Ficha bibliográfica
Titulo:
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Edición original: 2004-02-20
Edición en la biblioteca virtual: 2004-02-20
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Darío Achury Valenzuela
Notas: Texto tomado de la Antología del ensayo en Colombia. Compilador Oscar Torres Duque.
 
 
 
¿"Recamado Viso" o "Recamado Biso"?
Darío Achury Valenzuela

C ierto día, el doctor Eduardo Guzmán Esponda reclamó mi atención para que releyera el primer alejandrino pareado del poema "Leyendo a Silva", de Guillermo Valencia, tal como fue transcrito en las dos primeras ediciones de Ritos: la impresa en Bogotá (1899) y la hecha en Londres (1914), y tal como aparece en las ediciones posteriores a aquéllas, sacadas a luz, ya en Bogotá, ya en Madrid.

En la primera y en la segunda edición, el poema citado se inicia así:

Vestía traje suelto, de recamado biso,

en voluptuosos pliegues de un color indeciso.

En las subsiguientes, el verso aparece igual, pero con una diferencia en la ortografía de una palabra: el biso inicial se trueca luego en viso.

Otro día, habiendo ya releído yo tales versos y comprobado la diversidad ortográfica del caso, el doctor Guzmán Esponda volvió a la carga, y enterado de que su cordial insinuación había sido puntualmente atendida, me preguntó con su acostumbrada socarronería, cuál de las dos "lecturas" o "lecciones" me parecía ser la correcta.

—Sin la menor duda, le contesté, la segunda, viso, es la correcta. La primera, biso, sólo da los relumbres y tornasoles de un error de imprenta, disculpable hasta cierto punto, porque los impresores o cajistas que estamparon el texto de la edición londinense, dados su idioma y nacionalidad, no tenían por qué andar muy enterados de las difíciles minucias de nuestra ortografía, tan maltratada reiteradamente por los de nuestra propia casa. Olvidé —¡ay de mí!— en el momento de mi respuesta, que las mejores ediciones que se han hecho del Quijote, por lo menos en el siglo XVII y principios del XIX, han sido las impresas en Londres.

El doctor Guzmán, sin dejar su tono malicioso como de persona que tiene sus razones bien guardadas, o a lo menos sus conjeturas de algo presuntivamente cierto, me replicó al momento:

Lo razonable y lógico en el verso de Valencia es ese biso, así con su b bilabial patentemente oclusiva, porque se me alcanza que tiene él un significado especial, que bien pudiera ser algo así como el de cinto u orla, o de ruedo de un traje suelto o no suelto; pero, en todo caso, recamado, es decir: con bordados de realce.

Confieso que en un principio no me dejaron muy convencido las suposiciones de mi respetado amigo y acatadísimo adalid de la Academia Colombiana; pero luego fueron ellas insinuándose en mi ánimo; y he aquí que, cuando menos lo pensé, ya estaba poseído yo por el demonio de la curiosidad semántica, demonio peligroso si los hay, incluyendo los mismísimos de la teología dogmática.

Mi primer impulso fue naturalmente el de consultar las acepciones que de la voz viso trae el Diccionario oficial, edición de 1970. De tales significaciones, algunas son prescindibles por no convenir precisamente al tema por tratar.

Me limitaré, pues, a transcribir las que considero más pertinentes a mis propósitos de dilucidación. A cada acepción transcrita seguirá el correspondiente comentario de mi exigua cosecha.

"Viso (del lat. visus)... 2ª acep. Superficie de las cosas lisas o tersas que hieren la vista con un especial color o reflexión de la luz". Teniendo en cuenta el adjetivo calificativo de viso y su significado, o sea "recamado", que equivale a "bordado de realce", queda excluida la idea de superficie lisa o tersa que hiere la vista por reflexión luminosa. Lo realzado se opone precisamente a lo liso por definición, toda vez que, según la Academia, liso es lo que carece de adornos y realces.

3ª acep. de viso: "Onda de resplandor que hacen algunas cosas heridas por la luz". Si se lee detenidamente el pareado inicial del poema "Leyendo a Silva", no se da en él detalle o cosa alguna del traje de la dama lectora, yacente en el diván, capaz de difundir o emitir una onda luminosa, ya que el mismo poeta dice que tanto el traje como sus voluptuosos pliegues son "de un color indeciso", o sea de un color incierto, confuso, vago, que es todo lo contrario del resplandor que irradiará el traje como todo o el viso como parte, al ser heridos por la luz.

Acepción 7ª de viso. La Academia le asigna el carácter de anticuada. Se usa como sinónima de "rostro humano". Inaceptable en el caso presente: no se dan, que sepamos, visos o caras humanas bordadas en realce. En cambio, aparece claramente su significado de "rostro humano" en estos versos de una canción de Villasandino: "Señora, flor de azucena / claro viso angelical".

Acepción 5ª de viso: "Forro de color o prenda de vestido que se coloca debajo de una tela clara para que por ella se transparente". Comento: Valencia ni siquiera alcanza a sugerir en sus versos que el traje suelto de la dama lectora de Silva ni su viso fueran algo así como prendas hasta cierto punto íntimas y sólo visibles a través de una como túnica transparente. Vale la pena citar como autorizado ejemplo del uso del viso en el sentido indicado, estos versos de Calderón de la Barca, tomados de su comedia El maestro danzante: "Ser otra la causa finjo, / bien como finjo ser otra / la del mortal parasismo / por dar visos a su ausencia / bien que transparentes visos!".

Por cierto que "dar visos" tiene aquí el significado de "dar apariencias". Los "transparentes visos" ilustran cabalmente la definición académica citada en este aparte.

Hacer visos —dice el Diccionario oficial— es frase que se dice "de ciertos tejidos que según los hiere la luz, forman cambiantes tornasoles". Para conformarnos con esta definición, sería necesario que en el pareado de Valencia se diera expresa la locución "hacer visos", que como tal tiene la acepción apuntada; pero, aun subentendida aquélla, no se avienen, como antes se anotó, los deslumbrantes visos del traje con el color apagado de sus "voluptuosos pliegues". Al margen de la definición que de la frase "hacer visos" da el Diccionario de la Academia, cabe observar que tal frase se dice no sólo de los "tejidos que según los hiere la luz, forman cambiantes o tornasoles", sino que ella es extensiva a grandes masas de agua, como, por ejemplo, el mar, un lago, etc. Ilustran suficientemente nuestra observación los siguientes versos del Viaje del Parnaso, de Cervantes:

Semejaban las aguas del mar cano

colchas encarrujadas, y hacían

azules visos por el verde llano.

(Edición de Rodríguez Marín, Madrid, 1935, p. 37).

Tampoco el diccionario académico registra la acepción de viso como "la vista", que, según don Tomás Navarro Tomás, es forma frecuente en autores medievales, como lo muestra el siguiente ejemplo tomado de Las Partidas: "Porque toda cosa prieta conorta el viso para los ojos, los prietos son los mejores".

Biso

De lo hasta aquí expuesto con enojosa minuciosidad, se deduce que la lección o lectura del sustantivo viso, escrito con v o uve inicial, no le da un sentido claro al "recamado viso" como complemento explicativo del "traje suelto" del verso de Valencia.

Veamos ahora qué fortuna acompaña al biso de la edición impresa en Londres, en 1914, con prólogo de don Baldomero Sanín Cano. Ante todo, según el Diccionario Latino-Inglés de Oxford, es voz aquélla derivada del griego byssos, y ésta, a su turno, del hebreo butz, y significa "lino fino" como también "la tela que con él se hace o se teje". Del griego pasó al latín bajo la forma de byssus y su género puede ser femenino o masculino, dándose también la forma neutra byssum. Del latín pasó a las lenguas romances: italiana, bisso, portuguesa, bisso también; francesa, bisse, bise, byssus. En alemán e inglés subsiste la forma latina byssus, y en español, el diccionario académico registra la voz biso, con la restricción del significado que luego indicaré.

Los diccionarios de tales idiomas registran las tres acepciones que generalmente se le dan a la palabra biso, a saber: las dos primeras, usada en el lenguaje textorio: 1ª: lino muy fino, y 2ª: la tela o género que con su fibra se fabrica y por extensión "ropaje, vestidura o traje que se hace con esta tela". El tercer significado que tales diccionarios asignan a biso se emplea en zoología y es el único que registra el Diccionario de la Academia Española y que textualmente reza así: "Producto de secreción de una glándula situada en el pie de muchos moluscos lamelibranquios, que se endurece en contacto con el agua y toma la forma de filamentos mediante los cuales se fija el animal a las rocas u otros cuerpos sumergidos; como el mejillón". Algunos diccionarios, entre otros el francés, el alemán y el inglés, indican que estos filamentos de secreción glandular tienen un aspecto ya algodonoso, ya sedoso, y que se utilizan como materia prima en la urdimbre o tejido de una tela que los alemanes llaman Seeseide o Müschelseide, o sea: "seda marina" o "biso".

El que nuestros diccionarios no consigne en su artículo biso las acepciones de "lino finísimo", de "tela tejida con esta fibra", ni de "traje o vestido de lino delicado", obedece seguramente al hecho de que no aparece usada en obra alguna de la literatura española de cualquiera de sus períodos. Biso no figura ni en el Diccionario de autoridades ni en el Tesoro de la lengua castellana de Covarrubias, ni en el Vocabulario del maestro Gonzalo Correas. Viniendo a tiempos más recientes, el dichoso biso no aparece en el Vocabulario de las obras de Góngora, de Alemany y Selfa; ni en el Glosario sobre Juan Ruiz, de José María Aguado, ni en el Glosario de voces comentadas en ediciones de textos clásicos, de Carmen Fortecha; ni en la Fraseología o Estilística, de Cejador.

Igualmente inútiles resultaron mis pesquisas bisónicas en los diccionarios etimológicos de Covarrubias y de García de Diego y en el inconcluso Tesoro lexicográfico de Gili Gaya. Tan infructuosos intentos inquisitivos me han llevado a la conclusión —provisional, desde luego— de que tal vocablo no ha sido usado por autor alguno de la lengua castellana. Solamente hallé en el capítulo XXVII de las Etimologías de san Isidoro de Sevilla, capítulo donde se trata de "las lanas", esta definición: "Byssum (hilo) es una especie de lino muy blanco y finísimo que los griegos llaman papaten".

Uso de biso en escritores griegos y latinos

La palabra biso es una palabra de ilustre y rancia estirpe. Usáronla, a porfía, escritores, historiadores, geógrafos y narradores griegos y latinos. Restrictamente mencionaré a algunos de tales autores.

En primer lugar, vemos cómo el siracusano Teócrito nos muestra, en el idilio Las hechiceras, a la linda Simeta en medio de los elementos de que se sirve para sus ensalmos y en el momento en que comienza a contarle a la señora luna en qué circunstancias vio por vez primera al esbelto atleta Delfis y cómo súbitamente se prendó de él, del mancebo ingrato que no tardará en abandonarla. Simeta se encamina a una procesión que en esos momentos desfila hacia el santuario de Artemisa. Dice aquélla que una vecina suya, la nodriza Teucáridas, la ha invitado, "y yo, infeliz, me dispuse a acompañarla ataviándome con hermosa veste rozagante de lino fino (byssoio) (Farmakeytrie o Las hechiceras, versos 72-74).

En el undécimo libro, capítulo II, de la Metamorfosis o El asno de oro, su autor, Lucio Apuleyo, describe una procesión que los sacerdotes de la luna hicieron a su diosa. En lo más solemne del acto ritual, el personaje metamorfoseado en asno arrebata de las manos del sumo sacerdote un ramo de rosas, se lo come, recobrando así su prístina condición de hombre. Luego el novelista de Medaura continúa su relato así: "En esto vino una gran muchedumbre de hombres y mujeres... relumbrantes con vestiduras de lino (byssi) puro y muy blanco".

En algunos pasajes de su fragmentario poema filosófico De naturaleza, Empédocles de Agrigento saca a relucir el vocablo biso, para mostrarnos, a vuelta de algunas disquisiciones naturalistas, lo que él representa y de dónde proviene. El geógrafo e historiador Pausanias nos ha dejado en el libro sexto, dedicado a la Elida, de su Periegesis o Descripción de Grecia, puntuales especificaciones de peces rarísimos, de animales de insólitos colores y de preciadísimas plantas, entre las cuales descuella el esbelto biso o lino purísimo, al cual le da el nombre de "linon hebraïcos". El ateniense Filóstrato, nos habla del biso como significativo de "seda" y de "las pequeñas fibras sericígenas que se emplean para tejer la seda" (byssos).

Herodoto de Halicarnaso, autor de la extensa serie de crónicas bautizadas por los eruditos alejandrinos con el nombre general de Historias, narra, en el libro II, las costumbres de Egipto, país que visitó y recorrió en gran parte. Entre tales hábitos menciona el ilustre logógrafo el muy antiquísimo que tenían los egipcios de envolver y fajar las momias de sus reyes en anchas fajas de biso. Fajas más delgadas de biso eran usadas en el mismo país egipcio, según Herodoto, para vendar heridas. De tal costumbre funeraria viene quizá el nombre de "lino del rey" que los habitantes de Egipto le dieron al biso, así como el de perenne linum que le asignaron los autores latinos, dadas su resistencia y duración. Pausanias llama al biso "algodón de la India", y Plinio el Viejo lo denomina en ocasiones gossipion herbaceum.

Esquilo en su tragedia Los persas (VIII, 80-81) nos muestra a Atosa, la viuda del rey Darío, seguida de un coro de doncellas que lamentan y lloran la derrota de su pueblo por los atenienses. Las doncellas aparecen en escena vestidas de amplias y plegadas túnicas faldularias, a las que Esquilo da el nombre de byssinos o sea "túnicas de biso".

Plutarco de Queronea nos cuenta en sus Obras morales (Ethica) cómo sus compatriotas solían emplear la voz biso en el sentido metafórico de "palabras o frases gratas pronunciadas al oído de los reyes orientales".

Quinto Septimio Florencio Tertuliano, el eximio apologista cristiano, entre sus muchos tratados escribió uno intitulado De cultu foeminarum o Del atavío de las mujeres. En él condena el lujo en las mujeres, su excesivo acicalamiento, el uso de pelucas y cosméticos, etc., lujo y artificios de la moda que él diputa como obras del demonio. En lugar de entregarse a estas viciosas prácticas de la moda, Tertuliano aconseja a las damas: veste vos serico probitatis, byssino sanctitatis, purpura pudiciae o sea "vestíos con la veste de seda de la probidad, con el biso de la santidad y la púrpura del pudor".

Se nos quedan en el tintero muchos otros nombres de autores de las selectas latinidad y helenidad, que usaron y abusaron de la palabra biso y sus derivados. Iniciaremos ahora una breve excursión por las Sagradas Escrituras para ver, así sea de paso, la acepción que en ellas se le da al tan llevado y traído biso.

El biso en la Biblia

Indudablemente es en la Biblia donde se menciona con más frecuencia la palabra biso, ya como sustantivo femenino (byssus), ya como neutro (byssum) y sus derivados: byssicus, byssinus (adjetivos), byssinum, byssina (sustantivos). Unas veces la Vulgata le da sencillamente el significado de tela de lino finísimo, otras el de vestido, túnica o manto hechos con la misma tela. En el segundo caso, las vestiduras de lino pueden estar adornadas con recamados o bordados en realce, elaborados unas con hilos de oro y plata y otros con hebras de visos y variados colores. De los muchos textos bíblicos que pudieran citarse como ejemplos ilustrativos de tales acepciones, se citarán, en seguida, sólo algunos. Entre paréntesis citaremos la correspondiente voz latina.

El Génesis nos cuenta (cap. 41, 42) cómo Faraón, al investir a José con la dignidad de primer ministro de Egipto, "lo atavió con una ropa talar de lino finísimo" (byssina).

En el libro del Éxodo, Yahvé da a Moisés las prescripciones relativas a la construcción del santuario y a las vestiduras sacerdotales de sus ministros. Lo primero, las cortinas deberán ser diez y hechas "de lino (de bysso) delicado y torzal" (cap. 26, 1); luego el velo "se hará de recamado lino (bysso) torcido" (cap. 26, 31), y la gran cortina que ha de decorar la entrada del tabernáculo se hará "de torzal de lino fino (bysso) con labores de recamador" (cap. 26, 36).

En cuanto a las vestiduras sacerdotales, Yahvé ordena que el efod debe hacerse "de lino (bysso) retorcido con labores de bordado de distintos colores" (Ex. 28, 6), que la túnica debe ser "de biso (bysso), la tiara de lo mismo (byssinam) y el cinto del sumo sacerdote tiene que ser con labor de recamado" (opere plumarii); que el pectoral del juicio, al igual que el efod, se hará con lino (bysso) fino torzal delicadamente bordado en realce (Ex. 28, 15).

El libro segundo de los Paralipómenos (cap. 5, vers. 12) refiere que cuando Salomón trasladó de Sion a Jerusalén el Arca del Testamento, "todos los levitas cantores, lo mismo que sus hijos y hermanos", lucían vestidos de biso o lino (byssinis) de extrema finura.

En el Poema acróstico sobre la mujer perfecta, incluso en el capítulo 31 del libro de los Proverbios, el versículo 22 dice que esa mujer ideal "para sí se hace mantos, y su vestido es de blanco lino (byssus) y púrpura".

El Evangelio de san Lucas inicia el relato de la parábola del rico Epulón y Lázaro (cap. 16, 19) con estas palabras: "Hubo cierto hombre rico, que se vestía de púrpura y lino finísimo (bysso) y tenía cada día espléndidos banquetes".

San Juan, en su Apocalipsis (cap. 19, 14), dice cómo seguían a Dios "los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo blanco y puro (byssino albo et mundo) cabalgando caballos blancos". En el capítulo 18 del Apocalipsis, en el que san Juan profetiza la caída de Babilonia, se menciona al biso como una de las mercaderías que la ciudad execrada ofrecía a los mercaderes (vers. 12), que luego lloran la extinción de la ciudad ramera así: "Ay, ay de la ciudad grande, que andaba vestida de lino delicadísimo" (bysso). Finalmente, en el mismo libro de la escatología cristiana, precisamente en su capítulo 19, 8, su autor anuncia la boda del Cordero y cómo la novia se dispone a las nupcias con estas palabras: "Y se ha dado (a la esposa) que se vista de tela de lino finísimo (byssino). Cuya tela finísima de lino (byssinum) son las buenas acciones de los santos".

Ahora sí el "recamado biso"

Según lo prolijamente expuesto, la dama lectora de Silva, que el maestro Valencia nos muestra tendida o en actitud yacente en un diván, al igual que la Madame de Récamier pintada por David, viste un traje de biso recamado, o sea, con bordados de realce. También, según la mayor parte de los textos bíblicos antes citados, tanto la mujer perfecta como los sacerdotes del templo de Jerusalén vestían "bisos recamados", tal como lo expresan literalmente tales textos: induti byssis opere plumarii, o sea, "vestidos con trajes de biso (o finísimo lino) recamado o bordado". Otras veces la Vulgata de san Jerónimo reemplaza el opere plumarii o plumario con la locución opere polymito, que es labor o bordado hecho con hilos de diversos colores y en ocasión con hilos brillantes de oro y plata, y este género de bordado sí que es en verdad un "recamado viso", porque hiere la vista con tornasoles y cambiantes. Entonces, jugando un tanto del vocablo, se puede decir que una dama luce "biso de recamado viso"; pero por ahí se está quedando tan oculto entre sus pliegues, ese "color indeciso", que ya no acierto qué hacer con él.

Lucano en su Farsalia emplea el plumatus auro en la acepción de "bordado de oro". En la comedia Epidicus, Plauto denomina plumatilis a la escamada, o sea, según definición del Diccionario académico, "bordado cuya labor está hecha en figura de escamas de hilo de plata o de oro". He aquí otros dos ejemplos de "recamado viso", que tanto Plauto como Lucano emplean como calificativo de biso.

Justiniano Justino en sus Historiae Philippicae comparte con Lucano el empleo del plumatus auro a la par que Plinio el Viejo en su Historia naturalis, al ponderar el primor de los estofados egipcios, se divide con Marco Vitruvio Polión, autor del tratado De architectura, y con Plauto, los honores que otorga el uso del plumatilis fastuoso.

De lo dicho en este aparte se deduce claramente que un biso adornado con opere plumarii era sencillamente un traje de lino fino con recamados o bordados en realce que no daban visos. En cambio, el biso exornado con opere polymito, o simplemente plumatus auro era un vestido de delicado lino que lucía bordados o recamados brillantes que, al ser heridos por la luz, daban visos o tornasoles. Ahora bien, estos recamados realzaban y adornaban, no todo el traje, sino parte o partes de él, por ejemplo, el cuello, el cinto, las bocamangas, la orla u orillo. Entonces, y perdóneseme la reiteración, lo que daba visos eran sólo las partes recamadas del traje y no éste en su conjunto, mejor, la tela de lino de que estaba hecho. Conviene no perder de vista que hay muchas variedades de lino, cuyo color proviene del que tiene la fibra con que se teje, el cual es generalmente de tonos apagados: azul pálido, pajizo, amarillo desvanecido, marfil, primando sobre todos el blanco, que si bien es un color claro, no puede catalogarse entre los llamados colores vivos. Además, entre los linos albos hay algunas variedades o matices que difuminan su blancor como el blanco quebrado y el blanco de cera. También influye un tanto en la indecisa coloración de ciertos linos, el género de operación que se emplea para obtener su fibra o hilaza: enriado, agramado, espaldillado y rastrillado o peinado. Pero esto es ya lino o biso de otro bisal y desemboquemos, por fin, a una primaria conclusión, que tanto se ha hecho esperar: conclusión que por tan obvia es pura perogrullada. Y es ésta: la dama que leía el libro de Silva, tendida en un diván de terciopelo rojo, vestía un traje o biso de lino, suelto adornado con algunos bordados (ignoramos si labrados con hilos de colores vivos y brillantes o simplemente de tonos apagados), traje, en fin, de voluptuosos pliegues de un indefinido o dudoso color.

El primer pareado del poema "Leyendo a Silva" está explicado claramente en el número 33 del mismo poema:

dijo entre sí la dama del recamado biso

en voluptuosos pliegues de color indeciso.

Sólo que en lugar de la preposición "en" hubiera sido mejor emplear la preposición "de": de "voluptuosos pliegues", etc.

La conclusión secundaria, que debería ser la principal, es que la lectura correcta del aquí tan asendereado pareado de Valencia, y según mi modesta opinión, es la de las dos primeras ediciones de Ritos, que en el lugar pertinente imprimieron biso. Al doctor Guzmán Esponda le asiste y sobra razón. La lectura viso, por inexacta, oscurece el sentido de los dos versos iniciales del poema citado. Lejos de dar ella relumbres, sume en tinieblas.

El biso en la pintura

También en la pintura el biso de recamado viso ha sido honrado y exaltado como se debe. Dígalo, si no, el famoso retrato de Leonor de Toledo acompañada de su hijo, pintado por el Bronzino, y que es dable admirar en la florentina Galería de Pitti. No desmerece a su lado la Madame Pompadour de Quentin de La Tour, que decora una de las salas del Louvre. ¿Y qué decir del Entierro del Conde de Orgaz, del Greco, donde los visos de los engolados caballeros que reciben el inanimado cuerpo del Conde contrastan con los leves y sutiles bisos de las figuras casi invisibles que vuelan en la parte superior del cuadro, que levantan en vilo el alma del mismo Conde para entregársela, impoluta, a la divinidad trina y una?

¿Y qué decir de Botticelli, maestro de maestros en el arte de recrear suntuosos ropajes bisinos y envisados?

Sería cosa de nunca acabar, citar aquí los nombres de los pintores flamencos, alemanes, franceses, italianos y españoles que pintaron con maestría inigualable personajes revestidos de recamado viso y de recamado biso. A los ejemplos citados agregaremos algunos de los más conocidos.

Ostentan recios trajes de recamado viso: Santa Inés leyendo la Biblia, del maestro Bartolomé Altars; los santos Erasmo y Mauricio, de Grünewald; el retrato de Sibila de Freilag, de Bernhard Strigel. Ejemplo de traje de deslumbrantes tornasoles es el suntuoso retrato del Duque Guillermo IV de Baviera, pintado por Hans Wartinger. Entre los flamencos, Rubens se lleva la palma de pintor de trajes de recamado viso; basta con citar como ejemplo su famoso autorretrato, en que él aparece al lado de su primera esposa, Isabella Brant. Le sigue en realismo Van Dyck, con una excepción que luego indicaremos.

En lo atañedero a pintores de túnicas, vestes o mantos de recamado biso o de bordado lino sutil, merece mencionarse también, dentro de esta modalidad, a Alberto Durero. El cuadro de sus Cuatro apóstoles y el de La Virgen y el niño patentizan cómo es el ropaje confeccionado con género de finísimo lino bordado con labor de tonos "de color indeciso". Los amplios mantos y las andularias túnicas de los arcángeles de las Anunciaciones de Van Der Weyden, de Hans Holbein y de fray Filippo de Lippi, lo mismo que ese indefinible velo de la tañedora de gamba que perpetuó Van Dyck, son la más clara ilustración de lo que es realmente un traje suelto de recamado biso, que desciende en repliegues de indefinible, de vago colorido.

El biso y la patología

Pocas palabras tan ricas en acepciones como esta de biso: lino delicado y fino, tela y vestido que de él se hace, banda para ceñir momias embalsamadas de faraones o para vendar heridas, algodón de la India, tintura de linaza, secreción glandular de los pelocípedos, cuyos filamentos se emplean para urdir una especie de lino, y, finalmente, en sentido metafórico, palabra para halagar oídos de rey.

Como componente, el vocablo biso invade los territorios de la patología. En efecto, de ella proviene la bisoptisis o bisotisis o bisinosis, que es una especie de neumoconiosis o tisis causada por la inhalación del polvo, filamentos o motas del lino o del algodón. Esta enfermedad se conoce también con el nombre de neumonía algodonosa y se manifiesta por un estado consuntivo similar al de la tuberculosis.

En botánica se da el nombre de biso a una clase de hongos que forman ciertos mohos; y en la misma ciencia se emplea el adjetivo bisáceo o bisoide para designar lo compuesto de una masa de fibras finas y que en su apariencia se asemeja al algodón. Bisal es la calidad del lino y bisógeno aquello que lo produce. Bisina es el calificativo de las telas o trajes de lino. En los textos jeroglíficos egipcios se conoce el biso con el nombre de "lino de rey", como antes se recordó.

¿Dónde halló Valencia este "biso"?

¿En qué abismos poéticos pescaría el maestro Valencia este biso? (empleamos intencionalmente la palabra abismo, porque, a través del latín, viene del griego abissos, que, ya se ha visto, tiene que ver mucho con el bissos, secreción glandular de ciertos lamelibranquios, depositada en las profundidades marinas). Como excelente traductor que fue de poetas italianos y portugueses, no es abusivo suponer que en alguno o algunos de sus poemas, Valencia hubiera descubierto serendípticamente el aportuguesado o italianizado bisso, que él, a su turno, españolizó bajo la forma de biso. Pero si no fueron aedas de tales lenguas quienes inopinadamente le brindaron el feliz vocablo, no iríamos muy descaminados al mencionar la Biblia como la fuente más segura de su hallazgo feliz. Valencia cursó humanidades en el Seminario de Popayán en los años de su juventud. Desde entonces contrajo el hábito de leer la Vulgata, que vino a ser uno de sus libros predilectos. En la Biblia bebió, efectivamente, su inspiración para escribir los más hermosos de sus poemas: "Las dos cabezas", "La parábola del monte", "Patmos", "Moisés", "El caballero de Emmaus", "Job", etc. En los dos primeros libros del Pentateuco, en el tercero de los libros históricos (Paralipómenos o Crónicas), en el sapiencial de los Proverbios, en el Evangelio de Lucas y en el Apocalipsis, se encuentran a cada paso, como ya se vio, la voz byssus y sus derivados y complementos. Valencia la vistió de galano ropaje castellano y la usó con acierto ejemplar. Sólo dos veces la empleó en su poema "Leyendo a Silva" y no volvió a utilizarla, temeroso de que sus lectores e impresores la confundieran, como real e infortunadamente sucedió, con su homófona, aunque no homógrafa, la palabra viso.

Como hay todavía mucho lino o biso que cortar y yo me considero ya incapaz de continuar su corte, resigno aquí mis mohosas tijeras para que las tomen manos expertas en el arte sartorial, y una vez convenientemente afiladas, rehagan lo que yo torpemente eché a perder.