En las subsiguientes, el verso
aparece igual, pero con una diferencia en la ortografía de una palabra: el biso
inicial se trueca luego en viso.
Otro día, habiendo ya releído yo tales versos y
comprobado la diversidad ortográfica del caso, el doctor Guzmán Esponda volvió a la
carga, y enterado de que su cordial insinuación había sido puntualmente atendida, me
preguntó con su acostumbrada socarronería, cuál de las dos "lecturas" o
"lecciones" me parecía ser la correcta.
Sin la menor duda, le contesté, la segunda, viso,
es la correcta. La primera, biso, sólo da los relumbres y tornasoles de un error
de imprenta, disculpable hasta cierto punto, porque los impresores o cajistas que
estamparon el texto de la edición londinense, dados su idioma y nacionalidad, no tenían
por qué andar muy enterados de las difíciles minucias de nuestra ortografía, tan
maltratada reiteradamente por los de nuestra propia casa. Olvidé ¡ay de mí!
en el momento de mi respuesta, que las mejores ediciones que se han hecho del Quijote,
por lo menos en el siglo XVII y principios del XIX, han sido las impresas en Londres.
El doctor Guzmán, sin dejar su tono malicioso como
de persona que tiene sus razones bien guardadas, o a lo menos sus conjeturas de algo
presuntivamente cierto, me replicó al momento:
Lo razonable y lógico en el verso de Valencia es
ese biso, así con su b bilabial patentemente oclusiva, porque se me alcanza
que tiene él un significado especial, que bien pudiera ser algo así como el de cinto u
orla, o de ruedo de un traje suelto o no suelto; pero, en todo caso, recamado, es decir:
con bordados de realce.
Confieso que en un principio no me dejaron muy
convencido las suposiciones de mi respetado amigo y acatadísimo adalid de la Academia
Colombiana; pero luego fueron ellas insinuándose en mi ánimo; y he aquí que, cuando
menos lo pensé, ya estaba poseído yo por el demonio de la curiosidad semántica, demonio
peligroso si los hay, incluyendo los mismísimos de la teología dogmática.
Mi primer impulso fue naturalmente el de consultar
las acepciones que de la voz viso trae el Diccionario oficial, edición de 1970. De
tales significaciones, algunas son prescindibles por no convenir precisamente al tema por
tratar.
Me limitaré, pues, a transcribir las que considero
más pertinentes a mis propósitos de dilucidación. A cada acepción transcrita seguirá
el correspondiente comentario de mi exigua cosecha.
"Viso (del lat. visus)... 2ª acep.
Superficie de las cosas lisas o tersas que hieren la vista con un especial color o
reflexión de la luz". Teniendo en cuenta el adjetivo calificativo de viso y
su significado, o sea "recamado", que equivale a "bordado de realce",
queda excluida la idea de superficie lisa o tersa que hiere la vista por reflexión
luminosa. Lo realzado se opone precisamente a lo liso por definición, toda vez que,
según la Academia, liso es lo que carece de adornos y realces.
3ª acep. de viso: "Onda de resplandor que
hacen algunas cosas heridas por la luz". Si se lee detenidamente el pareado inicial
del poema "Leyendo a Silva", no se da en él detalle o cosa alguna del traje de
la dama lectora, yacente en el diván, capaz de difundir o emitir una onda luminosa, ya
que el mismo poeta dice que tanto el traje como sus voluptuosos pliegues son "de un
color indeciso", o sea de un color incierto, confuso, vago, que es todo lo
contrario del resplandor que irradiará el traje como todo o el viso como parte, al ser
heridos por la luz.
Acepción 7ª de viso. La Academia le asigna el
carácter de anticuada. Se usa como sinónima de "rostro humano". Inaceptable en
el caso presente: no se dan, que sepamos, visos o caras humanas bordadas en realce. En
cambio, aparece claramente su significado de "rostro humano" en estos versos de
una canción de Villasandino: "Señora, flor de azucena / claro viso
angelical".
Acepción 5ª de viso: "Forro de color o prenda
de vestido que se coloca debajo de una tela clara para que por ella se transparente".
Comento: Valencia ni siquiera alcanza a sugerir en sus versos que el traje suelto de la
dama lectora de Silva ni su viso fueran algo así como prendas hasta cierto punto íntimas
y sólo visibles a través de una como túnica transparente. Vale la pena citar como
autorizado ejemplo del uso del viso en el sentido indicado, estos versos de
Calderón de la Barca, tomados de su comedia El maestro
danzante: "Ser
otra la causa finjo, / bien como finjo ser otra / la del mortal parasismo / por dar visos
a su ausencia / bien que transparentes visos!".
Por cierto que "dar visos" tiene aquí el
significado de "dar apariencias". Los "transparentes visos" ilustran
cabalmente la definición académica citada en este aparte.
Hacer visos dice el Diccionario
oficial es frase que se dice "de ciertos tejidos que según los hiere la luz,
forman cambiantes tornasoles". Para conformarnos con esta definición, sería
necesario que en el pareado de Valencia se diera expresa la locución "hacer
visos", que como tal tiene la acepción apuntada; pero, aun subentendida aquélla, no
se avienen, como antes se anotó, los deslumbrantes visos del traje con el color apagado
de sus "voluptuosos pliegues". Al margen de la definición que de la frase
"hacer visos" da el Diccionario de la Academia, cabe observar que tal frase se
dice no sólo de los "tejidos que según los hiere la luz, forman cambiantes o
tornasoles", sino que ella es extensiva a grandes masas de agua, como, por ejemplo,
el mar, un lago, etc. Ilustran suficientemente nuestra observación los siguientes versos
del Viaje del Parnaso, de Cervantes:
Semejaban las aguas del mar cano
colchas encarrujadas, y hacían
azules visos por el verde llano.
(Edición de Rodríguez Marín, Madrid, 1935, p.
37).
Tampoco el diccionario académico registra la
acepción de viso como "la vista", que, según don Tomás Navarro Tomás, es
forma frecuente en autores medievales, como lo muestra el siguiente ejemplo tomado de Las
Partidas: "Porque toda cosa prieta conorta el viso para los ojos, los
prietos son los mejores".
Biso
De lo hasta aquí expuesto con enojosa
minuciosidad, se deduce que la lección o lectura del sustantivo viso, escrito con v
o uve inicial, no le da un sentido claro al "recamado viso" como
complemento explicativo del "traje suelto" del verso de Valencia.
Veamos ahora qué fortuna acompaña al biso
de la edición impresa en Londres, en 1914, con prólogo de don Baldomero Sanín Cano.
Ante todo, según el Diccionario Latino-Inglés de Oxford, es voz aquélla derivada del
griego byssos, y ésta, a su turno, del hebreo butz, y significa "lino
fino" como también "la tela que con él se hace o se teje". Del griego
pasó al latín bajo la forma de byssus y su género puede ser femenino o
masculino, dándose también la forma neutra byssum. Del latín pasó a las lenguas
romances: italiana, bisso, portuguesa, bisso también; francesa, bisse,
bise, byssus. En alemán e inglés subsiste la forma latina byssus, y en
español, el diccionario académico registra la voz biso, con la restricción del
significado que luego indicaré.
Los diccionarios de tales idiomas registran las tres
acepciones que generalmente se le dan a la palabra biso, a saber: las dos primeras, usada
en el lenguaje textorio: 1ª: lino muy fino, y 2ª: la tela o género que con su fibra se
fabrica y por extensión "ropaje, vestidura o traje que se hace con esta tela".
El tercer significado que tales diccionarios asignan a biso se emplea en zoología y es el
único que registra el Diccionario de la Academia Española y que textualmente reza así:
"Producto de secreción de una glándula situada en el pie de muchos moluscos
lamelibranquios, que se endurece en contacto con el agua y toma la forma de filamentos
mediante los cuales se fija el animal a las rocas u otros cuerpos sumergidos; como el
mejillón". Algunos diccionarios, entre otros el francés, el alemán y el inglés,
indican que estos filamentos de secreción glandular tienen un aspecto ya algodonoso, ya
sedoso, y que se utilizan como materia prima en la urdimbre o tejido de una tela que los
alemanes llaman Seeseide o Müschelseide, o sea: "seda marina" o
"biso".
El que nuestros diccionarios no consigne en su
artículo biso las acepciones de "lino finísimo", de "tela tejida con esta
fibra", ni de "traje o vestido de lino delicado", obedece seguramente al
hecho de que no aparece usada en obra alguna de la literatura española de cualquiera de
sus períodos. Biso no figura ni en el Diccionario de autoridades ni en el Tesoro
de la lengua castellana de Covarrubias, ni en el Vocabulario del maestro
Gonzalo Correas. Viniendo a tiempos más recientes, el dichoso biso no aparece en
el Vocabulario de las obras de Góngora, de Alemany y Selfa; ni en el Glosario
sobre Juan Ruiz, de José María Aguado, ni en el Glosario de voces comentadas en
ediciones de textos clásicos, de Carmen Fortecha; ni en la Fraseología o
Estilística, de Cejador.
Igualmente inútiles resultaron mis pesquisas
bisónicas en los diccionarios etimológicos de Covarrubias y de García de Diego y en el
inconcluso Tesoro lexicográfico de Gili Gaya. Tan infructuosos intentos
inquisitivos me han llevado a la conclusión provisional, desde luego de que
tal vocablo no ha sido usado por autor alguno de la lengua castellana. Solamente hallé en
el capítulo XXVII de las Etimologías de san Isidoro de Sevilla, capítulo donde
se trata de "las lanas", esta definición: "Byssum (hilo) es una
especie de lino muy blanco y finísimo que los griegos llaman papaten".
Uso de biso en escritores griegos y latinos
La palabra biso es una palabra de ilustre
y rancia estirpe. Usáronla, a porfía, escritores, historiadores, geógrafos y narradores
griegos y latinos. Restrictamente mencionaré a algunos de tales autores.
En primer lugar, vemos cómo el siracusano Teócrito
nos muestra, en el idilio Las hechiceras, a la linda Simeta en medio de los
elementos de que se sirve para sus ensalmos y en el momento en que comienza a contarle a
la señora luna en qué circunstancias vio por vez primera al esbelto atleta Delfis y
cómo súbitamente se prendó de él, del mancebo ingrato que no tardará en abandonarla.
Simeta se encamina a una procesión que en esos momentos desfila hacia el santuario de
Artemisa. Dice aquélla que una vecina suya, la nodriza Teucáridas, la ha invitado,
"y yo, infeliz, me dispuse a acompañarla ataviándome con hermosa veste rozagante de
lino fino (byssoio) (Farmakeytrie o Las hechiceras, versos 72-74).
En el undécimo libro, capítulo II, de la Metamorfosis
o El asno de oro, su autor, Lucio Apuleyo, describe una procesión que los
sacerdotes de la luna hicieron a su diosa. En lo más solemne del acto ritual, el
personaje metamorfoseado en asno arrebata de las manos del sumo sacerdote un ramo de
rosas, se lo come, recobrando así su prístina condición de hombre. Luego el novelista
de Medaura continúa su relato así: "En esto vino una gran muchedumbre de hombres y
mujeres... relumbrantes con vestiduras de lino (byssi) puro y muy blanco".
En algunos pasajes de su fragmentario poema
filosófico De
naturaleza, Empédocles de Agrigento saca a relucir el
vocablo biso, para mostrarnos, a vuelta de algunas disquisiciones naturalistas, lo que él
representa y de dónde proviene. El geógrafo e historiador Pausanias nos ha dejado en el
libro sexto, dedicado a la Elida, de su Periegesis o Descripción de Grecia,
puntuales especificaciones de peces rarísimos, de animales de insólitos colores y de
preciadísimas plantas, entre las cuales descuella el esbelto biso o lino
purísimo, al cual le da el nombre de "linon hebraïcos". El ateniense
Filóstrato, nos habla del biso como significativo de "seda" y de
"las pequeñas fibras sericígenas que se emplean para tejer la seda" (byssos).
Herodoto de Halicarnaso, autor de la extensa serie
de crónicas bautizadas por los eruditos alejandrinos con el nombre general de Historias,
narra, en el libro II, las costumbres de Egipto, país que visitó y recorrió en gran
parte. Entre tales hábitos menciona el ilustre logógrafo el muy antiquísimo que tenían
los egipcios de envolver y fajar las momias de sus reyes en anchas fajas de biso.
Fajas más delgadas de biso eran usadas en el mismo país egipcio, según Herodoto,
para vendar heridas. De tal costumbre funeraria viene quizá el nombre de "lino del
rey" que los habitantes de Egipto le dieron al biso, así como el de perenne
linum que le asignaron los autores latinos, dadas su resistencia y duración.
Pausanias llama al biso "algodón de la India", y Plinio el Viejo lo denomina en
ocasiones gossipion herbaceum.
Esquilo en su tragedia Los persas (VIII,
80-81) nos muestra a Atosa, la viuda del rey Darío, seguida de un coro de doncellas que
lamentan y lloran la derrota de su pueblo por los atenienses. Las doncellas aparecen en
escena vestidas de amplias y plegadas túnicas faldularias, a las que Esquilo da el nombre
de byssinos o sea "túnicas de biso".
Plutarco de Queronea nos cuenta en sus Obras
morales (Ethica) cómo sus compatriotas solían emplear la voz biso en
el sentido metafórico de "palabras o frases gratas pronunciadas al oído de los
reyes orientales".
Quinto Septimio Florencio Tertuliano, el eximio
apologista cristiano, entre sus muchos tratados escribió uno intitulado De cultu
foeminarum o Del atavío de las mujeres. En él condena el lujo en las mujeres,
su excesivo acicalamiento, el uso de pelucas y cosméticos, etc., lujo y artificios de la
moda que él diputa como obras del demonio. En lugar de entregarse a estas viciosas
prácticas de la moda, Tertuliano aconseja a las damas: veste vos
serico
probitatis, byssino sanctitatis, purpura pudiciae o sea "vestíos con la
veste de seda de la probidad, con el biso de la santidad y la púrpura del
pudor".
Se nos quedan en el tintero muchos otros nombres de
autores de las selectas latinidad y helenidad, que usaron y abusaron de la palabra biso
y sus derivados. Iniciaremos ahora una breve excursión por las Sagradas Escrituras para
ver, así sea de paso, la acepción que en ellas se le da al tan llevado y traído biso.
El biso en la Biblia
Indudablemente es en la Biblia donde se menciona
con más frecuencia la palabra biso, ya como sustantivo femenino (byssus), ya como
neutro (byssum) y sus derivados: byssicus, byssinus (adjetivos), byssinum,
byssina (sustantivos). Unas veces la Vulgata le da sencillamente el significado
de tela de lino finísimo, otras el de vestido, túnica o manto hechos con la misma tela.
En el segundo caso, las vestiduras de lino pueden estar adornadas con recamados o bordados
en realce, elaborados unas con hilos de oro y plata y otros con hebras de visos y variados
colores. De los muchos textos bíblicos que pudieran citarse como ejemplos ilustrativos de
tales acepciones, se citarán, en seguida, sólo algunos. Entre paréntesis citaremos la
correspondiente voz latina.
El Génesis nos cuenta (cap. 41, 42) cómo
Faraón, al investir a José con la dignidad de primer ministro de Egipto, "lo
atavió con una ropa talar de lino finísimo" (byssina).
En el libro del Éxodo, Yahvé da a Moisés
las prescripciones relativas a la construcción del santuario y a las vestiduras
sacerdotales de sus ministros. Lo primero, las cortinas deberán ser diez y hechas
"de lino (de bysso) delicado y torzal" (cap. 26, 1); luego el velo
"se hará de recamado lino (bysso) torcido" (cap. 26, 31), y la gran
cortina que ha de decorar la entrada del tabernáculo se hará "de torzal de lino
fino (bysso) con labores de recamador" (cap. 26, 36).
En cuanto a las vestiduras sacerdotales, Yahvé
ordena que el efod debe hacerse "de lino (bysso) retorcido con labores
de bordado de distintos colores" (Ex. 28, 6), que la túnica debe ser "de
biso (bysso), la tiara de lo mismo (byssinam) y el cinto del sumo sacerdote
tiene que ser con labor de recamado" (opere plumarii); que el pectoral del
juicio, al igual que el efod, se hará con lino (bysso) fino torzal
delicadamente bordado en realce (Ex. 28, 15).
El libro segundo de los Paralipómenos (cap.
5, vers. 12) refiere que cuando Salomón trasladó de Sion a Jerusalén el Arca del
Testamento, "todos los levitas cantores, lo mismo que sus hijos y hermanos",
lucían vestidos de biso o lino (byssinis) de extrema finura.
En el Poema acróstico sobre la mujer perfecta,
incluso en el capítulo 31 del libro de los Proverbios, el versículo 22 dice que
esa mujer ideal "para sí se hace mantos, y su vestido es de blanco lino (byssus)
y púrpura".
El Evangelio de san Lucas inicia el relato de la
parábola del rico Epulón y Lázaro (cap. 16, 19) con estas palabras: "Hubo cierto
hombre rico, que se vestía de púrpura y lino finísimo (bysso) y tenía cada día
espléndidos banquetes".
San Juan, en su Apocalipsis (cap. 19, 14),
dice cómo seguían a Dios "los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo
blanco y puro (byssino albo et mundo) cabalgando caballos blancos". En el
capítulo 18 del Apocalipsis, en el que san Juan profetiza la caída de Babilonia,
se menciona al biso como una de las mercaderías que la ciudad execrada ofrecía a
los mercaderes (vers. 12), que luego lloran la extinción de la ciudad ramera así:
"Ay, ay de la ciudad grande, que andaba vestida de lino delicadísimo" (bysso).
Finalmente, en el mismo libro de la escatología cristiana, precisamente en su capítulo
19, 8, su autor anuncia la boda del Cordero y cómo la novia se dispone a las nupcias con
estas palabras: "Y se ha dado (a la esposa) que se vista de tela de lino finísimo (byssino).
Cuya tela finísima de lino (byssinum) son las buenas acciones de los santos".
Ahora sí el "recamado biso"
Según lo prolijamente expuesto, la dama lectora
de Silva, que el maestro Valencia nos muestra tendida o en actitud yacente en un diván,
al igual que la Madame de Récamier pintada por David, viste un traje de biso
recamado, o sea, con bordados de realce. También, según la mayor parte de los textos
bíblicos antes citados, tanto la mujer perfecta como los sacerdotes del templo de
Jerusalén vestían "bisos recamados", tal como lo expresan literalmente tales
textos: induti byssis opere plumarii, o sea, "vestidos con trajes de biso
(o finísimo lino) recamado o bordado". Otras veces la Vulgata de san
Jerónimo reemplaza el opere plumarii o plumario con la locución opere
polymito, que es labor o bordado hecho con hilos de diversos colores y en ocasión con
hilos brillantes de oro y plata, y este género de bordado sí que es en verdad un
"recamado viso", porque hiere la vista con tornasoles y cambiantes. Entonces,
jugando un tanto del vocablo, se puede decir que una dama luce "biso de recamado
viso"; pero por ahí se está quedando tan oculto entre sus pliegues, ese "color
indeciso", que ya no acierto qué hacer con él.
Lucano en su Farsalia emplea el plumatus
auro en la acepción de "bordado de oro". En la comedia Epidicus,
Plauto denomina plumatilis a la escamada, o sea, según definición del Diccionario
académico, "bordado cuya labor está hecha en figura de escamas de hilo de plata o
de oro". He aquí otros dos ejemplos de "recamado viso", que tanto Plauto
como Lucano emplean como calificativo de biso.
Justiniano Justino en sus Historiae Philippicae
comparte con Lucano el empleo del plumatus auro a la par que Plinio el Viejo en su Historia
naturalis, al ponderar el primor de los estofados egipcios, se divide con Marco
Vitruvio Polión, autor del tratado De architectura, y con Plauto, los honores que
otorga el uso del plumatilis fastuoso.
De lo dicho en este aparte se deduce claramente que
un biso adornado con opere plumarii era sencillamente un traje de lino fino
con recamados o bordados en realce que no daban visos. En cambio, el biso exornado con opere
polymito, o simplemente plumatus auro era un vestido de delicado lino que
lucía bordados o recamados brillantes que, al ser heridos por la luz, daban visos o
tornasoles. Ahora bien, estos recamados realzaban y adornaban, no todo el traje, sino
parte o partes de él, por ejemplo, el cuello, el cinto, las bocamangas, la orla u orillo.
Entonces, y perdóneseme la reiteración, lo que daba visos eran sólo las partes
recamadas del traje y no éste en su conjunto, mejor, la tela de lino de que estaba hecho.
Conviene no perder de vista que hay muchas variedades de lino, cuyo color proviene del que
tiene la fibra con que se teje, el cual es generalmente de tonos apagados: azul pálido,
pajizo, amarillo desvanecido, marfil, primando sobre todos el blanco, que si bien es un
color claro, no puede catalogarse entre los llamados colores vivos. Además, entre los
linos albos hay algunas variedades o matices que difuminan su blancor como el blanco
quebrado y el blanco de cera. También influye un tanto en la indecisa coloración de
ciertos linos, el género de operación que se emplea para obtener su fibra o hilaza:
enriado, agramado, espaldillado y rastrillado o peinado. Pero esto es ya lino o biso
de otro bisal y desemboquemos, por fin, a una primaria conclusión, que tanto se ha hecho
esperar: conclusión que por tan obvia es pura perogrullada. Y es ésta: la dama que leía
el libro de Silva, tendida en un diván de terciopelo rojo, vestía un traje o biso
de lino, suelto adornado con algunos bordados (ignoramos si labrados con hilos de colores
vivos y brillantes o simplemente de tonos apagados), traje, en fin, de voluptuosos
pliegues de un indefinido o dudoso color.
El primer pareado del poema "Leyendo a
Silva" está explicado claramente en el número 33 del mismo poema:
dijo entre sí la dama del recamado biso
en voluptuosos pliegues de color indeciso.
Sólo que en lugar de la preposición "en"
hubiera sido mejor emplear la preposición "de": de "voluptuosos
pliegues", etc.
La conclusión secundaria, que debería ser la
principal, es que la lectura correcta del aquí tan asendereado pareado de Valencia, y
según mi modesta opinión, es la de las dos primeras ediciones de Ritos, que en el
lugar pertinente imprimieron biso. Al doctor Guzmán Esponda le asiste y sobra razón. La
lectura viso, por inexacta, oscurece el sentido de los dos versos iniciales del
poema citado. Lejos de dar ella relumbres, sume en tinieblas.
El biso en la pintura
También en la pintura el biso de recamado
viso ha sido honrado y exaltado como se debe. Dígalo, si no, el famoso retrato de
Leonor de Toledo acompañada de su hijo, pintado por el Bronzino, y que es dable admirar
en la florentina Galería de Pitti. No desmerece a su lado la Madame Pompadour de Quentin
de La Tour, que decora una de las salas del Louvre. ¿Y qué decir del Entierro del
Conde de Orgaz, del Greco, donde los visos de los engolados caballeros que reciben el
inanimado cuerpo del Conde contrastan con los leves y sutiles bisos de las figuras casi
invisibles que vuelan en la parte superior del cuadro, que levantan en vilo el alma del
mismo Conde para entregársela, impoluta, a la divinidad trina y una?
¿Y qué decir de Botticelli, maestro de maestros en
el arte de recrear suntuosos ropajes bisinos y envisados?
Sería cosa de nunca acabar, citar aquí los nombres
de los pintores flamencos, alemanes, franceses, italianos y españoles que pintaron con
maestría inigualable personajes revestidos de recamado viso y de recamado biso.
A los ejemplos citados agregaremos algunos de los más conocidos.
Ostentan recios trajes de recamado viso: Santa
Inés leyendo la Biblia, del maestro Bartolomé Altars; los santos Erasmo y Mauricio,
de Grünewald; el retrato de Sibila de Freilag, de Bernhard Strigel. Ejemplo de traje de
deslumbrantes tornasoles es el suntuoso retrato del Duque Guillermo IV de Baviera, pintado
por Hans Wartinger. Entre los flamencos, Rubens se lleva la palma de pintor de trajes de recamado
viso; basta con citar como ejemplo su famoso autorretrato, en que él aparece al lado
de su primera esposa, Isabella Brant. Le sigue en realismo Van Dyck, con una excepción
que luego indicaremos.
En lo atañedero a pintores de túnicas, vestes o
mantos de recamado biso o de bordado lino sutil, merece mencionarse también,
dentro de esta modalidad, a Alberto Durero. El cuadro de sus Cuatro apóstoles y el
de La Virgen y el niño patentizan cómo es el ropaje confeccionado con género de
finísimo lino bordado con labor de tonos "de color indeciso". Los amplios
mantos y las andularias túnicas de los arcángeles de las Anunciaciones de Van Der
Weyden, de Hans Holbein y de fray Filippo de Lippi, lo mismo que ese indefinible velo de
la tañedora de gamba que perpetuó Van Dyck, son la más clara ilustración de lo que es
realmente un traje suelto de recamado biso, que desciende en repliegues de
indefinible, de vago colorido.
El biso y la patología
Pocas palabras tan ricas en acepciones como esta
de biso: lino delicado y fino, tela y vestido que de él se hace, banda para ceñir
momias embalsamadas de faraones o para vendar heridas, algodón de la India, tintura de
linaza, secreción glandular de los pelocípedos, cuyos filamentos se emplean para urdir
una especie de lino, y, finalmente, en sentido metafórico, palabra para halagar oídos de
rey.
Como componente, el vocablo biso invade los
territorios de la patología. En efecto, de ella proviene la bisoptisis o bisotisis
o bisinosis, que es una especie de neumoconiosis o tisis causada por la inhalación
del polvo, filamentos o motas del lino o del algodón. Esta enfermedad se conoce también
con el nombre de neumonía algodonosa y se manifiesta por un estado consuntivo
similar al de la tuberculosis.
En botánica se da el nombre de biso a una
clase de hongos que forman ciertos mohos; y en la misma ciencia se emplea el adjetivo bisáceo
o bisoide para designar lo compuesto de una masa de fibras finas y que en su
apariencia se asemeja al algodón. Bisal es la calidad del lino y bisógeno
aquello que lo produce. Bisina es el calificativo de las telas o trajes de lino. En
los textos jeroglíficos egipcios se conoce el biso con el nombre de "lino de
rey", como antes se recordó.
¿Dónde halló Valencia este "biso"?
¿En qué abismos poéticos pescaría el maestro
Valencia este biso? (empleamos intencionalmente la palabra abismo, porque, a
través del latín, viene del griego abissos, que, ya se ha visto, tiene que ver
mucho con el bissos, secreción glandular de ciertos lamelibranquios, depositada en
las profundidades marinas). Como excelente traductor que fue de poetas italianos y
portugueses, no es abusivo suponer que en alguno o algunos de sus poemas, Valencia hubiera
descubierto serendípticamente el aportuguesado o italianizado bisso, que
él, a su turno, españolizó bajo la forma de biso. Pero si no fueron aedas de
tales lenguas quienes inopinadamente le brindaron el feliz vocablo, no iríamos muy
descaminados al mencionar la Biblia como la fuente más segura de su hallazgo feliz.
Valencia cursó humanidades en el Seminario de Popayán en los años de su juventud. Desde
entonces contrajo el hábito de leer la Vulgata, que vino a ser uno de sus libros
predilectos. En la Biblia bebió, efectivamente, su inspiración para escribir los más
hermosos de sus poemas:
"Las dos cabezas", "La parábola del
monte", "Patmos", "Moisés", "El caballero de Emmaus",
"Job", etc. En los dos primeros libros del Pentateuco, en el tercero de
los libros históricos (Paralipómenos o Crónicas), en el sapiencial de los
Proverbios, en el Evangelio de Lucas y en el Apocalipsis, se
encuentran a cada paso, como ya se vio, la voz byssus y sus derivados y
complementos. Valencia la vistió de galano ropaje castellano y la usó con acierto
ejemplar. Sólo dos veces la empleó en su poema "Leyendo a Silva" y no volvió
a utilizarla, temeroso de que sus lectores e impresores la confundieran, como real e
infortunadamente sucedió, con su homófona, aunque no homógrafa, la palabra viso.
Como hay todavía mucho lino o biso que
cortar y yo me considero ya incapaz de continuar su corte, resigno aquí mis mohosas
tijeras para que las tomen manos expertas en el arte sartorial, y una vez convenientemente
afiladas, rehagan lo que yo torpemente eché a perder.