Ficha bibliográfica
Titulo:
Raíces del Cuento Popular en Colombia
Edición original: 2004-02-20
Edición en la biblioteca virtual: 2004-02-20
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Elisa Mújica
Notas: Texto de Elisa Mújica.
 
 
 
Raíces del Cuento Popular en Colombia
Elisa Mújica

Generalidades

El cuento popular no es tan ingenuo como parece. Tampoco tan sencillo. En todos los países y todas las culturas, entre los celtas, indostanes, persas, árabes, así como chinos, germanos y vikingos, se ha cultivado desde la antigüedad más remota, desbordante de un placer de vivir que sobrepasa cualquier propósito didáctico deliberado, y con sorprendente identidad en los temas y los tratamientos. En el Reino de la Nueva Granada, a la llegada de los conquistadores españoles, la mentalidad de los nativos flotaba aún en el ciclo cosmogónico, bañado en ocasiones de grandeza y en otras de pavor, sin desarrollar el grado requerido por esta forma de narración, profunda en el fondo pero ligera y juguetona en la superficie. Quienes nos la trajeron fueron los invasores, convertidos en encomenderos a raíz de la fundación de Santafé de Bogotá, en la parte central del territorio a que se refiere este trabajo. Sin dejar de combatir a tribus como la de los valientes muzos que les presentaban resistencia, vertieron en los oídos ya entregados su religión, sus costumbres y su lengua y, como instrumento precioso de acercamiento y comunicación, utilizaron los cuentos. Los mismos que, más o menos modificados por el tiempo, escuchamos también nosotros, de niños, y que desde entonces nos acompañan como si hubiéramos entrado a formar parte de su trama.

En España los habían contado las abuelas a sus nietos en las noches de invierno, sin sospechar seguramente que al poblar la imaginación de los pequeños con seres brillantes y fabulosos: genios, gigantes, ogros, duendes, princesas encantadas y encantadoras, abonaban el terreno para que ellos los encontraran en persona, cuando desembarcaran en América. Aquí no era sólo la naturaleza exótica y desbordada la que fingía a sus ojos las figuras insólitas. ¿Acaso los ex soldados de las guerras de Italia, labradores extremeños, artesanos andaluces, escuderos castellanos, no reproducían rasgo por rasgo a los héroes de los relatos infantiles, inspiradores igualmente de muchas novelas de caballería? Habían obedecido una voz interior que les mandaba abandonar lo seguro y conocido para cumplir la misión increíble de descubrir un mundo y plantar una cruz. Después regresarían a su patria a divulgar las hazañas, comparables a las del pasado, si no se quedaban a fundar nuevos pueblos.

Ya sabemos que en la Península, con pasmosa anticipación a las teorías sociales más avanzadas inclusive de nuestra época, pugnaban por imponerse los principios cristianos de comprensión y convivencia con los dueños de las tierras acabadas de despertar. A cuatro años apenas de la fundación de Santafé, Carlos V promulgó por influencia de Las Casas la disposición que suprimía las encomiendas y aseguraba a los naturales el justo disfrute de sus posesiones. Es cierto que al fin y al cabo la institución se mantuvo y que en nuestro país Jiménez de Quesada se vio en apuros para salvar al visitador Montaño, encargado por la Corona de aplicar la providencia, al que pretendían ahorcar los furiosos encomen-deros. Pero no todo podía ser apetitos egoístas. A las encomiendas ya no las manejaban únicamente los hombres. Las mujeres, esposas, hijas, hermanas, habían venido, siguiendo los pasos de sus varones. En los atardeceres, concluidos el adoctrinamiento y las labores ordinarias, se reunirían con sus subordinados, para enseñar a las indias a confeccionar sayas y jubones y a preparar platos de cocina a usanza de Castilla.

Por esas fechas, Rodríguez Freile escribía en Santafé, y Juan de Castellanos en Tunja. De los labios de las españolas saltaría el cuento, o "poesía narrativa" como ha sido denominado, hermano del romance 1 y, como éste, transportado a las cortes de Europa por los juglares y trovadores de la Edad Media. A los oyentes noveles les revelaría un enjambre de palabras intencionadas, maliciosas, forjadoras de un reino de fantasía que los atrapaba, igual que antes, mucho antes, habían hecho con los expedicionarios. La suerte no estaba jugada todavía. Si se cambiaban las cargas, quizá fuera para ellos, los en apariencia perdedores, que se hallaba reservado rescatar a la princesa cautiva y salvar los tesoros que le pertenecían a ella sola.

No hay constancia sino en pocos casos de los nombres de las instauradoras en la Nueva Granada del hogar doméstico como hasta ahora lo hemos practicado. A la mayoría se las llamaba encomenderas simplemente por ser las esposas de los amos, pero existieron las que por viudez o herencia paterna ejercieron el mando directo. En ese orden se cuenta doña María de Ávila, como informa Rodríguez Freile a propósito de un robo sacrílego cometido por un indio hacia el año 1570, en la encomienda de dicha dama, que comprendía la jurisdicción de Síquima y Tocarema. Es el mismo cronista de El carnero quien nos habla de la bella Jerónima de Orrego, hija de Antonio de Olalla y heredera de la encomienda de Bogotá, cuyo enamorado, el oidor Auncibay, mandó construir la calzada entre Techo y Puente Aranda, a fin de visitar con mayor comodidad a su amada. Junto a las esposas y las madres hacían acto de presencia las tías, dotadas especialmente al parecer para captar lo que hay detrás de las cosas. Ante nosotros las representa doña María Ramos, cuñada de Antonio de Santana, el encomendero designado por Quesada para administrar el territorio extendido entre la laguna de Fúquene y las minas de Muzo. Doña María, hallándose en oración, contempló el cuadro de Nuestra Señora del Rosario (después de Chiquinquirá), mandado pintar por don Antonio en 1570, "descender de donde lo tenían colgado y permanecer en el aire, renovada y resplandeciente su pintura", como reza el relato del milagro. Ningún otro dato poseemos sobre ella pero bastan ese instante y ese nombre para recordarla.

Analfabetos en su mayor parte los españoles aventureros, se orientaban perfectamente sin embargo en la floresta de títulos mágicos en boga por esas calendas, pues los libros del género existentes entonces se habían compuesto con base en narraciones orales. Una de las colecciones era la muy curiosa Disciplina clericalis, del judío converso Rabí Moseh Sephardi, bautizado en Huesca —la vetusta Hosca romana— en el año 1105 con el nombre de Pedro Alfonso. La formaban proverbios árabes, versos, fábulas de animales y 30 cuentos, los más antiguos consignados por escrito en castellano, cuya casi totalidad habría oído de viva voz el converso. Para librarlos de su posible pérdida decidiría recogerlos, actitud imitada a principios del siglo XVI —que es el que principalmente nos ocupa— por el librero valenciano Juan de Timoneda en El patrañuelo, con más de cien novelas cortas. Y a finales del 1700 por los Hermanos Grimm y por Charles Perrault, con la tradición cuentística germana y gala, incluidas en la primera, entre muchas más, las historias de Blanca Nieves, Hans y Grethel y El flautista de Hamelin, y en la segunda Piel de asno, Caperucita Roja y Barba Azul. Aquí no sobra una advertencia sobre que estas últimas, y otras del mismo Perrault, caerían quizá en el campo de lo equívoco y truculento, de no salvarse gracias al aliento y encanto únicos que, sin saberse cómo, lo colectivo y anónimo insufla en sus obras, preservados afortunadamente por el escritor francés.

Boccaccio fue uno de los autores que, sin desvirtuarlos, aprovechó argumentos contenidos en la Disciplina clericalis, prefiriendo los más atrevidos como las historias "en triángulo" o el de la suegra que sugiere astucias a su nuera para burlar al marido (a la Edad Media puede atribuirsele todo, menos la timidez y la hipocresía). Derivaciones del libro del judío español se perciben así mismo en las famosas "fablillas" francesas, donde hablan los animales para diversión humorística que no excluye lo erótico, no para aconsejar prudentemente a los humanos al modo del Calila y Dimna o de las Fábulas de Esopo, vertientes del relato breve, distintas del folclórico —no olvidemos que "folclor" significa ciencia del pueblo—, como lo son también los apólogos y las vidas de santos.

Sería imperdonable no citar al contemporáneo de Boccaccio, el Infante Juan Manuel, quien con su Libro de Patronio o Conde Lucanor fijó en nuestro idioma los cimientos del cuento "literario" o "de autor", del que aquí no se trata. A pesar de eso, y del acento ejemplarizante de Don Juan Manuel, del cual son ajenas como ya se expresó las producciones auténticamente populares, los campesinos boyacenses repitieron durante centurias, casi hasta hoy cuando los ha hecho enmudecer la técnica, cuentos sacados del Conde Lucanor. Así lo certifica alguno recogido por mí e incluido en este volumen. Boccaccio, Cervantes y aun Andersen explotaron esa mina. Los españoles, desde luego, se habían familiarizado más pronto que el resto de los europeos con Las mil y una noches. Las cantigas del rey Alfonso y series posteriores se valen del inexhausto filón de inspiración oriental. En esta parte cabe anotar cómo las narraciones originarias de un país realizan una especie de interacción al ser trasladadas a otro, donde no sólo se reproducen sino que de allí regresan un tanto modificadas, para servir de molde a otras variantes. Tal el caso de los cuentos de Timoneda en El patrañuelo ya aludido, que volvieron italianizados a España.

En nuestros días y en Colombia, quien mayor cosecha ha obtenido en la tarea de preservar el legado tradicional es el doctor José Antonio León Rey, autor de los libros El pueblo relata y Tierra embrujada, si bien existen más recopiladores notables como Rafael Jaramillo Arango y Antonio Molina Uribe. Para perenne regocijo de grandes y chicos don Tomás Carrasquilla reconstruyó con su gracia habitual En la diestra de Dios Padre, pequeña obra maestra escuchada por él a una vieja antioqueña. En el mural de la Academia Colombiana, no muy lejos del gaucho Martín Fierro, aparece su protagonista Peralta, provisto de la baraja que usó diestramente para engañar al diablo, despoblar el infierno y ganar en la otra vida y gracias a su humildad un puesto muy cercano al del Padre.

Fray Pedro Simón en sus Noticias historiales brinda una muestra muy diciente de la fusión de los dos elementos, el foráneo y el autóctono, a fin de elaborar un nuevo fruto participante de ambos. Mientras desempeñaba en Sogamoso y Tunja su labor doctrinera, y explicaba el misterio supremo de la Encarnación del Hijo de Dios, se enteró de una historia corriente entre los nativos, sobre que dos hijas vírgenes del cacique de Guachetá habían adoptado la costumbre de subir, apenas comenzaba a amanecer, a una de las colinas que rodean el pueblo, donde esperaban mirando al oriente los primeros rayos del sol, de modo que brillaran sobre ellas. Al cabo de varias semanas el demonio, por permiso de Dios, cuyos juicios son inescrutables —comenta fray Pedro— hizo que una de las doncellas quedara embarazada y declarara que por el sol. A los nueve meses dio a luz "una grande y valiosa ‘guacata’, que en su lenguaje es una esmeralda". Envuelta en algodón la colocó entre sus senos, donde se transformó al poco tiempo en una criatura viva.

En el relato chibcha de El niño de oro, escondido por los últimos mohanes en las cuevas del Furatena para mejor librarlo de la codicia de los extranjeros, aún se le oye llorar por los vericuetos de aquellas montañas, testigos un día de las súplicas de muiscas y caribes a sus dioses. Con su llanto desorienta a los buscadores de fortuna, pero si un guaquero consigue atraparlo y le traza una cruz en la frente, pronunciando las palabras rituales del bautismo católico, el niño se trasmuta en tunjo de oro. Con criterio racionalista podría interpretarse esa anécdota como marcada por la desgraciada circunstancia de haberse derramado a la vez sobre nuestras tierras el sacramento de la vida y la rapacidad blanca. No es así, sin embargo, como me lo enseñó el profesor Mario López, conocedor de estas cuestiones. El llanto infantil no implica la existencia del niño, mera ilusión fantasmal que asusta en las horas nocturnas y enmudece a la salida del sol. Al oírlo los que viven en el campo se persignan y se ponen a rezar.

Otras apariciones como las de la Madremonte, la Patasola, el Hojarasquín y la Tarasca, ocupan puesto en la legión de los seres intermedios entre las criaturas de la luz y los entes subterráneos, rezago en todas las civilizaciones del miedo ancestral a la naturaleza todavía no dominada. Se trata de los guardianes de frontera, dotados de poderes extraterrenos, por lo cual conviene no desafiarlos. Al decir de Arturo Escobar Uribe, en su obra Mitos y leyendas de Antioquia, crecen alimentados por ingredientes aborígenes, africanos e ibéricos. Respecto a los mohanes —o mejor mojanes—, el mismo Escobar Uribe cita a los cronistas Cieza de León y Fernández de Oviedo, que los registran como moradores de los ríos y lagunas. Por cierto que en la de Ubaque residía uno. Actuó sin quererlo —escribe Rodríguez Freile— en beneficio de un cura español que supo fingir exactamente la voz del genio de la laguna. Así se apoderó de las riquezas de un cacique.

Tales invenciones se emparentan con las de las ánimas en pena, y aun con las del diablo que celebra pactos por la venta del alma, prodigadas en Occidente desde la Edad Media. A las primeras se adscribe aquella tan acerba de "María Mandula, que volvió de la otra vida por sus asaduras", recordada por muchos con el escalofrío de placer y terror que nos recorrió cuando la escuchamos por primera vez. O la del jinete montado en un caballo negro, a quien una vieja pide candela para encender su chicote, que, cuando se marcha, deja en el aire el reflejo metálico de su sonrisa de dientes de oro, por la cual nos enteramos de que es el enemigo. Pero a algunos cuentos de este tipo no les falta un delicado y hasta tierno toque de humor, como el del muchacho valiente que se queda a dormir en un cementerio donde gana la amistad de un esqueleto, al que decide alimentar. El esqueleto se ve obligado, para no decepcionar a su amigo, a tragar la comida, que naturalmente se le escapa en seguida por las costillas.

El propósito vindicatorio de obtener por ingenio y ardides lo que la fuerza y la jactancia de los poderosos niegan a los pobres, subyace en las mil aventuras condimentadas de agudeza de Pedro Urdimales. Triunfar por una habilidad como la suya equivale a matar al dragón. En cambio el pícaro Mano Conejo o Tío Conejo, cuyas pintorescas andanzas alegran el folclor nacional, parece trasunto del duende, elfo o gnomo europeos, que alecciona al humano sobre cómo ayudarse por medio de la astucia. En El pueblo relata, el doctor León Rey trae tres variantes de una de las escaramuzas conejiles más audaces, como fue la de apoderarse de las pieles del tigre, del león y del zorro, y presentarlas a Nuestro Señor a fin de obtener un aumento de estatura. En otra versión que sobresale por su vocabulario picaresco, recogida por mí de Margarita Parra, mujer que habita en Chiquinquirá como una de las postreras contadoras de esa sección del país, no figura el zorro sino el oso. Y en una quinta variante publicada recientemente por Octavio Marulanda en la revista Aleph, se torna aún más arriesgada la empresa del roedor al comprometerse a entregar las lágrimas del tigre, los dientes del caimán, la culebra y las abejas. El final es el mismo en las cinco: el burlador sale a su vez burlado porque únicamente consigue que el Señor le haga crecer las orejas.

Margarita Parra opinaba de Mano Conejo sin disimular su admiración: "tan chirritico y tan bandido que es", calificativos compartidos por cuantos saboreaban las aventuras, aunque al contarlas a los niños resultaba preciso eliminar algunos detalles, no tan medidos y circunspectos como hubiera podido desearse. La dificultad de deslindar lo popular y lo infantil, coincidentes en puntos claves como el concepto de lo real, del que parte su recreación idealizada —nunca escapista— influye en esa propensión a pulir y desinfectar, que tiñe de insipidez y esteriliza muchos relatos.

Con fundamento en la narración criolla sería tal vez posible sacar a luz una fisonomía de nuestra gente muy distinta a la melancólica que solemos atribuirle. Esos hombres y mujeres a quienes topamos por caminos y mercados, o asomados a la puerta de sus ranchos, doblegados y miserables, que, si sus patrones les formulan una pregunta, responden con el evasivo "¡Quién sabe!" y no vuelven a desplegar los labios —así lo verificó hace más de un siglo don Manuel Ancízar en su peregrinación por los parajes que enmarcan estas páginas, y no han variado las cosas—, son sin duda dueños de un universo interior maravilloso. Lo habitan seres vestidos de esmeraldas, paladines de la justicia, la gracia y la ternura, dotados de alegría de estirpe boccacciana y rodeados de animales parlantes, lagunas encantadas y palacios resplandecientes. Como el cuento fue su maestro insuperable de español, y éste era el del Siglo de Oro, guardan los giros y vocablos y, sobre todo, el sabor de esa edad, más genuino entre más alejada de los centros poblados sea su vivienda, en regiones montañosas y de difícil acceso. Su gusto por las palabras que les cuesta trabajo pronunciar y con las que riegan sus descripciones, nace probablemente de que les suenan con la repercusión de fórmulas mágicas. Las repeticiones, frecuentes por otra parte en la narración de viva voz —que necesita apoyarse en esas muletas—, se distinguen de la reiteración ritual, como la de las tres pruebas a que se somete indefectiblemente el héroe, o la del siete, número de medida y conjuro (por ejemplo, en las botas de siete leguas). El protagonista principal ha de ser hijo único o el menor de tres hermanos, o padecer de alguna debilidad física —recuérdese al patito feo—, en lo cual se revela la marca misteriosa de un destino superior.

Los personajes de Margarita Parra, antes de librar una batalla decisiva utilizan frases convencionales como: "¡Ah malhaya un vaso de agua, un bocado de pan caliente y el beso de una doncella para matar a esta serpiente!", que se interpreta: a fin de vencer al espíritu del mal, representado por la culebra, hay que ponerse de parte de la vida, emblematizada en el agua, el fruto de la tierra y el amor de una virgen. En cuanto al "¡Ah malhaya!", es una interjección en desuso equivalente a "¡Ojalá!". Entre docenas de voces de esa laya empleadas por los campesinos boyacenses se destaca "pena de la cabeza" con la acepción de "pena de muerte". La utiliza Casiodoro de la Reina en su traducción al español de la Biblia, efectuada en 1569 y leída aún en las iglesias protestantes.

Es clásico en nuestro folclor comenzar las historias con la fórmula "Había un par de casados", que se completa por el anuncio de la categoría de la pareja, generalmente de reyes como corresponde a la importancia del mensaje que va a trasmitirse. Los jóvenes son príncipes o princesas y, en algunos casos, las muchachas reciben el título de virreinas, en reminiscencia tal vez de la época colonial. Escasean los nombres propios pues se trata de prototipos: el rey o padre, la madre, el príncipe o héroe, el hermano, la encantadora, la ogresa o bruja. El apelativo Juan o Juana caracteriza al pueblo y concede por lo regular a quien lo porta la calidad de agente sobrenatural. Hay excepciones, claro está, como la del consabido Peralta o la de Sebastián de las Gracias, el desenvuelto mancebo a quien, para volar al encuentro de Agraciada, su novia, presta sus dos alas el águila real, la misma que apaga su sed bebiendo ríos enteros como si fueran sorbos de agua.

A pesar de la intemporalidad y aun inespacialidad de un género definido como "puramente estético", nuestros contadores logran la proeza de armonizar los signos arcaicos con los paisajes, hábitos y creencias locales, para lo cual les basta el colorido de su habla. Del mismo modo que en los pesebres navideños, decorados en muchas casas campesinas, se viste a toscos muñecos de barro con el ropaje de los Reyes Magos, en los cuentos colombianos los monarcas milenarios obran como los caciques y gamonales. Mantienen a su servicio peones torpes o ventajistas, hospedan a los viajeros que van tras de algún contrato jugoso, y se comprometen a dotar de agua a la villa sedienta o a limpiarla de animales dañinos, quizá dragones que devoran a las doncellas.

La imagen deliciosa de las hadas madrinas no cuajó en cambio en los relatos autóctonos. Para cumplir su función los aldeanos apelaron a la propia Virgen María, como mediadora que no admite réplica. En nuestra versión de Hans y Grethel, ella guía a los niños perdidos y suministra a la niña la cola de ratón que ésta pasa por la hendija a la ogresa para hacerle creer que no engorda. Personifica el poder femenino de súplica, vigente en la tradición universal y que hasta ahora la mujer había ejercido. Como símbolo de vida, acepta pasivamente que el héroe la conquiste mediante un trabajo difícil —requisito previo al lecho nupcial— pero en ocasiones disfruta del privilegio de escoger, en lo que se muestra exigente y caprichosa y aun se equivoca, al no advertir en el sapo repugnante que la acosa al príncipe encantado. A ejemplo de María ofrece su constante ayuda y, hasta en el propio recinto infernal, aconseja con valor e intrepidez para burlar al demonio, a quien —hay que admitirlo— parece conocer bien. Sagaz e inteligente, compensa con creces su debilidad física y llega a desempeñar el rol de heroína, como en una de las más bellas creaciones, "El árbol que canta, el pájaro que habla y la fuente de oro", original de Las mil y una noches y de la que poseemos varias versiones, en la cual es la princesa quien se apodera de los tesoros negados a sus hermanos mayores. En fin, la mujer abre la puerta prohibida o incita a romper el veto, desencadenando con ello la acción del relato.

Tampoco resulta raro que el ayudante prodigioso adopte fisonomía masculina y que, bajo los rasgos de ángel o de genio, auxilie al que emprende la riesgosa aventura. En "El príncipe peliador", sorprendente historia escuchada en la zona de Maripí, departamento de Boyacá —que perteneció al encomendero mentado al comienzo, Antonio de Santana, cuyo apellido ostentan todavía muchos de sus habitantes—, actúa una mezcla de sacerdote y mago apodado el rey-adivino. Le corresponde reconstruir coyuntura por coyuntura el cuerpo del príncipe asesinado, hasta que de nuevo adquiere movimiento y resucita. Por su parte el héroe había templado desde su infancia su espíritu y su brazo en combates contra los animales feroces —metáforas del mundo inferior— y robado a la leona que duerme con los ojos abiertos la leche con que después lo fricciona su amigo. Así como vencido al sapo-salamandra, encarnación medioeval del ser fabuloso que puede vivir en el fuego, manejada con propiedad y desparpajo por los narradores, como si no fuera para ellos remota y extraña.

A su cita con la ficción anónima acuden igualmente las demás manifestaciones de la naturaleza. Casi no hay héroe que al iniciar sus andanzas no aproveche la complicidad protectora de un árbol —un "palo" como lo designan escuetamente los aldeanos— o no trepe a sus ramas para avizorar el peligro que lo amenaza. Bajo un espeso ramaje henchido de voces premonitorias se enteró el compadre pobre de los secretos que le habían de deparar salud y fortuna, para eterna congoja del compadre rico. Hay árboles que conceden deseos y otros que cierran el paso levantando murallas inextricables como en "La bella durmiente del bosque", los que amedrentan con sus burlas a los desprevenidos y los que crecen como escalas hasta el cielo, árboles con hojas de esmeraldas y de ópalos, cuyos frutos de rubí adquieren milagrosamente el sabor apetecido por quien los prueba, o que cantan o alumbran en la oscuridad. Yo hubiera ambicionado, en mi labor de reunir relatos de la citada zona nor-occidental boyacense, gozar con la mención de las mariposas y las esmeraldas de Muzo, de las que escribió Pablo Neruda: "...en aquel país las mariposas, especialmente las de la provincia de Muzo, brillan con fulgor indescriptible, y en aquella ocasión, después de la ascensión de la esmeralda, el espacio se pobló de mariposas... como si hubiera crecido entre nosotros, atónitos poetas, un gran árbol azul". Pero los campesinos de la región no se acuerdan de las primeras y apenas nombran a las segundas, como si se repitiera también aquí el impedimento que nos dificulta apreciar lo que tenemos más cerca. La leyenda sobre los suspiros y las lágrimas de la hermana incestuosa del cacique Hunzahua, de los que habrían brotado las criaturas aladas y las joyas verdes, suena como apócrifa.

En lo relacionado con los animales, se hallan siempre presentes, con perfiles antropomorfos y singulares. El perro es el guardián y el fiel amigo, y el gato a pesar de sus enigmas no inspira desconfianza, mientras que las aves actúan como mensajeras del más allá, y los insectos otorgan provechosos avisos. El cuadrúpedo que induce a mayor admiración mezclada con recelo es el caballo. Destinado a transportar al príncipe, lo cabalga igualmente el diablo, del que se torna cómplice. Aunque en los cuentos clásicos de cualquier procedencia el corcel realiza la misión de enlazar los dos mundos, el visible y el invisible, circulando con holgura entre ambos, lo que obviamente despierta cierta suspicacia, en nuestros aldeanos el sentimiento es más ambiguo. Casi como si reflejara alguna fijación impresa en el subconsciente colectivo por circunstancias de todos conocidas, desde la época de la Conquista.

Podrían multiplicarse los vínculos con los moldes seculares, pero aquí quiero referirme sólo a uno. Como lo han establecido los estudiosos, durante el siglo X los bardos célticos que emigraron de Irlanda al continente europeo, crearon, con la divulgación de sus romances y leyendas, el clima propicio para el fortalecimiento del cuento occidental, que sirvió de base al ciclo artúrico. Pues bien: en esa fuente germinal son comunes, lo mismo que en Las mil y una noches, las metamorfosis del héroe para engañar a sus enemigos y escapar de sus persecuciones. He comprobado que la serie de mutaciones contenidas en un cuento galés tomado de un manuscrito del siglo XIII, transcrito por Joseph Campbell en su obra El héroe de las mil caras, efectuadas las respectivas equivalencias coincide casi exactamente con las de una de las historias recolectadas por mí. Dice así la del país de Gales:

...Cuando él la vio se convirtió en liebre y huyó. Pero ella se convirtió en lebrel y estuvo a punto de alcanzarlo. Entonces él corrió hacia un río y se convirtió en pez. Y ella lo persiguió bajo el agua convertida en nutria, hasta que él se vio obligado a convertirse en pájaro y volar. Y ella, bajo la forma de halcón, lo siguió y no le dio descanso. Y cuando estaba a punto de apresarlo, él descubrió un montón de trigo en un granero y se convirtió en uno de los granos. Entonces ella se convirtió en una gallina negra, escarbó el trigo, encontró el grano y se lo comió.

En el vocabulario de Margarita Parra las transformaciones son éstas:

...Entonces el caballo se convirtió en un anillo y la muchacha se lo puso en un dedo. Cuando el mago fue a quitárselo, ella estuvo rápida y lo botó a un pozo. En el agua el anillo se volvió una sardina, y el mago un pescado grande. Empezaron a peliar y peliaron hasta que se cansaron. Entonces salieron del agua y la sardina se volvió un granito de maíz, y el mago se volvió un gallo pa irle a echar pique. Pero cuando menos acuerda, el grano se volvió un zorro. Cuando el gallo estiró el pescuezo, zas, se lo zampó el zorro.

El final feliz, típico de los cuentos populares como de los infantiles, es indispensable y no puede escamotearse. Constituye la razón de ser de lo expuesto, la lección impartida soterradamente pero que implica, según el pensamiento de Campbell en el libro citado, "la trascendencia de la tragedia del hombre". O sea que, en conclusión, el cuento popular se asimila a la historia del ascenso del alma a la cumbre mística, donde recibe la recompensa soberana por haber perseguido hasta la muerte los valores que justifican haber nacido.

Los cuentos de Margarita

"Las altas torres del humo", el primero de los cuentos incluidos en el presente tomo, recuerda en su comienzo varias historias de Las mil y una noches, en las cuales la figura del pescador —tan repetida en los cuentos orientales al decir de Cansinos Assens, prologuista y traductor de esa obra en la colección de la Editorial Aguilar— simboliza a quien, comunicado con el más allá, se dispone a recibir lo que éste quiera mandarle. Para el de "Las altas torres" se repite por tres veces, como es lo usual, la oferta que le promete la riqueza. El pescador indaga qué debe entregar en cambio, ya que todo logro implica un pago. Los encantadores que ofrendan tesoros por la posesión de un ser humano abundan así mismo en Las mil y una noches.

La originalidad de la versión boyacense se centra en el comportamiento de los personajes. Las reflexiones del hijo del pescador, al quedarse solo en el palacio encantado, son realistas y personales, como las que se formularía la misma narradora Margarita Parra al encontrarse por azar en situación semejante. Cuando pasados siete años el muchacho regresa al hogar, no lo reconocen sus padres. Tampoco sus hermanas, con lo cual se introducen elementos nuevos para provocar el alejamiento de la encantadora: una vela y una caja de fósforos. Los padres dan posada al hijo, aun sin saber que lo es, y prestan atención especial a la cabalgadura, que desenjalman y echan al potrero. Antes, al manifestar el pescador que "ha entregado su hijo a una voz", la narradora obtiene sin sospecharlo un verdadero acierto expresivo. Después la voz encarna, automáticamente y omitiendo toda explicación, en "la encantadora".

Es notorio el parentesco de "Las altas torres del humo"
—título de la exclusiva invención de Margarita, que por cierto saboreaba como consciente de su belleza— con "La bella y la bestia", de Charles Perrault, sobre todo en la prohibición de mirar al ser dormido junto al protagonista. Pero aquí, al romper el veto y encender la vela suministrada por las celosas hermanas, el muchacho no encuentra a un monstruo horripilante sino a una mujer hermosísima. En castigo por su desobediencia la en-cantadora, que defiende esforzadamente su virginidad, como se desprende de los episodios ocurridos después con la aguilita, conduce a su enamorado a lo alto de una montaña ("un montañón", especifica la contadora), donde permanecerá hasta que tenga "la barba al pecho", buena medida para dar indicio de que ha alcanzado la madurez. En seguida se anudan otras aventuras, como si se tratara de un relato diferente aunque muy bien amalgamado con el principal, según procedimiento repetido en estas historias.

No faltan sin embargo las incongruencias. ¿Por qué el padre de la encantadora la encierra cada noche bajo siete llaves, cuando ella ha sido una criatura libre, que anteriormente dormía junto al mancebo en el palacio de la laguna? A Margarita, tan escrupulosa de ordinario en no dejar cabo suelto, ese detalle la tiene sin cuidado. Cuando se reúnen nuevamente los enamorados, la mujer reacciona como una virgen (la diferencia de sexo entre los protagonistas del cuento de Perrault y los de Margarita es definitiva en su psicología). Entonces llama al padre en su auxilio, aunque desde luego ha reconocido a su antiguo pupilo. Quizá busca inconscientemente aumentar los obstáculos para la realización de su amor, como si presintiera que desembocará en el parricidio.

A fin de entender por lo menos en parte la insensibilidad a este respecto de ambos amantes, habría que considerar la fecha original del cuento, probablemente inventado en la época feudal, cuando los padres ejercían el derecho de vida o muerte sobre su prole, que para liberarse apelaba a veces al crimen (el viejo, no obstante los cuidados y mimos prodigados a su hija, la amenaza con "la pena de la cabeza" por el simple hecho de despertarlo en la noche tres veces seguidas. Con mayor razón no habría descansado hasta lograr la destrucción de los enamorados, de haberse enterado de su pasión, sin que bastara para salvarlos el poder de la patita mágica conseguida por el joven como premio a su bondad con los humildes).

Pero es que además la simbología del parricidio, como imperativo para romper con el pasado y emprender vida nueva, desde mucho antes de Freud se registra en los relatos arcaicos. Campbell anota en El héroe de las mil caras:

...Cuando el niño sobrepasa el idilio con el pecho materno y vuelve a enfrentarse con el mundo de la acción adulta especializada, pasa espiritualmente a la esfera del padre, que se convierte para su hijo en la señal del trabajo futuro, y para su hija, en el futuro marido. Lo sepa o no, y sin importar cuál sea su posición en sociedad, el padre es el sacerdote iniciador a través del cual el adolescente entra a un mundo más amplio. Y así como antes la madre ha representado el ‘bien’ y el ‘mal’, ahora eso mismo es el padre, pero con esta complicación: que hay un nuevo elemento de rivalidad en el cuadro: el hijo contra el padre por el dominio del universo...2

En varias narraciones de El pueblo relata, de José Antonio León Rey, se pide al héroe que actúe como repartidor de objetos dotados de facultades extraordinarias, llegados casualmente a manos de quienes no los aprecian lo suficiente. En una de esas historias, titulada "La sirenita del mar", el hijo de un pescador es entregado a una sirena, igual que en "Las altas torres del humo". Tiempo después varios animales exigen del muchacho el reparto justiciero de una res, lo que se efectúa proporcionalmente y a completa satisfacción. No obstante, la trama de "La sirenita" conduce a un desenlace totalmente distinto al del cuento de Margarita.

Lo más curioso de "Las altas torres" consiste en la existencia de un "doble yo", representado por el huevo colocado en la cabeza de la serpiente, del cual depende la conservación de la vida del padre de la encantadora. Es el tantas veces citado Campbell quien menciona, al hablar de las imágenes de indestructibilidad, "un alma externa no afectada por las pérdidas y heridas del cuerpo presente, que existe a salvo en algún lugar apartado". Así también la vida del personaje de Margarita Parra permanece a salvo mientras el huevo no se rompa, lo que emparenta extrañamente el cuento boyacense con la declaración efectuada a Campbell por un brujo, ése sí de carne y hueso, quien le manifestó: "Mi muerte está lejos de aquí y es difícil de encontrar en el ancho océano. En este mar hay una isla y en la isla crece un roble verde y bajo el roble hay un cofre de hierro, y dentro del cofre hay una cestita, y en la cestita una liebre, y en la liebre un pato y el pato tiene un huevo; el que encuentre el huevo y lo rompa me matará al mismo tiempo" 3 .

En parangón con lo anterior, el padre de la encantadora de "Las altas torres" le dice a ésta: "Ah, mijita, ujum... ujum... para que yo me muera tienen que ir a la hacienda de un rey a donde va una serpiente a comerse las terneras, y el que la mate y le saque un güevo que tiene en la porra y venga y me lo espiche en la frente, así sí, entonces me muero".

Para terminar los apuntes sobre esta narración hay que señalar la gracia de expresiones gráficas, que le confieren una nota persuasiva y realista: "Buscó debajo de la cama y encontró que la plata era tanta que empujaba p’arriba las tablas", "Si la quiere vaya cójala usté misma porque yo no voy a buscar a un animal resabiao de la montaña", etc.

La enfermedad como pretexto para librarse de un importuno, es recurso al que se apela no sólo en el cuento picaresco "La viuda", incluido como segundo de esta colección, sino en otro muy diferente, "El príncipe peliador", que también se recopila. En ninguno de los dos experimentan el menor escrúpulo las mujeres que lo utilizan, lo que contrasta con la limpieza de conciencia de que da muestras el tentador en el mismo relato. Primero aconseja al marido engañado no probar la chicha de Juanacaliente, a pesar de no ignorar que, si lo hace, quedará más fácilmente a su merced. Y después reacciona como un pariente indignado que ha advertido a tiempo a un menor de edad las consecuencias funestas de su desobediencia.

Cometida la falta el espíritu maligno se considera autorizado para proponer al infractor la compra de su alma, negocio muy practicado en las leyendas occidentales, como ya se dijo. Por su parte el marido oye la oferta con la calma de quien se enfrenta a algo fatal, que no está en su mano evitar.

La canta a cargo de la viuda en el jolgorio, organizado tan pronto como se ausenta el marido, desborda intención y malicia y podría figurar a maravilla en las series donde se muestra esa vena popular, al igual que la respuesta del maligno. Con una sola frase, "la rochela del baile y de la cantazón", se describe perfectamente la alegría reinante. Cuando la narradora refiere que al amanecer "echó a salir la gente", no se necesita más para imaginar el desfile de las tambaleantes parejas a la hora en que los gallos empiezan a cantar. El final de "La viuda" carece de moraleja, como es la regla en el auténtico cuento popular, más dado a reflejar la vida que a encauzarla, y ubica a los personajes en una estampa plástica y divertida muy rara en nuestro folclor. A pesar de la intervención diabólica —o ¿por eso mismo?— el relato es un ejemplo de realismo boccacciano casi sin ejemplo entre nosotros.

Con base en los cuentos populares colombianos podrían intentarse —como ya se insinuó— conclusiones sobre la idiosincrasia de nuestros campesinos. El hecho de que en el tercero de los cuentos recogidos, "El compadre rico y el compadre pobre", éstos, después de que el segundo queda ciego a causa de la maldad del primero, compartan sin embargo y con la mayor naturalidad los alimentos que han llevado al paseo, y se separen como buenos camaradas, ¿qué está indicando? ¿Alude a la resignación ancestral de los desheredados de la fortuna, que se someten a las mayores vejaciones como si fuera "lo que tiene que suceder"? En cambio los animales sí reaccionan para castigar al mal compadre y restablecer los fueros de la justicia, tan mal parada por la conducta del que no sólo ha intentado una vez la perdición del otro, sino que demuestra contumacia en su pasión.

La circunstancia de existir varias versiones del mismo argumento (verbigracia, las reunidas por León Rey en su libro citado) 4 , permite compararlas, con ventaja a mi entender para la nuestra. En ésta se contrapone sutilmente el compadrazgo tan mal vivido por los dos hombres, con el alegre y servicial de las aves charlatanas, que se cuentan historias a fin de amenizar la larga velada. (El malestar de estómago padecido por el chulo se explica, según una de las versiones de León Rey, por los hartazgos debidos a la muerte de gente y animales en el pueblo sediento). El compadre del chulo es un jóbito, ave hasta ahora desconocida en el folclor colombiano. Cuando interrogué por ese motivo a la narradora campesina, me contestó con otra historia, según la cual el cuervo sacado del arca por el patriarca Noé a fin de averiguar si había terminado el diluvio, era de color blanco y se llamaba jóbito. Por no cumplir la comisión encomendada, y preferir quedarse a su placer en la tierra ya seca, fue transformado en chulo. Al parecer en el Departamento de Boyacá se conservan sin embargo algunos ejemplares, descendientes del jóbito del arca antes de que se efectuara el cambio de color y de nombre.

En los convenios llevados a cabo entre el compadre pobre y los "reyes" de los dos poblados, a fin de instalar el servicio de agua y mejorar la salud de la princesa, se nota el recelo característico de los aldeanos, que los induce a tomar precauciones y dejar desde el principio bien aclaradas las cosas. Sobre los alimentos y su preparación, Margarita, como cocinera que es primordialmente, cita hasta el tiempo requerido por la cocción. En cambio olvida el nombre de la planta que devuelve la vista al ciego y sana a la princesa, dato consignado en una de las versiones de León. Es la "suelda consuelda", citada por Mutis en su Diario de observaciones y usada todavía en medicina popular en Colombia.

El cuento de "El compadre rico y el compadre pobre" encierra mucho más de lo imaginado a primera vista. La reiteración exacta de la fórmula para preparar la gallina y despresarla, pronunciando iguales palabras, antes de cometer la agresión física, recuerda una especie de acto ritual con derramamiento de sangre. La satisfacción del deseo innato de apoderarse de los secretos de las aves mediante la posesión de su lenguaje, ostenta también trayectoria antiquísima en las leyendas de todos los países. En cuanto a la ausencia de sorpresa una vez que esto se produce, constituye la prueba de haber ingresado en un ámbito mágico donde nada asombra y todo se realiza. Por último, el anhelo de disfrutar de un reparto equitativo de las riquezas, hasta ahora negado a los seres humanos, es una constante marcada en la mayoría de los relatos, empezando por el de "Alí Babá y los 40 ladrones".

En nuestra quinta narración, "La mujer y la gata", abundan reminiscencias de aquel ejemplo graciosísimo del Infante Juan Manuel en El Conde Lucanor, sobre "el doncel que casó con mujer brava", tema del cual, según se dice, tomó Shakespeare el argumento de La fierecilla domada.

Entre nosotros, y en la versión de Margarita Parra, la mujer no padece de ira sino de pereza, y aunque el marido, a fin de impartirle una lección lo bastante contundente como para que no la olvide, se ve obligado a castigar a una inocente gata, al menos no la sacrifica como sí lo hace con su caballo el doncel del Conde Lucanor. Aquí la pariente de Micifuz apenas si recibe una que otra caricia de las muchas sembradas por el desesperado esposo en la espalda de la mujer comodona y descomedida.

En tan breve relato se destaca la práctica sabiduría del pueblo, trasmitida por algún casi contemporáneo de Don Juan Manuel a sus oyentes de tierras americanas, que éstos asimilaron con el transcurso del tiempo hasta injertarla en la mollera de un simple "maestro" de albañilería. Simple sin duda pero deseoso de zanjar su problema por medio de un procedimiento enérgico y a la vez indirecto y diplomático, para corregir el mal sin perjudicar su matrimonio, que quiere salvar a toda costa.

Por comentario del doctor Eduardo Mendoza Varela he sabido que en Guateque circula una variante del mismo argumento de Don Juan Manuel, sobre la mujer brava y el animal expiatorio. Ésta, con el papel desempeñado por la gata, no se encuentra en ninguna otra colección colombiana.

Una primera lectura de "La Mayorcita" lleva a suponer que, por su sencillez, no hay lugar a muchos comentarios. Pero, después se revela su interés, empezando por la sagacidad narrativa con que Margarita menciona en un principio y como de pasada la belleza de los "cabellos de oro" de la niña, clave del relato, para continuar acentuándola en un crescendo muy bien graduado, hasta conseguir que, desplegados al sol en la laguna, adquieran su definitivo prestigio a los ojos del príncipe.

De los seres acuáticos que pueblan el universo de la fantasía, el más célebre es "La Sirenita", de Andersen. Provistos o no de cola, aparecen y desaparecen en Las mil y una noches, siempre con la particularidad de su afición a los humanos, aunque sin perder tampoco la costumbre, cuando se remontan a la superficie, de volver a visitar sus antiguas querencias.

En "La Mayorcita", la protagonista, a más de dormir en la laguna suele sumergirse en sus ondas "endespués de lavar". La narradora añade que "pu’allá duraba harto rato". Menos mal que nada indica su pretensión de inducir al príncipe a habitar debajo de las aguas y que, al final, distraída de ese hábito gracias a sus amores, se humaniza por completo.

El calificativo de "mayorcita" para la vieja, siempre en diminutivo en boca de Margarita, lo mismo que expresiones como "cuando la vido bien, bien", o que "esperara hasta que ella se muriera, que sería presto", traen un eco del casticismo español que se quedó enredado en las breñas boyacenses.

La unión de dos famosas historias: "Piel de asno" y "La Cenicienta", ambas de Perrault, conforman la argamasa de este relato. Así como en la primera la princesa se disfraza con la piel del animal para librarse de los peligros que le acarrearía la divulgación de su identidad, en la boyacense la niña de la laguna apela para lograr sus fines al "pellejo" de la mayorcita fallecida, ajustado perfectamente a su cuerpo y sus facciones. El ardid resulta más convincente que el del cuento francés. Removible a voluntad como el otro, modifica completamente la personalidad y no parece desactualizado en esta época de los trasplantes no sólo cutáneos sino del corazón y de cualquier otro órgano.

La pista que en "La Mayorcita" se suministra al joven para obtener la extraordinaria revelación, repite el truco de "La Cenicienta" pero reemplaza el zapatito de cristal por el cabello enredado en la peinilla principesca. Los sentimientos del joven cuando lo encuentra, que evolucionan desde la primera sorpresa al amor rendido, se describen con envidiable convicción y economía de palabras: "Ese día el príncipe sacó la peinilla para peinarse y topó el cabello enredado. Se lo echó al bolsillo pensando que de quién sería. Endespués mandó traer su yegua, la ensilló y se fue para la ciudad, a igualarlo con el pelo de todas las princesas pues estaba resuelto a casarse con la que lo tuviera".

De cosecha de la contadora hay varios aportes, como la advertencia formulada a la niña por la vieja, de no afrontar sin defensa el mundo donde pueden ojearla. O la de la observación sobre la conducta del príncipe, al apartar de la comida "lo primero para ella. Hasta que no comía la princesa no comía él". O la que recalca el sutil cambio en la conducta de los suegros, al contemplar a la nuera cubierta de esmeraldas, cuando le abren los brazos y la llaman "mijitica de mi corazón". Por cierto que los indios muzos veneraban, según cuenta la leyenda, a la diosa Fura Tena, que se vestía de esmeraldas extraídas de las minas y vivía en un palacio fabricado con las mismas piedras.

"La Mayorcita" no ha figurado hasta ahora en las colecciones populares, aunque no faltan algunas reminiscencias en los cuentos recogidos por el doctor León Rey.

Los perfiles míticos de "El príncipe peliador", el cuento más notable de esta colección, se manifiestan desde el primer momento por las aventuras del príncipe que lucha contra los animales, como lo hizo en el comienzo el hombre nómada, obligado a vivir de la caza. Luego viene la prohibición de abrir una de las puertas del palacio donde habita el gigante, la que corresponde al cuarto ocupado por éste. Vetos semejantes se encuentran en los mitos más antiguos, en los que también figuran seres descomunales que se relacionan con los orígenes de nuestra especie.

Cuando surge la pasión amorosa de la madre del príncipe con el gigante, hay un detalle de belleza que impresiona: el corazón de la mujer palpita con más fuerza en el momento en que el hijo se acerca a la casa desde una distancia de siete leguas. El gigante capta el fenómeno sin parar mientes en su poesía, pero aprovechándolo a fin de tomar medidas encaminadas a dar muerte al príncipe, que le estorba para el transcurso feliz de sus amores con la madre.

El héroe no queda desamparado, sin embargo. Se beneficia con la intervención de un ser investido nada menos que de los poderes de adivino y rey. En esa mediación tiene que ver el amor, pues el príncipe pretende a una de las hijas del mago, la que él escoge libremente y no la que lo busca por orden de su progenitor.

La leche de la leona, destinada a cumplir un cometido especial y mágico, no puede extraerse sin peligro sino cuando duerme la fiera, lo que hace con los ojos abiertos, aumentando así sabiamente la tensión del relato. El sapo-salamandra es otro animal fabuloso, al que el príncipe debe derrotar para apoderarse de sus agallas y demostrar que es el más fuerte.

Aquí uno vuelve a preguntarse: ¿cómo llegaría a la narradora iletrada, trasmitido por otros contadores igualmente ignorantes, el conocimiento de un bicho legendario —la salamandra— perseguido por los alquimistas y que se creía que podía vivir en el fuego?

Finalmente la disposición que toma el príncipe antes de someterse al sacrificio dispuesto por los amantes (que él acepta con curioso estoicismo), sobre la manera como los victimarios habrán de tratar sus despojos mortales y colocarlos junto con su lanza —recuerdo del padre y una manera de tenerlo presente— a lado y lado de la cabalgadura, posee claro contenido simbólico. Lo mismo, las instrucciones para el descoyuntamiento de los miembros, las cuales indican la certidumbre de la vuelta a la vida, al cumplirse un término que con antelación ha sido previsto.

El horror de que la madre se convierta en coautora del asesinato no se ocultaba a la que me lo narró. Ella misma fue quien me dio la clave, sin sospechar naturalmente que pisaba un terreno legendario: la única forma de devolver la libertad al hijo consiste en que quien le ha dado el ser se lo quite. En este relato la misma madre corta, por así decirlo, definitivamente, un invisible pero sólido cordón umbilical. Saldada la deuda le está permitido al príncipe impartir justicia. Tal vez la solemnidad que reviste aquí el matricidio, cuyo contraste se advierte con la manera calculadora de que da muestras la hija en "Las altas torres del humo", al atentar contra su padre, se explica porque en el mito primitivo se presentan los valores esenciales, no así en las figuraciones sucesivas, ya contaminadas.

La reanimación del cuerpo mediante la aplicación de las unturas milagrosas cobradas a los irracionales, remonta así mismo a las leyendas originales.

Se conocen cuentos nacionales que hablan de brebajes como la leche de la leona, y de combates con fieras, pero ninguno alcanza las repercusiones ni la interesante urdimbre de "El príncipe peliador". Para don Ernesto Volkening, quien tuvo ocasión de oírlo en mi grabación años antes de su muerte, su sabor arcaico se unía a las leyendas de Osiris y Dionisos, cuyos cuerpos cortados en pedazos se diseminaron por la tierra y resucitaron posteriormente según las mitologías egipcia y griega.

En nuestros cuentos populares no falta, como no podía ser de otra manera, el tema del agradecimiento de los irracionales. En "El bobito" lo manifiestan el perro y el gato, cuando se proponen descubrir a cualquier precio el paradero de la sortija de su amo, único medio para éste de salvar la vida y reconquistar su felicidad.

A los anillos se les atribuye el poder de favorecer a quien los porta. La sortija más famosa es la que fue propiedad del rey Salomón. Entre ésta y la que Margarita muestra en "El bobito" hay la curiosa coincidencia de haber sido perdidas ambas y reencontradas en el vientre de peces de color blanco y negro. En lo tocante a la sortija de Salomón, suministra el informe. Cansinos Assens, a quien ya cité como prologuista y traductor de Las mil y una noches.

En "El bobito" es significativo que el anillo pertenezca primero a una serpiente, emblema de la sabiduría y la astucia. Por cierto que en su trato con ésta el protagonista, al negarse a "meterle los dedos entre la jeta", se libra probablemente de la mordedura fatal y demuestra que no es tan pobre de espíritu como quiere hacerlo creer el título. Protege al perro y al gato abandonados por sus antiguos amos, con lo que compra su solidaridad. Al final espera que sean las cinco de la mañana para que el anillo le devuelva a los insidiosos amantes, como si adivinara lo que sucede a esa hora entre ellos, a lo cual se deberá el sumario castigo impartido por el padre.

Técnica interesante de la narradora es la de omitir detalles cuando un acontecimiento puede averiguarse de manera indirecta e inequívoca. Así, al localizar los animales a la mujer adúltera, Margarita se limita a decir que "despertó la señora princesa y despertó el novio", con lo cual queda establecido el estado de la relación amorosa. Hay ironía subyacente al otorgar a la mujer el título de "señora princesa", y el de simple "novio" al amante. En esta narración la esposa paga con la vida su infidelidad, sin que nadie recuerde que ha sido leal a su primer amor, el que tenía, como en el romance, "al otro lado del río".

Otro relato, "El mago de los libros", se distingue del famoso "Aprendiz de brujo", aunque su tema es similar, gracias a que el poder adquirido por el neófito al adueñarse de los secretos de su amo no se utiliza en beneficio propio ni para divertirse a costillas de otro. Quizá por esto el muchacho triunfa en su empresa de ayuda filial, al revés de lo que ocurre al pícaro aspirante, en la leyenda tradicional.

Como en los restantes cuentos de Margarita, no faltan aquí los términos y precisiones que lo colombianizan. El día de mercado es el domingo, al igual de lo que se practica en la mayoría de nuestros pueblos. Para entonces necesitan los campesinos disponer de dinero con que "hacer la semana", según la gráfica expresión de la contadora, pues de lo contrario carecerían de víveres en seis días consecutivos. Luego, en la venta, cuando llega el mago, pide "un gran almuerzo y cerveza", con lo que demuestra, según el criterio pueblerino, su buena situación económica. La muchacha que lo atiende va al pozo a traer agua en un perol, como es la costumbre de las campesinas. Por cierto que le parece lo más natural oír hablar a un caballo (se lo explica diciéndose simplemente que el animal tiene sed), y que, acto seguido, pierda su figura corporal y se metamorfosee en un anillo. Cuando el zorro se traga al gallo, Margarita utiliza los verbos castizos y exactos: "Cuando el gallo estiró el pescuezo, se lo zampó el zorro".

De este tema tampoco existen variantes en nuestras colecciones populares.

"La mujer y el diablo" pertenece a la serie de cuentos boccaccianos de Margarita, como "La viuda". El doctor León Rey en El pueblo relata trae "Un negocio con el diablo", versión casi igual de este mismo argumento. Pero allí la mujer se limita a aconsejar al marido que se confiese con el señor cura, y es éste el que brinda la solución, consistente en que la esposa se vista con las ropas sagradas: estola, roquete y alba, y que así se presente al demonio, caminando en cuatro patas. En esa forma destruye lo que puede de la sementera y el diablo huye asustado por lo que considera un extraño animal, cubierto con las vestiduras sacerdotales.

El deseo de edificar a los oyentes, notorio en esta variante
—más reciente que la de Margarita— cae en el extremo opuesto al que se busca. La mujer adopta una postura humillante para los signos que porta, mientras que, precisamente por su naturalidad y picardía, la emplumada de nuestra versión se salva de la censura.

La descripción del estado de la siembra, y del trabajo realizado por el demonio para cumplir su parte del pacto, es la de quien conoce a fondo esas labores por haberlas ejecutado personalmente. Cuando dice la narradora que "a cambio del alma él le cuidaba el maíz para entregárselo seco", está contemplando mentalmente y con embeleso el panorama de la cosecha esperada y lograda.

El hijo del par de casados que figura en otra de las narraciones, la titulada "El jugador y el diablo", encarna a quienes, aunque dueños de brillantes cualidades, escogen la línea más fácil y se entregan a un vicio. Pero la rudeza del camino que les toca recorrer los corrige y les enseña a trabajar y encontrar la felicidad.

Como en los demás de la serie tipificada por los hijos que abandonan la casa paterna para buscar fortuna, en "El jugador y el diablo" abundan las aventuras, aquí un tanto desperdigadas aunque siempre vistas desde un ángulo medroso y cuajado de premoniciones, que no cede hasta el fin. El diablo es el dueño de una finca en la que se emplea el muchacho. Al igual que todos los personajes encumbrados de estos relatos, vive como gamonal del pueblo y se "echa a dormir" a continuación de un viaje que le ha acarreado buenas utilidades. Pero se halla casado con mujer que se compadece del joven al que desea ayudar por lo cual le muestra la manera de burlar las tretas urdidas por el terrible caballo de su marido.

Según costumbre, la narradora no prescinde de los detalles prácticos que enriquecen su relato. En la casa infernal, el orden de las comidas es riguroso. Todo sucede a sus horas. Al aproximarse la terminación, se imita perfectamente un diálogo en una tienda de pueblo, cuyo resultado negativo irrita y ofende al presunto comprador. El demonio, sorprendido por la forma como el héroe se libra del ataque traicionero del caballo, para concluir de una vez lo conduce a la siniestra torre, donde un buitre roe los huesos de los muertos, como en los relatos terroríficos de Las mil y una noches. Cuando, después de haber escapado del infierno, el protagonista se encuentra con Juan, personaje indefinido e irreal aunque dotado por excepción de nombre propio —lo que parece conferirle el papel de enviado providencial— se ocupa de lavar los caballos y de ejecutar las tareas propias de una finca, a las que Margarita asigna especial importancia.

En la finca el muchacho conoce a la mujer-pájaro, de la misma estirpe de las que figuran en el relato de Menaru-Sunna y el príncipe Hasán, en la tan citada colección de cuentos orientales. La diferencia consiste únicamente en que en aquél, en lugar de aletas, la princesa se vale de un traje de plumas para poder volar. Su madre es una ogresa.

La protagonista de "El jugador y el diablo" quiere vengarse de su enamorado en igual forma que Menaru-Sunna lo hace de su amante, quien —afirma el comentarista Cansinos Assens— "la hizo suya valiéndose de un ardid, con malas artes, pues le quitó su traje de plumas y así la incapacitó para la huida".

En el relato de Las mil y una noches, la joven, durante su permanencia junto a seductor, tiene un hijo, lo que no sucede en "El jugador y el diablo". Pero Menaru-Sunna también se arrepiente de haber dejado a su amante, por "las afrentas y torturas físicas que su hermana le inflige". En el cuento boyacense, es la madre responsable del cruel trato sufrido por la prisionera. Ogresa, agola o vampira, representa a la clásica chupadora de sangre humana, superstición universal que no podía faltar en esta serie de cuentos colombianos.

Del cuento "El Sirenito" surgen, no obstante su ingenuidad, algunas ideas como las siguientes:

La fórmula inicial: "Había un par de casados que eran reyes", común a casi todas las narraciones aquí presentadas
—como se detalla al comienzo de estas páginas— concuerda con una creencia al parecer muy arraigada en la contadora y tal vez unánime en los campesinos: la de que toda pareja de hombre y mujer unida en verdadero matrimonio es como si ocupara un trono real. En "El Sirenito", la confirmación de que se trata de un hogar bien constituido y feliz la dan las doce hijas y el hecho de que "las pusieron a todas en el colegio", anhelo recóndito este último de la gente de campo, que por desgracia pocas veces se realiza.

En su camino al centro de enseñanza —que se entiende quedaba retirado del rancho— las niñas tropiezan con un "sirenito", personaje nuevo en la ficción popular aunque con el antecedente mitológico de los tritones hijos de Poseidón. El cuento no explica si posee la peculiaridad de sus hermanas sirenas respecto a la cola, pero es posible que no. Tampoco desea imponerse merced a recursos excepcionales, sino únicamente conseguir una buena compañera para compartir con ella sus inmersiones. Por su manera de ser dulce y simpática merece el diminutivo que cariñosamente le aplica Margarita. Su hermosa fórmula para proponer matrimonio: "¿Tienes gusto y voluntad de casarte conmigo?", quizá es la que emplean en sus declaraciones amorosas los aldeanos.

La terrible decisión de atar a la niña y ordenar a los soldados que efectúen un "descargue" para matarla, prueba hasta dónde se considera, o se consideraba en el campo, la vida de los hijos como propiedad exclusiva de los padres.

"Los niños y la virgen", el cuento que viene a continuación, es otra variante de "El pájaro que habla, el árbol que canta y la fuente de oro", una de las narraciones más poéticas y divulgadas de Las mil y una noches.

Pero, mientras que en el relato oriental el califa Harún-al-Rachid espía a las doncellas y así se entera de sus deseos con respecto a sus bodas, en el nuestro las muchachas no se andan con ambages y son ellas las que van "en derecho del rey" a proponerle matrimonio. Con sabiduría muy femenina, la primera joven ataca la vanidad masculina y promete al futuro marido el obsequio de un precioso vestido si se casa con ella. La segunda se decide por la gula y esboza un panorama de deliciosos manjares. La menor es la gananciosa porque tiene en cuenta la ternura y promete al rey que será padre, al año justo de las bodas.

Curiosamente, pues, y vale la pena hacerlo resaltar, la mujer sin pulimento y casi primitiva que es Margarita Parra, menciona sin omitir ninguna, las tres armas principales utilizadas en el pasado por sus hermanas de sexo, con el fin de ejercer sobre sus compañeros el sutil dominio que daba a éstos la sensación de mandar y de que todo marchaba como era debido, para el logro perfecto del bienestar hogareño.

Sin embargo, en esta versión no faltan las incoherencias. Se ignora por ejemplo el motivo que impulsa a la comadrona y a la "muchacha de servicio" a atentar contra la reina y sus hijos. Si obran por consejo de las envidiosas hermanas, éstas ya han desaparecido de la escena por esas calendas. Al involucrar en el crimen a la criada, la contadora Margarita parece ser víctima de una influencia del medio ambiente, que ella acepta sin beneficio de inventario en perjuicio de sí misma y de su clase.

Las pruebas impuestas por el jardinero del palacio a los niños son típicas de muchos relatos populares que todos recordamos. Pero con ellas el adversario de los chiquillos obtiene un resultado contraproducente para sus malas intenciones. La presencia de las víctimas y la gratitud por los servicios que le prestan despiertan en el rey el cariño paternal aun antes de ocurrir la revelación, que aquí compete a la Virgen y en el cuento de Las mil y una noches al pájaro encantado. Esa preparación para lo que va a suceder constituye un acierto psicológico, ausente de las demás versiones, incluidas las que contienen El pueblo relata, de León Rey.

Muchas veces me he preguntado por el significado de los tres "cantíos" del pajarillo posado en el manzano, que se escuchan al final del relato con intervalos de media hora. Quizá equivalen a los repiques de las campanas para anunciar la misa, lo que se justificaría por tratarse de la aparición de la Virgen, que ha salvado milagrosamente a los muchachos.

En la recopilación del doctor León Rey se encuentran varios episodios de una serie muy divertida y abundante: la comprendida por las aventuras de Tío Conejo o Mano Conejo, ya nombradas en la parte correspondiente a "Generalidades".

Desafortunadamente Margarita no poseía un buen repertorio de este tema. En la única muestra que nos suministró, titulada "El Compadre Conejo", se confunden en un solo relato, presentado en su desenfadada crudeza original, los episodios que León Rey narra con los títulos de "Las argucias y el conejo", "El zorro y el conejo" y "El león y el conejo".

"El mago de la peña", el último de los cuentos de la colección, empieza con las consabidas proposiciones matrimoniales, formuladas en este caso por un mago negro a tres hermanas. La menor —como siempre ocurre— acepta. El pretendiente es un hombre misterioso. Vive completamente solo en la montaña. Que además sea negro puede indicar cierta discriminación hacia la raza de color, latente en la región boyacense, si bien es cierto que la conducta posterior del mago, al regalar a su mujer un traje de oro y, luego, la varita de las virtudes, proclama su esplendidez y que se halla por encima del nivel común de la gente.

La total dependencia de la mujer boyacense respecto a su marido resalta cuando éste, ofendido por la desobediencia de ella al demorarse en la casa paterna un término mayor que el autorizado, la despoja del famoso vestido y, sin más, la echa a la calle. Sin embargo, tampoco es tan insensible como para dejar a la esposa sin ninguna defensa. Le regala la varita, con la cual la mujer consigue llevar una vida tranquila en el pueblo.

Allí, dando muestras de gran independencia, similar posiblemente a la de muchas campesinas contemporáneas de la narradora, las que, al encontrarse en parecidas circunstancias, se "liberan" sin mayor alharaca, descarta ir a refugiarse al lado de sus padres. Establece por su cuenta un negocio que, supuesta la especialidad cocineril de Margarita, no puede ser otro que la preparación y venta de comidas. A la fonda va la clientela a "gastarle" lo que gana en la semana. Como la dueña es joven, rica y buenamoza, los enamorados no le faltan. Al ver que la persiguen tres varones de una misma familia se vale de la varita mágica, y especialmente de su ingenio y decisión, para burlarse de ellos. La manera como lo lleva a cabo recuerda lejanamente el famoso romance de la infanta hija del rey de Francia, la cual, cuando viajaba sola por los caminos, se topó con un caballero que la requirió de amores. "La niña desque lo oyera /díjole con osadía:/ –tate, tate, caballero,/ no hagáis tal villanía:/ hija soy yo de un malato/ y de una malatía;/ el hombre que a mí llegase/ malato se tornaría".

En la última historia de Margarita, al fingir la mujer que podría extraviarse "la totuma de medir la miel", si el pretendiente no la coloca en lugar seguro, alude a la bebida nacional, en cuya elaboración entra principalmente ese líquido.

Un comentarista de Hans Christian Andersen ha opinado, en relación con el estilo del escritor danés, que "en su sencillez engañosa, era en realidad de una transparencia perfecta y en todo adaptado a sus peculiares dotes de visionario". Si hubiera que describirlo de un solo golpe, agrega, se concluiría que el suyo era el estilo "de los narradores populares, con quienes tenía la misteriosa afinidad de ser como ‘el uno solo’ en que todos ellos vienen a fundirse bajo la cohesiva presión del amor y los muchísimos años". Con todo y su pequeñez, Margarita Parra, la analfabeta contadora de cuentos, logra introducirse en esa unidad regia, gracias al amor que da vida a lo que toca.