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Sade Contemporáneo
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Jorge Gaitán Durán
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Cest tenter lhomme
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que de lui laisser un choix.
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D.A.F. de Sade
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(La philosophie dans le boudoir)
A
penas
libre de la relegación secular, Sade debe sobre-llevar el peso de la mistificación.
Su mito es digámoslo así una invención de nuestro siglo, en la cual
encontramos a cada paso profunda relación entre la fábula y la necesidad. Esta
circunstancia contiene, no sólo un testimonio, sino también la intensidad de una
solicitación humana. Nacido el dos de junio de 1740 y muerto el dos de diciembre de 1814,
Donatien-Alphonse-François de Sade previó el vasto silencio hecho sobre su nombre
durante una centuria: "La fosa ya recubierta, que se siembren encima semillas, para
que con el tiempo, al quedar el terreno de dicha fosa de nuevo guarnecido y el montículo
forrado de yerba como antes, los rastros de mi tumba desaparezcan de la superficie de la
tierra, del mismo modo que mi memoria desaparecerá del espíritu de los hombres, a
excepción sin embargo de aquellos pocos que han querido amarme hasta el
último momento". Sólo a comienzos del siglo XX
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se
le abrió sitio en la historia de la literatura francesa. Este reconocimiento tardío
implica, desde luego, una suerte de destino significante. En efecto, si bien las ideas
filosóficas de Sade entroncan directamente con el racionalismo un tanto simple de su
tiempo (el "Diálogo entre un sacerdote y un muribundo"
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fue escrito siete años antes de la Revolución Francesa), la complejidad de su tentativa
humana, trascendida en su obra literaria, se une de manera orgánica al centro mismo de la
problemática moral de nuestra época.Indicio de ello es, por ejemplo, la poderosa
influencia del Sade del "Diálogo" sobre el gide moralista de Los nuevos
alimentos terrestres. Simone de Beauvoir en su ensayo "¿Es preciso quemar
a Sade?" dice atinadamente que "las anomalías de Sade toman valor desde
el momento en que, en lugar de sufrirlas como una naturaleza dada, él elabora un inmenso
sistema con el fin de reivindicarlas". Más adelante, agrega: "Sade trató de
convertir su destino psicofisiológico en una escogencia ética". La tentativa del
Marqués es moral, en el sentido de que, por medio del exceso y de la ejemplaridad de su
autodestrucción, pretendió aniquilar las apariencias de una ética generalizadora
y echar las bases de otra que armonizara con las naturalezas singulares esas mismas
que, a partir de Dostoievski y Freud, hemos empezado a considerar, no como la excepción,
sino como la inmensa mayoría de una humanidad exclusivamente observada a través de un
proceso de simple adición de subjetividades. La evidente relación hasta
ahora no suficientemente subrayada del tono y del movimiento de ideas en la obra de
Sade, no sólo con los enciclopedistas propiamente dichos, sino también con los
moralistas clásicos, no debe engañarnos sobre el carácter de sus medios, que no son ni
la razón aun cuando él mismo haya expresamente afirmado lo contrario en el
"Diálogo" ni la libertad. Su experiencia se basa en el exceso
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y esta circunstancia nos permite fijar los límites y
comprender las peculiaridades de su empresa. El exceso imaginativo, más que el carnal, es
en última instancia una forma de autocoacción. Sin pretender jugar con términos que han
pasado ya al vocabulario corriente de la psicopatología, podríamos afirmar que hay algo
de masoquista en el desbordamiento de Sade. Parece lógico que este gran voluptuoso mental
hallara cierto placer, no sólo en el proceso intenso de su propia destrucción, sino
también en la ruptura de su comunicación con la sociedad, al asumir escándalos que lo
relegarían y separarían definitivamente, y que conciencia tan alerta como la suya
aceptara en contra del mismo instinto creativo el riesgo inherente a una obra
extrema
4. Simone de Beauvoir
anota muy justamente que Sade realiza su erotismo a través de su obra literaria. En
efecto, lo imaginario permite una infinitud de combinaciones sexuales, que en la vida real
la misma materialidad del cuerpo, por un lado, y el marco social, por el otro, hacen
imposible. Pero deducir de esto que Sade pretendía, amparándose tras la escritura,
salvaguardar su comunicación con la sociedad, resulta, a nuestro entender, un tanto
forzado y contradictorio. Juzgamos más probable que fuera precisamente esa realización
suprema de su erotismo lo que más contribuyó a agotar sus posibilidades comunicativas,
puesto que una colectividad podría hasta aceptar cierta libertad de costumbres e,
incluso, cierto libertinaje; pero de ninguna manera una obra literaria que transformara en
signo dicha libertad y dicho libertinaje y les diera, por lo tanto, un carácter aclarador
y universal. El Sade libertino del castillo de Coste resulta a la larga inofensivo
los escándalos pasan y el olvido los acoge generosamente; pero el Sade
escritor es infinitamente más peligroso, porque su acción se incrusta dentro de un
movimiento que escapa a la temporalidad. Si Sade acepta tal riesgo, es porque su objetivo
es testimoniar ante lo absoluto, fijar su majestuosa figura erótica ante poderes
ininteligibles y demoníacos.
En el universo de Sade cada criatura trata de realizarse sin
comunicarse con las otras. Cada personaje afronta el mundo de los destinos imaginarios. El
Sacerdote y el Moribundo no dialogan nunca. Uno y otro prosiguen, aislados, sus discursos.
Sus pausas no implican el acto de escuchar: son los momentos en que el ser se repliega
sobre sí mismo, antes de continuar su solitario alegato. Los héroes de Sade no comunican
con la carne que zajan, no le dan al otro el placer, se niegan a fundirse en el nudo
carnal; están perpetuamente aparte, tensos dentro de un proyecto que los depasa.
En su aislamiento magnífico parecen afirmar que el negocio es entre ellos y una
trascendencia que no alcanzan, pero tampoco rechazan. Sus discursos no son la búsqueda de
Dios, sino del sitio que Dios ha dejado al desaparecer. La gran flaqueza de Sade es su
incapacidad de asumir el vacío. Hay testimonios de que la sola mención de la muerte lo
espantaba. En su alergia ante la nada
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radica el hecho de que nunca haya sido un verdadero ateo. De la misma manera que la
revuelta de Nietzsche dimite ante la concepción de los ciclos eternales, el divino
marqués transige con lo absoluto. Imposibilitado para descubrir el ser en los otros e
incapaz, no sólo de ser lo que es, un ser para la muerte, sino también de negar toda
trascendencia inhumana, solo dentro de un mundo hostil y solo ante un cielo adverso. Sade
testimonia por sí mismo y contra todo, testimonia por cada hombre de carne y hueso,
aislado, ambiguo e impotente, y contra el orden de la especie. Es entonces que, desterrado
de la ciencia del ser, entra por la puerta falsa al reino moral. Si para esquivar la nada,
Sade ha alienado su libertad; si por abdicar ante lo absoluto, ha renunciado a lo que
hubiera podido ser la más extraordinaria aventura metafísica, no es menos cierto que ha
aceptado pagarlo con su propia destrucción y que ha vivido hasta lo último, hasta el
aniquilamiento, sus contradicciones, sus traiciones, sus debilidades. "Encontramos
dice Albert Camus una idea desarrollada por Sade: el que mata debe pagar con
su persona. Vemos claramente que Sade es más moral que nuestros contemporáneos". En
última instancia, Sade ha corrido el mayor de los riesgos: asumir la condición real de
un hombre y no una condición humana ideal. Al testimoniar así, zapa los fundamentos de
una ética generalizadora; al rechazar los esquemas de una conducta, la peculiaridad de su
ambición moral comienza a tornarse válida para los otros hombres. A Sade podemos
aplicarle lo que escribe Camus, refiriéndose a Nietzsche: "La moral tradicional no
es para él sino un caso especial de inmoralidad". Llegados a tal punto, nos
sorprendemos: fascinados por el espectáculo de su descomposición, se nos había escapado
que el Marqués ha sabido oponerle una figura auténtica al tiempo. Ahora nos damos cuenta
de que su empresa ha superado las propias contingencias de su época. El hecho de que una
tentativa aniquile a su autor, no significa que necesariamente ella cese de existir como
tentativa. La de Sade toma importancia reveladora precisamente en nuestro tiempo porque,
implicando el desacuerdo entre un destino humano proyectado hacia lo absoluto y la
temporalidad de formas sociales dadas, la percibimos incorporada a nuestra situación
en un instante en que las apariencias morales de un orden, condenado como el de los
años anteriores a 1789, entran en crisis y se disocian de nuestra ambición ontológica.
De ahí que un fracaso histórico pueda alcanzar la ejemplaridad.
Colocado dentro de sus límites, Sade comienza a mostrarnos su aptitud
para lo ambiguo6
. Hay que saber separar en su obra todo lo que es alegato
temporal, o táctica destinada a los poderes del momento, de aquello que constituye su
pensamiento auténtico. Pero el solo hecho de que debamos llamar la atención sobre este
punto, y sobre las frecuentes contradicciones e incoherencias de su literatura, denuncia
ya una relación equívoca. En la personalidad del Marqués la farsa y la verdad están
agresivamente unidas, no pueden existir sino mistificándose mutuamente, se atraen
y rechazan dentro de una constante inversión de papeles, en cuyo movimiento perpetuo la
una toma a cada instante la apariencia de la otra
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.
Para no dar el último salto a la nada y, no obstante, salvaguardar su empresa ética;
para cumplir un proyecto que lleva consigo la destrucción y, sin embargo, preservar su
figura, Sade entra en componendas. Ya hemos dicho que su ateísmo resulta poco
convincente. En algunos de sus discursos, apenas sí reemplaza el dios antropomórfico de
los cristianos por un dios vago, cuyo cuerpo son todas las fuerzas benévolas y las
energías demoníacas de una naturaleza tan omnipotente a la larga como el Padre Eterno.
Su fe en una razón abstracta tiene, en última instancia, el mismo carácter que la fe de
los católicos en la divinidad. Más aún e ignoramos si alguien ha llamado la
atención sobre ello su actitud frente a Cristo está llena de inconsecuencias. Uno
de los cargos más graves que el Marqués retiene contra Jesús de Galilea es el de
sedicioso. Indudablemente la calidad más resaltante que para un no-cristiano
anticonformista tiene la personalidad histórica de Cristo es la de revolucionario
tanto en el sentido moral como en el sociológico, y resulta sorprendente ver
al sedicioso ético que es Sade denigrándolo por ello
8. La contradicción nos asombra en el primer
instante porque los comentadores de Sade no han subrayado suficientemente su oportunismo,
ni mucho menos el hecho rico en perspectivas de que se trata de un oportunismo
dramático. Realista bajo el rey, republicano bajo la república, ¡el Marqués es
encarcelado por el rey y por la república! Hay momentos, desde luego, en que Sade acepta
utopías sociales avanzadas los grandes sueños estructurales eran el tema de su
época; pero el movimiento de su espíritu y de su vida no parecen indicar que esto
obedezca a una intencionalidad entrañable. Camus anota al respecto:
Sin duda Sade ha
soñado en una república universal, cuyo plan nos los expone a través de un sabio
reformador, Zame. Así nos muestra que una de las direcciones de la revuelta es la
liberación del mundo entero. Pero todo en él contradice este sueño piadoso. No es amigo
del género humano. Odia a los filántropos. La igualdad de que habla a veces es una
noción matemática; la equivalencia de los objetos que son los hombres, la abyecta
igualdad de las víctimas. La República de Sade no tiene la libertad como principio, sino
el libertinaje.
En realidad, la burocracia represiva de la sociedad, sea
realista o republicana, le resulta necesaria porque le permite trasladar al exterior su yo
masoquista y atribuir su autodestrucción a la acción de poderes extraños. La situación
de clase del Marqués nos aclara hasta cierto punto sobre sus anomalías (la condición de
aristócrata implica cierta pasividad, cierta actitud femenina ante el rey. Toda corte se
parece a un serrallo por sus inevitables conflictos de celos, prelaciones y favoritismos).
Para Sade el Estado, esa concreción coactiva de la colectividad, se transforma en sujeto
penetrador y viril, mientras él mismo (el Marqués) se percibe como objeto penetrado.
Para sobrellevar sus propios excesos imaginativos, para poder devenir, Sade
proyecta sobre el mundo un esquema varonil y flagelador, que luego se vuelve contra él
convertido en imposición de omnímodas fuerzas externas o en tiranía de una naturaleza
demoníaca. Sólo así puede sustraerse, esporádicamente, a su propia responsabilidad. Se
trata de una defensa de carácter vital, subconsciente, semejante de cierta manera a los
juegos matemáticos que hacía en prisión. Pero también sería ilícito pensar en un
movimiento de su propio demonio que creara una situación parecida al exorcismo, en la
cual él hiciera a la vez de exorcizador y poseído. Sade no puede, pues, rebelarse contra
la totalidad de la sociedad, sino solamente contra aquella parte formada por las
costumbres y apariencias morales que se oponen directamente a sus propias
inclinaciones. Dentro del mecanismo que hemos intentado describir, el Marqués se halla en
posición de rebelarse o contemporizar, según la oportunidad. La lucidez que le permite
ver las normas éticas fijas como temporales y en desacuerdo con el doble ritmo de la
naturaleza y de la subjetividad humana, debe ser colocada dentro del marco de una gran
servidumbre. Su ambigüedad política, que al principio se nos presenta como destino, no
es en el fondo sino la dramática limitación de una empresa que insurge contra lo
temporal y transige con lo absoluto; pero esta tensión interna lo sitúa en el nudo mismo
de la tragedia y nos ofrece su obra como aclaradora de nuestra condición, de la misma
manera que el conflicto entre la fatalidad y los proyectos individuales en la tragedia
griega preserva, a intención nuestra, la densidad humana de una sociedad para siempre
abolida. Rechazado por la historia, es en la historia de nuestro tiempo que Sade alcanza
su doble aspecto de mito en plenitud y de aleccionadora desnudez vital. La ejemplaridad de
un fracaso comienza a ser fructuosa, cuando advertimos que ha sido lograda a
expensas de un ser que supo reivindicar el absurdo de una condición real. No resulta, por
lo tanto, desmerecedora, ni siquiera extraña, la posibilidad de que
contra el desenlace mismo del texto en el "Diálogo entre un sacerdote y
un moribundo" el Sacerdote haya terminado por triunfar. En efecto, Sade en algunos de
los años de su vejez no sólo aceptó escribir una obra, en el asilo de Charenton, para
celebrar la visita del Arzobispo de París, sino que el día de Pascuas sirvió de pan
bendito y recogió el óbolo en la iglesia de la parroquia.
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