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Nuevo Sentido de la Violencia
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Tomás Vargas Osorio
C
uando todo en derredor nuestro es exaltación ¿por
qué, hacia dónde? es todavía más sensible el espacio reservado para una escepsis
nacional que apenas se vislumbra en algunos espíritus, los menos agitados exteriormente
pero acaso los más entrañablemente conmovidos. El colombiano tiene la tendencia
irrevocable de creer que vive en el mejor de los mundos; para robustecer y justificar esta
creencia le basta con un mínimum de hechos cumplidos (un kilómetro de rieles le es
bastante) y luego se aduerme en su siesta de civilidad optimista.
El tipo humano que en
América se encuentra más lejano de la angustia, de la violencia, de la insatisfacción
tríptico espiritual que sirve de cariátide a toda obra histórica es el
colombiano. Históricamente somos de una frugalidad desconcertante, disciplinados y
sumisos. Hogareños, gustamos actuar entre los objetos que nos son familiares, sin
intentar el riesgo o la aventura de un nuevo descubrimiento. Se nos ha desacreditado la
violencia con propagandas de procedencia dudosa y, peor, es que no nos hemos detenido a
analizar el contenido de este concepto, fondo y perspectiva de la dramaticidad universal
contemporánea.
¿Es justa la
contraposición ideológica civilidad-violencia?, y hasta qué punto nosotros los
colombianos hemos preferido el primer término con desapego definitivo del otro? La vida
política, la vida administrativa, bien pueden desarrollarse armónicamente dentro de los
cauces de la civilización, y hasta es conveniente que así sea; ¿pero la cultura debe y
puede restringirse a este plano simple de hechos y de circunstancias? La civilidad es,
ante todo, un estilo de moral política; pero es injusto históricamente
injusto pretender que el espíritu y la cultura se estrechen dentro de un ámbito
moral utilitario, dentro de un ethos de finalidades inmediatas. Yo apunto a esta
modalidad colombiana de tan reducido continente humano y de tan vasta vigencia exterior el
hecho de que, en el orden puro de la cultura, no hayamos creado aún una obra capaz de
traspasar los linderos temporales para dispararse en la dimensión de una vivencia en sí
misma.
La violencia sólo de
una manera accidental se dirige hacia objetivos distintos de la cultura. La violencia que
origina las guerras, los cesarismos políticos, las conquistas económicas, es una
violencia desviada que se ha escapado a la naturaleza de sus funciones esencialmente
espirituales y creadoras. El mundo contemporáneo vive bajo este fenómeno, cuyo examen no
ha sido deslindado todavía de las innumerables causas a que el pensamiento actual
atribuye el caos universal, la confusión de valores y la reversión de todos los
instintos libertados del despotismo orgulloso del espíritu. Cierto es que el espíritu
en el ciclo de la cultura occidental se equivocó fundamentalmente y ejerció
sobre los instintos humanos una dictadura que éstos no podían soportar por largo tiempo.
En el mundo espiritual ha ocurrido algo muy semejante a lo que ocurre en el mundo de los
hechos políticos, dándole a esta última palabra su acepción total y prístina: las
capas inferiores oprimidas se han levantado contra la casta aristocrática. El ascetismo a
que el espíritu condenaba al hombre, hasta el punto de pretender disolverlo en una
concepción abstracta, equivale al sistema capitalista contra el cual se yerguen ahora las
masas en busca de una libertad que las sacie y que les resuelva la inhibición vital a que
estuvieron sometidas.
Pero esta desviación
de la violencia es transitoria y no puede esperarse que ella prolongue por largo tiempo su
curso. Contra lo que comúnmente suele creerse y propagarse, yo creo que la aparición de
las masas en la historia y la de los instintos en el espíritu, es una regresión a una
edad infantil del mundo, la más peligrosa, sí, de las edades. Cuando el pathé
extranjero presenta el espectáculo de los grandes desfiles fascistas o nazistas, bajo el
aleteo de las banderas, bajo la estridencia del grito se advierte una ausencia que al
principio no sabemos qué es pero que luego comprendemos como una distancia entre la
expresión humana presente y otra que ha de venir más tarde, cuando el hombre vuelva
nuevamente a su madurez. Esta distancia está por recorrer y es a la cultura a la que le
corresponde el tránsito.
Es en este punto donde
me sobrecoge el presentimiento angustioso de que entonces de que en ese entonces
próximo o lejano, la perspectiva es siempre engañosa, sobre todo si es perspectiva de
tiempo no estemos nosotros preparados para aceptar la violencia puesta en relación
con la cultura, debido, precisamente, a nuestra civilidad, a nuestro optimismo, a nuestra
frialdad, a nuestra indolencia, a nuestra falta de sensibilidad universal. ¿Hemos
cambiado efectivamente? ¿Cambiaremos? Esencialmente, el colombiano de hoy, de ahora, es
exactamente igual al colombiano de mil novecientos. La historia, sin embargo, no es la
misma; ésta es la historia de 1938, del minuto que se vive, que se va viviendo. Atrás
del tiempo nos hemos quedado, ¿en qué región búdica? Y tan sólo la violencia podrá
reincorporarnos al mecanismo histórico: por medio de un gran salto, es decir, de una
auténtica revolución en lo hondo y verdadero de nuestra humanidad apacible.