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De las Retóricas
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Jorge Gaitán Durán
E
l
modernismo implicaba una actitud; la generación que sigue la de Vallejo aboca
una situación. La actitud lleva consigo cierta comodidad
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: el poeta no interroga, no demanda, no busca signos,
como acontecía en el desafío romántico, que en última instancia era pregunta. Sólo
resta admitir el esplendor físico de la retórica... La situación exige respuesta
y elección; el lenguaje tiende a volverse herramienta. En este sentido, según Alfonso
Reyes
2, la poesía es un
combate contra el lenguaje. El paso de una historia confinada en lo abstracto a una
historia que asoma con virulencia en lo concreto, fenómeno típico de esta época que nos
revela nuestra situación, no debe, sin embargo, disimularnos una realidad: la
retórica modernista atravesada por la deslumbrante ambición de la unidad ha
sido reemplazada por otra retórica, no por torturada, dispersa y sugestiva, menos
limitada expresivamente. Simplemente el poeta no ha conseguido convertir en herramienta el
lenguaje. La poesía ha perdido el combate memorable.
Sería necio, desde luego, e inoportuno, negarle al modernismo todo
poder de suscitación ética3
. Rubén Darío demostró vivas preocupaciones
sociológicas y políticas. La mitología de Lugones ocultaba mal la obsesión de lo real.
Pero los modernistas estaban dominados por el sueño de la unidad del símbolo; para ellos
el mundo se confundía con una totalidad verbal. Con Luis Carlos López amargo y
lúcido, en Colombia, Manuel Bandeira, en el Brasil
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, y César Vallejo, en el Perú, la historia pulverizada,
mutiplicidad de lo humano en trance de expresión, hace su entrada al poema. La
fragmentación de la experiencia contemporánea
5, dentro de la cual conviven o han
convivido todos los "ismos", denuncia una búsqueda exasperada de la
comunicación. En otros términos, la obligación del poeta de asumir su humanidad,
expresar, no una idea del hombre, sino a los hombres, y renunciar a servir de intérprete
o intermediario ante los dioses, resulta más consciente, angustiosa y condenada al
fracaso que nunca. El poeta debe responder por sí mismo y responder también por los
otros.
La respuesta a la situación, traducida en descubrimiento de una
condición humana, de la cual no es posible huir, aun cuando algunos puedan
representársela aún idealmente, se manifiesta en el sentimiento franciscano de Jorge de
Lima y Murilo Mendes
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o en la experiencia del absurdo de León
de Greiff y Manuel Bandeira; pero es en el hecho de asumir una urgencia histórica, y de
pagarlo con su persona, o de aspirar sin esperanza a la libertad, como sucede en el caso
de Vallejo, donde se halla la tentativa más cercana a la eficacia y más lejana de la
actitud modernista. Vallejo no reniega de nada terrestre, como hacen los católicos, ni
sacrifica la gloria y la miseria de la cotidianidad en aras del mundo paradisíaco del
futuro, como hacen los comunistas mesiánicos de hoy. Si su comunismo parece ejemplar, es
probablemente porque no significa compromiso con una ideología, sino con una pasión
humana. Su lenguaje, por ello mismo, no está sometido a ninguna consideración abstracta
o esquema impuesto desde el exterior: evidentemente en Poemas humanos o España,
aparta de mí este cáliz no ha sido transformado, pero sí utilizado hasta el
desgarramiento, hasta el estallido.
Apenas los poetas de la generación de Vallejo configurada
alrededor de 1920 han tenido conciencia o sentido o intuido cuál debe ser su
búsqueda, se ha iniciado otro duro e intrincado capítulo: la lucha entre la ineficacia
del instrumento comunicativo y las exigencias de una condición en estado de
necesidad expresiva. El poeta, para cumplir su deber esencial, la poesía, encuentra un
lenguaje definido por otras épocas, desprovisto de libertad, convertido en el poema que ha
sido y cuyas transformaciones han ido quedando inexorablemente atrás de las
transformaciones de la vida. En su persecución de lo humano, ha tropezado desde el
comienzo contra los límites estéticos, no únicamente el dibujo de los clásicos o la
interrogación de los románticos o el sueño de unidad instrumental de los modernistas,
sino además cierta tiránica disposición interior
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: el poeta no sólo se expresa, sino necesita
expresarse con fasto. No sólo debe dar respuestas a su situación, sino tiene
que hacerlo y ahí reside la tensión en términos de doble verdad: eficacia y
belleza. Su lucha es de nuevo y a ello llega por el camino entrañable una
lucha por la palabra, una palabra que signifique y a la vez que rutile: el vocablo
poético debe llevar al reino del otro la pesadumbre de la existencia humana y a la vez
tener vida propia: gloria. Es en última instancia la misma historia del hombre:
dividido entre la eternidad abrumadora del signo y ese descubrimiento de su ser que es la
violación del signo, hay días tremendos en que quiere decirlo todo, gritar su
angustia o su júbilo y el lenguaje seco, enterizo, objeto ya, tradición no
le deja decir nada, lo vuelve poca cosa. Pero las palabras del hombre se pierden o
envilecen en la viscosa cotidianidad, resbalan sobre la opaca superficie que son nuestros
semejantes y siguen girando como astros apagados entre impenetrables cosas; las del poeta
quedan consignadas, petrificadas en el poema como la sabiduría en la estela, constituyen
prueba de su culpa o de su impotencia, revelan la carrera por el laberinto moderno entre
nuestra indigencia, dolor y lodo de cada hora, y el Verbo color de incendio, inmortal y
suntuoso, con que debemos comunicársela a los demás para que la comprendan y le pongan
fin. Mientras el escritor o el intelectual o el científico pretende y puede hoy reformar
el mundo, el poeta vive en el infierno.
Los poetas de la generación de Vallejo se incorporan, pues, al poema,
con su pena y su incipiente lucidez. Trágicamente, porque la convención del poema no
soporta el peso y la complejidad de la incorporación. La circunstancia, crisis
permanente que se convierte incesantemente en historia, al reivindicar sus fueros reales
en la conciencia, al poner en tela de juicio los valores sempiternos, tanto el lenguaje
como la idea, la estética como la ética, devuelve al hombre al puro estado de creador.
Claro está, su creación no surge cual instantáneo milagro; es un atroz e interminable
proceso, un combate muchas veces desfavorable. Si la primera y conmovedora voluntad de
vivir la poesía y servirle a la humanidad permite aplicarle a la obra de estos poetas lo
que Chejov afirmaba del teatro: "La escena sólo se volverá arte en el porvenir;
ahora no es más que una lucha por ese porvenir"8
, no es menos cierto que su proyección inmediata y
violenta es el fracaso, el colapso de la palabra frente a la riqueza o la tragedia de
los tiempos modernos. De ahí que contemplada desde hoy dicha generación ofrezca a
primera vista un panorama desolador. Está Vallejo, ciertamente: se trata de un hecho, un
acto, un esplendor intolerable, una lid vertiginosa, mas no de la salida para un problema,
del sobrepasamiento de un antagonismo. Vallejo logra en su tiempo utilizar al máximum el
lenguaje; para ello destroza el poema y a la vez se destroza, pero no lo transforma y se
transforma. Quizás no se pueda decir tanto de Neruda, de las dos o tres figuras
verdaderamente interesantes de la generación española llamada "del
veinticinco", o de los más significativos poetas que suceden en Francia a
Apollinaire: no por ello ignoremos que sus poemas denotan la imposibilidad de existir y de
crear de nuevo el poema. Hay necesidad de esforzarse para reconocer cuánto significa
humanamente para la poesía el paso de la retórica de actitud del modernismo a la retórica
en tensión; de poetas que comprenden, intuyen o sienten sus limitaciones ante el
Verbo y la Historia. La retórica no sólo ha cambiado de piel, sino también
esencialmente: se ha tornado dramática
9.
La cruel validez de la lucha descrita parece desvanecerse cuando toma
cuerpo la generación aparecida alrededor de 1940
10
. Los poetas pierden la noción de las limitaciones del
poema, se tornan conformistas, aceptan con "buena conciencia" el instrumento
verbal. Resurge el tipo del burgués literario, que no paga con su persona, como fue el
caso de Vallejo u Oquendo de Amat. No nos hallamos ya frente a una retórica de actitud,
ni una retórica en tensión, sino ante una retórica de la pasividad. No se pasa
de la vida cotidiana al drama de la ineficacia del poema, sino de la complacencia en la
ineficacia del poema a la imagen. El mecanismo de ésta se mueve de igual manera en la
poesía pretendidamente intemporal y en la poesía llamada social o política, que
aprovecha todas las facilidades del plagio y del ripio para presentar sin riesgo una
imagen estereotipada del hombre. En ambos casos el poeta no se incorpora al poema, sino
pretende incorporar presuntuosamente un dogmatismo o una idea de la literatura a la
poesía. La satisfacción, basada en las apariencias de los valores estéticos modernos,
se instala en el sitio ocupado antes por la insoportable pasión de lo humano.
Los poetas que les suceden, y cuyo eje es el medio siglo, se hallan, pues, frente al
equívoco. Herederos y víctimas de las retóricas, ninguna de las cuales es hoy respuesta
a su situación, en muy raras ocasiones intentan evadirse de una mortal
alternativa: aceptación ciega o desaparición. Nadie puede otorgarles
generosamente la libertad; ellos mismos deben ganarla, contra un lenguaje omnipotente. Su
problema es la transformación del poema, tal como hoy lo entendemos; su fuerza, la
conciencia de su condición ante la palabra.
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