Ficha bibliográfica
Titulo:
Notas sobre la conciencia Burguesa
Edición original: 2004-02-20
Edición en la biblioteca virtual: 2004-02-20
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Téllez Sierra Hernando
Notas: Texto tomado de la Antología del ensayo en Colombia. Compilador Oscar Torres Duque.
 
 
 
Notas sobre la conciencia Burguesa
Téllez Sierra Hernando

U na de las ilusiones más firmes de la conciencia burguesa opera sobre esta falsa certidumbre: el desarrollo capitalista, en los Estados Unidos, no genera ninguna forma social o política del colectivismo. La regimentación social no aparece todavía clara a esa conciencia. Pero un ligero análisis de las formas de vida, las más elementales o las más complejas, en esa sociedad, podría destruir tan cándida ilusión. Larvado o explícito, el colectivismo progresa allí triunfalmente a la sombra de un automatismo, una uniformidad y una estandarización sin obstáculos objetivos de ninguna clase, y sin ningún género de resistencias subjetivas o intelectuales. Gracias a la prodigiosa tecnificación de la vida física y al prodigioso conformismo de la vida espiritual, el colectivismo en los Estados Unidos tiene despejado el horizonte. Un colectivismo de esencia burguesa. Esto parecerá a la ortodoxia marxista un estúpido contrasentido. Empero, no está demostrada todavía la imposibilidad histórica de hacer una sociedad colectivista de burgueses. En rigor, ése parece ser, hasta ahora, el síntoma social más agudo del proceso estadinense. La proletarización de la clase burguesa, etapa histórica profetizada por Marx, no se ha cumplido en ese país. En cambio, avanza la del aburguesamiento de la clase obrera. Al mismo tiempo el ímpetu de las formas colectivistas va reduciendo paulatinamente la gran burguesía, para integrar una sociedad de pequeños burgueses, satisfechos con el reparto equitativo de la mediocridad que la economía de la producción en serie y la mitología política correspondiente les ofrece como expresión de la felicidad.

Entre el colectivismo previsible de los Estados Unidos y el existente en Rusia, la diferencia básica es de procedimiento, y la diferencia formal, de doctrina. La colectivización estadinense opera como consecuencia de la presión natural del proceso económico; en Rusia como resultado de la presión artificial del Estado, empeñado en crear las condiciones objetivas y subjetivas, indispensables para el cumplimiento inexorable del proceso. "He aquí, determinadas previamente, estas condiciones de la producción y del trabajo. A ellas debe aplicarse la sociedad entera". Y para que no se altere el designio, el Estado tiene que vigilar y controlar. Tiene que realizar un sistemático programa de presión y adoctrinamiento sobre los ciudadanos. En los Estados Unidos, el programa para el perfeccionamiento de la actitud subjetiva de cada ciudadano ante las condiciones del sistema no aparece formulado ni impuesto por las agencias del Estado. "Dentro de nuestro sistema, usted es libre, usted es autónomo; respetamos su iniciativa y su determinación". Pero el sistema presiona de por sí.

Y las formas de vida van acomodándose al sistema. Ninguna actitud individual puede inscribirse por fuera de la norma, de la rígida ley de la estandarización. El Estado, allí, no necesita ser y no es cruel, ni despótico, ni absoluto, y puede ser benévolo, filantrópico, paternal o didáctico, puesto que la tarea de estimular o derrotar, de aleccionar o alienar, de sofocar o permitir, se la tiene encomendada la historia a los grupos económicos que comandan la producción y el trabajo. Pero ni aun así la inmensa mayoría de los ciudadanos se da cuenta de ese hecho. Y no dándose cuenta, el hecho parece inexistente. El gran acierto del sistema, en los Estados Unidos, es el de haber creado la más sólida conciencia burguesa de la historia contemporánea. Y en haber fundamentado esa solidez en una espléndida dicotomía de esa conciencia: metafísica de la libertad y estandarización de la vida.

El éxito, en la sociedad burguesa, se encuentra calificado de acuerdo con la declaración de renta. Un patrimonio escaso y una rentabilidad congrua no configuran la plenitud del éxito. Se requiere más patrimonio y más renta. Todo el patrimonio posible y la más alta renta. Cuando esas condiciones se obtienen, el éxito está ahí, pleno y jugoso. En un salón de la sociedad burguesa, la aparición de un individuo, nimbado, como un santo laico, con el halo invisible de su riqueza, produce una colectiva y humillante sensación de respeto. La superstición del dinero, consustancial a la conciencia burguesa, lo convierte instantáneamente en símbolo vivo del poder y del éxito. Las demás categorías pasan, súbitamente, a segundo plano. Lo que el burgués posea, eso es. Lo que verdaderamente sea, no importa. La posesión del dinero crea, de hecho, la preeminencia más alta. En la perspectiva burguesa de los valores, el Gran Poseedor queda situado en el primer rango. Puede ser un hombre mediocre. El atributo absorbe al sujeto, y lo aprestigia y absuelve. La conciencia burguesa tropieza, frente a ese personaje, con una especie de encarnación del dinero. Y eso basta para satisfacerla.

La conciencia burguesa cree, sinceramente, desafiadoramen-te, que la propiedad privada no es una institución social, sino el mejor y más profundo de los instintos naturales del hombre. La raíz biológica que atribuye al fenómeno de la posesión y acumulación de bienes, le estimula la convicción de que el verdadero enemigo del hombre y de la sociedad es el prójimo que, carente de bienes, lucha por obtenerlos. Pero ese enemigo, no es, estrictamente, un enemigo, sino un aliado de la misma tesis. Una posesión conseguida, está amenazada por una posesión que se desea. De ahí la definición burguesa de la batalla social: "la lucha de los que no han sido capaces de tener algo, contra los que hemos sido capaces de tener todo". Y la del orden social: "una organización en la cual la pobreza de los más permite a la riqueza de los menos el máximo de las ganancias con el mínimo de riesgos".

Los burgueses leen a Flaubert y les parece insípido. Leen a D. H. Lawrence y les parece impúdico. Leen a Mauriac y les parece mentiroso. Montherlant es intolerable para las jóvenes burguesas. Una profunda corriente de abominación contra este autor subleva esas almas y esos cuerpos. "Nos conoce demasiado bien", parece decir, sin decirlo, la protesta femenina. Qué contrariedad tropezar con El Testigo y El Adivinador. La insolente lucidez de Montherlant les asegura la derrota. He aquí alguien que no dimite ante la mujer, ante el problema femenino, y que, insertándose en él, lo traspasa y descompone elementalmente: "Vosotras sois animales de placer, instrumentos para el goce momentáneo".

El amor de Andrée Hacquebaut por Pierre Costals en Les jeunnes filles es un paradigma de la feminidad en acción. De la feminidad que incluye todo cuanto le es referente: pasión, compasión, desesperación, absorción, invasión, domesticación, exigencia de dominio. Absolutismo. Que Costals resista ese asedio es, precisamente, lo intolerable. Que una vez siquiera, así sea en la literatura, haya un resistente, un hombre que únicamente acepta y utiliza en las mujeres su exclusiva categoría instrumental, es una forma intolerable de subversión y de autonomía. La pequeña, y la gran burguesa también, abominan a Montherlant porque imaginan que si todos los hombres razonaran y actuaran como Costals el número de sus victorias disminuiría peligrosamente.

La conciencia burguesa sofoca la plenitud del sentimiento como sofoca la plenitud del placer. Es completamente natural que Mellors diga a Lady Chatterley: "th’ar cunt, though, are’nt ter. Best bit o’cunt left on earth", porque Mellors no sentía como burgués, y por lo tanto, su moral y la expresión de sus sentimientos y la de su placer no estaban condicionados a ninguna noción sofocante de ellos mismos. Sentimientos y placer podía manifestarlos con la incomparable autenticidad de quien no ha aprendido todavía la necesidad de traicionarse, de falsificarse, a fin de no alterar un cierto orden de relación entre los sexos.

El código de ese orden establece, entre otras normas, que la respetabilidad matrimonial consiste en negar a la esposa la posibilidad de que ella ofrezca al marido todos los placeres que él exige de una amante. Ni siquiera los placeres de la palabra: que ella nombre las cosas del placer con la palabra más exacta y conturbadora, parece a la conciencia del burgués un atentado contra la propia respetabilidad y una peligrosa voluptuosidad, sólo permisible a las abnegadas o exigentes amantes.

No todo es mezquindad y pequeñez: la grandeza de alma del burgués se manifiesta en su capacidad para resistir y disimular la avasalladora corriente de tedio que amenaza su vida en las ceremonias clásicas de la burguesía: las fiestas y los duelos de familia. Allí, un código artificial e inviolable de los afectos sustituye provisionalmente el desdén, la indiferencia o el odio que, de modo profundo, nos separa de quienes, no obstante, el sistema nos aproxima.

El burgués exige del arte una corroboración de su propia moral. La pintura abstracta, ajena a ese tipo de corroboraciones, le ofende mucho más que la literatura "antiburguesa". En el "¿qué significa eso?", que la enervada conciencia burguesa profiere ante la pintura abstracta, se traduce la indignación de una moral que no encuentra allí ninguna descripción que la justifique o que la adule. La primera exigencia de la conciencia burguesa a la pintura es la de que todo cuanto en ella aparece se identifique con los modelos naturales. El abstraccionismo le parece una burla a esa demanda. Nada más grato para esa conciencia que los desnudos de la pintura realista. Frente a ellos, el burgués sonríe con secreta y voluptuosa complicidad. He ahí, parece decir, una comprobación de mis más urgentes deseos. Ninguna posibilidad de obtener, por medio del abstraccionismo, ese género de satisfacciones, incitaciones y excitaciones.

Los escritores burgueses somos capaces de enjuiciar y condenar a la sociedad burguesa. Nos repugna su rapacidad, su injusticia, su vulgaridad, su sentimentalismo y su cursilería. Pero si se nos propone asumir personalmente los riesgos correspondientes a otro tipo de sociedad, declaramos nuestro cinismo: preferimos aplazar indefinidamente esos riesgos, y continuar beneficiándonos de todas las ventajas del sistema que nos permite usufructuar la injusticia y aparecer de personeros de la justicia; desdeñar la vulgaridad y servirnos de ella; abominar del sentimentalismo y colaborar en todas sus ceremonias; detestar la cursilería y garantizar su apogeo.

Una cierta porción de clarividencia sobre nuestra incomodidad moral y nuestra duda nos niega el derecho a cualquier exculpación. "D’abord innocents sans le savoir nous étions maintenant coupables sans le vouloir". No. Somos deliberadamente, esplendorosamente culpables.

La mujer pequeño-burguesa es una fortaleza ambulante de la moralidad: en la obscuridad de una sala de cine, permite que el desconocido que está a su lado se tome con ella ciertas libertades que no toleraría a su marido, en su propia alcoba.

Es posible que la gran burguesa las tolere en su alcoba, o las propicie. Pero en la obscuridad del cine, sufriría un ataque de dignidad. Promovería un escándalo, pues es conveniente que las gentes sepan que ha sido ofendida. La diferencia entre la actitud de la pequeña y la gran burguesa tal vez es ésta: a la primera interesa que un hombre crea en su pudor; a la segunda, que el público se entere de que ella cree en el suyo.

Cuando una pequeño-burguesa se propone conquistar a un hombre, principia por rechazarlo. Una gran burguesa, con el mismo designio, comienza por entregarse. La diferencia de actitudes, en este caso, es inexistente. Basta con esperar a que la pequeña burguesa concluya por donde ha empezado la grande. La única diferencia posible es de apreciación sobre la eficacia del acto: la primera cree que, al entregarse, ha perdido, además del honor, al hombre; la segunda cree que lo ha ganado y, además, que el placer no liquida forzosamente el honor.

La única gran admiración política de los burgueses es la que profesan a las aristocracias reales. Pero no es sólo admiración política, sino humana. Un rey, un príncipe, una princesa, cualquier personaje que simbolice un poder aristocrático, abolido o sobreviviente, suscita en el alma del burgués una especie de arrobo casi místico. Diríase que, en un momento dado, toda la condición burguesa, en lo que ella comporta de ordinario, uniforme y mediocre, se niega miserablemente a sí misma. Desde la cumbre de su poder, el burgués mira, con secreta y ridícula nostalgia, las ruinas y cenizas del poder que él mismo sustituyó.

Después de varios siglos de estar en la historia como dueño de casa, el burgués no ha podido cancelar psicológicamente su cédula de arribista. De ahí todas las insuficiencias e inautenticidades de su estilo vital. Su esnobismo. Su cursilería. Su vulgaridad. Si su propia condición de burgués le satisficiera, si la hubiera asumido psicológicamente con plenitud, su estilo no estaría falsificado por la cursilería que brota de la inadecuación entre el modelo y el personaje. El "burgués-aristócrata" es la ecuación humana en que se expresa esa cursilería. Es la ecuación que simboliza la categoría de arribista con que el burgués llega a la historia para permanecer en ella, transido de admiración, ante los vestigios humanos de las aristocracias.

El presunto heredero burgués no cree posible que exista alguien capaz de abominar la institución de la familia y envanecerse de esa abominación. Pero una escasa porción de beneficio en el reparto basta para que se considere estafado por la sacrosanta institución y la encuentre abominable. Es un motivo enteramente vil para detestarla. Pero no podría entender que hay mejores.

El burgués considera que la muerte (de los demás) es una oportunidad que le brinda el destino para exhibir la excelencia de sus sentimientos. De esta suerte, no se niega jamás la revancha, y la satisfacción, que para él significan los duelos y los entierros: por fin puede aparecer como magnánimo y misericordioso ante el cadáver del enemigo, del adversario, del competidor, del pariente pobre y del pobre diablo. Esta póstuma piedad con el hatillo de huesos inservibles que va en la caja mortuoria es muy bien vista y sumamente celebrada por los demás burgueses que acechan y envidian una oportunidad semejante. Sin embargo, qué reconfortante prueba de sinceridad antiburguesa nos da alguien que ante la muerte de un enemigo, de un adversario, de un ser detestable, insignificante o mediocre, no vacila en expresar su júbilo, su desdén o su indiferencia.