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La Revolución a
la Derecha
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Gilberto Alzate Avendaño
H
ace pocos años, Jean-Richard Bloch escribía un ensayo
sobre la muerte de la palabra "revolución". A su parecer, los vocablos maestros
que condensaron y cifraron las energías sociales durante un siglo, se han tornado yertos
instrumentos gramaticales, sin poder de suscitación y de porvenir. El mundo atraviesa por
una crisis verbal y una anemia de vocabulario, sin que la inquietud del tiempo presente
encuentre las metáforas nuevas, el verbo que la encarne.
Grandes cadáveres obstruyen nuestra
marcha dice el escritor francés. Son palabras muertas. Las palabras nunca se
ciñen estrictamente a su objeto, pero durante cierto período al menos la coincidencia
del vocablo con el concepto satisface el espíritu. En seguida las realidades se desplazan
y las palabras quedan, sin que percibamos inmediatamente que ellas ya no cubren nada.
Una a una las palabras que han
significado los cambios, la esperanza, la promesa, la buena nueva, han perdido sus jugos
vitales. Las palabras comparten la suerte de la cosa que designan. No ocurrirá en forma
distinta con la palabra revolución. Su decadencia comenzó desde que la revolución pasó
de la mística a la política, del símbolo a la existencia, de los ideales a los hechos.
El mito del siglo XX no se halla al
lado de la revolución, sino más allá de ella. No lo distinguimos aún porque nadie lo
ha designado ni le ha dado un nombre. Pero está en cada hombre que pasa, en cada máquina
que se construye, en cada pensamiento que se forma, esperando su bautismo.
Muchos otros espíritus alertas, como
Emmanuel Berl, confiesan que la palabra revolución, que suscita entre una generación
más resonancias que ninguna otra, se encuentra deshonrada, siendo menester renunciar a su
empleo, pues ninguno de sus compañeros tiene derecho a aferrar su vida a ella. Es un
fetiche idiomático, rodeado por un parapeto reverencial, pero cuya oquedad sonora no
representa una actitud vital ni un designio coherente.
Sin embargo, a pesar de esa ofensiva
contra ella, la palabra conserva su halo mágico, su fuerza explosiva, su dinámica
pasional en el alma de las masas. Hay signos verbales desgastados por el uso, que
mantienen empero cierta carga de energía, vigor emotivo y prestigio mitológico. Así
pasa con la revolución, un vocablo rampante, con penacho, que ha inspirado a las gentes
un terror supersticioso y que suele tenerse como monopolio literario de las izquierdas.
Quienes piden que se sepulte piadosamente un léxico difunto, para que no embarace el
tráfico mental, incorporando la "revolución" entre las palabras claves que
deben retirarse del servicio activo, por corresponder a un mito fraudulento, desportillado
y caduco, no advierten que ese término delirante, ese viejo cliché de propaganda, no ha
sido reemplazado por otro que le aventaje en eficacia y todavía retiene su clientela
política, su atracción magnética, su fuerza de reclamo.
No siempre la revolución tiene un
compás catastrófico. Puede ser en ocasiones la vehemente sacudida hacia un orden nuevo,
más humano y más justo. Es preciso, por eso, definir los contornos y el contenido de esa
palabra, que suele ser víctima de abusos del lenguaje. Usada como simple detonación
fonética o descarga verbal por oradores truculentos, a nadie impresiona, porque el país
está vacunado contra el virus patético y el estilo fanfarrón destinado a meter miedo.
Nuestro insigne amigo el doctor Augusto
Ramírez Moreno viene planteando la tesis de un tradicionalismo revolucionario, con mucha
pertinacia y énfasis. Su objetivo consiste en demostrar que las derechas colombianas
tienen sobrado acervo doctrinal para resolver con éxito los problemas sociales y
políticos del tiempo presente.
Parece que riñeran un poco entre sí
esos dos términos, tradición y revolución, implicando un contraste entre un pasado
yacente y un azaroso salto en el vacío.
Suele entenderse la tradición como un
repertorio de anécdotas o un fardo de sucesos inertes que gravitan sobre el presente. Y
se sospecha que el tradicionalismo adopta una especie de ritual hierático ante las viejas
formas disecadas, con una pasión senil semejante a la de los egiptólogos, como si la
historia fuese arqueología.
En verdad, la tradición va fluyendo,
pues no es una cisterna de aguas muertas, ni el aluvión de escorias que deja el tiempo.
Las formas se suceden. Unas mueren y otras nacen. Sólo queda en vigor un conjunto de
principios, valores, memorias y nombres, que constituyen núcleo, protoplasma y levadura
de la nación, concebida como un pueblo que al envejecer adquiere conciencia de su
destino.
Tradición significa transmisión. Como
en todo legado, es preciso inventariar y deducir el pasivo. Lo que importa es buscar
tiempo arriba la savia germinativa del pasado, la esencia del acontecer histórico, el
genio nacional que permanece inmutable a través del torrente de los hechos y el flujo de
las circunstancias. La tradición sólo recoge substancias, constantes históricas,
caracteres estables. Es la yema, sin cáscaras ni cortezas.
El tradicionalismo busca, en los
yacimientos históricos, definiciones y pautas acordes con el genio propio, el carácter
peculiar y el ritmo profundo de la república. Se ha dicho que todos los pueblos deben
volver por épocas a sus orígenes. Nuestra política tiene ese signo de rectificación y
retorno, superando el ayer marchito, en pos de la historia mayor. Ella ha ido hasta el
pensamiento de los libertadores, para rescatar su verdad olvidada. Abandonando las
supersticiones y los extravíos del pasado inmediato, quiere volver a la auténtica
colombianidad, a los valores intransferibles y las raíces genitales de la patria. Ése es
el porvenir del pasado, la tradición vuelta destino.
Las derechas colombianas son
nacionalistas, bolivarianas y católicas. En esa nomenclatura se compendian las grandes
tradiciones congruentes y vivas en cuyas matrices se puede plasmar la historia nueva.
Lo que ha muerto, por fin, es la
revolución francesa. El estado liberal entra en crisis, por su individualismo y su
neutralidad ante la libre concurrencia económica, que es una prima otorgada a los más
fuertes. Todo su sistema de valores y formas se desploma.
Por una curiosa paradoja, lo que en el
partido conservador resulta vigente es su concepción jerárquica y orgánica de la
sociedad, su tradición autoritaria, al par que es anacrónico cuanto lo aproxime al
liberalismo clásico.
Al desplazarse el centro de gravedad de
la política hacia los problemas económicos y sociales, el conservatismo tiene que
refugiarse en los principios de la democracia cristiana o catolicismo social. La sociedad
nueva ha de fundarse sobre una interna estructura cristiana y un reajuste del sistema
económico, en que nadie pueda cebarse con el sudor ajeno, ni meterse en su caudal como en
plaza fuerte. No se trata de dejar caer una fórmula de piedad literaria sobre el desorden
profundo de un régimen socialmente inhumano, sino de acabar con la supérstite economía
liberal, tutelar el trabajo en su lucha desigual, planificar la intervención
progresivamente intensa del estado y plantear el debate ante el pueblo. Como escribiera
alguno, después de las encíclicas no puede darse católico no intervencionista, sino a
lo sumo intervencionista de mal humor.
En un libro reciente de Thierry
Maulnier, titulado Más allá del nacionalismo, se sostiene que cuando una
filosofía y una acción revolucionarias interpretan un desequilibrio efectivo de la vida
social, sólo pueden ser vencidas por una filosofía y una acción más eficaces. El orden
decorativo, la anarquía mansa que es la costumbre, la inmovilidad social y sus máscaras,
no resisten la tremenda avalancha. Ni tampoco la represión, la reconciliación o el
reformismo que proponen a la sociedad, como medio por sobrevivir, la misma enfermedad de
la que muere, la petrificación en las formas adquiridas, la resistencia al ímpetu de la
vida. Un estado de malestar revolucionario sólo puede ser resuelto definitivamente
eliminando sus causas orgánicas. Una ideología revolucionaria sólo puede ser superada
por una representación más exacta de los problemas y sus posibles soluciones. Un
determinado movimiento revolucionario sólo puede contenerse mediante otro movimiento más
amplio e imperioso. Cuando una sociedad se disgrega y origina en su interior fuerzas
antagónicas, no puede evitar un cambio de estructura, una nueva síntesis que triunfe de
sus contradicciones. Así resulta, según Maulnier, que frente a una situación
revolucionaria, la revolución sólo puede vencerse por otra que la supere.
El problema consiste escribe el
referido escritor en superar esos mitos políticos, fundados en los antagonismos
económicos de una sociedad dividida; en libertar al nacionalismo de su carácter burgués
y a la revolución de su carácter proletario; en interesar de una manera total y
orgánica a la nación en la revolución, ya que sólo la nación es capaz de llevarla a
cabo; en interesar igualmente a la revolución en la nación, ya que sólo la revolución
puede salvarla.
Darle a la revolución un sentido
espiritualista y cristiano, hacerla compatible con el mantenimiento de los cuadros y
valores nacionales, proponer sus soluciones propias frente a los desvaríos demagógicos
de la izquierda: ésa es la misión presente del partido conservador, que no podrá
sobrevivir históricamente, a menos que adopte normas y tácticas paralelas a las de los
grandes movimientos contemporáneos de las derechas europeas de las post-guerra, como en
Italia, Francia y Bélgica.
Es así como somos tradicionalistas
revolucionarios. Partiendo de unos principios perdurables, vamos en busca de un orden
social nuevo dentro de la comunidad nacional.