Ficha bibliográfica
Titulo:
Naturaleza y Dirección de la Poesía
Edición original: 2004-02-20
Edición en la biblioteca virtual: 2004-02-20
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Tomás Vargas Osorio
Notas: Texto de Hernando Tellez Sierra.
 
 
 
Naturaleza y Dirección de la Poesía "Moderna"
Tomás Vargas Osorio

Aunque esto es un poco confuso.
¿Acaso la poesía fue hecha para ser comprendida?
R. de Gourmont.

N o os extrañéis si os digo que el poeta es el hombre de las cavernas, un anticivilizado en la manera de percibir el mundo y comprenderlo. La oposición entre la óptica del ejemplar primitivo y la del individuo civilizado, sobre el universo, es lo que le da a la poesía esa esencia o ese substrato de tabú que tanto la asemeja a la expresión religiosa. Dicha oposición consiste en que para el hombre de las cavernas el hombre era uno, descifrable por medio de representaciones simbólicas, por signos dibujados sobre la superficie atrayente de su misterio; en cambio, para el hombre civilizado el mundo es diverso, y por lo tanto, clasificable. Su actitud ante él es de simple curiosidad científica, quedando el mundo reducido ante sus ojos a los contornos que limitan la órbita de su especialidad.

Las dos posiciones obedecen asimismo a dos necesidades diferentes: el hombre primitivo tenía necesidad de dar una explicación a los extraños y mágicos fenómenos que constituían el medio físico de su existencia, y este significado lo buscaba fuera de sí, en las cosas, en el poder invisible y abstracto de las cosas, al cual concedió nombres particulares según la naturaleza de sus reacciones ante él. El hombre civilizado experimenta la necesidad de explicarse a sí mismo, de atribuirse, darse, un significado entre los fenómenos del mundo que lo rodea. Sin la oposición entre estas dos ópticas y estas dos actitudes no serían posibles ni la poesía ni el poeta, porque de ella resulta un tercer universo que es el de lo poético.

La poesía es, pues, primordialmente, un oficio divino. Los antiguos dieron al poeta el rango de los profetas y de los sacerdotes. Era él el encargado de establecer el contacto con lo desconocido y los seres misteriosos que lo habitaban; en su palabra, como en un globo de cristal, los pueblos descifraban sus destinos.

D’Annunzio es el único poeta contemporáneo que se ha situado dentro de esta concepción antigua, en su "Oda por la resurrección latina". Tal vez Rudyard Kipling también:

 

El Invocado viene, se acerca,

inflama la noche; nadie escucha

en el vértigo de la sangre

la palpitación de su fuerza.

Y dice: "¿A quién enviaré

anunciador de cosas santas?

¿Quién irá por nosotros?"

Y yo digo: "Héme aquí, enviadme, ¡Señor!

¿Cuál es el signo, cuál es el pacto?"

El hombre, en el decurso del tiempo, con el desarrollo de todas sus potencias intelectuales, fue aprendiendo a clasificar los fenómenos del universo y a dominarlos. Aparecieron, por último, el ingeniero y el especialista. Y ya el poeta no pudo resistir su competencia. El mundo perdió su unidad primitiva y se convirtió en una serie de mundos fragmentarios: el físico, el químico, el moral, etc. Y desde este momento el poeta perdió su rango. También porque el ingeniero y el especialista se han rodeado de una atmósfera de misterio ante el hombre vulgar, para quien es igualmente difícil comprender el poder oculto que gobierna el espíritu de la melodía o el mecanismo de un microscopio o una fórmula algebraica.

Nos encontramos en presencia, por lo tanto, de un problema: ¿cómo se comporta el poeta moderno —moderno no en el sentido de su estilo, sino de su actualidad temporal— para conservarle a la poesía esa esencia de tabú original que la aproxima, vuelvo a repetirlo, a la expresión religiosa? El catolicismo, por ejemplo, más previsivo, utiliza un idioma muerto para los oficios del culto. Conservan así sus rituales la influencia de la cábala, de la magicidad, lo que ha impedido la disgregación del orbe católico. Desgraciadamente, el poeta no puede utilizar otra lengua distinta a la que hablan sus compatriotas, es decir, una lengua vulgarizada o viva. Tiene que acudir, pues, a elementos cuya adquisición no sea posible al hombre vulgar, al hombre civilizado, y estos elementos se los suministra la reminiscencia que hay en él del hombre de las cavernas.

Ante la imposibilidad de utilizar un idioma propio, un idioma exclusivo de los poetas, éstos han apelado a la imagen. Así, la poesía está realmente escrita en dos idiomas, que guardando íntimas vinculaciones el uno con el otro, son sin embargo diferentes y superpuestos. El lenguaje de los signos poéticos forma una especie de capa superior sobre el otro, reservado a una minoría de elegidos. El hombre común pronunciará el poema en el idioma legible para él, pero no penetrará en el lenguaje simbólico en el cual radica el valor, la esencia misma del poema. Cualquiera que hable francés puede realizar la acción física de leer "El cementerio marino" de Valéry; pero sólo los iniciados en el tabú, en la cábala de la imagen, podrán descifrar su significado. Lo mismo puede decirse de quien lea las "Soledades" de Góngora.

¿Puede culparse al poeta de pretender ser obscuro e ininteligible? El ingeniero se expresa profesionalmente por medio de cifras algebraicas o de figuras geométricas; el especialista administra un léxico sui generis; el filósofo se construye todo un sistema lingüístico para exponer su pensamiento. El poeta moderno, ante la competencia del ingeniero y del especialista, que son los que dan hoy, preferencialmente, el significado y las leyes del mundo, ha tenido que recurrir a hacer su idioma más complejo, menos accesible, por medio del proceso de evolución y de aquilatamiento de la imagen, que caracteriza y define la poesía contemporánea. Mallarmé llegó a poseer una verdadera y complicada técnica para producir misterios y encantos poéticos. Instalaba por dentro de las cosas un mecanismo de iluminación que no permitía ver, ni advertir siquiera, la superficie o el contorno de su presencia material. En la poesía mallarmeliana, como lo dijo un ensayista sutil, una mujer es sólo el recuerdo de una mujer, una rosa es sólo el espacio que una rosa puede colmar. ¿No advertís en este procedimiento el arte de la cábala?

La poesía "moderna" tenía que ser, necesariamente, una poesía escrita en imágenes, es decir, una poesía antipopular, y casi dijérase, antihumana. Dentro de este paisaje de conceptos es donde debe situarse la crítica poética, porque de lo contrario no creo yo que puede comprender con exactitud y abarcar todo el conjunto significativo de la poesía contemporánea, cuya posición está a la vez determinada por dos fenómenos que deberán tomarse en cuenta para juzgar en adelante la producción literaria y artística de la época: la técnica y la ciencia. Avasallado por estas dos temibles fuerzas intelectuales, perfectamente organizadas, el espacio histórico de la poesía, ésta se ha recluido en la almena de la imagen en una actitud de espera y de defensa.

Todas estas ideas tienen una cabal aplicación en la poesía de Eduardo Carranza, cuya primera etapa —canciones para iniciar una fiesta— constituye el éxito poético más prominente en la breve historia literaria de mi generación. Todos los elementos que se acervan en este libro están seleccionados y ordenados según tal finalidad defensiva y expectante. Góngora está en la raíz del poeta. Pero el gongorismo de Eduardo Carranza es un gongorismo espontáneo, no elaborado en las retortas y los tubos de un laboratorio de palabras: le fluye, le nace con la naturalidad con que un gajo se desprende de su tronco para mecerse en el viento y en lo azul:

Inclinada en el límite del vuelo

tienes el ángel raudo que da el vino

del olvido y un cántico de lino

entre la gloria pura del pañuelo;

y, el beso sobre el beso del anhelo

donde quieto y volando trina el trino

más auroral de luna y aire fino

que por la escala de la luz va al cielo.

Timonera al timón de tu velero,

del viento niquelado y del lucero,

la pista fría de la muerte huellas;

y te vela, a media asta desolada,

la bandera del alba desplegada

en la torre del aire y sus estrellas.

El precioso soneto que copio arriba me pone en contacto con otro tema poético moderno: el neoclasicismo. Hay ahora un resurgimiento de lo clásico. No hay poeta nuevo que no posea un hondo conocimiento de los clásicos de su lengua. Si en las aguas líricas de Gerardo Diego, de Altolaguirre, de García Lorca, de la gran familia de poetas españoles contemporáneos, se remozan Fray Luis, Góngora, Garcilaso, Calderón, estamos indudablemente en presencia de un fenómeno literario y de la cultura que debe estudiarse con detenida conciencia. En los romances de García Lorca yo he encontrado el ancestro del trovador del Mío Cid; en Gerardo Diego se encuentra el recuerdo de ese aire nítido, que viste las cosas de una beatitud inefable, en que respiran los poemas de Fray Luis como criaturas vivas.

En Eduardo Carranza la reminiscencia clásica es sensible. Para el crítico doctrinario y doctrinero esto no estará claro. Se pondrá a contar sílabas, a cotejar imágenes, a analizar la anatomía gramatical de los versos y concluirá: "¡Absurdo!". Pero es porque ocurre que el crítico doctrinario, que sólo comprende del clasicismo su esquema legal, no puede advertir la verificación de ciertas leyes de afinidad en el tiempo y en el espacio, que no son visibles porque en realidad no se manifiestan por medio de forma alguna determinada. Un valle es semejante a otro valle, aun cuando ambos estén situados en distintas latitudes geográficas; pero se parecen como un ojo a otro porque en su composición intervinieron las mismas leyes geofísicas.

El clasicismo es, para el crítico promedial, una jurisprudencia literaria y estética, un conjunto de cánones estrictos, pero no repara en el subsuelo vivo que permanece bajo este estrato codificado e inerte, y del cual se desprenden hilos, venas, fluencias espirituales a establecer vinculación con lo nuevo y con lo actual. Lo eterno no es una calidad fija, sino en perpetuo movimiento o intercambio. La eternidad es una circulación del espíritu a través de todos los hemisferios del tiempo, es una calidad transferible. De ello proviene aquel concepto popularísimo de que la historia se repite; pero no es que se repita propiamente, sino que la historia posee la virtud de actualizar antiguas experiencias: lo mismo la historia social y política que la historia literaria y estética.

Se advierte en toda la extensión de la poesía última una dirección, no bien neta todavía, hacia la fábula. O, diciéndolo mejor, hacia la creación de una mitología menor, que explica la necesidad de evasión de la inteligencia contemporánea. Esta tendencia se manifiesta en Eduardo Carranza en formas concretas:

 

Cautiva en dulce dominio

—su torre caña de azúcar—

vive la Infanta Dulzura

vestida de tiernos oros.

La fábula, en la poesía anterior, tenía una finalidad didáctica. En la poesía "moderna" su finalidad es esencialmente estética. Puede ser la alborada de la poesía pura, de una poesía sin objetivo fuera de sí misma. ¿El arte por el arte? Sí y no. ¿La poesía por la poesía? Sí. Y entonces, ¿la función social? El arte, menos la poesía, no tienen propiamente una función social que llenar sino humana. La poesía se escribe no para que sea comprendida de inmediato, sino para situar al hombre en presencia de un mundo desconocido, de un misterio, de un aspecto de las cosas que para él había sido, antes del poema, irrevelable. Lo que garantiza y garantizará siempre la vigencia de la poesía, es la necesidad del misterio que desde el hombre se proyecta sobre la perspectiva de su universo externo.