades; es un producto nativo y bruto, sobre el cual la pátina de la cultura
y el castigo del razonamiento no han impreso su acción desbrozadora de las asperidades
naturales. Bien pueden medirse los grados de refinamiento de un espíritu por la ingenua
admiración que en él despierte ese exponente original de las energías milenarias y de
las herencias bárbaras de la raza.
Si los pueblos tienen
una personalidad moral, si existe una conciencia nacional, ella no aparece en los
movimientos reflejos de las masas turbulentas; se elabora silenciosamente en el retiro de
los hombres de estudio, en la cátedra discreta, en el perseverante y modesto esfuerzo de
las clases medias, en que conviven las jornaleras labores de las profesiones liberales, de
los agricultores, de los industriales, de los pequeños comerciantes. La acción de
presencia de todos ellos, por mesurada e invisible que sea, forma a fuer de sana y
vigorosa, el carácter de una nación, pero de allí no brotan las iniciativas políticas
y en su seno no se forja el rayo de las revoluciones, históricos sacudimientos de donde
suelen la premeditación y la coordinación estar ausentes y faltar, lastimosa-mente a
veces, la justicia y la oportunidad.
Cuando el espíritu se
encuentra en presencia de uno de esos ingentes movimientos de los pueblos, de una de esas
revoluciones formidables y sangrientas que parecen cambiar la faz de las sociedades, el
irrecusable sentimiento de justicia que vigila en el fondo de nuestro ser quisiera
encontrar allí uno de esos grandes actos reparadores de las viejas iniquidades; quisiera
ver en las revoluciones una reivindicación severa, pero justa, de derechos largo tiempo
desconocidos y de los agravios inultos; un estallido incontenible de indignación contra
la injusticia impunida y triunfadora. Un estudio más cercano de tales acontecimientos
hace cambiar substancialmente la primitiva luz que a nuestros ojos los mostraba, los
justificaba y los engrandecía.
Los pueblos no se
indignan contra las tiranías seculares que ellos, las más de las veces, han provocado
con sus extravíos o hecho posibles con su pasividad; reservan su alta indignación para
los gobiernos que inician la era de las reparaciones, para los gobiernos que escuchan,
para los gobiernos que ceden. La vara de hierro no suscita indignación sino cuando ha
sido depuesta; el despotismo no los subleva sino cuando principia a dejar de serlo; Luis
XIV hace pesar durante setenta y dos años el más depresivo de los absolutismos y Luis XV
durante cincuenta y nueve la más corrompida de las tiranías, sin que a sus oídos llegue
otra cosa que el himno sempiterno de la alabanza cortesana, que los opresores no se cansan
de oír, y mueren tranquilos en su lecho y satisfechos de su obra. Adviene Luis XVI, y por
un complejo cúmulo de circunstancias que no infirman la observación general que aquí se
consigna, él, el rey bueno, el rey bien intencionado, tan apartado de la irritante
soberbia de Luis XIV como de la repugnante disolución de Luis XV, ve desencadenarse
contra sí la más grande y la más trágica de las revoluciones, y muere en el cadalso.
Los pueblos reservan su altivez para los gobernantes débiles o benévolos y ceden ante la
mano de hierro de los domadores de hombres; decapitan a Carlos I y entronizan a Cromwell;
toleran a un Enrique VIII y matan a un Enrique IV; Alejandro II de Rusia cumple, con raro
valor, una de las revoluciones más intensas de la historia, la emancipación de los
siervos, y es fulminado... ¿por los reaccionarios cuyos intereses vulneraba y cuyas
preocupaciones hería? No: por los revolucionarios cuyas quejas oía y cuyas aspiraciones
realizaba. De suerte que en las revoluciones hay un fondo de injusticia aberrante que
hiere nuestros más arraigados principios de elemental equidad.
Durante los luctuosos
días de la revolución rusa pudimos presenciar y patentizar el fenómeno que se apunta;
las concesiones del zar parecían exacerbar el ánimo revolucionario, y cada síntoma de
que cedía a la opinión, señal era de exigencias cada vez más audaces, de encono cada
vez más fiero; si hubiese persistido en sus veleidades liberales, conservando la primera
Duma y dándole más atribuciones, a estas horas probablemente estaría destronado y
tendríamos la República de todas las Rusias; se acordó, empero, de que era descendiente
de Iván el Terrible, respondió a las bandas rojas con las bandas negras, disolvió la
Duma y la revolución se detuvo.
A la Bulgaria no se le
ocurrió proclamar su soberanía, ni a la Creta unirse a Grecia, ni a Austria incautar la
Bosnia y la Herzegovina mientras en Constantinopla pesaba un despotismo asiático, mas
triunfa el espíritu nuevo, los Jóvenes Turcos coronan una de las más hermosas
revoluciones que registran los siglos, implántase en la Sublime Puerta un régimen
constitucional y liberal, y entonces todos se conjuran para arrebatar al monarca
constitucional lo que no se habían atrevido a pedir al déspota omnipotente.
En nuestros países
presenciamos a diario tal aberración del sentimiento público. En Colombia las tres
guerras más sangrientas, más largas y más populares, se hicieron precisamente a tres de
los magistrados más respetuosos de la ley y deferentes a la opinión: los señores
Mariano Ospina, Aquileo Parra y Manuel A. Sanclemente.
La intensidad de las
revoluciones está en razón directa de la bondad del gobernante a quien se le hacen, e
inversa de los agravios que haya recibido el pueblo que las hace. El autoritarismo y la
intolerancia son para la multitud sentimientos muy claros que comprende y practica y que
acepta cuando hay quien se los impone; respetuosa de la fuerza, desdeña la bondad, que no
es a sus ojos sino una forma de debilidad; simpatiza con el amo que la enfrena, y si
aplasta al déspota caído, no es por serlo, sino porque, su fuerza perdida, entra ya en
la categoría de los débiles, a quienes se desprecia porque no se teme. En su psicología
elemental, es el temor uno de los resortes más eficaces de su acción, y se prosterna
ante César, sin dejar por eso, cuando el caso llega, de aclamar a los asesinos de César;
en el entusiasmo que le suscita Bruto, no encuentra otra forma de aplauso y de recompensa
que proclamarlo nuevo César.
El carácter del
demagogo adulador de los reyes o de los gobiernos, es en el fondo idéntico; ya lo han
observado Aristóteles y Burke, citado por Sainte-Beuve. Los dos cortesanos, el de arriba
y el de abajo, tienen las mismas mentalidades y la misma bajeza; sus miras son igualmente
interesadas e idénticos sus proyectos: halagar las pasiones del que tiene la
omnipotencia, rey o pueblo, para obtener personales provechos; sólo que en un caso el
déspota tiene una cabeza y en el otro tiene quinientas mil.
La demagogia es la
aparente aliada de la democracia y su evidente enemiga; es el cuerpo de francotiradores
situado a vanguardia, que extravía, desprestigia y hace odioso el ejército; es la
exageración del principio, que viene a infirmar el principio mismo. La actitud envenenada
de un Cleón, de un Simias o de un Lacrátides, al extremar sus acusaciones contra
Pericles, parte de un concepto plausible: el de la defensa de los intereses públicos;
pero llega a un resultado funesto: la persecución de los públicos servidores; brote de
celo patriótico, se convierte en sevicia de innobles pasiones y concluye por allegar, por
acción reactiva, nuevas fuerzas a las oligarquías que pretendía destruir, y por atraer
sobre sí la reprobación universal.
En Roma es ella el
instrumento pavoroso de las más descaradas formas de la ambición; el populacho que el
odio lanza contra los ciudadanos es una mezcla informe de cuanto más bajo acumulan, en el
subsuelo de las grandes ciudades, la miseria y el crimen en su siniestro connubio;
multitud inmunda y terrible de gentes sin familia y sin patria dice Gastón
Boissier colocadas por la opinión general fuera de la ley y de la sociedad, no
tenían nada que respetar porque nada tenían que perder: "libertos desmoralizados
por la servidumbre a quienes la libertad no había hecho sino dar elementos para hacer el
mal", gladiadores adiestrados en la matanza de las fieras y de los hombres, esclavos
fugitivos y criminales de todas las razas, he ahí el elemento con que los demagogos
concurrieron al aniquilamiento de la República. En la Revolución Francesa las formas de
la demagogia, si menos espantables que en Roma, fueron no menos aciagas para la
democracia, sobre la que arrojaron, como túnica inflamada de Neso, la sangre de
Septiembre y la locura sangrienta de las Euménides de la guillotina.
En nuestras repúblicas
ella ha sido, por dicha, más una marea de verbalismo intemperante que una positiva
actuación social, pero si el espíritu y la intención fuesen norma evidente para la
apreciación de los bandos y de los hombres, podría señalarse en la túrbida elocuencia
de la plaza o en las hojas del innoble libelo más de una larva de agitador que aspiró a
Saint-Just y sólo alcanzó a Hebert. En Hispanoamérica, el espíritu demagógico, sin
apreciable influencia en los serios debates de la política, va a confundirse y perderse
como burbuja en el Maelstrom hervidor, en el vórtice de las guerras civiles.
Alguna vez se ha
sostenido, de justificación a guisa, que las guerras civiles hispanoamericanas, brotes de
la desesperación de los oprimidos, son causadas por los malos gobiernos. Los gobiernos
han sido malos, y en muchos casos sus abusos bastantes a justificar una protesta armada,
pero no ha sido ésa la íntima razón del histerismo de nuestras sangrientas
convulsiones. En Hispanoamérica se tolera cuarenta años al doctor Francia y se derroca
en quince días al doctor Lisardo García; triunfan las insurrecciones contra un gobierno
constitucional y son impotentes las que se hacen a una tiranía; las justas
reivindicaciones populares nada tienen que hacer en esas orgías de sangre; los derechos
de la inmensa masa anónima, conculcados o desconocidos antes de la guerra, cuando impera
el partido A, conculcados y desconocidos continúan después de la guerra, cuando ha
triunfado el partido B.
Las guerras,
cualesquiera que sean su bandera y sus propósitos, no hacen sino agravar los males
permanentes de la víctima colectiva, carne de reclutamiento y de cañón, blando plasmo
para todas las expoliaciones. En la mayoría de los casos, las guerras civiles americanas
no han sido ni serán sino la proyección sobre el campo de batalla de los conflictos de
ideas o de intereses de los profesionales de la política, cuando es un principio o la
suerte de un partido lo que se remite a esos juicios de Dios; o una simple caza del poder
público, cuando es la rapaz ambición de un jefe lo que entra en juego. Es, en uno y otro
caso, asesinato de inocentes, organizado en provecho de unos pocos y aplaudido con pasmosa
inconsciencia por los demás. No será el autor de estas líneas quien niegue a algunas de
nuestras guerras civiles su audacia y su tenacidad; empero muy más digna de admiración
encuentra, por fecunda y por valerosa, la actitud de un Murillo, por más que no tomara en
sus manos otro acero que el de su pluma luminosa, que no el que pueda desplegar el más
arriscado guerrillero, en campañas de salto de mata, o domando el mulo bravío, trabuco
en mano por esas breñas, mitad prócer, mitad merodeador.
Cuando en un país se
impone, coercitiva e inaplazable, una transformación política, siempre hay, dentro de la
actuación civilizada, manera de colmar esa clamorosa necesidad; si no es así, quiere
decir que la anhelada transformación no correspondía a una evidente justicia pública.
Contra los desmanes de los gobiernos opresores vale, en último resultado, mucho más el
reclamo del derecho, vigoroso, incansable y enérgico; vale más, si se quiere, con el
gesto de los senadores romanos, envolverse en su manto y esperar, que dar pretexto y
ocasión a que la violencia se desate, a fuer de salvaguardia del orden y de la paz; es
preciso evitar la guerra para hacer posible la revolución. Por ella entendemos el
movimiento consciente y avasallador de la opinión, de la verdadera opinión, en que el
verbo tiene mayor potencia demoledora que los cañones y el derecho de la causa defendida
vale por diez ejércitos. La revolución así entendida, es la reforma o la reparación,
iniciada y cumplida por los mejores y por los medios más civilizados, que son los más
eficaces; la guerra es la imposición ciega de los más. En este concepto fueron
revolucionarios Agis y Cleómenes en Esparta; Clístenes en Atenas, Dion en Siracusa, los
Brutos y los Gracos en Roma; Arnaldo de Brescia, Savonarola y Campanella en Italia; Egmont
y Marnix de Santa Aldegonda en Holanda; Hampden y Milton en Inglaterra; Franklin,
Jefferson y Hamilton en América; Mirabeau y los girondinos en Francia; Nariño, Acevedo
Gómez y Camilo Torres en Colombia.
La revolución puede iniciarse y cumplirse sin un soldado y sin un
combate: así se estableció el arcontado de Atenas y la república aristocrática en
Roma; así cayó Hipias y comenzó en Grecia el período de la democracia pura; así
revivió Rienzi el tribunado y se cumplieron varias de las más famosas revoluciones
italianas de los albores de la edad moderna