na de las ilusiones más firmes de la conciencia burguesa
opera sobre esta falsa certidumbre: el desarrollo capitalista, en los Estados Unidos, no
genera ninguna forma social o política del colectivismo. La regimentación social no
aparece todavía clara a esa conciencia. Pero un ligero análisis de las formas de vida,
las más elementales o las más complejas, en esa sociedad, podría destruir tan cándida
ilusión. Larvado o explícito, el colectivismo progresa allí triunfalmente a la sombra
de un automatismo, una uniformidad y una estandarización sin obstáculos objetivos de
ninguna clase, y sin ningún género de resistencias subjetivas o intelectuales. Gracias a
la prodigiosa tecnificación de la vida física y al prodigioso conformismo de la vida
espiritual, el colectivismo en los Estados Unidos tiene despejado el horizonte. Un
colectivismo de esencia burguesa. Esto parecerá a la ortodoxia marxista un estúpido
contrasentido. Empero, no está demostrada todavía la imposibilidad histórica de hacer
una sociedad colectivista de burgueses. En rigor, ése parece ser, hasta ahora, el
síntoma social más agudo del proceso estadinense. La proletarización de la clase
burguesa, etapa histórica profetizada por Marx, no se ha cumplido en ese país. En
cambio, avanza la del aburguesamiento de la clase obrera. Al mismo tiempo el ímpetu de
las formas colectivistas va reduciendo paulatinamente la gran burguesía, para integrar
una sociedad de pequeños burgueses, satisfechos con el reparto equitativo de la
mediocridad que la economía de la producción en serie y la mitología política
correspondiente les ofrece como expresión de la felicidad.
Entre el colectivismo
previsible de los Estados Unidos y el existente en Rusia, la diferencia básica es de
procedimiento, y la diferencia formal, de doctrina. La colectivización estadinense opera
como consecuencia de la presión natural del proceso económico; en Rusia como resultado
de la presión artificial del Estado, empeñado en crear las condiciones objetivas y
subjetivas, indispensables para el cumplimiento inexorable del proceso. "He aquí,
determinadas previamente, estas condiciones de la producción y del trabajo. A ellas debe
aplicarse la sociedad entera". Y para que no se altere el designio, el Estado tiene
que vigilar y controlar. Tiene que realizar un sistemático programa de presión y
adoctrinamiento sobre los ciudadanos. En los Estados Unidos, el programa para el
perfeccionamiento de la actitud subjetiva de cada ciudadano ante las condiciones del
sistema no aparece formulado ni impuesto por las agencias del Estado. "Dentro de
nuestro sistema, usted es libre, usted es autónomo; respetamos su iniciativa y su
determinación". Pero el sistema presiona de por sí.
Y las formas de vida
van acomodándose al sistema. Ninguna actitud individual puede inscribirse por fuera de la
norma, de la rígida ley de la estandarización. El Estado, allí, no necesita ser y no es
cruel, ni despótico, ni absoluto, y puede ser benévolo, filantrópico, paternal o
didáctico, puesto que la tarea de estimular o derrotar, de aleccionar o alienar, de
sofocar o permitir, se la tiene encomendada la historia a los grupos económicos que
comandan la producción y el trabajo. Pero ni aun así la inmensa mayoría de los
ciudadanos se da cuenta de ese hecho. Y no dándose cuenta, el hecho parece inexistente.
El gran acierto del sistema, en los Estados Unidos, es el de haber creado la más sólida
conciencia burguesa de la historia contemporánea. Y en haber fundamentado esa solidez en
una espléndida dicotomía de esa conciencia: metafísica de la libertad y
estandarización de la vida.
El éxito, en la
sociedad burguesa, se encuentra calificado de acuerdo con la declaración de renta. Un
patrimonio escaso y una rentabilidad congrua no configuran la plenitud del éxito. Se
requiere más patrimonio y más renta. Todo el patrimonio posible y la más alta renta.
Cuando esas condiciones se obtienen, el éxito está ahí, pleno y jugoso. En un salón de
la sociedad burguesa, la aparición de un individuo, nimbado, como un santo laico, con el
halo invisible de su riqueza, produce una colectiva y humillante sensación de respeto. La
superstición del dinero, consustancial a la conciencia burguesa, lo convierte
instantáneamente en símbolo vivo del poder y del éxito. Las demás categorías pasan,
súbitamente, a segundo plano. Lo que el burgués posea, eso es. Lo que verdaderamente
sea, no importa. La posesión del dinero crea, de hecho, la preeminencia más alta. En la
perspectiva burguesa de los valores, el Gran Poseedor queda situado en el primer rango.
Puede ser un hombre mediocre. El atributo absorbe al sujeto, y lo aprestigia y absuelve.
La conciencia burguesa tropieza, frente a ese personaje, con una especie de encarnación
del dinero. Y eso basta para satisfacerla.
La conciencia burguesa
cree, sinceramente, desafiadoramen-te, que la propiedad privada no es una institución
social, sino el mejor y más profundo de los instintos naturales del hombre. La raíz
biológica que atribuye al fenómeno de la posesión y acumulación de bienes, le estimula
la convicción de que el verdadero enemigo del hombre y de la sociedad es el prójimo que,
carente de bienes, lucha por obtenerlos. Pero ese enemigo, no es, estrictamente, un
enemigo, sino un aliado de la misma tesis. Una posesión conseguida, está amenazada por
una posesión que se desea. De ahí la definición burguesa de la batalla social: "la
lucha de los que no han sido capaces de tener algo, contra los que hemos sido capaces de
tener todo". Y la del orden social: "una organización en la cual la pobreza de
los más permite a la riqueza de los menos el máximo de las ganancias con el mínimo de
riesgos".
Los burgueses leen a
Flaubert y les parece insípido. Leen a D. H. Lawrence y les parece impúdico. Leen a
Mauriac y les parece mentiroso. Montherlant es intolerable para las jóvenes burguesas.
Una profunda corriente de abominación contra este autor subleva esas almas y esos
cuerpos. "Nos conoce demasiado bien", parece decir, sin decirlo, la protesta
femenina. Qué contrariedad tropezar con El Testigo y El Adivinador. La insolente lucidez
de Montherlant les asegura la derrota. He aquí alguien que no dimite ante la mujer, ante
el problema femenino, y que, insertándose en él, lo traspasa y descompone
elementalmente: "Vosotras sois animales de placer, instrumentos para el goce
momentáneo".
El amor de Andrée
Hacquebaut por Pierre Costals en Les jeunnes filles es un paradigma de la feminidad
en acción. De la feminidad que incluye todo cuanto le es referente: pasión, compasión,
desesperación, absorción, invasión, domesticación, exigencia de dominio. Absolutismo.
Que Costals resista ese asedio es, precisamente, lo intolerable. Que una vez siquiera,
así sea en la literatura, haya un resistente, un hombre que únicamente acepta y utiliza
en las mujeres su exclusiva categoría instrumental, es una forma intolerable de
subversión y de autonomía. La pequeña, y la gran burguesa también, abominan a
Montherlant porque imaginan que si todos los hombres razonaran y actuaran como Costals el
número de sus victorias disminuiría peligrosamente.
La conciencia burguesa
sofoca la plenitud del sentimiento como sofoca la plenitud del placer. Es completamente
natural que Mellors diga a Lady Chatterley: "thar cunt, though, arent
ter. Best bit ocunt left on earth", porque Mellors no sentía como
burgués, y por lo tanto, su moral y la expresión de sus sentimientos y la de su placer
no estaban condicionados a ninguna noción sofocante de ellos mismos. Sentimientos y
placer podía manifestarlos con la incomparable autenticidad de quien no ha aprendido
todavía la necesidad de traicionarse, de falsificarse, a fin de no alterar un cierto
orden de relación entre los sexos.
El código de ese orden
establece, entre otras normas, que la respetabilidad matrimonial consiste en negar a la
esposa la posibilidad de que ella ofrezca al marido todos los placeres que él exige de
una amante. Ni siquiera los placeres de la palabra: que ella nombre las cosas del placer
con la palabra más exacta y conturbadora, parece a la conciencia del burgués un atentado
contra la propia respetabilidad y una peligrosa voluptuosidad, sólo permisible a las
abnegadas o exigentes amantes.
No todo es mezquindad y
pequeñez: la grandeza de alma del burgués se manifiesta en su capacidad para resistir y
disimular la avasalladora corriente de tedio que amenaza su vida en las ceremonias
clásicas de la burguesía: las fiestas y los duelos de familia. Allí, un código
artificial e inviolable de los afectos sustituye provisionalmente el desdén, la
indiferencia o el odio que, de modo profundo, nos separa de quienes, no obstante, el
sistema nos aproxima.
El burgués exige del
arte una corroboración de su propia moral. La pintura abstracta, ajena a ese tipo de
corroboraciones, le ofende mucho más que la literatura "antiburguesa". En el
"¿qué significa eso?", que la enervada conciencia burguesa profiere ante la
pintura abstracta, se traduce la indignación de una moral que no encuentra allí ninguna
descripción que la justifique o que la adule. La primera exigencia de la conciencia
burguesa a la pintura es la de que todo cuanto en ella aparece se identifique con los
modelos naturales. El abstraccionismo le parece una burla a esa demanda. Nada más grato
para esa conciencia que los desnudos de la pintura realista. Frente a ellos, el burgués
sonríe con secreta y voluptuosa complicidad. He ahí, parece decir, una comprobación de
mis más urgentes deseos. Ninguna posibilidad de obtener, por medio del abstraccionismo,
ese género de satisfacciones, incitaciones y excitaciones.
Los escritores
burgueses somos capaces de enjuiciar y condenar a la sociedad burguesa. Nos repugna su
rapacidad, su injusticia, su vulgaridad, su sentimentalismo y su cursilería. Pero si se
nos propone asumir personalmente los riesgos correspondientes a otro tipo de sociedad,
declaramos nuestro cinismo: preferimos aplazar indefinidamente esos riesgos, y continuar
beneficiándonos de todas las ventajas del sistema que nos permite usufructuar la
injusticia y aparecer de personeros de la justicia; desdeñar la vulgaridad y servirnos de
ella; abominar del sentimentalismo y colaborar en todas sus ceremonias; detestar la
cursilería y garantizar su apogeo.
Una cierta porción de
clarividencia sobre nuestra incomodidad moral y nuestra duda nos niega el derecho a
cualquier exculpación. "Dabord innocents sans le savoir nous étions
maintenant coupables sans le vouloir". No. Somos deliberadamente,
esplendorosamente culpables.
La mujer
pequeño-burguesa es una fortaleza ambulante de la moralidad: en la obscuridad de una sala
de cine, permite que el desconocido que está a su lado se tome con ella ciertas
libertades que no toleraría a su marido, en su propia alcoba.
Es posible que la gran
burguesa las tolere en su alcoba, o las propicie. Pero en la obscuridad del cine,
sufriría un ataque de dignidad. Promovería un escándalo, pues es conveniente que las
gentes sepan que ha sido ofendida. La diferencia entre la actitud de la pequeña y la gran
burguesa tal vez es ésta: a la primera interesa que un hombre crea en su pudor; a la
segunda, que el público se entere de que ella cree en el suyo.
Cuando una
pequeño-burguesa se propone conquistar a un hombre, principia por rechazarlo. Una gran
burguesa, con el mismo designio, comienza por entregarse. La diferencia de actitudes, en
este caso, es inexistente. Basta con esperar a que la pequeña burguesa concluya por donde
ha empezado la grande. La única diferencia posible es de apreciación sobre la eficacia
del acto: la primera cree que, al entregarse, ha perdido, además del honor, al hombre; la
segunda cree que lo ha ganado y, además, que el placer no liquida forzosamente el honor.
La única gran
admiración política de los burgueses es la que profesan a las aristocracias reales. Pero
no es sólo admiración política, sino humana. Un rey, un príncipe, una princesa,
cualquier personaje que simbolice un poder aristocrático, abolido o sobreviviente,
suscita en el alma del burgués una especie de arrobo casi místico. Diríase que, en un
momento dado, toda la condición burguesa, en lo que ella comporta de ordinario, uniforme
y mediocre, se niega miserablemente a sí misma. Desde la cumbre de su poder, el burgués
mira, con secreta y ridícula nostalgia, las ruinas y cenizas del poder que él mismo
sustituyó.
Después de varios
siglos de estar en la historia como dueño de casa, el burgués no ha podido cancelar
psicológicamente su cédula de arribista. De ahí todas las insuficiencias e
inautenticidades de su estilo vital. Su esnobismo. Su cursilería. Su vulgaridad. Si su
propia condición de burgués le satisficiera, si la hubiera asumido psicológicamente con
plenitud, su estilo no estaría falsificado por la cursilería que brota de la
inadecuación entre el modelo y el personaje. El "burgués-aristócrata" es la
ecuación humana en que se expresa esa cursilería. Es la ecuación que simboliza la
categoría de arribista con que el burgués llega a la historia para permanecer en ella,
transido de admiración, ante los vestigios humanos de las aristocracias.
El presunto heredero
burgués no cree posible que exista alguien capaz de abominar la institución de la
familia y envanecerse de esa abominación. Pero una escasa porción de beneficio en el
reparto basta para que se considere estafado por la sacrosanta institución y la encuentre
abominable. Es un motivo enteramente vil para detestarla. Pero no podría entender que hay
mejores.
El burgués considera
que la muerte (de los demás) es una oportunidad que le brinda el destino para exhibir la
excelencia de sus sentimientos. De esta suerte, no se niega jamás la revancha, y la
satisfacción, que para él significan los duelos y los entierros: por fin puede aparecer
como magnánimo y misericordioso ante el cadáver del enemigo, del adversario, del
competidor, del pariente pobre y del pobre diablo. Esta póstuma piedad con el hatillo de
huesos inservibles que va en la caja mortuoria es muy bien vista y sumamente celebrada por
los demás burgueses que acechan y envidian una oportunidad semejante. Sin embargo, qué
reconfortante prueba de sinceridad antiburguesa nos da alguien que ante la muerte de un
enemigo, de un adversario, de un ser detestable, insignificante o mediocre, no vacila en
expresar su júbilo, su desdén o su indiferencia.